Archivo de la categoría: La novela histórica LOS CABALLEROS DE VALEOLIT y su época.

La novela Los caballeros de Valeolit se desarrolla en la España del siglo XI. ¿Te apetece conocer cosas de esa época?

Antologías y fragmentos de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Los hijos de Pelayo (III)

Alguna vez he oído la afirmación, respecto a las novelas Los Caballeros de Valeolit, que el tema de lo religioso estaba muy bien tratado. Supongo que hay una lógica detrás, y es que soy una persona religiosa, con sensibilidad hacia el tema y con una experiencia a mis espaldas que suele quedar reflejada en mayor o menor medida en mis personajes.

Cuando empecé a escribir LOS CABALLEROS, buscaba que la religiosidad medieval estuviera presente, y que fuera tratada no con los prejuicios que los siglos posteriores vieron en esta época, sino con el rigor y la naturalidad de una sociedad de cristiandad, donde lo natural era la religión, y lo extraño-cultural el agnosticismo o el ateísmo. Precisamente todo lo contrario a lo que me he encontrado en muchas novelas históricas del medievo, donde los personajes suelen ser ateos, agnósticos y con rasgos de una modernidad sobrevenida.

He escogido estos dos fragmentos, que están seguidos en la novela, donde se refleja el gusto por la religión, pero también las razones que movían a los hombres. El abuelo, en su devenir y labor educadora de sus nietos, les enseña algo que en profundidad no habían llegado a ver. Un caballero no es solamente el que tiene una espada y un caballo, sino el que reza a Dios y se encomienda al Altísimo, no haciendo más daño que el que debe por su oficio.

 

FRAGMENTO. (capítulo 4. Entre dos aguas. Apdo. 4)

 

Los musulmanes no tenían tropas para pelear por Lamego, y mientras pasaba el verano los cristianos se fueron relajando según los días se sucedían y caían las semanas. Las torres y defensas construidas en los alrededores no alertaban de ningún mal inminente, y aunque los soldados vivían en tensión esperando en cualquier momento la batalla; al no acudir ésta, decidieron entregarse al descanso y a la otra sangre, la que procede de la uva y el lagar. Los soldados aprovechaban en muchos momentos, especialmente en su descanso, para beber vino y disfrutar de la compañía de algunas mujeres públicas. El Monarca, sabedor de los excesos de sus hombres, prefería tales pecados, que no prohibir y tener que soportar juicios por abusos y violaciones, además del descontento de la soldadesca. Al menos los hombres estarían relajados tras una batalla dura, y quizás tras ese descanso pudieran tomar fuerzas para nuevas acometidas en el futuro. Fue en ese ambiente posterior a la batalla, que los muchachos, Nuño y Fernando se dejaron arrastrar por la relajación del alcohol y los placeres libidinosos de algunos adultos, pero fue por poco tiempo, porque tuvieron que escuchar al abuelo que una noche les increpó y alertó de los errores que cometían.

El recuerdo y el deseo de sus padres, de que no se convirtieran en pendencieros y malvados afloró alrededor de una sopa de tocino y ajo.

-No es ese el destino que os tenía reservado, y cometéis un error si os dejáis llevar ahora por el éxito fácil. Los pendencieros y villanos acaban olvidando a su señor, no valiendo para la batalla y haciendo daño a todos sin necesidad. Los caballeros no se comportan así.

-Algunos sí- repuso Fernando.

-Algunos sí, pero vosotros no. Vuestro modelo debe ser el del infante de Monzón, Pedro Ansúrez. ¿Os fijáis en cómo es de modesto y reservado, comportándose como un caballero? Fernán está haciendo una labor magnífica con él. ¿Y los hijos del Rey? Fíjate como ni García, ni Alfonso se guían como borrachos pendencieros.

-Pues bien que gustan de las mujeres, sobre todo Alfonso- dijo Fernando riendo.

-No me repliques, deslenguado. La discreción es una herramienta para un noble. Si queréis llegar a serlo deberéis comportaros de igual forma. Nuño, ¿a cuántos hombres has matado el otro día?

Se hizo un silencio tenso. La pregunta iba dirigida con fuerza, como una flecha. Sabía el abuelo que le había impresionado al muchacho tener que matar a alguien, y sabía que no era ya tan divertido para él hacerlo, ni para nadie. Intentaba desde ahí argumentar para convencer a los muchachos.

-Cuatro, o cinco, no recuerdo.

-Sí te acuerdas, te acuerdas perfectamente de todo y cada uno de ellos. ¿Recuerdas el rostro del primero que mataste? ¿Eran hombres sin honor? Esos hombres se merecían ser matados por alguien de honor, no por un borracho estúpido. Esos hombres lucharon también por sus tierras, por sus familias, y por su señor. No eran peores que nosotros, ni mejores. Simplemente luchaban. ¿Dónde creéis que están en el cielo o en el infierno?

-En el infierno supongo… – intervino Fernando.

-Os aseguro que Dios hará justicia con todos y cada uno de ellos, y también será terriblemente justo con nosotros algún día. Por la memoria de los que han muerto deberíamos guardar luto, deberíamos ser caballerosos con los muertos, no dejándoos llevar ni por el vino ni por las rameras.

Tranquilizó su voz viendo que surtía efecto.

-Nuestro oficio consiste en matar y defender así a nuestro Rey y Señor; pero, ¿sabéis que es lo que quiere Dios de nosotros? Quiere que seamos dignos siervos suyos, conscientes de que las muertes son justas y necesarias, pero que no haya ni una muerte más que las necesarias, ni una pelea más, ni un pecado más en nuestra vida.

Los muchachos quedaron en silencio, mientras que un nudo se hizo en la garganta de Nuño que estuvo a punto de derramar una lágrima.

-¿Iré al infierno por haber matado a esos hombres?

-Nadie va al infierno por cumplir con su deber, pero estate atento y sé generoso con los que rezan. No sería mala cosa que una parte del botín fuera para edificar la iglesia de la colina, la Virgen de Lamego, y para los monjes que se vayan a asentar allí.

-¿Nadie de nuestra familia está rezando por nuestros pecados, para que no nos condenemos?- preguntó Fernando.

-Que yo sepa sólo vuestro tío Suero, el hermano de vuestro padre, mi tercer hijo.

-¿El del Monasterio de Liébana?- preguntó Nuño.

-El mismo. Agradecer a Dios que haya alguien que reza por nosotros para que el día de nuestra muerte no sea terrible, y mientras tanto no os dejéis llevar por el mal. No dejéis de tener temor de Dios, porque el que no tiene miedo a nada termina consigo mismo, ni os dejéis arrastrar por los insensatos que no respetan nada. Sé de sobra que es lo fácil, pero no caigáis tan bajo, ahora que lo tenéis todo a favor.

V

Los días de verano fueron pasando, y los muchachos dedicaron parte de su tiempo a las cosas de la religión, yendo de cuando en cuando a rezar a la nueva iglesia de la Virgen de Almacave. Esto atrajo la atención de algunos nobles, pero en especial del obispo de Lamego, que bendijo a los muchachos al saber que eran valientes soldados, y piadosos cristianos. Nuño aprovechó la ocasión para preguntar al Reverendísimo Obispo por la angustia del infierno y el temor a la muerte. Quitó el clérigo importancia al asunto, y se admiró aún más de la inocencia y bondad del muchacho, trató de orientarle igual que un padre trata de orientar a un hijo, mostrándole que obedecer a sus superiores era un orden querido por Dios, y que tales muertes no eran responsabilidad suya. Entendió Nuño que tener miedo al infierno y a sus penas formaba parte del miedo a la realidad, pero que no se debía vivir aterrorizado por tal cosa sino mirando la providencia divina; y que en todo caso, jamás podría compensar a Dios el intercambio de amor que había realizado con él, pobre pecador. Prometió rezar por todos y cada uno de los hombres que matara, a fin de que Dios se apiadara de ellos, y de su alma cuando llegara el momento.

Estos pensamientos angustiaban bastante menos a Fernando, que no había estado en la tesitura de matar a nadie, y que no terminaba de comprender los escrúpulos de conciencia de su hermano. Aceptó lo que le decía el abuelo, pero lo hacía más por ser obediente muchacho y agradar a su abuelo, que por razonar las cosas. Pedro Ansúrez agradeció de nuevo a Nuño por su vida. Escuchó al muchacho en sus temores divinos, y aunque entendía los pensamientos del muchacho no sabía dar respuesta, pues no era hombre de letras ni de teología.

 

Los caballeros de Valeolit. Los hijos de Pelayo. (Pg. 189-192). Del capítulo 4. Entre dos aguas.

 

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Antologías y fragmentos de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Los hijos de Pelayo (II)

Hay sucesos en la vida que nos marcan de manera especial, y que suponen un punto de inflexión respecto del futuro: una reunión, el conocer a alguien que luego será especial, una nota en un examen, una visita al médico… son difícilmente reconocibles cuando llegan, pues se suelen esconder tras la vida cotidiana y la rutina. Sin embargo, según pasa el tiempo, son detectados como centrales e incisivos. Son auténticas encrucijadas que nos ofrece la vida de manera silenciosa.

