Cuento para la noche de Reyes Magos.

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Hace muchos, muchos años, en un país muy lejano, vivía una niña muy caprichosa y egoísta llamada Gisella. Era hija única, y aunque sus padres le habían enseñado que había que ser más comedida y no quererlo todo, ella no hacía caso.

– Quiero una bolsa de gusanitos – dijo a su abuelo, que de inmediato, y para evitar el ataque de rabia de la niña le compraba todo lo que quería -. Ahora quiero una piruleta – Y el abuelo no sabía qué hacer para contentarla.

Sus padres estaba muy preocupados, pues aunque intentaban que no fuera tan gastadora y manirrota, no lograban enmendar su carácter, y ella se empeñaba en pedir y pedir cosas que realmente no quería ni le interesaban más que unos segundos.

– Hija, tienes que conformarte con lo que tienes y disfrutar de las pequeñas cosas – le dijo su madre, pero Gisella no hacía caso.

– Quiero un móvil, y una tablet, y una muñeca, y no quiero cenar, y quiero macarrones todos los días, y quiero… – y así desesperaba a sus padres, que empezaron a estar un poco harto de sus caprichos, pero no sabían que hacer.

Gisella, que poco a poco iba creciendo pedía todos los años un montón de juguetes a los Reyes Magos; pero éstos, que no estaban advertidos de los caprichos de Gisella no dudaban en colmarla de todo aquello que pedía, aunque fuera absurdo y no lo necesitara.

– Este año me voy a quedar toda la noche junto a los zapatos, pues quiero ver a los Reyes Magos – dijo a una de sus mejores amigas.

– Pero nadie debe ver a los Reyes Magos cuando dejan los juguetes – contestó su amiga.

Gisella sin embargo no hizo caso, pues estaba tan acostumbrada a que le dieran todos los caprichos, que no aceptaba un “no” por respuesta.

Cuando llegó la noche de Reyes de aquel año trazó un plan: se quedaría escondida viendo qué regalos le traían, y saldría al paso para saludarlos y pedirles que se la llevaran a su reino, donde podría jugar con todos los juguetes que quisiera.

Su madre le insistió para que no escribiera una carta tan larga aquel año, pero ella, en lugar de escribir la carta, les dijo que pensaba hablar directamente con los Reyes Magos, para que le dieran todo lo que deseaba. La madre de Gisella quedó muy extrañada, pero no quiso contrariar a su irascible hija, y aceptó que no escribiera ninguna carta.

La noche de Reyes, cuando todos se fueron a la cama a dormir, Gisella se levantó de su cama, se sentó en el butacón del salón, delante de los zapatitos donde dejaban los juguetes, y esperó a los Reyes Magos.

Pero los Reyes Magos no vinieron. Y Gisella que además de caprichosa tenía mal carácter se empezó a enfadar.

– ¡Cuándo les vean les diré que son unos tardones! – dijo malhumorada.

Pero los reyes no aparecían por ninguna parte.

Por un momento creyó escuchar voces en la puerta de entrada de su casa, y sintió abrir el pomo de la puerta, pero al momento se cerró. Se levantó Gisella y se acercó a la puerta, pero no vio a nadie. Regresó de inmediato al sofá – algo asustada – y siguió esperando, mientras acumulaba cansancio sobre su cuerpo.

Sus padres se levantaron muy de madrugada, y cuando vieron que su hija Gisella no se habían acostado le recriminaron su actitud.

– Gisella, ¿no te acuestas? Los Reyes se asustan de los niños que no duermen por la noche – le dijo su padre.

– ¡Eso es mentira! – dijo encolerizada -. Dejadme en paz – gritó a sus padres que la dejaron por imposible -. Pienso irme con ellos toda la vida para estar jugando en el país de los juguetes.

Pero los Reyes no aparecieron en toda la noche.

