Cien años de Unión Soviética. Revisar la URSS.

Pues sí, pues sí. En estas semanas se ha cumplido el centenario. Casi nada. Hace cien años y casi no ha habido fastos. Supongo que es porque nadie reivindica el legado de la tragedia, especialmente cuando se derramó tanta sangre y se cometieron tantas equivocaciones. Putin no está por la labor, y el comunismo está en proceso de reconversión publicitaria (como toda la izquierda). Pero seríamos injustos si no hiciéramos una lectura también en positivo de la historia, sin apasionamientos, y sabiendo que la Revolución Soviética duró 74, que se derrumbó por sí misma, sin que nadie le empujara, y que han pasado, nada menos que 26 años. ¿Por qué no?

La historia de la Unión Soviética se puede leer, en el siglo XXI, como la historia de un gran fracaso ideológico. Nunca una posición política concreta tuvo tantos adeptos, estudiosos y fanáticos. Y nunca triunfó una ideología con la vehemencia y la fortuna con que lo hizo el movimiento bolchevique en la URSS en 1917. Es verdad que aprovecharon la debilidad del zar Nicolás II durante la 1ªGM y que fueron capaces de crear una atmósfera de presión contra los liberales mencheviques, ganando temporalmente la partida, pero no lograron perpetuar su victoria siquiera cien años. El paraiso se derrumbó en tres generaciones.

Desde luego, si observamos el juego completo, el gran triunfador ha sido la postura democrática liberal, teñida de aires nuevos por el zar Putin. ¿Valió la pena derramar tanta sangre? Si hubieran triunfado los Mencheviques, quizás nos habríamos ahorrado unas cuantas purgas y genocidios. No sabemos que hubiera sido de la historia, aunque sí sabemos algo con certeza: habría sido distinto.

Lo cierto es que la revolución soviética fue posible gracias a la debilidad del poder establecido, del gobierno de los zares. Y esta es una buena lección de la historia: cuando los gobernantes son incompetentes, el vacío de poder que generan es ocupado por posiciones más firmes y autoritarias.

La similitud con la Revolución Francesa es fascinante. Luis XVI fue tan mal rey en la Francia ilustrada, como Nicolas II en la Rusia tardoabsolutista. Pagaron con la vida, y desencadenaron en los dos casos una guerra civil en sus respectivos países. En Francia la guerra civil tuvo vencedores puntuales que no tardaron en pagar con su misma sangre la osadía de querer ser grandes. La excepción fue Napoleón, que lo tuvimos que deponer el resto de los Europeos tras unos cuantos años de saqueo y chulería. La muerte del Zar, por el contrario, trajo una guerra civil primero y una estabilización de un régimen totalitario que se mantuvo durante 74 a sangre y fuego después. Cuando el poder no es fuerte, otros lo toman y lo ejercen para sus intereses. ¿Hay algún pontevedrés por ahí? Pues eso.

En la Unión Soviética se pusieron en marcha las ideas radicales del comunismo marxista, la izquierda tuvo su oportunidad. Por eso podemos hacer un juicio al comunismo como ideología, y descubrir sus profundas limitaciones y sus puntuales aciertos. Los que siguen siendo comunistas, y que prefieren no usar las siglas del comunismo deberían hacer una verdadera reflexión sobre la practicidad de lo que intentaron, y la debilidad filosófica y antropológica de sus planteamientos, para evitar volver a repetir los mismos errores. ¿Pablito, estás ahí con tu Monedero y Errejón querido?

Para mantenerse en el poder, los dirigentes soviéticos tuvieron que ejercitarse duro. Fue una carnicería. No los años de guerra civil, los iniciales de los años 20, sino en los años siguientes y siguientes, y los siguientes de después. Totalitarismo y dictadura ferrea. Y es que la democracia no es posible para los comunistas; por eso hablan tanto de ella, porque no creen en ella, ni saben lo que es. Ellos llaman democracia al totalitarismo ejercido por ellos, o sea el pueblo. Y eso no es democracia.

Si hay una tónica común en la URSS es que persiguieron desde el primer día a sus enemigos ideológicos, y así estuvieron hasta el último día. La época más dura de persecución fue la de Stalin, pero tampoco se andaban con chiquitas en la época de Andropov, o Jruschov, o Bresnev. Persecusión y falta de libertad hubo hasta que Gorvachov, 1986, accedió a la secretaría general del partido. Cinco años más tarde se derrumbaba todo. Comunismo y persecución son casi sinónimos, y es una pena que confirma que las ideas son más benévolas en los papeles que en la calle.

El gran éxito del comunismo, desde la perspectiva histórica, fue que introdujo el acceso de los servicios públicos y derechos sociales, como algo importante y generalizado para la humanidad. La educación y la sanidad eran el escaparate de que lo suyo funcionaba. Tampoco hay que olvidar que ya era un objetivo de los socialistas utópicos del siglo anterior, y por supuesto, siempre ha sido la pretensión de la socialdemocracia (izquierda rosa), o de los fascismos totalitarios (izauierda negra). Occidente y el capitalismo llegó a lo mismo cuando comprendió que era más rentable que los trabajadores tuvieran derechos y dinero para gastar, porque eso incentivaba el consumo y el crecimiento económico, que no que se murieran de hambre. Educación, sanidad, deporte, vacaciones pagadas y parques cerca de casa. Eso sí era el paraíso del pensamiento laicista que propusieron los comunistas. El capitalismo en occidente les ganó por la mano.

Desde la 2GM, en todos los países occidentales, se impuso la igualdad de oportunidades, los servicios públicos y la protección social. En una palabra: Estado Social de Derecho. La democracia de la igualdad. La socialdemocracia sustituyó al socialismo y al comunismo ideológico que pretendían la revolución como camino para conseguir lo que ya gozaban en el paraíso capitalista. Eran otros tiempos, y el capitalismo con reformas no era tan malo como lo habían pintado los comunistas, que no lo querían ni ver.

Esto nos sirve para poder entender por qué se hundió la URSS. En realidad no se cayó porque el capitalismo le hiciera frente. Se hundió porque dejó de ofrecer algo mejor a la humanidad. Cuando la sanidad se hizo pública en occidente, la URSS dejó de ser guay, porque ofrecía lo mismo, pero a cambio de perder la libertad. Un espejismo todavía inexistente en los países pobres, por cierto.

La URSS no fue un modelo de bondad, ni de respeto a los Derechos Humanos. Si hubiera ganado Stalin la guerra civil española, Franco sería ahora un alma querida y un héroe nacional derrotado, de esos que tanto nos gustan. La utopía suele ser necesaria hasta que se alcanza el poder, entonces es imprescindible ser realista, como bien le explicaron al Che Guevara cuando fue un nefasto ministro de industria en Cuba. O como pudo comprobar Ángel Pestaña en su famosísimo viaje a la URSS, de la que volvió impresionado.

Sin duda, el éxito sin paliativos de la URSS fue su capacidad para crecer económicamente durante los años difíciles del crack económico del 29. Se enfrentó más tarde a Hitler y lo venció perdiendo veinte millones de vidas. Si hay algo por lo que se puede admirar a Stalin, lo único me temo, fue porque venció a Hitler; y porque logró elevar a su país a la categoría de potencia económica a fuerza de sacrificios y sangre. Grandes recursos naturales, gran industria pesada, y poca industria de trasformación al servicio del consumo. Pero lo logró. Aunque dejara una contaminación brutal, lo logró, claro que sí. El pueblo ruso es más fuerte de lo que cree el resto del mundo, por supuesto.

Después de Stalin vino una lenta y agónica decadencia. Marcada por la guerra fría y por la estupidez de un sistema incapaz de mejorar la vida de sus ciudadanos. Alcanzaron su techo de éxito y terminaron resistiendo al mal, que identificaron con Occidente. La cultura comunista y su estilo de vida se quedó sin argumentos cuando llegaron oleadas de vaqueros y de objetos de consumo masivo. Resulta que los trabajadores oprimidos de occidente vivían mejor que los trabajadores protegidos del Estado Soviético. Tampoco fueron capaces de facilitar a sus ciudadanos la libertad que reclamaban. Y su sistema económico planificado fue un gran modelo de ineficacia, burocracia y corrupción.

Por supuesto, tampoco fueron capaces, a pesar de convertir su ideología en una pseudorreligión, de dar una visión trascendente al hombre. Sin más allá, y sin Dios, no hay sociedad que pueda perpetuarse, siquiera sobrevivir. Fue un problema secundario para sus dirigentes, algo que no comprendieron (la izquierda sigue sin comprender lo que es una religión), por eso la URSS se quedó vacía por dentro, y sin expectativas de eternidad ni de futuro. No pudieron ofrecer más que un presente de trabajo esclavizante a favor del Estado Totalitario, y muchos de sus ciudadanos fueron perseguidos y encarcelados por disentir, por querer otra vida, por aspirar a Dios. La URSS se convirtió en una cárcel inmensa, de la que no podían escapar sus ciudadanos. Un paraíso herido de muerte.

Cuando llegó Gorbachov al poder, cayó la URSS. Probablemente cometió muchos errores, porque es increíble que una superpotencia se derrumbara tan fácilmente. Pero así fue. En realidad no había nadie que quisiera seguir sacrificándose por su soviet, ni por su partido o por su sociedad liberticida. El pueblo ruso prefirió la libertad y la democracia. Aunque nostálgicos nunca hayan faltado.

Los demás pueblos soviéticos amigos prefirieron el autogobierno, lejos de la potencia rusa dominante. El comunismo fue capaz de unificar las repúblicas más dispares del mundo durante un tiempo; en ese sentido fue algo católico, universal… lástima que el cemento no fuera fuerte. Si la URSS hubiera sido una Unión de Repúblicas Socialistas Católicas, seguramente habría durado más tiempo y el Papa actual sería un ruso y no un argentino. ¿Quién sabe lo que hubiera sido mejor? Por si acaso, mejor no especular. 😉

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Maldecir el trabajo y agradecer el hambre.

Trabajar, lo que se dice trabajar, es algo que no debe gustar a muchas personas, que sin embargo trabajan para ganarse la vida. Sin embargo, no siempre ha sido así. Hoy es frecuente ver a gente que presume de ser un gran madrugador y gran currito, fruto de la ola de platonismo y de calvinismo que nos sacude, donde trabajar es un fantástico sacrificio recompensado por Dios con dinerito y consumo. Pero no siempre fue así. Cuando el mundo se dividía estamentalmente, los hidalgos mostraban al mundo un estilo de vida donde el honor era más importante que el hambre, y donde los hombres presumían (como debe ser, coño) de no haber trabajado en su vida. Ole, y ole. Explicamos el tema porque la cosa tiene miga.

Antes del nauseabundo siglo XIX, que no trajo más que calamidades, enfermedades, explotación, revueltas y crecimiento económico, era habitual que muchas personas trataran de demostrar ante los tribunales que no habían pechado en su vida, que no habían doblado el lomo ni para sentarse y que no habían pringado con una azada, azadón o azadilla, bajo pena de perder su condición de hidalguía. Es más, la gente denunciaba a sus vecinos cuando pleiteaban de hidalguía afirmando haber visto a sus abuelos, padres o antepasados acarreando leña, despiezando cerdos o sucumbiendo al maldito esfuerzo de recolectar una parra colgante de un velador casero.

El tema no era menor, porque en una sociedad estamental, los de condición noble, entre los que se incluían los hidalgos, estaban exentos de pagar impuestos, aunque fuera a costa de no poder realizar ningún esfuerzo comercial, ni físico ni casi mental. La nobleza vivía de las rentas económicas, y trabajar estaba, no solo mal visto, sino que era castigado con el ostracismo social y la pérdida de la condición estamental. La mayoría de los nobles e hidalgos vivía de las rentas, si las tenía. Es decir, las tierras se las llevaban otros. A falta de propiedades, era frecuente que muchos buscaran otras fuentes de ingresos que siguieran siendo elevadas y dignas. ¿Cuáles? Trabajar para la administración, como funcionarios, gobernantes, militares, incluso docentes. Pero no era fácil, porque eran legión los que demadaban tales empleos, más bien escasos. Lógicamente las amistades y las relaciones sociales eran decisivas para continuar manteniendo el estatus de noble, sin ver comprometido el futuro. El matrimonio era decisivo, pues devolvía cierta honra cuando se maridaba bien a los hijos, y se podía mantener la condición sin merma de llenar el estómago de cuando en cuando.

Nuestro país fue un país de hidalgos. De muchos hidalgos. Los hidalgos lo eran de cuna, y a diferencia de los demás títulos nobiliarios que se adquieren por hacer favores a los reyes y demás prebostes, los hidalgos lo eran por ser hijos de hidalgos. Es decir, un hidalgo no debían nada a nadie, más que a su sangre. Por tal circunstancia, y para evitar perder su hidalguía, y verse obligados a pagar impuestos, no pechaban, ni curraban, ni daban palo al agua. Literalmente se morían de hambre y pasaban calamidades cuando no tenían fuentes de ingreso alternativas. Pero ya se sabe, más vale morir digno, que morir a secas.

En la literatura del siglo de Oro español encontramos magníficos ejemplos de lo que afirmamos. El escudero del Lazarillo de Tormes, sin ir más lejos, era el que más hambre pasaba, más que el ciego y que el clérigo. Y es que era hidalgo. Nuestro querido Don Quijote de la Mancha era un hidalgo. No trabajaba más que haciendo el bien, y no era oficio el suyo ordeñar ovejas por el campo, aunque se muriera de sed viendo a una bien cebona. Eso era trabajo del bueno de Sancho, que si podía cortaba una tajada del ovino para darse un festín. Don Quijote era hombre enjuto, de carnes secas y de ruidos estomacales. Sancho era un labrador, amigo de no darse latigazos, y de regar con vino el gaznate tras la jornada de fatiga y labor. Dos mundos que se entrelazaban perfectamente. El primero era culto, y hambriento; y el segundo ignorante y glotón.

En mi familia, examinando el árbol genealógico propio, encuentro varias líneas de antiguos hidalgos que lo fueron en el siglo XVIII. En Yecla, Murcia, la cuestión de la hidalguía se convirtió en uno de los asuntos más espinosos de la sociedad ilustrada. Es probable que no hubiera demasiados hidalgos viejos en el siglo XVII, pero las familias de cierto dinero, buscaron y pleitearon para demostrar su condición de hidalgos. Justificaron la pérdida de documentos por culpa de un incendio en el Ayuntamiento durante la guerra de Sucesión de principios del XVIII, y trataron, en los pleitos de hidalguía que sostuvieron en la Chancillería de Granada, de demostrar que eran hidalgos desde sus abuelos, cuanto menos.

El documento que muestro arriba es la partida de bautismo de Joaquina Azorín Puche, que nació en Carcelén (provincia de Albacete) en plena guerra de la independencia. 10 de Marzo de 1809. Era hija de un hidalgo importante Juan Azorín Cerezo, escribano, y de Joaquina Puche Martínez. En la partida aparecen también el nombre de los abuelos, y quizás por una cuestión de seguridad en medio de una guerra contra los franceses, que no nos trajeron más que calamidades y destrozos, menciona a sus abuelos parcialmente. Martín Azorín, fue en realidad Martín Azorín-Vicente Muñoz, hidalgo, su esposa María Cerezo Ibáñez; y maternos, Antonio Puche, al que conocemos por ser abogado de los Reales Consejos y cuyo nombre completo fue Antonio Puche Val, más adelante síndico del agua en el pueblo, y su esposa María Concepción Martínez.

El doble apellido se perdió en el siglo XIX, cuando les daba vergüenza ostentar con los nuevos tiempos de liberalismo y revolución que habían sido nobles. Acortaron el Azorín-Vicente dejándolo en Azorín a secas.

De aquellos tiempos quedan curiosas expresiones. Lo de “no se nos cae los anillos” era la nueva moda. Todos iguales, todos pechando y trabajando como labriegos, de sol a sol. Es mejor el currito que curra mucho, que el vago redomado. Pero con esos extremos llegaron las modas del igualitarismo, las mismas que Marx elevó a la categoría de casi una enfermedad social. Los nobles que defendieron intelectualmente la igualdad en la Revolución Francesa han sido olvidados; y aquel mundo de hambre y disimulo ha tomado nuevas formas contemporáneas, presididas por la subvención, los subsidios y las prestaciones.

Está claro que los nuevos ricos han impuesto una forma de ver el mundo basada en el dinero, el trabajo y el consumo placentero de los bienes. Eso sí, además de cargarse el planeta, y continuar manteniendo el chiringuito de los vagos y maleantes, les falta algo que sí que tuvieron mis antepasados: el honor de ser hijosdalgo. Ole, y ole.

 

 

Contemplar el pasado que hemos sido.

Hace unos años, unos cuantos, cuando estaba de moda escuchar música de cantautores, era frecuente que hubiera versos entrañables y melancólicos, entregados sin pudor al otoño, el mes de los románticos y a la caída de las hojas amarillentas y anaranjadas. La lluvía empapaba los cristales de Serrat, y todo parecía evocar el calor de una chimenea encendida en un entorno frío y desapacible. Es el rostro amable de la soledad y de la caída de las hojas. Y así, todo parece buscar la lectura entrañable de un libro, o la envoltura de una manta, donde el frío de la vida retrocede ante el cálido respiro de nuestras carnes, las mismas que se nos van cayendo por el peso de la gravedad en alianza con el tiempo vivido y entregado.

Me reconozco escuchando de cuando en cuando aquellas músicas, y aunque no soy demasiado dado a las melancolías, tampoco me resisto en estos meses recién estrenados de tardes cortas y fríos invertebrados, a recordar lo que uno ha sido en la vida, lo que vamos siendo. Lo que nunca volveremos a ser, ni dejamos de ser.

Cada uno tiene su propia historia, su propia experiencia y su exclusivo sendero. Vidas únicas e irrepetibles, como aquellos que las recorren. Vidas colmada de errores y de aciertos, de grandes egoísmos y de fecundas generosidades que durante años inciertos sacuden las almas. Somos capaces de lo peor y de lo mejor, y muchas de las realidades que nunca pensamos que tendríamos ni viviríamos, acaban arribando cuando el otoño deja caer las hojas, y vislumbramos con más nitidez qué y quiénes somos.