A Fernando y a Nuño la vida les cambió en momentos muy puntuales, todos relacionados con la amistad. El episodio de los lobos, o el choque con el infante García, fueron quizás los más destacados dentro de una vida que les fue llevando a lo que terminaron siendo. En el momento no fueron demasiado conscientes de la inflexión, a diferencia del abuelo, que sí percibió un abanico nuevo, una luz de esperanza en el futuro.

De todos los episodios, el de los lobos es el que más impronta deja entre los castellanos. Y uno de mis favoritos. Es la primera aventura digna de ser contada. De ahí que lo haya seleccionado.

FRAGMENTO:

 

Uno de los días, en un paseo hacia el Pisorga se les hizo algo tarde para regresar y almorzar con el abuelo. Como apretaba el hambre y el sol decidieron retrasar su vuelta y buscaron un sitio a la sombra donde pudieran dar cuenta de la pitanza que en el morral llevaban: unas rebanadas tiernas de buen pan de trigo, un cuero de vino fresco y cinco tajadas de queso viejo curado, picante y pastoso. Hallaron un lugar agradable y umbrío, a la vera de río. Apenas se habían acomodado cuando los alertaron unos gritos de auxilio. Quedaron muy sorprendidos y se levantaron de inmediato. Las voces parecían de un niño, o de alguien joven. Se escuchaba a su vez el bufar y relinchar de un caballo atemorizado. No se lo pensaron dos veces, y rápidamente montaron en Negrisca, tomando la espada uno, y la lanza el otro; y trotaron hacia el lugar de donde procedían las voces.

-¿Quién va? ¿Quién necesita ayuda?-, respondieron gritando.

Sin duda era aventurero y temerario proceder así, pues no eran sino dos muchachos, pero se sentían tan seguros de sus habilidades que, salvo un peligro descomunal, pensaban que podrían hacer frente a cualquier eventualidad, como era ayudar a un desconsolado que pedía protección. Los guiaba además la curiosidad por conocer el origen de tales súplicas. Así, al volver hacia un claro quedaron petrificados ante el peligro que se cernía, ahora también sobre ellos. Una manada de lobos rodeaba un caballo, que nervioso soltaba coces a diestro y siniestro. Uno de los lobos parece que había caído herido, pues aullaba lacerado en el suelo con una brecha a todas luces mortal, pero los otros seis lobos hambrientos trataban de alcanzar la garganta del equino dando saltos con fiereza. El caballo estaba descontrolado, su belfo expresaba tensión y sólo las riendas lo sujetaban a unos arbustos, de los que intentaba soltarse coceando y pateando al aire. De no encontrarse amarrado habría escapado al galope.

Nuño reaccionó con valentía y rapidez.

-Descabalga y pásame la lanza- le pidió a su hermano.

-Yo me quedo con la espada- indicó Fernando repartiendo así las armas que tenían-. Hay que vendar los ojos a Negrisca o se asustará.

Tapó los ojos del cuadrúpedo con su jubón mientras se dirigía hacia los lobos salvajes. Nuño atacó con la lanza ensartándola violentamente contra un lobo joven más próximo. El animal herido de muerte dio un alarido y cayó al suelo. El resto de lobos rectificó en su ataque, mirando y abriendo sus sanguinarias fauces contra Nuño y su vieja yegua. En ese momento se soltó la provisional venda de Negrisca, y el animal, viendo a los enemigos que lo rodeaban, se excitó haciendo un quiebro con sus patas delanteras. Estuvo Nuño a punto de caer del caballo, y perdió momentáneamente la brida y el control del animal.

Fernando se quedó retrasado, pero cuando vio en dificultad a su hermano blandió su espada gritando contra los lobos, dispuesto al menos a tajar el cuello de alguna de aquellas bestias sedientas de sangre. Acometió como lo había entrenado el abuelo, con la espada en alto y mostrando el brazo a modo de escudo. Al aproximarse lo suficiente la hoja voló dócilmente de arriba abajo asentando sobre el lomo de una de las fieras que ya se apresuraba a morder su abdomen. El golpe dejó al animal herido, pero provocó que los otros lobos rodearan al joven. Iba a ser un bocado suculento, pues los lobos atacan siempre en grupo y a la vez, bastaba la indicación del principal de la manada para poner fuera de combate a Fernando. Entonces oyó la voz que antes gritaba, y que lo hacía ahora desde lo alto de un árbol. Vio a un chico de su edad, encaramado. Le invitó a subir al árbol, desde donde había contemplado todo, pero Fernando no tenía posibilidades de darse la vuelta para trepar por el empinado castaño.

Por suerte Nuño había retomado las riendas de Negrisca, recuperó su lanza y la enarboló sobre su cabeza, acometiendo de nuevo a las bestias. Se acercó lo suficiente para distraer de nuevo a los lobos, los cuales estaban ya dispuestos a devenir con un ataque maestro y definitivo contra Fernando. El muchacho se agachó, y desde el suelo blandió de nuevo la espada, por lo que los lobos retrocedieron un poco, pero se mantuvieron a distancia acorralando más y más al muchacho. Entonces Negrisca, encolerizada y tensa levantó las patas delanteras coceando a los que encontró a su paso, fue entonces cuando Nuño cayó del caballo, y Fernando partió de un tajo media cabeza del lobo dominante.

Nuño se encontraba tirado en el suelo pensando que sería atacado por las fieras; sin embargo, a pesar de la superioridad numérica de los lobos, los animales salieron huyendo. Sin duda, la muerte del jefe de la manada los había dejado sin orientación ni guía, y tras su espantada solo se escuchaban los agonizantes, lastimeros y quebradizos aullidos de los animales que habían herido los de Carrión.

Fernando fue directo a socorrer a su hermano, mientras sujetaba a Negrisca que se había alejado acercándose al otro caballo, todavía nervioso. Nuño se había doblado el brazo al caer, y aunque no parecía haberse roto nada, le dolía mucho la articulación derecha. Se levantó sin otros dolores, y al examinarse comprobó que el codo se le empezaba a hinchar, sin que pudiera moverlo sin dolor. El muchacho que estaba encaramado en el árbol bajó del mismo, y se dirigió a los muchachos.

-¡Dios mío! ¡Qué miedo he pasado!–, exclamó temblando todavía y con signos evidentes de nerviosismo-. Muchas gracias, quienquiera que seáis, de verdad muchas gracias.

Nuño y Fernando no sabían que decir, estaban nerviosos por la adrenalina del combate, y miraban alertados por donde los lobos habían huido, con el temor de verlos regresar.

-Creo que me he roto el brazo, no lo puedo mover- dijo Nuño con los ojos envueltos en lágrimas por el dolor -. Se me está hinchando.

-Me habéis salvado la vida, os lo agradezco– dijo el muchacho acercándose a Nuño que se había sentado en un tronco partido.

-No son agradecimientos lo que necesitamos sino que no sea grave la caída de mi hermano– dijo Fernando volviéndose al joven.

Le pareció un muchacho de su edad, apenas unos diez años. Sus ropas eran valiosas, de vivos colores. No era alto, pero parecía más fornido de lo que desde abajo simulaba.

-Os ayudaré, le diré a mi físico que os socorra y ayude.

-Soy Fernando, y este es mi hermano mayor Nuño.

-Mi nombre es Pedro, hijo de Ansur, soy el conde de Monzón, viajo hasta el Castro de Xeriz– les dijo mientras extendía la mano para estrecharla en la de Fernando. Fue un gesto que no pasó desapercibido para los muchachos, que nunca habían tratado tan amistosamente con un conde.

-¿De dónde sales? Se supone que debes de rodearte de escuderos y siervos que te protejan–, inquirió Nuño incorporándose mientras se dolía del brazo derecho.

-Me detuve a examinar estos parajes, alejándome de mis hombres. Luego aparecieron estos lobos hambrientos que me atacaron. El caballo me tiró al suelo, y tuve suerte de poderme encaramar al árbol. Mis soldados me estarán buscando.

-Por poco no lo cuentas. Has tenido suerte de encontrarnos. ¡Ah!– gritó Nuño mientras trataba de mover el dolorido miembro.

-Os debo la vida, ¿y vosotros? ¿Sois de aquí?

-Nuestro abuelo es infanzón y entrena a los hijos del conde de Carrión y Saldaña- dijo Fernando -. Venimos con él y estamos también en Castroxeriz. Somos escuderos de los infantes de Carrión, que además son unos chicos maleducados y estúpidos.

Pedro Ansúrez rió.

-No está bien que habléis mal de vuestro Señor.

-Ya sabemos que no está bien, pero es la verdad.

-Ciertamente no nos tratan bien, y nos tienen envidia porque somos más diestros y buenos en las armas que ellos- dijo Nuño–. ¡Aaaah! ¡Me duele mucho!– exclamó mientras se le saltaban las lágrimas.

-Cuando lleguemos a casa que lo vea el abuelo. Habrá que recuperar los caballos– dijo Fernando dirigiéndose a Negrisca.

