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Crítica literaria a otros libros. Lo que gusta o disgusta al autor

Reinterpretar la historia: un deber español gracias a IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA DE ROCA BAREA

Pocas veces un libro ha removido el intelecto a tantas personas como lo ha hecho el de IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA de María Elvira Roca Barea. Lo leí hace un par de meses, y esto no ha hecho más que empezar. El libro hay que recomendarlo a todos los amantes de la historia, los buscadores de la verdad, y los interesados en la política. Por supuesto, también los recomendamos a franceses, holandeses, ingleses e italianos que siguen creyendo las mentiras que ellos mismos inventaron sobre nuestro país; y no olvidamos, faltaría más, a las soberbias élites españolas que repitieron, y repiten, como papagayos durante los siglos XIX y XX las consignas difamantes de franceses, ingleses, holandeses, masones independentistas americanos y demás enemigos de nuestro país. Gracias a ellos España se odia a sí misma y está acomplejada, y no es difícil encontrar españoles avergonzados de sus pajas en ojos propios, olvidando las vigas de los óculos ajenos. Osease.

Cabizbajos hasta que leímos este libro, por supuesto. A partir de ahora, cuando me encuentre con alguien que me hable mal de España, le recomendaré el libro y le contaré que tenemos que reinterpretar la historia. Más que nada, porque seguimos bombardeados por documentales de la BBC y la francophonie que siguen erre que erre alimentando los viejos tópicos y las mentiras más burdas sobre nuestro imperio colonizador a sangre y fuego. Para más inri, nuestros libros de texto en España están infestados de tales mentiras y frases hechas que funcionan como coletillas estúpidas que nos obligarían a rehacerlos de arriba a abajo. ¿Empiezo? El último gran imperio europeo fue el español, y eso les duele. Francia no llegó, y los ingleses se conformaron con cuatro puertos francos dominados por sus comerciantes durante siglo y medio. Eso fue su imperio, por eso dicen que el nuestro fue casualidad y una mierda. Ya, claro. Y vamos y nos lo creemos…

Les duele porque las indias, o sea casi todo el continente americano, los Países Bajos o Napoles, fueron tan España como lo sigue siendo hoy Cuenca, Sabadell o Valladolid. Las españas, que se  decía así en plural, no montaron una metrópoli racista para saquear sus colonias. En realidad España no tuvo colonias, ni colonizó nada. España fue un imperio, y los imperios no tienen colonias, sino territorios y súbditos. Ni siquiera hubo persecución contra los indígenas, pues los mismos pueblos sometidos por los aztecas e incas pidieron ayuda a los recién llegados para acabar con el terrorismo de estado que soportaban. España llevó la civilización donde había genicidio, y llevó el catolicismo donde se practicaban sacrificios humanos, y lo hizo de manera ejemplar.

Las españas se organizaron en reinos, ducados y virreinatos, con garantías y con leyes. En los dos virreinatos, el Perú y Nueva España, se abrieron universidades, se asfaltaron caminos, se edificaron hospitales y se hicieron súbditos de la corona a sus habitantes, en igualdad de condiciones y derecho que el resto de españoles. El tradicional racismo europeo no existió en España, que por el contrario creó la raza criolla. Donde no se ponía el sol. Es curioso que los extremeños, esos que tanto ridiculizan los catalanes y los daneses contemporáneos, conquistaran a los pueblos genocidas de américa con intuición, capacidad, prudencia y valentía. Lo que otros no hicieron en su historia, sufren porque lo logramos nosotros.

No me voy a poner estupendo, porque no fue todo fantástico, aunque sí casi todo. El libro de Roca Barea no me pilla de nuevas. Para los que hemos estudiado un poco de todo, y mucho de algo, la historia siempre me ha resultado extraña y tendenciosa en las interpretaciones más aceptables por el común. ¿No han escuchado aquello de que la historia la hacen los vencedores? Lo cual significa que la historia la hacen algunos contra otros. Ni más ni menos. Unos intereses contra otros intereses. Y cuando se inventan aspectos de la historia para parecer unos más y otros menos, entonces es cuando entramos en la falta de honestidad, en la mentira burda, en la falta de escrúpulos, en el abuso contra la memoria de los pueblos. Como sucedió con el caso Galileo, por ejemplo; o con el caso Hipatia, recientemente reinventado como arma cristofóbica y anticlerical.

Cuando yo estudiaba, o cuando explicaba Historia de la Filosofía, me preguntaba por qué se daban los autores que se daban. ¿Por qué se empezaba la HF con los presocráticos? ¿Por qué no estaban los profetas bíblicos, que eran de la misma época, con sus ideas sobre la igualdad, la justicia o la misericordia humana y divina? ¿Por qué los padres de la iglesia, que fueron excelentes pensadores, habían sido eliminados de un plumazo de los libros de texto? ¿Ninguna mención a San Leandro o a San Ildefonso? ¿Por qué era el medievo del siglo XIII oscuro, si había más libertad de pensamiento y de ciencia que en siglos ilustrados? ¿Por qué eliminaron luego de la HF a la escuela de Salamanca del siglo XVI, cuando fue una de las más brillantes en el derecho de gentes y el derecho internacional? Daba la impresión de que era desconocimiento, pero hoy sé que no. Era producto de la mala fe de nuestros enemigos, y luego del papanatismo de los que presumían de afrancesados y modernos.

En resumen, por qué lo que estudié en la carrera de Derecho era desconocido en Filosofía, y por qué la Teología y sus importantes contribuciones al pensamiento occidental eran obviados y eliminados de los tratados de Filosofía política. Todo me pareció un misterio que he resuelto al leer este libro de la profesora Roca Barea. La respuesta clarifica: por odio a la verdad. Odio a todo lo que sonara católico primero y cristiano después, y odio a lo que fuera una contribución de los españoles a la cultura europea.

De hecho, eso explica que los españoles hablen mal de España, odien su patria, y sigan leyendo su historia con las gafas de la mentira, las gafas equivocadas que llevamos desde hace dos siglos. Voto a brios.

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Lecturas y sosiego.

Me reconozco en estas tardes de lluvia, primaverales y venturosas, refugiado en la lectura y en el sosiego. No siempre es fácil encontrar silencios y huecos en los hogares. Convivimos con muchas realidades, algunas de una tecnología invasiva capaz de hacernos perder la cabeza y la tranquilidad. Pero hoy puede ser distinto. Hoy quiero verme refugiado en la lectura de los clásicos, en el silencio que inunda mi hogar cuando mis hijas se van a la cama. En la paz que otorga, feliz buenaventura, unas sencillas páginas que nunca antes han sido abiertas, ni recorridas, ni pasadas con mimo y tacto por mis manos que hoy quieren ser más delicadas y amables que nunca con su contenido.

Huelo el lomo del libro, me impregno del aliento de sus páginas. Como si se tratara de un plato exquisito, de esos que los nuevos cocineros jefes califican con una descripción interminable. Nada puede superar las palabras de una novela, mucho menos de un poema, incluso el teatro leído es diferente al interpretado. Si una fotografía se esconde bajo cien palabras muertas, y el cine trata de vivificar cien palabras en movimiento de manera interminable, con una historia, la palabra puede ir más alla. Va maś allá y se convirte en arte, en experiencia sublime, en un atisbo de la trascendencia. Tal cosa sucede cuando las palabras están escritas con la máxima belleza y el escritor es alguien que lo sabe hacer. ¡Ojalá fuera yo ese escritor!

Una novela es capaz de mil cosas. Puede permitir examinar los pensamientos del asesino, descubrir sus sentimientos con precisión, nos hace imaginar con nuestra propia experiencia lo que le sucede al protagonista. Nunca una película será mejor que un libro. Salvo que el libro sea muy malo, cutre y fofo. Casi siempre el libro es mejor que la película.  Yo los prefiero, y es que una foto es algo mudo, un trozo congelado del tiempo. En cambio, las palabras nunca enmudecen. Recorres sus capítulos despacio y reverdecen, es como si despertaran los personajes, la vida que estaba oculta durante meses, quizás años, se levanta mientras las palabras son pronunciadas en silencio por nuestra mente. Silencio y lectura, una combinación espectacular.

Las palabras son superiores a las imágenes, entre otras cosas porque trasmiten una paz que no logra el cine, ni las películas, ni la televisíon. Tampoco las redes sociales, tan cargadas de imágenes insulsas, de mensajitos ñoños, de vulgaridades y chistes fáciles se pueden comparar. Gente posando su inanidad, grandezas y vilezas que necesitan una simple frase para tener algo de vida. No dicen nada, salvo que haya un pie de foto, una palabra que rompa su silencio.

Y es que sin palabras el mundo se muere, el hombre se muere, la civilización se muere. Somos palabras, palabras puras y firmes, decisivas. Las necesitamos para expresar el amor, para expresar los sentimientos, las ideas, las contrariedades y para despedir a los muertos. Para decir lo que es el mundo, para decir lo que somos nosotros, para decir lo mucho que nos importan los que están a nuestro lado. Los rayos catódicos malvados de los miles de redes mortecinas, que ahora nos piden permiso para molestarnos, son agonías que no prosperarán. Se extinguirán cuando sus luces nos aburran. Y ya nos aburren y nos maltratan. Un libro no. Un libro nunca fulmina el sueño, al contrario, lo acompaña por la noche hasta obligarnos a conciliar el sueño con el recuerdo y el aliento de la historia, el verso, o la palabra que acabamos de escuchar.

Un libro es un compañero, una obra de arte escondida en una estantería. Un libro acompaña, seduce, invade la vida con el máximo cuidado. Por eso leer es un placer único. Solo basta dedicarles un pequeño rato al día para que sus beneficios duren horas, semanas, meses y años. Hay libros que los recordamos durante años porque nos han dejado una impronta inolvidable. Eterna. Los libros calman la ansiedad, alientan la vida, distraen las preocupaciones, motivan la vida y nos hacen pensar. ¿Se puede pedir más a los escritores que logran tal cosa?

Ahora solo nos quedará elegir un buen libro, un próximo libro. El mejor de los posibles para el momento presente. Necesitamos encontrarnos con una historia, con unas ideas que nos seduzcan y un mundo que nos haga ser más nosotros mismos. Para eso están los libros.

Y para estamos los escritores, para buscar la mejor de las historias o de las palabras, las que sean capaces de levantar a los hombres, de elevarlos hasta lo trascendente. La historia que conceda la esperanza a los que han perdido toda esperanza. Ese es el libro que me gustaría volver a escribir, para así poder agradecer lo que me regalaron Proust, Conrad, o Juan Ramón Jiménez.

 

100 millones de muertos en el libro “MEMORIA DEL COMUNISMO” de F. Jiménez Losantos

No suelo comentar ni reseñar ensayos ni libros técnicos en esta bitácora. No tengo costumbre, o mejor dicho no he tenido costumbre hasta el día de hoy.  Así que, sin más preámbulos, rompemos la tradición y apuntamos a uno de los hombres más odiados (por la izquierda, parte del centro y de la derecha españolas), de los más temidos (políticos y ganapanes de todo pelaje), y de los más amados (por librepensadores que es lo mismo que liberales): Federico Jiménez Losantos.

La ocasión, víspera del día del Trabajo, forma parte de esas casualidades que se producen en la vida. No lo he hecho a posta. Lo terminé de leer hace unas semanas, y después de dejarlo resposar levemente, me atrevo con él y con sus ideas. De entrada ya lo digo: el libro lo recomiendo a los de izquierdas que presumen de ser de izquierdas y que se sienten superiores moralmente por serlo. Os va a escocer, pero el vinagre siempre se agradece cuando se ha empachado con la grasa del cochinillo de la granja de Orwell. A los de derechas también les viene bien su lectura, es como terapia para acomplejados. El resto verá bien sintetizado lo que ha significado el comunismo en siglo y medio de discurso y revolución.

La obra es magnífica por su ambición, pero, en mi opinión, se queda corta ante la magnitud de los hechos históricos analizados. Realmente se necesitan varios tomos para exponer con detalle lo que Jiménez Losantos intenta en ochocientas y pico páginas (no tengo el libro delante porque se lo he prestado a mis padres). Se queda corto porque me hubiera gustado conocer con detalle las masacres de los Jemenes Rojos, los amiguetes de Pol Pot, por ejemplo, uno de los asuntos más inverosímiles de la historia del comunismo. Estos tipos se dedicaron a asesinar a los que tenían gafas por ser contrarios a la revolución. Veleidades de la izquierda para cambiar el mundo.

También me faltan explicaciones y comentarios sobre Corea del Norte, Angola o los Ceaucescu, entre otros. Reconozco que me hubiera agradado leer más de los Jacobinos y sus descerebradas pretensiones; pues son el germen del odio comunista de siglos posteriores.

El libro no encara estos problemas. Se centra y limita, creo que por falta de espacio y páginas, a analizar con bastante detalle la figura de Lenin, de Stalin, de la guerra civil española y sus personajes siniestros; del castrismo y sus víctimas; y finalmente de Pablo Iglesias y su ambición por destruir la democracia e instaurar un régimen de privación de libertades.

Escuchando al autor en internet – en las presentaciones del libro – tengo que decir que él mismo considera que es la obra de su vida, un gran ensayo producto de su persistente investigación sobre el fenómeno comunista y su impunidad ante el asesinato y la masacre. Su implacable maquinaria propagandística. Lo cual se ve perfectamente reflejado en sus páginas.

Jiménez Losantos pretende hacer memoria de las víctimas olvidadas, las que llegan a los 100 millones a lo largo del siglo XX. El libro es, por consiguiente, además de memoria, homenaje; y además de homenaje, llamada de atención a los lectores. El comunismo no está derrotado, y sigue siendo aplaudido a pesar de haber sido una ideología perniciosa para la vida de millones de personas, y para la libertad de muchos millones más. Una ideología que ha conducido al atraso, la pobreza y el hambre de sus supervivientes. Y a la tumba de los que no lograron superar el infierno.

Por desgracia, Federico Jiménes Losantos no se equivoca. Las maneras de este periodista, doctor en hispánicas, suelen ser abruptas y molestas para mucha gente. Es un periodista independiente, perseguido por la izquierda desde hace años y por la derecha acomplejada desde tiempos más recientes. En España, decir que escuchas a Jiménez Losantos y que te gusta su capacidad comunicativa es como lanzarte en brazos del oso. No voy a pedir perdón por ello, a mi me gusta. Y, por desgracia, Federico Jiménez Losantos suele tener razón. Donde otros sonríen y hacen chistes fáciles rezumando odio y soberbia, Federico habla sin tapujos y sin buenismo. Y también me hace reír. Discrepo a menudo, y me adhiero a sus ideas; como me sucede con muchos otros periodistas, escritores, filósofos… El libro es más grande que el personaje, lo cual es algo que honra sobremanera a Federico y a su deseo de comunicar la verdad.

El gran “pero” que tiene el libro, en mi opinión, es su redacción. En ocasiones me ha resultado apresurada su gramática, con poco estilo. Escribe mejor en el periódico. Los contenidos están bien investigados, la bibliografía es amplia, pero su estilismo (puntualmente) flojea más de lo que sería deseable. Tampoco creo que sea importante ni que enturbie el mensaje de MEMORIA DEL COMUNISMO. Da la sensación de que el material era muy abundante, pero su planificación para configurar un índice y meter la pluma ha sido más precipitado. No desmerece en exceso, pero se nota. O yo al menos, lector exigente, lo noto.