En mi historia descubro a un niño lleno de alegría jugando en el anfiteatro romano de Tarragona con sus amigos. Amigos que gracias a Dios, todavía conservo. Anfiteatro que hoy está vallado y preservado de las criaturas del móvil y la tablet, cuya entrada y recorrido cuesta una cantidad de euros que desconozco. Anfiteatro vacío de juegos, inundada de sesudos extrajeros, porque aquí quedan pocos para admirar la vieja Roma. Ramblas nuevas de Tarragona cuyos nombres cambiaron, pero que siguen siendo recorridas por sus vecinos de antaño y de hogaño.

Recuerdo las primeras impresiones de Valladolid, la ciudad en la que vivo desde hace muchos años. Aliento que desprendía vapor en el invierno, y nieve que se asomaba de cuando en cuando por sus calles. Antes coches, hoy calles peatonales. Represiones y libertades. Hoy regresan otras represiones no menos angustiosas; tienen forma de democracia, y maneras de libertad, pero sin ella. Envoltorios peores. Aquellos años de democracia recién estrenada no volverán, cuando teníamos ganas de disfrutar de la libertad. De prensa, de expresión, de ser nosotros mismos, de cantar y de vestir como nos diera la gana. Los negocios destruyeron lo que ingenuamente se impuso, y aquellas evocaciones de un tiempo nuevo hoy son souvenirs en televisión y en el recuerdo. La movida se quedó inmóvil y fosilizada en algún año que Olvido Gara y Mario Vaquerizo no me han confesado.

Añoro a los curas de aquellas horas de evangelio y Cristo Joven, aquellos hombres buenos del concilio que celebraban la misa sin más artificio que las ganas de seguir a un Cristo resucitado, un modelo de identidad, un joven para los jóvenes, un Mesías sin más reino que nuestros corazones. Eran días de generosidades, de minusválidos y de encuentros con gentes que peregrinaban por la tierra hasta encontrarse en Taizé, por ejemplo. O en Lourdes, o en cualquier otro rincón de Europa; que se plantaban frente a un muro derribado para gritar Solidaridad, y muchas ganas de vivir.

Llegaron universidades, seminarios, estudios y personas. Recuerdo cuando estuvimos unos cuantos seminaristas de Valladolid en Roma, y saludamos a Juan Pablo II. Recuerdo su mirada y su apretón de manos. Tengo la foto, pero está tomada por fuera de mi cuerpo. El recuerdo lo sigo guardando dentro.

Recuerdo las manos de mis abuelos, el perfume de los sarmientos de la Bronquina, el árbol que plantamos él y yo, un almendro. Todavía en un rincón del jardín, junto a la casa majuelera y el aljibe blanqueado con cal y moscas de julio y agosto. Recuerdo las conversaciones al colegio, de la mano de mi padre, las primeras canciones tocadas con la guitarra de mi hermana, y los suspiros de amor de los primeros anhelos sin resolver. Podría recordar el nombre de muchas de aquellas niñas, supongo que hoy mujeres. Pero no guardo sus rostros en mi memoria, porque el olvido es en ocasiones corto, y el amor demasiado largo para no despertarlo de cuando en cuando.

Aprobé la oposición, escribi mi primer libro, los caballeros de Valeolit, y crucé mi mirada con la de mis hijas. Todavía son pequeñas. Podría añorar los años pasados, pero no podría dejar de atenderlas sin saborear que los recuerdos que ya tengo de ellas, de hace bien pocos años, se han quedado indelebles sobre mi alma. Son para toda la vida, como si hubieran sido escritos desde los días del anfiteatro, o las tardes de salón escuchando los Beatles en Tenerías.

Tengo conciencia de los días de juventud, cuando escuchaba la voz de Dios y me sorprendía de lo que me decía. Palabras que sigo escuchando a diario y que siguen siendo frescas, juveniles, sólidas y bellas. Es quizás lo único que no ha cambiado en estos años de vida, la trascendencia de los filosófos, con un nombre común, el que corresponde a un melenudo de barba poblada y túnica de una pieza. Jesús de Nazaret. Cristo joven decíamos, supongo que hoy sería Cristo adulto.

Y me encuentro con los viejos amigos, con los que compartí vientos y sueños, tierras y desvelos, esperanzas y sosiegos. Y los descubro como yo. Llenos de vida, y con ganas de seguir viviendo. Quizás con heridas y zarpazos, pero con la mirada envuelta en lo que somos. Lo que simplemente somos. Cada uno una cosa distinta, pero únicos e irrepetibles.

 

 

Amar y odiar Cataluña. Amar y odiar España.

De verdad que no me apetecía volver a tocar el tema de Cataluña, que ya aburre por cansino y triste. Pero es obligación en estos días donde los sentimientos se agolpan y se endurecen, como si de una relación de amor se tratara, de amor y odio a un tiempo, escribir y dar una palabra de esperanza a la cuestión catalana. Además, es obligación del que escribe iluminar a los lectores que de fuera de España, mi país, siguen esta bitácora con cariño y entusiasmo, y esperan una palabra que les aclare qué sucede con el problema catalán, con el problema de España.

España es un país acomplejado. De los que más. Perdió en su momento la batalla de la historia contra las grandes potencias europeas (británicos, franceses principalmente), una batalla que era propagandística, y que tuvo como principales voceros a los intelectuales españoles del siglo XVIII, XIX y XX que difundieron durante mucho tiempo la leyenda negra española, copiando las mentiras de británicos, franceses y holandeses, sobre todo. Luego nosotros nos atascamos pensando en el problema de España, como si España tuviera un problema con su historia. No lo hemos superado, y andamos pensando que los españoles somos malos, más malos que el resto. No es verdad, claro, pero tenemos complejo y no hemos ido al psicólogo.

Eso es algo que nunca sucedió en otros países. Francia no tiene complejos, y Gran Bretaña menos. Se la sopla los que piensen los demás cuando hacen el animal. Pero España no. Somos un país sensible, de artistas y de mendigos, de pícaros y de héroes, de Quijotes y de Sanchos, un pais de místicos y putas, de héroes y villanos, de cantaores de flamenco que se mueren de hambre mientras reciben el reconocimiento de los de fuera. Somos un pueblo de tópicos románticos que odiamos, pero somos un pueblo de siesta y de orgullo. Comemos a las tres de la tarde los domingos para demostrar al mundo que no pasamos hambre y que hemos desayunado bien, coño. Somos lo que somos, distintos y especiales. Es verdad.

Pero en España también tenemos un lado negativo, y es que nos puede la envidia, odiamos todo lo nuestro. Somos así. Los españoles hablamos mal siempre de nuestro país. Por eso somos un país fuerte, decía Bismarck, porque a pesar de todos por escojonarla no lo logramos. Los españoles odiamos ser españoles, casi como principio. Y amamos ser españoles porque somos los mejores. Nos sentimos malos y pedimos permiso casi por dar al mundo a Goya, a Picasso o a Cervantes. Somos diferentes, así nos entendemos, y no somos capaces de VER el profundo aprecio y cariño que despierta nuestro país en el mundo, uno de los más admirados y queridos por su simpatía, cariño, romanticismo y belleza. No nos conocemos, y preferimos odiarnos. Por eso somos tan europeístas, porque nos acompleja menos ser Europeos que españoles.

Durante el franquismo, fruto de los mecanismos de la dictadura y de los intereses del llamado Movimiento Nacional (falange, acción católica, militares, etc), se reconstruyó una interpretación de nuestra historia nacional sesgada. Se exaltaron y mitificaron a algunos personajes nuestros como el Cid, o los Reyes Católicos, que poco menos tenían sus continuadores en Franco y en José Antonio Primo de Rivera. Y se denostaron a otros, que simplemente fueron olvidados. Cuando terminó la dictadura, España no hizo los deberes de reconciliarse con su historia. Bastaba con reconciliar las familias y las personas, que no es poco. Pero nunca reconciliamos nuestra visión del pasado. Nunca aceptamos que la bandera franquista no era de Franco, o que el Cid Campeador fuera un héroe legendario como Roland el franchute. Nos quedamos sin héroes y sin relatos que nos hicieran sentirnos orgullosos.

Perdimos, en pocas palabras, el sentido de nuestra identidad, y nos refugiamos en localismo y tribalismos autonómicos. Por eso nos escriben los hispanistas ingleses lo que sucedió durante la guerra civil española, porque no nos hemos reconciliado con nuestra historia. Por eso, no sabemos qué significa ser español. Quizás no sea más que una entelequia que nadie se plantea, pero nosotros sí; y nos flagelamos por ser lo que somos, aunque sepamos que somos estupendos.

Esto explica que en España, durante cuarenta años de democracia, lucir la bandera española fuera entendido como un gesto franquista. La izquierda ha denostado más la bandera nacional que la derecha, y su imposibilidad de reconocer lo bueno que tuvo el franquismo, por ejemplo, nos obliga a estar siempre disimulando lo que somos. Salvo excepción, claro, me refiero a Rafa Nadal, al rey Felipe VI, y algunos pocos más que salen fuera y se sienten orgullosos de ser lo que “sólo” (con acento, coño) cuarenta y pico de millones de personas pueden ser en el mundo: españoles, ni más ni menos.

Ante tal complejo, durante la democracia, en muchos territorios se ha potenciado una identidad fascistoide y nacionalista distinta, regional, provinciana, local, y me atrevo a decir que tribal y pueblerina hasta más no poder. Se han llevado la palma Cataluña y Pais Vasco, el primero con su autoreinterpretación histórica, y el segundo con el terrorismo lacerante, fratricida y nazi de ETA;  pero no hay región en España donde no haya cuatro descerebrados amantes de la absurda y ridícula especificidad. Por eso se hablan tantas lenguas que deberían haberse extinguido hacía mucho, y se potencia que en la universidad se considere tanto lo autóctono olvidando el sentido general de los estudios. No hay región en España donde se defienda a España por encima de la autonomía y el provincianismo. Al contrario, se prefiere potenciar al pardillo local que al héroe nacional. Por eso es difícil escribir en España, y es que España no tiene héroes nacionales como tiene todo el mundo, aquí los héroes son locales y de andar por casa. Nuestros héroes tiene que triunfar fuera para ser reconocidos. Si no triunfan fuera, son odiados y olvidados. Aquí no nos gusta el flamenco, salvo que un extranjero nos diga que es excelente; ni los toros, salvo que venga un francés y diga que es único. ni Julio Iglesias salvo que sea reconocido en el mundo entero y viva en Miami. Ni somos religiosos, salvo que llegue un Papa y nos diga que la mística española es lo más característico de nuestro país. Entonces gritamos Viva el Papa como posesos.

Ningún partido en el parlamento actual, por ejemplo, defiende la unidad clara de España (quizás Ciudadanos – que nació en cataluña precisamente – la cuarta fuerza parlamentaria). Todos los partidos hacen la vista gorda con los regionalismos estúpidos, y con las gilipolleces que nos cuestan dinero. Pero que forman parte de lo políticamente correcto aquí. Eso ha sido alimentado durante décadas, hasta que los catalanes, tras años de adoctrinamiento contra España (contra ellos mismos) han declarado la independencia olvidando a la mitad de los catalanes que se sienten españoles.

Ver las banderas españolas quemadas y arrancadas por el gobierno catalán y por parlamentarios lamentables ha dolido dentro, a casi todos los españoles normales. Somos orgullosos y nos toca los huevos. También duele en Cataluña a los catalanes perseguidos por sentirse españoles y amar su patria española, y ha dolido en todo el país, claro que sí. Nos duele porque somos pareja de baile, de amor y odio, de viaje y de existencia durante siglos. En muchas regiones se puede tener cierta envidia de los próspera que es Cataluña. Y yo, que viví en Cataluña durante siete años de mi infancia, siempre me ha molestado que se hable mal de los catalanes. Lo entiendo, porque cuanto más ha crecido el desaire que los dirigentes catalanes hacían al resto de los pueblos de España, tanto más se ha incrementado el dolor y el rencor. No son diferentes al resto, odian a España tanto o más que los españoles, pero nos toca los cojones que se lo crean y vayan de guays. En el fondo los amamos tanto como los odiamos, por eso no nos son indiferentes.

Y es que duele lo que se ama, y se odia aquello que no suscita indiferencia. Aquí da igual el tema de la pasta. Cataluña es nuestra casa, y es más odiada y querida por aquellos que más la quieren, andaluces y extremeños. Solo en un exceso de despecho se oye decir eso de: que se larguen y que les den por… No, no. Que se jodan, y que se aguanten como todos lo españoles nos jodemos por ser españoles. De aquí no se va ni Dios… (bueno, Dios sí, pero solo Él).

Salieron los catalanes que aman a España y muchos llorábamos de alegría y esperanza. Estaban escondidos, eran Albert Rivera y otros muchos. Eran hijos de emigrantes, como somos todos en este mundo, hijos nuestros que durante muchas décadas han sido insultados, menospreciados y arrinconados por no ser racistas como los nacionalistas de aquel terruño. Pero son hermanos, hijos, primos, parientes de muchos que desde el resto de España hemos visto quemar los símbolos de nuestros padres. Son de los nuestros, perseguidos y puteados. Catalanes y españoles, hijos todos de una historia y una tradición cultural común. Estamos en el mismo barco, y aquí no puede haber privilegiados.

Y hemos sacado las banderas españolas por primera vez en mucho tiempo.

Coincido con Juan Manuel de Prada, un escritor español, cuando afirma que la unidad de España no se puede basar en la Constitución, sino en las tradiciones que compartimos y que confluyen desde el pasado hasta el presente, en especial la tradición religiosa. Pero para eso necesitamos algo que no tenemos: quitarnos de encima los complejos y buscar en lo que nos une en la historia y como fraternidad. Somos españoles, y podemos contemplar juntos las raíces de nuestra identidad común, en lugar de ahondar en lo que nos separa, mejor subrayar y disfrutar de lo que nos une. Que no es poco, digan lo que digan los provincianos esos que dicen que son no sé qué.

Mendigando la poesía de un escritor de Elvas

Me lo encontré por casualidad por las calles de Elvas, la pequeña ciudad, si es que se puede llamar ciudad a un lugar tan coqueto y bello de la vecina Portugal, a tan solo diez kilómetros de Badajoz. Caminaba con una bolsa y dos libros en la mano, y en cuanto me vio, se dirigió a mi, como si supiera que era su salvador de aquella tarde de octubre en calor y en el Pilar.

Habíamos terminado de comer en un antiguo lagar elvense, actual restaurante de fonda y café, donde el tiempo se hacía valer, y la tranquilidad se palpaba incluso en el porte de los camareros, que tardaban en servir y en atender. Calma y sosiego. ¿Por qué no, en un día de fiesta en España? Habíamos comido al calor de las brasas, y tras dar cuenta de un vino blanco fresco, entrantes de bacalao dorado y postre de dulzor exagerado, salimos para entregarnos al cielo despejado en una tarde tranquila y agradable, ni frío ni calor, aunque todos vestíamos con manga corta.

Nos dirigimos a la plaza principal de Elvas, llamada de la República. El día no podía ser más estupendo, calor sobre los adoquines, y muchos españoles tomando ese café portugués de tanto sabor, donde una tacita de negro tiene más aroma que cientos de cafés amargos y solitarios de bares españoles. La plaza está en cuesta, con su adoquinado luso característico, y varios puestos erráticos vagabundeaban la atención de los pacenses que gustan acudir a la vecina Elvas para entregarse a su mesa y a su tranquilidad. Además de una terraza central, con helados y café, había baratijas de mesa plegable, y unas letras gigantes que entretenían a los niños que por allí jugaban.

No había sorbido mi café, ni tomado los niños sus helados, cuando se acercó un transeúnte cotidiano. El mendigo de turno se acercó a las mesas de las terrazas para solicitar unos durillos, pensé que a cambio de unos mecheros, o unos pañuelos. Pero no. Era un portugués de allí, de los conocidos por todos, que saluda con alegría a unos y otros, y que parece un héroe recién salido de la batalla. En este caso era un hombre más bien mayor, de piel arrugada, mirada profunda y sombrero de cuero cosido, con ala ancha y barba canosa mal rasurada. Hablaba un portugués cerrado, difícil de entender, y tras acercarse a las mesas, se dirigió a mi, que estaba observando como ofrecía en una mano dos libros para su compra, y guardaba en una bolsa de plástico anónimo otros cuantos más.

Su acento era imposible para mi. No le entendía, quizás porque a esa hora solo le quedaban susurros para ofrecernos, miradas de orgullo y un par de libros escritos por él. Por qué no.

El escritor y poeta se llamaba Manuel Nicolau Bastos Covas, y ofrecía dos libros de su cosecha, pues era edición de autor, del año 2007. Había pasado diez años desde que he encontrado la última referencia de su vida en internet, y coincidía la fecha con la de la publicación de aquellos cuatro libros que escribió en el pasado, y que me animaba a que nos hiciéramos con dos de ellos. Eran parte de su vida, como sus dos hijos, unos dinerillos con los que pasar los días.

No andaba con la barba rala, ni tenía pusilanimidad en su alma, en cuanto vio una posible venta se animó mucho. ¿Son suyos? Sí. Los he escrito yo, y contienen poesía, me dijo con un acento casi incomprensible. ¿Y por cuanto lo vendes? ¿Cómo? ¿Cuánto cuestan? Cinco euros cada uno. Era una ganga. Venía una foto suya en la portada, en pequeñito, y en el anverso del libro varias sentencias hermosas de recordar, de esas que hoy se consumen como de grandes sabios en twitter. Había poemas y versos hermosos, historias de su vida, anécdotas. No lo he leído todavía, pero están impregnados del alma de aquel hombre que parecía salido de Angola, de la guerra en Africa, del mismísimo Mozambique y de la revolución de los claveles, de la vida errabunda que había tenido, y del éxito y fracaso de alguien que quiere entregar por las calles de su pueblo una parte del arte que guarda en su alma y en su mente.

