Balcones relajantes chill-out con perros de peluche.

No había empezado el aguacero de la semana pasada cuando me asomo por la ventana de mi casa, para ver si llovía, granizaba o jarreaba, cuando mis ojos tropezaron por casualidad con el vecino de enfrente, el que tengo a tan solo cinco metros de distancia, pero al otro lado de la acera donde vivo. Enfrente y hacia abajo, pues el disfruta de la terraza que es deslunado, que es a su vez un prodigio de la decoración minimalista estilo relajante en un metro cuadrado. Lo que mide su balcón. Sofácito, toldo antichaparrones, mesa campera, plantitas gigantes y musiquita tranquilita. Que así da más gusto contemplar la lluvia en una tarde otoñal como las que disfrutamos en Valladolid.

El tipo, cincuentón como un servidor, andaba a la gresca con los hielos que se le estaban deshaciendo en su vaso de whiski on the rocks. Verlo era un prodigio. Los removía como para que se golpearan en las paredes del ancho cristal. Metía el dedo índice para remover mejor su apreciado licor, y de cuando en cuando lo depositaba sobre la mesa mojada de jardín. El tío estaba feliz. Ni que decir tiene que el señor entró visiblemente preocupado, y tras un adecuado plástico amarillo, que se puso encima a modo de poncho, salió con una bolsa de patatas. Ya saben, las chips de toda la vida. Felicidad y una tarde completa para el tío.

El hombre se subió un poco la música, me temo que no era Elvis, pero tampoco Camela, y es que el buen gusto aflora por los rincones de mi ciudad. Me sonó a algo parecido a glam rock, quizás Bowie pero en castellano. Por ahí. Luego salió su pareja, una señora con una permanente recogida con un plástico, la cual se sentó en el sofacito de al lado. En su vaso derecho una cervecita, y en el izquierdo otra bolsa, de chuskis, imagino. Por supuesto se enfundaba en algo parecido a una manta, aunque seguramente era más un nórdico de esos que hacen sudar a los osos polares en los iglús del polo norte. Fiesta por todo lo alto.

No llovía más que débilmente, pero al poco arreciaron las aguas y los goterones comenzaron a salpicar la calle. Sin embargo, apenas unos metros más abajo, sumergidos bajo un toldo entre amarillo con topos blancos y unas plantas que los escondían, estaban mis aguerridos vecinos. Su vocación estaba clara: resistir, disfrutar del verano hasta que vuelva, lo que sea. Todo menos plegar las velas y dejar la fiesta para otra ocasión. En fin, unos activistas.

A las tres horas volví a asomarme. La lluvia había cedido un poco, y aunque el toldo estaba empapado y formaba bolsas de agua, habían modificado el escenario. Se asomaba por la ventana algo parecido a una pantalla, desde la cual se podía ver un partido de fútbol. El verde del estadio no falla. Estaban medio de espaldas, porque no les entran las piernas si se ponen de frente a la ventana, y de espaldas a la calle. Pero les daba igual. Habían cortado salchichón, jamón y me temo que chorizo del bueno. Algo amarillo sería queso, pues tal forma tenía. Los vasos que copaban la mesa empezaban a ser más de cinco o seis. Estaban disfrutando de su tarde de gloria y hablaban elevando el tono más que antes.

A las dos horas y media volví a verlos sentados. Hacía un frío gélido, de los de por aquí. Y ellos seguían en su balconcito. Creo que estaban con un cafelito, sentados más relajados y sin el toldo. Normal, si no llueve, lo lógico es salir a la terracita. La pena es que no tengan un balcón más grande, pues ese metro y medio por dos, apenas les deja estirar las piernas sin golpear sus zapatillas con la pared. Las plantas ya no estaban, y es que las han debido meter en la casa, para que no sufran. Tenían unas botas de piel, de esas que usan los esquimales para pasear por el hielo, y para evitar fríos indeseados, descansaban sus pies, casi a la par, sobre la mesa. La música no sonaba, y es que imagino que estarán esperando a la primavera para poner Las cuatro estaciones de Vivaldi. La tele tampoco estaba, pero supongo que es porque se les acabó el partido, y en su lugar había un par de peluches sobre uno de los sofases, lo que me indica que debía haber niños cerca.