Cuando estaba amaneciendo, y la noche terminaba, pudo escuchar las risas y las voces de sus vecinos, que alborozados empezaban a abrir sus regalos. Ella, sin embargo, no había recibido nada, pues por su terquedad los Reyes Magos habían pasado de largo.

– ¿Por qué los Reyes no me han dejado nada? – se dijo a sí misma -. Son unos tontos.

– No te han dejado nada porque no te lo merecías – le dijo una voz misteriosa que habló detrás de ella.

Gisella se volvió y vio a una señora muy guapa, con el pelo largo y recogido en dos trenzas, que llevaba unos vestidos como de princesa, blancos y azules, y una corona en la cabeza.

– ¿Quién eres? – preguntó Gisella -. Si eres amiga de los Reyes Magos diles que son unos incompetentes y unos vagos, pues no me han traído nada. Pero diles también que me quiero ir con ellos para siempre al país de los juguetes

– Soy tu ángel de la guarda, y tengo que decirte que los Reyes Magos no dejan juguetes a los niños que no se acuestan en la noche de Reyes. Ellos no quieren que los vean, por eso no te han dejado nada.

– Pues quiero que me des esa flor – le dijo de malos modos señalando una rosa blanca que llevaba en los pies.

– Esa flor te la daré cuando te la merezcas.

– Eres una tonta. ¡Quiero algún juguete!

– No tendrás juguetes mientras no cambies – le dijo.

Y desapareció, dejando a Gisella muy sola y triste.

Gisella, desde aquel día, se dio cuenta que no podía ser tan caprichosa, que tenía que respetar y querer más a sus padres, y aunque aquel año se quedó sin nada, no le importó demasiado. Al año siguiente pidió un solo juguetes, una pequeña muñeca que le gustaba mucho, por probar, pero los Reyes no le trajeron nada.

Aquello extrañó a Gisella, que empezaba a comprender que los Reyes Magos no iban a darle todo lo que quisiera, y empezó a pedir menos cosas a sus padres, y a ser menos caprichosa.

– Esta niña parece que se porta mejor – dijeron sus profesores en el colegio.

Y Gisella empezó a cambiar, y a ser más generosa y amable con la gente.

Al año siguiente, Gisella escribió la carta a los Reyes Magos.

– Os pido paz y amor para todos, y comida para los niños pobres – leyó su padre la carta.

– ¿Y no vas a pedir ningún juguete para tí?

– No, prefiero que se lo traigan a los que lo necesiten.

Su padre no se lo podía creer. Gisella había cambiado de verdad. Por eso aquella noche de Reyes soñó con los Reyes Magos, que estaba con ellos en su reino y a la mañana siguiente, cuando despertó se quedó muy sorprendida, porque en sus zapatitos había una rosa blanca con una muñeca preciosa, su favorita.

Y colorín colorado….

(voy a ver si el cuento funciona con mis hijas)

Un saludo y Felices Reyes.

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Acerca de Antonio José López Serrano

Nací en Valencia a finales de los años sesenta, pero casi toda mi vida la he pasado en Valladolid. A esa ciudad le debo lo que soy, lo que creo, lo que siento y lo que amo. En ella estudié Derecho primero y Teología después. En ella conocí a mi mujer y en ella ví por primera vez el rostro de mis hijas. En ella descubrí que la CREATIVIDAD puede ser amiga de la VERDAD, y que la AUTENTICIDAD es un bien escaso que se descubre PENSANDO y VIVIENDO. Trabajo como profesor de Filosofía en Secundaria y Bachillerato, y recientemente he descubierto una nueva pasión: ESCRIBIR. Disfruto escribiendo y me gustaría que disfrutaras leyendo. Como puedes ver, solo soy un profesor de filosofía al que le gusta pensar, rezar, escribir y amar.

Publicado el enero 5, 2015 en Relato corto. y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Maravilloso! lo leeré esta noche a mi pequeño!

  2. Precioso cuento. Una verdadera metáfora de los tiempos que corren pero con final feliz. Un saludo y disfruta con las peques.

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