Le pedí que me los firmara, pues es lo que hacen conmigo los que se admiran de lo poco que puede uno entregar en la vida, como son buenas historias en forma de literatura y belleza. El hombre estaba decidido, no porque no supiera lo que tenía que hacer, sino porque conocía el oficio. Habría firmado cientos de libros antes que el mío, y ahora, que rondaba, según he leído en alguna parte de uno de los libros, los 85 años, le parecía una buena ocasión de agradecerme que tenía un lector más, un lector español. Para o meu amigo Antonio, pone en una letra temblorosa que ni siquiera se atrevió a hacer sentado sobre la mesa de la terraza. Mesa y silla que le ofrecí, pues estaba ante un escritor luso, y eso merece deferencia y honor. Para o meu amigo Antònio, pone en el otro libro. Con mejor letra y más tranquilidad, pues tomó en consideración la silla propia que le ofrecí.

El hombre se levantó con el trabajo hecho, me estrechó su mano cálida y grande, y tras saludar a varios de por allí, se sentó en la terraza, un par de mesas más al fondo para disfrutar de la vista y tranquilidad de la plaza. Reconozco que me pillaba de espaldas, pero según me contaban, miraba de reojo cuando acariciaba las hojas de sus dos libros; me observaba ahora con orgullo,  mientras yo rebuscaba algunos poemas, deteniéndome en unos cuantos para escuchar la voz de Portugal, en su lengua suave, cálida y dulce que rezumaban las letras de Manuel Bastos Covas. No me defraudarían, lo sé, pues aquel hombre había vivido mucho y había puesto por escrito una parte sensible de su vida. Aquellos libros valen mucho más que cinco euros cada uno, y con firma…

No sé cuando se levantó de la mesa, creo que al cabo de un rato de paz. Nosotros marchamos bastante más tarde, con el descanso de Elvas y las ganas de regresar tras un día hermoso y familiar. Sé que seguirá por las calles de Elvas cuando vuelva, él, que se declara escritor alentejano, hombre de paz y bien. ¿Qué quieren que les cuente?

El otro día conocí a un escritor portugués, alentejano de pro, vecino de Elvas y vendedor de libros en terraza. Mendigo de la poesía. Seguro que no les suena, porque yo hasta ese momento tampoco lo conocía. Manuel Nicolau Bastos Covas. Un escritor que escribió algún poema que otro en la vida. Escolha.

Abre os olhos deixa ver

debaixo dessas pestanas

eu quero reconhecer

os olhos com que me engañas.

 

 

Mamá, soy un fascista.

Se ha puesto de moda en el debate político faltar al otro diciendo que es un fascista. Como si fuera un insulto (ale, ya salio el fascista este). El problema está en que nadie se escapa, y hasta la izquierda más radical recibe insultos de la izquierda más antifascista, que los tacha de ser todos unos fascistas. O sea, en realidad todos somos fascistas en diferente grado de la escala rijter. Menos el último descerebrado, el gran puro y casto antifascista, que considera a la humanidad en su conjunto una falange miliciana toda ella a su derecha. Será manco, claro, ya que él es el único antifascista de verdad, y los demás unos fascistas camuflados.  Yo seguramente sea un fascista en grado 6 escala richter, pero los hay de grado 2 y de grado 9 dependiendo de si sacan la bandera española el día del fútbol, el día del Pilar o cualquier otro día. Desde luego, aquí hay tema para cortar, y mucho.

Al principio de los tiempos fascistas, los fascistas eran simplemente los italianos que seguían a un socialista reconvertido, cuyo nombre era Benito y cuyo apellido era Mussolini. Era el nacimiento de los movimientos totalitarios de nuevo cuño se caracterizaron por su socialismo totalitario reconvertido con una absolutización de la patria, la raza, la nación que es el pueblo y los milicianos con uniformes bonitos. En todo eso chocaban frontalmente con un enemigo artificial que se crearon, el comunismo y el marxismo de Stalin (que era su primo hermano); y con su enemigo natural que era la iglesia católica, siempre defensora de la prudencia, la mesura y el amor al prójimo. Pero como la iglesia no era suficiente enemigo natural, se buscaron el liberalismo y la democracia, que daba más juego, y que además tocaba poder.

Luego surgió el Nazismo, que era el fascismo en plan alemán. En lugar de Mussolini, tuvieron como dirigente a un tipo cetrino de brillante oratoria llamado Hitler. Y en lugar de amar lo suyo, se decidieron a quitarle al otro lo que tenía. Del amor a lo propio y del odio al prójimo debía haber un paso para esta gente. Y así, llámese judíos, gitanos, patria polaca o lo que fuera, se dedicaron a poner en marcha sus ideas machacando al resto. igual que Stalin, vaya.

Curiosamente, Franco nunca fue un fascista, sino un militar, que como todo el mundo sabe, siempre han sido muy admirados por los fascistas. Cuando llegó el momento la desenfundó, se cargó a la falange suplantándola (¡Franco el gran antifascista!) y los mezcló con los requetés, que eran los carlistas del siglo anterior. Para colmo, durante el franquismo, mandó gobernar a los liberales de la iglesia católica, o sea, a los tecnócratas con los pobres falangistas, que casi ya ni eran lo que había deseado ser. Sorpresaaaaa.

En nuestros tiempos, del fascismo no queda nada. Lo que hubo en Alemania lo barrió la guerra, y lo mismo pasó en Italia. Los movimientos de ultraderecha, en realidad no son más que gentes de ultraizquierda cabreada con los emigrantes y con sus ideas imposibles; los cuáles terminan, en un alarde de mosqueo y bronca, votando al primero que les prometa limpieza étnica por las calles, orden público y justicia social. Es el comunismo de Stalin  pero con otro nombre. Fascista, eres un fascista. El liberalismo, que es la base de la democracia, es precisamente el grupo político más acusado de ser fascista y malo, cuando precisamente son los más antifascistas de libro. Para estos insultadores, genios de la propaganda, un fascista es un anticomunista, y un comunista un antifascista. Por eso, si no eres comunista, eres, por definición, un fascista. Así que… todos somos unos fascistas. Incluso muchos comunistas son fascistas como no se anden con ojo.

El epíteto se extiende como el aceite en la sartén, y cualquiera te puede llamar fascista por cosas tan nimias como discrepar de sus ideas. Si no te gusta la ideología de género (totalitaria al estilo Stalin) eres un fascista; si permites la libertad de expresión para todos, puedes ser tachado de fascista, si te gustan los toros eres un superfascista, y si no reciclas las toneladas de plástico que te venden los fascistas eres otro fascista. Si sacas la bandera de España eres un fascista, y no la sacas eres un fascista camuflado. Estamos perdidos, porque la definición de fascista es: tipo que discrepa de otro que se considera antifascista.

En Cataluña, ya lo ha dicho la tipa esa de las cavernas, todos somos fascistas por ver la televisión española y no la teuvetres. Es fascista el Rey Felipe VI, y son fascistas los polis (en realidad son trabajadores) y los guardias civiles (son militares), y hasta la poli regional la pone de fascista según el día.

Como decía Churchill, los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas. Pero claro, que se puede esperar de Churchill, que como todo el mundo sabe es uno de los fascistas más fascistas del fascismo.

Gracias Cataluña, ¡Qué chispa tenéis, tíos!

Sería una tragedia si nos faltara sentido del humor. Y sería una tragedia si muriera alguien, porque cuando escribo esto todavía no ha sucedido nada serio y verdaderamente irreversible. ¿O sí? Los catalanes están decididos a hacer humor, a divertir a toda la comunidad internacional, incluida la española, y la verdad, se lo agradecemos mucho, porque estamos realmente aburridos sin una revolución pachanga que llevarnos a la cara, y sin un reality chou auténtico, de los que se construyen con la vida real, con butifarra y calzoncillo cuatribarrado.

La verdad es que estos días parecía que se iba a quedar en nada el rollito este catalán, pero, ¡qué va! Estaban preparando un gorda, de las más divertidas que yo recuerdo en el mundo de la farándula nacional. El retrato no ha podido ser más bufo y absurdo, cual comedia de Pirandello: las urnas en la sacristía, el Puigdemont escondido cual zorro para votar en la casa del vecino,  gente merendándose varias butifarras nocturnas cual panceta aragonesa, colegios abiertos en noches estrelladas (que no esteladas) con padres escondidos tras sus hijos, el Piqué llorando más que cuando hubo un atentado terrorista y gente votando y metiendo la papeleta en cualquier buzón sonriente. Ni las FARC, oyes. Y el Piqué nos cuenta que es un derecho votar aunque se salten la ley (¿se lo habrá sugerido Shakira?), y los mossos de escuadra (que son la poli catalana) disecados frente a los manifestantes.

No sé por qué dicen que no son españoles, si son la esencia de la españolidad que retrató Berlanga e interpretó Paco Martínez Soria. Mary Sampere era una aficionada al lado de estos tíos. Y por supuesto, hay que dar las gracias a su ideólogo Puigdemont, el quinto miembro del Tricicle, y por supuesto a Marianico, que está esperando en la Moncloa a que pase la fiesta, porque él no es amigo de jaranas, y ha enviado a la poli para ver si alguien hace algo con el problema catalán. Porque él si que no piensa hacer res de res. Ni hoy ni mañana. Que lo sepas.

La fiesta de la independencia ha molado mientras nadie los molestaba. Aunque todo era más aburrido, seguro. Y al amanecer una pena, porque la peña estaba cansada y no ha dado la talla ni para responder a la poli reclamando la independencia por las armas. No tendremos independencia, pero que bien lo hemos pasado. Había juerga hasta en el polideportivo del cole. Como dijo un castizo español, ¿para qué cojones sirve una tía antes de la seis de la mañana? Y es que es verdad, para divertirnos nos bastamos los tíos. Pues bien, la guardia llegó a las seis de la mañana, supongo que con las horas extras pagadas, porque un domingo a esas horas… ya está bien. Y unos cuantos que no se iban. Que viva la democracia. Digo yo que si hubieran llegado antes la poli… pero no. Y ahí ha estado la cosa. Se ha animado el cotarro, y para mi que estaba de antemano todo organizado por la teuve tres para entretener al resto de los españoles y del mundo, que todavía no sabe si las hostias de la poli son legítimas o no. Gracias, tíos. Entretenimiento desde las seis de la mañana, y sin pagar por anuncios.

Los nenes a su casa, dijo la Guardia Civil, y claro, la gente, que tenía a los párvulos de fiestuqui en el polideportivo del colegio tuvo que hacer oreja. Se acabó el maltrato infantil y el tener a los críos dando la nota a las tantas, que hay vecinos que duermen. Serán charnegos dando la murga, qué si no.

El caso es que decidieron clausurar el buen rollo de los que han excluido a media Cataluña por no hablar castellano; y se han pillado un rebote, porque esta gente piensa que un colegio no un centro para educar, sino un lugar para reivindicar sus ideas a costa del erario público, e inculcarles al resto las propias. Visca Catalunya y la República catalana. Que se vayan del cole, que no, que sí. Ale. Gran espectáculo televisado en directo, donde lo único que nos hemos perdido es la butifarra, porque sin duda la han guardado antes de que llegara la poli. Para mi que la han escondido dentro de las urnas, que por eso son opacas. Votaremos por cojones, y vaya si han votado, unos contra otros.

Al final, digo, se ha llevado la poli los votos en bolsas de basura. Por supuesto, se quedaron los que estaban dispuestos a morir como héroes, entre los cuales no hemos encontrado ni a Puigdemont, ni al Junqueras ni a la Gabriela. ¿Qué raro? ¿Dónde habrá votado el honorable Pujol? En su lugar aparecieron los sindicalistas de la causa de turno, los cuales, después de jartarse toda la noche a zamparse buenos huevos fritos con chorizo, butifarra, pan tomaca y rebanadas de payés, han terminado contándonos que son unos mártires de Cataluña. Y que la democracia es hacer lo que les sale de los huevos; por eso es el peor día de la vida del lloroso Piqué. Que agredir a gente que incumple la ley está muy feo, que es mejor que hagan la vista gorda como en los últimos cuarenta años. Y que Rajoy es un facha. Aunque esto último no nos pilla de nuevas.

El día ha estado curioso. Me he enterado que los de la CUP guardaban las urnas en la sacristía de la parroquia, unas urnas opacas, para que no se viera si había dentro una serpiente de cascabel o un taco de votos ya emitidos. Se votaba en casa (la de los ocupas, claro), o en la iglesia, que es la casa de todos. Es lo que tienen las democracias precipitadas. Y solo había un sitio donde esconder las dichosas urnas: o en el contenedor del barrio, siempre bajo la desgracia de que pase el camión de la basura antes de la madrugada; o en la parroquia, que es el lugar menos visitado en Cataluña desde que la religión nacionalista se instaló en el subconsciente colectivo. Yo creo que la Gabriela esa se fue a ver al párroco de su pueblo. La mujer (aunque tengo dudas serias sobre si es tal) hizo un esfuerzo notable, pues desde la comunión no había pisado por allí. Se colocó unas coletitas, y se puso un par de lazos rosas, tipo hello kitty. El sacerdote, poco acostumbrado a ver a la mureneta en directo, se creyó que estaba ante una aparición. Y es que cuando se reza poco, no se reconoce lo divino. El caso es que el hombre se vino arriba emulando a los mejores sacerdotes trabucaires de nuestra tradición española. Español, español. Guarda aquí lo que quieras, hija mía, total… hay sitio. Visca Catalunya y muera el clero. Hombreeee, eso no hija mía. Que el clero siempre es servicial y bueno.

Pero eso es nada comparado con nuestro epígono Carles Puigdemont, campeón del humor.  A la altura de la Sardá, el Buenafuente y el Eugenio juntos. El tío se fue a votar al colegio electoral que le apetecía para votar y hacerse la foto. Más que nada porque el de su pueblo de Gerona estaba ocupado por la poli. Que vis cómica, qué gusto, qué elegancia. Ni siquiera se tuvo que poner una peluca en la cabeza, ni unas gafas de sol. Apareció en otro colegio electoral, quizás el que abrieron en el supermercado de un cuñado suyo, y tras votar y sonreir, pegó su foto en el twitter, para que viéramos que todo transcurría con normalidad. En realidad, no. Bueno. Todavía no saben si ha habido normalidad o no. Subnormalidad sí ha habido, creo; ¿o tengo que hablar de sobrenormalidad? Da igual. En España la normalidad es esto, y en Cataluña más. Luego ha jugado el Barça su partido de liga contra Las Palmas, y todos tan contentos de volver a la rutina. Piqué el primero.

Dicen los golpistas que la culpa de que no hubiera normalidad no era porque se hubieran saltado la ley sin querer (una vez más desde hace 40 años), sino porque esta vez el Rajoy mandó a la poli a poner seriedad al asunto. Gran intervención, sobre todo cuando pienso en los coches  de la Guardia Civil destrozados hace tan solo unos días. Las hostias les cayeron a los otros. Curiosamente, se cambiaron las normas de votación antes casi de empezar a meter butifarras y votos en las urnas. ¿Algún voluntario para presidir esta urna electoral por la independencia? Y los más aguerridos a la causa dieron un paso adelante, deseosos de pasar a la historia del humor patrio. Por catalunya, por catalunya. Me pido presi, yo secre. Y todos felices. Metieron las papeletas sin control, yo meto tres, yo quince. Viva la democracia. Que malo es el Rajoy, collons. Seguro que no es ni gallego. Y la tele venga a filmar sin cortarse.

Rebuscando por ahí encuentro muchas fotos, y no me resisto a la siguiente. Es Puigdemont en el Hugginton post o como coños se escriba. Es el quinto miembro del Tricicle, sin duda. Nos mira como serio, pero en el fondo está de cachondeo, dispuesto a soltarnos en cualquier momento un chiste ingenioso. ¿Saben aquel que diu, que en qué se parece el parlament de catalunya al parlamento español? En que los dos están lleno de patriotas… he, he.

Mucha gente no ha votado, ni le interesa el rollo de lo ilegal. Normal. Se han quedado en su casa y no les ha parecido que sucediera nada raro. Los turistas como siempre, han paseado por las ramblas y se han hecho una foto con la Remedios, que es lo que les importa. Habrán comprado flamencas con el toro, y Sagradas Familias tamaño menudo. Es lo que hay que hacer. Otros han puesto banderas españolas en sus balcones, para que alguien se acuerde de que lo del referendum es una movida de una minoría. El caso es que Cataluña dormirá esta noche tranquila. Digo yo. Hasta el martes o el miércoles, donde proclamarán la república catalana por decreto legislativo. Que son así de cachondos.

Ha sido como si el televisor de hubiera llenado de Sazatorniles en la ESCOPETA NACIONAL, y sin avisar ni nada. “Ah, es que los catalanes siempre ponemos el dinero para Madrit. Y en este caso el espectáculo sale gratis a todos…” La escopeta catalana, lo habría llamado yo. Ridículo y bochornoso hasta aburrir. Unos por pasarse la ley por el forro, y otros por dejarles cuarenta años más sueltos que berracos en celo.  Hasta la próxima diada igual no pasa nada. Eso sí, yo creo que esta va a ser insuperable, y les vamos a tener que dar la independencia, por cachondos. Porque esta vergüenza que hemos pasado, no lo mejoran en siglos.

 

Zolopotroko teatro. El buen teatro.

De las tres fotos, me parece que esta es la que estamos mejor, a pesar del fluorescente del fondo, y del rictus de Julio Martín. Os los presento. ZOLOPOTROKO TEATRO. Gente que lo hace muy bien, y que trata de sacarse las castañas del fuego haciendo teatro. Buen teatro.

Nuria Martín (con su personaje Tina) y Julio Martín, llevan haciendo teatro unos cuantos años, pero han abierto desde no hace mucho un local en Cabezón (cerca de Valladolid), donde acogen cumpleaños, dinamizan pequeñas fiestas, y ayudan y representan el teatro con el que tanto disfrutan. No están solos, pues hay un buen grupo de buenos actores y actrices junto a ellos. Son los externos de las compañías, porque hoy el negocio del teatro no da para tanto. Ellos son dos, pero cuando montan algo contratan a muchos, de los mejores, porque quieren ofrecer lo mejor. Y lo consiguen.