Entonces reparé en un gropúsculo de adolescentes que por la calle, birras en mano, proferían sonidos guturales inarticulados. Medio corrían y cantaban, intentando aparentar más disfrute y fiesta del que en realidad traían consigo. Uno se medio caía y los demás se reían como si estuvieran poseídos por el espíritu de la falsedad. No pude evitar levantar la vista para ver que a tan solo unos metros, por encima de ellos, unos señores cincuentones disfrutaban apurando sus birras felices y complacidos de no estar en la misma fiesta. Hasta los peluches gozaban con su momento chill out.

 

PD: Es cierto que las vistas de las que gozamos no son las mejores, pues contemplar mi balcón, y el de mis vecinos, no debe ser como asomarse al apartamento de Torrevieja, donde el mar azul desborda la vista, y el olor a sal ensancha el alma. Tampoco son los picos de Urbión, ni las nieves adorables de Guadarrama, Gredos o Cervera de Pisuerga. No, claro. Pero con un poco de imaginación, el alma es capaz de ver luz donde todo es penumbra. Tumbona, sofases, y a disfrutar pensando que uno está en medio de los Alpes con los esquíes a punto de salir a darlo todo en el telesilla. Eso es un balcón y lo demás son chorradas. El balcón que todos necesitamos en nuestra vida.

Y es que no hay nada como saber disfrutar de lo mucho que nos ha regalado la providencia. Incluidos los peluches.

 

 

 

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Olvidos y descuidos en los historiadores de la Filosofía.

Me viene el tema de hoy por culpa de las clases de Literatura Universal que imparto en estos días ¿Por qué será que se le olvida al libro de texto mencionar al genial San Agustín y su libro de las Confesiones? Sin duda, es una de las obras más importantes de la historia de la literatura… La primera autobiografía, modelo de interioridad y psicología, modernidad de la obra, gran difusión cultural, etc. Pues se les ha olvidado, y me temo que es un desliz imperdonable. Saltan de Séneca a la Chanson de Roldan (mil y pico años de pértiga), y nos omiten a Boecio e Isidoro, al resto de la patrología, y a toda la lírica musulmana del medievo. ¡Señor, Señor! ¡Cómo están las cabezas! Con razón dicen luego que en el medievo había oscuridad. Tanta tiniebla como gafas de sol en los contemporáneos.

El caso es que la Historia de la Filosofía, y sus variadas propuestas intelectuales, no están menos perjudicadas de olvidos imperdonables, que casi siempre – casualidad digo – les entra la amnesia para las cuestiones relacionadas con la religión y la teología. Aunque hay que decir, que todo tiene su lógica, que como las primeras Historias de la Filosofía se hicieron en el siglo XIX, entre el romanticismo, el positivismo y la revolución francesa, pues claro, con las prisas y las modas del momento, se les coló el anticlericalismo que hoy prefiere el mutismo y el silencio (dictadura) a propósito del cristianismo en nuestra cultura occidental. Y estudiamos la HF, también en las Universidades, dando saltos de altura. ¡Qué remedio!

Como tengo la suerte o la desgracia de haberme aplicado con la teología en la Universidad de Comillas de Madrid y en la Facultad de Filosofía en la UNED, pues como que dispongo de cierta visión periférica de dos mundos y dos saberes fundamentales para nuestra cultura occidental. A los que añado el tercero del Derecho. Y el tema es curioso. La paradoja es que la filosofía desprecia a la teología, entre otras cosas porque desconoce sus contenidos, y la ignorancia siempre es lo más atrevido que hay. El caso es que la teología sí valora y aprecia la filosofía, y de hecho, en todas las facultades de Teología se estudia Filosofía como algo previo, imprescindible, necesario para comprender. Pero no al revés. Y en mi opinión, no estaría mal que la filosofía se dejara aconsejar por la teología de cuando en cuando, y estudiara el pensamiento teología, que son también ideas, algunas brillantes. Desde luego, se miraría menos el ombligo, y sería hasta menos infantil.

