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Crítica literaria a otros libros. Lo que gusta o disgusta al autor

La belleza y el drama de la sensibilidad.

Desde no hace mucho tiempo se ha investigado la sensibilidad de las personas, y se ha descubierto que aproximadamente un 20% de la población es altamente sensible, en siglas corrientes PAS: Personas Altamente Sensibles.

Los estudios que se han hecho son serios, no es una cosa de cuatro friquis, sino que está más o menos aceptado por la psicología, la psiquiatría y la neurología contemporánea. La base biológica afirma que el hemisferio derecho del cerebro (el de las emociones y la creatividad) se activa mucho más (bastante más) en unas personas que en otras. Esto da lugar a unos rasgos caracteriológicos en las PAS que tienen que ver con la empatía, las emociones, los sentidos, el estrés y el desestrés, la creatividad y la sensibilidad para captar lo que los demás no captan de las personas o de la naturaleza. Tradicionalmente se les clasificaba en el pensamiento de Jung como personas introvertidas, pero no es exactamente así. Los PAS no son tímidos, ni insociables, ni introvertidos. Simplemente necesitan desestresarse con más frecuencia que el resto. Les satura un centro comercial más pronto que al resto, y son más tendentes a la depresión y al sufrimiento; pero a cambio también son más creativos, más intuitivos, más ingeniosos y más capaces de disfrutar de las pequeñas notas de color que la vida va regalando.

De esto se deduce, siendo un porcentaje tan alto (20%), que es abundante el perfil PAS en artistas, escritores, pensadores, actores, orantes, artistas en general. Pero también es muy frecuente un mucha otra gente anónima. La proporción es la misma en hombres y mujeres, y como sabemos que los rasgos del carácter se heredan y se mantienen más o menos toda la vida, podemos hablar de familias PAS, niños PAS mal diagnosticados como tímidos; y adultos, calificados como bichos raros por el común, pero que probablemente son simplemente Personas Altamente Sensibles.

En el mundo de la cultura se me ocurre que seguramente han sido PAS escritores como Wilde, Juan Ramón Jiménez, Kafka, Proust y muchos otros. Picasso también parece tener un perfil PAS, y lo mismo podríamos decir de Einstein, Dalí, San Juan de la Cruz o Santa Teresita de Lisieux. Lo cual nos hace pensar que hay muchas formas distintas de ser PAS, que es tanto como decir que hay muchas formas de ser persona y de vivir en este mundo.

Por supuesto, parece lógico que los que no son PAS difícilmente entiendan plenamente a los que lo son. Y los que lo son, si no canalizan su sensibilidad extrema, pueden sufrir mucho en la vida. Tampoco son mundos radicalmente separados, porque hay hasta otro 20% más de personas que se declaran sensibles, aunque no altamente sensibles. El resto, simplemente se confiesa nada sensible o muy poco sensible.

Los cuatro rasgos de las Personas Altamente Sensibles son los siguientes. Los pongo porque seguro que más de un lector se identifica con ellos, y es que el mundo está lleno de PAS que no saben que son PAS:

  1. Se procesa mucha información y de manera profunda. Es decir, los PAS estamos todo el día con la cabeza en funcionamiento. Analizamos todo, pensamos todo, sentimos intensamente. Estamos buscando soluciones a todo, analizando y mejorando el mundo en nuestra cabeza. El mundo cercano y lejano, lo cotidiano y lo que vemos por televisión. Damos vueltas a nuestras relaciones personales, a los problemas de la humanidad y a lo que nos echen por delante. Una PAS se estimula más que la media, está siempre como acelerado y en tensión, lo que puede generar ansiedad y estrés si no se canaliza y se desestresa uno.
  2. La sobreestimulación agota a las PAS. Las Personas Altamente Sensibles necesitan desestresarse porque se saturan en la información que reciben a lo largo del día. Necesitan descansar, tumbarse en la cama, pasear a solas por el campo o la ciudad, no hablar con nadie. Las PAS no tenemos (porque me incluyo) miedo a la soledad, al contrario, nos encanta estar con gente pero nos cansamos de ella. Y es que para nosotros hay gente  que es muy agotadora, que para los demás no lo son. No es timidez, es sobreestimulación y bloqueo. Un PAS nunca se aburre, siempre tiene algo que pensar y olvidar.
  3. Las PAS se emocionan fácilmente, se conmueven enseguida, y empatizan con las personas de manera casi inmediata. Sabemos, sin estar demasiado tiempo con alguien, si esta persona está a gusto o a disgusto, está bien o machacada, si sufre o disfruta. Somos de lágrima fácil. Nos alegramos mucho con la gente alegre, y nos entristecemos con la gente que está triste. Somos especialmente intuitivos para las emociones de las personas.
  4. Somos muy sensibles para los matices de los sentidos. Nos molestan los ruidos, los olores fuertes, las aglomeraciones. No todas las Personas Altamente Sensibles son iguales, y ya he dicho que hay muchas formas de ser PAS, pero es fácil que a una PAS le ponga muy nerviosa alguien que está nervioso a nuestro lado moviendo la pierna, por ejemplo; y nos machaca estar junto a alguien que está estornudando y sonándose los mocos constantemente, segundo ejemplo. A una PAS un Centro Comercial le satura pronto, está a gusto cuando llega, pero al poco tiempo necesita regresar a casa porque se harta y se cansa del ruido, el bullicio, los gritos y la música en chunda chunda. Los demás no se dan cuenta, pero las PAS sí nos damos cuenta y lo sufrimos, porque necesitamos desestresarnos más frecuentemente que el resto.

Confieso que estos rasgos del carácter yo los había identificado más con una especie de inteligencia espiritual y artística,  algo que se debía añadir a las demás inteligencias de Gardner, pero resulta que ya estaba investigado, y que le llaman PAS. Y me parece bien compaginar las dos cosas. Entre los rasgos secundarios del carácter PAS, es decir que son frecuentes pero no generalizables, es habitual que las PAS sean personas bondadosa por miedo a desagradar a los demás, tengan tendencia a la depresión, o sean creativos y enamoradizos, concienzudos y perfeccionistas. También es frecuente que las PAS traten de disimular su carácter para ahorrarse sufrimientos. No son, somos, insociables, simplemente nos agotamos más de la estupidez y la banalidad humana porque buscamos una profundidad que no siempre se nos ofrece.

Saber que eres PAS significa que uno pone nombre a lo que es y sabe que es. Conócete a  mismo. Más que carga o un problema, que también puede llegar a serlo, ser Altamente Sensible es un don que Dios da algunas personas, y que nos permite alcanzar cierta felicidad en la contemplación de lo creado y de Dios mismo.

Dejo el enlace de la asociación PAS en España, y agradezco a Karina y a Elaine su trabajo e investigación para facilitar la vida de muchas PAS que viven en el anonimato.

 http://www.asociacionpas.org

“Las arcas de Noé”, de José Ignacio Cervera Nieto

El filósofo y siempre reflexivo escritor, bloguero del Ritual de las Palabras, José Ignacio Cervera Nieto ha escrito una muy interesante obra, una novela sencilla de aparentes aventuras y héroes que bajo el título de LAS ARCAS DE NOÉ ofrece, desde no hace mucho tiempo, en amazón. Enlace que comparto.

https://www.amazon.es/s/ref=nb_sb_ss_c_1_16?mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&url=search-alias%3Dstripbooks&field-keywords=las+arcas+de+no%C3%A9&sprefix=las+arcas+de+no%C3%A9%2Cstripbooks%2C231&crid=11MKZXZICIAVT.

Me pide que sea benévolo, pues no hay nada más duro que ver los defectos de un hijo, y que te los cuente otro. En este sentido, no puedo ser benevolo, porque la novela LAS ARCAS DE NOÉ no tiene más defectos que los propios de cualquier buena novela. Defectos que son siempre invisibles ante el lenguaje, la dinámica de la narración y el trasfondo simbólico que recorre y que hace pensar. En este sentido, el mundo está lleno de novelas perfectas y mediocres que no vale la pena leer. Novelas que inundan los escaparates de lo más vendido y lo más gustado por el público que desea libros que enganchen, e historietas insultas tipo “sálvame”, cuya único placer es estar entretenido por un rato. En mi experiencia como lector, uno se encuentra, en los mejores clásicos y las más emblemáticas novelas, imperfecciones narrativas, leves o profundas, que no ocultan la grandeza de los mejores. Eso me ha pasado con Proust, Cervantes, Tolstoi, Poe, Hugo. Y es algo que percibo también en José Ignacio Cervera Nieto. Es una buena obra, algo más que una simple novela de aventuras y héroes, que no goza de la perfección mediocre en su composición, pero sí tiene la grandeza de las grandes y buenas obras. Por partes.

Las Arcas de Noé tiene el aroma del relato de LAS MIL Y UNA NOCHES, pues se va hilando desde unas historias que aparentemente no están conectadas más que por estar en el mismo libro, pero que terminan convergiendo en un personaje, Noé, que no es un héroe de cómic, sino una persona corriente y moliente con una vida azarosa y simbólica que lo convierte en único y especial. En este sentido, es también un relato iniciático donde el personaje principal sale de su casa y viaja buscando un sueño que sea lo suficientemente cómodo para poder vivir en paz y en armonía. Lo termina encontrando, obviamente, pero no es el sueño que esperaba, lo cual nos hace coincidir con la experiencia profunda de la vida. Cada pequeño paso, como hijo del Sol, sacerdote, navegante de cielos, tierra y mares, son un recuerdo de los distintos pasos que dan los hombres para asentar y clarificar la vida.

En este sentido, LAS ARCAS DE NOÉ es el relato de todos los hombres, de todos nosotros a lo largo de la vida. Y este descubrimiento impregna toda la novela de José Ignacio Cervera Nieto. Noé vive y nos enseña a vivir, por eso tiene la novela un sabor didáctico, a la altura de los relatos sapienciales de las culturas antiguas y contemporáneas. Noé es Ulises recorriendo el mundo para regresar a su patria. En realidad, Noé no vuelve a su casa, sale de ella para hacer camino al andar. El horizonte que abarca su vista es una meta posible, un lugar cálido donde descansar definitivamente de la dureza de la travesía.

Noé es un apátrida, un Sirio que llega a Europa, un balsero que cruza el estrecho. Noé es semejante a los miles de refugiados que salen de su patria, es un emigrante, igual que los miles de emigrantes que dejan la casa de sus padres para edificar la suya propia. Noé es cualquiera de nosotros, un personaje herido y entero de LAS UVAS DE LA IRA, un hombre con sueños y con la vida por delante. Noé es, en parte, el superhombre de Nietzsche que busca su esencia y se lanza a la aventura, es el hombre contemporáneo por antonomasia que camina perdido por lugares perdidos. Las arcas de Noé es algo que más que un relato simple de aventuras.

El viaje  de José Ignacio Cervera hacia los mundos idílicos imaginados, y la Atlántida lo es, me recuerda también a los relatos de Francis Bacon, Campanella o Tomás Moro. La Utopía no es posible en Las arcas de Noé. José Ignacio Cervera sella con este magnífico relato el acta de defunción del Renacimiento. No es posible un mundo mejor, el mundo es lo que es. Y la altura ética que esperábamos de los hombres no se da siquiera en su personaje principal. No hay una aspiración al bien, ni al mundo perfecto utópico. La única aspiración de Noé es la tranquilidad, la armonía, la paz y el amor. Noé es un filósofo del helenismo que busca la apaceia y la ataraxia al mismo tiempo. Es un hombre que desea la contemplación de un orden que va más allá de los dioses mezquinos de este mundo, pero también desea el amor de la mujer que añora en cada momento. En este sentido se aleja de Nietzsche para envolverse en un platonismo dulce y pitagórico, armonioso y pacífico. Epicúreo y estoico, quizás judío o cristiano. Casi místico y elevado.

Noé no es un héroe, igual que no lo somos ninguno, pero es alguien comprensible en su naturaleza humana. Es un personaje bíblico actualizado con unos parámetros contemporáneos, pero también eternos. En este sentido es el héroe humano, que no necesita de lo sobrenatural para brillar. Es un héroe Nietzscheano que reflexiona la vida, lo que lo convierte, precisamente por su buen juicio, en un héroe orteguiano. También es un héroe abierto a la trascendencia, sin ser beato ni místico, es un héroe optimista, misionero, entregado y bueno. Pero no goza de ninguna sobrenaturalidad que lo convertiría en mesiánico. No es el héroe mesiánico habitual y ordinario de Hollywood. Por eso la novela sorprende y choca.

Noé tiene algo de héroe romántico español, profundamente español al estilo del Gran Capitán, capaz de lo mejor y de lo peor en su humanidad, como el Cid, como tantos otros héroes locales propios de nuestro ejército y nuestra historia. Capaces de la más alta valentía, pero anárquicos y vulnerables. Noé es algo más que un arquetipo y que un simple personaje de novela, es el HOMBRE, pero también un hombre cualquiera concreto, que deja de ser un cualquiera para encarnarse en una historia sencilla y profunda al mismo tiempo.

El relato tiene también la dicha de los amores sensuales y babilónicos, los bajos fondos y las alturas de la esponsalidad. Noé sobrevive entre putas y vino, rastrea las ciudades de la Atlántida donde abunda la maldad y la bondad. Llega a ser un sacerdote ejemplar sin serlo nunca del todo, pero es más auténtico que otros que aparentemente son perfectos. Ya he dicho que “Las arcas de Noé” me recuerda en su orientalismo, su sordidez y maldad a los cuentos de LAS MIL Y UNA NOCHES, pero en su optimismo y naturalidad me recuerda también a los aventureros personajes de Julio Verne, o incluso algunos cuentos de Poe, especialmente los viajes en globo y por el aire.

Al relato no le falta ni le sobra nada, tiene las justas proporciones de los símbolos que maneja, siempre dudosos de ser tales, siempre interrogantes para el lector. Goza de un buen ritmo, no se entretiene en detalles más que lo justo, y permanece el tono de cuento breve en gran parte del relato. Al final adquiere la consistencia de la novela de peso, especialmente en las páginas donde el Diluvio sobreviene. Nunca toma densidades que frenen el relato, salvo las últimas reflexiones del Noé sobre la vida. Sabiduría en estado puro del que ha conocido al hombre, del que se conoce a sí mismo.