Negrisca y el otro caballo parecía que se habían hecho amigos. Negrisca se había tranquilizado ya, y agradeció que Fernando acariciara sus crines oscuras. Recolocó la grupa y tomó las riendas del animal acercándoselas a Nuño para que sujetara a la yegua con el brazo bueno.

-Voy a por el otro caballo. ¿Cómo se llama?

-Manchado. ¿Ves? Tiene un dibujo en la frente blanco.

Manchado era un caballo joven y fuerte, muy nervioso. Su color era también negro, pero tenía en la cabeza y en las patas unas manchas blancas que lo hacían muy hermoso. De crines sueltas, Fernando pensó que era de raza burgalesa, pero quizás estuviera cruzado con algún caballo sarraceno. Lo cierto es que nunca había visto un caballo con la cruz tan alta.

Se acercó Fernando por delante del caballo, de forma que pudo verlo perfectamente, sujetó las bridas y comprobó que el belfo del caballo seguía tenso. Le habló suavemente, y al punto erizó las orejas el animal manteniéndolas en tensión. Acarició su cuello, y cuando comprobó que el equino se había tranquilizado lo llevó al lugar donde el conde de Monzón y Nuño esperaban.

-Salgamos de aquí, espero que mi ayo y los soldados no estén muy lejos. Sigamos por la vera del río aguas abajo.

Montó Nuño en el lomo del caballo como pudo y con ayuda. Fernando dirigía al animal caminando. Pedro Ansúrez montó en su caballo, un animal con carácter, que todavía no gobernaba a la perfección su joven jinete. Sortearon los matorrales y adentrándose en el bosque abandonaron el lugar donde yacían los lobos, ya cortejados por varios cuervos.

Antes de volver al camino oyeron voces que procedían del grupo de soldados que buscaban al joven conde de Monzón.

-¡Estoy aquí!– vociferó el joven Pedro haciéndose oír.

Se acercó la mesnada del Conde, que estaba compuesta por unos cincuenta hombres, hechos y derechos, con mejor aspecto y apariencia que los caballeros de Carrión. Se mostraron afables con Nuño y Fernando, sobre todo cuando supieron que habían ayudado al Conde. Se aterrorizaron cuando pensaron fríamente lo que les podía haber pasado si hubiera muerto el Conde sin ellos y con manifiesta negligencia. Habían creído que su Señor estaba en la orilla del río, y que no se había alejado demasiado, y cuando comprobaron su tardanza, auguraron y lamentaron su mala fortuna. Por suerte el susto había pasado, y recuperaron el aliento para proseguir su accidentado viaje.

Ofrecieron a Fernando otro caballo, y tomaron la brida de Negrisca para facilitar a Nuño su caminar. Ayudó el barbero de la tropa con la lesión de Nuño, e inmovilizó su brazo con un cabestrillo de madera y tela provisional.

El conde Pedro Ansúrez, lejos de distanciarse volviendo a su lugar en la cabalgata, marchó al paso de los muchachos, pues quería seguir en su salvífica compañía. Les preguntó por la batalla, por el abuelo y por su familia. Les informó de la situación de la guerra y de las distintas mesnadas que sabía que se encontrarían en Burgos. Les pareció a los de Carrión un muchacho cabal y muy inteligente. Una persona digna de confianza. Les hablaba sin ofender el deber de confidencialidad que se supone en un conde, y les trataba como a semejantes, cosa que sorprendió tanto a Fernando como a Nuño. El conde Pedro era un niño agradecido, y eso se notaba en el trato que estaban recibiendo. Los soldados que acompañaban al joven Conde, parecían hombres más templados y prudentes, no eran tan arrogantes como los de Carrión, y eso era consecuencia del talante de su Señor.

Dedujo Nuño de las palabras de su nuevo amigo, que el joven Pedro no tenía padre, o si lo tenía debía ser muy entrado en años. Les contó el noble que acudía con su mesnada de Monzón; y que su castillo estaba situado al Sur, cerca de Pallantia, la ciudad episcopal. Su condado pertenecía al Reino de León, en el límite con Castilla, igual que sucedía con Santa María de Carrión, solo que más meridional.

Ansúrez pertenecía a una familia muy valiosa e importante de la corte leonesa. Contó a los muchachos muchas confidencias, que eran propias de los nobles más cercanos al Rey. Comprobaron que lo ayudaba en casi todas las labores su mayordomo, un hombre que cabalgaba con ellos, llamado Fernán, y que hacía las veces de tutor y de administrador de los bienes del joven Pedro Ansúrez. También les llamó la atención a Fernando y Nuño el acento, algo distinto al de los vecinos de Carrión y Saldaña. Era un habla más castellana y abierta, frente al leonés más cerrado de la montaña que habían aprendido de su madre.

Llegaron a Castroxeriz al atardecer. El abuelo estaba ya algo nervioso pero confiado en la buena estrella de los muchachos. Su gozo se truncó en lamento cuando vio que Nuño estaba lesionado. Ayudó a bajar del caballo al muchacho y examinó con detención la herida. No parecía grave, pero le llevaría al menos unas semanas recuperar el brazo, que debía ser inmovilizado, tal y como había hecho el médico del conde de Monzón. Para eso, lo mejor era sujetarlo al cuerpo con una correa, y evitar que se desplazara involuntariamente.

Cuando contaron al abuelo la nueva aventura con el conde Ansúrez, y la batalla ganada a los lobos; el anciano se mostró orgulloso, siendo más consciente que los muchachos del peligro que habían corrido. La suerte estaba de parte de ellos, habían salvado la vida, y además habían hecho buena relación con un conde, que les debía además un favor, el favor de la vida. Si era un noble como Dios manda, verían la contrapartida en no mucho tiempo, lo que iluminó el rostro de Pedro Díaz con una nueva sonrisa.

FRAGMENTO de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, del capítulo Segundo: Entre corderos y lobos.

Antologías y fragmentos de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Los hijos de Pelayo. (I)

Este fragmento que he seleccionado de los Caballeros de Valeolit pertenece al primer capítulo de la Primera Parte de la novela. Confieso que lo escribí y reescribí varias veces buscando hacer buena literatura. Quizás por aquello de que lo primero que se hace siempre tiene que ser la carta de presentación, y más en una novela, lo he releído cientos de veces. Lo curioso es que me siguen gustando, muestran un tono y un ritmo sorprendente, usan un buen vocabulario y se alimentan de los personajes que presentan.

¿En qué pensaba cuando llo escribí? Quería presentar a los personajes, quería mostrar el mundo de la guerra en la trastienda de la vida cotidiana. La guerra era un oficio en el siglo XI, una manera de estar en el mundo como otra cualquiera, o mejor dicho, una manera de estar en el mundo más osada y arriesgada que cualquier otra. Y qué mejor que hacerlo a través de dos aprendices del oficio. En aquellos tiempos los muertos en una guerra se cebaban con los soldados, a diferencia del siglo XX y XXI, donde la población civil es la principal víctima.

Son las primeras páginas de una novela larga, que luego he dividido en tres partes, lo cual requería escribir con buen gusto y oficio.

(Fragmento primero tomado del capítulo primero: PROPUESTA Y ACEPTACIÓN) Pg: 13 a 17)

Primavera de 1054, Reino de León.

La primavera saludó a la villa de los Condes con una sonora bandada de aves migratorias que se dirigían hacia el sur. Eran patos que graznaban y parpaban con tal estruendo que hicieron que los muchachos alzaran la vista a las nubes. El cielo estaba despejado y el color azul del mismo apuntaba a un día espléndido que se tornaría más y más cálido con el devenir de las horas.

Nuño soportaba empapado en sudor una armadura de cuero fijada al cuerpo y atada con cordeles gruesos, inaceptables para una batalla contra los moriscos, pero adecuada para adiestrarse con el caballo. Montaba, a pesar de sus once años, una yegua burgalesa ligera y negra, y lo hacía con altivez y dignidad, quizás excesiva para un precario jinete de enjuta figura. Contrastaba su porte con el desgarbo del animal, entrado en años y marcado por su pasado guerrero.

A unos pocos pasos estaba su hermano pequeño Fernando, que con un año menos se entretenía en el manejo de una pequeña espada corta y recia con la que tajaba y sometía unas frondosas ramas de la vega del río Carrión. En tales mandobles intentaba que el hierro no se le escapara de su infantil mano. El abuelo de ambos los orientaba con gritos de ánimo y enmiendas repetidas.

Este hombre, de rostro arrugado y vestiduras envejecidas, mostraba un aspecto muy saludable. Sus ojos azules y su escaso cabello canoso pretendían una edad avanzada, pero no tanto como para que su figura quedara menguada lo más mínimo en dignidad. Sus ademanes eran seguros y firmes, procedentes de una vida anterior distinta a la que el destino le robara no hacía tantos años. El hombre no era propiamente un anciano, sino un hombre mayor con compostura y presencia, con gallardía y soltura en el manejo de las armas.

Se acercó a Fernando, y pidiéndole su espada le mostró visualmente y con el ejemplo cómo debía manejar y blandir el hierro. Sus movimientos eran suaves y constantes, diáfanos, sencillos y directos.