Para muchos de mis lectores y amigos, que conocen mis debilidades hacia la izquierda y el comunismo cuando era joven, no me queda sino echar mano del conocido refrán:

“Quien no es es de izquierdas cuando es joven es porque no tiene corazón; pero quien no es de derechas cuando llega a adulto, es porque no tiene cabeza”.

Pues eso. Por suerte, ya no soy de izquierdas. Demasiadas víctimas, purgas, gulags, robos y asesinatos como para pensar que las ideas y los hombres cambian el mundo. Por desgracia, eso significa que no soy tan joven.

¿Mi credo? El mundo lo cambia Dios y el amor al prójimo. Que tampoco sus seguidores.

 

La locura japonesa de ordenar o “La magia del orden” del método KonMarie.

Confieso que me le leído el libro de Marie Kondo LA MAGIA DEL ORDEN. Me impresionó casi tanto como las obras completas de Murakami. Los japos están locos y son peña divertida, y como todavía tengo pendiente saquear algún que otro armario para ordenarlo, pues ale. Vamos a entretenernos con el tema.

Por lo que he visto de refilón en el libro, los del país del sol naciente hacen cursillos para ordenar. Les debe poner mucho el tema y es una afición tan decente como coleccionar bragas usadas, disfrazarse de comic manga o comer sushi envenenado. Japón es todo eso y mucho más, por eso me encantan. En Japón hay gente dedicada por entero al negocio de ordenar la casa de los demás. Entran, estudian el mejunje de un frigorífico, por ejemplo, y te dan una solución estudiada y seria. Haga dieta. Queme su frigo. Cambie de perro. Lávese con jabón lagarto los oídos. Lo que sea. Leyendo el librito de marras me he enterado de que hay criterios distintos para ordenar. Y donde hay diferencias hay discusiones, debates, escuelas y tendencias diferentes. Viva Japón y su orden plural.

Explico esto, que tiene su aquel. La señora Kondo afirma que hay que tirar todo, menos lo que se quiere. Y para saber si se quiere algo hay que abrazarlo. Abrazas tus calcetines mohosos y te convences de si los quieres o si puedes pasar sin ellos. Haces lo mismo con tu pañuelo palestino de cuando eras gilipollas, y si el olor a rancio no te mata, te darás cuenta de que puedes regalárselo a tu vecino el listillo. Que es una forma de tirar las cosas puteando a los demás. Abrazas y besas la sartén donde se te pega la tortilla, pero que te ha acompañado los últimos treinta años de tu vida haciendo acampada libre, y entonces descubres que es única para tí. Te amo, sartén pegajosa. Y le haces un hueco junto al resto de tu selecta mierda. Así durante dos semanas o hasta que sacas veinte kilos de basura. Entonces te conviertes en un tipo feliz que se quiere a sí mismo.

Otras escuelas del sacratísimo orden tiran en plan Hawkings. Agujeros negros. Todo a la basura de inmediato. Quemas tu casa y empiezas de cero. Entonces enumeras tus objetos de entrada, y cuando llegas a una cantidad equis, pones un big crunch en la puerta del armario. Solo sale materia, no entra nada. Tampoco está mal, es expeditivo y tiene el efecto colateral de que puedes ordenar el barrio entero si el fuego se descontrola. Luego a la cárcel. Y allí, no tendrás mierda para quemar, ni para ordenar. Se supone. La felicidad te inundará si eres un pirómano loco.

Otros frikiordenantes son más benévolos con la condición humana y te piden que además de querer a tus objetos dándoles besos cada fin de semana, los selecciones lentamente en plan gulag. Los de primera categoría a la habitación de al lado, los de segunda al pórtico de la entrada, y los de tercera división a la perrera. Luego te compras el perro y tiras lo de dentro de la perrera. Y así hasta que salga todo lo indeseable y te quedes con lo de primera categoría. Este método lo debió usar la Preysler, que el otro día ví su casa, y era en ese plan. Ordenado y con gusto.

Está claro que la humanidad tiene un problema con el orden, y es que debe existir un gen del orden que nos agobia tanto como el gen del desorden. Nos encanta dejar la cervecita al pie del sofá, todo por no ir a la cocina. Pero al cabo de dos días, nos molesta la cervecita, que todavía sigue allí. Molesta más si es la cervecita de otro. Y molesta hasta cabrearnos si era la última cerveza que nos quedaba en la casa y han pasado tres meses sin probar una. Si hay abundancia de cervecitas, entonces se acumulan en el rincón, vacías y por miles. Una, dos, tres, cuatro… Cuando se ha ido la cosa de las manos, abrazas las latas de cerveza y tras despedirte de ellas las tiras a la basura en una campaña de orden y autoridad con los objetos. Para celebrarlo te tomas una cervecita, y vuelves a empezar.

El orden es una de esas obsesiones modernas que le entra a la gente cuando no le cabe la mierda en casa. Yo creo que es eso. No es importa nada el tamaño de la vivienda. De hecho, de joven viví en una casa de 315 metros cuadrados y la llenamos de cachivaches hasta el último rincón. Nos costó, pero tras diez años, no hay vivienda que se resista a acumular rincones de materia inorgánica por parte de la materia orgánica que la habita. El ajuar que se llama. Ahora mi casa no llega a los 75 metros, para mi que menos, pero tengo la misma sensación de estrechez. Si hiciera un inventario, llegaría la lista a varios millones de objetos, subobjetos y material oscura.

Estuvimos en Atapuerca. Da igual el antes o el después. Cuando la gente vivía en cavernas, llenaba la caverna de mierda, y luego se iba a la caverna de al lado a vivir. Gracias a ese desorden y descuido, la antropología ha avanzado una barbaridad. Está en nuestra naturaleza ser unos guarros y unos desordenados. Hasta que molesta, que es al día siguiente cuando te levantas y ves como está la casa, con trozos de pizza por el suelo y cervecitas en tu rincón preferido.

Entonces sí. Te cabreas a fondo, y tomas una determinada determinación. Te vuelves a leer los apuntes del cursillo japo, te pasas dos tardes tirando mierda, y te das por satisfecho. Yo aconsejo el método inquilino: una  buena mudanza y a tomar por saco. Te vas con lo puesto.

 

 

ROMAIN GARY y su novela LA PROMESA DEL ALBA. (Otro escritor olvidado)

Los buenos escritores casi siempre se encuentran agazapados en lugares inesperados. En este caso me topé con la literatura de Romain Gary de la manera más extraña posible. Me lo vendió un librero que tenía su chiringuito instalado en un centro comercial de Isla Ballena, en la costa onubense. Allí, rodeado de reclamos de helados, chuches para niños, hinchables, hamburguesas y menús de turista, hay una librería (supongo que seguirá allí) que se abría en los meses de verano. El hombre era algo más que un librero. Era un auténtico oferente de libros. Te preguntaba por lo que te gustaba, te obligaba a hablar, te recomendaba insistentemente, y al final te ofrecía un libro como si fuera una joya. A mi esa forma de vender me agota, pues si tengo algo claro es que una librería es un lugar de reposo, donde se mira y remira, y al final se escoge. Pero tengo que reconocer que el hombre acertó , y tomé en mis manos un libro que no me resultaba agradable al principio, y ante el que luego me he maravillado. Gracias librero. Me regalaste nada menos que a Romain Gary en LA PROMESA DEL ALBA.

Romain Gary es, por desgracia, otro escritor olvidado. Fue premio Goncourt en dos ocasiones, lo que le hace acreedor de ser muy bueno en las letras escritas en la lengua de Montaigne; y a fe mía que lo es. El libro que cayó en mis manos fue el de LA PROMESA DEL ALBA, que es además uno de los pocos traducidos que hay en lengua castellana. Escribió más de 35 títulos con distintos pesudónimos, pues su nombre verdadero era ROMAN KACEW, nacido en Vilna en 1914, y de origen judío ruso.

Su vida es tan interesante y asombrosa como su obra, y de hecho, LA PROMESA DEL ALBA, es un relato autobiográfico, muy entretenido y fascinante, de una parte de su vida en la que estaba muy vinculado a su madre. La historia es sencilla. El padre de Romain los abandonó, y su madre inventó que el padre de la criatura era una estrella del cine polaco. Con eso está todo dicho. Su madre y él vivieron en Polonia primero y en Niza después. Allí aprendió francés y decidió dedicarse a escribir. Se alistó y luchó como piloto de aviación en la resistencia, y fue condecorado numerosas veces. Obtuvo la Legión de Honor y la Cruz de Guerra que recibió de Charles de Gaulle. Un héroe de guerra, desde luego. Esa es la historia que cuenta en esta novela que cayó en mis manos.

Pero Romain Gary es mucho más. Hablaba perfectamente inglés, ruso, francés y alemán, y entendía bastante bien español, polaco, italiano y lituano; además de yidish. Fue diplomático y representó a Francia en numerosos lugares, entre ellos en la ONU durante unos cuantos años.

Su valía en la guerra y en las letras lo catapultó en la sociedad francesa de entonces. Romain tuvo buena amistad con André Malraux y con Albert Camus. Se casó con la escritora Lesley Blanch y luego lo hizo con la actriz americana Jean Seberg. Debía de ser un tanto amigo de la fiesta, de la vida disoluta y juerguista, pero también era un hombre apreciado, con suerte y con fortuna para la vida. Participó en bastantes películas, filmes y series de televisión. Incluso dirigió alguna. En Jerusalén existe un Centro Cultural Francés Romain Gary, lo cual es indicativo de que estamos ante ese tipo de aventureros, escritores polifacéticos que cuando pueden nos ofrecen lo mejor del ser humano en pequeñas dosis. Romain era además un rebelde, un rebelde con causa, claro.

Como escritor ganó el Goncourt en dos ocasiones. Es el único, y eso le valió que se generara una polémica en torno a su persona. La primera ocasión ganó con el pseudónimo de Romain Gary, Los racimos del cielo, en el año 56. La siguiente ocasión lo hizo con otro pseudónimo, el de Emile Ajar, La vida ante sí, en el año 75. De hecho usó varios pseudónimos más durante su carrera literaria, pues además de los mencionados también firmó varias obras como Fosco Sinibaldi, y como Shatan Bogat.

La polémica del segundo premio Goncourt (en 1975) tuvo incluso repercusiones legales, pues no se resolvió el asunto hasta cuatro años más tarde. La osadía de Romain Gary fue sonada. De esta forma se mofaba de los críticos literarios, los estúpidos que reparten galardones y pontifican hablando de libros como si supieran lo que dicen y lo que venden. Esos mismos que habían tachado a Romain Gary como escritor romántico y trasnochado, tuvieron que tragarse sus palabras cuando descubrieron que Romain Gary y Emile Ajar era la misma persona. Y es que al señor Ajar lo habían ensalzado como de un gran joven escritor, un genio desconocido y con mucho futuro.

Seguramente pesó la política, y Gary, que fue héroe de guerra al igual que De Gaulle, al que admiraba abiertamente, no era tan apreciado en la Francia de los culturetas, la gauche divine, de los años 70. Una vez más unos nacen con estrella y otros acaban estrellados. Lo cierto es que el final de Gary fue trágico, pues se suicidó en el año 80 en Paris, aunque otros opinan que fue asesinado. Su esposa Seberg se había suicidado catorce meses antes, y solo dejó unas letras escritas: Aucun rapport sans Jean Seberg, “ningún informe sin Jean Seberg”. Misterioso.

Nos quedan sus libros, que por desgracia no están traducidos al castellano más que unos pocos títulos. Supongo que será por lo mismo por lo que fue ninguneado en Francia. Por lo mismo que se lee a Antonio Machado en las escuelas y no a Manuel Machado. Digo yo.

 

 

Mendigando la poesía de un escritor de Elvas

Me lo encontré por casualidad por las calles de Elvas, la pequeña ciudad, si es que se puede llamar ciudad a un lugar tan coqueto y bello de la vecina Portugal, a tan solo diez kilómetros de Badajoz. Caminaba con una bolsa y dos libros en la mano, y en cuanto me vio, se dirigió a mi, como si supiera que era su salvador de aquella tarde de octubre en calor y en el Pilar.

Habíamos terminado de comer en un antiguo lagar elvense, actual restaurante de fonda y café, donde el tiempo se hacía valer, y la tranquilidad se palpaba incluso en el porte de los camareros, que tardaban en servir y en atender. Calma y sosiego. ¿Por qué no, en un día de fiesta en España? Habíamos comido al calor de las brasas, y tras dar cuenta de un vino blanco fresco, entrantes de bacalao dorado y postre de dulzor exagerado, salimos para entregarnos al cielo despejado en una tarde tranquila y agradable, ni frío ni calor, aunque todos vestíamos con manga corta.

Nos dirigimos a la plaza principal de Elvas, llamada de la República. El día no podía ser más estupendo, calor sobre los adoquines, y muchos españoles tomando ese café portugués de tanto sabor, donde una tacita de negro tiene más aroma que cientos de cafés amargos y solitarios de bares españoles. La plaza está en cuesta, con su adoquinado luso característico, y varios puestos erráticos vagabundeaban la atención de los pacenses que gustan acudir a la vecina Elvas para entregarse a su mesa y a su tranquilidad. Además de una terraza central, con helados y café, había baratijas de mesa plegable, y unas letras gigantes que entretenían a los niños que por allí jugaban.

No había sorbido mi café, ni tomado los niños sus helados, cuando se acercó un transeúnte cotidiano. El mendigo de turno se acercó a las mesas de las terrazas para solicitar unos durillos, pensé que a cambio de unos mecheros, o unos pañuelos. Pero no. Era un portugués de allí, de los conocidos por todos, que saluda con alegría a unos y otros, y que parece un héroe recién salido de la batalla. En este caso era un hombre más bien mayor, de piel arrugada, mirada profunda y sombrero de cuero cosido, con ala ancha y barba canosa mal rasurada. Hablaba un portugués cerrado, difícil de entender, y tras acercarse a las mesas, se dirigió a mi, que estaba observando como ofrecía en una mano dos libros para su compra, y guardaba en una bolsa de plástico anónimo otros cuantos más.

Su acento era imposible para mi. No le entendía, quizás porque a esa hora solo le quedaban susurros para ofrecernos, miradas de orgullo y un par de libros escritos por él. Por qué no.

El escritor y poeta se llamaba Manuel Nicolau Bastos Covas, y ofrecía dos libros de su cosecha, pues era edición de autor, del año 2007. Había pasado diez años desde que he encontrado la última referencia de su vida en internet, y coincidía la fecha con la de la publicación de aquellos cuatro libros que escribió en el pasado, y que me animaba a que nos hiciéramos con dos de ellos. Eran parte de su vida, como sus dos hijos, unos dinerillos con los que pasar los días.