Los historiadores de la filosofía, decía, se han olvidado de muchos pensadores y muchos pensamientos. Incluso las propuestas francesas de hacer una Historia de las Mentalidades, o una historia de la Cultura, no siempre cuajaron con éxito en las Facultades o los centros de secundaria. Y es que, en mi opinión, la Historia de la Filosofía que plantearon los hegelianos en el siglo XIX, sigue siendo el modelo estructural de tales estudios. Y rezuma anquilosamiento, sobre todo cuando se sintetiza para la propuestas de la asignatura en Bachillerato.

La historia de la filosofía no puede empezar con los presocráticos. No, cuando en la misma época tenemos unos pensadores tan interesantes y sorprendentes llamados Isaías, Jeremías, Oseas o Amós. Todos ellos profetas bíblicos, que aportan una visión política y social que da mil vueltas a Sócrates y a Protágoras, que además de posteriores, no llegan a su altura filosófica ni a su crítica social. La filosofía política no empieza con los sofistas, es anterior y judía. Y por supuesto el nacimiento de la filosofía no es, de ninguna manera, el paso del mito al logos, que es la visión de lo que es la religión de los positivistas del siglo XIX, y la base del desprecio y la ignorancia de tantas generaciones de filósofos.

Tras el mundo helenista y la filosofía romana, digo en los planes de estudios de las facultades de Filosofía de medio mundo, saltan por encima con mil años de historia que no les sonroja. Ni una palabra de los padres de la Iglesia, ni San ambrosio, ni San Basilio, ni Gregorio de Nisa, apodado el Filósofo en su tiempo. Vaya por Dios. El único al que recuerdan, y casi dándote las gracias es a San Agustín, al que le quitan el san, para que sea todo más laicista. el siguiente pensador es Santo Tomás y para de contar. Un poco Averroes, y ale, a por Ockham.

Triple mortal con olvido de toda la filosofía medieval. Es el viejo desliz de la propaganda luterana, que todavía tiene su eco en Europa. El medievo es oscuro, y para que siga siendo oscuro, lo olvidamos y no lo estudiamos. Así son. Los grandes pensadores españoles de los siglos VI al VIII, San Ildefonso, San Leandro o San Isidoro son olvidados sistemáticamente. También Boecio, la literatura y el pensamiento místico musulmán, y demás. Se olvidan y omiten las construcciones medievales del derecho y de la teología de los siglos XII y XIII.

Y siguen con su alzheimer impregnado de soberbia.

Luego le llega el turno a la Escuela de Salamanca, donde los pensadores de la talla de Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y demás son ninguneados. Ni una palabra sobre los creadores del derecho internacional y del derecho de gentes. Ni una palabra sobre el pensamiento político, los derechos humanos que elaboran, la defensa y protección de los americanos (nacidos allí o aquí), la política nació casi con Locke, y desde luego, hasta Rousseau y la RF nada es digno de ser aprendido. En cambio nos meten al pastiche de Descartes por los ojos, olvidan al fantástico Espinoza, pasan de Leibniz que era el más culto, fragmentan a John Locke (para que nadie sepa que era liberal, o sea un fascista), y nada de Berkeley, que era obispo, coño. Deprisa, deprisa. Ni la mística de Santa Teresa, la genialidad psicológica (bastante más brillante que la de Freud) de San Ignacio de Loyola. Nada. Son religiosos, y a esa gente ni agua. La psicología se creen que la han inventado en el siglo XIX y todo, por eso no saben que hacer con Aristóteles y Platón. Y por supuesto, de San Ignacio es que ni han oído hablar.

En fin. A partir de ese momento, el pensamiento occidental está ya derrotado. Kant sigue sin ser entendido, Hegel y los que siguen hacen la historia de la filosofía que quieren escuchar. Terminan en la posmodernidad hablando del agotamiento de los relatos sin haber leído un solo de tales relato, entre otras cosas porque los relatos son bíblicos. ¡Vaya si están agotados los relatos, que mejor ni los estudiamos! Suma y sigue.

Recuerdo cuando daba Historia de la Filosofía, y preparaba a los alumnos para las pruebas de acceso a la Universidad. Estudiaban a Marx, olvidando a Hegel (su maestro), y se afanaban en comprender a Nietzsche con su anticristo alumnos que no sabían lo que era el cristianismo. Ahora igual ni lo dan. A fin de cuentas Nietzsche es muy incorrecto para la molicie mental que acumulamos. Y si no damos a Nietzsche, tampoco a los profetas… huy, esos eran patriarcado puro, oyes.