-Abuelo Pedro. ¿Ya puedo montar a Negrisca?-, preguntó Fernando señalando con el dedo a su hermano.

Asintió el abuelo, y en un santiamén cambiaron de ocupación estos tres habitantes de la vega del Carrión. El abuelo montó sobre la yegua no sin dificultad, y tomando la espada mostró a los chicos como debían manejarla sujetando las riendas y buscando en la potranca un trote algo más ligero. Pedro Díaz, dibujó un círculo amplio alrededor de los muchachos, que observaron la destreza y el manejo del que había sido patriarca de una familia noble y con un pasado de caballeros servidores de los reyes de León.

Habían sido otros tiempos. El caballero Pedro lo perdió todo en sólo una mañana de destrozo sarraceno. Una cuadrilla de combatientes fanáticos y ambiciosos dejó caer su maldad en la pequeña aldea leonesa donde vivían. La tarde aciaga en la que sufrieron el ataque sorpresivo de los moros dejó como resultado el establo quemado, unas pocas gallinas muertas y asadas, y humillantes risas muladíes. Si sólo hubiera sido eso, si no hubieran además matado sin necesidad la vaca, si no les hubieran obligado a arrojar los puercos al pozo, donde se ahogaron, hubiera podido tener una posibilidad. Pero no hubo piedad.

Aquellos depredadores se llevaron sus armas y herramientas, y arramblaron todo cuanto poseían los aldeanos para sobrevivir. Se quedaron sin nada, y ningún provecho sacaron de la fechoría más que el daño y la destrucción vana. Todo quedó sembrado de hambre y miseria.

A menudo la cabeza de aquel hombre de guerra daba vueltas al pasado, y se recriminaba a sí mismo con la jaculatoria: “si les hubiera hecho frente…”. Lamentaba su desgracia, aunque reconocía alrededor de una jarra de vino que nada hubiera podido hacer.

Por su pasividad conservó la vida, pues sabía por experiencia que el celo de las personas en la batalla les hacen transformarse en alimañas y en bestias sedientas de sangre. Se lo habían llevado todo, pero por suerte respetaron a las mujeres y a los niños de la aldea. Si hubiera intervenido nadie se habría salvado.

Tras aquella desgracia decidió asentarse más al sur, en Saldaña con su esposa Elvira y con sus hijos, donde un castillo los defendiera mejor de otras razzias moriscas. Eso hizo que los siguientes años fueran buenos, aunque no logró mejorar su posición social. Seguía siendo un hombre libre, pero sin hacienda. Con oficio pero sin ninguna posibilidad de mejorar.

La fatalidad volvió a golpearle cuando nació su tercer hijo, pues trajo la muerte de su hermosa mujer Elvira. La guerra, que había sido un buen medio de vida, ahora, con niños menudos y pequeños, propicios a la enfermedad y a la muerte, se convirtió en el anhelo y un suspiro para sus escasos ratos de ocio. Dedicó sus años más fuertes a sus tres varones, a los que alimentó con el trabajo en el campo y los educó como debía corresponder a un hombre de antiguo linaje. No pudo volverse a casar, y aplazó eternamente su sed de combatir con honor y fortuna.

Rondando la cincuentena se trasladó a la ciudad de los Condes, a Santa Maria de Carrión, con su segundo hijo Pelayo, con cuya familia compartía techo y hogar. Este varón suyo se había casado con una mujer sencilla y sin tacha, llamada Muniadora, cuyas aspiraciones más hondas, que compartía con su marido, no superaban el trabajar honradamente la herrería del lugar, llevando una vida sin riesgos y tranquila, rodeado de sus hijos, entre ellos Nuño y Fernando.

A pesar de los avatares de la vida, Pedro seguía siendo un hombre enamorado de las armas. Por estirpe era infanzón, que era el título que correspondía a un hidalgo de sangre y herencia. Estaba exento de pagar tributo de caballos y armas, y era en su jerarquía de valores un hombre de honor. Vivía su existencia con el celo propio de aquel que se está enfrentando permanentemente a la gloria que perdió antaño, y deseaba con todas las ganas del mundo despertar en sus nietos el amor al oficio de la caballería y las armas.

Exigía a Nuño y Fernando el tesón y la perseverancia que los convirtiera en hombres de palabra, honor, guerra y provecho. No escatimaba tiempos ni días propicios para que en el ejercicio físico y mental de la hipotética batalla pudieran Nuño y Fernando sobrevivir y destacar. Enseñaba de esta manera tretas, modos y estrategias; detenía el tiempo a su lado cuando contaba el desarrollo de algunas escaramuzas, y se jactaba mostrando cómo la agudeza que tuvo en otro tiempo le permitió mantenerse con vida y salir ileso de algunas contiendas. Sus nietos escuchaban con atención cuando su abuelo Pedro hablaba de estas cosas, y se embelesaban con sus palabras y su retórica como si las escucharan de un santo del cielo.

Les narró con detalle y esmero la batalla en la que detuvieron al terrible y fuerte moro Almanzor. Les contó que había servido de escudero a las órdenes de Gonzalo Núñez de Lara, un noble importante del condado de Castilla. Les hablaba de los Laínez o los González, como si fueran vecinos suyos, y se aplicaba en entretenerlos con historias de semejante sabor.

Los nietos escuchaban con devoción sus palabras cuando, cansados de ajetreo, se daban un respiro almorzando pan de centeno, vino con canela, y unas lonchas de tocino tierno y salado, que era con lo que cotidianamente mataban su gazuza.

Quería Pedro Díaz que sus nietos supieran manejar bien la estrella de la mañana, el escudo, la espada ligera y la lanza; pero además intentaba que conocieran lo importante que era salir bien parado de una escaramuza. Les advertía de lo mala que eran la precipitación y las pasiones en la lucha cuerpo a cuerpo, aunque no lo fuera para otros menesteres de la vida. Les guiaba en el arte de la equitación, que según les indicaba, era imprescindible para el éxito en cualquier contienda.

-El caballo debe seguir al jinete a la perfección, haciendo exactamente lo que desea el montador-, repetía insistentemente.

Eso se lograba no con cualquier caballo, sino sólo con aquel que hubiera sido domado por el caballero. El caballo era leal con su jinete, y el caballero debía respetar al animal. Los muchachos aprendían y se iban empapando del saber de aquel hombre por el que sentían verdadera admiración y orgullo, y tales entretenimientos llenaban de imaginación sus delicadas mentes.

Se consideraban unos privilegiados, pues era extraño que alguien mayor en dos generaciones pudiera vivir y tener cordura como para transmitir su saber. Si además se hablaba del arte de la guerra la suerte era doble. Su abuelo Pedro, además, tenía la gentileza de no ser violento con ellos, tratándolos bien, extremo que quizás no hubieran tenido siendo escuderos de un noble.

Aprendían, pero además se mostraban atentos y entretenidos haciendo algo que les agradaba sobremanera. Deseaban ser hombres de honor, ser respetados y admirados por los suyos. Soñaban con gestas y torneos en tierras distintas y lejanas. Ellos, que no habían salido apenas de los dominios de los Beni Gómez, deseaban viajar y ganar fama y admiración de los nobles, de los campesinos y de las mujeres. Por eso disfrutaban entrenando duro, aprendiendo un oficio que quizás nunca ejercerían, pero que conocían y deseaban con toda el alma.

 

Presentación de la tercera parte. Los caballeros de Valeolit. El testamento de la reina Sancha.

ÉXITO DE PÚBLICO Y DE GENIO.

Ayer presentamos la tercera parte de la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. EL TESTAMENTO DE LA REINA SANCHA. Lo hicimos en Maxtor, en Valladolid.

La tarde estuvo gloriosa, y una vez más el público nos acompañó y nos sentimos, como no podía ser menos, arropados y queridos.

Viejos y nuevos amigos nos acompañaron. Escritores galantes, familiares acogedores,  gente emocionada de saludarme, y yo con ellos. Libros y más libros. Firmamos y compartimos un rato capaz de animar a cualquiera.

Hablamos de la Tercera Parte. De la investigación que estoy a punto de concluir para seguir escribiendo, de publicidades y promociones. De Fernando y del Cid. Del siglo XI y del siglo XXI. De buenos y malos autores. De prosa sosegada que se deleita como un buen vino.

No me preocupa lo demás.

Es cuestión de dinero y de inversión. Estos libros, escogidos por una buena editorial (más grande que la de un servidor de usted), una promoción nacional (más amplia que la que nos dan los medios de comunicación local, que es casi nula), y una inversión generosa,… hubiera convertido en millonario a alguien que seguro que no iba a ser el escritor.

Me ayudó en la presentación el poeta y profesor de Historia Francisco R. López Serrano, mi hermano de sangre. Excelentes los LOPEZ, claro. Más él que yo, por supuesto. Por eso se lo pedí.

Aquí dejo unas imágenes del evento. Gracias a todos. Reanudamos la actividad del blog la próxima semana.