No andaba con la barba rala, ni tenía pusilanimidad en su alma, en cuanto vio una posible venta se animó mucho. ¿Son suyos? Sí. Los he escrito yo, y contienen poesía, me dijo con un acento casi incomprensible. ¿Y por cuanto lo vendes? ¿Cómo? ¿Cuánto cuestan? Cinco euros cada uno. Era una ganga. Venía una foto suya en la portada, en pequeñito, y en el anverso del libro varias sentencias hermosas de recordar, de esas que hoy se consumen como de grandes sabios en twitter. Había poemas y versos hermosos, historias de su vida, anécdotas. No lo he leído todavía, pero están impregnados del alma de aquel hombre que parecía salido de Angola, de la guerra en Africa, del mismísimo Mozambique y de la revolución de los claveles, de la vida errabunda que había tenido, y del éxito y fracaso de alguien que quiere entregar por las calles de su pueblo una parte del arte que guarda en su alma y en su mente.

Le pedí que me los firmara, pues es lo que hacen conmigo los que se admiran de lo poco que puede uno entregar en la vida, como son buenas historias en forma de literatura y belleza. El hombre estaba decidido, no porque no supiera lo que tenía que hacer, sino porque conocía el oficio. Habría firmado cientos de libros antes que el mío, y ahora, que rondaba, según he leído en alguna parte de uno de los libros, los 85 años, le parecía una buena ocasión de agradecerme que tenía un lector más, un lector español. Para o meu amigo Antonio, pone en una letra temblorosa que ni siquiera se atrevió a hacer sentado sobre la mesa de la terraza. Mesa y silla que le ofrecí, pues estaba ante un escritor luso, y eso merece deferencia y honor. Para o meu amigo Antònio, pone en el otro libro. Con mejor letra y más tranquilidad, pues tomó en consideración la silla propia que le ofrecí.

El hombre se levantó con el trabajo hecho, me estrechó su mano cálida y grande, y tras saludar a varios de por allí, se sentó en la terraza, un par de mesas más al fondo para disfrutar de la vista y tranquilidad de la plaza. Reconozco que me pillaba de espaldas, pero según me contaban, miraba de reojo cuando acariciaba las hojas de sus dos libros; me observaba ahora con orgullo,  mientras yo rebuscaba algunos poemas, deteniéndome en unos cuantos para escuchar la voz de Portugal, en su lengua suave, cálida y dulce que rezumaban las letras de Manuel Bastos Covas. No me defraudarían, lo sé, pues aquel hombre había vivido mucho y había puesto por escrito una parte sensible de su vida. Aquellos libros valen mucho más que cinco euros cada uno, y con firma…

No sé cuando se levantó de la mesa, creo que al cabo de un rato de paz. Nosotros marchamos bastante más tarde, con el descanso de Elvas y las ganas de regresar tras un día hermoso y familiar. Sé que seguirá por las calles de Elvas cuando vuelva, él, que se declara escritor alentejano, hombre de paz y bien. ¿Qué quieren que les cuente?

El otro día conocí a un escritor portugués, alentejano de pro, vecino de Elvas y vendedor de libros en terraza. Mendigo de la poesía. Seguro que no les suena, porque yo hasta ese momento tampoco lo conocía. Manuel Nicolau Bastos Covas. Un escritor que escribió algún poema que otro en la vida. Escolha.

Abre os olhos deixa ver

debaixo dessas pestanas

eu quero reconhecer

os olhos com que me engañas.

 

 

Ciencia Ficción y Terror en ORSON SCOTT CARD. Narrativa breve de Mapas en un espejo.

Tenía muchos temas para tratar, desde el sentimentalismo que despertó la muerte de Lady Di, víctima del pueblo y de su curiosidad, hasta las múltiples tonterías que el devenir político nos deparará como no detengamos a los dictadores de Corea del Norte y de Cataluña. Pero no. Prefiero dedicarme a hablar de un escritor que me ha gustado: Orson Scott Card.

Estamos ante un escritor que consiguió, hace unos años, los premios más prestigiosos de ciencia ficción en Estados Unidos: premio Hugo de novela, Premio Nebula, Premio Locus y el Margaret Edwards, que es otorgado a autores de literatura juvenil. En España, la ciencia ficción cuenta con muy poco reconocimiento público de la cultura oficial, entre los que incluyo la prensa y los grandes premios literarios. Pero en USA no es así. Aquí, y me refiero a Europa, es tratada la ciencia ficción y la literatura de terror como el hermano menor de la narrativa, lo mismo que la literatura humorística, o la fantasía en general. Por eso no es demasiado conocido. O sí. Es el escritor de la novela que luego se hizo película LOS JUEGOS DE ENDER. Ahí sí, sí que nos suena. Si hay pelí, sí que nos suena. La peli también la hicieron los americanos, quién si no.

El libro que me he leído este verano, o mejor dicho los libros, son una colección de cuentos cortos que agrupó hace unos años y que tituló MAPAS EN UN ESPEJO. Algunas son sus primeras obras, sus primeros cuentos y narraciones, los más exitosos y los más curiosos. Selecciona un buen número de obras, entre las que incluye la primera redacción de Los Juegos de Ender, que fue antes cuento corto y luego creció hasta ser novela. Además incluye muchas pequeñas obras de terror, e incluso cuentos familiares, los que destinó a su comunidad mormónica.

Orson Scott Card escribe con la soltura que ahora se impone en todo el mundo, maneras americanas cien por cien. Poca descripción, abundante diálogo, movimiento y construcciones que sean sencillas y fáciles de digerir. No se va por las ramas. Estamos en el género narrativo del cuento, que requiere todo eso en grandes dosis. Orson no usa la literatura para expresarse, sino para contar cosas, entretener y ganar dinero vendiendo impacto y sorpresa. Y lo hace bien.

Su novela más conocida, LOS JUEGOS DE ENDER, no es mucho más larga que el cuento que lleva el mismo nombre, cambia un poco el punto de vista, pero no demasiado. Lo va espesando (término que yo utilizo) para consolidar y fortalecer una historia; pero no logra superar nunca las quinientas páginas. Me recuerda a Edgar Allan Poe, que no lograba escribir una novela larga, salvo su excepcional “Narración de Arthur Gordon Pyn”. La narrativa americana que es demasiado directa y ágil, pierde fuerza en cuanto quiere contar algo introspectivo que requiera entrar en detalles. Tienen miedo de aburrir, y terminar cansando, pero no por la falta de acción, sino por su exceso. Autores como Ken Follet terminan haciendo de sus abultadas novelas auténticos folletines, y es precisamente por eso, porque no dedican (como sí hacían en el siglo XIX) párrafos a describir el ensimismamiento de los personajes. Por eso a la narrativa americana pragmática le sienta mejor la narración corta, el cuento sencillo. Orson Scott Card lo hace muy bien, y en el género del cuento corto parece moverse como pez en el agua.

Además de los cuentos, en esta agrupación literaria, Orson explica las razones de tal o cual cuento, que va mezclando con las circunstancias de su vida y de su manera de pensar. Orson es un tipo comprometido con la defensa de la familia en Estados Unidos, lo que le ha valido el rechazo de la comunidad LGTB… (y un largo etcétera de siglas…) que lo ha saboteado y perseguido de las maneras más extrañas posibles. Él cuenta un poco de todo esto, de los fanatismos que se ha granjeado en su vida, y de su compromiso por la iglesia mormona. Además de sus problemas de sobrepeso, y las dificultades para sacar a sus hijos adelante.

También cuenta, Orson es un tipo sincero e inteligente, cuando un cuento le ha salido bien, y cuando no, la sorpresa que se lleva cuando  le llega el éxito o no, sin terminar de entender las razones. O sí. Orson explica al detalle, desde su punto de vista, por qué algunos cuentos fueron publicados (casualidad), sin que tenga ni pajolera idea de por qué unos elegidos fueran aceptados por el público (fortuna). Se supone que el éxito tiene que ver con estar en el lugar adecuado el día adecuado.

Defiende también, como si fueran sus hijos, las narraciones que se quedaron fuera de ser publicadas por razones un tanto absurdas, que son las que manejan a menudo los editores. Hay libros que entran por los ojos aunque sean malos (cumplen sin más) y otros que son rechazados de buenas a primeras sin que nadie sepa a ciencia cierta las razones más allá de una simple e imaginativa intuición. C’est la vie.

Me gusta su tono de hombre bueno, sencillo y sincero. De persona comprometida con sus valores religiosos y sus convicciones, de sus historias forjadas a golpes y experiencias dolorosas vitales. Como siempre se ha dicho, no se puede escribir sobre aquello que no se conoce. Por eso la ciencia ficción es uno de los géneros más complicados de abordar para un escritor, precisamente porque hay mucho que no se conoce.

Y Orson Scott Card lo hace precisamente muy bien, por eso lo recomiendo.

Pearl S. Buck o la escritora olvidada. Novela: ORGULLO DE CORAZÓN

Estamos ante uno de los grandes escritores del siglo XX. Una mujer, sí. No pongo “grandes escritoras” porque dejo fuera a los varones que compiten con ella en escribir como los ángeles. Pearl escribía muy bien, por supuesto que sí. De los mejores de la narrativa norteamericana y universal.

Pearl fue una señora extraordinaria que obtuvo en el año 1938 el Nobel de Literatura y que escribió algunas de las más bellas páginas de la narrativa contemporánea. Por supuesto, su olvido no es total, porque siempre queda gente amante de las buenas letras que sigue leyendo a Pearl, pero ciertamente no son los más. Incluso entre estos empieza a ser una desconocida. Y es que el tiempo termina borrando a este tipo de autores cuyos derechos de autor ya no existen y que se descargan gratis si se encuentran. Las editoriales apuestan por cosas más actuales – casi siempre de peor calidad –  y Pearl se termina reduciendo a ser una escritora cuyos libros se hallan escondidos en las librerías de viejo y de segunda mano. Casi todas las ediciones de las obras de Pearl son del siglo XX. Así que… cuando me escuchen afirmar que nuestra cultura está suicidándose, no me cuenten que no es cierto. Porque olvidar a Pearl es olvidar demasiado.

Su vida tuvo muy poco de convencional, si es que hay vidas convencionales. Pearl era norteamericana, hija de padres misioneros. Pasó casi toda su vida en China, desde los tres meses de edad hasta la edad adulta. Nació en 1892 y murió en 1973, lo que nos da cuenta de los acontecimientos históricos que pudo vivir en Asia, desde el triunfo del Maoismo, hasta la Segunda Guerra Mundial. Hablaba inglés y manchú, y escribió unos 85 libros, muchos de ellos de poesía, narrativa y teatro con el tema de lo oriental en muchos de ellos.

Su novela más conocida por la que le dieron el Nobel es: Viento del este, viento del oeste. Pero yo, guiado por la lectora más avezada en asuntos de Pearl (mi madre), he leído primero y recientemente el titulado en castellano ORGULLO DE CORAZÓN, que en inglés varía algo pues significa algo como “este orgulloso corazón” THIS PROUD HEART. Es del año 38, y es la menos oriental de sus novelas. El título es engañoso, pues podría pensarse que es una novela de amor facilón, un típico subproducto de segunda fila y de otros tiempos donde el amor romántico vendía más porque las mujeres no se tatuaban el culo. No es así, el tema que trata es la creatividad del artista y los sacrificios que impone crear arte, y todo ello contado desde el punto de vista de una mujer.

La historia  de ORGULLO DE CORAZÓN es la de una mujer que siente pasión creativa por la escultura y que vive tal pasión olvidando sus obligaciones familiares. Una mujer que vive pasiones amorosas autodestructivas mientras le queda el arte, el construir, el hacer como refugio ante sus equivocaciones. El personaje principal es como Picasso, o como Pearl, son creadores naturales, absolutos y brutales. La pasión por el arte es vivida con tal fuerza que la protagonista olvida su vida convencional, y se ve obligaba a domesticar su afán creativo desaforado. Es el retrato de todos los artistas, de los que no pueden vivir sin hacer, sin escribir, sin pintar, y en el caso de la novela, sin amasar y moldear barro con los dedos, o esculpir granito con el martillo y el cincel. Es el drama del que tiene que crear, y a la vez vivir con los que ama y que son los suyos.

Esta novela es genial desde la primera página. Expresa perfectamente en su primer capítulo todo lo que debe expresar. No sobra ni una coma, y no falta ni una palabra. Se presentan a los personajes, se cuenta de qué va el tema y se inicia la novela con la belleza de una obra aparentemente sencilla pero bien escrita. Más adelante descubrimos que es una novela profunda y sugerente. No es tan solo la vida de una mujer que lucha por romper con el convencionalismo social de su época, que también; ésta es la novela de todo artista, de todo creador que se ve impelido a crear, aún a costa de una felicidad impostada, aparente, regalada y formal.

Las grandes víctimas de la historia son los hijos, su primer marido y ella misma. La vida le obliga a ir siempre corriendo para conseguir lo que otros obtienen de la vida con un aparente menor esfuerzo. En realidad, la construcción de la vida y del entorno de un artista siempre quedan bajo el egoísmo del genio que destruye y destroza la vida que tiene a su alrededor, y eso lo hace en aras de su ingenio y su obra. No siempre sucede así, pero compaginar la tarea creativa con la vida cotidiana no es nada fácil, y la protagonista de esta historia se convierte permanentemente en la víctima y el verdugo de su vida. Eso hace que el libro dé que pensar. Detrás de todo artista, incluidos los escritores, hay siempre un exhibicionista, un egoísta perfecto, una persona sensible dotada de una cualidad especial, pero que suele ser incapaz de atender las sensibilidades ajenas. En el extremo contrario, un artista necesita también comer, necesita relaciones sociales aburridas y divertidas, necesita convivir sin sufrir, y eso obliga a cierta sociabilidad, atención, generosidad… Lograr tal equilibro no está al alcance de todos, pues el arte requiere cierta exclusividad cuando está gestando y dando a luz la vida. Deducimos de inmediato que los escritores, pintores, escultores… no son las personas más fáciles del mundo en la convivencia cotidiana. Aunque luego dé mucho gusto leer, contemplar, examinar su obra.

La frase “detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer (y viceversa)” son una gran verdad. Porque la paciencia, la comida caliente, la vida cotidiana, también se labran en el lugar escondido del hogar, que es donde nadie ve al artista, donde se le soporta y se le sufre.

Esta novela, a mi juicio, es un ejemplo de buena literatura. Cuenta con todos los ingredientes de la narrativa norteamericana, y seguro que lo pondrán como ejemplo en la escuela Gothan de Escritores de USA. El único problema de este libro es que está casi olvidado, igual que su autora, la primera mujer norteamericana en obtener el Nobel.

La belleza y el drama de la sensibilidad.

Desde no hace mucho tiempo se ha investigado la sensibilidad de las personas, y se ha descubierto que aproximadamente un 20% de la población es altamente sensible, en siglas corrientes PAS: Personas Altamente Sensibles.