Perdiendo libertades, retrocediendo en derechos.

Todo el mundo coincide, derechas e izquierdas: en España hay menos libertad ahora que hace treinta años. ¿Por qué? La tragedia no es exclusiva de nuestro país, pues también se afirma la pérdida de libertades en México, Estados Unidos, Francia o en Alemania… ¿Qué está sucediendo en nuestro mundo para que haya un retroceso en la libertad de expresión, cuando precisamente los sistemas políticos democráticos, defensores de las democracias, son los que han triunfado frente a los totalitarismos del siglo XX? ¿Por qué ahora que no competimos contra las tiranías, hemos convertido nuestras sociedades biempensantes en reductos de fanatismo y de persecución? ¿Quiénes son y qué políticas e ideologías restringen las libertades? Adivina, adivinanza.

Los datos se van repitiendo. A Coque Malla le reprochan una canción que hizo hace años, lo mismo a Mecano. No es correcto, es machista, no es correcto, es homófobo, no es correcto, y deben pedir perdón. No es correcto, nos repiten. Por eso ya no se oyen las opiniones de los obispos en los medios de comunicación social, porque están vetados. Tampoco hay catedráticos discrepantes, gentes de universidad con ideas diferentes. No es que no existan, es que están ninguneados y sus opiniones perseguidas cuando afloran. Por eso se tienden a esconder. Son fascistas, ¿qué si no? ¿Tenemos que pedir perdón por lo que dijeron nuestros artistas hace treinta años? ¿Tiene que pedir perdón Aristóteles, San Agustín o Santa Teresa de Jesús? ¿Es un fascista Cervantes,  Ortega o Julio Iglesias por lo que dijeron en su tiempo y en su sociedad? Ya no tienen credibilidad, por lo que la humanidad ha sido desposeída de su historia y de sus pensadores. ¿Empezamos de cero? Vale, ¿volvemos a la tiranía que encarceló a Platón, aquel gran clasista, machista y fascista?

Es evidente que nuestra sociedad ha evolucionado desde lo que la izquierda ha venido en llamar ingeniería social. Las posturas defensoras de la familia, los hijos, la mesura o la tolerancia han sido criticadas y vejadas hasta el extremo de ser tachadas permanentemente de fascistas. Es el triunfo de la pereza intelectual. Todo lo que es contrario a la ingeniería social y cultural de las ideologías de género, o de los ecologismos contemporáneos, es tachado inmediatamente de patriarcal, de machista, de favorecedor del asesinato y la violencia, y por tanto malo en sí mismo. No hay ninguna posibilidad de dialogar. Por eso el machismo es siempre radical y malo; y el feminismo tiene matices en su defensa intelectual. Todo es calificado y etiquetado bajo tales parámetros, y no se escapa nadie. Si comes carne eres un maltratados de animales, y si comes espárragos un falócrata y un salido.

La persecución se está extendiendo con cada día que pasa, y el radicalismo llega a las nuevas generaciones que son incapaces de leer nada de literatura, poesía, historia o filosofía sin que perciban machismo por todas partes. Se les está educando para que no vean otra cosa, y esa es la desgracia verdadera y profunda de nuestro tiempo. Ciegos e ignorantes que van diciendo lo que vale y lo que no. Emiten juicios de valor a la historia, y nos quedamos en bragas, desnudos, bajo la intemperie y a merced de que cualquier listillo nos diga lo que tenemos que pensar. Eso es Podemos, pero eso es también el Frente Nacional francés. Son los que dicen lo que tienen que decir la siguiente generación.