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16 NOVIEMBRE 2016 YA PRESENTAMOS LA TERCERA PARTE DE LOS CABALLEROS DE VALEOLIT.

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Francisco y Antonio en acción.

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Los tres hermanos López. Con permiso de los Panero, aquí sobra arte por los poros.

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Finalmente, enlace a la página de Carlos Malillos. Nos ha hecho una reseña espléndida en su blog. Saludos y gracias, buen amigo.

http://blogdelescritorcarlosmalillos.blogspot.com.es/search/label/PRESENTACIONES

NOVELA. Presentación oficial de la tercera parte de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. El testamento de la reina Sancha.

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Será en la librería MAXTOR de Valladolid, en la calle Fray Luis de León.

Día 16 de NOVIEMBRE a las 7 de la tarde.

Me ayudará en la presentación FRANCISCO R. LÓPEZ SERRANO, poeta y profesor en el IES Galileo.

 

ENTRADA LIBRE

 

¡YA SALE LA TERCERA PARTE DE LOS CABALLEROS DE VALEOLIT!

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YA HE PUESTO A LA VENTA LA TERCERA PARTE DE LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, EN UNA SEMANA ESTARÁ EN TODAS LAS LIBRERÍAS DE CASTILLA Y LEÓN.

TAMBIÉN SE PUEDE PEDIR FÁCILMENTE DESDE CUALQUIER LIBRERÍA DE ESTE PLANETA LLAMADO TIERRA. De hecho me he enterado que está el libro en algunas librerías de  Málaga y Madrid o Murcia. No me digáis cuáles, pero estamos por ahí.

Se puede pedir, desde cualquier librería de España y lo sirven, incluido las grandes cadenas y almacenes del país. Incluso desde el extranjero lo envia ARCADIA LIBROS. SL. GRACIAS a todos ellos, y a vosotros, que nos los pedís.

 

Tengo que organizarme, lo sé. Buscar un día para hacer la presentación del libro, intentar estar presente en los periódicos de la región, y moverme un poquito para difundir el libro. Se va a vender solo, y sois muchos que me lo habéis pedido insistentemente. Me alegra que sea así. Los que más me estáis ayudando a difundirlos sois vosotros, los lectores que os engancha, que creéis que es bueno y que pedís una oportunidad para esta magnifica trilogía.. Muchos lo regaláis a los amigos, familiares, porque os ha gustado, porque pensáis que es una obra única. GRACIAS A TODOS.

Sin los lectores no habría libros.

Entrevista a Antonio J. López Serrano en el programa VAMOS A VER de RTVCYL.

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Se emitió para todo Castilla y León, y debo confesar que Cristina Camell y su equipo me trataron estupendamente. Aquí os dejo el enlace por si queréis ver la entrevista.

Por supuesto: hablamos de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Primera y segunda parte.

https://www.youtube.com/watch?feature=player_embedded&v=gEsmFuWKSnM#t=530

 

 

La religión en el siglo XI y en Los caballeros de Valeolit.

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Es recurrente que en la fiesta de los Reyes Magos, la Epifanía del Señor, hagamos un inciso y una reflexión sobre la religiosidad en el siglo XI en la península ibérica, un tema que ya he tratado en otras ocasiones, y que me parece siempre interesante por los múltiples paralelismos que podemos hacer con la actualidad.

El hecho religioso está presente en la trilogía LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Evidentemente su contenido no forma parte del conflicto principal, ni siquiera secundario, pero la cuestión religiosa es siempre preceptiva por formar parte de la idiosincrasia humana más elemental. No termino de entender las novelas donde no hay ninguna referencia religiosa, donde se ningunea la religiosidad (para bien o para mal), o donde desaparecen las grandes preguntas que todos nos hacemos. Su ausencia me suele dar sensación de poca profundidad en los personajes y levedad en la trama. Hasta los más malvados se preguntan alguna vez por el sentido de su crímenes. Por eso la diferencia entre una buena novela y una mala novela está en la solidez de los personajes, en la atmósfera construida, en el lenguaje y en la presencia de las grandes preguntas, con o sin respuestas.

El hecho religioso cristiano en el siglo XI era más público que actualmente, lo cual no quiere decir que fueran sociedades teocéntricas, como fácilmente afirman los historiadores. Si hubieran sido sociedades teocéntricas nos parecerían el paraíso en la tierra. En aquellas sociedades, los grandes intereses humanos eran como los actuales: familia y casamientos, supervivencia para casi todos (son sociedades más inestables que las actuales tanto económica como políticamente), y anhelos de poder. Son mundos y culturas tan codiciosas como las nuestras, más violentas por el particular de la supervivencia, y más supersticiosas. De alguna forma son herederas directas de un mundo romano-cristiano que ha entrado en decadencia, por eso no son mucho mejores que sus antepasados (y mucho menos peores). Igual de agresivos, y quizás más comedidos por aquello de respetar los mandamientos (invento no romano, todo sea dicho), que fue antesala de los derechos naturales primero, derechos humanos después.

La gran diferencia en la península es que los cristianos tuvieron que convivir con otras culturas y religiones, importantes en presencia y armas, lo cual conformó parte de las maneras culturales de España y sus diferencias regionales. Hecho que todavía pervive en el presente con tendencia a desdibujarse por la globalización. Si algo llama la atención en España es lo distintos que son los andaluces de los gallegos, o los castellanos, cuyos orígenes, claramente, hay que buscarlos en el asentamiento por tiempos diversos de culturas y religiones también diversas.

La religión, en aquella época y en la nuestra, formaba parte de las barreras culturales más evidentes que levanta una sociedad contra otra. Si se es cristiano, y se nace en una familia cristiana, no es conveniente, ni prudente, relacionarse con judíos ni con musulmanes. Esto sucede hoy también en lugares multiculturales. Es como dar cancha el enemigo, como despreciar lo propio, aunque no sea así. Las excepciones son los poderosos, que buscan en todas las culturas (judía, musulmana y cristiana) los beneficios que puedan darles. Alfonso VI se autoproclama cuando entra en Toledo en el año 1085 emperador de las tres religiones. Y el dirigente anterior, Al-Mamum, tiene buenas relaciones, y financia, a mozárabes (cristianos) que viven en la ciudad. En este sentido, la población es más cerrada que sus dirigentes. Pedir un préstamo a un judío te hacía sospechoso entre los tuyos de colaborar con las minorías, incluso de abandonar tu fe, por eso estas relaciones estaban muy limitadas y se guiaban por la prudencia, incluso por su inexistencia, y en ocasiones puntuales por el enfrentamiento entre comunidades y barrios de una misma ciudad, como sucedía en Toledo frecuentemente, donde los musulmanes atacan de cuando en cuando (y convierten en mezquitas), iglesias tradicionalmente mozárabes.

La identidad cultural tenía que ver con la identidad religiosa, cosa lógica desde el punto de vista antropológico. La gente necesita una identidad cultural elemental, y lo religioso, sobre todo en zonas de frontera, está más subrayado y afirmado por formar parte de las características esenciales que nos hacen ser nosotros mismos. Nadie quiere renunciar a sus raíces culturales. De ahí que la gran apostasía generalizada de occidente hacia el cristianismo sea leído, desde el punto de vista antropológico, como una crisis cultural y de valores, una decadencia que nos hace más vulnerables y débiles ante las demás culturas. Que no nos toquen las narices, claro.

La vida cotidiana empujaba a que los colectivos se especializaran en los oficios que gustaban, y así, los judíos, además de ser buenos prestamistas (lo que le valía el desprecio del resto), poseían buenos rabinos que oficiaban como médicos. Entre los musulmanes había siempre una minoría muy interesada en la filosofía, el arte caligráfico, la poesía, la astronomía o la matemática. Casi siempre vinculados a las mezquitas (madrassas). Esto condicionaba a todos, pues un cristiano enfermo, era corriente que pidiera ayuda y consejo a algún rabino médico. No era recibido en el mismo lugar de la casa que si fuera judío, pero se le atendía a cambio de un dinero. Imagínense lo que pensarían los cristianos cuando morían atendidos por los médicos judíos: que si lo había matado igual que mataron los judíos a Jesucristo, y cosas por el estilo. La tensión estaba presente, y los roces eran habituales, aunque también lo fueron los intercambios mercantiles y comerciales, y por tanto culturales.

No todas las confesiones religiosas se comportaban igual en todas partes. Generalmente los cristianos eran bastante tolerantes con los musulmanes llegados del sur a sus territorios (eran muy pocos), siempre que no fueran soldados agresivos. Según avanzaba al reconquista (palabra no equivocada), las bolsas de musulmanes fueron conformando el grupo mudéjar, que acabó siendo muy importante en la construcción de iglesias con mampostería y ladrillo en siglos posteriores. Eran buenos constructores, y trabajaban bien el campo. Con los judíos fue otra cosa, pues eran grupos aún más minoritarios, con relativo poder económico, y poco simpáticos por su relación homicida con Jesucristo (los cristianos olvidaban que Cristo también fue judío). Esto hizo que las persecuciones y las tensiones locales fueran más fuertes conforme avanzaron los siglos hacia la Baja Edad Media haciéndose insostenible en el Renacimiento, y criminal y genocida en el siglo XX, por poner el tema al día.