Los estudios que se han hecho son serios, no es una cosa de cuatro friquis, sino que está más o menos aceptado por la psicología, la psiquiatría y la neurología contemporánea. La base biológica afirma que el hemisferio derecho del cerebro (el de las emociones y la creatividad) se activa mucho más (bastante más) en unas personas que en otras. Esto da lugar a unos rasgos caracteriológicos en las PAS que tienen que ver con la empatía, las emociones, los sentidos, el estrés y el desestrés, la creatividad y la sensibilidad para captar lo que los demás no captan de las personas o de la naturaleza. Tradicionalmente se les clasificaba en el pensamiento de Jung como personas introvertidas, pero no es exactamente así. Los PAS no son tímidos, ni insociables, ni introvertidos. Simplemente necesitan desestresarse con más frecuencia que el resto. Les satura un centro comercial más pronto que al resto, y son más tendentes a la depresión y al sufrimiento; pero a cambio también son más creativos, más intuitivos, más ingeniosos y más capaces de disfrutar de las pequeñas notas de color que la vida va regalando.

De esto se deduce, siendo un porcentaje tan alto (20%), que es abundante el perfil PAS en artistas, escritores, pensadores, actores, orantes, artistas en general. Pero también es muy frecuente un mucha otra gente anónima. La proporción es la misma en hombres y mujeres, y como sabemos que los rasgos del carácter se heredan y se mantienen más o menos toda la vida, podemos hablar de familias PAS, niños PAS mal diagnosticados como tímidos; y adultos, calificados como bichos raros por el común, pero que probablemente son simplemente Personas Altamente Sensibles.

En el mundo de la cultura se me ocurre que seguramente han sido PAS escritores como Wilde, Juan Ramón Jiménez, Kafka, Proust y muchos otros. Picasso también parece tener un perfil PAS, y lo mismo podríamos decir de Einstein, Dalí, San Juan de la Cruz o Santa Teresita de Lisieux. Lo cual nos hace pensar que hay muchas formas distintas de ser PAS, que es tanto como decir que hay muchas formas de ser persona y de vivir en este mundo.

Por supuesto, parece lógico que los que no son PAS difícilmente entiendan plenamente a los que lo son. Y los que lo son, si no canalizan su sensibilidad extrema, pueden sufrir mucho en la vida. Tampoco son mundos radicalmente separados, porque hay hasta otro 20% más de personas que se declaran sensibles, aunque no altamente sensibles. El resto, simplemente se confiesa nada sensible o muy poco sensible.

Los cuatro rasgos de las Personas Altamente Sensibles son los siguientes. Los pongo porque seguro que más de un lector se identifica con ellos, y es que el mundo está lleno de PAS que no saben que son PAS:

  1. Se procesa mucha información y de manera profunda. Es decir, los PAS estamos todo el día con la cabeza en funcionamiento. Analizamos todo, pensamos todo, sentimos intensamente. Estamos buscando soluciones a todo, analizando y mejorando el mundo en nuestra cabeza. El mundo cercano y lejano, lo cotidiano y lo que vemos por televisión. Damos vueltas a nuestras relaciones personales, a los problemas de la humanidad y a lo que nos echen por delante. Una PAS se estimula más que la media, está siempre como acelerado y en tensión, lo que puede generar ansiedad y estrés si no se canaliza y se desestresa uno.
  2. La sobreestimulación agota a las PAS. Las Personas Altamente Sensibles necesitan desestresarse porque se saturan en la información que reciben a lo largo del día. Necesitan descansar, tumbarse en la cama, pasear a solas por el campo o la ciudad, no hablar con nadie. Las PAS no tenemos (porque me incluyo) miedo a la soledad, al contrario, nos encanta estar con gente pero nos cansamos de ella. Y es que para nosotros hay gente  que es muy agotadora, que para los demás no lo son. No es timidez, es sobreestimulación y bloqueo. Un PAS nunca se aburre, siempre tiene algo que pensar y olvidar.
  3. Las PAS se emocionan fácilmente, se conmueven enseguida, y empatizan con las personas de manera casi inmediata. Sabemos, sin estar demasiado tiempo con alguien, si esta persona está a gusto o a disgusto, está bien o machacada, si sufre o disfruta. Somos de lágrima fácil. Nos alegramos mucho con la gente alegre, y nos entristecemos con la gente que está triste. Somos especialmente intuitivos para las emociones de las personas.
  4. Somos muy sensibles para los matices de los sentidos. Nos molestan los ruidos, los olores fuertes, las aglomeraciones. No todas las Personas Altamente Sensibles son iguales, y ya he dicho que hay muchas formas de ser PAS, pero es fácil que a una PAS le ponga muy nerviosa alguien que está nervioso a nuestro lado moviendo la pierna, por ejemplo; y nos machaca estar junto a alguien que está estornudando y sonándose los mocos constantemente, segundo ejemplo. A una PAS un Centro Comercial le satura pronto, está a gusto cuando llega, pero al poco tiempo necesita regresar a casa porque se harta y se cansa del ruido, el bullicio, los gritos y la música en chunda chunda. Los demás no se dan cuenta, pero las PAS sí nos damos cuenta y lo sufrimos, porque necesitamos desestresarnos más frecuentemente que el resto.

Confieso que estos rasgos del carácter yo los había identificado más con una especie de inteligencia espiritual y artística,  algo que se debía añadir a las demás inteligencias de Gardner, pero resulta que ya estaba investigado, y que le llaman PAS. Y me parece bien compaginar las dos cosas. Entre los rasgos secundarios del carácter PAS, es decir que son frecuentes pero no generalizables, es habitual que las PAS sean personas bondadosa por miedo a desagradar a los demás, tengan tendencia a la depresión, o sean creativos y enamoradizos, concienzudos y perfeccionistas. También es frecuente que las PAS traten de disimular su carácter para ahorrarse sufrimientos. No son, somos, insociables, simplemente nos agotamos más de la estupidez y la banalidad humana porque buscamos una profundidad que no siempre se nos ofrece.

Saber que eres PAS significa que uno pone nombre a lo que es y sabe que es. Conócete a  mismo. Más que carga o un problema, que también puede llegar a serlo, ser Altamente Sensible es un don que Dios da algunas personas, y que nos permite alcanzar cierta felicidad en la contemplación de lo creado y de Dios mismo.

Dejo el enlace de la asociación PAS en España, y agradezco a Karina y a Elaine su trabajo e investigación para facilitar la vida de muchas PAS que viven en el anonimato.

 http://www.asociacionpas.org

Cómo escribir una obra maestra… sin perder la dignidad.

Últimamente abundan los libros, cursos y cursillos que se dedican a contar a la gente cómo debe escribir un libro. Incluso te informan de lo que no debes hacer cuando escribas un libro. Suele ser gente que no le gusta leer cosas aburridas, y desea fervientemente, de una forma sutil y sagaz, sentando cátedra y contándonos que los gustos y búsquedas de los artistas son nada frente a la practicidad de un supeventas, que hay que escribir de tal y cual forma. En realidad no quieren que vuelva a nacer otro James Joyce en la historia, ni otro Marcel Proust, ni otro Dostoyeski. Se les escapó Márquez con sus Cien años de soledad, pero no están dispuestos a se repita. ¿Vender un libro que no enganche? Antes se suicidan y nos suicidan las letras.

Y es que la peña se ha lanzado en tromba a escribir su libro, y no hay rincón del mundo donde no te cuente algún fiera que a él también le gustaría escribir un libro. Las editoriales están a rebosar de tipos que escriben y los premios literarios no dan abasto para leer lo que les mandan. En realidad no se lo leen. Contratan a los que escriben libros que enseñan a escribir libros, y luego dan el premio al que ha seguido sus instrucciones. Es una pescadilla que se muerde la cola.

Por eso, casi todo el mundo escribe igual, sin personalidad, sin nada interesante que contar, sin estilo propio pero con historias trepidantes llenas de trucos para enganchar al lector. Te dicen que escribas sin adjetivos y sin adverbios, porque esta gente se la tiene jurada a los adverbios. Te aconsejan que no los pongas, dicen las escuelas americanas de narrativa. Por eso escriben todos como Stephen King. Pero el King solo hay uno: Elvis Presley, era el King. Y esta gente odia cualquier otro tipo de música. Están agostando las letras, y van camino de conseguirlo de la forma más terrible, que es convenciendo a la gente de que cualquier novela que no enganche (palabra fetiche de los editores y sus lectores adictos) es mala y no debe ser publicada. Y así, ahora escribe cualquiera que sea famoso (o lo hacemos famoso en dos fines de semana) y que aprenda cuatro trucos.

A mi la cosa me irrita, y no es para menos. Ser escritor es algo exclusivo, bohemio, y sensible; y escribir es algo complejo y arduo cuando quieres escribir algo bueno. Por eso me cabrea que den consejos para que otros escriban una cagada, que tenga éxito la cagada, y que además te digan que no hay que escribir como los del XIX, que ya está pasado de moda. Y que es mejor escribir cagadas que se vendan, que las obras maestras no las vamos a promocionar ni a editar. Usted escribe muy bien y cuenta cosas interesantes, pero es que a mi público drogadicto no le engancha. Y yo tengo que vender libros. ¿Me siguen?

Así que he decidido, convirtiendo la ira en virtud, dar unos consejos a los principiantes que quieran escribir libros buenos. Me da algo de vergüenza, pero como mucha gente da consejos sin haber escrito medio libro, pues yo también. Ale. Que tengo varios y uno premiado. Consejos doy, que para mi no tengo. Son consejos para revolucionar el mundo de las letras y de los lectores. Al estilo del manifiesto “dogma” de los Escandinavos, que hacen pelis naturales, sin artificios y que molan. ¡Arriba la vanguardia y mierda para las insulseces comerciales de usar y tirar!

Mis consejos para no escribir libros basura de usar y tirar:

  1. Escriba bien, con corrección y cariño por las palabras. Busque las mejores expresiones, el ritmo de las letras y los sonidos. Que sea música su lectura en voz alta. Que suene bien, que se exprese correctamente, que no sobren palabras. Las palabras son como la pintura en manos de Picasso, y sus trazos deben ser igual de geniales. No busque figuras en sus letras, ni límites, sino imágenes, colores, sonidos y olores.
  2. Escriba construyendo y deconstruyendo. Escriba narraciones clásicas, relatos ordenados; y escriba narraciones rizomáticas y cubistas, subrealistas y abstractas. Escriba incluso un relato que incluya todo lo anterior. Escriba apasionadamente, con amor y con pasión. Escriba practicando y como un profesional. Escriba lo que le guste, sin pensar que su novela va a llegar a un lector con el gusto atrofiado. Escriba una frase y mírela con amor de madre y con ojos de juez. Y no se equivoque: la mayoría de los lectores no leen cosas buenas, ni clásicos, ni obras de arte; leen libros de la misma forma que se comen una hamburguesa. Usted debe cocinar un plato con criterio, no se agobie con el emplatado. Escriba un buen relato, una narración diferente, e intente no inundar el planeta con su mierda. No olvide que su libro, si es una cagada va a ocupar el mismo espacio en la librería que si es una obra sublime. Así que escriba una obra sublime… y sepa que a los seis meses lo retirarán igual de las estanterías.
  3. Escriba algo nuevo. Que lo suyo sea distinto a todo lo demás, que sea único, hermoso y elegante. La mayoría de los escritores de éxito escriben como inspectores de hacienda, sin florituras ni gracia. Se parecen sus novelas en la forma y casi también en el fondo. Usted hágalo distinto. Ahora se lleva la novela de misterio erótico en Suecia, pues escriba sobre un burro perdido en Lanzarote que se enamora de una turista congoleña con esclerosis. No olvide que cualquier ordenador medianamente inteligente podría conseguir escribir una novela de las malas sin su ayuda. Así que, haga lo contrario a lo que recomiendan los libros de aprender a escribir. Que cuando alguien lea lo suyo sepa que es suyo. Que usted mismo lo reconozca. Que no se parezca a nada anterior.
  4. Trate de comunicar alguna idea inteligente. Haga pensar a sus lectores. No los maltrate ni les maree con sus heroínas empoderadas, ni meta miles de gays veganos con cáncer de páncreas que se salvan en el último minuto tras descubrir un crimen perfecto en el apartamento de al lado. Hágales pensar algo incorrecto, en algo que les afecte y que les insulte, que les haga despertar del marasmo cultural en el que vivimos. O sea, no trate a sus lectores como si fueran unos paletos sin gusto por la comida elaborada. Es verdad que se han atiborrado de la comida adictiva del burguer, pero pueden cambiar. Hágales pensar, sí, pensar en algo. Emocióneles con una buena descripción, una buen personaje, una buena escena, inolvidable y que diga algo. No los entretenga arrojándoles palomitas como a los pollos. aunque les guste; un escritor tiene otra función, distinta a un editor o a un vendedor de libros. Usted no tiene por qué engordar a los lectores.
  5. No intente enganchar a sus posibles lectores con más hamburguesas. Las novelas adictivas que no llevan a ninguna parte son grasa y azúcar, no un bistec a las finas hierbas. La gente termina  empachándose con tal comida rápida, y terminará por odiarle. Si terminan huyendo de la lectura de calidad será por su culpa, no lo olvide. Siempre le quedará el verano, pero no olvide que si sus libros les anulan la sensibilidad por el arte, les destruye y les aleja de las letras, luego tendrá que seguir escribiendo lo que les gustó. Nadie vuelve el burguer porque cambie el camarero. Terminarán odiando a los grandes clásicos, a los buenos relatos, a las mejores historias, serias y profundas, y renegarán de la poesía y por tanto de la vida dicha con palabras hermosas. Le odiarán a usted si no les sigue ofreciendo lo que esperan de usted.
  6. No sea vulgar en su historia. No haga películas americanas en formato libro. Lo del nudo, clímax y desenlace son trucos para engañar a los niños cuando les cuentan cuentos que deben mantener el interés pegados a sus asientos, o a sus páginas. Respete al lector, por favor. Aunque muchas editoriales y muchos premios no los respeten, usted no ceda. No escriba páginas que enganchen, llenas de truquitos fáciles, de suspense trepidante y de culebrones retorcidos. Escriba mejor algo para la eternidad, o para su presente eterno, como Jorge Manrique que escribió muchos versos malos de amor para el público, y una obra maestra para recitarla ante su padre. Hoy nos acordamos de la última, la que no era popular.
  7. Construya bien el alma de sus personajes, conviértalos en personas vivas. Que sean verdaderos y pululen por las calles de sus mundos. Como el Quijote, como mujer del Karenin, como la señora Ozores, como Julieta o como Juan Valjean, como Platero o como la mujer de Neruda, esa que no le dio cancha ni besos regalados. No sea un escritor fácil, domesticable y vulgar; no dé vida a personajes estúpidos que no valga la pena recordar, ni cree personajes raros que se crean víctimas del mundo.
  8. Describa todo lo que necesita y lo que le apetezca. Esto lo odian las editoriales más que nada en el mundo. Las mejores descripciones en la literatura son obras de arte auténticas, párrafos para releer alguna vez. Pero no describa mal, por favor, sin gusto ni equilibrio. Escriba para que sus nietos y bisnietos estén orgullosos y admirados de las palabras que puso. De lo que hizo. No describa tanto que sobren las palabras, pero no deje de escribir ni de describir por no molestar a sus lectores.
  9. Lea las mejores obras de la literatura y trate de amarlas, de copiarlas y de imitarlas. Escriba con la grandeza del siglo XIX, la pedagogía del siglo XVIII, el humanismo de los grecolatinos y la sinceridad del siglo XX. Haga pensar profundamente como en el siglo XX y alumbre algo hermoso para los lectores. Lo mejor se ha escrito ya, sin duda; pero lo bueno de las letras del futuro, lo pondrán los escritores que sigan estos sencillos consejos. De todo lo demás no se acordará nadie dentro de dos centurias, no lo olvide.
  10. Muestre su obra a sus amigos y vecinos, a sus más cercanos. Si no existen editores que quieran confiar en el arte, autopublíquese. Recuerde que el éxito siempre es relativo y concéntrico. Éxito local no es éxito nacional, éxito nacional no es éxito internacional, éxito internacional no significa superar la barrera de los siglos. Escriba para usted, y para la gente que aprecia lo que usted aprecia. No trate de agradar a los demás. Y terminará agradando a los que nunca imaginó.
  11. No tenga miedo a las tijeras cuando el relato es excesivo, y no tema coger la pluma de nuevo para completar algo que se olvidó de contar con detalle. Sea crítico con lo que lee. Si es una mierda, dígalo abiertamente. Y si es bueno, coméntelo sin rubor.
  12. Deténgase aunque el cuadro esté imperfecto. Siga en un nuevo relato. Es mejor parar, antes que ocultar y destruir lo que ha hecho. Muchos escritores buenos y clásicos continuaron sus relatos en otros lugares. El Quijote es un segundo intento del Licenciado Vidriera; y Las Uvas de la ira, lo mismo con respecto a De ratones y hombres. Picasso pintaba un cuadro sobre otro, y cambiaba de lienzo de cuando en cuando. Pintó un solo cuadro en su vida en cientos de lienzos. Cuando escriba póngase una fecha para no continuar perfeccionándola eternamente. Recuerde que las obras maestras son siempre imperfectas por definición. En cambio abundan las novelas vulgares que son perfectas en tramas, personajes, etc.
  13. No escuches nunca a los vendedores de libros, ni a los editores, ni a los distribuidores, ni a los agentes literarios, ni a los que reparten premios (que suelen ser casi siempre estos anteriores). Escuche simplemente a los lectores, y tome en cuenta sus críticas según el nivel de sus lecturas. Recuerde que el primer lector de tu novela es usted, y que el último que se acordará de su viejo y arrugado libro será también usted. Si nadie lee su obra no se preocupe, en realidad los libros dejan de pertenecernos el día que dejamos de escribirlos. Pertenecen a los lectores, que no siempre están a la altura de su arte. Además, no se le olvide nunca: dentro de 3000 millones de años estaremos todos carbonizados.
  14. Si le dan un premio no lo rechace. Y si le proponen publicar con una editorial, acéptelo. Siempre queda gente con buen gusto. Gracias a ellos la buena literatura no morirá. Recuerde además que los grandes de la literatura sufrieron tanto o más que usted por culpa de los malos libros que abundaban también en su tiempo. Muchos ni siquiera vieron sus obras maestra publicadas en vida.