Cuando afirmábamos hace unos años que la falta de cultura y la ignorancia cultural traería una manipulación mayor de las masas, no nos equivocábamos. Aquel futuro hace tiempo que es presente, y las nuevas generaciones están más concienciadas. Bueno, en realidad están sólo concienciadas y nada ilustradas. Desconocen el valor de lo tradicional, y la sociedad se ha, por desgracia, fracturado brutalmente. Todo es machismo, todo lo anterior al móvil y las redes sociales es una basura y no vale nada. No nos lo dicen, pero nuestros jóvenes lo piensan. Y los mismos que están alimentando al monstruo empiezan a darse cuenta de que los está devorando. Ya son una masa incontrolable que se está adueñando de la sociedad. Cursos, leyes, televisiones… todo es políticamente correcto; es decir, todo es dictadura y pérdida de libertad. Nadie puede ni debe discrepar, o será perseguido en las redes sociales, en el mundo, y truncadas sus posibilidades.

La incoherencia de la nueva sociedad no es un freno. La posmodernidad no tiene complejos, no es como antes. Al contrario, es la fragmentación la que absolutiza cada fragmento. Se puede tachar de machista el cuento de caperucita, y a la vez estar sometido a los controles del móvil que ejerce la pareja. Son radicales en lo que rechazan, que es casualmente lo cultural. Así es. Se puede estar horrorizado y ser beligerante con el racismo del amigo Trump, y a la vez odiar a los que piensan diferente. Intolerancia disfrazada de radicalismo y tolerancia cero. Se puede defender en público el libertinaje sexual, y a la vez exigir fidelidad en privado. Nada importa, todo vale, menos el machismo, los negacionistas y los católicos. Son sus dogmas.

La consigna que tuvieron hace años, afirmaba que cada cual hiciera con su vida y con su cuerpo lo que quisiera. Pero eso ha cambiado. Sin negar la premisa, ya no se puede pensar como se quiera, ni se puede actuar como se quiera. Vida y cuerpo para lo que quieras, pero pensar lo que se quiera no. Eso nunca.

Es la muerte de la democracia, y lo hace de la misma forma que anunció Aristóteles, vence la demagogia, la estupidez y la ignorancia. Vence la intolerancia del que es incapaz de escuchar un pensamiento contrario al propio. Cualquier discurso será bueno para ellos si dice lo que todo el mundo quiere escuchar (aunque sea mentira); y cualquier discurso será malo si dice lo que la sociedad rechaza públicamente, (aunque en privado se le dé la razón). Hermanos, bienvenidos a la clandestinidad.

 

 

Todos contra la iglesia.

 

Tengo la impresión de que siempre he navegado contracorriente de la sociedad en la que he vivido. Cuando la gente me hablaba del Mediterráneo, como que yo andaba contando lo grandioso que era el Atlántico, y cuando la gente me decía que el océano Atlántico era el más grande, yo les hablaba del Pacífico. Y ahora que me cuentan del océano Pacífico les hablo del inmenso océano de metano que hay en la Titán, una de las lunas de Saturno. Es una metáfora lo que cuento, pero el sentimiento que padezco es real, y los sentimientos no se discuten, se tienen o no se tienen, aunque puedan ser autoinducidos.

El caso es que tomé conciencia de que quería ser cristiano y seguir a Cristo cuando la sociedad  española apostató de una fe que quizás nunca había abrazado de verdad. Años 80. En esa década dejé de ser de izquierdas, justo cuando la izquierda empezó a gobernar este país con sus dos adalides: Felipe González en Moncloa (al que nunca voté), y Santiago Carrillo en la calle (al que voté cuando era PTE y no lo quería ni el tato). Luego empecé a votar a CDS, Adolfo Suárez, justo cuando dejó de gobernar. Luego abandonó la política y yo les seguí votando porque no había nadie que me inspirara confianza. Y así durante años. Luego voté al Saín, un partido casi testimonial de cristianos de izquierdas; y como oveja sin pastor, he ido votando lo que me ha parecido la opción “menos mala”, que ya es triste. Voto útil, voto inútil y voto nulo.

Tengo la impresión de que abandoné la izquierda cuando todo el mundo se hizo de izquierdas, y de que me hice cristiano cuando empezó a estar perseguido. Ahora es mucho peor, pues está mal visto, como que eres intolerante por el simple hecho de creer en Jesucristo, y como que eres malo y enemigo del progreso simplemente por pensar que abortar es un crimen. Hemos dejado de ser una opción para ser la “peor” opción. Pero claro, como experimentar la presencia amorosa de Cristo en la cruz, la mística del que es amado sin merecerlo, es el mejor regalo que se puede otorgar a alguien, pues uno sigue siendo cristiano. Es verdad que eso no solemos contarlo a casi nadie. Por eso no me cambio, ni aunque se haga todo el mundo cristiano dejaré de creer, que ojalá cambie el mundo.