Son el teatro de siempre, el teatro que malvive y le cuesta ganar unos duros, el que hace las delicias de los niños, el que va de pueblo en pueblo, el que despierta el amor de los más pequeños por los cuentos, las canciones o los peluches gigantescos. Son una compañía para hacer soñar a los niños, para que sean felices con historias sencillas y bien elaboradas, con un repertorio abundante y una profesionalidad fuera de dudas. Son una compañía que se sostiene gracias a un esfuerzo y a un trabajo interminable. Son trabajadores de la tramoya y las luces, de la televisión (donde han estado muchos años con el personaje de TINA en TVCYL) y de la interpretación. Son una compañía de dos, cuyos principales amigos los componen los ojos hermosos de los niños que los miran  y contemplan con la boca abierta.

A mi me encanta esta actividad, ese gusto por el teatro y ese amor a la bambalina y el maquillaje, las representaciones y el público. Pero es que ZOLOPOTROKO TEATRO es mucho más. Han animado y participado en unas cuantas ferias del libro, donde el libro infantil se convierte en un plato lleno de condimento y sabor. Es buena cosa que el mundo del teatro se alimente de la lectura y la lectura del teatro. Amigos inseparables, donde una buena ilustración en un cuento infantil evoca a un personaje simpático, quizás visto en un espectáculo de Tina, de Zolopotropo Teatro. Historias que se alimentan, y sueños que se irradian en el mundo de la fantasía.

Me cuenta Julio, que Nuria es la hace sus adaptaciones, las de Lorca, las de sus historias clásicas, las de los demás. Tiene talento, sin duda. Me recuerda a la de tantos escritores que andan buscando un lugar donde darse a conocer. Al poeta le agrada mucho cuando tiene la oportunidad de recitar sus versos, sencillos y buenos; y el dramaturgo, el escritor de teatro, es feliz cuando alguien decide trabajar un texto suyo, darle vida y convertirlo en obra teatral. Representar es lo máximo para un escritor de teatro. Lo que no es fácil. Para un novelista suele ser distinto, pues nos agrada simplemente que nos lean y se disfrute con esa lectura. Haga pensar, haga ver cosas… Para un actor, el aplauso y la credibilidad por un magnífico trabajo es lo que más satisface.

Cientos de obras de teatro de escritores están esperando el sueño de los justos, son obras buenas, escritas para ser representadas. Pero no hay tantas compañías, tampoco hay tanto amor por el teatro como para que tengamos la oportunidad de ver teatro en casa, desde el sillón del hogar. ¿Qué eso no es teatro? Tampoco se ve bien el fútbol en casa (en el campo se aprecia todo mejor), y nadie parece darse cuenta. Es verdad que en directo el teatro es una experiencia catártica, única y vibrante; pero echo de menos el teatro en la televisión, el buen teatro. Me recuerda que hace unos años en televisión el teatro en diferido era una manera más de ofrecer al espectador, de muchos lugares de España, lo que no puede tener en su pueblo pequeño o su ciudad. Por desgracia, parece que los escenarios de nuestro país, los que vemos por la caja tonta, solo sirvan para que algunos buenos actores se dediquen a contarnos chistes. A mi me encanta, pero aspiro para mi país algo más que un club de la comedia donde nunca hay más comedia que la que nos proporciona un puñado de gracias.

Por el teatro y por ustedes.

dirección y relación con zolopotroko: zolopotrokoteatro.com

 

 

 

 

¿Libros de texto gratuitos? No, gracias.

Me reconozco a contracorriente de las tesis que proclaman que hay que dar gratis los libros de texto a los niños. Es la que defiende el sindicato de padres de izquierdas CEAPA, y a la que se apunta la gente sin demasiado criterio. Todo gratis, que nos den que estamos necesitados de todo. Es la tesis del pedigüeño, del que ratonea por un plato de sopa, cuando tiene en casa un jamón colgado. Lo siento pero no. Los que se da gratis, termina por no valer nada. Y hay libros de texto que valen oro. Joyas auténticas. Mejor que se quiten el fútbol de pago, coño.

Ya sé que está de moda socorrer a los padres con becas. Vale, si se necesita dinero porque no se tiene, vale. Pero los libros cuestan dinero a alguien, y la cultura de la gratuidad, del intercambio y del usar y ceder a otro, termina haciendo de los libros una especie de objeto olvidable, como si fuera una mochila, un estuche, la tableta o un sombrero viejo. No me parece. Mejor que proclamen la conexión a internet gratis para la humanidad, o que subvencionen los pinchos en los bares. Que no. Que un libro es otra cosa, y no precisamente de usar y tirar. No es un profiláctico, ni un abono de tele de un año.

Yo guardo varios de los libros de texto de mi juventud, los más valiosos, que se han convertido en auténticas reliquias culturales. De hecho me he arrepentido cientos de veces haber “prestado ” (ya no volvió) un libro de Literatura Contemporánea de COU que era cojonudo. Mejor que una enciclopedia. Era sencillo, claro y didáctico. Se podía repasar cientos de veces y no caducaba, entre otras cosas porque las humanidades no caducan nunca. También he vuelto a revisar los de filosofía de aquellos años, los de historia, los de latín, y muchos otros. Cuando en algunas ferias de libros de ocasión examino los viejos libros de texto, me doy cuenta de lo bien hechos que estaban, de los sintéticos que eran, de lo claros y límpidos que presentaban los temas. Por desgracia, no hay muchos. Y los que se hacen ahora están demasiado pensados para satisfacer a los grupos de presión de nuestra sociedad, desde las feminazis hasta los nacionalistas y los animalistas.

Añoro mis viejos libros, y me parece que eran los mejores. No porque fueran en los que estudié, sino porque están muy bien. Infografías buenas, fotografías fantásticas, cuidado editorial y esmero en su preparación. Mapas estupendos y esquemas y síntesis para quedarte con lo más importante. Pasados unos años, volvías a ellos y siempre aprendías cosas. Era como despertar a una información que se había dormido, que simplemente la habíamos memorizado en espera de años de madurez, donde el recuerdo fuera capacidad para comprender y relacionar lo que uno descubrió un día.

Pero aquellos buenos libros de texto han ido desapareciendo. Primero fueron las grandes superficies que tiraron los precios. Muchas librerías dedicadas a los libros de texto tuvieron que reordenarse o desaparecer. La Ley del Libro, donde el precio del libro no puede ser modificado por el vendedor, llegó tarde en España. Por entonces, el marasmo de legislación educativa había hecho mella en los editores. Se sacan proyectos educativos que más parecen hechos para satisfacer a la clase política local y particular que a educar y a enseñar cosas. La culpa no ha sido del todo de los editores, creo yo; sino de los legisladores que se empeñan en meter su coletilla de género, su rollito de igualdad, su tontería nacionalistas, y los pobres editores cada vez los sacan más deprisa y con peor calidad. Que se lo digan a los escritores de libros de texto (generalmente profesores), que trabajan a destajo y a contrareloj cada vez que hay una reforma educativa.

Lo último en el desastre educativo está en no vender el libro, sino el acceso electrónico a un libro electrónico con fecha de caducidad. Es la solución que están dando, por desgracia, los editores, con el beneplácito de los partidos y sindicatos de la cosa nostra. La moda de las nuevas tecnologías de la sumisión, que lograrán en no mucho tiempo que todos repitamos lo mismo, está logrando que no haya libros de texto, sino tabletas. Es decir, se vende el libro para tablet, la licencia mejor dicho, con una clave que es tanto como decir que tiene fecha de defunción. O te lo estudias o te lo tendrás que comprar otra vez el próximo curso. Y por supuesto, y esa es la tragedia, nunca podrás volver a revisarlo, no podrás repasarlo el próximo año, ni en los venideros. Se murió el texto. No hay pruebas, no hay delito. No traspasaremos el libro a otro, porque no habrá libro. Il est disparû, que dirían en Francia.

Por eso me encanta, cuando salgo al extranjero, hojear los libros de texto de Portugal, de Francia, de Alemania. Me da que los hacen mejor que aquí; y digo yo que será porque las autoridades educativas no están deseosas de que los alumnos se los pasen de un curso a otro, sino porque piensan, como lo creo yo, que un libro de texto es para toda la vida. Por eso no puede ser gratis. Gratis son los apuntes de clase. Digo yo.

 

 

Paisanicos por el telediario.

Es costumbre televisiva, que para dar una noticia y que parezca más fiable, rodearla de paisanos que pasaban por allí. Es un “aquí te pillo aquí te mato”, y el aparente fulano de la calle se dedica a contarnos su rollito, que para eso le ponen una alcachofa en la boca. Se supone que es el testimonio inmediato y subjetivo, que da cierta verosimilitud a la noticia, pero es también una costumbre penosa, porque además no aportar nada de interés, nos hace perder el tiempo a los televidentes. Excepto el relleno informativo en espera del Tiempo, todavía no sabemos para qué sirve sacar a la peña opinando, cuando ni saben hablar, ni dicen nada de interés que no nos hayan contado antes.

Es curiosa la práctica, porque en lugar de ver la noticia, nos encontramos con una piara de tipos entrañables y fecundos que no pintan mucho en la noticia. Si hay fútbol sale el mengano de la cola contándonos que lleva ahí tres horas para comparar una entrada de no sé qué partido histórico; si llueve a cántaros la señora con el plástico en la cabeza nos informa excitada que hacía años que no veía llover así; si hay un atentado, el camarero del bar cercano nos cuenta con un palillo en la comisura labial que oyó un ruido bestial y que se asustó cuando vio correr a la gente. Y que qué cabrones. Son los nuevos tiempos, y sus minutos de gloria. Lo curioso es que luego sale presentando el telediario un trajeado señor o señora con media sonrisa en la boca, feliz de ver que los paisanicos son simpáticos y sencillos. Misericordia Dios mío por tu bondad. Qué majos, oyes. Los trajeados y los que pasaban por allí.

Estas prácticas comenzaron hace unos cuantos años, y supongo que son copia de lo que hacían los norteamericanos con su gente, aunque sinceramente, tengo dudas, porque cuando veo un telediario en la CNN o las noticias en Eurosport, se dedican a contarnos la noticia sin más, y entonces no aparece el gentío que tenemos por aquí. Será porque hablan en inglés y todos parecen más listos. O porque tienen que resumir y no les gusta mostrar las vergüenzas propias.

Supongo que va por países. En el mío se pone un cartelito al fondo del sujeto, algo que ponga: testigo, y ya está. En realidad no sabemos nada del espontáneo, ni si es mentiroso compulsivo o letrado en las Cortes. Testigo, y ya está. Estoy seguro, en la paranoia más creativa que puedo gestionar, que son otros periodistas en paro que están disfrazados de gente como de la calle, porque acaban siendo una multitud de tipos donde no faltan, la señora mayor con su marido callado y avergonzado, la parejita joven tipo logse, el colega de pelos de colores y tatuajes vistosos y el ejecutivo con traje que se las da de listillo.

Los enviados especiales son un ejemplo de lo que digo, periodismo en riesgo. Antes eran gente como que había visto mundo, y se enteraba; pero últimamente también van haciendo el ridículo, sobre todo cuando nos cuentan la inundación de turno. Lleva a conmiseración ver a los reporteros con agua hasta la rodilla contándote que un huracán ha llegado a Tejas, que se ha inundado todo, y que ellos están allí. O nos tiran la bolita de nieve cuando hay temporal, y casi hacen windsurfing cuando hay un maremoto (tsunami en japonés). Son capaces de meterse en medio de un atraco a un banco para preguntarle al director de la sucursal que qué le está pasando mientras son encañonados por el atracador. Seguro que el director de la sucursal están encantado de salir por la tele y de que le vea la parienta, porque en eso somos únicos.

El caso es que se ha convertido en una práctica tan generalizada, que si quitas a esta gente espontánea, las noticias se quedan en nada. Se dan en diez minutos, incluso en menos. En la radio hacen lo mismo, piden a los oyentes que se manifiesten, les graban la voz y luego van metiendo las “opiniones de los oyentes” en los programas de tertulias. Más que nada para exaltar y cabrear a la gente, digo yo. Abunda la gente encabronada, pero tampoco faltan las abuelitas reflexivas y resolutiva que arregla los complejos problemas del país a hachazos. Reconozco que casi siempre me produce cierta verguenza ajena. Unas veces porque el participante no dice más que sandeces poscabreo que dejan patente el bajo nivel de mi país; y otras porque los tertulianos puntualizan a los paisanos como si fueran grandes adalides del saber. Entretenido si es, oyes.

También están los informativos especiales, donde nadie dice nada nuevo durante horas y horas, y el número de paisanos multiplica en cientos, igual que el de reporteros. El ejemplo último más importante ha sido el atentado de Barcelona. Horas y horas sin contar nada. Dicen que informando, pero no. No informaba nadie de nada, y no hacían más que marearnos con los rumores y poco más. Te repetían lo mismo, y te metían las mismas imágenes en bucle. Los contertulios no decían nada de interés, porque no había nada que decir. Pues que ha habido un atentado, ya está. Relleno, porque están como reconstruyendo los hechos sobre la marcha. Ves el atentado en directo, y los periodistas y los paisanos jodidos sufriendo de un lado para otro. Por supuesto nunca te contarán el por qué de nada. Les importa lo inmediato, lo que vende, lo que engancha al telediario es el suceso. No una explicación sesuda e inteligente.

Eso hace, que por ejemplo nunca jamás sepamos nada de África, ni de Asia. Ni si hay elecciones, ni si han masacrado a cientos de miles de personas. Salvo una catástrofe gravísima como el ébola, (donde el paisano escogido del telediario es la religiosa y el cooperante), jamás nos van a contar nada de nada. Por eso la gente tiene una idea tan equivocada del mundo. Mientras tengamos paisanos y fútbol, para qué queremos saber más.

Por eso me he apuntado al teletexto. En realidad me informa en dos minutos y me basta. Casi todas las noticias están recortaditas, pero al menos no me marean, y me entero lo mismo.

Dicen que fue inventado como una especie de antecedente de internet. Aunque en internet no hay nadie que te dé la noticia con tanta formalidad y serenidad. De hecho, las noticias en internet mienten más que hablan. En el teletexto no. Dos frases cortas por noticia. Punto. Ya está. ¿Para qué recrearte minutos y minutos viendo a los catalanes en su circo? Con saber lo que ha pasado ya está.

En el teletexto miras la noticias, te informas y apagas la tele. Por eso nos lo quitarán cualquier día, porque nos quieren mirando paisanicos todo el día, para que nos convirtamos en lo que contemplamos. Eso sí, las razones de las cosas, el por qué, la causa de fondo… eso no te lo contarán nunca. Y es que pensar requiere tiempo, y el telediario prefiere perderlo con otras cosas, que tampoco informando.

 

Ciencia Ficción y Terror en ORSON SCOTT CARD. Narrativa breve de Mapas en un espejo.

Tenía muchos temas para tratar, desde el sentimentalismo que despertó la muerte de Lady Di, víctima del pueblo y de su curiosidad, hasta las múltiples tonterías que el devenir político nos deparará como no detengamos a los dictadores de Corea del Norte y de Cataluña. Pero no. Prefiero dedicarme a hablar de un escritor que me ha gustado: Orson Scott Card.

Estamos ante un escritor que consiguió, hace unos años, los premios más prestigiosos de ciencia ficción en Estados Unidos: premio Hugo de novela, Premio Nebula, Premio Locus y el Margaret Edwards, que es otorgado a autores de literatura juvenil. En España, la ciencia ficción cuenta con muy poco reconocimiento público de la cultura oficial, entre los que incluyo la prensa y los grandes premios literarios. Pero en USA no es así. Aquí, y me refiero a Europa, es tratada la ciencia ficción y la literatura de terror como el hermano menor de la narrativa, lo mismo que la literatura humorística, o la fantasía en general. Por eso no es demasiado conocido. O sí. Es el escritor de la novela que luego se hizo película LOS JUEGOS DE ENDER. Ahí sí, sí que nos suena. Si hay pelí, sí que nos suena. La peli también la hicieron los americanos, quién si no.

El libro que me he leído este verano, o mejor dicho los libros, son una colección de cuentos cortos que agrupó hace unos años y que tituló MAPAS EN UN ESPEJO. Algunas son sus primeras obras, sus primeros cuentos y narraciones, los más exitosos y los más curiosos. Selecciona un buen número de obras, entre las que incluye la primera redacción de Los Juegos de Ender, que fue antes cuento corto y luego creció hasta ser novela. Además incluye muchas pequeñas obras de terror, e incluso cuentos familiares, los que destinó a su comunidad mormónica.

Orson Scott Card escribe con la soltura que ahora se impone en todo el mundo, maneras americanas cien por cien. Poca descripción, abundante diálogo, movimiento y construcciones que sean sencillas y fáciles de digerir. No se va por las ramas. Estamos en el género narrativo del cuento, que requiere todo eso en grandes dosis. Orson no usa la literatura para expresarse, sino para contar cosas, entretener y ganar dinero vendiendo impacto y sorpresa. Y lo hace bien.

Su novela más conocida, LOS JUEGOS DE ENDER, no es mucho más larga que el cuento que lleva el mismo nombre, cambia un poco el punto de vista, pero no demasiado. Lo va espesando (término que yo utilizo) para consolidar y fortalecer una historia; pero no logra superar nunca las quinientas páginas. Me recuerda a Edgar Allan Poe, que no lograba escribir una novela larga, salvo su excepcional “Narración de Arthur Gordon Pyn”. La narrativa americana que es demasiado directa y ágil, pierde fuerza en cuanto quiere contar algo introspectivo que requiera entrar en detalles. Tienen miedo de aburrir, y terminar cansando, pero no por la falta de acción, sino por su exceso. Autores como Ken Follet terminan haciendo de sus abultadas novelas auténticos folletines, y es precisamente por eso, porque no dedican (como sí hacían en el siglo XIX) párrafos a describir el ensimismamiento de los personajes. Por eso a la narrativa americana pragmática le sienta mejor la narración corta, el cuento sencillo. Orson Scott Card lo hace muy bien, y en el género del cuento corto parece moverse como pez en el agua.