 

“Las arcas de Noé”, de José Ignacio Cervera Nieto

El filósofo y siempre reflexivo escritor, bloguero del Ritual de las Palabras, José Ignacio Cervera Nieto ha escrito una muy interesante obra, una novela sencilla de aparentes aventuras y héroes que bajo el título de LAS ARCAS DE NOÉ ofrece, desde no hace mucho tiempo, en amazón. Enlace que comparto.

https://www.amazon.es/s/ref=nb_sb_ss_c_1_16?mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&url=search-alias%3Dstripbooks&field-keywords=las+arcas+de+no%C3%A9&sprefix=las+arcas+de+no%C3%A9%2Cstripbooks%2C231&crid=11MKZXZICIAVT.

Me pide que sea benévolo, pues no hay nada más duro que ver los defectos de un hijo, y que te los cuente otro. En este sentido, no puedo ser benevolo, porque la novela LAS ARCAS DE NOÉ no tiene más defectos que los propios de cualquier buena novela. Defectos que son siempre invisibles ante el lenguaje, la dinámica de la narración y el trasfondo simbólico que recorre y que hace pensar. En este sentido, el mundo está lleno de novelas perfectas y mediocres que no vale la pena leer. Novelas que inundan los escaparates de lo más vendido y lo más gustado por el público que desea libros que enganchen, e historietas insultas tipo “sálvame”, cuya único placer es estar entretenido por un rato. En mi experiencia como lector, uno se encuentra, en los mejores clásicos y las más emblemáticas novelas, imperfecciones narrativas, leves o profundas, que no ocultan la grandeza de los mejores. Eso me ha pasado con Proust, Cervantes, Tolstoi, Poe, Hugo. Y es algo que percibo también en José Ignacio Cervera Nieto. Es una buena obra, algo más que una simple novela de aventuras y héroes, que no goza de la perfección mediocre en su composición, pero sí tiene la grandeza de las grandes y buenas obras. Por partes.

Las Arcas de Noé tiene el aroma del relato de LAS MIL Y UNA NOCHES, pues se va hilando desde unas historias que aparentemente no están conectadas más que por estar en el mismo libro, pero que terminan convergiendo en un personaje, Noé, que no es un héroe de cómic, sino una persona corriente y moliente con una vida azarosa y simbólica que lo convierte en único y especial. En este sentido, es también un relato iniciático donde el personaje principal sale de su casa y viaja buscando un sueño que sea lo suficientemente cómodo para poder vivir en paz y en armonía. Lo termina encontrando, obviamente, pero no es el sueño que esperaba, lo cual nos hace coincidir con la experiencia profunda de la vida. Cada pequeño paso, como hijo del Sol, sacerdote, navegante de cielos, tierra y mares, son un recuerdo de los distintos pasos que dan los hombres para asentar y clarificar la vida.

En este sentido, LAS ARCAS DE NOÉ es el relato de todos los hombres, de todos nosotros a lo largo de la vida. Y este descubrimiento impregna toda la novela de José Ignacio Cervera Nieto. Noé vive y nos enseña a vivir, por eso tiene la novela un sabor didáctico, a la altura de los relatos sapienciales de las culturas antiguas y contemporáneas. Noé es Ulises recorriendo el mundo para regresar a su patria. En realidad, Noé no vuelve a su casa, sale de ella para hacer camino al andar. El horizonte que abarca su vista es una meta posible, un lugar cálido donde descansar definitivamente de la dureza de la travesía.

Noé es un apátrida, un Sirio que llega a Europa, un balsero que cruza el estrecho. Noé es semejante a los miles de refugiados que salen de su patria, es un emigrante, igual que los miles de emigrantes que dejan la casa de sus padres para edificar la suya propia. Noé es cualquiera de nosotros, un personaje herido y entero de LAS UVAS DE LA IRA, un hombre con sueños y con la vida por delante. Noé es, en parte, el superhombre de Nietzsche que busca su esencia y se lanza a la aventura, es el hombre contemporáneo por antonomasia que camina perdido por lugares perdidos. Las arcas de Noé es algo que más que un relato simple de aventuras.

El viaje  de José Ignacio Cervera hacia los mundos idílicos imaginados, y la Atlántida lo es, me recuerda también a los relatos de Francis Bacon, Campanella o Tomás Moro. La Utopía no es posible en Las arcas de Noé. José Ignacio Cervera sella con este magnífico relato el acta de defunción del Renacimiento. No es posible un mundo mejor, el mundo es lo que es. Y la altura ética que esperábamos de los hombres no se da siquiera en su personaje principal. No hay una aspiración al bien, ni al mundo perfecto utópico. La única aspiración de Noé es la tranquilidad, la armonía, la paz y el amor. Noé es un filósofo del helenismo que busca la apaceia y la ataraxia al mismo tiempo. Es un hombre que desea la contemplación de un orden que va más allá de los dioses mezquinos de este mundo, pero también desea el amor de la mujer que añora en cada momento. En este sentido se aleja de Nietzsche para envolverse en un platonismo dulce y pitagórico, armonioso y pacífico. Epicúreo y estoico, quizás judío o cristiano. Casi místico y elevado.

Noé no es un héroe, igual que no lo somos ninguno, pero es alguien comprensible en su naturaleza humana. Es un personaje bíblico actualizado con unos parámetros contemporáneos, pero también eternos. En este sentido es el héroe humano, que no necesita de lo sobrenatural para brillar. Es un héroe Nietzscheano que reflexiona la vida, lo que lo convierte, precisamente por su buen juicio, en un héroe orteguiano. También es un héroe abierto a la trascendencia, sin ser beato ni místico, es un héroe optimista, misionero, entregado y bueno. Pero no goza de ninguna sobrenaturalidad que lo convertiría en mesiánico. No es el héroe mesiánico habitual y ordinario de Hollywood. Por eso la novela sorprende y choca.

Noé tiene algo de héroe romántico español, profundamente español al estilo del Gran Capitán, capaz de lo mejor y de lo peor en su humanidad, como el Cid, como tantos otros héroes locales propios de nuestro ejército y nuestra historia. Capaces de la más alta valentía, pero anárquicos y vulnerables. Noé es algo más que un arquetipo y que un simple personaje de novela, es el HOMBRE, pero también un hombre cualquiera concreto, que deja de ser un cualquiera para encarnarse en una historia sencilla y profunda al mismo tiempo.

El relato tiene también la dicha de los amores sensuales y babilónicos, los bajos fondos y las alturas de la esponsalidad. Noé sobrevive entre putas y vino, rastrea las ciudades de la Atlántida donde abunda la maldad y la bondad. Llega a ser un sacerdote ejemplar sin serlo nunca del todo, pero es más auténtico que otros que aparentemente son perfectos. Ya he dicho que “Las arcas de Noé” me recuerda en su orientalismo, su sordidez y maldad a los cuentos de LAS MIL Y UNA NOCHES, pero en su optimismo y naturalidad me recuerda también a los aventureros personajes de Julio Verne, o incluso algunos cuentos de Poe, especialmente los viajes en globo y por el aire.

Al relato no le falta ni le sobra nada, tiene las justas proporciones de los símbolos que maneja, siempre dudosos de ser tales, siempre interrogantes para el lector. Goza de un buen ritmo, no se entretiene en detalles más que lo justo, y permanece el tono de cuento breve en gran parte del relato. Al final adquiere la consistencia de la novela de peso, especialmente en las páginas donde el Diluvio sobreviene. Nunca toma densidades que frenen el relato, salvo las últimas reflexiones del Noé sobre la vida. Sabiduría en estado puro del que ha conocido al hombre, del que se conoce a sí mismo.

“Las arcas de Noé” es una novela pensada y repensada, y eso se nota. La frescura la pone el personaje y la inocencia inicial; la vitalidad y la sabiduría están añadidas inteligentemente por su autor, José Ignacio Cervera Nieto, que hace viajar al lector hacia la introspección ligera y sencilla, la que no se jacta en ser soberbia y excesiva, sino agradable, natural y equilibrada.

Confieso que tenía muchas ganas de leer esta novela, la primera de José Ignacio Cervera. Una curiosidad que me despertó su magnífica actividad bloguera como lector y pensador humilde y bueno, de esos que siempre se hacen de menos, siendo ellos geniales e irrepetibles. Su novela no defrauda, al contrario, es un buen libro, muy recomendable. Único y especial, que hará pensar al lector que desea pensar la vida. Justo lo que planeaba Ortega con su raciovitalismo. Para mi, una novela imprescindible que no necesita benevolencias, sino lectores, como estoy seguro que los tendrá.

¿Por qué estudiamos la historia que estudiamos?

La historia es siempre una reinterpretación de unos hechos del pasado, que han sido seleccionados previamente por el historiador. Por eso no es, ni puede ser, objetiva. No lo es cuando el historiador selecciona unos hechos y no otros; y no lo es cuando interpreta esos hechos en función de sus intereses políticos, éticos o sociales del momento. El historiador reinterpreta la historia y lo único que le podemos pedir, no es que sea objetivo, sino que sea honesto con la verdad que trata de dilucidar; que intente por todos los medios ser fiel a la verdad que va descubriendo aunque esa verdad le moleste y flagele, aunque desee que hubiera sido de otra forma. Cuando el historiador utiliza la historia para justificar el presente político y su actuación particular y partidista, seguramente está dejando de hacer historia para hacer política. Se convierte en un altavoz de la mediocridad.

Esto explica por qué a los políticos les interesa mucho la historia. Quieren que se cuente en las escuelas exactamente de la forma que ellos quieren que se cuente; es decir, que den la única interpretación posible para que una sociedad que prefiere el fútbol a leer libros de historia sea convencida y aplauda lo que en el presente se hace o se quiere hacer. La propaganda política, y no solo hablo de nacionalistas, utiliza la historia para justificar su postura ideológica presente, como si vieran en la historia algún tipo de progreso, de evolución o de sentido. Los políticos y sus altavoces hablan de la historia que avanza o que retrocede, y ellos dicen que gracias a sus empecinamientos progresa, avanza y se menea de gusto. Ahí es nada. No hay más que ver los libros de texto del cole o los documentales de la tele para percibir sus intentos.

Tienen parte de razón. Que cuando se manipula con éxito la historia luego cuesta mucho volverla a poner en su sitio. Ahí están los mitos inventados del caso Galileo o de Hipatia, los olvidos de Blas de Leza y de Rafael Menacho, las conversiones de la revolución francesa en burguesa, o las terribles atrocidades de la inquisición, las cruzadas y los españoles en América. Todas ellas despiertan emociones, y es que para eso se reinventan y se reinterpretan.

Por supuesto, los más grandes reintérpretes de la historia han sido los ingleses, y el más grande manipulador de la misma su vecino Karl Marx. El resto hace lo que puede deshaciendo lo que hacen otros, y desdiciendo lo que afirman gratuitamente otros. En España la historia nos la hacen de fuera, y eso es algo que no se nos debe olvidar. Desde la guerra civil hasta Trafalgar. Por eso estamos acomplejados, y lo seguiremos estando mientras no recuperemos la memoria histórica de verdad. Sin manipulaciones y sin reinterpretaciones.

Pero no quiero detenerme demasiado en España, mi país, sino pararme en la interpretación que estamos haciendo actualmente sobre la REVOLUCIÓN FRANCESA. Gracias a la obra de Mme Staël, Consideraciones sobre la Revolución francesa, escrita poco después de los hechos, se termina uno enterando de lo que ya sospechaba: que Marx ha sido el mejor y más grande manipulador de los hechos históricos que ha habido, y su fratricida influencia llega hasta nuestros días sin cortes ni arrobos. Allí no hay ni lucha de clases, ni triunfos de la burguesía; como tampoco hubo revolución del proletariado en Rusia en tiempos del Ejército Rojo.

Madame Staël escribió cuando todavía no se mentía afirmando que la Revolución Francesa era una Revolución burguesa, que es la principal aportación de Marx. En realidad no fue una guerra entre las derechas y las izquierdas, ni siquiera un enfrentamiento entre lo que el llama clases sociales, que claramente es una entelequia falsa creada para justificar la violencia y la masacre del enemigo, al que siempre se acusa de “opresor”. En realidad Madame Staël, hija del ministro de Finanzas Necker, considerada uno de los analistas políticos más inteligente de su tiempo, brillante y con unos conocimientos aplastantes de su tiempo y de la historia que pudo conocer, valoró y aportó muchos más datos para reconstruir la historia de lo que sucedió en la Revolución sin dejarse llevar por las vísceras.