“Las arcas de Noé” es una novela pensada y repensada, y eso se nota. La frescura la pone el personaje y la inocencia inicial; la vitalidad y la sabiduría están añadidas inteligentemente por su autor, José Ignacio Cervera Nieto, que hace viajar al lector hacia la introspección ligera y sencilla, la que no se jacta en ser soberbia y excesiva, sino agradable, natural y equilibrada.

Confieso que tenía muchas ganas de leer esta novela, la primera de José Ignacio Cervera. Una curiosidad que me despertó su magnífica actividad bloguera como lector y pensador humilde y bueno, de esos que siempre se hacen de menos, siendo ellos geniales e irrepetibles. Su novela no defrauda, al contrario, es un buen libro, muy recomendable. Único y especial, que hará pensar al lector que desea pensar la vida. Justo lo que planeaba Ortega con su raciovitalismo. Para mi, una novela imprescindible que no necesita benevolencias, sino lectores, como estoy seguro que los tendrá.

¿Por qué estudiamos la historia que estudiamos?

La historia es siempre una reinterpretación de unos hechos del pasado, que han sido seleccionados previamente por el historiador. Por eso no es, ni puede ser, objetiva. No lo es cuando el historiador selecciona unos hechos y no otros; y no lo es cuando interpreta esos hechos en función de sus intereses políticos, éticos o sociales del momento. El historiador reinterpreta la historia y lo único que le podemos pedir, no es que sea objetivo, sino que sea honesto con la verdad que trata de dilucidar; que intente por todos los medios ser fiel a la verdad que va descubriendo aunque esa verdad le moleste y flagele, aunque desee que hubiera sido de otra forma. Cuando el historiador utiliza la historia para justificar el presente político y su actuación particular y partidista, seguramente está dejando de hacer historia para hacer política. Se convierte en un altavoz de la mediocridad.

Esto explica por qué a los políticos les interesa mucho la historia. Quieren que se cuente en las escuelas exactamente de la forma que ellos quieren que se cuente; es decir, que den la única interpretación posible para que una sociedad que prefiere el fútbol a leer libros de historia sea convencida y aplauda lo que en el presente se hace o se quiere hacer. La propaganda política, y no solo hablo de nacionalistas, utiliza la historia para justificar su postura ideológica presente, como si vieran en la historia algún tipo de progreso, de evolución o de sentido. Los políticos y sus altavoces hablan de la historia que avanza o que retrocede, y ellos dicen que gracias a sus empecinamientos progresa, avanza y se menea de gusto. Ahí es nada. No hay más que ver los libros de texto del cole o los documentales de la tele para percibir sus intentos.

Tienen parte de razón. Que cuando se manipula con éxito la historia luego cuesta mucho volverla a poner en su sitio. Ahí están los mitos inventados del caso Galileo o de Hipatia, los olvidos de Blas de Leza y de Rafael Menacho, las conversiones de la revolución francesa en burguesa, o las terribles atrocidades de la inquisición, las cruzadas y los españoles en América. Todas ellas despiertan emociones, y es que para eso se reinventan y se reinterpretan.

Por supuesto, los más grandes reintérpretes de la historia han sido los ingleses, y el más grande manipulador de la misma su vecino Karl Marx. El resto hace lo que puede deshaciendo lo que hacen otros, y desdiciendo lo que afirman gratuitamente otros. En España la historia nos la hacen de fuera, y eso es algo que no se nos debe olvidar. Desde la guerra civil hasta Trafalgar. Por eso estamos acomplejados, y lo seguiremos estando mientras no recuperemos la memoria histórica de verdad. Sin manipulaciones y sin reinterpretaciones.

Pero no quiero detenerme demasiado en España, mi país, sino pararme en la interpretación que estamos haciendo actualmente sobre la REVOLUCIÓN FRANCESA. Gracias a la obra de Mme Staël, Consideraciones sobre la Revolución francesa, escrita poco después de los hechos, se termina uno enterando de lo que ya sospechaba: que Marx ha sido el mejor y más grande manipulador de los hechos históricos que ha habido, y su fratricida influencia llega hasta nuestros días sin cortes ni arrobos. Allí no hay ni lucha de clases, ni triunfos de la burguesía; como tampoco hubo revolución del proletariado en Rusia en tiempos del Ejército Rojo.

Madame Staël escribió cuando todavía no se mentía afirmando que la Revolución Francesa era una Revolución burguesa, que es la principal aportación de Marx. En realidad no fue una guerra entre las derechas y las izquierdas, ni siquiera un enfrentamiento entre lo que el llama clases sociales, que claramente es una entelequia falsa creada para justificar la violencia y la masacre del enemigo, al que siempre se acusa de “opresor”. En realidad Madame Staël, hija del ministro de Finanzas Necker, considerada uno de los analistas políticos más inteligente de su tiempo, brillante y con unos conocimientos aplastantes de su tiempo y de la historia que pudo conocer, valoró y aportó muchos más datos para reconstruir la historia de lo que sucedió en la Revolución sin dejarse llevar por las vísceras.

La causa de la Revolución Francesa fue la pésima gestión política del Rey Luis XVI y su esposa, María Antonia. Titubeos, e incapacidad. Populismo y no querer perder el control llevaron a la ruina a Francia y a Europa, gracias a su incompetencia política. Salvando las distancias: cabreó a la gente tanto como Zapatero a los suyos hace cinco años (como pasa el tiempo, coño). Luis XVI tomó decisiones que arruinaron su economía (no la de la gente, pues de eso se encargaban las malas cosechas), y tomó decisiones políticas que arruinaron la estabilidad social y política (cabreó todos los estamentos sociales habidos y por haber). Ante el caos y la debilidad del Rey, aparecieron los listillos de siempre, los que se aprovechan y se escudan en las ideas para conseguir ser famosos, tener éxito y poder, y presumir más que una mierda en un solar. Eso fue la Revolución: un caos ético y económico, una guerra de personalidades por conseguir el poder a toda costa y mantenerlo, que terminó aclamando a Napoleón, un militar-dictador que puso orden en la jaula.

Mme Staël no está contaminada por el marxismo, y eso es algo que se agradece. Pero hay varias lecciones políticas que voy aprendiendo de ella, pues todavía no he terminado el libro.

Primera lección: Lo que más daño hace a una sociedad es un incompetente tomando decisiones. Nunca se arrepentirá de lo que ha hecho mal. Ni aunque le cortes la cabeza. Y la primera incompetencia de un gobernante es no saber hacia donde conducir una nación. No tener ideas y dejarse mecer por el viento de los acontecimientos prestando oídos a todos y queriendo quedar bien con todos. Lo peor son esos bienqueda que gobiernan para la opinión pública y para el pueblo. Pues el pueblo es en esencia plural y manipulable por la propaganda de los sectarios.

Segunda lección: En cualquier sociedad abundan los sectarios. Hay que evitar por todos los medios que acceda al poder cualquier fanático. Da igual que tengan unas ideas u otras, que sus ideas suenen mejor o peor. Su sectarismo les impedirá gobernar buscando el bien de los que no piensen como ellos. Se suelen considerar soberbios, superiores, sabelotodo, reflexivos, populares y harán lo posible para llevar a cabo sus ideas por todos los medios. No escuchan otras ideas, y no van a cambiar de opinión ni aunque sea evidente su equivocación. Son sectarios, ¿qué van a hacer si no? Deben gobernar las personas que escuchan a los otros, que ponen en tela de juicio sus ideas cuando se le ofrecen razonamientos, que entienden que el rival político puede tener buenas y mejores ideas que los nuestros, y que no está mal reconocerlo.

Tercera lección: La historia la suelen interpretar los sectarios. Por eso, es importante deshacerse de ellos y relegarlos a lugares donde sean inofensivos. Hay que evitar que lleguen a la universidad, a las escuelas, a los documentales televisivos o a las cátedras de lo que sea. Además de no saber por no haber estudiado, emborronan el saber de otros con sus fanatismos y cerrazones. Su gran mal serán generaciones manipuladas a las que no se podrá hacer pensar.

Cuarta lección: Aquí no hay buenos y malos. Hay buenos gobernantes y malos gobernantes. Eso no significa el triunfo de los gestores tecnócratas (recuerdo a Habermas) frente a los ideólogos. Un gestor sin ideas no existe, y un gobernante sin ideas no hace nada, y termina siendo un mal gobernante. Los buenos gobernantes destacan por su honestidad, su ética incorruptible, su amor a las normas, su desgaste por la patria y por el colectivo, su búsqueda de soluciones a los problemas de la gente, su empatía hacia el sufrimiento de las minorías, y su aprecio a los sacrificios de las mayorías, su rechazo a la demagogia, su odio a quedar siempre bien, su vómito hacia los que disfrazan la verdad de múltiples formas. Esta gente no es ni de derechas ni de izquierdas. Se lo aseguro.

 

 

La Divina Misericordia y Santa Faustina Kowalska

Reconozco que últimamente no leo demasiada teología , salvo lo imprescindible que necesito. En este sentido he estado releyendo a Gerhard von Rad, un teólogo del Antiguo Testamento, porque me apetecía reescribir algunos textos de la Biblia. Luego me he enterado que Gustavo Martín Garzo anda con una idea parecida, la de recrear el relato del Sacrificio de Isaac. Tampoco lo tiene fácil. Yo pretendía recrear el Pentateuco entero, pero bueno, ando limitado.

Lo cierto es que entre medias, y como por sorpresa, me ha llegado un libro curioso que he leído con gusto, me ha hecho detener todo (tampoco tengo fuerzas para mucho)  y que me ha ayudado a redescubrir el misterio de la Misericordia Divina. Casi nada. El libro se titula “La mensajera de la Divina Misericordia” de una autora polaca muy conocida en su país, llamada Ewa Czaczkowska, y cuyo subtítulo es Biografía de Santa Faustina Kowalska. Narra en sus páginas la vida de esta mujer Santa Faustina, y nos cuenta el origen de la devoción a la Divina Misericordia en la persona de esta religiosa polaca que vivió en las primeras décadas del convulso siglo XX. En este sentido es también útil para comprobar los sufrimientos y dolores de la nación polaca en el último siglo.

Si soy sincero diré que el libro no está demasiado bien escrito, y tengo la sensación de que los errores se deben más al traductor que a la autora, pero tiene algo que me ha agradado mucho, y es que la estampa, la imagen principal, la reconocía como una de las que más me llamó la atención cuando era joven.  La leyenda siempre me fascinó: Jesús, en tí confío; aunque creo que en castellano es más certero cambiar el orden de las palabras, JESÚS, CONFÍO EN TÍ. La razón es sencilla, en castellano las palabras más impactantes se ordenan al principio de la frase; lógicamente por orden de fuerza la primera es JESÚS, la segunda CONFÍO, y la tercera la dirección que ratifica la confianza EN TÍ. Simplemente eso. En castellano, el orden de los factores, sí puede alterar algo el producto. Tampoco es algo demasiado importante, pero he ahí mi granito de arena.

Tenía en contra del libro un prejuicio muy mío: que me ponen algo nervioso algunos libros sobre santos, básicamente porque dan la sensación de que no son seres de carne y hueso, y tal desencarnación me molesta, por ser poco cristiana. Si Jesús tomó nuestro barro para sí, me resulta algo exagerado que los santos se muestren como licuados en agua bendita. No me resultan reales, y me molesta, porque lejos de hacer un favor a la causa del santo, creo que lo distancia de una fe adulta que pretende dar razón de la misma.

A pesar que había algunos temores en su contra, el libro me ha dejado un buen sabor en el alma. Desgrana bien la vida de una mística que tal vez esté a la altura de los grandes místicos: Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Santa Teresita de Lisieux o San Ignacio de Loyola. ¿Por qué no? Además se profundiza en una cuestión teológica que pocas veces se suele estudiar y enseñar en las facultades de Teología, que es la misericordia y la divina misericordia. En realidad, formaría parte de la teología espiritual, una asignatura que se suele reducir a un curso, como mucho, de la carrera. Sin embargo, su importancia, por concretar lo que es el amor, bien merecería que se le dedicara más tiempo en los estudios.

En el libro se define con una intuición brillante lo que es la misericordia. El amor es la flor, la misericordia es el fruto. Excelente. Dios es amor, y el amor en acción se llama misericordia, por decirlo de otro modo. La misericordia extiende su mano, lo perdona, lo conduce en la vida, se desvela por él, e intenta despertarlo el sueño del agnosticismo. Dios se comporta con el hombre como una madre, como un padre coraje, como un amigo, como un protector, como un salvador. Todo es poco cuando se ama, y si Dios es amor, su principal acción es la misericordia. Desvivirse para que podamos vivir con Él.

El gran gesto de la misericordia que realiza Dios, es que el HIJO entrega su vida por el perdón de nuestros pecados. Nos rescata de la muerte y del pecado concreto y personal de cada uno, eso como poco. Jesús derrama su sangre, da la vida, y sufre una tortura por amor. Y ese gesto de misericordia, dar la vida por los amigos en un dolor gratuito y desproporcionado, es un misterio que no termina de ser comprendido por los que nos movemos en la órbita del “do ut des”. Jesús radicaliza su vida en un gesto aparentemente inocuo, pero es el gesto que define el amor que surge desde el dolor. Quien no se duele de los males y el daño de otro, es porque no lo quiere. Jesús (el infinito) se duele de nosotros, por eso su misericordia es infinita, y es Divina.

El cuadro lo dice todo: Jesús, confío en tí. Es el gesto principal que nos pide, confiar como un niño con sus padres. Confiar que nos dará cosas buenas, confiar que su voluntad es lo mejor para los dos, confiar para compartir… Me ha gustado, sí, me ha gustado. La mano de Jesús bendice, y de su corazón salen dos rayos: uno trasparente (el agua del bautismo) y otro rojo (la sangre de la cruz y la Eucaristía). La túnica blanca es la resurrección, y las marcas de la cruz en sus manos están visibles, tal y como las mantiene hoy.

La oración a la Misericordia es hermosa y muy sencilla. Tras un Padrenuestro, un Avemaría y un Credo, se rezan cinco veces, como si fuera una corona, con la siguiente oración:

Padre eterno, yo te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, por el perdón de nuestros pecados y los del mundo entero.

Luego se repite diez veces:

Por su dolorosa Pasión, Ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

 Se repite lo anterior cinco veces, y se termina repitiendo una oración sencilla tres veces.

Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

AMÉN.

Quien lo rece, sentirá la mano de Dios en su alma, verá como el corazón se le ablanda, entenderá cosas que nunca hasta ese momento ha entendido. Confíen en la oración, y ya verán, ya.

Underground, de Haruki Murakami.

Hace tiempo que no hacía referencias a ningún gran escritor, y mira por donde, no es un mal momento empezar el año con un hombre único del que todavía evoco el recuerdo de UNDERGROUND una novela que leí hace unos pocos meses. La escribió HARUKI MURAKAMI, el próximo premio Nobel japonés, supongo, con permiso de la fantasía sueca y las ocurrencias bienintencionadas de última hora. Este hombre escribe con gusto y arte, tiene elegancia y sobriedad, y desliza la pluma como hacen los norteamericanos, con un sentido práctico innegable.

Reconozco que me cuesta escribir y hacer una reseña de algún libro cuando lo tengo muy reciente, es como si sus aromas estuvieran tan cerca que no pudiera sostener la palabra que pueda referirse a ellos. Por eso confieso que esta obra la leí hace tiempo, creo que por el verano. Es como cuando pasan cosas importantes en la vida: amores, trabajos, encuentros, etc. Se necesita distancia y tiempo para apreciar el significado de lo vivido; de las pequeñas cosas y de las grandes.

Me gusta MURAKAMI porque trascienden sus obras con una concurrencia de la fantasía y el sueño. con Haruki puedes adentrarse por mundos extraños y recurrentes sin salir malparado ni tener la sensación de que te han tomado el pelo. Sin embargo, UNDERGROUND es un libro diferente. En sus páginas no hay más fantasía que las que construyeron los terroristas en sus cabezas, ni más realidad que la que sangra todavía por las cicatrices y consecuencias de los que lo sufrieron. Se cuenta lo que sucedió desde los que lo vivieron, unos soltando gas y otros inhalándolo.

Hoy vuelvo a recordar su lectura, y reconozco que me dejó un buen sabor de boca. En su trama principal hay testimonios, uno tras otro, ordenados y concatenados a propósito de la tragedia contada y buscada por Murakami, que de esta singular manera narraba lo que sucedió en los atentados con gas sarín hace unos años (marzo 1995) en el metro de Tokio. Me impresionó el profundo respeto con el que trataba a las víctimas, bastante diferente al usado en nuestro país; y la profunda reflexión sobre el sentido de la vida y por qué suceden estas cosas, a años luz de la forma de pensar en España, donde parece que cuanto más amnesia tengamos, mejor para todos. En España nuestra historia es un tema tabú, y nadie aborda directamente su significado. Nos la hacen los ingleses y nos ponen de chupa de dómine, y no me refiero solo a la guerra civil española.

Murakami es un buen escritor, y aunque la obra que he seleccionado no sea la más importante de su larga trayectoria y carrera, hay que reconocerle el mérito innegable de convertir las entrevistas en encuentros, relatos llenos de vida y de experiencia, momentos únicos y terroríficos que se quedan para siempre en el alma de los que lo sufrieron. Es una manera de mantener la memoria viva, de conservar en el recuerdo lo que sucedió, cómo sucedió, y por qué sucedió. En este sentido, la sociedad japonesa es sumisa, pero es una sociedad que, al menos así me lo pareció en Murakami, quiere tener conciencia de sí misma. No se ha arrojado sin más en brazos de Occidente, y está necesitada de lo único que parece que no les hemos sabido contar, que es la experiencia de fe cristiana, el atisbo de trascendencia que aquí despreciamos y que allí añoran en dosis de mística y meditación. El perdón es necesario ante la violencia, tanto por lo psicológico (experiencia japonesa y agnóstica), como por lo salvífico (experiencia cristiana de encuentro con el “totaliter alter”). La vida sigue y no valen los psicólogos de respuestas estandarizadas de cuarto de carrera.

Me resulta inimaginable una catarsis semejante en la sociedad española con motivo de un atentado. En España vivimos a golpe de sentimiento y emoción, pero pocas veces pensamos la tragedia; la ponemos sobre la mesa, pero no nos preguntamos si es evitable. Lo de pensar la vida, que decía Ortega, es para los españoles una tarea pendiente, preferimos vivir la vida, y pensar en el fútbol. Por eso, los atentados del 11 de marzo del 2004 en Madrid no han sido perdonados a Aznar, que es el que muchos piensan que lo hizo. De hecho los atentados fueron tan manipulados por las opciones políticas en su momento que un halo de sospecha envuelve todo. No hay, y eso lo hace más sospechoso, ni pruebas para mostrar, ni gente a la que investigar. Se ha querido olvidar, como si hubiera sido una mala pesadilla de la que queremos despertar. Pero los atentados fueron reales, y un flaco favor hacemos a las víctimas  y a nosotros mismos si no pensamos la tragedia.

Murakami en su novela escucha a las víctimas, y también a los agresores. Sin justificar nada, pero sin olvidar que lo hicieron desde un porqué. Concluye, en un afán de búsqueda que le honra, que los asesinos no obraron alocadamente, sino que lo hicieron siguiendo consignas y mensajes en los que creían. La gente de la secta a la que pertenecían se sentían confortados en ella, era el refugio lógico de una sociedad materialista que no ofrecía, ni ofrece, más que desesperanza, donde el hombre es un engranaje ridículo, una pieza de un rompecabezas que otro construye.

Podemos aprender muchas cosas de Murakami: a hacernos preguntas, a saborear los aromas de los libros, a leer aquello que nadie lee y nadie piensa. a releer aquello que nos impresionó un día y que no queremos olvidar. UNDERGROUND es un magnífico recordatorio de lo que sucedió, hecho con delicadeza y sensibilidad. Una reflexión que puede ser válida para todos los atentados terroristas masivos de la historia.

Gracias Haruki. Ojalá fueras español y pensaras por nosotros.

Los Miserables de Víctor Hugo

  

Acabo de terminar esta novela magnífica novela, estupenda y bastante mal escrita. Lo que no sé es cómo lo he podido leer, si es un tocho de esos que nadie se atreve a editar por ser excesivo en páginas. Ha sido una suerte poder contar con un volumen de la editorial Aguilar, la que cuida sus traducciones por ser de épocas donde el lenguaje se cuidaba. Y ha sido una experiencia única, lo confieso.

No digo nada nuevo, pues al mismo Victor Hugo le achacaron que estaba mal escrita, y es verdad. No guarda los estúpidos cánones con el que nos seducen las películas, las novelas y el ocio en general que cuenta y que narra historias con las cartas marcadas. Esas que permiten que supongamos el final en cuanto leemos veinte páginas. Happy end. Esa que a la gente le molan porque le enganchan, como si quedara alguna historia interesante. Yo, tras la mierda de “el código da Vinci” que enganchaba mucho y no decía más que tontadas, recelo de las novelas que enganchan. Cuanto menos enganche mejor, por si acaso. Con que sea hermoso, los personajes sean interesantes, y esté bien escrito me conformo, y casi estoy pidiendo la luna, pues no todo el mundo es capaz de escribir con buen gusto y arte.

Le pasa lo mismo al Quijote, y cualquier editor moderno le diría al tal Cervantes que abrevie, que le sobran las digresiones y los cuentecitos; que hay que quitar trescientas páginas, vaya. A Hugo le sobrarían doscientas del principio, y otras cien de algunas partes. Eso sí, no tendríamos los Miserables, tendríamos algo parecido a una novela romántica algo ridícula. Lo que hacen en el teatro, musicales y cosas por el estilo es para el que no le gusta leer. ¿No han hecho película? Te preguntan los alumnos cuando hablan de alguna de estas magnas obras. Y es que estas novelas, La Regenta, el Quijote o Los Miserables, necesitan aire para escribirse y tiempo para disfrutarlos. Tiempo para la belleza y para la reflexión. Eso es. y la sociedad actual no es capaz de disfrutar de una obra de arte más de cinco segundos. Hacemos la foto, y nos vamos corriendo a otra cosas sin entender nada. Así funciona la música, las exposiciones, la poesía y la literatura. Y eso suponiendo que alguien lo consuma.

Yo creo, que el arte que seduce, nos atrapa y nos deleita embriagándonos. Cuando algo es bello nos obliga a mirarlo (un cuadro por ejemplo) cientos de miles de veces, de horas, de años. Por eso Los miserables es una obra revolucionaria, no porque tenga cientos de miles de frasecitas chorras de esas que molan en internet, a medio decir y no dicen nada, tipo: “el amor es lo que queda cuando el vapor del alma se disipa”. Ole mis… Ni tampoco es una obra revolucionaria porque nos cuente la historia de una barricada formada por gente que no sabe a lo que va (como hoy). Para mi gusto, por cierto, tampoco es original la historia de amor de Mario y Cossete. La novela es grande porque con todo eso hay dos grandes personajes interesantes que lo recorren todo: Jean Valjean y Javert. Porque está bien contado y para eso necesitó el autor un tocho de cientos de páginas, y porque cada párrafo guarda la belleza de un autor que escribe como él mismo. O sea, todo lo contrario de lo que recomiendan las academias de escritura, donde hay que escribir para que sea fácil de leer. ¿Para quién? Huyo de los libros cuya forma de escribir no reconozca como original y novedosa. Escritura estandar, no gracias.

De nuevo reconozco que los clásicos no fallan, que tienen ese algo que enamoran. Grandes personajes, reconocibles y tan veraces que se hacen de carne y hueso. Que los puedes tocar y que los conoces en profundidad. Grandes escenarios, lugares míticos del pasado o del presente, da igual. Y exquisitez para contarlo. Capacidad para escribir de manera única y bella.

Así me gustaría escribir a mi. Así que pediré a Victor Hugo que me de unas clases de narrativa, donde no me entretenga en agradar al público, sino en marcar mi ritmo y seguirlo hasta el final. Una obra única, sin duda. De las que no se olvidan.

El general en su laberinto, de García Márquez. Bolívar contra Bolívar.

García Márquez escribió este intento de novela histórica en el año 1989, y hay que reconocer que ni siquiera a él mismo le gustaba demasiado. Así llama a esta novela en el epílogo y agradecimientos: horrible novela. No les engaño, pueden comprobarlo por sí mismos.

La novela quiere retratar el final de la vida de Simón Bolivar, hombre admirado y endiosado para los países de latinoamérica, y logra construir un retrato bastante justo del personaje (supongo), aunque para eso utilice un tipo de narrativa fantástica, que tan bien funcionó en Cien años de soledad, y que tan mal encaja en un género más realista (y menos mágico) como es el histórico.

A mi no me parece mala, sobre todo si se compara con otros bodrios que circulan por ahí en plan grandes ventas, de estilo estándar tipo alumnos de la ESO. Páginas aptas para todos los públicos con ganas de leer cualquier cosa que sea fácil o corta, o las dos cosas. Lo que le sucede es que García Márquez es él mismo siempre, y eso para un autor que trabaja un género distinto, como es el de la novela histórica, pues como que puede costar, y a él le dejó, me da la impresión, con algo de mal cuerpo. Aunque el resultado final sea bueno.

En esto habría que seguir aquel criterio sabio que orienta a los escritores en su quehacer, y es que por mucho que Lope de Vega intente escribir como Cervantes no lo conseguirá, y lo mismo le pasa a Miguel  de Cervantes, alias el manco de Lepanto, cuando se lanza a hacer poemas o teatro. Que no es tan bueno como en otros campos. Claro, que de ahí a decir que es malo, hay un abismo. La novela es extraña, y con eso estoy diciendo mucho, y haciendo justicia. EL GENERAL EN SU LABERINTO es agradable; y es que a mi, en general, me gusta Gabriel García Márquez. No hay nada de él que me disguste como escritor.

Es como los Beatles, y creo encontrar un paralelismo con la opinión que han tenido Lennon y McCartney de algunas  de sus canciones. John, siempre más cáustico, comentó que alguna de las canciones que había escrito eran una soberana mierda. Y asi calificó, por ejemplo, la de “It´s only love”, que aparece en el disco de Help. La canción no es tan mala, la letra es babosísima, y la música agradable, quizás digna de niños pera, pero no es horrorosa. Las hay peores, desde luego, incluso ganadoras de Eurovisión. Así que no hay que desesperarse. Paul McCartney más pacífico y menos rebelde que su amigo de cuando eran hijos de obreros, dijo de los Beatles algo así como: por lo menos hablamos de amor y paz. Pues sí, y entre canción y canción lechuga. No hay nada malo, aunque haya cosas raritas entre los Beatles, como “revolutión number nine”, por ejemplo. Pero sigue sonando bien el cuarteto de Liverpool. ¡Qué demonios!

Pues con Gabo igual. Sigue sonando bien. Es verdad que la novela no es el mejor estilo de novela histórica fetén que uno puede encontrar. No es la narrativa de Galdós, ni de Dickens, ni Victor Hugo, pero da igual, porque cada uno escribe como sabe y como puede. Estoy convencido, y he releído la novela una vez más para intentar aprender esa forma de escribir, que Cien años de Soledad es imposible que hubiera podido ser escrita por otro autor que no fuera Gabo. Y es una obra maestra. Esto es así. Cada escritor está preparado para escribir lo suyo, bajo su tono, en su estilo y con sus formas. Proust solo puede haber uno, y García Márquez igual. El reto de escribir sobre Bolívar ya tiene mérito de por sí.

La novela fue polémica incluso cuando salió. El retrato que dibuja de Simón Bolívar no es el que muchos americanos tienen en mente, y es que tendemos a idealizar a los personajes de la historia por lo que hicieron, y no por lo que fueron en sí mismos. Bolívar no fue un santo, incluso tampoco buena persona. Pero logró reunir alrededor suyo a los hombres más destacados de América contra la madre patria española que les gobernaba desde muchos kilómetros por un inútil como fue Fernando VII. Bolívar es un modelo de libertador cuya distancia mejora al personaje, porque cuando uno se acerca al hombre que fue, se comprueba que se está ante un tipo rudo, no demasiado inteligente para ordenar lo que sucedía a su alrededor, y desde luego con una actitud hacia las mujeres de macho alfa. Tiene algo parecido a los monstruos estos de Venezuela que surgen como la hidra: rudos, bastos, falocéntricos y orgullosos de sí mismos. Sin capacidad autocrítica, los pobres. Se ponen un chándal con los colores de su pueblo y se creen con derecho a pegar voces y dar lecciones de ética a todo el mundo.