Los musulmanes eran bastante menos tolerantes con las minorías religiosas de sus ciudades, especialmente en lo relativo a los mozárabes y judíos. Las minorías cristianas y judías soportaban impuestos más altos, y eran de vez en cuando atacados por los barrios más fanáticos. Se sumaba al conflicto religioso la dificultad por parte de las autoridades musulmanas de los reinos (entonces de taifas) para mantenerse en el poder y controlar el orden público en sus territorios. De ahí que fuera habitual pueblos donde casi todo el mundo era mozárabe, o casi todos fueran judíos.

Islam contra islam. También los musulmanes de los reinos de taifas tuvieron como enemigos a los musulmanes almorávides, más rigoristas y exigentes en la pureza religiosa. Llegaron en 1086 llamados por ellos mismos para ayudarles a frenar a los cristianos. Craso error, porque acabó con sus privilegios y sus posiciones feudales.

Los judíos, al tratarse de una minoría más débil y menos peligrosa, no fueron la diana principal de los dardos musulmanes de entonces, aunque tampoco fueron demasiado contemporizadores con ellos. Simplemente coexistían en sus reductos intramuros, y vendían en el mismo zoco de la ciudad. Como minoría no persiguieron a nadie desde el punto de vista militar. Se mantuvieron alejados del oficio de la guerra, pero tampoco significa que fueran demasiado trasparentes ni abiertos a las demás confesiones. De hecho la sospecha de que en sus aljamas se cometían crímenes insospechados nos habla de ser un grupo también cerrado, cosa que tampoco sorprende cuando tienes todas las de perder.

Cristianos contra cristianos. Tampoco los mozárabes fueron bien tratados por los cristianos de rito romano, el que se fue imponiendo por parte de los reyes cristianos del Norte. De hecho, era considerados medio musulmanes, a pesar de tratarse de los cristianos más viejos y auténticos de la península, por ser los que resistieron culturalmente al invasor musulmán. En este sentido fueron los grandes perdedores de la historia.

Por supuesto, lo de enamorarse y casarse un musulmán con un cristiano, era ciencia ficción. Lo explotaron los románticos del siglo XIX cuando imaginaron convivencias idílicas en el pasado, y sociedades fantásticas llenas de emociones. La mora y el caballero cristiano es muy de Zorrila y Becquer, pero tenía poco que ver con la realidad, porque por nada te cortaban el cuello si te pasabas con la del gremio de enfrente, y lo hacían más los del propio bando que del ajeno. Hoy los conversos al cristianismo que proceden del islam son especialmente repudiados y perseguidos.

Y para despistados: la inquisición en España no existió durante el medievo, llegó con el renacimiento y la modernidad de los Reyes Católicos, que fueron, por cierto, empujados e influenciados por una sociedad más intolerante que ellos. Y es que el poder corrompe, cuando se escucha mucho al populacho (que diría Séneca). Apunta Pablito.

Tercera reimpresión de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Los hijos de Pelayo.

Las cosas no nos pueden ir mejor. Con motivo de la Segunda Parte de la trilogía LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, he REIMPRESO, por tercera vez, la Primera Parte de la trilogía, la que llevaba por subtítulo LOS HIJOS DE PELAYO.

Mira que foto he hecho a la primera edición y la última reimpresión. ¿Encontráis la diferencia?

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Era algo que se veía venir. Muchas personas, y de esto los libreros saben mucho, suelen pedir las trilogías cuando están terminadas; o más fácil todavía, hay gente que se siente atraída por la segunda parte, pero quieren leer la Primera para no perderse nada. Correcto, porque es verdad que la segunda parte se puede leer sin conocer nada de la primera parte, pero siempre es mejor leerla. ¡Qué va a decir el escritor!

Lo cierto es que el interés por la novela crece en proporción geométrica, y eso hay que agradecerlo a los cientos de lectores que estáis difundiendo la novela, que se lo contáis a otros, y que además regaláis y recomendáis a amigos, familiares o compañeros de trabajo. Me dicen compañeros del insti, que debería distribuirlo en Salamanca, en Zamora, que la novela es muy buena y que les encanta… y muchos me contagian su entusiasmo. Gracias a todos.

La pena es que no disponga de tiempo para difundir y trabajar más sobre este proyecto narrativo tan castellano leonés – me atrevo a decir que tan español – del que muchos defendéis con más vehemencia y ánimos que lo que yo mismo arranco de mis fuerzas. Prefiero dedicarme a escribir que a vender libros, ya os lo he comentado alguna vez. Pero ciertamente las cosas van bien, y la melancolía del mes no me va a arrastrar. Mi objetivo, y es ambicioso, es que todos los vallisoletanos tengan el libro, lo hayan leído y conozcan parte de su historia más remota y medieval con el gusto de una novela. Aterrizar en otras ciudades no lo tengo previsto a corto plazo. Si alguna editorial grande se hiciera cargo… bla, bla, bla. La crisis, chicos, la crisis.

Me animaba el profesor Burrieza recordando en la presentación que hicimos hace unas semanas en Maxtor, que es una temática en la que se ha trabajado más bien poco, y nunca de manera novelada. Para mi un placer aportar esta novela a panorama literario de la ciudad de Valladolid, y facilitar que se pueda seguir leyendo novela de calidad. Intentaré estos días estar en algunas librerías firmando ejemplares, pues ya sabéis que regalar un libro con firma es un plus que no me cuesta nada.

¿La tercera parte? Ya sabéis que está escrita desde hace tiempo, y que tengo previsto editarla en papel para dentro de un año, más o menos. Siento haceros esperar, pero es que no me cabe en casa (a veces almacén) tanto libro.

Ahora ando escribiendo una novela contemporánea, supongo que la terminaré en unos dos o tres meses, quizás antes. Misterio, amor, recuerdos y venganzas. Creo que no defraudará. Me gustaría presentarla a algún gran premio, y dejar de autopublicar, aunque sea por una vez.

Una semana más, gracias por vuestro interés y apoyo.

PRESENTAMOS LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. LEALTAD Y PROMESA. LIBRERÍA MAXTOR.

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Como suele suceder, el acto público que tuvimos ayer por la tarde en la librería Maxtor, con presentación del libro, fue un éxito y un disfrute. Me presentó Javier Burrieza, que es una autoridad en Valladolid, historiador y amigo, se prestó para acompañarme y estuvo fantástico. El público me aplaudió y me rió las gracias, que es lo máximo a lo que puede aspirar un escritor como yo, un Premio Miguel Delibes de Narrativa 2015 con proyección internacional, pero que vende entre sus amigos y en casa. C´est la vie, que dicen los españoles del otro lado de los pirineos. Eso sí, cualquier día me lanzo y me dan el Nobel.

Conté que lo hacía todo, lo cual es una verdad de cajón grande. Me he convertido en el escritor de la novela, en el medioeditor, en el distribuidor y casi en el vendedor. Y añadimos… incluso si alguna señora con camisón y babuchas, lectora de lamparita de dormitorio, tuviera alguna duda, salgo de debajo de la cama y le echo una mano subrayando y explicando los párrafos que le apetezca. Evidentemente esto lo hago porque las novelas que he publicado son de novela histórica, porque si fuera autor de novela erótica, me tendría que currar unas abdominales antes de aparecer por la alcoba. Que no me tomen la palabra, por favor.

Maxtor y Luis Lobato prepararon las cosas estupendamente bien, y salvo que falló la cobertura mediática, o sea no aparecieron ni los de la prensa escrita, ni la radio, ni la televisión, no fue porque no se les avisara, sino porque los Medios tienen siempre cosas más mediáticas que contar. Si hubiera presentado el libro Belén Esteban no habría sido necesario avisar a nadie, lo mismo que si viene el rey Felipe VI, Angela Merkel o la señora de Obama diciendo que es una novela “guay del paraguay”. Para otra vez les llamo, y nos llenan el local.

Hablamos del libro, de la historia, de Valladolid, del siglo XI en España y de los reyes fratricidas. Contamos las rivalidades históricas, y me atreví con una información que no suelo dar sobre mi actividad de escritor, y que creo que despierta más interés de lo que parece. Y es cómo trabaja un escritor.

En esto no soy demasiado original. Escribo en el ordenador todos los días un par de horas, rehacemos el texto hasta 7 y 8 veces hasta que queda mejor, que nunca perfecto. Empleo mucho tiempo en pensar, en anotar ideas, y en desesperarme y disfrutar a la vez. Soy autodidacta, como casi todos los escritores que en el mundo han sido, conozco las técnicas narrativas de creación y de estilo, y me entrego con rigor y obsesión con una novela, que hasta que no sale como quiero no me quedo tranquilo. Luego abandonan el hogar y los publico, los doy a conocer. De alguna forma dejan de ser míos, y permito, con gran miedo e inseguridad, que lleguen las críticas sobre la obra. Por suerte, las críticas y los lectores son benévolos conmigo. Sé que no puedo gustar a todo el mundo, pero me da cierta paz, pensar que he llegado a alguien con la novela.