La causa de la Revolución Francesa fue la pésima gestión política del Rey Luis XVI y su esposa, María Antonia. Titubeos, e incapacidad. Populismo y no querer perder el control llevaron a la ruina a Francia y a Europa, gracias a su incompetencia política. Salvando las distancias: cabreó a la gente tanto como Zapatero a los suyos hace cinco años (como pasa el tiempo, coño). Luis XVI tomó decisiones que arruinaron su economía (no la de la gente, pues de eso se encargaban las malas cosechas), y tomó decisiones políticas que arruinaron la estabilidad social y política (cabreó todos los estamentos sociales habidos y por haber). Ante el caos y la debilidad del Rey, aparecieron los listillos de siempre, los que se aprovechan y se escudan en las ideas para conseguir ser famosos, tener éxito y poder, y presumir más que una mierda en un solar. Eso fue la Revolución: un caos ético y económico, una guerra de personalidades por conseguir el poder a toda costa y mantenerlo, que terminó aclamando a Napoleón, un militar-dictador que puso orden en la jaula.

Mme Staël no está contaminada por el marxismo, y eso es algo que se agradece. Pero hay varias lecciones políticas que voy aprendiendo de ella, pues todavía no he terminado el libro.

Primera lección: Lo que más daño hace a una sociedad es un incompetente tomando decisiones. Nunca se arrepentirá de lo que ha hecho mal. Ni aunque le cortes la cabeza. Y la primera incompetencia de un gobernante es no saber hacia donde conducir una nación. No tener ideas y dejarse mecer por el viento de los acontecimientos prestando oídos a todos y queriendo quedar bien con todos. Lo peor son esos bienqueda que gobiernan para la opinión pública y para el pueblo. Pues el pueblo es en esencia plural y manipulable por la propaganda de los sectarios.

Segunda lección: En cualquier sociedad abundan los sectarios. Hay que evitar por todos los medios que acceda al poder cualquier fanático. Da igual que tengan unas ideas u otras, que sus ideas suenen mejor o peor. Su sectarismo les impedirá gobernar buscando el bien de los que no piensen como ellos. Se suelen considerar soberbios, superiores, sabelotodo, reflexivos, populares y harán lo posible para llevar a cabo sus ideas por todos los medios. No escuchan otras ideas, y no van a cambiar de opinión ni aunque sea evidente su equivocación. Son sectarios, ¿qué van a hacer si no? Deben gobernar las personas que escuchan a los otros, que ponen en tela de juicio sus ideas cuando se le ofrecen razonamientos, que entienden que el rival político puede tener buenas y mejores ideas que los nuestros, y que no está mal reconocerlo.

Tercera lección: La historia la suelen interpretar los sectarios. Por eso, es importante deshacerse de ellos y relegarlos a lugares donde sean inofensivos. Hay que evitar que lleguen a la universidad, a las escuelas, a los documentales televisivos o a las cátedras de lo que sea. Además de no saber por no haber estudiado, emborronan el saber de otros con sus fanatismos y cerrazones. Su gran mal serán generaciones manipuladas a las que no se podrá hacer pensar.

Cuarta lección: Aquí no hay buenos y malos. Hay buenos gobernantes y malos gobernantes. Eso no significa el triunfo de los gestores tecnócratas (recuerdo a Habermas) frente a los ideólogos. Un gestor sin ideas no existe, y un gobernante sin ideas no hace nada, y termina siendo un mal gobernante. Los buenos gobernantes destacan por su honestidad, su ética incorruptible, su amor a las normas, su desgaste por la patria y por el colectivo, su búsqueda de soluciones a los problemas de la gente, su empatía hacia el sufrimiento de las minorías, y su aprecio a los sacrificios de las mayorías, su rechazo a la demagogia, su odio a quedar siempre bien, su vómito hacia los que disfrazan la verdad de múltiples formas. Esta gente no es ni de derechas ni de izquierdas. Se lo aseguro.

 

 

La Divina Misericordia y Santa Faustina Kowalska

Reconozco que últimamente no leo demasiada teología , salvo lo imprescindible que necesito. En este sentido he estado releyendo a Gerhard von Rad, un teólogo del Antiguo Testamento, porque me apetecía reescribir algunos textos de la Biblia. Luego me he enterado que Gustavo Martín Garzo anda con una idea parecida, la de recrear el relato del Sacrificio de Isaac. Tampoco lo tiene fácil. Yo pretendía recrear el Pentateuco entero, pero bueno, ando limitado.

Lo cierto es que entre medias, y como por sorpresa, me ha llegado un libro curioso que he leído con gusto, me ha hecho detener todo (tampoco tengo fuerzas para mucho)  y que me ha ayudado a redescubrir el misterio de la Misericordia Divina. Casi nada. El libro se titula “La mensajera de la Divina Misericordia” de una autora polaca muy conocida en su país, llamada Ewa Czaczkowska, y cuyo subtítulo es Biografía de Santa Faustina Kowalska. Narra en sus páginas la vida de esta mujer Santa Faustina, y nos cuenta el origen de la devoción a la Divina Misericordia en la persona de esta religiosa polaca que vivió en las primeras décadas del convulso siglo XX. En este sentido es también útil para comprobar los sufrimientos y dolores de la nación polaca en el último siglo.

Si soy sincero diré que el libro no está demasiado bien escrito, y tengo la sensación de que los errores se deben más al traductor que a la autora, pero tiene algo que me ha agradado mucho, y es que la estampa, la imagen principal, la reconocía como una de las que más me llamó la atención cuando era joven.  La leyenda siempre me fascinó: Jesús, en tí confío; aunque creo que en castellano es más certero cambiar el orden de las palabras, JESÚS, CONFÍO EN TÍ. La razón es sencilla, en castellano las palabras más impactantes se ordenan al principio de la frase; lógicamente por orden de fuerza la primera es JESÚS, la segunda CONFÍO, y la tercera la dirección que ratifica la confianza EN TÍ. Simplemente eso. En castellano, el orden de los factores, sí puede alterar algo el producto. Tampoco es algo demasiado importante, pero he ahí mi granito de arena.

Tenía en contra del libro un prejuicio muy mío: que me ponen algo nervioso algunos libros sobre santos, básicamente porque dan la sensación de que no son seres de carne y hueso, y tal desencarnación me molesta, por ser poco cristiana. Si Jesús tomó nuestro barro para sí, me resulta algo exagerado que los santos se muestren como licuados en agua bendita. No me resultan reales, y me molesta, porque lejos de hacer un favor a la causa del santo, creo que lo distancia de una fe adulta que pretende dar razón de la misma.

A pesar que había algunos temores en su contra, el libro me ha dejado un buen sabor en el alma. Desgrana bien la vida de una mística que tal vez esté a la altura de los grandes místicos: Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Santa Teresita de Lisieux o San Ignacio de Loyola. ¿Por qué no? Además se profundiza en una cuestión teológica que pocas veces se suele estudiar y enseñar en las facultades de Teología, que es la misericordia y la divina misericordia. En realidad, formaría parte de la teología espiritual, una asignatura que se suele reducir a un curso, como mucho, de la carrera. Sin embargo, su importancia, por concretar lo que es el amor, bien merecería que se le dedicara más tiempo en los estudios.

En el libro se define con una intuición brillante lo que es la misericordia. El amor es la flor, la misericordia es el fruto. Excelente. Dios es amor, y el amor en acción se llama misericordia, por decirlo de otro modo. La misericordia extiende su mano, lo perdona, lo conduce en la vida, se desvela por él, e intenta despertarlo el sueño del agnosticismo. Dios se comporta con el hombre como una madre, como un padre coraje, como un amigo, como un protector, como un salvador. Todo es poco cuando se ama, y si Dios es amor, su principal acción es la misericordia. Desvivirse para que podamos vivir con Él.

El gran gesto de la misericordia que realiza Dios, es que el HIJO entrega su vida por el perdón de nuestros pecados. Nos rescata de la muerte y del pecado concreto y personal de cada uno, eso como poco. Jesús derrama su sangre, da la vida, y sufre una tortura por amor. Y ese gesto de misericordia, dar la vida por los amigos en un dolor gratuito y desproporcionado, es un misterio que no termina de ser comprendido por los que nos movemos en la órbita del “do ut des”. Jesús radicaliza su vida en un gesto aparentemente inocuo, pero es el gesto que define el amor que surge desde el dolor. Quien no se duele de los males y el daño de otro, es porque no lo quiere. Jesús (el infinito) se duele de nosotros, por eso su misericordia es infinita, y es Divina.

El cuadro lo dice todo: Jesús, confío en tí. Es el gesto principal que nos pide, confiar como un niño con sus padres. Confiar que nos dará cosas buenas, confiar que su voluntad es lo mejor para los dos, confiar para compartir… Me ha gustado, sí, me ha gustado. La mano de Jesús bendice, y de su corazón salen dos rayos: uno trasparente (el agua del bautismo) y otro rojo (la sangre de la cruz y la Eucaristía). La túnica blanca es la resurrección, y las marcas de la cruz en sus manos están visibles, tal y como las mantiene hoy.

La oración a la Misericordia es hermosa y muy sencilla. Tras un Padrenuestro, un Avemaría y un Credo, se rezan cinco veces, como si fuera una corona, con la siguiente oración:

Padre eterno, yo te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de su amadísimo Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, por el perdón de nuestros pecados y los del mundo entero.

Luego se repite diez veces:

Por su dolorosa Pasión, Ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

 Se repite lo anterior cinco veces, y se termina repitiendo una oración sencilla tres veces.

Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

AMÉN.

Quien lo rece, sentirá la mano de Dios en su alma, verá como el corazón se le ablanda, entenderá cosas que nunca hasta ese momento ha entendido. Confíen en la oración, y ya verán, ya.

Underground, de Haruki Murakami.

Hace tiempo que no hacía referencias a ningún gran escritor, y mira por donde, no es un mal momento empezar el año con un hombre único del que todavía evoco el recuerdo de UNDERGROUND una novela que leí hace unos pocos meses. La escribió HARUKI MURAKAMI, el próximo premio Nobel japonés, supongo, con permiso de la fantasía sueca y las ocurrencias bienintencionadas de última hora. Este hombre escribe con gusto y arte, tiene elegancia y sobriedad, y desliza la pluma como hacen los norteamericanos, con un sentido práctico innegable.

Reconozco que me cuesta escribir y hacer una reseña de algún libro cuando lo tengo muy reciente, es como si sus aromas estuvieran tan cerca que no pudiera sostener la palabra que pueda referirse a ellos. Por eso confieso que esta obra la leí hace tiempo, creo que por el verano. Es como cuando pasan cosas importantes en la vida: amores, trabajos, encuentros, etc. Se necesita distancia y tiempo para apreciar el significado de lo vivido; de las pequeñas cosas y de las grandes.

Me gusta MURAKAMI porque trascienden sus obras con una concurrencia de la fantasía y el sueño. con Haruki puedes adentrarse por mundos extraños y recurrentes sin salir malparado ni tener la sensación de que te han tomado el pelo. Sin embargo, UNDERGROUND es un libro diferente. En sus páginas no hay más fantasía que las que construyeron los terroristas en sus cabezas, ni más realidad que la que sangra todavía por las cicatrices y consecuencias de los que lo sufrieron. Se cuenta lo que sucedió desde los que lo vivieron, unos soltando gas y otros inhalándolo.

Hoy vuelvo a recordar su lectura, y reconozco que me dejó un buen sabor de boca. En su trama principal hay testimonios, uno tras otro, ordenados y concatenados a propósito de la tragedia contada y buscada por Murakami, que de esta singular manera narraba lo que sucedió en los atentados con gas sarín hace unos años (marzo 1995) en el metro de Tokio. Me impresionó el profundo respeto con el que trataba a las víctimas, bastante diferente al usado en nuestro país; y la profunda reflexión sobre el sentido de la vida y por qué suceden estas cosas, a años luz de la forma de pensar en España, donde parece que cuanto más amnesia tengamos, mejor para todos. En España nuestra historia es un tema tabú, y nadie aborda directamente su significado. Nos la hacen los ingleses y nos ponen de chupa de dómine, y no me refiero solo a la guerra civil española.

Murakami es un buen escritor, y aunque la obra que he seleccionado no sea la más importante de su larga trayectoria y carrera, hay que reconocerle el mérito innegable de convertir las entrevistas en encuentros, relatos llenos de vida y de experiencia, momentos únicos y terroríficos que se quedan para siempre en el alma de los que lo sufrieron. Es una manera de mantener la memoria viva, de conservar en el recuerdo lo que sucedió, cómo sucedió, y por qué sucedió. En este sentido, la sociedad japonesa es sumisa, pero es una sociedad que, al menos así me lo pareció en Murakami, quiere tener conciencia de sí misma. No se ha arrojado sin más en brazos de Occidente, y está necesitada de lo único que parece que no les hemos sabido contar, que es la experiencia de fe cristiana, el atisbo de trascendencia que aquí despreciamos y que allí añoran en dosis de mística y meditación. El perdón es necesario ante la violencia, tanto por lo psicológico (experiencia japonesa y agnóstica), como por lo salvífico (experiencia cristiana de encuentro con el “totaliter alter”). La vida sigue y no valen los psicólogos de respuestas estandarizadas de cuarto de carrera.

Me resulta inimaginable una catarsis semejante en la sociedad española con motivo de un atentado. En España vivimos a golpe de sentimiento y emoción, pero pocas veces pensamos la tragedia; la ponemos sobre la mesa, pero no nos preguntamos si es evitable. Lo de pensar la vida, que decía Ortega, es para los españoles una tarea pendiente, preferimos vivir la vida, y pensar en el fútbol. Por eso, los atentados del 11 de marzo del 2004 en Madrid no han sido perdonados a Aznar, que es el que muchos piensan que lo hizo. De hecho los atentados fueron tan manipulados por las opciones políticas en su momento que un halo de sospecha envuelve todo. No hay, y eso lo hace más sospechoso, ni pruebas para mostrar, ni gente a la que investigar. Se ha querido olvidar, como si hubiera sido una mala pesadilla de la que queremos despertar. Pero los atentados fueron reales, y un flaco favor hacemos a las víctimas  y a nosotros mismos si no pensamos la tragedia.

Murakami en su novela escucha a las víctimas, y también a los agresores. Sin justificar nada, pero sin olvidar que lo hicieron desde un porqué. Concluye, en un afán de búsqueda que le honra, que los asesinos no obraron alocadamente, sino que lo hicieron siguiendo consignas y mensajes en los que creían. La gente de la secta a la que pertenecían se sentían confortados en ella, era el refugio lógico de una sociedad materialista que no ofrecía, ni ofrece, más que desesperanza, donde el hombre es un engranaje ridículo, una pieza de un rompecabezas que otro construye.

Podemos aprender muchas cosas de Murakami: a hacernos preguntas, a saborear los aromas de los libros, a leer aquello que nadie lee y nadie piensa. a releer aquello que nos impresionó un día y que no queremos olvidar. UNDERGROUND es un magnífico recordatorio de lo que sucedió, hecho con delicadeza y sensibilidad. Una reflexión que puede ser válida para todos los atentados terroristas masivos de la historia.