Por supuesto, esto es lo que me ha trasmitido la novela, porque Bolívar no es precisamente un personaje que conozca en profundidad. Pero creo que Gabo sí lo estudio. De hecho dedicó dos años en investigar al personaje, se asesoró al más alto nivel y en las cosas más sencillas. Y la novela creo que es fidedigna con el personaje y con los sucesos. Bolívar no logró mantener a su alrededor a sus incondicionales, ni logró la unidad de América. En este sentido fracasó estrepitosamente y se vio abandonado. La novela está bien documentada. Magnífica. El problema a mi juicio es la narración. Demasiado realismo mágico para una novela histórica, lo piensan otros, y a mi no me extraña esa visión. Tampoco pasa nada. Se lee, se disfruta con el lenguaje, flipas con el tío don Simón, y ya está. El siguiente será Murakami

Gracias Don Miguel. Enhorabuena soldado. (Homenaje a Miguel de Cervantes)

Escribir sobre Don Miguel de Cervantes, y más en estas fechas, es casi cuestión obligada. Cuando se cumplen los cuatrocientos años de su fallecimiento, 23 de abril de 1616, uno se siente contagiado por el ánimo de todos los escritores que en el mundo han sido, el de todos aquellos que salieron a escribir aventuras e historias con el mismo ánimo que don Quijote salió para hacer un mundo mejor, sin malandrines ni bellacos. con buenas historias que contar bajo un árbol, en ambiente bucólico y pastoril. Y eso lo quiero contar bajo la luz de la orden de Caballería, que tanto gustaba a don Quijote, y que tanto dolor causó a su creador Miguel de Cervantes.

Al igual que los caballeros andantes, Cervantes sufrió el desprecio y la burla de la sociedad de su tiempo. No llegó a ser un hombre marginal, pues trabajó en la incipiente administración de entonces, la que recaudaba impuestos, pero sufrió en sus carnes (semejantes a las que abrió Sancho Panza para conseguir el desencantamiento de su señor don Quijote) el aliento de la muerte y del desprecio de sus contemporáneos. También le llegó la gloria al final de su vida, y es que, al menos por una vez, se hizo justicia en aquel siglo de Oro, que los que lo vivieron pudieron perfectamente llamarlo de desidia, de corrupción y de empobrecimiento social y económico.

Su personaje don Quijote fue de lo mejor que dio aquella sociedad, y si hubiera existido de verdad, hubiera sido considerado el mejor de los españoles. Reformador de la Orden de Caballería Andante frente a la picaresca, de los buenos sentimientos frente a la maldad del mundo, hombre de palabra y sin tacha. Don Quijote fue verdaderamente un héroe para aquella sociedad engatusada con la fantasía caballeresca, que prefirió mirar a otro lado antes que seguir viendo como se derrumbaba el Imperio en manos de sus prebostes.

Este héroe no podía sino tener la apariencia del antihéroe: todo hombre que quiere cambiar el mundo es un loco, y el que lo acompaña un tontorrón, como Sancho. Pero aquel hombre inocente y loco, representa todo lo mejor que podía encontrarse en una sociedad corrupta como la que soportó Cervantes. Don Quijote es el hombre que vive en el seno materno, y desconoce, por tanto, la maldad del hombre. Cervantes en cambio sí ha conocido tal maldad a lo largo de su vida. Envidias, burlas y desprecios. Los mismos que sufrieron estos personajes tan aplaudidos.

Cervantes fue un patriota, un soldado que luchó con honor y que vio frustrada su carrera militar por culpa de una herida grave en la mano. De hecho era llamado “el manco de Lepanto”, y aquella herida, lejos de significar una merma de facultades o una deshonra para su portador, lo defendió como el más grande honor que podía haber recibido un soldado valiente. La herida obtenida en “la más alta ocasión que vieron los siglos” es indicativo de haber sufrido y padecido para que no viéramos nuestro mundo patas arriba. Cervantes fue un salvador de su tiempo, un héroe, pero las circunstancias lo llevaron precisamente a lo contrario. Tras una campaña, desempeñada con varias y costosas batallas por mar y tierra, fue capturado y secuestrado por los piratas moriscos del norte de África, es decir, por los enemigos de las Españas.

Tras varios años de cautiverio fue liberado, y regresó con los suyos, su familia y su entorno. Pero ya era tarde para que un soldado de una edad rehiciera su vida militar. La mutilación lo convertía, en aquella época, en algo más que un impedido y un incapacitado. Cervantes era un hombre acabado cuando le negaron que se reenganchara. Su experiencia era importante, pero le faltaba un brazo. Aumentó su desgracia, pues no logró los trabajos que pretendía, ni en las Indias, ni en la administración. Luego fue acusado de robo en Ecija y absuelto, pero no será la única vez en la que sus enemigos lo acusen con más o menos éxito. Fue un hombre golpeado por la realidad de la vida, a diferencia de su personaje Quijote, que en medio de las adversidades mostraba su mejor rostro. ¿Fue así Cervantes? Mientras tanto se sucedieron cuatro bancarrotas en el reino de España, varias guerras más, todas ellas acompañadas de duelos y quebrantos, de dolores y angustias para una sociedad empujada  de manera irrefrenable a la decadencia.

Cervantes vio como aquella España gloriosa de don Juan de Austria y Santa Ignacio de Loyola (dos personajes y soldados que admiró) se derrumbaba en sus dirigentes. Pero también pudo comprobar como la España de la escritura y las artes florecía a pesar de no ser regada por las autoridades. Ni falta que hizo. Lope de Vega, Gongora fueron contados en las tertulias literarias de Madrid, donde quiero pensar que participó Cervantes a pesar de sus años y agotamiento. Conoció la bella pluma de Santa Teresa y fue un hombre piadoso, de fe y oración constante. Probablemente su estancia en Argel le valió tal ánimo orante.

Su crecimiento como escritor se fue gestando durante muchos años, antes de su marcha como soldado, pero lo cierto fue que su novela EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA superó todas las expectativas creadas por su autor y editores. Tal obra le valió ser considerado, hasta la fecha, el más grande escritor en lengua castellana (y de muchas otras) de todos los tiempos, a la par que le proporcionó el reconocimiento y el beneficio de una sociedad que hasta entonces le había negado, como quien dice, un lugar de más honor.

No terminó ahí su periplo. Le salieron competidores que plagiaron a sus personajes, y tuvo que escribir una Segunda Parte del Quijote para poner a Avellaneda en su sitio. Es triste que hasta el último momento tuviera que luchar por defender su obra y sus personajes. Falleció un año más tarde de que se publicara la Segunda Parte del Quijote. El Caballero de la Triste Figura, melancolía que también podríamos atribuir, aunque solo sea por analogía a Cervantes.

La España de entonces quizás no difiera demasiado en la actual nuestra, donde los pícaros han mirado para otro lado mientras sus dirigentes saqueaban su bien más preciado: su cultura, su literatura, su pintura, su arte… Somos un pueblo de hidalgos, de perdedores, de pícaros, de ganadores y envidiosos, de soñadores y de… de Quijotes y de Sanchos. Un pueblo de locos. Cervantes nos retrató como nunca, y hoy por desgracia, mientras otros celebran a sus dramaturgos con devoción, aquí bailamos al son que nos marcan los más mediocres. Aun nos queda reconocerle, maestro de las letras. Gracias Cervantes, y enhorabuena escritor. Qué Dios te guarde en la eternidad del cielo.

UN PLACER RESERVADO: FERIAS DE LIBROS ANTIGUOS Y DE OCASIÓN.

Una de las cosas más entretenidas del mundo es darse un garbeo por cualquiera de las Ferias del Libro Viejo y de Ocasión que, en estas fechas primaverales, crecen y se reproducen por nuestras ciudades y pueblos como setas otoñales. Da gusto salir al campo de los libros y entretenerse con ellos, aunque solo sea un rato. Es de esos placeres inmensos que pocas veces tenemos el gusto de hacer: hojear y ojear libros, revistas antiguas, carteles, folletos, con sus páginas toqueteadas por algún extinto propietario que se nos antoja, a estas alturas, alguien de otro mundo, de otra época, alguien en el fondo amigo, que por alguna extraña razón tuvo que desprenderse de un bien preciado, de sus libros.

Mientras escudriño el interior de uno de poemas de Rosalía de Castro, descubro agazapado el nombre de su antigua dueña: Dolores Martínez. El nombre es insípido, pero evoca a una persona real. Quizás se trata de alguna vieja lectora, ya fallecida, cuyos libros no inspiran a su nuevo dueño. Es decir, que no caben en los contenedores en los que vivimos, pisos pequeños con la cocina puesta, armarios empotrados y sin alma ni libros. Es cierto que acabamos saturando nuestras casas de cachivaches, y que cuantos más metros cuadrados de piso, más mierda acumulamos en rincones y armarios, pero un libro es algo más que un objeto. Es una ventana a nuestras almas.

Supongo que es lógico que cuando algunos llegan a la edad de heredar, del tío del cura, de la tía monja, de la solterona de toda la vida, del abuelo o de sus años mozos, mucha gente prefiera deshacerse de una fabulosa Enciclopedia Galáctica, que quedarse con ella. Lógico de toda lógica, y más viendo las vidas absurdas que arrastramos.

Pero puede que me equivoque, y que los libros que allí se venden sean residuos de amargados lectores ahora empobrecidos, hastiados de los muchos libros que guardan, y que piensan que cuando ya han leído algunas cosas, se puede uno desprender de ellas sin enjugar una lágrima a cambio. Gente que quiere sacar una rentabilidad económica a lo que acumuló en su casa cuando soñaba con una vida no conseguida. Pero lo dudo, porque los libros se venden al peso, salvo que sean valiosos por su rareza o antigüedad. Poca fortuna económica se saca de un libro, y mucha espiritual.

También observo que muchos de los libros que se enseñorean por los mostradores de las Ferias acaban de ver la luz, pues son, un año tras otro, repetidos títulos y repetidas obras. Son las viejas editoriales que fueron generosas en ejemplares, y tacañas en lectores, y entre estas muchas, hay colecciones que fueron un día carne de quiosco, y hoy parecen gritar desde su hueco de Feria, mírame, hojéame, o cómprame y llévame a casa, como los langostinos de la marca fetén. A veces, son malas ediciones, y otras son auténticas oportunidades de guardar y releer las mejores historias de la literatura.

Me gusta también observar a algunos de estos libreros, especialmente aquellos que son dueños del habitáculo que les han dejado y cuyas edades peinan canas o calvas, que de todo hay. Barbas pobladas, en plan años setenta, y rodeados de libros que parecen recién sacados de partidos políticos extintos tipo Partido Marxista de los Pueblos Republicanos y Anarquistas de España. Te venden a Bakunin, lo mismo que coquetean con San Juan de la Cruz, o la vieja Constitución del 31, con hojas amarillentas que se codean con las viejas cartillas Palao, que reposan junto a los geniales tomos de la Editorial Álvarez. Da igual, porque todo es viejo y vetusto, y afable para los que tenemos pesadillas con una feria del libro electrónico y viejo. Donde lo único que se puede hacer es cacharrear con un ratón.

Aquí en Valladolid, muy cerca de la Feria del Libro, vivieron varios vecinos míos ilustres escritores que nos dejaron hermosas páginas escritas con amor y aplomo. Imagino a Cervantes, con 400 años de entierro a cuestas, paseándose por la Feria, remirando su Quijote, editado en piel, acuarela y plumilla, todavía vivo y con cientos de estanterías dedicadas a su obra. Se volvería a sus dos acompañantes, antes de proferir Don Quijote una refrán tomado de Sancho sobre el buen gusto de las gentes de Pucela. Atrás quedaron los Amadís de Gaula, que ya no venden. Pero el Quijote, siempre está ahí.

O el bueno de José Zorrilla que todavía vende su Juan Tenorio a 10€, o 5€ o 3, o 2. Da igual el precio. Siguen siendo obras de incalculable valor que nadie podrá pagar suficientemente a sus escritores. O Delibes, que paseaba por el Campo Grande en los últimos años de vida fecunda, paseo contiguo al lugar donde hoy presumen sus libros de ser perennes. O Umbral, que tras espaciarse con un par de ninfas por las tiendas de los alrededores, se entretiene excavando sus libros, sus buenos libros, de entre la turba fecunda del mostrador. Yo es que he venido a ver si siguen estando mis libros.

Es la Feria que más me gusta, donde los libros no tienen una fecha de caducidad de tres meses (lo que distribuye una editorial), porque Homero se sigue vendiendo, tanto o más que la última fantasmada de moda, donde los precios son variados y accesibles, donde todo se recicla. Desde la tradición hasta la cultura sobre la que nos hemos edificado.

Siento no haberme comprado los tres tomos preciosos en piel, papel biblia, edición de Aguilar de Las Mil y Una Noches por el precio de dos partidos de fútbol de primera división. Pero es que me gusta cazar los libros como las perdices. Las rodeo, y cuando se confían doy el asalto final: póngame estos, por favor.

 

 

 

La mística de Platero y yo.

Me reconozco cada vez más atraído por la poesía, por el placer de disfrutar versos sueltos, rimas elegantes dichas con sencillez y profundidad. De ahí que haya vuelto a caer por mis manos el libro de Juan Ramón Jiménez, Platero y yo. Una obra maestra que tradicionalmente entendemos como un libro infantil, pero que es en realidad un libro profundamente místico y espiritual, religioso y cristiano. Y esa interpretación de su obra la he descubierto gracias a los estudios  de Michael P. Predmore, que aparecen en la editorial Cátedra, cuya edición coquetea sobre la mesa de mi escritorio con otros libros también amigos. Bien por todos ellos.

Platero y yo” es una composición en prosa poética única en su género, muy poco inocente y con una carga de simbolismo y de profundidad religiosa y cristiana asombrosa. Late en el fondo de su alma la visión política de JRJ, un hombre que estudió en la Institución Libre de Enseñanza, y por tanto, alguien muy cercano al regeneracionismo krausista de fines del XIX y principios del XX.