No les aburro más, les dejo con más fotos del acto. Los libros del fondo son de la librería Maxtor, en casa tengo unos pocos menos. Ya les he dicho que es una librería espectacular.

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Luego nos tomamos un vinito con un pincho.

Por supuesto, de la fiesta final no tenemos fotos, por razones obvias.

Las fotos me las ha enviado varias de las personas que estuvieron en el acto.

Gracias a todos ellos por asistir.

Presentación de la Segunda Parte de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. LEALTAD Y PROMESA. Jueves 22 de octubre, 19h30 en la Librería Maxtor de Valladolid.

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Ya está. Ya tenemos la fecha esperada.

Este Jueves 22 de octubre, a las siete y media de la tarde haremos la primera presentación de la segunda parte de la TRILOGÍA LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Lealtad y promesa.

El lugar elegido para la ocasión va a ser la Librería Maxtor en la calle Fray Luis de León de Valladolid. Una librería con su propia edición de facsímiles, y un trabajo veterano fantástico con el libro y para el libro. No es la única librería que lo hace bien (en Valladolid hay magníficos libreros), pero desde luego es una de las mejores.

Reconozco que no sé todavía quién me presentará, porque he dejado el trabajo y la preparación a Luis Lobato, responsable de la librería en estas y otras lides, pero estoy seguro de que todo irá estupendamente bien.

Confieso mi debilidad por esta segunda parte. Es la que más me gusta de las tres. Me resulta interesantísima la guerra fratricida entre los hermanos y reyes: Sancho, Alfonso y García, allá por el siglo XI. Una historia que dio lugar a cientos de romances y leyendas épicas sobre hijos enfrentados, caínes y abeles que se odiaban a más no poder, madres que lloran la pena de sus hijos malvados, territorios divididos y familias de nobles castellanos, leoneses y gallegos enfrentados.

Me gusta porque hizo famosa a Zamora, la que no se ganó en una hora, porque las mujeres son recias y fuertes como volcanes, y me agrada sobremanera porque mis protagonistas, Fernando y Nuño, han crecido en madurez como caballeros y hombres, son jóvenes leales a sus señores y cumplen las promesas hechas ante la reina Sancha, y ante sus vidas.

Me gusta esta parte porque se aprecia perfectamente la verdadera magnitud de personajes como el Cid (sin los aditamentos de la leyenda), el conde Ansúrez (señor desconocido en Valladolid), o la condena que hizo la historia, creo yo que injustificadamente, contra García de Galicia. Es una novela tan bien documentada como la anterior, que quiere humildemente hacer justicia a lo que verdaderamente sucedió.

Me ha sorprendido entre zamoranos, burgaleses, leoneses y castellanos que la historia todavía guarda entre nosotros partidarios y detractores de uno y otro bando. Y eso lo he podido comprobar conversando con unos y otros. Pongo bien al Cid o lo dejo por rastrojo, me han preguntado muchos. Para mi no es el protagonista, pues los verdaderos protagonistas de la historia son los sentimientos y las lealtades. Yo solo intento ser fiel a la historia, y creo, sin ponerme ninguna medalla más de las que me corresponde, lograrlo.

¿Vellidos Dolfos? Por supuesto que sale; una anécdota de las cientos que en la novela se muestran con toda su luminosidad.

Dedicado a los amantes de la historia.

Hay que reconocer la importancia y el valor que tiene para mucha gente la historia. No me refiero a que haya personas que recurran constantemente a ella para justificar sus excesos ideológicos, véase nacionalistas y exaltados de toda condición, sino a aquellos que buscan en la historia razones y resortes para entender y comprender al hombre en toda su complejidad. De ahí que la historia, o mejor las historias de la historia, les emocionen y fascinen. A mi también me embriagan y deleitan, ¿por qué no reconocerlo?

Tiene algo de romántico recrear escenarios imposibles en la actualidad, soñar con portes y personajes muertos hace tiempo, asimilar el absurdo azaroso de la existencia humana, o comprobar que la maldad y la bondad, la cizaña y el trigo, crecen en campos muy cercanos. Tan cercanos que caben en un mismo poblado, un mismo reino, y bajo un mismo techo.

La historia está llena de esas historias maravillosas que despiertan la imaginación y elevan la costumbre de mirar el día a día con otras neurosis. Presentan a menudo ojos sabihondones y extremidades zanquilargas, las mismas que nos permiten correr nuestra existencia con la melancolía de no haber vivido en otra época, y el promiscuo y sensato agradecimiento de disfrutar de las comodidades de ésta. La historia otorga a sus seguidores el don de no amostrencarse, de no ser un zote; los ubica en el tiempo y les da argumentos para no despachar al mundo con demagogias simplonas maltraídas en un vermut de mediodía. Nos da conversación e ilumina las relaciones con los objetos que tienen más de cien años. Nos ayuda a comprender al bisabuelo, y nos hace trascender  con la misma luz que iluminó a los platónicos, y los desplazó en su contemplar de sombras cavernícolas. Desde que hay escritura hay historia, y no es casualidad. Escribir sobre la historia, novelarla, contarla y entenderla es ser más hombre y menos semoviente.

Sin duda un amante de la historia es un caballero, un marinero, un eremita, un romano conquistador de fronteras y pueblos, un capitán prendado de territorios inexplorados, de batallas imposibles y de mundos torcidos. Es un seductor, siempre dispuesto a regresar al pasado en cualquier momento para ver, y comprobar por sí mismo que los muertos del pasado resucitan temporalmente, y que nos pueden hablar y contar de sí mismos y de su tiempo. Esos espectros resucitados nos enseñan y nos obligan a aprender, y cuando ya han cumplido su misión, vuelven a las tumbas en las que un día los depositaron. Les miramos a la cara, pensando que siguen estando ahí, junto a nosotros. Dispuestos a narrarnos, a decirnos. nos dan las gracias y se vuelven a dormir.

Junto a los muertos de la historia comprendemos que el hombre es hombre en cualquier condición y circunstancia, y que las veleidades que habitualmente arrastramos estuvieron configuradas, y prefiguradas, en otras vidas anteriores a la propia. Ajenas y malditas, o benditas e irrepetibles. ¡Cuánto nos hubiera gustado conocer a tal o a cual personaje de la historia…! Y nos recreamos imaginando y disfrutando con los restos del castillo, de la calzada romana, conociendo a la Santa con la pluma en la mano. Y nos basta una espada labrada en la fragua que un día visitamos por un par de euros en un museo provinciano. Un guía nos cuenta lo que ya sabíamos y amábamos, pero a nosotros nos seduce imaginarnos que por tales piedras paseó aquella andariega universal, o cabalgó aquel rey emperador, inocentes, inteligentes, arrojados, entregados, heroicos, hombres y mujeres, niños que crecieron, vidas que dejaron como huella nuestra existencia, pues antepasados nuestros son.

Tampoco hay que olvidar que detrás de un historiador hay un pequeño cotilla, un hombre interesado en las cuitas humanas, un recopilador de anécdotas que no se resigna a lo que le cuentan, sino que quiere reconstruir con meridiana exactitud aquello que sucedió, con pelos y señales, como si lo viera y lo pudiera tocar. Por eso, que durante estos días, haya tanta gente interesada en la novela histórica, en la serie Carlos Emperador, en Santa Teresa, en la serie Isabel, o en la Segunda Parte de los Caballeros de Valeolit. Lealtad y promesa es un motivo de regocijo para mi, y para todos los que disfrutamos contemplando el tiempo, soñando mundos pasados, ensanchando nuestra existencia. Y me trae a cuenta la enorme responsabilidad de contar con fidelidad y rigor la verdad de lo que sucedió, y de recrear con decisión y valentía, aquello que no sucedió, pero que perfectamente pudo suceder. Esa es la novela histórica, y esos son los amantes de la historia. A vosotros os lo dedico…

LA SEGUNDA PARTE DE LOS CABALLEROS DE VALEOLIT YA ESTÁ A LA VENTA

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Lo hubiera sacado igual aunque la primera parte hubiera sido un fiasco. Pero es que no ha sido así. Se lo cuento, si me lo permiten…

LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. LOS HIJOS DE PELAYO, que es el nombre que corresponde a la primera parte, lo tuve en mis manos a finales del mes de diciembre del año pasado. Apenas me quedaron días para hablar con los libreros de Valladolid y distribuirlo por sus estanterías y escaparates. Lo hice todo deprisa y corriendo, porque la campaña de Navidad, que es la época del año que más libros se vende y con diferencia, estaba tocando a su fin. En esos días traté de contactar con los medios de comunicación. Me hicieron una breve entrevista en la COPE, y salí en el Norte de Castilla, el día 7 de enero. Ese creo que fue el respaldo definitivo, porque si algo tienen los CABALLEROS DE VALEOLIT, es que cuando se conocen llaman la atención. Empezó a demandarse más en las librerías. Gente que me vio en el periódico compró el libro.