El caso es que mi fe nunca ha sido sociológica, sino experimentada. Una gracia, vaya. Me estorba el cumpli-miento, y agradezco el encuentro con Dios en profundidad, pues su presencia me impregna permanentemente, incluso cuando nadie es consciente de ello. Soy un místico, no un asceta, un enamorado de los planes de Dios que aspira al encuentro definitivo. Al muero porque no muero. Por eso no me sorprende que la iglesia sea perseguida, pues forma parte del destino y de los planes de Dios para confundir al mundo.

Así ha sido. En los últimos años en España – ¿cuarenta? ¿cincuenta? – no ha habido ninguna Ley que haya favorecido de manera clara a la Iglesia. Más bien al contrario, leyes contrarias a los postulados sociales y familiares de la Iglesia. El debate pendulaba entre negarle absolutamente todo a la iglesia, o en negarle solo una parte, para no parecer muy facha. Es la postura de una parte de la izquierda radical, que necesita para justificar sus odios, eliminar los derechos religiosos y de conciencia de los ciudadanos, obligando a los creyentes a meternos en un armario; o la de los de derechas, que nos miran con cierta condescendencia, como pidiéndonos perdón por no hacer nada por nosotros, y pidiéndonos (lo cortés no quita lo valiente) el voto para que no vengan los otros, “las hordas rojas dispuestas a robarnos hasta la catedral de Córdoba si hace falta”. En fin, el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, y bendito sea el nombre del Señor.

En esta línea nos aconsejan muchos: que no hablemos como creyentes, que no opinemos del aborto, que no salgamos a la calle, que nos callemos y que nos metamos en el armario, que ahora corren otros tiempos y no se puede afirmar sin tapujos que eres cristiano. Que volvamos a las catacumbas, donde quizás ya estamos.

De ahí que muchos cristianos vivan su fe de manera anónima, pues se sienten perseguidos, ridiculizados, raros… Lo curioso es que son mayoría sociológica, pero da igual. La propaganda y la atmósfera del mundo se atornilla a golpe de cuchilla desde la Revolución Francesa en círculos donde el odio a los curas primero, y a los cristianos después, es la norma, y no la excepción. Nos toleran, pero nos odian; por lo que es lógico que en este ambiente de persecución y dictadura cultural, la gente oculte su fe, o que va los domingos a Misa. Extraña esa fe, desde luego; y maldito mundo, que ha engendrado tal dictadura y odio. No dude nadie que cuando puedan nos crucificarán como antes lo hicieron con Jesucristo.

La propaganda política desde siempre ha tratado de hacer dos cosas: mentir y ningunear; y las dos son apreciables cuando se habla de la Iglesia. Se miente y exagera para sembrar la confusión, pues algo quedará en el subconsciente colectivo, una dosis más de odio. Mentira fue el caso Galileo, el de Hipatia, la inquisición o el abuso pederasta de los curas, que es una excepción dolorosa, fruto de un hedonismo sexual que nosotros no hemos deseado para nadie. Pero a la propaganda le da igual el mal o el bien. Lo que hacemos y somos en la historia se olvida; y se ningunea, se omite, se restringe y se borra de la memoria colectiva. Como si nunca hubiera existido. No hubo pensadores cristianos en los libros de texto, y si no hagan la prueba y hojeen los libros escolares. Incluso los libros de filosofía.

La iglesia sufre tales ataques desde hace mucho tiempo, y no solo en España. Somos el gran adversario de la modernidad, simplemente porque “ellos” han decidido lo que es modernidad. Pero no nos debe preocupar. Antes que a nosotros ya persiguieron a los profetas, a los mártires y al mismo Hijo de Dios. Por eso, aunque todos estén contra la iglesia, no la derrotarán, entre otras cosas porque es un trozo en el corazón inmenso de Cristo.

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