JRJ  deseaba, igual que el regeneracionismo de la Institución Libre de Enseñanaza, mejorar la cultura y la sociedad española, regenerarla moralmente y elevarla espiritualmente. Juan Ramón Jiménez trató con Alfred F. Loisy, uno de los teólogos del modernismo, de corte y teología liberal, cuya pretensión intelectual terminó en un enfrentamiento con el cerrado espíritu que entonces imperaba en la teología católica tomista y excluyente. Jiménez es un escritor que se enamoró  de los poetas místicos españoles del siglo XVI, a los que gustaba y admiraba con más profundidad que a otros poetas clásicos. Y gran parte de su sensibilidad religiosa se vuelca en Platero y Yo con resultados asombrosos.

En esencia, y así hay que entenderlo, JRJ es un modernista, un poeta de luminosidad que no necesita de princesas ni de palacios – a diferencia del nicaragüense universal, Rubén Darío – para comprender la belleza de la palabra poética y lírica en sí misma, y de hecho lo demostró con las maravillosas páginas de sus poemas. Platero es una composición homenaje a Andalucía, su tierra, su “jente” y su patria Moguer. Él no es amante de Castilla, como la generación del 98, recia y serena ante la decadencia, sino que es un enamorado de Andalucía,  de la luz y el sol que irradian sus mariposas blancas. Platero es – y lo digo arriesgando – la réplica cristiana al “Así habló Zaratustra” de Nietzsche. Platero es una composición con estructuras evangélicas donde la belleza divina es secularizada, donde se genera una trascendencia difícil de alcanzar por un escritor que pretende narrar una simple historia con un animal y en su ambiente de Moguer. Por eso, esta obrita es tan sencilla como profunda y fuerte.

Simbólicamente, Platero es Cristo: malentendido y perseguido, suave y dulce por fuera, y recio y de acero por dentro. Platero es querido y apaleado por la sociedad moguereña que es presentada por JRJ como malvada, cruel e hipócrita. La muchedumbre no es capaz de nada bueno, y representa el mundo malvado que Platero redime con su bondad natural. El dueño de Platero va conduciendo al animalito por las dificultades sociales del pueblo, arquetipo de humanidad, donde contrastan vivamente los hombres tenebrosos frente a los muchísimos niños. Los hay andrajosos, pobres y de toda condición, que al igual que en el evangelio, son los preferidos por el burrito. Estamos ante una mística secularizada, un relato donde el animal se clava una espina, donde es montado por un nazareno, donde el animal que es inocente sangra y sufre. Platero sufre la vida en una primavera sacrificial. En cambio, la llegada del invierno será síntoma de elevación. Sin duda el autor está influenciado por Loisy, pero también por el romántico Renan o el eterno Kempis. Platero muere y resucita con la espiritualidad romántica de aquellas décadas, con la vibración y la dulzura secularizada de una historia universal, la de la vida, el dolor y la muerte, pero que sigue asombrando y deleitando cuando está tan bien contada.

Me reconozco pequeño ante tal obra maestra, única, tan conocida como incomprendida, pero también redescubro en la lectura que estoy haciendo, un “Platero y yo” distinto, que no había visto por culpa de una primera impresión acelerada. Les invito a releerlo desde estas claves, pues tiene el aire limpio que se respira en la casa de JRJ en Moguer, cuya foto arriba preside la entrada de esta semana, por cierto, tan suave y tan tierna a la vez.

Como Platero.

Saramago. El año de la muerte de Ricardo Reis.

 

Uno de los autores por los que siento especial predilección, tanto en estilo como en contenidos, es José Saramago. Falleció hace ya la friolera de cinco, casi seis años, y reconozco que me gustan sus libros, y mucho. Ninguno de ellos me ha defraudado, y reconozco a un escritor personal, de esos que no se escabullen en palabras vacías y huecas, ni en palabras baratas, de las que usan los escritores de best seller, sin personalidad ni distinción. Saramago es auténtico y personal, único, y eso hace que leerlo sea una experiencia profunda, incluso distinta y enriquecedora su relectura. Es una autor para releer y para pensar.

De Saramago he leído unos cuantos, que no todos y seguramente pocos, en comparación con la devoción que le brindo a este maestro de la escritura y el pensar bueno. Es de los que me gustaría leer todo, como hice con Steinbeck el día que cayó en mis manos. Uno tras otro leí sus obras completas, lo disfruto y me permite contemplar la vida con otro gusto. El problema de Saramago es que ha escrito mucho, muchísimo. Tiene algo de Picasso, que empezó a pintar con cinco años y no paró hasta que se murió con noventa y tantos. Saramago presenta algo parecido, el genio creativo que escribe e ilumina el mundo con sus palabras llenas de matices, abundantes y mágicas.

Ahora, en las redes sociales y en el cibermundo, se lleva mucho eso de sacar dos o tres frasecitas del tío que sea, y ponerlas como exponente de su pensamiento. A mi eso me carga un poco, porque es una forma de eludir su letras, su pensamiento en profundidad, y su condición humana. Es como reducir a un eslogan ingenioso todo lo que alguien es. Con Saramago, igual que con muchos otros, abundan las simplicidades, y casi siempre distorsionan lo que yo creo que es el escritor José Saramago, algo más que un filósofo y un escritor juntos. Cotizan en la red las relativas a su condición agnóstica y buena, pero se olvidan de cientos de miles más que solo se encuentran en sus libros, entrelazadas con sus personajes.

El asunto por el que me paro en Saramago porque acabo de terminar EL AÑO DE LA MUERTE DE RICARDO REIS y me ha gustado. En sus páginas muestra la vida del Lisboa de los años 30, en concreto de aquel año 36, donde Portugal estaba bajo el báculo de Salazar, y España bajo el despropósito de una situación de preconflicto. La novela termina, para mi gusto, con un exceso de politica, supongo que inevitable si se recoge la vida lisboeta de aquel complicado año, donde Mussolini se lucía en Etiopía, Hitler deslumbraba en las cancillerías occidentales, y la Cruzada Española iba a ser la salvación de Occidente en palabras de Unamuno y del exilio que llegó a España desde la victoria electoral del Frente Popular en las elecciones de Febrero del 36. Por supuesto, el “viva la muerte” es la cruz de una historia sencilla y simple, llena de matices y poca acción. Ni falta que hace, porque el personaje de Ricardo Reis se hace interesante sin necesidad de hacer cosas extrañas con él. Comparte vida con dos mujeres, una sirvienta y una enferma, y con las dos es imposible que exista el amor auténtico y convencional que todos esperan del doctor Reis.

Destaco un momento especialmente significativo y genial que me ha encantado, cuando se encuentra con Fernando Pessoa, poeta y amigo fallecido. Es el muerto que regresa para charlar tranquilamente con los vivos, en este caso con el doctor Ricardo Reis, un hombre mayor que ha regresado desde Brasil sin un motivo muy claro más que encontrarse con su amigo, al que pensaba vivo. La vida de Ricardo Reis es más azarosa que ordenada, como suelen ser nuestras vidas, que por mucho que las planifiquemos siempre salen de otra manera. Tampoco imposible pero siempre extraño para el que las vive.

Dice Saramago que esta novela es la que más le gusta, la que está más dentro de él. Para mi, es la que mejor refleja su existencia portuguesa, siempre pendiente de observar, siempre encontradizo con los menesterosos, siempre distante al mundo, como si lo contemplara desde un cristal irrompible que no le afectara. Describe y descubre a sus personajes desde una distancia que nos permite apreciar mejor su personalidad, y eso es algo de agradecer, porque los personajes de Saramago son auténticos y verdaderos hasta el punto de parecer “personas” de verdad. Eso es impresionante cuando se logra. Gracias Saramago, estés donde estés. Aunque no comulguemos ni ideológica ni religiosamente. Gracias.

Bibliotecas domésticas.

libros

 

Reconozco que me encanta, cuando voy a casa de alguien, husmear por su biblioteca y hojear y ojear sus libros. Digo que me encanta, aunque debería decir que: “me encantaría”, porque uno, educado en las buenas costumbres y mejores hábitos, apenas se atreve a mirar lo que hay encima de una mesa del comedor, o en la estantería decorativa central del salón. El dueño hace un inciso (mear, vestirse, lo que sea…) y yo, cual garduña necesitada de pescado fresco, enlatado o congelado, oteo con disimulo esperando que tarde mucho.

Hay casas donde la biblioteca es exhibida con orgullo y arrogancia. “Mira que buenos libros tengo”, me dicen, y aprovecho para comprobar la veracidad de tales palabras. Me hablan de sus libros con cariño, pues muchos de ellos guardan recuerdos inmarcesibles y profundos. El libro es una pequeña joya en sus manos, y cuando te lo ofrecen para que mires su índice, aunque sea de pasada, compruebas que el dueño te está observando para que acaricies sus páginas como acariciarías a su novia, si es que te la prestara, que seguro que tampoco, y el libro menos. Yo nunca los pido por si acaso. Ni los libros ni las novias, claro.

La biblioteca doméstica es espejo de nuestras almas y de nuestra vida,  Está lleno de libros que se han convertido en cicatrices de nuestro pasado, lugares de soledad, de interés, de búsqueda de respuestas en libros que quizás no los tuvieron, o que sí. Hay libros que se aman con profundidad porque dejaron una huella dolorosa o entrañable, según. Otros los compramos y apenas han sido abiertos más que un par de veces. Están esperando una oportunidad que quizás no llegue nunca. Puede que sorprenda la muerte del dueño del libro, y algunas páginas no sean nunca abiertas por él, ni por sus hijos. Quizás el nieto… Me encantaría pasar una tarde en la biblioteca de Vargas Llosa, en la del difunto García Márquez, Pérez-Reverte o JM de Prada Me gustaría entretenerme mirando y mirando entre las estanterías que guardaba Steinbeck, o Churchill, o Felipe González. ¡Qué más da! Me gustaría saber qué libros tenía Nietzsche en casa, Dickens, o Lorca, o Hemingway cuando estaba en España… Supongo que es pura curiosidad, pero es también entender a las personas.

Ahora que estoy intentando recolocar la biblioteca de mi casa, apurando el escaso espacio que tengo, compruebo que hay libros que fueron muy apreciados cuando era adolescente. Ahora me parecen estúpidos, pero me resisto a deshacerme de ellos, porque son parte de mi vida y de mi persona. Son mis circunstancias hechas páginas y letras. Hay otros que han llegado a mi casa de casualidad, un regalo desacertado, un libro comprado por equivocación, o que alguien dejó perdido y no recuerdo, los que me regalaron mis padres, o mis amigos. Tengo muchos libros de cuando estudié, porque yo estudiaba leyendo libros, subrayando apuntes y memorizando de manera organizada. Tengo bastantes de derecho, pero son los básicos, los que no se pasan de moda, Los libros de leyes los tiré según fueron derogándose. ¡Adiós amigos, bye, bye mi friend! Tengo muchísimos de teología porque cuando estudié me gastaba casi toda la beca en libros, muchos libros, algunos buenísimos y únicos. De filosofía tengo bastantes, pero reconozco que no demasiados, los he ido tomando prestados (y devolviendo) de las bibliotecas públicas, y no me ha interesado coleccionarlos más que cuando me ha impresionado algún autor. Son como retazos del pasado. Me gustaría tener más de Ortega, pero “c´est la vie”, que dicen los franceses, y en cambio tengo una colección de ajedrez que ahora mismo no sé ni donde la guardo. La compré en una feria del libro de ocasión hace treinta y cinco años, o por ahí.

Examino mi adolescencia a través de los libros que me gustaban entonces, parapsicología, sexualidad y acertijos. Los años en los que me dio por conocer más el mundo del cine también dejaron su huella. Tengo algunos guiones originales, otros editados, muchos sobre escribir guión para cine, adaptar novelas…. Cientos de películas de video VHS, y en DVD, vinilos. El único formato que no ha cambiado demasiado es el libro, porque la música y las películas ha sido un desastre tecnológico. La misma canción en tres formatos, y no puedo oírla como no sea on-line. Eso con el libro no pasa. Tengo partituras, libros y libros sobre los Beatles, partituras y cancioneros de guitarra. Tengo más de quince cancioneros distintos, creo. Y libros de trotamundos, de viajes, mapas y postales de muchos lugares del mundo (o sea de Europa). También forman parte de mi vida. Somos nuestros objetos dicen los fenomenólogos de la antropología.

Ahora compro literatura, o sigo comprando, porque llevo bastantes años acumulando narrativa y novela, ahora me engancha más la poesía. Los disfruto y los remiro, los leo sistemáticamente, y aún tengo años de lecturas por casa para darme el gustazo. Tengo una biblioteca modesta, pero es la mía, la que me ha costado tiempo, la que puedo permitirme en la pequeñez de mi hogar. Se amontonan los pobres libros, y el desorden me nubla y me molesta. Los libros valiosos, los de Aguilar que son obras completas me encantan y está colocaditos, circunspectos y ufanos: Goethe, Shakespeare, Balzac, Tolstoi… Me da gusto verlos, autores y autores, aunque no tenga sitio.

Reconozco que hay libros que una vez leídos, me desharía de ellos. Hay otros que me sirven, los consulto una vez cada diez años, o así, y con eso ya soy feliz. Y hay otros que releo una y otra vez. Los clásicos me encantan. Hay traductores que deberían hacerles un monumento, porque son geniales.

La tragedia ahora está cuando llegas a casa de alguien y no tiene ni uno, ni medio libro. ni videos ni discos. Nada de nada. Minimalismo total. Apenas una revista perdida en una mesa de cristal desempolvada. Cientos de miles de fotos por las paredes, objetos decorativos de singular gusto, y ni un libro.

-¿No te gusta leer?- pregunto.

-Es que yo leo por el móvil – me dice.

Y pienso en lo poco gratificante que es ojear (porque hojear es imposible) un ebook o una tablet. Es todo tristeza y pena. De hecho hay gente que ni se acuerda del título del libro, entre otras cosas porque no lo maneja, no lo toma en sus manos, no mira y remira su portada. Es verdad que una vez leído, leído está, pero reconozco que el gustillo que me da mirar la biblioteca de mi casa de cuando en cuando, acariciarlos y abrirlos buscando el contenido en un sucinto índice, y poder decir: ¡qué majos! Eso aún no lo han logrado los de amazón.

Lucia Etxebarria y Plutón.