Además de los cuentos, en esta agrupación literaria, Orson explica las razones de tal o cual cuento, que va mezclando con las circunstancias de su vida y de su manera de pensar. Orson es un tipo comprometido con la defensa de la familia en Estados Unidos, lo que le ha valido el rechazo de la comunidad LGTB… (y un largo etcétera de siglas…) que lo ha saboteado y perseguido de las maneras más extrañas posibles. Él cuenta un poco de todo esto, de los fanatismos que se ha granjeado en su vida, y de su compromiso por la iglesia mormona. Además de sus problemas de sobrepeso, y las dificultades para sacar a sus hijos adelante.

También cuenta, Orson es un tipo sincero e inteligente, cuando un cuento le ha salido bien, y cuando no, la sorpresa que se lleva cuando  le llega el éxito o no, sin terminar de entender las razones. O sí. Orson explica al detalle, desde su punto de vista, por qué algunos cuentos fueron publicados (casualidad), sin que tenga ni pajolera idea de por qué unos elegidos fueran aceptados por el público (fortuna). Se supone que el éxito tiene que ver con estar en el lugar adecuado el día adecuado.

Defiende también, como si fueran sus hijos, las narraciones que se quedaron fuera de ser publicadas por razones un tanto absurdas, que son las que manejan a menudo los editores. Hay libros que entran por los ojos aunque sean malos (cumplen sin más) y otros que son rechazados de buenas a primeras sin que nadie sepa a ciencia cierta las razones más allá de una simple e imaginativa intuición. C’est la vie.

Me gusta su tono de hombre bueno, sencillo y sincero. De persona comprometida con sus valores religiosos y sus convicciones, de sus historias forjadas a golpes y experiencias dolorosas vitales. Como siempre se ha dicho, no se puede escribir sobre aquello que no se conoce. Por eso la ciencia ficción es uno de los géneros más complicados de abordar para un escritor, precisamente porque hay mucho que no se conoce.

Y Orson Scott Card lo hace precisamente muy bien, por eso lo recomiendo.

Los pilares de Occidente: la mentira, la basura y los ositos de peluche.

Cuando estudié primero de carrera (hace unos treinta años), en concreto Derecho Romano, recuerdo que en el inicio del libro de Derecho Público Romano se hablaba de los pilares de Occiente, y se afirmaba, con solemnidad y rigor que habían sido tres: el Derecho Romano, la Filosofía Griega y el Cristianismo. Hoy han sido sustituidos por tres tataranietos que no dan mucho de sí, pero que ahí están, decadentes y no menos firmes: la basura, la mentira y el emotivismo de los indignados del peluche. Estos piden paso y se quedan a la fuerza. Por eso hablamos de ellos, porque no será por mucho tiempo. Digo yo.

El Derecho Romano, que ha venido articulando durante casi dos mil años las relaciones civiles de los hombres entre sí (familia), de sus compromisos (obligaciones y contratos) y de sus bienes (derechos reales), ha terminando convirtiendo las relaciones sociales en relaciones mercantiles, para luego dejar temblando a la humanidad (y al planeta) con relaciones financieras y especulativas. Es lo que nos queda hoy. Personas que se relacionan especulando el amor, la amistad y los negocios. Vida deshumanizada, donde todo se compra y se vende. Es el capitalismo, hijo del derecho, que barre a la humanidad, sus relaciones y sus bienes, hasta convertir lo que toca basura. Por eso nuestro planeta Tierra se ha convertido en un basurero de objetos obsoletos, de residuos tóxicos, mares llenos de plásticos y un montón de mierda sobre la que seguir especulando. Lo llaman capitalismo, pero en realidad es uno de los pilares más importantes sobre el que sustenta la sociedad contemporánea de la disolución. Lo practicaron las sociedades comunistas con el mismo afán, y lo aplaudimos indirectamente cuando vamos de tiendas y tenemos de todo. Filósofos: la fragmentación posmoderna quedó atrás; lo de ahora habría que llamarlo disolución occidental, globalizada y sin vaselina.

El segundo pilar fue la Filosofía Griega, sobre la que hemos hablado en otras entradas de este blog. Los griegos buscaban la verdad frente a la opinión. Nosotros preferimos opinar sin buscar la verdad. Por eso estamos rodeados de mentiras. Frases ingeniosas, sensacionalistas, atractivas para vender, comprar y para llamar la atención. Pensar es agotador, en cambio, escuchar mentiras es más gratificante. La gente se busca mentiras a su altura moral, en su círculo intelectual, en su existencia. Hay una cadena televisiva para cada grupo de espectadores, con sus mentiras específicas, sus relatos y sus símbolos. El escepticismo está agotado, ahora se lleva la mentira que nos entretenga. Y las redes son especialistas en mentir al gusto de cada uno. Se llaman cockies, o sea “putas” y “galletas”, que debe ser lo mismo.

El tercer pilar es el cristianismo, el único que se ha mantenido como subcultura gracias a una institución milenaria como es la Iglesia. El cristianismo (que es una religión de sentido, no una ética) fue anulado en su momento por el laicismo imperante y cultural. Se le extrajo la moral en la modernidad, y se le redujo a una especie de buenismo fácil y blandito. Se vació de contenido la experiencia con Dios Padre, para exaltar experiencias inferiores y rídiculas, desde el animismo hasta el yoga. Al final el hombre sigue hueco por dentro.

El buenismo ético ha sustituido al amor al prójimo. La gratuidad del amor se ha pervertido dejando solo la pose, no el dolor, olvidando que el Amor que no duele por dentro, no es amor. Se promueve la experiencia de lo emocionante frente a la experiencia de Dios. Hasta que se rompe la cuerda del puenting, claro. Entonces ponemos ositos de peluche al pie del acueducto. Y es que somos adolescentes con rabietas y lágrimas facilonas, gente que lo quiere todo, y que es incapaz de dar nada, de darse gratis. De nuevo el capitalismo.

Es curiosa nuestra sociedad, donde los derechos sociales son cada vez más recortados, y donde la lucha de clases se ha transformado en una lucha de géneros (de sexos). Una sociedad indignada con hoja perenne, connivente con el poder, y traidora con la humanización en el trabajo, y con la sexualidad adolescente hasta que la muerte nos llegue. Adolescentes con rabietas y lágrimas fácil.

La ética contemporánea está disolviéndose muy deprisa por culpa (o gracias) a las redes sociales. Es la ética del emocionarse mientras miro un perrito en el móvil dando saltitos, y soy indiferente a la esclavitud infantil en África. Me indigna el voluntario porque reza el rosario delante de la clínica abortista, y lloro a moco tendido porque el niño X ha recuperado su osito de peluche perdido hace dos días en las Ramblas. Le pongo un “me gusta” para lograr un mundo mejor, y me exijo que no me digan lo que tengo que hacer con mi bragueta.

Es lo que hemos visto en Barcelona estos días, que aquí mataban a  14 personas y se les dedicaba horas y horas de espectáculo informativo-especulativo. Entre la mentira y la realidad, nadie analizaba el por qué. Ni falta que hace buscar la verdad, dirán algunos. Los terroristas no eran matados, eran “abatidos” (de pena suponemos), y mientras tanto los corrimientos de tierra en Sierra Leona machacaban a 400 muertos, 100 de ellos críos.

Occcidente se está disolviendo. Pero hay una esperanza, una sutil y fuerte esperanza.

Tras la basura del Derecho Romano solo podrá quedar la única estructura social con la que no se puede especular. La única que resiste el paso del tiempo por estár sostenida por el derecho natural. Me refiero a la familia, configurada por el judeo-cristianismo y el derecho romano. Será además una cuestión de “superviviencia”. Las propuestas familiares y económicas que no sean sostenibles (incluida la sostenibilidad de los hijos) se extinguirán por sí misma. La disolución familiar contemporánea desaparecerá por sí sola. El futuro será de los que tengan hijos y logren tener recursos suficientes y sostenibles para vivir, es decir: o familias católicas con hijos o familias musulmanas. Ahí estará el choque cultural en la futura Europa. El islam solo sobrevivirá en Europa si acepta las pautas familiares y culturales del cristianismo. Si no lo hace y triunfa, lo que surja no será Europa. Aunque esté en su territorio.

La mentira contemporánea dejará paso a la única verdad posible e inmutable: Dios y su trascendencia. Será un cliclo lógico, pues no hay cultura que no se asiente sobre una verdad inmutable, hija de una divinidad. El cristianismo retornará, pero seguramente lo haga purificado de lo superfluo, y lejos de Europa. La verdad no volverá a estar fragmentada, quedará sometida a la experiencia religiosa, y la ciencia volverá a ponerse al servicio del hombre, de la humanidad, y no del dinero ni la especulación.

El emotivismo del osito de peluche, adolescente y ansioso, solo podrá madurar si vuelve a concebirse la trascendencia. Es decir, será necesario un retorno al Amor de Dios (Padre), un amor que da sentido porque salva (Hijo) y que pueda reconfortar en el dolor de la existencia humana (Espíritu Santo). Será un nuevo humanismo más profundo y sólido. Ya lo dijeron antes que yo: el siglo XXI será religioso o no será.

Yo creo que sí será, y es que como pobre católico, tengo esperanza.

Noticia de última hora: Julian, el chico australiano, está vivo.

Mentir se ha convertido en un negocio muy rentable. Basta con que uno lance noticias fáciles, mentirosas y emotivas, para que miles de internautas los clickeen volviendo a su creador en un tipo rico. Cuantos más usuarios visiten tus páginas, más dinero se puede ganar en publicidad, o simplemente en google, que paga por tener éxito. Por eso circulan por las redes sociales miles de noticas falsas, que se dan la mano con las verdaderas tratando a la verdad de tú a tú. Lo que no deja de ser algo diabólico. Pido perdón por inventar el titular, y te animo a que leas esta entrada sobre la mentira en nuestra cultura.

Está claro que mentir es una inmoralidad, pero siempre habrá peña que se lo crea, aunque sea a medias; mucha otra gente sí se lo cree, y a lo bestia. Decía Goebbels: Miente que algo quedará, y es que cuando descubrieron que manipular a las masas era superfácil, la clase política y sindical no ha dejado de mentir día tras día. De hecho ya venían mintiendo de antes. Dicen lo que piensan a medias, se callan sus miserias y airean las del prójimo con bastante poca honestidad. Le llaman juego politico, pero no deja de ser un juego cansino para los ciudadanos. Y mentiroso, porque no dicen lo que piensan y tienen deseos de engañar al electorado.

Es evidente que los linchamientos en las redes sociales existen porque hay gente que se cree cualquier mentira que le moleste o indigne; y está dispuesto a machacar a quién sea gratuitamente, sin criterio ni moral. La gente se cree lo malo a pies juntillas, y desconfia del bien, lo que no deja de ser paradójico. Los partidos políticos populistas se basan en la indignación, mucha de ella construida a base de mentiras.

Pongo un ejemplo: si digo que ha aparecido vivo Julian, el niño australiano asesinado en las ramblas de Barcelona. Alguno pensará que puede ser verdad, pero necesitará alguna ratificación de la noticia, porque es una noticia importante. Si nadie lo desmiente muchos creerán que es verdad. Otros sospecharán, hasta que la vean en otro medio semejante que lo publica (retuiteo que se llama). Si además (segunda mentira) digo que la familia está tratando de ocultar que ha aparecido, porque quiere cobrar una pensión de terrorismo que dan en España, la gente se empezará a indignar contra esta buena gente. Si luego un politico habla de poca claridad en la policía, ya no habrá quien levante la sospecha. Por mucho que digan, les será imposible desmentir la mentira; y aunque lo hagan, tendrá menos clickeo que la mentira, convertida ridículamente en viral y planetaria.

Desmentir impacta menos que mentir. Necesita más gasto y más dinero.

Tendrá que ser otra autoridad (el gobierno australiano o español) el que lo desmienta. ¿Y si no lo desmiente porque no se ocupa de esas cosas nimias? ¿Y si ya no son creíbles? La gente pensará que Julian está vivo y que su familia es malvada. O sea, que además de quedarse sin chico y sufrir un ataque terrorista en las Ramblas, serán perjudicados en las redes, se quedarán sin reputación. Eso sí, el inventor de la noticia se forrará con millones de clickeos de gente super feliz que debate durante días y años si lo que he puesto es verdadero o falso. Se retuitea, se reenvía, se reduplica la mentira… Se alimenta de la indignación latente y la desconfianza enquistada en la sociedad.

Cuando se miente sobre un suceso histórico (una noticia no contemporánea) pasa exactamente lo mismo. Siempre hay gente que afirma haber encontrado la tumba de María Magdalena y que la iglesia lo oculta en el Vaticano; o peña que repite que los españoles colonizaron américa con ayuda de unos extraterrestres del imperio inca. Hay cadenas empeñadas en difundir estas mentiras, incluso con formas pseudocientíficas.

Ciertamente, la historia sirve para justificar muchos actos contemporáneos de los nacionalistas, por ejemplo; pero también es la justificación del marxismo para iniciar la lucha de clases. Las mentiras empujaron al gobierno de US a desalojar a los españoles de Cuba en 1898, y las mentiras de la masonería hicieron otro tanto en Filipinas. La mentiras y las verdades han sido utilizadas durante las guerras mundiales para desacreditar al enemigo. Y para hacer creer a los propios que iban venciendo cuando estaban siendo derrotados. Lo llaman propaganda, o lo llamaban. Ahora es la libertad de las redes, una especie de libertad de prensa sin control moral y terriblemente mentirosa.

Lo que dice Mark Twain es bastante cierto, es más difícil destapar una mentira que inventarla. Por eso estamos todavía dando vueltas a las mentiras que se montaron sobre el Medievo en los siglos ilustrados, o las que crearon los franceses e ingleses sobre la leyenda negra de las Españas, creídas en nuestro país sin ningún criterio por sus intelectuales durante siglos. Luego vienen guerras civiles, exaltados y levantamientos amparados en mentiras y abusos en los discursos contemporáneos.

Lo curioso, y me centro en lo que me importa, es que nadie controla los contenidos más que cuando sobrepasan los estándares mínimos de lo que se define por decencia contemporánea: el racismo, el machismo y la violencia. Pero si la mentira indigna y genera violencia, eso no importa ni se controla; lo que me lleva a pensar que la mentira tiene las patas demasiado largas en nuestra sociedad, es rentable e impide cada vez más una sociedad pacífica, abierta a Dios y a su justicia.

Es el paso siguiente que da la posmodernidad, donde tras la fragmentación que desacreditaba la mentira y convertía todo en sospecha, regresa una especie de credulismo que alimenta la indignación y espanta el bien y la concordia. Las mentiras con éxito despiertan los odios y las emociones fuertes. Y, por desgracia, de la indignación al odio hay tan solo un paso. Una sociedad tan emocionalmente inestable como la nuestra, tan de osos de peluche y de indignados con rabietas infantiles, no hacen sino empujar a los pimpollos a la lucha. Como los terroristas, que creían hacer el bien, cuando estaban haciendo el mal. Y es que no lo distinguen.

VIAJE AL PARAISO DE LA CHANCLA HEAVY.

El verano es un periodo estupendo para salir de casa, es verdad. Yo me armo de paciencia, de serenidad impostada y de ganas de pasarlo bien; por eso, para disimular mi condición de tipo amante de los libros, me imbuyo del ambiente nacional, me planto mis playeros en los pinreles y me voy a veranear por el mediterráneo. Siempre con unos cuantos libros en la maleta, y con ganas de adaptarme al mundo. Sin prisa, pero sin pausa. Me ayuda el espíritu familiar, y me dejo llevar de las experiencias de los turistas que nos han precedido, que son muchos y abundantes en nuestra feliz patria.

No es la primera vez, por supuesto, que sumerjo en los encantos de la playa, pero es tal vez la elevación de mi alma cotidiana la que hace que me tope de repente con el ganado nacional, y me sienta abrumado por la condición humana. Lo digo sin titubeos: si fuera Dios, aniquilaría a la especie humana; por eso agradezco ser un importante pecador, porque la paciencia todo lo alcanza, y porque me hace reconocer que la misericordia del Señor es infinita con el hombre. Incluida nuestra tropa.

Me da igual la playa que la montaña, porque el primer trauma veraniego suele llegar de camino. Como el viaje hasta la costa es largo, nos vimos en la necesidad de detenernos a comer, beber y desbeber. Lo hicimos en un sitio que me recordó a un abrevadero de caballos y mulas. Y ciertamente había gente que se comportaba como tal. Un tipo aparcó con su coupé de pijo idiota ocupando dos sitios de sombra, y vi como una piba se colaba bajo la sonrisa bendita del “porque yo lo valgo”. Las señoras hablaban a gritos, y unos franceses acongojados trataban de hacerse a entender con una camarera cuyo nivel de simpatía era menos cuatro. En los baños empezó a haber cola, y el nivel de suciedad se incrementaba por segundos. Yo ya iba escamado, porque dos horas antes habíamos tomado café en un lugar donde cobraban lo mismo que el bar de mi barrio pero multiplicado por tres, por eso andábamos con ojo, no fueran las niñas a tener antojos caros, y les diera por beber agua mineral, en lugar de la del grifo. ¿Me entienden, verdad? Mear siempre se puede hacer en el campo, asi que intenté no dejarme llevar por el pánico.

Las niñas fueron aleccionadas para que nos nos dieran más guerra que de costumbre, y tras elegir los platos con estrés y alentados por el aliento del siguiente señor en la cola del bandejerío, que tenía prisa por comer antes que mi familia, nos ubicamos en el comedor, donde había menos vasca que en el exterior, formado por gente de bocata y lata de cola. Hasta ahí todo a normal.

Entonces vino la luz.

Trescientos heavys vestidos de rockeros descendieron de varios autobuses. Algunos llegaban con los autobuses de línea, pero otros parecían descender del mismo infierno del metal. Estaban más cansados que emocionados, y supuse que regresaban después de algún concierto costero, pues eran muchos y aterradores. Los cuatro moros que hasta entonces se sentían dueños de la extravagancia sintieron sus chilabas arrugarse; y el cagaprisas que parecía comer a destajo salió del abrevadero zumbando y sin pasar por el servicio. Ni la Guardia Civil habría logrado poner más prudencia entre los incivilizados de turno.