Gracias Haruki. Ojalá fueras español y pensaras por nosotros.

Los Miserables de Víctor Hugo

  

Acabo de terminar esta novela magnífica novela, estupenda y bastante mal escrita. Lo que no sé es cómo lo he podido leer, si es un tocho de esos que nadie se atreve a editar por ser excesivo en páginas. Ha sido una suerte poder contar con un volumen de la editorial Aguilar, la que cuida sus traducciones por ser de épocas donde el lenguaje se cuidaba. Y ha sido una experiencia única, lo confieso.

No digo nada nuevo, pues al mismo Victor Hugo le achacaron que estaba mal escrita, y es verdad. No guarda los estúpidos cánones con el que nos seducen las películas, las novelas y el ocio en general que cuenta y que narra historias con las cartas marcadas. Esas que permiten que supongamos el final en cuanto leemos veinte páginas. Happy end. Esa que a la gente le molan porque le enganchan, como si quedara alguna historia interesante. Yo, tras la mierda de “el código da Vinci” que enganchaba mucho y no decía más que tontadas, recelo de las novelas que enganchan. Cuanto menos enganche mejor, por si acaso. Con que sea hermoso, los personajes sean interesantes, y esté bien escrito me conformo, y casi estoy pidiendo la luna, pues no todo el mundo es capaz de escribir con buen gusto y arte.

Le pasa lo mismo al Quijote, y cualquier editor moderno le diría al tal Cervantes que abrevie, que le sobran las digresiones y los cuentecitos; que hay que quitar trescientas páginas, vaya. A Hugo le sobrarían doscientas del principio, y otras cien de algunas partes. Eso sí, no tendríamos los Miserables, tendríamos algo parecido a una novela romántica algo ridícula. Lo que hacen en el teatro, musicales y cosas por el estilo es para el que no le gusta leer. ¿No han hecho película? Te preguntan los alumnos cuando hablan de alguna de estas magnas obras. Y es que estas novelas, La Regenta, el Quijote o Los Miserables, necesitan aire para escribirse y tiempo para disfrutarlos. Tiempo para la belleza y para la reflexión. Eso es. y la sociedad actual no es capaz de disfrutar de una obra de arte más de cinco segundos. Hacemos la foto, y nos vamos corriendo a otra cosas sin entender nada. Así funciona la música, las exposiciones, la poesía y la literatura. Y eso suponiendo que alguien lo consuma.

Yo creo, que el arte que seduce, nos atrapa y nos deleita embriagándonos. Cuando algo es bello nos obliga a mirarlo (un cuadro por ejemplo) cientos de miles de veces, de horas, de años. Por eso Los miserables es una obra revolucionaria, no porque tenga cientos de miles de frasecitas chorras de esas que molan en internet, a medio decir y no dicen nada, tipo: “el amor es lo que queda cuando el vapor del alma se disipa”. Ole mis… Ni tampoco es una obra revolucionaria porque nos cuente la historia de una barricada formada por gente que no sabe a lo que va (como hoy). Para mi gusto, por cierto, tampoco es original la historia de amor de Mario y Cossete. La novela es grande porque con todo eso hay dos grandes personajes interesantes que lo recorren todo: Jean Valjean y Javert. Porque está bien contado y para eso necesitó el autor un tocho de cientos de páginas, y porque cada párrafo guarda la belleza de un autor que escribe como él mismo. O sea, todo lo contrario de lo que recomiendan las academias de escritura, donde hay que escribir para que sea fácil de leer. ¿Para quién? Huyo de los libros cuya forma de escribir no reconozca como original y novedosa. Escritura estandar, no gracias.

De nuevo reconozco que los clásicos no fallan, que tienen ese algo que enamoran. Grandes personajes, reconocibles y tan veraces que se hacen de carne y hueso. Que los puedes tocar y que los conoces en profundidad. Grandes escenarios, lugares míticos del pasado o del presente, da igual. Y exquisitez para contarlo. Capacidad para escribir de manera única y bella.

Así me gustaría escribir a mi. Así que pediré a Victor Hugo que me de unas clases de narrativa, donde no me entretenga en agradar al público, sino en marcar mi ritmo y seguirlo hasta el final. Una obra única, sin duda. De las que no se olvidan.

El general en su laberinto, de García Márquez. Bolívar contra Bolívar.

García Márquez escribió este intento de novela histórica en el año 1989, y hay que reconocer que ni siquiera a él mismo le gustaba demasiado. Así llama a esta novela en el epílogo y agradecimientos: horrible novela. No les engaño, pueden comprobarlo por sí mismos.

La novela quiere retratar el final de la vida de Simón Bolivar, hombre admirado y endiosado para los países de latinoamérica, y logra construir un retrato bastante justo del personaje (supongo), aunque para eso utilice un tipo de narrativa fantástica, que tan bien funcionó en Cien años de soledad, y que tan mal encaja en un género más realista (y menos mágico) como es el histórico.

A mi no me parece mala, sobre todo si se compara con otros bodrios que circulan por ahí en plan grandes ventas, de estilo estándar tipo alumnos de la ESO. Páginas aptas para todos los públicos con ganas de leer cualquier cosa que sea fácil o corta, o las dos cosas. Lo que le sucede es que García Márquez es él mismo siempre, y eso para un autor que trabaja un género distinto, como es el de la novela histórica, pues como que puede costar, y a él le dejó, me da la impresión, con algo de mal cuerpo. Aunque el resultado final sea bueno.

En esto habría que seguir aquel criterio sabio que orienta a los escritores en su quehacer, y es que por mucho que Lope de Vega intente escribir como Cervantes no lo conseguirá, y lo mismo le pasa a Miguel  de Cervantes, alias el manco de Lepanto, cuando se lanza a hacer poemas o teatro. Que no es tan bueno como en otros campos. Claro, que de ahí a decir que es malo, hay un abismo. La novela es extraña, y con eso estoy diciendo mucho, y haciendo justicia. EL GENERAL EN SU LABERINTO es agradable; y es que a mi, en general, me gusta Gabriel García Márquez. No hay nada de él que me disguste como escritor.

Es como los Beatles, y creo encontrar un paralelismo con la opinión que han tenido Lennon y McCartney de algunas  de sus canciones. John, siempre más cáustico, comentó que alguna de las canciones que había escrito eran una soberana mierda. Y asi calificó, por ejemplo, la de “It´s only love”, que aparece en el disco de Help. La canción no es tan mala, la letra es babosísima, y la música agradable, quizás digna de niños pera, pero no es horrorosa. Las hay peores, desde luego, incluso ganadoras de Eurovisión. Así que no hay que desesperarse. Paul McCartney más pacífico y menos rebelde que su amigo de cuando eran hijos de obreros, dijo de los Beatles algo así como: por lo menos hablamos de amor y paz. Pues sí, y entre canción y canción lechuga. No hay nada malo, aunque haya cosas raritas entre los Beatles, como “revolutión number nine”, por ejemplo. Pero sigue sonando bien el cuarteto de Liverpool. ¡Qué demonios!

Pues con Gabo igual. Sigue sonando bien. Es verdad que la novela no es el mejor estilo de novela histórica fetén que uno puede encontrar. No es la narrativa de Galdós, ni de Dickens, ni Victor Hugo, pero da igual, porque cada uno escribe como sabe y como puede. Estoy convencido, y he releído la novela una vez más para intentar aprender esa forma de escribir, que Cien años de Soledad es imposible que hubiera podido ser escrita por otro autor que no fuera Gabo. Y es una obra maestra. Esto es así. Cada escritor está preparado para escribir lo suyo, bajo su tono, en su estilo y con sus formas. Proust solo puede haber uno, y García Márquez igual. El reto de escribir sobre Bolívar ya tiene mérito de por sí.

La novela fue polémica incluso cuando salió. El retrato que dibuja de Simón Bolívar no es el que muchos americanos tienen en mente, y es que tendemos a idealizar a los personajes de la historia por lo que hicieron, y no por lo que fueron en sí mismos. Bolívar no fue un santo, incluso tampoco buena persona. Pero logró reunir alrededor suyo a los hombres más destacados de América contra la madre patria española que les gobernaba desde muchos kilómetros por un inútil como fue Fernando VII. Bolívar es un modelo de libertador cuya distancia mejora al personaje, porque cuando uno se acerca al hombre que fue, se comprueba que se está ante un tipo rudo, no demasiado inteligente para ordenar lo que sucedía a su alrededor, y desde luego con una actitud hacia las mujeres de macho alfa. Tiene algo parecido a los monstruos estos de Venezuela que surgen como la hidra: rudos, bastos, falocéntricos y orgullosos de sí mismos. Sin capacidad autocrítica, los pobres. Se ponen un chándal con los colores de su pueblo y se creen con derecho a pegar voces y dar lecciones de ética a todo el mundo.

Por supuesto, esto es lo que me ha trasmitido la novela, porque Bolívar no es precisamente un personaje que conozca en profundidad. Pero creo que Gabo sí lo estudio. De hecho dedicó dos años en investigar al personaje, se asesoró al más alto nivel y en las cosas más sencillas. Y la novela creo que es fidedigna con el personaje y con los sucesos. Bolívar no logró mantener a su alrededor a sus incondicionales, ni logró la unidad de América. En este sentido fracasó estrepitosamente y se vio abandonado. La novela está bien documentada. Magnífica. El problema a mi juicio es la narración. Demasiado realismo mágico para una novela histórica, lo piensan otros, y a mi no me extraña esa visión. Tampoco pasa nada. Se lee, se disfruta con el lenguaje, flipas con el tío don Simón, y ya está. El siguiente será Murakami

Gracias Don Miguel. Enhorabuena soldado. (Homenaje a Miguel de Cervantes)

Escribir sobre Don Miguel de Cervantes, y más en estas fechas, es casi cuestión obligada. Cuando se cumplen los cuatrocientos años de su fallecimiento, 23 de abril de 1616, uno se siente contagiado por el ánimo de todos los escritores que en el mundo han sido, el de todos aquellos que salieron a escribir aventuras e historias con el mismo ánimo que don Quijote salió para hacer un mundo mejor, sin malandrines ni bellacos. con buenas historias que contar bajo un árbol, en ambiente bucólico y pastoril. Y eso lo quiero contar bajo la luz de la orden de Caballería, que tanto gustaba a don Quijote, y que tanto dolor causó a su creador Miguel de Cervantes.

Al igual que los caballeros andantes, Cervantes sufrió el desprecio y la burla de la sociedad de su tiempo. No llegó a ser un hombre marginal, pues trabajó en la incipiente administración de entonces, la que recaudaba impuestos, pero sufrió en sus carnes (semejantes a las que abrió Sancho Panza para conseguir el desencantamiento de su señor don Quijote) el aliento de la muerte y del desprecio de sus contemporáneos. También le llegó la gloria al final de su vida, y es que, al menos por una vez, se hizo justicia en aquel siglo de Oro, que los que lo vivieron pudieron perfectamente llamarlo de desidia, de corrupción y de empobrecimiento social y económico.

Su personaje don Quijote fue de lo mejor que dio aquella sociedad, y si hubiera existido de verdad, hubiera sido considerado el mejor de los españoles. Reformador de la Orden de Caballería Andante frente a la picaresca, de los buenos sentimientos frente a la maldad del mundo, hombre de palabra y sin tacha. Don Quijote fue verdaderamente un héroe para aquella sociedad engatusada con la fantasía caballeresca, que prefirió mirar a otro lado antes que seguir viendo como se derrumbaba el Imperio en manos de sus prebostes.

Este héroe no podía sino tener la apariencia del antihéroe: todo hombre que quiere cambiar el mundo es un loco, y el que lo acompaña un tontorrón, como Sancho. Pero aquel hombre inocente y loco, representa todo lo mejor que podía encontrarse en una sociedad corrupta como la que soportó Cervantes. Don Quijote es el hombre que vive en el seno materno, y desconoce, por tanto, la maldad del hombre. Cervantes en cambio sí ha conocido tal maldad a lo largo de su vida. Envidias, burlas y desprecios. Los mismos que sufrieron estos personajes tan aplaudidos.

Cervantes fue un patriota, un soldado que luchó con honor y que vio frustrada su carrera militar por culpa de una herida grave en la mano. De hecho era llamado “el manco de Lepanto”, y aquella herida, lejos de significar una merma de facultades o una deshonra para su portador, lo defendió como el más grande honor que podía haber recibido un soldado valiente. La herida obtenida en “la más alta ocasión que vieron los siglos” es indicativo de haber sufrido y padecido para que no viéramos nuestro mundo patas arriba. Cervantes fue un salvador de su tiempo, un héroe, pero las circunstancias lo llevaron precisamente a lo contrario. Tras una campaña, desempeñada con varias y costosas batallas por mar y tierra, fue capturado y secuestrado por los piratas moriscos del norte de África, es decir, por los enemigos de las Españas.

Tras varios años de cautiverio fue liberado, y regresó con los suyos, su familia y su entorno. Pero ya era tarde para que un soldado de una edad rehiciera su vida militar. La mutilación lo convertía, en aquella época, en algo más que un impedido y un incapacitado. Cervantes era un hombre acabado cuando le negaron que se reenganchara. Su experiencia era importante, pero le faltaba un brazo. Aumentó su desgracia, pues no logró los trabajos que pretendía, ni en las Indias, ni en la administración. Luego fue acusado de robo en Ecija y absuelto, pero no será la única vez en la que sus enemigos lo acusen con más o menos éxito. Fue un hombre golpeado por la realidad de la vida, a diferencia de su personaje Quijote, que en medio de las adversidades mostraba su mejor rostro. ¿Fue así Cervantes? Mientras tanto se sucedieron cuatro bancarrotas en el reino de España, varias guerras más, todas ellas acompañadas de duelos y quebrantos, de dolores y angustias para una sociedad empujada  de manera irrefrenable a la decadencia.

Cervantes vio como aquella España gloriosa de don Juan de Austria y Santa Ignacio de Loyola (dos personajes y soldados que admiró) se derrumbaba en sus dirigentes. Pero también pudo comprobar como la España de la escritura y las artes florecía a pesar de no ser regada por las autoridades. Ni falta que hizo. Lope de Vega, Gongora fueron contados en las tertulias literarias de Madrid, donde quiero pensar que participó Cervantes a pesar de sus años y agotamiento. Conoció la bella pluma de Santa Teresa y fue un hombre piadoso, de fe y oración constante. Probablemente su estancia en Argel le valió tal ánimo orante.

Su crecimiento como escritor se fue gestando durante muchos años, antes de su marcha como soldado, pero lo cierto fue que su novela EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA superó todas las expectativas creadas por su autor y editores. Tal obra le valió ser considerado, hasta la fecha, el más grande escritor en lengua castellana (y de muchas otras) de todos los tiempos, a la par que le proporcionó el reconocimiento y el beneficio de una sociedad que hasta entonces le había negado, como quien dice, un lugar de más honor.

No terminó ahí su periplo. Le salieron competidores que plagiaron a sus personajes, y tuvo que escribir una Segunda Parte del Quijote para poner a Avellaneda en su sitio. Es triste que hasta el último momento tuviera que luchar por defender su obra y sus personajes. Falleció un año más tarde de que se publicara la Segunda Parte del Quijote. El Caballero de la Triste Figura, melancolía que también podríamos atribuir, aunque solo sea por analogía a Cervantes.