Lucía Etxeberria y lo que representa está en las antípodas de mis convicciones, pero me gusta. Y lo reconozco sin pena. Me acabo de leer sus dos primeras novelas, y necesito descansar releyendo al genial Gabo, que será lo que haga a continuación. Uff, dos cañas, por favor, que tengo fatiguita con Lucia.

No es que no me guste Lucia Etxtebarria, es que me empalaga un poco. No por la ideología, que por repetida en nuestra sociedad se ha vuelto cansina, sino por la sensación de verborrea que tengo cuando la leo. Es como estar con alguien que no te deja meter baza, que habla por los codos, que corta trajes sin pestañear, que marujea a diestro y siniestro, que te cuenta, en resumen, su vida, sin más motivo que… ¡para eso hemos quedado! ¿no? Pues eso. Caña y rollo, te guste o no.

Reconozco que a mi, esa literatura para señoras rompedoras me astraga un poco, y es que tienen mucho de coñazo personal y exhibicionismo particular. Es una novela tipo cotilleo, de las muchas que hay: Keyes, Moccia, Sebold o Pancol. Lucia Etxebarria las supera a todas, no en flato, sino en estilo y buena escritura, y eso hay que reconocerlo. Al menos de lo que conozco, que supongo que no es mucho. Dentro de la literatura calificada de feminista (o como quieran llamarla las eruditas del ramo), Lucía Etxtebarria destaca porque construye sus personajes (los que le son cercanos existencial e ideológicamente, los otros creo que menos) con finura, profundidad y elegancia. Y eso es para destacar. Ya me gustaría a mi hilar tan fino en la mente de las adolescentes de los ochenta-noventa, para construir así, con tal precisión un personaje. Aunque también creo que el histrionismo sobra, no sé si de la escritora o de los personajes, porque me temo que tiene mucho de ambos, y que los personajes son tan biográficos, que parece que uno puede conocer a Lucia a través de ellos. Supongo que esa es su pretensión, convertirse en chica Almodóvar. A mi me molan más Alaska y Mario, que son más entretenidos y auténticos. Pero haya gustos…

Sin duda, le sobran a sus novelas la constelación de plañideras feministas que la defienden por guay y rompedora, porque sus novelas, de momento, más que feministas, me parecen como de adolescentes perdidas rebuscando en contenedores de basura. Porque allí es donde aclaran sus identidades sexuales, religiosas y existenciales; allí es donde descubren el placer que los domina, el egocentrismo solidario, y el odio a los fascistas (en sentido tan amplio que caben hasta sus padres). De alguna forma retrata el germen de la cultura podemita, capitaneada por el inefable Pablo, y su amor escabroso Tania. Pues eso.

Yo reconozco que no sé casi nada de Lucia Etxebarria, del famoseo me refiero. No sé si es lesbiana o no, si tiene cinco hijos o ninguno, no tengo ni idea. Ni sé si le ha regalado a los actuales reyes sus bragas de encaje negro. No  lo sé y tampoco quiero dar ideas así, por el morro. He visto por internet que estuvo en un programa de la tele y salió trasquilada, cual oveja en jauría de lobos sedientos de carne fresca. Y que le gusta provocar, lo cual es un oficio bastante complicado en el mundo de hoy, donde hay gente que está provocando todo el día para mantener la audiencia. De hecho, acabo de verla en una foto que colgó desnuda en facebook, que me pone bastante menos que sus personajes, donde oculta lo que pretende enseñar (no doy más pistas). No creo que necesite hacer tonterías para escribir bien, pero supongo que vende más si hace tonterías. Yo prefiero sus libros a sus tonterías, aunque supongo que no le pasará igual a todo el mundo.

He repasado su biografía, y ha seguido escribiendo y parece que mucho y con éxito, pero por ahora voy a descansar de esta buena escritora. Ya veremos en el futuro, porque “es tan corto el amor y tan largo el olvido”. Así que me centro en las obras que he leído. Dicen que plagia algunas obras ajenas, con párrafos enteros. No sé como se le ocurre, pero es otra forma de provocar. Seguro que era los párrafos peores de sus novelas.

Amor, curiosidad, prozac y dudas es la primera de sus novelas, y la primera que he leído. Me ha gustado, sexo, droga y rock and roll. Bien. Niña mala de padres pijos. La segunda fue la ganadora del premio Nadal del año 98, y lleva por título Beatriz y los cuerpos celestes. Casi lo mismo. Hasta el punto de confundir los personajes de una y otra. Niñas malas, padres repijos y remalos. Las dos me parecen casi lo mismo. Atmósferas densas de ciudad, donde los nubarrones son las drogas y la identidad sexual. En el caso de Beatriz me ha gustado la búsqueda en sí del personaje central, y es bastante mejor que la primera, lo cual le hace merecedora del galardón que atesora. Retrata un aspecto de una época. Bien hecho. Yo en esos años trabajaba como monitor en un centro de toxicos, así que estoy al otro lado de la valla.

Lucía me ha gustado y me ha sorprendido gratamente. No me ha emocionado, como lo han hecho otros autores, pero es normal que así sea. Describe un mundo en las antípodas de mi mundo, si Lucía es mercurio, yo soy plutón. Los opuestos se atraen, imagino, y aunque cada cuerpo celeste es distinto, y el mundo que recrea es el suyo, el que ama y el que domina, no puedo dejar de admirar el arte con que escribe. Enhorabuena. Mi mundo es otro, aunque como escritor todavía no sé bien cuál.

Lecturas de verano: los clásicos nunca fallan.

Reconozco que cuando llega el buen tiempo, con las vacaciones y las ganas de campear, playear y arrumbarse al ocio, surge el fervor desmedido por entregarse a la ejemplar lectura de verano. Las experiencias en este campo, como suele pasar con todo, son de lo más variopintas; y así, uno se enfrenta de cuando en cuando al deporte de buscar algún libro que valga la pena, y bucea entre la innumerable pléyade de publicaciones que se dispersan por la estanterías de las librerías más guapas de la ciudad, y de la propia casa.

También están las librerías de los grandes almacenes, donde ofrecen los libros igual que fueran quesos de producción regional, en grandes anuncios, y amontonados de cincuenta en cincuenta. Me dice un amigo editor (local, claro) que la mayoría se reciclan y destruyen luego, pero que una montonera llama a otra montonera y que es la forma de vender contemporánea: torres de libros, montones en cajones como sandías. O sea, si quieres vender libros acumula tres mil libros en un pasillo de un supermercado y venderás doscientos. Porque si acumulas doscientos, solo venderás treinta, y así sucesivamente. La peña funciona así, no rebusca un buen libro, sino que prefiere que le digan lo que tiene que leer. Que me aconsejen, que me recomienden hasta que tenga más criterio, o porque me fío del buen gusto de mi gente, o porque no quiero perder el tiempo pensando. Y eso está bien a medias. Yo soy de los que rebuscan y encuentran más por casa propia, o de mis padres que por grandes almacenes. Sí que sigo los consejos de mi hermano o de mi madre en lecturas, porque no suelen fallar. Y luego el instinto de uno, no siempre certero, pues reconozco que alguna vez uno ha picado de más, y cuando vas a comprar una silla de playa, terminas llevándote el libro que dignifique el asiento, pero suelo leer lo que veo perdido por algún rincón y me llena de curiosidad. ¿Y este libro?

Dicen los libreros que en estos días la gente prefiere el libro de bolsillo, cómodo de llevar y casi también hecho para las vacaciones. Y mucha gente me ha comentado que en verano aprovechan para leer lo que durante los meses de trabajo, con niños y bullicio es imposible. La piscina siempre se presta a que, mientras los niños abruman al personal soltero con sus gritos, la mamá (o papá) profesional del berrido cotidiano se entregue a la lectura entre sol y sombra, cañita y heladito. Eso son las vacaciones, y que se quiten bobadas de parques temáticos, donde nos los excitan por veinte euros tu entrada de adulto.

También los pueblos se iluminan de urbanitas que durante las horas de siesta, donde hay más silencio que por las noches, se empanan con alguna lectura. Desde luego más ameno que los bodrios que echan por la tele, series b, o corazón con tomate, donde te cuentan lo delgados y guapos que está la gente delgada y guapa de la tele, sí que es. Este año, Marujita Diaz no nos pondrá ojitos (D.E.P.), y seguro que con suerte nos perdemos a la Obregón enseñando el jamón (mira, rima), gracias a Dios, por supuesto. Así que no tenemos excusa para echar un vistazo al Delibes que espera en la estantería  polvorienta y fresca de la casa del pueblo.

Yo la pregunta que me hago siempre que acabo un libro es cuál será el título de lo siguiente que lea. Reconozco que no soy de comprar más que cuando me interesa mucho, o me llama mucho la atención una obra o un autor, porque yo soy de autores y de obras completas. Soy más de rebuscar entre los buenos clásicos que andan por casa, y nunca me han defraudado, que de salir a la biblioteca a por algo, que también. Y siempre escucho y digo lo mismo: donde esté un autor clásico que se quite lo demás.

Supongo que uno está acostumbrado a que la lectura sea magistral, única y benévola. Que le saque de la rutina, que le impulse a los más altos grados del delirio placentero que se puede alcanzar con un libro. O si un año leímos algo que nos encantó, exigimos a la vida que nos deleite con lecturas magníficas y maravillosas, y claro, eso no suele ocurrir con frecuencia. Por que hay libros que nos decepcionan después de haberle entregado nuestra alma y tiempo. Por eso reconozco que prefiero los clásicos, los que nunca fallan.

Los autores clásicos son como una novia estrecha y recatada, exigen cierto esfuerzo que no piden las novelicas montoneras, casquivanas todas ellas. Aquí se conquista la lectura, y alcanzan los deleites más elevados. La literatura que ofrece un clásico no es la estándar, aquí se nota una buena de una mala traducción, un buen vocabulario y una expresión personal del autor, a diferencia de esa forma de escribir “finlandesa” que ahora parece imperar en todo el mundo. Ningún clásico se parece a otro libro, entre otras cosas porque un clásico no es un libro de usar y tirar. Perduran en el tiempo, y siempre ofrecen algo especial que no ofrece nadie. Son la novia para toda la vida. la que entregas alma y cuerpo y no te decepciona ni aunque te vayas con otras mil. Siempre retornas para admirarla sobre todas las demás. Por eso el Quijote es único y lo releo de cuando en cuando, o a Proust, o a Galdós, o a Dickens, Wilde, etc. Únicos e irrepetibles.

Hay gente que necesita que una novela le enganche, pero eso para mi es un defecto. La intriga del final puede ahogar las palabras empleadas por el autor. Se acaba convirtiendo la novela en una anécdota que va seduciendo de tramo en tramo, sin que termine importando la profundidad del personaje, ni la descripción del autor, ni los mundos que recrea, y me atrevo a decir ni la misma trama. ¿Leería usted dos veces un libro que le enganchó? Si la respuesta es negativa, es que el libro es malo, seguro.

Yo creo que los buenos amores no tienen por qué partir de una seducción incontrolable, sino de una belleza irrepetible. Y la lectura es igual, ni no es bella por algo que tenga, no es buena. Siempre digo lo mismo: la poesía, por ejemplo, no engancha, entre otras cosas porque no tiene trama, ni falta que le hace. Pero su belleza la convierte en sublime, en la literatura con mayúsculas, no es un género menor, como creen algunos. Las buenas novelas no necesariamente tiene que enganchar. Es un amor duro de conquistar, pero un amor para toda la vida.

Un clásico puede llegar a cambiar la vida de un lector, y eso no se puede decir de cualquier otra lectura.

¿Qué qué voy a leer? La verdad es que no lo sé, pero no faltará algún clásico que ilumine un poco más mi vida.

¿Y qué me gustaría escribir durante el verano? Por supuesto una novela que sea un clásico, un buen clásico. El mejor del mundo. Sé que seguramente no lo conseguiré, pero no dejaré de intentarlo.

Ahora ando todavía corrigiendo un par de novelas que me parecen muy interesantes. Con el tiempo terminará el parto, e iniciaré la siguiente. Espero que sea la mejor que pueda escribir.

Feliz lectura, feliz verano.

El poder del poeta.

La poesía no está de moda. No hay más que conversar con la gente para darse cuenta de ello. Ni gusta ni se la espera, dice la mayoría de la gente. Se ha convertido en el último refugio de los románticos y de los frikis. Leí una entrevista el otro día donde le preguntaban a una poetisa si no se atrevía a hacer novela. Su respuesta no puede ser más sólida: la poesía no es inferior a la novela. Pero esto el mercado editorial no se lo cree, que son los que acaban diciendo lo que es inferior y lo que es superior en este mundo.

Me gustaría saber qué novelistas contemporáneos se atreven con la poesía. Quienes pueden crear belleza con pocas palabras. Yo no distingo un novelista de otro, ni en estilo, ni casi a veces en temática. Da lo mismo que sea el Falcones, o la Dueñas, o la Pancol. Todos escriben igual, me parece a mí. En cambio en poesía nadie escribe como otro, nadie dice ni expresa lo mismo. Nadie te emociona con sus palabras como otro.

La poesía tiene algo de incorruptible frente a la sociedad de consumo que con su juego diabólico, quiere convertirla en valor económico. Cuando uno empieza a leer poesía, el mundo se calla y el ritmo mortal que nos inunda y acompaña en lo cotidiano se ralentiza y trasciende. La poesía requiere paz y sosiego para gustarla, y eso va en contra de nuestra forma de vida, la que nos ha impuesto la revolución industrial, hija del racionalismo, nieta de satanás. Por eso la poesía es rebeldía, porque va en contra de todo lo útil y valioso del mundo de hoy. Un poema pueden ser apenas doce versos, no llegan a cien palabras. Pero nos hacen llorar, emocionarnos, sentir, vibrar. Y eso es intolerable para un mundo que consume y consume palabras sin sentido. Las novelas parecen hechas para usar y tirar, pero la poesía está hecha para que la repitas y la fundas en tus labios, con palabras que puedes repetir al día siguiente y seguir encontrando la misma belleza otro día que te asomas a ellas. Son minutos cortos de belleza.

Es como aquel chiste que siempre que lo escuchas te hace gracia. Es lo que convierte en genial a Gila y sumerge en el olvido a cientos de monologistas. La poesía acaba con los yuppies de Wall street, sepulta a los mercaderes que todo lo quieren comprar. Porque basta con unas pequeñas palabras, para que uno se emocione. Es el valor del arte. Sublime e irrepetible. Puede haber cientos de miles de palabras escuchadas al cabo del día, incluso leídas por el mismo poeta. Pero hay tres versos que te rompen por dentro. Eso es poesía.