Aquellos tipos eran auténticos vikingos. Pelos largos y al viento, ojeras prolongadas de fiesta y cerveza, y en lugar de las consabidas chapas y cueros, lucían chancletas, algunas de las cuales hacían juego con los móviles que desenfundaban con garbo.

Pusieron al pijo egoísta en su sitio, inundaron los baños a voces poniendo orden en las prolongadas colas de las señoras, y comieron a gusto de la resaca que arrastraban. Por supuesto las familias se amedrentaron y los empleados se pellizcaban sospechando que había regresado la peor de sus pesadillas: los ángeles del infierno en vivo y en directo. Todo prejuicios.

Llegó la hora de comer. Y esta gente se apalancó en el bareto, porque lo convirtieron en un bareto, y en lugar de mostrar su música atronadora a todo tren, obligándonos a todos a soportar sus decibelios (los que habíamos ya soportado del ganado ahora silenciado), desenfundaron unos cascos chiquititos, y con sus móviles se adocenaron individualmente, dejando como único sonido el runrun de los motores del autorés que se largaba. De fondo pude escuchar a ACDC, alguna de sus melódicas y bien educadas cancioncillas. Hasta el “despacito” del verano se ralentizó hasta desaparecer. Gracias a Dios, pensé.

– ¿ACDC, amigo? – le pregunté al que tenía al lado.

– Por supuesto.

Y sonrió mostrando unos dientes sucios del helado de chocolate que se estaba engullendo.

Nos tuvimos que ir, más que nada porque ya habíamos comido, pero he de reconocer, que cualquier otra experiencia antropológica en directo será mucho peor. Ni el oceanográfico ni el bioparque nos ofrecerán un espectáculo de fauna y flora, y de dominio de la tribu, tan abrumador. En fin, me sucede todo eso porque soy un hombre sensible. Si fuera una secuoya, no me fijaría en nada.

Antologías y fragmentos de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Los hijos de Pelayo (III)

Alguna vez he oído la afirmación, respecto a las novelas Los Caballeros de Valeolit, que el tema de lo religioso estaba muy bien tratado. Supongo que hay una lógica detrás, y es que soy una persona religiosa, con sensibilidad hacia el tema y con una experiencia a mis espaldas que suele quedar reflejada en mayor o menor medida en mis personajes.

Cuando empecé a escribir LOS CABALLEROS, buscaba que la religiosidad medieval estuviera presente, y que fuera tratada no con los prejuicios que los siglos posteriores vieron en esta época, sino con el rigor y la naturalidad de una sociedad de cristiandad, donde lo natural era la religión, y lo extraño-cultural el agnosticismo o el ateísmo. Precisamente todo lo contrario a lo que me he encontrado en muchas novelas históricas del medievo, donde los personajes suelen ser ateos, agnósticos y con rasgos de una modernidad sobrevenida.

He escogido estos dos fragmentos, que están seguidos en la novela, donde se refleja el gusto por la religión, pero también las razones que movían a los hombres. El abuelo, en su devenir y labor educadora de sus nietos, les enseña algo que en profundidad no habían llegado a ver. Un caballero no es solamente el que tiene una espada y un caballo, sino el que reza a Dios y se encomienda al Altísimo, no haciendo más daño que el que debe por su oficio.

 

FRAGMENTO. (capítulo 4. Entre dos aguas. Apdo. 4)

 

Los musulmanes no tenían tropas para pelear por Lamego, y mientras pasaba el verano los cristianos se fueron relajando según los días se sucedían y caían las semanas. Las torres y defensas construidas en los alrededores no alertaban de ningún mal inminente, y aunque los soldados vivían en tensión esperando en cualquier momento la batalla; al no acudir ésta, decidieron entregarse al descanso y a la otra sangre, la que procede de la uva y el lagar. Los soldados aprovechaban en muchos momentos, especialmente en su descanso, para beber vino y disfrutar de la compañía de algunas mujeres públicas. El Monarca, sabedor de los excesos de sus hombres, prefería tales pecados, que no prohibir y tener que soportar juicios por abusos y violaciones, además del descontento de la soldadesca. Al menos los hombres estarían relajados tras una batalla dura, y quizás tras ese descanso pudieran tomar fuerzas para nuevas acometidas en el futuro. Fue en ese ambiente posterior a la batalla, que los muchachos, Nuño y Fernando se dejaron arrastrar por la relajación del alcohol y los placeres libidinosos de algunos adultos, pero fue por poco tiempo, porque tuvieron que escuchar al abuelo que una noche les increpó y alertó de los errores que cometían.

El recuerdo y el deseo de sus padres, de que no se convirtieran en pendencieros y malvados afloró alrededor de una sopa de tocino y ajo.

-No es ese el destino que os tenía reservado, y cometéis un error si os dejáis llevar ahora por el éxito fácil. Los pendencieros y villanos acaban olvidando a su señor, no valiendo para la batalla y haciendo daño a todos sin necesidad. Los caballeros no se comportan así.

-Algunos sí- repuso Fernando.

-Algunos sí, pero vosotros no. Vuestro modelo debe ser el del infante de Monzón, Pedro Ansúrez. ¿Os fijáis en cómo es de modesto y reservado, comportándose como un caballero? Fernán está haciendo una labor magnífica con él. ¿Y los hijos del Rey? Fíjate como ni García, ni Alfonso se guían como borrachos pendencieros.

-Pues bien que gustan de las mujeres, sobre todo Alfonso- dijo Fernando riendo.

-No me repliques, deslenguado. La discreción es una herramienta para un noble. Si queréis llegar a serlo deberéis comportaros de igual forma. Nuño, ¿a cuántos hombres has matado el otro día?

Se hizo un silencio tenso. La pregunta iba dirigida con fuerza, como una flecha. Sabía el abuelo que le había impresionado al muchacho tener que matar a alguien, y sabía que no era ya tan divertido para él hacerlo, ni para nadie. Intentaba desde ahí argumentar para convencer a los muchachos.

-Cuatro, o cinco, no recuerdo.

-Sí te acuerdas, te acuerdas perfectamente de todo y cada uno de ellos. ¿Recuerdas el rostro del primero que mataste? ¿Eran hombres sin honor? Esos hombres se merecían ser matados por alguien de honor, no por un borracho estúpido. Esos hombres lucharon también por sus tierras, por sus familias, y por su señor. No eran peores que nosotros, ni mejores. Simplemente luchaban. ¿Dónde creéis que están en el cielo o en el infierno?

-En el infierno supongo… – intervino Fernando.

-Os aseguro que Dios hará justicia con todos y cada uno de ellos, y también será terriblemente justo con nosotros algún día. Por la memoria de los que han muerto deberíamos guardar luto, deberíamos ser caballerosos con los muertos, no dejándoos llevar ni por el vino ni por las rameras.

Tranquilizó su voz viendo que surtía efecto.

-Nuestro oficio consiste en matar y defender así a nuestro Rey y Señor; pero, ¿sabéis que es lo que quiere Dios de nosotros? Quiere que seamos dignos siervos suyos, conscientes de que las muertes son justas y necesarias, pero que no haya ni una muerte más que las necesarias, ni una pelea más, ni un pecado más en nuestra vida.

Los muchachos quedaron en silencio, mientras que un nudo se hizo en la garganta de Nuño que estuvo a punto de derramar una lágrima.

-¿Iré al infierno por haber matado a esos hombres?

-Nadie va al infierno por cumplir con su deber, pero estate atento y sé generoso con los que rezan. No sería mala cosa que una parte del botín fuera para edificar la iglesia de la colina, la Virgen de Lamego, y para los monjes que se vayan a asentar allí.

-¿Nadie de nuestra familia está rezando por nuestros pecados, para que no nos condenemos?- preguntó Fernando.

-Que yo sepa sólo vuestro tío Suero, el hermano de vuestro padre, mi tercer hijo.

-¿El del Monasterio de Liébana?- preguntó Nuño.

-El mismo. Agradecer a Dios que haya alguien que reza por nosotros para que el día de nuestra muerte no sea terrible, y mientras tanto no os dejéis llevar por el mal. No dejéis de tener temor de Dios, porque el que no tiene miedo a nada termina consigo mismo, ni os dejéis arrastrar por los insensatos que no respetan nada. Sé de sobra que es lo fácil, pero no caigáis tan bajo, ahora que lo tenéis todo a favor.

V

Los días de verano fueron pasando, y los muchachos dedicaron parte de su tiempo a las cosas de la religión, yendo de cuando en cuando a rezar a la nueva iglesia de la Virgen de Almacave. Esto atrajo la atención de algunos nobles, pero en especial del obispo de Lamego, que bendijo a los muchachos al saber que eran valientes soldados, y piadosos cristianos. Nuño aprovechó la ocasión para preguntar al Reverendísimo Obispo por la angustia del infierno y el temor a la muerte. Quitó el clérigo importancia al asunto, y se admiró aún más de la inocencia y bondad del muchacho, trató de orientarle igual que un padre trata de orientar a un hijo, mostrándole que obedecer a sus superiores era un orden querido por Dios, y que tales muertes no eran responsabilidad suya. Entendió Nuño que tener miedo al infierno y a sus penas formaba parte del miedo a la realidad, pero que no se debía vivir aterrorizado por tal cosa sino mirando la providencia divina; y que en todo caso, jamás podría compensar a Dios el intercambio de amor que había realizado con él, pobre pecador. Prometió rezar por todos y cada uno de los hombres que matara, a fin de que Dios se apiadara de ellos, y de su alma cuando llegara el momento.

Estos pensamientos angustiaban bastante menos a Fernando, que no había estado en la tesitura de matar a nadie, y que no terminaba de comprender los escrúpulos de conciencia de su hermano. Aceptó lo que le decía el abuelo, pero lo hacía más por ser obediente muchacho y agradar a su abuelo, que por razonar las cosas. Pedro Ansúrez agradeció de nuevo a Nuño por su vida. Escuchó al muchacho en sus temores divinos, y aunque entendía los pensamientos del muchacho no sabía dar respuesta, pues no era hombre de letras ni de teología.

 

Los caballeros de Valeolit. Los hijos de Pelayo. (Pg. 189-192). Del capítulo 4. Entre dos aguas.

 

Antologías y fragmentos de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Los hijos de Pelayo (II)

Hay sucesos en la vida que nos marcan de manera especial, y que suponen un punto de inflexión respecto del futuro: una reunión, el conocer a alguien que luego será especial, una nota en un examen, una visita al médico… son difícilmente reconocibles cuando llegan, pues se suelen esconder tras la vida cotidiana y la rutina. Sin embargo, según pasa el tiempo, son detectados como centrales e incisivos. Son auténticas encrucijadas que nos ofrece la vida de manera silenciosa.

A Fernando y a Nuño la vida les cambió en momentos muy puntuales, todos relacionados con la amistad. El episodio de los lobos, o el choque con el infante García, fueron quizás los más destacados dentro de una vida que les fue llevando a lo que terminaron siendo. En el momento no fueron demasiado conscientes de la inflexión, a diferencia del abuelo, que sí percibió un abanico nuevo, una luz de esperanza en el futuro.

De todos los episodios, el de los lobos es el que más impronta deja entre los castellanos. Y uno de mis favoritos. Es la primera aventura digna de ser contada. De ahí que lo haya seleccionado.

FRAGMENTO:

 

Uno de los días, en un paseo hacia el Pisorga se les hizo algo tarde para regresar y almorzar con el abuelo. Como apretaba el hambre y el sol decidieron retrasar su vuelta y buscaron un sitio a la sombra donde pudieran dar cuenta de la pitanza que en el morral llevaban: unas rebanadas tiernas de buen pan de trigo, un cuero de vino fresco y cinco tajadas de queso viejo curado, picante y pastoso. Hallaron un lugar agradable y umbrío, a la vera de río. Apenas se habían acomodado cuando los alertaron unos gritos de auxilio. Quedaron muy sorprendidos y se levantaron de inmediato. Las voces parecían de un niño, o de alguien joven. Se escuchaba a su vez el bufar y relinchar de un caballo atemorizado. No se lo pensaron dos veces, y rápidamente montaron en Negrisca, tomando la espada uno, y la lanza el otro; y trotaron hacia el lugar de donde procedían las voces.

-¿Quién va? ¿Quién necesita ayuda?-, respondieron gritando.

Sin duda era aventurero y temerario proceder así, pues no eran sino dos muchachos, pero se sentían tan seguros de sus habilidades que, salvo un peligro descomunal, pensaban que podrían hacer frente a cualquier eventualidad, como era ayudar a un desconsolado que pedía protección. Los guiaba además la curiosidad por conocer el origen de tales súplicas. Así, al volver hacia un claro quedaron petrificados ante el peligro que se cernía, ahora también sobre ellos. Una manada de lobos rodeaba un caballo, que nervioso soltaba coces a diestro y siniestro. Uno de los lobos parece que había caído herido, pues aullaba lacerado en el suelo con una brecha a todas luces mortal, pero los otros seis lobos hambrientos trataban de alcanzar la garganta del equino dando saltos con fiereza. El caballo estaba descontrolado, su belfo expresaba tensión y sólo las riendas lo sujetaban a unos arbustos, de los que intentaba soltarse coceando y pateando al aire. De no encontrarse amarrado habría escapado al galope.

Nuño reaccionó con valentía y rapidez.

-Descabalga y pásame la lanza- le pidió a su hermano.

-Yo me quedo con la espada- indicó Fernando repartiendo así las armas que tenían-. Hay que vendar los ojos a Negrisca o se asustará.

Tapó los ojos del cuadrúpedo con su jubón mientras se dirigía hacia los lobos salvajes. Nuño atacó con la lanza ensartándola violentamente contra un lobo joven más próximo. El animal herido de muerte dio un alarido y cayó al suelo. El resto de lobos rectificó en su ataque, mirando y abriendo sus sanguinarias fauces contra Nuño y su vieja yegua. En ese momento se soltó la provisional venda de Negrisca, y el animal, viendo a los enemigos que lo rodeaban, se excitó haciendo un quiebro con sus patas delanteras. Estuvo Nuño a punto de caer del caballo, y perdió momentáneamente la brida y el control del animal.

Fernando se quedó retrasado, pero cuando vio en dificultad a su hermano blandió su espada gritando contra los lobos, dispuesto al menos a tajar el cuello de alguna de aquellas bestias sedientas de sangre. Acometió como lo había entrenado el abuelo, con la espada en alto y mostrando el brazo a modo de escudo. Al aproximarse lo suficiente la hoja voló dócilmente de arriba abajo asentando sobre el lomo de una de las fieras que ya se apresuraba a morder su abdomen. El golpe dejó al animal herido, pero provocó que los otros lobos rodearan al joven. Iba a ser un bocado suculento, pues los lobos atacan siempre en grupo y a la vez, bastaba la indicación del principal de la manada para poner fuera de combate a Fernando. Entonces oyó la voz que antes gritaba, y que lo hacía ahora desde lo alto de un árbol. Vio a un chico de su edad, encaramado. Le invitó a subir al árbol, desde donde había contemplado todo, pero Fernando no tenía posibilidades de darse la vuelta para trepar por el empinado castaño.

Por suerte Nuño había retomado las riendas de Negrisca, recuperó su lanza y la enarboló sobre su cabeza, acometiendo de nuevo a las bestias. Se acercó lo suficiente para distraer de nuevo a los lobos, los cuales estaban ya dispuestos a devenir con un ataque maestro y definitivo contra Fernando. El muchacho se agachó, y desde el suelo blandió de nuevo la espada, por lo que los lobos retrocedieron un poco, pero se mantuvieron a distancia acorralando más y más al muchacho. Entonces Negrisca, encolerizada y tensa levantó las patas delanteras coceando a los que encontró a su paso, fue entonces cuando Nuño cayó del caballo, y Fernando partió de un tajo media cabeza del lobo dominante.

Nuño se encontraba tirado en el suelo pensando que sería atacado por las fieras; sin embargo, a pesar de la superioridad numérica de los lobos, los animales salieron huyendo. Sin duda, la muerte del jefe de la manada los había dejado sin orientación ni guía, y tras su espantada solo se escuchaban los agonizantes, lastimeros y quebradizos aullidos de los animales que habían herido los de Carrión.

Fernando fue directo a socorrer a su hermano, mientras sujetaba a Negrisca que se había alejado acercándose al otro caballo, todavía nervioso. Nuño se había doblado el brazo al caer, y aunque no parecía haberse roto nada, le dolía mucho la articulación derecha. Se levantó sin otros dolores, y al examinarse comprobó que el codo se le empezaba a hinchar, sin que pudiera moverlo sin dolor. El muchacho que estaba encaramado en el árbol bajó del mismo, y se dirigió a los muchachos.

-¡Dios mío! ¡Qué miedo he pasado!–, exclamó temblando todavía y con signos evidentes de nerviosismo-. Muchas gracias, quienquiera que seáis, de verdad muchas gracias.

Nuño y Fernando no sabían que decir, estaban nerviosos por la adrenalina del combate, y miraban alertados por donde los lobos habían huido, con el temor de verlos regresar.

-Creo que me he roto el brazo, no lo puedo mover- dijo Nuño con los ojos envueltos en lágrimas por el dolor -. Se me está hinchando.

-Me habéis salvado la vida, os lo agradezco– dijo el muchacho acercándose a Nuño que se había sentado en un tronco partido.

-No son agradecimientos lo que necesitamos sino que no sea grave la caída de mi hermano– dijo Fernando volviéndose al joven.

Le pareció un muchacho de su edad, apenas unos diez años. Sus ropas eran valiosas, de vivos colores. No era alto, pero parecía más fornido de lo que desde abajo simulaba.

-Os ayudaré, le diré a mi físico que os socorra y ayude.

-Soy Fernando, y este es mi hermano mayor Nuño.

-Mi nombre es Pedro, hijo de Ansur, soy el conde de Monzón, viajo hasta el Castro de Xeriz– les dijo mientras extendía la mano para estrecharla en la de Fernando. Fue un gesto que no pasó desapercibido para los muchachos, que nunca habían tratado tan amistosamente con un conde.