La España de entonces quizás no difiera demasiado en la actual nuestra, donde los pícaros han mirado para otro lado mientras sus dirigentes saqueaban su bien más preciado: su cultura, su literatura, su pintura, su arte… Somos un pueblo de hidalgos, de perdedores, de pícaros, de ganadores y envidiosos, de soñadores y de… de Quijotes y de Sanchos. Un pueblo de locos. Cervantes nos retrató como nunca, y hoy por desgracia, mientras otros celebran a sus dramaturgos con devoción, aquí bailamos al son que nos marcan los más mediocres. Aun nos queda reconocerle, maestro de las letras. Gracias Cervantes, y enhorabuena escritor. Qué Dios te guarde en la eternidad del cielo.

UN PLACER RESERVADO: FERIAS DE LIBROS ANTIGUOS Y DE OCASIÓN.

Una de las cosas más entretenidas del mundo es darse un garbeo por cualquiera de las Ferias del Libro Viejo y de Ocasión que, en estas fechas primaverales, crecen y se reproducen por nuestras ciudades y pueblos como setas otoñales. Da gusto salir al campo de los libros y entretenerse con ellos, aunque solo sea un rato. Es de esos placeres inmensos que pocas veces tenemos el gusto de hacer: hojear y ojear libros, revistas antiguas, carteles, folletos, con sus páginas toqueteadas por algún extinto propietario que se nos antoja, a estas alturas, alguien de otro mundo, de otra época, alguien en el fondo amigo, que por alguna extraña razón tuvo que desprenderse de un bien preciado, de sus libros.

Mientras escudriño el interior de uno de poemas de Rosalía de Castro, descubro agazapado el nombre de su antigua dueña: Dolores Martínez. El nombre es insípido, pero evoca a una persona real. Quizás se trata de alguna vieja lectora, ya fallecida, cuyos libros no inspiran a su nuevo dueño. Es decir, que no caben en los contenedores en los que vivimos, pisos pequeños con la cocina puesta, armarios empotrados y sin alma ni libros. Es cierto que acabamos saturando nuestras casas de cachivaches, y que cuantos más metros cuadrados de piso, más mierda acumulamos en rincones y armarios, pero un libro es algo más que un objeto. Es una ventana a nuestras almas.

Supongo que es lógico que cuando algunos llegan a la edad de heredar, del tío del cura, de la tía monja, de la solterona de toda la vida, del abuelo o de sus años mozos, mucha gente prefiera deshacerse de una fabulosa Enciclopedia Galáctica, que quedarse con ella. Lógico de toda lógica, y más viendo las vidas absurdas que arrastramos.

Pero puede que me equivoque, y que los libros que allí se venden sean residuos de amargados lectores ahora empobrecidos, hastiados de los muchos libros que guardan, y que piensan que cuando ya han leído algunas cosas, se puede uno desprender de ellas sin enjugar una lágrima a cambio. Gente que quiere sacar una rentabilidad económica a lo que acumuló en su casa cuando soñaba con una vida no conseguida. Pero lo dudo, porque los libros se venden al peso, salvo que sean valiosos por su rareza o antigüedad. Poca fortuna económica se saca de un libro, y mucha espiritual.

También observo que muchos de los libros que se enseñorean por los mostradores de las Ferias acaban de ver la luz, pues son, un año tras otro, repetidos títulos y repetidas obras. Son las viejas editoriales que fueron generosas en ejemplares, y tacañas en lectores, y entre estas muchas, hay colecciones que fueron un día carne de quiosco, y hoy parecen gritar desde su hueco de Feria, mírame, hojéame, o cómprame y llévame a casa, como los langostinos de la marca fetén. A veces, son malas ediciones, y otras son auténticas oportunidades de guardar y releer las mejores historias de la literatura.

Me gusta también observar a algunos de estos libreros, especialmente aquellos que son dueños del habitáculo que les han dejado y cuyas edades peinan canas o calvas, que de todo hay. Barbas pobladas, en plan años setenta, y rodeados de libros que parecen recién sacados de partidos políticos extintos tipo Partido Marxista de los Pueblos Republicanos y Anarquistas de España. Te venden a Bakunin, lo mismo que coquetean con San Juan de la Cruz, o la vieja Constitución del 31, con hojas amarillentas que se codean con las viejas cartillas Palao, que reposan junto a los geniales tomos de la Editorial Álvarez. Da igual, porque todo es viejo y vetusto, y afable para los que tenemos pesadillas con una feria del libro electrónico y viejo. Donde lo único que se puede hacer es cacharrear con un ratón.

Aquí en Valladolid, muy cerca de la Feria del Libro, vivieron varios vecinos míos ilustres escritores que nos dejaron hermosas páginas escritas con amor y aplomo. Imagino a Cervantes, con 400 años de entierro a cuestas, paseándose por la Feria, remirando su Quijote, editado en piel, acuarela y plumilla, todavía vivo y con cientos de estanterías dedicadas a su obra. Se volvería a sus dos acompañantes, antes de proferir Don Quijote una refrán tomado de Sancho sobre el buen gusto de las gentes de Pucela. Atrás quedaron los Amadís de Gaula, que ya no venden. Pero el Quijote, siempre está ahí.

O el bueno de José Zorrilla que todavía vende su Juan Tenorio a 10€, o 5€ o 3, o 2. Da igual el precio. Siguen siendo obras de incalculable valor que nadie podrá pagar suficientemente a sus escritores. O Delibes, que paseaba por el Campo Grande en los últimos años de vida fecunda, paseo contiguo al lugar donde hoy presumen sus libros de ser perennes. O Umbral, que tras espaciarse con un par de ninfas por las tiendas de los alrededores, se entretiene excavando sus libros, sus buenos libros, de entre la turba fecunda del mostrador. Yo es que he venido a ver si siguen estando mis libros.

Es la Feria que más me gusta, donde los libros no tienen una fecha de caducidad de tres meses (lo que distribuye una editorial), porque Homero se sigue vendiendo, tanto o más que la última fantasmada de moda, donde los precios son variados y accesibles, donde todo se recicla. Desde la tradición hasta la cultura sobre la que nos hemos edificado.

Siento no haberme comprado los tres tomos preciosos en piel, papel biblia, edición de Aguilar de Las Mil y Una Noches por el precio de dos partidos de fútbol de primera división. Pero es que me gusta cazar los libros como las perdices. Las rodeo, y cuando se confían doy el asalto final: póngame estos, por favor.

 

 

 

La mística de Platero y yo.

Me reconozco cada vez más atraído por la poesía, por el placer de disfrutar versos sueltos, rimas elegantes dichas con sencillez y profundidad. De ahí que haya vuelto a caer por mis manos el libro de Juan Ramón Jiménez, Platero y yo. Una obra maestra que tradicionalmente entendemos como un libro infantil, pero que es en realidad un libro profundamente místico y espiritual, religioso y cristiano. Y esa interpretación de su obra la he descubierto gracias a los estudios  de Michael P. Predmore, que aparecen en la editorial Cátedra, cuya edición coquetea sobre la mesa de mi escritorio con otros libros también amigos. Bien por todos ellos.

Platero y yo” es una composición en prosa poética única en su género, muy poco inocente y con una carga de simbolismo y de profundidad religiosa y cristiana asombrosa. Late en el fondo de su alma la visión política de JRJ, un hombre que estudió en la Institución Libre de Enseñanza, y por tanto, alguien muy cercano al regeneracionismo krausista de fines del XIX y principios del XX.

JRJ  deseaba, igual que el regeneracionismo de la Institución Libre de Enseñanaza, mejorar la cultura y la sociedad española, regenerarla moralmente y elevarla espiritualmente. Juan Ramón Jiménez trató con Alfred F. Loisy, uno de los teólogos del modernismo, de corte y teología liberal, cuya pretensión intelectual terminó en un enfrentamiento con el cerrado espíritu que entonces imperaba en la teología católica tomista y excluyente. Jiménez es un escritor que se enamoró  de los poetas místicos españoles del siglo XVI, a los que gustaba y admiraba con más profundidad que a otros poetas clásicos. Y gran parte de su sensibilidad religiosa se vuelca en Platero y Yo con resultados asombrosos.

En esencia, y así hay que entenderlo, JRJ es un modernista, un poeta de luminosidad que no necesita de princesas ni de palacios – a diferencia del nicaragüense universal, Rubén Darío – para comprender la belleza de la palabra poética y lírica en sí misma, y de hecho lo demostró con las maravillosas páginas de sus poemas. Platero es una composición homenaje a Andalucía, su tierra, su “jente” y su patria Moguer. Él no es amante de Castilla, como la generación del 98, recia y serena ante la decadencia, sino que es un enamorado de Andalucía,  de la luz y el sol que irradian sus mariposas blancas. Platero es – y lo digo arriesgando – la réplica cristiana al “Así habló Zaratustra” de Nietzsche. Platero es una composición con estructuras evangélicas donde la belleza divina es secularizada, donde se genera una trascendencia difícil de alcanzar por un escritor que pretende narrar una simple historia con un animal y en su ambiente de Moguer. Por eso, esta obrita es tan sencilla como profunda y fuerte.

Simbólicamente, Platero es Cristo: malentendido y perseguido, suave y dulce por fuera, y recio y de acero por dentro. Platero es querido y apaleado por la sociedad moguereña que es presentada por JRJ como malvada, cruel e hipócrita. La muchedumbre no es capaz de nada bueno, y representa el mundo malvado que Platero redime con su bondad natural. El dueño de Platero va conduciendo al animalito por las dificultades sociales del pueblo, arquetipo de humanidad, donde contrastan vivamente los hombres tenebrosos frente a los muchísimos niños. Los hay andrajosos, pobres y de toda condición, que al igual que en el evangelio, son los preferidos por el burrito. Estamos ante una mística secularizada, un relato donde el animal se clava una espina, donde es montado por un nazareno, donde el animal que es inocente sangra y sufre. Platero sufre la vida en una primavera sacrificial. En cambio, la llegada del invierno será síntoma de elevación. Sin duda el autor está influenciado por Loisy, pero también por el romántico Renan o el eterno Kempis. Platero muere y resucita con la espiritualidad romántica de aquellas décadas, con la vibración y la dulzura secularizada de una historia universal, la de la vida, el dolor y la muerte, pero que sigue asombrando y deleitando cuando está tan bien contada.

Me reconozco pequeño ante tal obra maestra, única, tan conocida como incomprendida, pero también redescubro en la lectura que estoy haciendo, un “Platero y yo” distinto, que no había visto por culpa de una primera impresión acelerada. Les invito a releerlo desde estas claves, pues tiene el aire limpio que se respira en la casa de JRJ en Moguer, cuya foto arriba preside la entrada de esta semana, por cierto, tan suave y tan tierna a la vez.

Como Platero.

Saramago. El año de la muerte de Ricardo Reis.

 

Uno de los autores por los que siento especial predilección, tanto en estilo como en contenidos, es José Saramago. Falleció hace ya la friolera de cinco, casi seis años, y reconozco que me gustan sus libros, y mucho. Ninguno de ellos me ha defraudado, y reconozco a un escritor personal, de esos que no se escabullen en palabras vacías y huecas, ni en palabras baratas, de las que usan los escritores de best seller, sin personalidad ni distinción. Saramago es auténtico y personal, único, y eso hace que leerlo sea una experiencia profunda, incluso distinta y enriquecedora su relectura. Es una autor para releer y para pensar.

De Saramago he leído unos cuantos, que no todos y seguramente pocos, en comparación con la devoción que le brindo a este maestro de la escritura y el pensar bueno. Es de los que me gustaría leer todo, como hice con Steinbeck el día que cayó en mis manos. Uno tras otro leí sus obras completas, lo disfruto y me permite contemplar la vida con otro gusto. El problema de Saramago es que ha escrito mucho, muchísimo. Tiene algo de Picasso, que empezó a pintar con cinco años y no paró hasta que se murió con noventa y tantos. Saramago presenta algo parecido, el genio creativo que escribe e ilumina el mundo con sus palabras llenas de matices, abundantes y mágicas.

Ahora, en las redes sociales y en el cibermundo, se lleva mucho eso de sacar dos o tres frasecitas del tío que sea, y ponerlas como exponente de su pensamiento. A mi eso me carga un poco, porque es una forma de eludir su letras, su pensamiento en profundidad, y su condición humana. Es como reducir a un eslogan ingenioso todo lo que alguien es. Con Saramago, igual que con muchos otros, abundan las simplicidades, y casi siempre distorsionan lo que yo creo que es el escritor José Saramago, algo más que un filósofo y un escritor juntos. Cotizan en la red las relativas a su condición agnóstica y buena, pero se olvidan de cientos de miles más que solo se encuentran en sus libros, entrelazadas con sus personajes.

El asunto por el que me paro en Saramago porque acabo de terminar EL AÑO DE LA MUERTE DE RICARDO REIS y me ha gustado. En sus páginas muestra la vida del Lisboa de los años 30, en concreto de aquel año 36, donde Portugal estaba bajo el báculo de Salazar, y España bajo el despropósito de una situación de preconflicto. La novela termina, para mi gusto, con un exceso de politica, supongo que inevitable si se recoge la vida lisboeta de aquel complicado año, donde Mussolini se lucía en Etiopía, Hitler deslumbraba en las cancillerías occidentales, y la Cruzada Española iba a ser la salvación de Occidente en palabras de Unamuno y del exilio que llegó a España desde la victoria electoral del Frente Popular en las elecciones de Febrero del 36. Por supuesto, el “viva la muerte” es la cruz de una historia sencilla y simple, llena de matices y poca acción. Ni falta que hace, porque el personaje de Ricardo Reis se hace interesante sin necesidad de hacer cosas extrañas con él. Comparte vida con dos mujeres, una sirvienta y una enferma, y con las dos es imposible que exista el amor auténtico y convencional que todos esperan del doctor Reis.

Destaco un momento especialmente significativo y genial que me ha encantado, cuando se encuentra con Fernando Pessoa, poeta y amigo fallecido. Es el muerto que regresa para charlar tranquilamente con los vivos, en este caso con el doctor Ricardo Reis, un hombre mayor que ha regresado desde Brasil sin un motivo muy claro más que encontrarse con su amigo, al que pensaba vivo. La vida de Ricardo Reis es más azarosa que ordenada, como suelen ser nuestras vidas, que por mucho que las planifiquemos siempre salen de otra manera. Tampoco imposible pero siempre extraño para el que las vive.

Dice Saramago que esta novela es la que más le gusta, la que está más dentro de él. Para mi, es la que mejor refleja su existencia portuguesa, siempre pendiente de observar, siempre encontradizo con los menesterosos, siempre distante al mundo, como si lo contemplara desde un cristal irrompible que no le afectara. Describe y descubre a sus personajes desde una distancia que nos permite apreciar mejor su personalidad, y eso es algo de agradecer, porque los personajes de Saramago son auténticos y verdaderos hasta el punto de parecer “personas” de verdad. Eso es impresionante cuando se logra. Gracias Saramago, estés donde estés. Aunque no comulguemos ni ideológica ni religiosamente. Gracias.

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