La poesía está ausente en la radio, ni un recitado en años. En la televisión, donde recitar poesía es perder audiencia. Como mucho se habla con algún poeta, se dice que han premiado a tal o cual señor o señora, pero la poesía en recitado, ni aunque nos maten la escucharemos con toda la fuerza de un buen rapsoda. Antes se hace un montaje con música e imagen que un recitado compacto y puro de poesía. Es la gran ausente de la sociedad, el arte que ingresa menos pasta al mundo. ¿Quién compra un poema a diez céntimos?

Se venden poemarios de cincuenta páginas por lo menos, porque un poema parece poco. Como si el precio de la literatura tuviera que ver con el número de palabras dichas en un momento. ¿Qué vale un poema? ¿A cuánto está la palabra? Verde que te quiero verde. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Recuerde el alma dormida. Tenemos en mente cientos y cientos de palabras mágicas, dichas en poemas, en versos sueltos y atados, en silvas, sonetos, rimas asonantes y consonantes. Recitar y escuchar la voz recitando es una de las cosas con las que más disfruto y hago disfrutar. Con una palabra me basta. Es tan corta la vida y tan largo el olvido.

Como profesor me encanta recitar versos a los alumnos. Les pido silencio, y ellos callan porque no quieren sino escuchar para descansar de una explicación, de un dictado, de un análisis sintático, de unos ejercicios. Entonces se produce la música del poema. Sale con fuerza, con silencios y palabras dichas al viento, que encajan en sus oídos, acostumbrados a la palabra fácil y chillona. Y esto lo he comprobado. Sea el alumno que sea, más estudioso o menos, más bruto o menos. Casi todos se quedan en silencio, incluso emocionados cuando termino.

¡Que bonito! Se atreven a decir tras cuatro rimas de Becquer. ¡Qué precioso! comentaron tras la prosa poética de Platero y yo. ¡Es precioso, profe! me dijo el otro día un alumno del que jamás había sospechado que tuviera sensibilidad alguna. Y esta emocionado escuchando a Lorca.

Les cuesta entender lo que es una elegía, porque tienen pocas experiencias de la muerte. Pero reconocen el amor bien dicho. Saborean algo que les detiene en el tiempo, un micromomento poético que no viene en el móvil. Es una greguería sin tiempo para comprenderla…

Confieso que he descubierto la poesía, con toda su fuerza y poder, hace no muchos años. Dentro de la literatura, se le trata muchas veces como si fuera una hermana pequeña, casi residual, frente al poder de la novela de cualquier tipo y género. El capitalismo ha intentado doblegarla, pero la poesía es mucha poesía. En pocas palabras: emociona, corrompe, molesta, identifica, daña y agrede el alma como pocas artes son capaces de hacer.

El filósofo por antonomasia es para Nietzsche el poeta (como Heráclito), por eso escribe con un lenguaje narrativo su gran obra Así habló Zaratustra. El poeta es un contestatario, un corruptor de menores, una mosca cojonera, un flautista de Hamelin con la flauta de sus palabras, un malvado con una varita mágica, o un hada que cambia la vida de las personas con una palabra adecuada y a tiempo.

Los grandes de la literatura han tenido en algún momento de su vida el desliz poético. En otros casos fueron poetas que escribieron novelas, o cuentos cortos, o lo que fuera. Yo también he escrito algunos poemas, pero no los quiero sacar a la luz, pues temo que se pierdan en la vorágine de la prisa. Los míos no sé si son buenos. De momento lloro con otros grandes poemas. Con otros poetas. Poderosos conmigo.

Homenaje al Chuchi, nuestro Jesús Rodríguez.

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 El pasado miércoles 29 abril por la tarde, estuvimos presentando el libro de Mª Teresa Gil, JESÚS RODRÍGUEZ, PASÓ POR EL MUNDO HACIENDO EL BIEN, en la Feria del Libro de Valladolid. Un libro homenaje, recordatorio de una persona, un sacerdote, que los que tuvimos la suerte de conocer no olvidamos, a pesar que llevar 21 años muerto. Para muchos de nosotros vive, no solo en el recuerdo, sino junto a “Cristo, el amigo que nunca falla”. Así nos lo decía el mejor educador de jóvenes que ha habido en la iglesia de Valladolid, en palabras de Antonio González Fraile, uno de los pocos sacerdotes que asistió al evento.

Muchas palabras se dijeron, emocionantes, profundas, sentidas y llenas de fe y reconocimiento hacia una persona a la que muchos le debemos ser lo que somos. Fue profesor en el IES Zorrilla desde los años 50 hasta que se jubiló, luego estuvo unos meses en Matapozuelos, y luego en la parroquia de San Lorenzo. También fue consiliario de JOC en los años complicados del franquismo, y durante la transición fundó la Asociación Profesional de Profesores de Religión de Centros Estatales (APPRECE), gracias a la cual los profesores de religión pudieron recibir un sueldo, y obtener un reconocimiento como profesores, salvando la asignatura y la clase de religión del olvido de las autoridades civiles más ideologizadas.

Don Jesús era un hombre de oración y de acción, de encuentro y de llamada telefónica. Tenía una sensibilidad especial para facilitar el proceso de la fe. No hay que forzar, cada cosa tiene su momento, y Dios es el que actúa. Entendió muy bien la dinámica de Dios cuando actúa en el corazón de un joven, supo orientar y facilitar tal experiencia respetando los momentos de cada uno. Siempre delicado, sin forzar, siempre sensible. Lo importante es el encuentro con Cristo, dejarse hacer por Dios, que él dirija tu vida.

Respetuoso, atento, delicado con los jóvenes y las personas, generoso con su tiempo y su dinero, entregado, cercano, inteligente, intuitivo, simpático (nos hacía reír bastante), trabajador, humilde, exigente consigo mismo, y comprensivo para el resto de la humanidad, entre los que incluimos eclesiásticos, obispos, sacerdotes, jóvenes voceras, profesores y padres. Don Jesús nunca habló mal de nadie, nunca criticó, y fue envidiado (muy envidiado seguramente) por su éxito con los jóvenes.

Don Jesús supo trabajar con los jóvenes, porque hizo algo muy sencillo: confiar en ellos. Aceptaba lo que decíamos, aunque fuera una estupidez o una herejía, o una salida de “pata de banco”. ¿Acaso se puede educar a gente ya educada? Don Jesús daba la cara por nosotros, ante nuestros errores, ante nuestros padres cuando metíamos la gamba, ante las autoridades eclesiásticas cuando desconfiaban de la capacidad de sus muchachos, los chuchiboys, nos llamaban. El Under, el Underground decíamos nosotros. El trataba de orientar, como verdadero consiliario y sacerdote. Mostró lo que debe ser un cura con el laicado. Hay que confiar en el laico, escucharlo, escucharlo y escucharlo, atenderlo, que sea protagonista de su propio proceso. Don Jesús no era, Don, sino el Chuchi, Jesús Rodríguez. Como quisiéramos. Sacerdote en la tierra, sacerdote en el cielo.

“Qué Cristo sea siempre el centro de vuestras vidas”

PD:

Jesús Rodríguez sigue vivo, es lo que pude ver el otro día en la presentación. Lleno absoluto, faltaban sitios. Gente de todas las edades, de los mayores que con él estuvieron, de los jóvenes que hoy son padres, de los hijos, familiares…. Muchos del público dieron testimonio de fe gracias al Chuchi, y sin la limitación del tiempo el acto habría durado un par de horas más. Seguro.

¿Te acuerdas lo que cantábamos? Ayúdanos a vencer la incomprensión la maldad, a levantar edificios con piedras de paz,…

Gracias Don Jesús. ¡Y no te olvides de nosotros ahora que gozas de la presencia del Padre!

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Consumir libros.

Desde que el mundo del libro es un negocio, o sea desde siempre, hay libros de usar y tirar, y libros para guardar. Precisamente en estos días, que celebraremos el Día del libro y sus acólitas Ferias del Libro, los libros se convierten en protagonistas de las calles, se instalan recintos, se hacen actos, presentaciones, carteles, y se deambula por Ferias, en plan casetas, de ocasión y demás recintos. Todo el mundo parece empeñado en que compremos libros, y está bien, porque siempre se encuentra algo que vale la pena leer.

Yo, este año, que me he estrenado editorialmente con LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, no puedo menos que hacer una reflexión sobre el tema del libro, su funcionamiento, resortes y vericuetos de todo un negocio, que hace viejo un libro a los dos años (oficialmente) o a los pocos meses en términos de mercadotecnia.

Vender libros es un negocio complicado, más de lo que parece. El mercado siempre se mueve en términos de oferta y demanda, de ahí que unos trabajen por ofrecer libros (escritores, editores, distribuidores y libreros), y otros los demanden (lectores, amigos de lectores que regalan libros, bibliotecas e instituciones públicas). Actualmente deben salir, o sea editarse, unos 600 libros a la semana en España, doscientos arriba o abajo. Esto hace que haya un exceso de oferta, pues la demanda de libros es más bien escasa. En palabras de un librero: “hay más libros que lectores”, y no le falta razón.

Por eso la solución es fácil: o potenciamos la lectura, o sacamos menos libros.

Lo primero es cosa de educación, política cultural y cosas por el estilo, por eso los charcos son abundantes y embarrados a más no poder. Hace años las instituciones sacaban libros que no vendían, y que terminaban regalando entre los funcionarios de tal o cual sección. Libros caros, con fotos e ilustraciones estupendas. Yo en casa tengo varios de esos, regalos de consejerías de aquí, y regalillos de allá, con títulos absurdos que no compraría ni loco, pero ahí están. Regalados por la Junta. Tenerlos los tenemos, pero no leemos más por eso. En los insti y colegios potenciamos que vayan autores, y cosas por el estilo, gracias a lo cual la literatura juvenil e infantil goza de bastante buena salud. Luego desaparece todo el trabajo en el bachillerato y la universidad. Política cultural cero (excepto lo que hacen los profes y maestros, que no es política sino otra cosa), así que vamos con la segunda solución.

Se sacan menos ejemplares que hace unos años. O mejor, se sacan más ejemplares de una publicación de moda que se intenta vender sí o sí, y menos de los demás posibles títulos. Estos ejemplares masivos, que inundan las librerías se editan se trituran y se usan como papel para vender y volver a reciclar. Esto es sorprendente, pero es así, como lo leen. Las grandes editoriales fabrican miles de ejemplares que inundan las librerías durante unos meses conformando torres con su volumen cuando el espacio es amplio (Carrefour, Coste Inglés, Fnac y Casa del Libro), y copan escaparates enteros a golpe de talonario e intereses. De estos libros, se venden muchísimos menos de lo que parece, y que nunca dicen. El resto se envía a América, para hacer allí la segunda parte de la campaña de venta del autor, y luego se recicla el papel.

Actúan así de manera lógica a sus intereses, pues dan a conocer el producto mediante la acumulación de objetos, en este caso ejemplares. Cuantos más ejemplares del mismo libro se vean por la librería mejor, y cuanto menos libros de los competidores (escaparates) haya, mucho mejor para los primeros. Esto explica que las grandes cadenas no tengan en sus escaparates expuestos más que unos pocos libros, con grandes carteles, y amontonados en una decoración estética atractiva. ¿Y el resto de libros? ¡Ah! ¿Pero hay más libros en las librerías? A los dos años todos calvos. Prueben a buscar algo concreto de hace unos años. Ni existe, ni se acuerdan de ello, salvo librerías excepcionales, o escépticas que son la excepción.

Un ejemplo actual: la gente no va a comprar los 500.000 libros del último de María Dueñas, el número hace la publicidad. Realmente van a vender 10.000, se dan con un canto en los dientes, y destruyen el resto de la producción, o la mandamos a américa, donde venderán a lo sumo 150.000 o así. El resto, que es más de la mitad, no va a librerías de ocasión, porque son demasiados volúmenes, por eso se destruyen o reciclan. ¿Te has fijado cuántos libros hay en las casas? Está claro que no cabe un ejemplar más de María Dueñas, ni de Pérez-Reverte, ni del que sea. Se almacenan o se destruyen. Es como los Chinos, o nos los comemos cuando se hacen viejos, o vuelven a su patria. Yo creo que es esto segundo, se usan (las macroediciones no los chinos) para sacar ediciones de bolsillo con papel reciclado, y así nunca se acaba el mundo.

Suena a obsolescencia programada en los materiales residuales, pero es que tratan los libros como material de usar y tirar, ni más ni menos. Por eso hacen libros de usar y tirar, porque como se escriba un libro único, uno de esos que te guste leer una y otra vez, pues la han cagado con ganas. Lo que quieren es que una vez que lo compres y lo leas, lo vuelvas a comprar. Pero eso solo pasa con el Quijote o con la Biblia, que te gusta tener ediciones monas y estupendas para lucir en la estantería.

Ellos querrán que vuelvas a comprar el mismo libro, o sea, comprar otro libro del mismo estilo o autor si te gustó, que se convierte en autor de moda, aunque no sepa escribir, ni tenga estilo literario, ni cuente nada relevante. Si entretiene y te mola antes de dormir por la noche, pues ya está. Libros fáciles, con temáticas que enganchen para no llegar a ningún sitio. Libros que entretienen y que enseñan poco.

Da igual que un libro sea bueno o malo, porque a los seis meses un año está muerto para los circuitos. Así funciona. Por eso los editores aprovechan los grandes momentos del año: navidades para regalar libros, ferias del libro y antes del verano que parece que en verano mola leer. Se acabó. Los demás meses son malos para los libreros, fatales o de hundirse, como es febrero.

Es que unos libros se venden y otros no, te dicen como si fuera el único criterio por el que valorar una obra. Es como la telebasura, si tiene audiencia parece que es estupendo, y ahí andamos destruyendo la cultura y la literatura. Todos sabemos lo que hay que hacer para vender: mete algo de sexo, algo de gentes ricas y glamour, algo de intriga y misterio, y cierto deje trascendente. Eso vende. O gana un premio (los conceden los mismos que quieren vender libros). Eso vende. Sé conocido (que ahorra publicidad en la calle), eso vende.