-¿De dónde sales? Se supone que debes de rodearte de escuderos y siervos que te protejan–, inquirió Nuño incorporándose mientras se dolía del brazo derecho.

-Me detuve a examinar estos parajes, alejándome de mis hombres. Luego aparecieron estos lobos hambrientos que me atacaron. El caballo me tiró al suelo, y tuve suerte de poderme encaramar al árbol. Mis soldados me estarán buscando.

-Por poco no lo cuentas. Has tenido suerte de encontrarnos. ¡Ah!– gritó Nuño mientras trataba de mover el dolorido miembro.

-Os debo la vida, ¿y vosotros? ¿Sois de aquí?

-Nuestro abuelo es infanzón y entrena a los hijos del conde de Carrión y Saldaña- dijo Fernando -. Venimos con él y estamos también en Castroxeriz. Somos escuderos de los infantes de Carrión, que además son unos chicos maleducados y estúpidos.

Pedro Ansúrez rió.

-No está bien que habléis mal de vuestro Señor.

-Ya sabemos que no está bien, pero es la verdad.

-Ciertamente no nos tratan bien, y nos tienen envidia porque somos más diestros y buenos en las armas que ellos- dijo Nuño–. ¡Aaaah! ¡Me duele mucho!– exclamó mientras se le saltaban las lágrimas.

-Cuando lleguemos a casa que lo vea el abuelo. Habrá que recuperar los caballos– dijo Fernando dirigiéndose a Negrisca.

Negrisca y el otro caballo parecía que se habían hecho amigos. Negrisca se había tranquilizado ya, y agradeció que Fernando acariciara sus crines oscuras. Recolocó la grupa y tomó las riendas del animal acercándoselas a Nuño para que sujetara a la yegua con el brazo bueno.

-Voy a por el otro caballo. ¿Cómo se llama?

-Manchado. ¿Ves? Tiene un dibujo en la frente blanco.

Manchado era un caballo joven y fuerte, muy nervioso. Su color era también negro, pero tenía en la cabeza y en las patas unas manchas blancas que lo hacían muy hermoso. De crines sueltas, Fernando pensó que era de raza burgalesa, pero quizás estuviera cruzado con algún caballo sarraceno. Lo cierto es que nunca había visto un caballo con la cruz tan alta.

Se acercó Fernando por delante del caballo, de forma que pudo verlo perfectamente, sujetó las bridas y comprobó que el belfo del caballo seguía tenso. Le habló suavemente, y al punto erizó las orejas el animal manteniéndolas en tensión. Acarició su cuello, y cuando comprobó que el equino se había tranquilizado lo llevó al lugar donde el conde de Monzón y Nuño esperaban.

-Salgamos de aquí, espero que mi ayo y los soldados no estén muy lejos. Sigamos por la vera del río aguas abajo.

Montó Nuño en el lomo del caballo como pudo y con ayuda. Fernando dirigía al animal caminando. Pedro Ansúrez montó en su caballo, un animal con carácter, que todavía no gobernaba a la perfección su joven jinete. Sortearon los matorrales y adentrándose en el bosque abandonaron el lugar donde yacían los lobos, ya cortejados por varios cuervos.

Antes de volver al camino oyeron voces que procedían del grupo de soldados que buscaban al joven conde de Monzón.

-¡Estoy aquí!– vociferó el joven Pedro haciéndose oír.

Se acercó la mesnada del Conde, que estaba compuesta por unos cincuenta hombres, hechos y derechos, con mejor aspecto y apariencia que los caballeros de Carrión. Se mostraron afables con Nuño y Fernando, sobre todo cuando supieron que habían ayudado al Conde. Se aterrorizaron cuando pensaron fríamente lo que les podía haber pasado si hubiera muerto el Conde sin ellos y con manifiesta negligencia. Habían creído que su Señor estaba en la orilla del río, y que no se había alejado demasiado, y cuando comprobaron su tardanza, auguraron y lamentaron su mala fortuna. Por suerte el susto había pasado, y recuperaron el aliento para proseguir su accidentado viaje.

Ofrecieron a Fernando otro caballo, y tomaron la brida de Negrisca para facilitar a Nuño su caminar. Ayudó el barbero de la tropa con la lesión de Nuño, e inmovilizó su brazo con un cabestrillo de madera y tela provisional.

El conde Pedro Ansúrez, lejos de distanciarse volviendo a su lugar en la cabalgata, marchó al paso de los muchachos, pues quería seguir en su salvífica compañía. Les preguntó por la batalla, por el abuelo y por su familia. Les informó de la situación de la guerra y de las distintas mesnadas que sabía que se encontrarían en Burgos. Les pareció a los de Carrión un muchacho cabal y muy inteligente. Una persona digna de confianza. Les hablaba sin ofender el deber de confidencialidad que se supone en un conde, y les trataba como a semejantes, cosa que sorprendió tanto a Fernando como a Nuño. El conde Pedro era un niño agradecido, y eso se notaba en el trato que estaban recibiendo. Los soldados que acompañaban al joven Conde, parecían hombres más templados y prudentes, no eran tan arrogantes como los de Carrión, y eso era consecuencia del talante de su Señor.

Dedujo Nuño de las palabras de su nuevo amigo, que el joven Pedro no tenía padre, o si lo tenía debía ser muy entrado en años. Les contó el noble que acudía con su mesnada de Monzón; y que su castillo estaba situado al Sur, cerca de Pallantia, la ciudad episcopal. Su condado pertenecía al Reino de León, en el límite con Castilla, igual que sucedía con Santa María de Carrión, solo que más meridional.

Ansúrez pertenecía a una familia muy valiosa e importante de la corte leonesa. Contó a los muchachos muchas confidencias, que eran propias de los nobles más cercanos al Rey. Comprobaron que lo ayudaba en casi todas las labores su mayordomo, un hombre que cabalgaba con ellos, llamado Fernán, y que hacía las veces de tutor y de administrador de los bienes del joven Pedro Ansúrez. También les llamó la atención a Fernando y Nuño el acento, algo distinto al de los vecinos de Carrión y Saldaña. Era un habla más castellana y abierta, frente al leonés más cerrado de la montaña que habían aprendido de su madre.

Llegaron a Castroxeriz al atardecer. El abuelo estaba ya algo nervioso pero confiado en la buena estrella de los muchachos. Su gozo se truncó en lamento cuando vio que Nuño estaba lesionado. Ayudó a bajar del caballo al muchacho y examinó con detención la herida. No parecía grave, pero le llevaría al menos unas semanas recuperar el brazo, que debía ser inmovilizado, tal y como había hecho el médico del conde de Monzón. Para eso, lo mejor era sujetarlo al cuerpo con una correa, y evitar que se desplazara involuntariamente.

Cuando contaron al abuelo la nueva aventura con el conde Ansúrez, y la batalla ganada a los lobos; el anciano se mostró orgulloso, siendo más consciente que los muchachos del peligro que habían corrido. La suerte estaba de parte de ellos, habían salvado la vida, y además habían hecho buena relación con un conde, que les debía además un favor, el favor de la vida. Si era un noble como Dios manda, verían la contrapartida en no mucho tiempo, lo que iluminó el rostro de Pedro Díaz con una nueva sonrisa.

FRAGMENTO de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, del capítulo Segundo: Entre corderos y lobos.

Antologías y fragmentos de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Los hijos de Pelayo. (I)

Este fragmento que he seleccionado de los Caballeros de Valeolit pertenece al primer capítulo de la Primera Parte de la novela. Confieso que lo escribí y reescribí varias veces buscando hacer buena literatura. Quizás por aquello de que lo primero que se hace siempre tiene que ser la carta de presentación, y más en una novela, lo he releído cientos de veces. Lo curioso es que me siguen gustando, muestran un tono y un ritmo sorprendente, usan un buen vocabulario y se alimentan de los personajes que presentan.

¿En qué pensaba cuando llo escribí? Quería presentar a los personajes, quería mostrar el mundo de la guerra en la trastienda de la vida cotidiana. La guerra era un oficio en el siglo XI, una manera de estar en el mundo como otra cualquiera, o mejor dicho, una manera de estar en el mundo más osada y arriesgada que cualquier otra. Y qué mejor que hacerlo a través de dos aprendices del oficio. En aquellos tiempos los muertos en una guerra se cebaban con los soldados, a diferencia del siglo XX y XXI, donde la población civil es la principal víctima.

Son las primeras páginas de una novela larga, que luego he dividido en tres partes, lo cual requería escribir con buen gusto y oficio.

(Fragmento primero tomado del capítulo primero: PROPUESTA Y ACEPTACIÓN) Pg: 13 a 17)

Primavera de 1054, Reino de León.

La primavera saludó a la villa de los Condes con una sonora bandada de aves migratorias que se dirigían hacia el sur. Eran patos que graznaban y parpaban con tal estruendo que hicieron que los muchachos alzaran la vista a las nubes. El cielo estaba despejado y el color azul del mismo apuntaba a un día espléndido que se tornaría más y más cálido con el devenir de las horas.

Nuño soportaba empapado en sudor una armadura de cuero fijada al cuerpo y atada con cordeles gruesos, inaceptables para una batalla contra los moriscos, pero adecuada para adiestrarse con el caballo. Montaba, a pesar de sus once años, una yegua burgalesa ligera y negra, y lo hacía con altivez y dignidad, quizás excesiva para un precario jinete de enjuta figura. Contrastaba su porte con el desgarbo del animal, entrado en años y marcado por su pasado guerrero.

A unos pocos pasos estaba su hermano pequeño Fernando, que con un año menos se entretenía en el manejo de una pequeña espada corta y recia con la que tajaba y sometía unas frondosas ramas de la vega del río Carrión. En tales mandobles intentaba que el hierro no se le escapara de su infantil mano. El abuelo de ambos los orientaba con gritos de ánimo y enmiendas repetidas.

Este hombre, de rostro arrugado y vestiduras envejecidas, mostraba un aspecto muy saludable. Sus ojos azules y su escaso cabello canoso pretendían una edad avanzada, pero no tanto como para que su figura quedara menguada lo más mínimo en dignidad. Sus ademanes eran seguros y firmes, procedentes de una vida anterior distinta a la que el destino le robara no hacía tantos años. El hombre no era propiamente un anciano, sino un hombre mayor con compostura y presencia, con gallardía y soltura en el manejo de las armas.

Se acercó a Fernando, y pidiéndole su espada le mostró visualmente y con el ejemplo cómo debía manejar y blandir el hierro. Sus movimientos eran suaves y constantes, diáfanos, sencillos y directos.

-Abuelo Pedro. ¿Ya puedo montar a Negrisca?-, preguntó Fernando señalando con el dedo a su hermano.

Asintió el abuelo, y en un santiamén cambiaron de ocupación estos tres habitantes de la vega del Carrión. El abuelo montó sobre la yegua no sin dificultad, y tomando la espada mostró a los chicos como debían manejarla sujetando las riendas y buscando en la potranca un trote algo más ligero. Pedro Díaz, dibujó un círculo amplio alrededor de los muchachos, que observaron la destreza y el manejo del que había sido patriarca de una familia noble y con un pasado de caballeros servidores de los reyes de León.

Habían sido otros tiempos. El caballero Pedro lo perdió todo en sólo una mañana de destrozo sarraceno. Una cuadrilla de combatientes fanáticos y ambiciosos dejó caer su maldad en la pequeña aldea leonesa donde vivían. La tarde aciaga en la que sufrieron el ataque sorpresivo de los moros dejó como resultado el establo quemado, unas pocas gallinas muertas y asadas, y humillantes risas muladíes. Si sólo hubiera sido eso, si no hubieran además matado sin necesidad la vaca, si no les hubieran obligado a arrojar los puercos al pozo, donde se ahogaron, hubiera podido tener una posibilidad. Pero no hubo piedad.

Aquellos depredadores se llevaron sus armas y herramientas, y arramblaron todo cuanto poseían los aldeanos para sobrevivir. Se quedaron sin nada, y ningún provecho sacaron de la fechoría más que el daño y la destrucción vana. Todo quedó sembrado de hambre y miseria.

A menudo la cabeza de aquel hombre de guerra daba vueltas al pasado, y se recriminaba a sí mismo con la jaculatoria: “si les hubiera hecho frente…”. Lamentaba su desgracia, aunque reconocía alrededor de una jarra de vino que nada hubiera podido hacer.

Por su pasividad conservó la vida, pues sabía por experiencia que el celo de las personas en la batalla les hacen transformarse en alimañas y en bestias sedientas de sangre. Se lo habían llevado todo, pero por suerte respetaron a las mujeres y a los niños de la aldea. Si hubiera intervenido nadie se habría salvado.

Tras aquella desgracia decidió asentarse más al sur, en Saldaña con su esposa Elvira y con sus hijos, donde un castillo los defendiera mejor de otras razzias moriscas. Eso hizo que los siguientes años fueran buenos, aunque no logró mejorar su posición social. Seguía siendo un hombre libre, pero sin hacienda. Con oficio pero sin ninguna posibilidad de mejorar.

La fatalidad volvió a golpearle cuando nació su tercer hijo, pues trajo la muerte de su hermosa mujer Elvira. La guerra, que había sido un buen medio de vida, ahora, con niños menudos y pequeños, propicios a la enfermedad y a la muerte, se convirtió en el anhelo y un suspiro para sus escasos ratos de ocio. Dedicó sus años más fuertes a sus tres varones, a los que alimentó con el trabajo en el campo y los educó como debía corresponder a un hombre de antiguo linaje. No pudo volverse a casar, y aplazó eternamente su sed de combatir con honor y fortuna.

Rondando la cincuentena se trasladó a la ciudad de los Condes, a Santa Maria de Carrión, con su segundo hijo Pelayo, con cuya familia compartía techo y hogar. Este varón suyo se había casado con una mujer sencilla y sin tacha, llamada Muniadora, cuyas aspiraciones más hondas, que compartía con su marido, no superaban el trabajar honradamente la herrería del lugar, llevando una vida sin riesgos y tranquila, rodeado de sus hijos, entre ellos Nuño y Fernando.

A pesar de los avatares de la vida, Pedro seguía siendo un hombre enamorado de las armas. Por estirpe era infanzón, que era el título que correspondía a un hidalgo de sangre y herencia. Estaba exento de pagar tributo de caballos y armas, y era en su jerarquía de valores un hombre de honor. Vivía su existencia con el celo propio de aquel que se está enfrentando permanentemente a la gloria que perdió antaño, y deseaba con todas las ganas del mundo despertar en sus nietos el amor al oficio de la caballería y las armas.

Exigía a Nuño y Fernando el tesón y la perseverancia que los convirtiera en hombres de palabra, honor, guerra y provecho. No escatimaba tiempos ni días propicios para que en el ejercicio físico y mental de la hipotética batalla pudieran Nuño y Fernando sobrevivir y destacar. Enseñaba de esta manera tretas, modos y estrategias; detenía el tiempo a su lado cuando contaba el desarrollo de algunas escaramuzas, y se jactaba mostrando cómo la agudeza que tuvo en otro tiempo le permitió mantenerse con vida y salir ileso de algunas contiendas. Sus nietos escuchaban con atención cuando su abuelo Pedro hablaba de estas cosas, y se embelesaban con sus palabras y su retórica como si las escucharan de un santo del cielo.

Les narró con detalle y esmero la batalla en la que detuvieron al terrible y fuerte moro Almanzor. Les contó que había servido de escudero a las órdenes de Gonzalo Núñez de Lara, un noble importante del condado de Castilla. Les hablaba de los Laínez o los González, como si fueran vecinos suyos, y se aplicaba en entretenerlos con historias de semejante sabor.

Los nietos escuchaban con devoción sus palabras cuando, cansados de ajetreo, se daban un respiro almorzando pan de centeno, vino con canela, y unas lonchas de tocino tierno y salado, que era con lo que cotidianamente mataban su gazuza.

Quería Pedro Díaz que sus nietos supieran manejar bien la estrella de la mañana, el escudo, la espada ligera y la lanza; pero además intentaba que conocieran lo importante que era salir bien parado de una escaramuza. Les advertía de lo mala que eran la precipitación y las pasiones en la lucha cuerpo a cuerpo, aunque no lo fuera para otros menesteres de la vida. Les guiaba en el arte de la equitación, que según les indicaba, era imprescindible para el éxito en cualquier contienda.

-El caballo debe seguir al jinete a la perfección, haciendo exactamente lo que desea el montador-, repetía insistentemente.

Eso se lograba no con cualquier caballo, sino sólo con aquel que hubiera sido domado por el caballero. El caballo era leal con su jinete, y el caballero debía respetar al animal. Los muchachos aprendían y se iban empapando del saber de aquel hombre por el que sentían verdadera admiración y orgullo, y tales entretenimientos llenaban de imaginación sus delicadas mentes.

Se consideraban unos privilegiados, pues era extraño que alguien mayor en dos generaciones pudiera vivir y tener cordura como para transmitir su saber. Si además se hablaba del arte de la guerra la suerte era doble. Su abuelo Pedro, además, tenía la gentileza de no ser violento con ellos, tratándolos bien, extremo que quizás no hubieran tenido siendo escuderos de un noble.

Aprendían, pero además se mostraban atentos y entretenidos haciendo algo que les agradaba sobremanera. Deseaban ser hombres de honor, ser respetados y admirados por los suyos. Soñaban con gestas y torneos en tierras distintas y lejanas. Ellos, que no habían salido apenas de los dominios de los Beni Gómez, deseaban viajar y ganar fama y admiración de los nobles, de los campesinos y de las mujeres. Por eso disfrutaban entrenando duro, aprendiendo un oficio que quizás nunca ejercerían, pero que conocían y deseaban con toda el alma.

 

Sueños de una noche de verano.

Dicen que el verano es la mejor época para descansar y para dormir bien. Y yo me he apuntado con ganas al tema de dejarme seducir por los brazos de morfeo. Soy un tipo dormilón, y me encanta dormir a pierna suelta, tan a gustito que creo cocerme en mi propio jugo. Me dicen, mis amigos y mis enemigos, que no tengo límite cuando pillo cacho, y reconozco que tanto en invierno como en verano, me duermo con la facilidad de la gente buena. Aposento la oreja en un trozo blandito de almohada, y me recreo con historias oníricas sin límite de tiempo ni de espacio. Bueno, límite sí. El que dura la siesta, y el que permiten las noches cortas de verano. Me despierto por la noche varias veces, y por la tarde vuelvo al mundo de los vivos cuando el cuerpo me pide resucitar por unas horas más.

Tengo la teoría, supongo que algo estúpida, que no se duerme igual en cualquier sitio. Y que no se sueña lo mismo en una cama que en otra. En mi casa es más habitual soñar con inquietud, y es que el edificio está construido sobre un antiguo cementerio del siglo XVII. No es que tengamos fenómenos poltergeist, pero se duerme peor. Imagino que los espíritus de todos los vecinos se entrecruzan, cotilleo de vivos y muertos, y si hay algún resto de muerto mal avenido… pues eso. Un lío. En cambio en el pueblo, casa baja preparada para el calentamiento global de las próximas centurias, se duerme mejor. Hasta que se concilia el sueño, claro, porque junto a la plaza siempre hay rezagados que prefieren perder el tiempo chinchorreando, en lugar de disfrutar de la nocturnidad debida.

El caso es que en vacaciones salimos una semanita a la playa, en concreto Ayamonte; y el apartamento, tan estricto en comodidades, me ha traído más sueños de grandeza que otra cosa. Un día soñé con la familia Real, otro con el Papa, otro con el consejero de Educación y otro con Trump y Putin que venían a casa de incógnito a cenar una kebab. Esa noche hablé varios idiomas por ciencia infusa. Es lo que tiene la vida y la noche cuando se sueña, que no se necesita aprender ruso ni inglés para comunicarse con los prójimos.

Dicen los expertos -que es el nombre de cualquier persona que se autoproclama como tal- que dormimos para prepararnos para el futuro, y hacer frente a situaciones inéditas no vividas por nosotros. De esta forma soñamos frecuentemente con el examen que tenemos al día siguiente, y en tal paroxismo recreamos situaciones embarazosas para aprender a desenvolvernos sin ansiedad. Por eso soñamos temas tan variados: con la vecina del tercero en cueros, con que nos roban la cartera en Praga, o con que se nos hunde el crucero trasatlántico después de haber perdido el tren a Marsella por culpa de un regateo infructuoso con un chino.

El caso es que cuando el psicoanálisis hacía furor, cualquier sueño significaba represión sexual y violencia contenida (imagínense lo que significaba el chino regateando para Freud); pero luego, con el mundo de las drogas campando por sus anchas, soñar era algo así como tener un viaje astral por el mundo de los espíritus. El tema es viejo, y desde la antigüedad los hombres sabios siempre se han encargado de examinar los sueños para averiguar el futuro. Hay teorías para todos los gustos y las más actualizables no creo que sean más ajustadas que las primitivas, por eso yo me quedo con las  antiguas.

La Biblia, que a mi me produce más respeto que la ciencia contemporánea (sabiduría que resiste el paso del tiempo, algo bueno tendrá), considera que los sueños forman parte de la manera que Dios tiene de revelar algo al hombre que escoge, sin que tiemble la humanidad entera. De esta forma, son frecuentes en la Biblia los hombres que interpretan los sueños, como José al Faraón; y gente que recibe mensajes oníricos, como el otro José, el esposo de la Virgen, para que no la repudie primero, y salga por patas hacia Egipto después. Así que tras esta interpretación, considero que el mundo de los sueños es tan magnifico e importante, revelador, como el mundo de lo real, aunque a Platón le cause nauseas.

Viene al caso, porque me contó el rey Felipe VI que le había gustado mucho la novela de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, y yo claro, me puse estupendo y como un globo. Le di dos besos a la Letizia y se entretuvieron nuestras hijas respectivas jugando a princesas (lo más lógico del mundo). Cuando me desperté no cabía en la cama, y pensé en mandar un ejemplar a Zarzuela, por si acaso. Me dijo el Consejero de Educación que estaba desolado, que su nombramiento había sido una trampa y que no sabía qué hacer. Por supuesto le dí unos cuantos consejos, para que así aconsejara a otros. El mejor que pude como docente en plena línea de combate: que creara una red de Bibliotecas escolares, que se gastara la pasta en laboratorios científicos en los centros escolares y que despidiera a los burócratas en forma de directores generales o particulares que no han visto un alumno más que en pintura rupestre y que se empeñan en que pongamos por escrito las veces que llamamos la atención a un angelito. Por supuesto, me condecoraron con varias medallas al mérito docente y me invitó Fernando, el consejero, a tomar una caña, pues es un tipo agradable y majete donde los haya. Ahí me desperté y a la playa.

Del tema Putin Trump no me acuerdo (sería irrelevante lo que dijimos todos), y con el Papa lo de siempre, que qué majos todos, y viva la madre superiora.

El caso es que durmiendo me dedico a arreglar el mundo. Pero despierto ya es otra cosa. Me espera la playa, el ordenador, las obras de Orson Scott Card y la tumbona, y eso es algo tan real, que me asusto de pensar en la próxima pesadilla que pueda tener cuando regrese: que eliminen las vacaciones y nos obliguen a charlar con las autoridades monárquicas y educativas del planeta para arreglar el estropicio. Un rollo, claro. Así que he tomado con Santa Teresa una determinación determinada y determinante: Si en diciembre no mejoran mis sueños, palabra que suprimo la siesta.

PD: Me he hecho socio del Pucela, eso sí que es soñar…

 

 

Pearl S. Buck o la escritora olvidada. Novela: ORGULLO DE CORAZÓN

Estamos ante uno de los grandes escritores del siglo XX. Una mujer, sí. No pongo “grandes escritoras” porque dejo fuera a los varones que compiten con ella en escribir como los ángeles. Pearl escribía muy bien, por supuesto que sí. De los mejores de la narrativa norteamericana y universal.

Pearl fue una señora extraordinaria que obtuvo en el año 1938 el Nobel de Literatura y que escribió algunas de las más bellas páginas de la narrativa contemporánea. Por supuesto, su olvido no es total, porque siempre queda gente amante de las buenas letras que sigue leyendo a Pearl, pero ciertamente no son los más. Incluso entre estos empieza a ser una desconocida. Y es que el tiempo termina borrando a este tipo de autores cuyos derechos de autor ya no existen y que se descargan gratis si se encuentran. Las editoriales apuestan por cosas más actuales – casi siempre de peor calidad –  y Pearl se termina reduciendo a ser una escritora cuyos libros se hallan escondidos en las librerías de viejo y de segunda mano. Casi todas las ediciones de las obras de Pearl son del siglo XX. Así que… cuando me escuchen afirmar que nuestra cultura está suicidándose, no me cuenten que no es cierto. Porque olvidar a Pearl es olvidar demasiado.

Su vida tuvo muy poco de convencional, si es que hay vidas convencionales. Pearl era norteamericana, hija de padres misioneros. Pasó casi toda su vida en China, desde los tres meses de edad hasta la edad adulta. Nació en 1892 y murió en 1973, lo que nos da cuenta de los acontecimientos históricos que pudo vivir en Asia, desde el triunfo del Maoismo, hasta la Segunda Guerra Mundial. Hablaba inglés y manchú, y escribió unos 85 libros, muchos de ellos de poesía, narrativa y teatro con el tema de lo oriental en muchos de ellos.

Su novela más conocida por la que le dieron el Nobel es: Viento del este, viento del oeste. Pero yo, guiado por la lectora más avezada en asuntos de Pearl (mi madre), he leído primero y recientemente el titulado en castellano ORGULLO DE CORAZÓN, que en inglés varía algo pues significa algo como “este orgulloso corazón” THIS PROUD HEART. Es del año 38, y es la menos oriental de sus novelas. El título es engañoso, pues podría pensarse que es una novela de amor facilón, un típico subproducto de segunda fila y de otros tiempos donde el amor romántico vendía más porque las mujeres no se tatuaban el culo. No es así, el tema que trata es la creatividad del artista y los sacrificios que impone crear arte, y todo ello contado desde el punto de vista de una mujer.

La historia  de ORGULLO DE CORAZÓN es la de una mujer que siente pasión creativa por la escultura y que vive tal pasión olvidando sus obligaciones familiares. Una mujer que vive pasiones amorosas autodestructivas mientras le queda el arte, el construir, el hacer como refugio ante sus equivocaciones. El personaje principal es como Picasso, o como Pearl, son creadores naturales, absolutos y brutales. La pasión por el arte es vivida con tal fuerza que la protagonista olvida su vida convencional, y se ve obligaba a domesticar su afán creativo desaforado. Es el retrato de todos los artistas, de los que no pueden vivir sin hacer, sin escribir, sin pintar, y en el caso de la novela, sin amasar y moldear barro con los dedos, o esculpir granito con el martillo y el cincel. Es el drama del que tiene que crear, y a la vez vivir con los que ama y que son los suyos.

Esta novela es genial desde la primera página. Expresa perfectamente en su primer capítulo todo lo que debe expresar. No sobra ni una coma, y no falta ni una palabra. Se presentan a los personajes, se cuenta de qué va el tema y se inicia la novela con la belleza de una obra aparentemente sencilla pero bien escrita. Más adelante descubrimos que es una novela profunda y sugerente. No es tan solo la vida de una mujer que lucha por romper con el convencionalismo social de su época, que también; ésta es la novela de todo artista, de todo creador que se ve impelido a crear, aún a costa de una felicidad impostada, aparente, regalada y formal.

Las grandes víctimas de la historia son los hijos, su primer marido y ella misma. La vida le obliga a ir siempre corriendo para conseguir lo que otros obtienen de la vida con un aparente menor esfuerzo. En realidad, la construcción de la vida y del entorno de un artista siempre quedan bajo el egoísmo del genio que destruye y destroza la vida que tiene a su alrededor, y eso lo hace en aras de su ingenio y su obra. No siempre sucede así, pero compaginar la tarea creativa con la vida cotidiana no es nada fácil, y la protagonista de esta historia se convierte permanentemente en la víctima y el verdugo de su vida. Eso hace que el libro dé que pensar. Detrás de todo artista, incluidos los escritores, hay siempre un exhibicionista, un egoísta perfecto, una persona sensible dotada de una cualidad especial, pero que suele ser incapaz de atender las sensibilidades ajenas. En el extremo contrario, un artista necesita también comer, necesita relaciones sociales aburridas y divertidas, necesita convivir sin sufrir, y eso obliga a cierta sociabilidad, atención, generosidad… Lograr tal equilibro no está al alcance de todos, pues el arte requiere cierta exclusividad cuando está gestando y dando a luz la vida. Deducimos de inmediato que los escritores, pintores, escultores… no son las personas más fáciles del mundo en la convivencia cotidiana. Aunque luego dé mucho gusto leer, contemplar, examinar su obra.

La frase “detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer (y viceversa)” son una gran verdad. Porque la paciencia, la comida caliente, la vida cotidiana, también se labran en el lugar escondido del hogar, que es donde nadie ve al artista, donde se le soporta y se le sufre.

Esta novela, a mi juicio, es un ejemplo de buena literatura. Cuenta con todos los ingredientes de la narrativa norteamericana, y seguro que lo pondrán como ejemplo en la escuela Gothan de Escritores de USA. El único problema de este libro es que está casi olvidado, igual que su autora, la primera mujer norteamericana en obtener el Nobel.

Reflexión y análisis del pensamiento ecologista.

De todos los movimientos sociales del siglo XX, el ecologismo es el que más ha triunfado. El pacifismo quedó demasiado lejos, casi tan lejos como la muerte de Ghandi; y el feminismo ha generado tal ola de estupidez con su deriva hacia las ideologías de género que digo yo no tendrá demasiado recorrido como siga así. Pero el ecologismo es otra cosa. Ha triunfado en la conciencia de la gente, y la prueba es que hay ya un importante negocio en torno a lo ecológico que genera mucha pasta, y mucha gente que ha fijado comportamientos presuntamente ecológicos sin ser consciente de ello. Bien por ellos.

Hay además, abundantes formas de ser ecologista y de plantearse el ecologismo, incluso varias de estas formas pueden llegar a ser incoherentes y agresivas entre ellas. Deviene la ecofiesta en un batiburrillo que hace que el ecologismo no sea siempre bien acogido por mucha gente, porque se identifica lo ecológico con ir en bici haciendo el gamberro por las aceras, o en alarmar a la población cada vez que llueve en otoño o hace sol en verano, o soltar una piara de armiños para que se mueran atropellados en al carretera más cercana. No, eso no es ecologismo, ni siquiera es una pose ecológica de nivel alfa.

Evidentemente no es lo mismo el ecologismo que pretende regresar a la edad de piedra cultivando cebollas y cerrando fábricas, que el ecologismo animalista que se esfuerza para que los animales no sufran en la naturaleza o fuera de ella. Mayor diferencia seguramente habrá entre el ecologismo liberal, que considera que hay que cuidar la naturaleza porque sino habrá más pobreza en el futuro, y el ecologismo espiritual y esotérico que entiende que debemos encontrar la armonía con la naturaleza y el cosmos en su Totalidad. Son muchas formas distintas de plantearse lo de la naturaleza y algunas implican una devoción religiosa y una entrega martirial excesiva para un culto panteísta que huele a adaptación al vacío occidental tan nuestro.

La variedad de formas de vivir la ecología da a entender, una vez más, que si bien ha triunfado la conciencia en casi todo el planeta de que debemos cuidar el medio natural, también nos hace pensar que la confusión reinante es enorme, y que cuando se destruye la idea de Dios se acaba abrazando cualquier manifestación ideológica que cuadre bien. El ecologismo es para mucha gente una forma de vivir por la que deben morir y matar, lo que la convierte en un peligro para la humanidad en su conjunto. El ecologismo le convendría estar a bien con la antropología para que no salga ninguna mal parada, pero tampoco viene mal conjugarla con las tradiciones culturales occidentales más humanistas, porque casi todo lo que es bueno para la humanidad a largo plazo es bueno para la naturaleza. De ahí las advertencias del Papa Francisco sobre los abusos que infligimos a la naturaleza y los abusos a los hombres. Y es que unos y otros no deberían andar por caminos distintos ni separados.

El problema de los ecologismos cuando degeneran en fanatismos está en que siempre terminan siendo alentado por los más ignorantes y psicópatas, que seducidos por una idea parcial, la terminar totalizando y absolutizando para convertirse ellos en sacerdote de lo nuevo, y en guardianes de la nueva convicción. El ecologismo no se libra de sus sectarismos particulares, eso es cierto, por eso conviene hablar de ello y reencontrar caminos de encuentro y no de división; más que nada porque puede seguir aportando mucho al hombre en su devenir hacia el futuro en un planeta-hogar limitado como el nuestro. Tampoco se libran los ecologismos de los nuevos adalides de lo verde, disfrazados de empresarios con deseos de ganar dinero, que aman la naturaleza bastante menos que sus negocios, y andan siempre en el límite de destruir cuando les permite la ley, aunque luego se pongan arrobas de insignias que afirman ser grandes protectores de la verdura y el medio ambiente. Grandes empresas energéticas con premio extra en contaminación, presumen de ser “supergreen”.

Si intentáramos poner de acuerdo al movimiento ecologista en unos principios básicos, estoy convencido de que terminarían a tortas los diferentes sectores, pues hay un ecologismo de derechas y otro de izquierdas, un ecologismo religioso y otro aconfesional, un ecologismo de sostenibilidades y diálogo con la antropología y un ecologismo de radicalidades y enfrentamientos. Pero es imprescindible que haya puntos en común que sean claros, pues el riesgo de la pluralidad es la dispersión, y el de la dispersión la fragmentación. Y la fragmentación solo conduce al fanatismo y al radicalismo, cuando no al abuso y la inmoralidad que saca beneficios hasta del sol que es de todos.

Dice un amigo mío con bastante acierto, que los ecologistas son unos plastas, pero que por desgracia tienen bastante razón en sus críticas y sus extremos. Tiene bastante de cierto. Yo mismo he escrito en este blog alguna entrada afirmando que nuestro planeta se está convirtiendo en un basurero de productos de usar y tirar, y hay que concederles la razón a los ecologistas cuando defienden la importancia de no deteriorar más el medio, bajo riesgo de que nuestra especie se vaya al carajo con su negligencia. Carajo que puede estar en el largo o larguísimo plazo, pero carajo al fin y al cabo. Por eso hay que ordenar las ideas y proponer caminos nuevos que reúnan el pensamiento ecológico, lo hagan más fuerte, y por tanto menos sectario y menos ridículo. Más serio, sosegado y firme.

Una vez más, al igual que le sucede a la antropología cultural y social, lo que mejor puede cimentar la unidad de los ecologismos es la religión católica. Por desgracia, los ecologismos han ido abrazando durante mucho tiempo las corrientes new age de armonías presuntamente orientales y posmodernas. Es un error, porque la experiencia religiosa de una cultura como la nuestra no necesita de otras formas para ser fuerte y válida, y más si queremos que vaya de la mano del humanismo. El mensaje de un Dios creador es suficiente como para que el hombre colabore con ese Dios sin dañar su obra. Mensaje olvidado en la revolución industrial, por cierto.

La ética basada en un Dios que nos ama y nos pide es bastante más sólida que la ética que se basa en el convencionalismo, los acuerdos éticos, o la razón natural, que siempre termina siendo relativa y escéptica. Tampoco, creo yo, está lejos de la protección de la naturaleza vivir la experiencia religiosa de  la contemplación franciscana de la naturaleza, donde Dios redime el cielo y la tierra, el pecado y la contingencia de la muerte, también en el cosmos y en la Tierra, siendo hermanos del mundo y la naturaleza creada por Dios para  nuestro gozo en Él. El orientalismo hace que lo ecológico se termine identificando con el yoga o con comer ensaladas de soja, pero no con ayudar a un prójimo que pasa hambre a pocos kilómetros de casa. Y creo que a la larga conduce a un espiritualismo desencarnado incapaz de resolver los verdaderos problemas del medio ambiente.

ANTONIO J. LÓPEZ SERRANO

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