Otra cosa es que valga la pena leer algo así. Por eso los clásicos suelen siempre funcionar, por eso muchas de las novelas contemporáneas de los últimos quince o veinte años (economía en despegue) no sorprendan ni en calidad ni en temática. Por eso los géneros están funcionando y despertando: policíaco, novela histórica, comic o ciencia ficción…

El vengador, de José Luis Castillo-Puche.

castilopuche vengadorlibro

José Luis Castillo-Puche, yeclano universal (1919 – 2004) es uno de esos autores que tradicionalmente ha sido catalogado como autor de posguerra, y eso, que podría ser una losa, en alguien que escribe con tanta frescura, oficio y rigor, se convierte simplemente en un altavoz de una época, con sones y tonos de magnífica literatura.

La posguerra que retratan tantos autores, y me fijo en los dos que más han seducido a los españoles: Delibes y Cela, reciben en Castillo-Puche un complemento tan imprescindible, que podemos afirmar sin ambages, que Castillo-Puche está a la altura de los dos citados, y para muestra sus novelas, algo escondidas en las Ferias del Libro de Ocasión, y olvidadas por los poderes fácticos de la cosa cultural.

La posguerra ha recibido muchos y variados enfoques; y en muchos de ellos el peso de la ideología del autor se traducía en el forofismo que despertaba en unos lectores, más amigos de las ideas que de los libros. Sin duda la carrera de Juan Marsé, o de Goytisolo no hubiera sido la misma si no hubieran sido icono de la izquierda; y por lo mismo creo que la carrera de Castillo-Puche, a mi juicio mejor escritor que los anteriores, y lo pongo en cuarentena mientras siga leyendo,  se vio truncada por no responder a esos cánones políticos que podía haber representado y no lo hizo.

José Luis Castillo-Puche fue Premio Nacional de Novela en 1954 (Con la muerte al hombro) y Premio Nacional de Narrativa en 1982 (Conocerás el poso de la nada), pero su carrera está llena de sugerentes títulos entre los que he encontrado “El vengador”, entre los muchos que lo distinguen.

“El Vengador” es una novela que trata de un soldado del bando nacional, que regresa en 1939, recién acabada la guerra a Hécula (que es el pseudónimo que él utiliza para el hoy próspero pueblo de Yecla en Murcia), un lugar donde las izquierdas más exaltadas habían pasado a cuchillo a muchas personas, entre ellas sus hermanos y su madre. Allí le esperan con los brazos abiertos los falagistas y los vencedores, y con la certeza de que su hombría y sentido de la justicia le tiene que llevar a vengarse de los asesinos de su familia, ahora derrotados y presos en el pueblo. Todos facilitan la venganza, pero el vengador, no quiere llevarla a cabo, pues se siente compelido a perdonar, a borrar la sangre y a seguir viviendo.

La novela esconde una lección de humanidad, y con razón se ha hablado de Castillo-Puche como de un autor existencialista católico; de hecho compartió con Ernest Hemingway, además de la amistad, la preocupación literaria por reflejar la opresión, la muerte y el miedo humano. Castillo-Puche basa su escritura en su experiencia vital profunda y honda de lo español, no obstante fue seminarista antes de la guerra, y regresó al seminario tras la contienda civil para abandonar la carrera eclesiástica por los estudios de periodismo. También luchó en el bando republicano durante la guerra, por lo que podemos decir que un escritor que conoció al hombre de la guerra y de la posguerra con todas sus vicisitudes y desgarros.

Todo esto se descubre en El Vengador, donde la atmósfera opresiva de un pueblo como debió ser Yecla, llega a ser corrosivo y angustioso. Un libro recomendable para entender nuestra historia, nuestros sentimientos y nuestras debilidades.

En la orilla con Rafael Chirbes.

Rafael Chirbes, 'En la orilla'

Reconozco que Rafael Chirbes es de esos autores que me gustan a ratos, y que me cansan también un poco. Se habla de él como el máximo escritor en narrativa española actual con temática social y realista. Recibió el Premio de la Crítica por su anterior novela Crematorio. Y en la última que acabo de leer En la orilla también recibe todos los beneplácitos de la crítica. Que si es lo mejor que se ha escrito en la vida, que si es una obra maestra…

Su anterior novela llegó a mis manos como me llegan muchas cosas, a través de la casualidad, y de mis padres. Había leído en alguna crítica de esas que aparecen por los periódicos, que Crematorio, era una de las más interesante y mejores del panorama del siglo XXI, o sea de los últimos 14 años. Cuando comenté la jugada con mi madre, me dijo que lo tenía, que lo había leído y que ahí estaba. Por supuesto me lo ofreció para leer, y el libro no me defraudó, la verdad es que no. Una gran novela, original, crítica, suficiente, ordenada, profunda y seria… Recomendable, claro que sí.

Por eso me decanté por En la orilla, su última obra, también vendida como una obra maestra, de esas que hay que leer obligatoria según sus editores. Sin embargo, y aún la tengo recientita, me ha dejado un regusto más amargo que Crematorio, y la nefasta impresión de estar leyendo la misma novela una y otra vez. Diferentes títulos, distintos personajes, pero el autor me quiere contar lo mismo que ya descubrí en su anterior novela, supongo que es el mundo de Chirbes, su temática social, por otro lado agotadora. Es algo que no me sucede cuando leo a otros autores: Shakespeare, Dickens, Galdós, Cela, Delibes, Cervantes, García Márquez o Saramago. Cada novela me enseña algo distinto, y no se repite, y eso me gustaría hacer a mi.

Decía Picasso que él siempre pintaba un mismo cuadro, lo tocaba lo retocaba hasta que se cansaba y pasaba a otro lienzo en blanco, y todo era una continuación del anterior. Se podían descubrir debajo de los Picasso otros picassos no menos valiosos. Muchos años pintando, 90, dan para mucho. Por eso, supongo que a un escritor le puede pasar algo parecido, y estar escribiendo siempre una misma historia, desde perspectivas distintas, pero siempre lo mismo. Esto no creo que tenga que ser malo, pues de hecho encuentro algo así también en Steinbeck, en Faulkner o en el mismísimo Kafka, y nadie duda de estar ante unos genios de la literatura. Sin embargo, Chirbes me ha cansado más, y creo que es por su ideología izquierdista, demasiado superficial y recurrente.

Chirbes parece moverse en el escepticismo de esa izquierda eternamente amargada y perdedora de la guerra civil, revachista y siempre soberbia ante cualquier otro que pueda enseñarle algo. Es la visión aburrida donde la derecha es demonizada haga lo que haga, y la izquierda es la luz y la verdad haga lo que haga. Me ha sonado a algo de eso, como de tal forma me suenan otros escritores españoles de la misma generación que Chirbes. Supongo que para sus incondicionales eso es magnífico, pero a mi me producen urticaria los eslogan y mensajitos guays sobre la vida terrible, pues se me antojan casi siempre demagógicos y facilones, plagados de una soberbia insufrible y una arrogancia deleznable. Alfalfa para el pueblo, vaya, que se traga lo que sea con tal de que suene bien, pero a mi, la falta de profundidad en los asuntos políticos o económicos me hierve la sangre.

En esta novela de Chirbes he encontrado poca profundidad temática, ninguna densidad, y todo parece disfrazarse de amargura para que parezca que se está hablando de algo importante y serio, pero en realidad no lo hace. Los personajes de Chirbes nunca están contentos por nada, nunca se ríen de la vida, ni se sí mismos, y eso hace que pierdan interés, por lo menos para mi. Son introspectivos y muy bien construidos, pero más tristes que un místico en viernes santo. La risa y la alegría en Las uvas de la ira, es un ejemplo, son tan significativas como las lágrimas. Pero en Chirbes solo hay lágrimas, porque cuando los personajes están contentos es porque simplemente comen langostinos, o porque se van de putas. Desconoce la alegría por la vida misma, por su mismo quehacer pensado, que diría Ortega.

Ese concepto de felicidad que vincula la alegría con la fiesta es muy de nuestro tiempo. Si tienes dinero serás feliz, y si no lo tienes eres un pobre hombre que debe luchar para matar a su patrón. Ese es el argumento simplón de la vida que parecen vivir los personajes de Chirbes y de la izquierda más levantisca. En el fondo son tan vacuos como los escasos horizontes espirituales y existenciales por los que se mueven. La vida es una estafa, parece decir constantemente Chirbes, lo que le convierte en un existencialista casi francés, a tono con Sartre o Camus.

Seguramente tiene razón en que la amargura es un rasgo de la sociedad de hoy, especialmente la que ha sido más aborregada por el pensamiento único. Pero esa amargura es lo que queda cuando se deconstruye y anula la tradición cultural occidental más sólida, y se arroja uno en brazos de cualquier sucedáneo ideológico que no puede sustentar los palos del sombrajo que es la propia vida. Se amargan, a la vez que desprecian la fuente de la felicidad, de la única felicidad que es Dios, y me pongo místico por una vez en el blog.

Incluso en esta novela daba la impresión de que alargaba a los personajes para que vivieran todas las penalidades del mundo. El personaje central parece que había estado combatiendo en la guerra civil, en la posguerra, en la transición, y vivía hasta ver a Rajoy de presidente en el año 2012. ¿Qué edad tiene el personaje? 95 años por lo menos. Es lo que sucede con la pantomima de la memoria histórica, que parece que se murieron ayer, cuando la guerra sucedió hace 75 años. Son los hijos y los nietos los que dicen acordarse de cosas que no vivieron, y ese es el problema. La falta de memoria hace que conformemos la memoria de manera selectiva, haciendo recuerdos falsos y acordándonos de lo que nos apetece. Ya se hizo con el medievo, y todavía la gente cree lo de la oscuridad y la tiniebla medieval…

Yo creo que si un personaje lo sabe todo de la vida, y no tiene nada que aprender, seguramente tampoco nos enseñará nada. Por eso no me ha emocionado esta novela de Chirbes. Me gusta su manera de escribir, su estilo literario, su mecánica y sus formas, pero hay demasiado regusto amargo, tanto que no me parece real.

La Novela de Edgar Allan Poe: Narración de Arthur Gordon Pym

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La verdad es que lo he terminado de leer hace un par de semanas, y me ha fascinado. Tanto como que me he animado a leer las obras completas de este escritor, es decir, primero un repaso a los Cuentos, que aunque muchos ya los había leído, otros, sin embargo, me eran desconocidos. Luego me deleitaré con sus ensayos y cartas, algunas voy encontrando muy interesantes, y terminaré con su poesía, porque Poe fue un poeta; y las vidas de poetas ya se sabe que suelen ser desdichadas y turbias, como es esta magnífica novela, que siempre se ha leído como una especie de autobiografía oculta del autor. Edgar Allan Poe es Arthur Gordon Pym, piensan casi todos los estudiosos del tema, y no les puedo quitar razón, pues me delataría mi ignorancia.

Me suena, porque en la red las cosas suenan en el inconsciente sin calar hondo, que le han hecho un museo en Richmond, Virginia, aunque él naciera en Boston (1809) cien años antes que mi abuela, y doscientos antes que mi hija, pero no voy a comprobarlo ahora. Me imagino que guardarán reliquias del autor, de esas que florecen en los rincones conservados de los museos: sus calzoncillos, calcetines agujereados, unas botas destrozadas, alguna botella de su bebida favorita (esta no suelen ponerla, aunque en el caso de Poe sería una simpática excepción), y un par de insignias de su medallero particular, que suelen concederse cuando el autor, en este caso escritor, ni puede disfrutarlas ni puede agradecerlas, ni limpiarse los mocos con ellas. Se enorgullecen de su escritor cuando está muerto, porque cuando está vivo es un borracho depresivo y un enfermo al que la gente rehuye. Somos así: materia orgánica.

Poe vivió en una América recién independizada,  la misma que convirtió la vida de algunos en un sueño y la de otros en una pesadilla. Murió en el año 1849, tras una vida depresiva, problemas con la bebida, y más pobre que un rata. La vida de Poe es más bien la pesadilla de alguien, y eso en un museo, por muy bien diseñado que esté para enclaustrar el alma de los poetas, y sentir que la vida de unos y otros se iguala en la miseria de la vida, seguro que no logran atrapar el aire que respiraba.

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Pero esto sí se puede hacer con la Narración de Arthur Gordon Pym, que recoge, con una historia pulida y bien cuidada (atención traducciones, que algunas son buenísimas), la vida de un joven que se embarca casualmente en un barco ballenero y recorre los mares sorteando peripecias más que entretenidas. La muerte lo acosa a menudo, y la soledad golpea al personaje que recrea los conocimientos de Poe sobre el mar, y sobre la vida. Especialmente esto último. La desconfianza en el otro, que se vuelve malvado en circunstancias trágicas, convierte el relato en una obra maestra con los habituales yerros de las obras maestras que rechazan las editoriales de postín: no hay un final demasiado pensado. La novela parece que termina abruptamente. Y ni falta que le hace, diría otro.

Poe es el precursor de la novela fantástica, con una sola novela, está emparentada con Moby Dick de Melville, está abrazando el terror que otras novelas contemporáneas han tratado de imitar con más o menos gusto. Si en los cuentos apreciamos que Poe (el mismo lo explica así) escribe primero el final y luego organiza el principio para que impacte en el lector; en esta novela le sucede lo contrario. No parece tener destino, no hay destino. Es como la vida misma, sin rumbo y sin horizonte, pero con un afán de supervivencia, un deseo por regresar a algo que valga la pena, que hacen que este libro sea una luz para cualquier lector avezado al que le guste disfrutar.

Por eso, creo yo que si hubiera escrito la novela de Katherine Pancol, Los ojos amarillos de los cocodrilos, nos hubiera contado más cosas del chino y de los cocodrilos que atemorizaban a los africanos merendándose de cuando en cuando a alguno, y no como hace esta escritora francesa, narrando la insustancial vida de dos hermanas petardas. ¡Mira, se me ocurre! Un final para esta novela, así estilo Edgar allan Poe sería que su primer marido le envía un paquete a su exmujer en París con un cocodrilo vivo dentro que se empezaba a comer a gente. Ahí acaba la historia, porque en la segunda parte, habría que contar que la señora se ha hecho un bolsito de la piel de su mascota favorita.

En fin, lo dije, menos perder el tiempo: un brindis por Poe, pero con absenta, ¿eh?

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