Las ventas fueron bastante bien. Me ayudaron y animaron los compañeros del IES González Allende, donde doy clase. Muchos me compraron el libro, organizamos unas charlas con los muchachos, animamos a la lectura, y seguí preparando la difusión del libro.

Hicimos una presentación en la Casa Zorrilla de Valladolid, y me ayudó Luis Jaramillo, director regional de COPE. El libro estaba ya circulando por ahí, acudió bastante gente, y una vez más pude comprobar el interés que hay por el Valladolid medieval, tanto o más que por la novela histórica. Todo fantástico.

Seguí vendiendo, y decidí ampliar la edición. Sacar más ejemplares. También llegaron la sombras y las penas. La noche más triste fue en la Feria de Muestras donde acudieron muy pocas personas para la presentación del libro. Competíamos ese día con truebita, y donde hay fama desaparecen los demás libros y escritores. Si hubiera contado con Belén Esteban para la presentación, seguro que hubiera tenido una gran afluencia de público. No fue así, y no acudió ni mi presentador, ¿Dónde estás, Luis? Con Wally, supongo. Buenos amigos me acompañaron esa noche, y la cara de la cruz tuvo lugar tres días más tarde, cuando presenté otro libro, no mío, pero sí de un hombre muy querido por mí: Jesús Rodríguez. Afluencia de público, y calor de amigos.

Los días siguieron a las noches, y las ventas que caen como gotas de rocío fueron entorpeciéndose. ¡Ole, la poesía espontánea!

Los meses de ventas habían pasado, llegaban otros días. El libro ahí seguía, poco a poco, como me dicen los libreros, que son los que entienden de esto. Hoy se vende uno más, y otro día ninguno, para terminar la semana con dos comentarios de un lector empedernido en lo suyo, y en lo mío. Gracias, hombre.

A finales de Mayo me llamaron por teléfono, y me preguntaron si aceptaba la concesión del Premio Miguel Delibes de Narrativa 2015 para la novela. No me lo podía creer. LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. LOS HIJOS DE PELAYO había llegado a oídos de un puñado de poetas, que les había enamorado. Y ellos a mí. Me galardonaban con un premio que habían recibido algunos de los mejores escritores de lengua española. Un premio que adornaba los currícula de muchos grandes escritores. Miembros de la RAE y de otras instituciones de prestigio. Un premio que en tiempos entregaba D. Miguel Delibes en persona. ¿Tan grande me consideraban? Estaba empezando, y ellos pensaban que sí. Un placer recibirlo entre poesía y versos, en una tarde-noche inolvidable.

El verano ha trascurrido entre el calor, las piscinas, y la escritura de las siguientes novelas. Me he dedicado en julio a buscar un agente literario que se ocupe de mis ventas y asuntos, y me libere para entregarme más y mejor a la dulce y áspera tarea de escribir, más centrado más profuso. Pero andan escondidos por los rincones de Barcelona. La muerte de Carmen Balcels, nos deja huérfanos de gente que arriesga. Y LOS CABALLEROS, que podían haber alcanzado metas más altas y más soberbias, se tienen todavía que conformar con ser héroes locales, aunque sean realmente héroes universales, como algún día, no muy lejano, espero que digan los galácticos del libro.

Lo prometido es deuda. En otoño saco la segunda parte. Dije y prometo. Y AQUÍ ESTÁ. Muchos lo habéis pedido en las librerías, y los deseos de los lectores, invisibles y presentes, son una deuda para mí. Para ellos mi gratitud y mis palabras amables. Espero que lo disfrutéis.

Los caballeros de Valeolit. LEALTAD Y PROMESA.

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Tras la muerte del Rey Fernando I de León y Castilla en el año 1065, se desencadenará la guerra fratricida entre sus tres hijos varones: Sancho de Castilla, Alfonso de León, y García de Galicia, que desangrará territorios y ciudades de los reinos cristianos antes pacíficos y hermanados.

Fernando y Nuño, que han conseguido ser nombrados caballeros del Rey en la taifa de Toledo (primera parte), se verán ahora obligados a elegir entre la ambición y la lealtad, el amor o el deber, el honor o la protección a sus señores. Tendrán siempre, como refugio de sus vidas, a su familia de Valladolid (Valeolit), y al amor encontrado en Toledo (Tulaytulah).

LEALTAD Y PROMESA es una continuación de la anterior novela, aunque bien puede leerse de manera separada.

Espero que os guste. ¿Qué otra cosa puede decir este escritor?

Sí, gracias por leerme. Bss

ENTREGA DEL PREMIO MIGUEL DELIBES DE NARRATIVA 2015

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Ayer por la tarde recibí el Premio Miguel Delibes de Narrativa 2015 que conceden los viernes del Sarmiento. (zarcillo?, no. Esos serán otros…). El caso es que fui la semana anterior, 12 de junio, para ver como era la cosa. Recité unos poemas míos (algo cutre, lo reconozco, y no volverá a suceder). Al final nos hicimos una foto (la de arriba). Estoy en el grupo con buenos e interesantes poetas. Yo estoy a la derecha, junto a mí está (de izquierda a derecha): Araceli Sagüillo (la presidenta de los viernes y fantástica poeta), Agustín Espina, Santiago Redondo, Amparo Paniagua y José Antonio Valle. Gente que declama sus versos con talento y arte. Muscho arte.

Una semana más tarde recibimos el premio, y nos hicimos la foto de los premiados, qeu es la que ha salido en el Norte de Castilla. La verdad es que es un honor estar entre gente tan talentosa. La foto la pongo, del recorte del periódico; pero si queréis leer la noticia entera pinchad en el enlace de abajo.

IMG-20150620-WA0000. Amén.

NORTE DE CASTILLA Y LA ENTREGA DEL PREMIO MIGUEL DELIBES DE NARRATIVA 2015

http://www.elnortedecastilla.es/culturas/201506/20/sombra-cipres-clausura-ciclo-20150619224154.html#

 

Por cierto, tengo que decir que en la foto faltan dos personas que llenaron la entrega de premios. Uno Carlos Aganzo, el Director del Norte, que también fue premiado, pero que restringe sus salidas fotográficas por el periódico. La otra fue Angélica Tanarro, Jefa de la Sección de Cultura del Norte, que nos contó sobre la realización y tarea del suplemento cultural La sombra del Ciprés, también interesante escritora, y me consta que magnífica y entregada periodista.

Yo añadiría una tercera persona importante para mi en la tarde de ayer, Fernando Rodríguez, que fue el que me entregó el premio, y cuya foto todavía no tengo. Para él un abrazo lleno de afecto. Luego cenamos, y se declamaron pequeñas obras de arte por parte de los premiados. Una gozada, la verdad, gente buena llena de palabras bien dichas, arte, belleza y ganas de escribir con el alma tanto como con la pluma.

Esta mañana me he levantado. Me he puesto la camiseta más a mano que tenía y me he hecho una foto con el trofeo, delante del mapa de Venturo Seco del Valladolid del siglo XVIII. Porque era la foto que no tenía.

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Y luego a comprar con mis hijas al supermercado. Que la vida sigue, y las letras no se detienen.

PREMIO “MIGUEL DELIBES” DE NARRATIVA 2015 PARA ANTONIO JOSÉ LÓPEZ SERRANO POR “LOS CABALLEROS DE VALEOLIT”

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Estos días están siendo emocionante, y reconozco que todavía no termino de creérmelo. Me han dado uno de los Premios más interesantes y prestigiosos de narrativa que hay en el panorama nacional, y que concede el grupo Viernes de Sarmiento con sede en Valladolid. Este grupo poético está entregado a la poesía y son muy activos. Llevan trabajando por las letras desde el año 70 en que fue creado, y tienen entre sus galardonados gente de solera. De ahí que me sienta sorprendido, emocionado y muy honrado. La mayoría de sus premios son de poesía, y en este sentido conceden los Premios Sarmiento, el Jorge Guillén de poesía (otro vallisoletano), el Juan de Baños, y el Andrés Quintanilla.

También dedican, desde el año 1977, un premio de narrativa, el MIGUEL DELIBES, que durante muchos años ha entregado en persona el mismo Delibes, nuestro inigualable escritor tristemente fallecido hace unos años. El jurado ha otorgado a la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, en su primera parte, LOS HIJOS DE PELAYO, que es la que está publicada en papel hasta la fecha, el Premio Miguel Delibes de Narrativa 2015, y eso es un gran honor, tanto para mi persona, como para mi pequeña y triunfante novela.

La verdad es que me pilló por sorpresa, pues no pensé, ni siquiera por un instante, que LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, fueran leídos por lectores exigentes, y pudiera ser galardonado por su buena prosa. De hecho, cuando me lancé en la autopublicación, pensé que renunciaba con ello a cualquier tipo de premio, pues la mayoría requieren de obras presentadas e inéditas. Es verdad que se dan premios a obras ya publicadas, pero como la difusión que he tenido ha sido pequeña, Valladolid y Urueña, incluso muy pequeña, pues ahí quedaba todo, nunca me lo imaginé. Detrás he tenido gente que pasa por el mundo haciendo el bien, amigos que me han propuesto y recomendado. Gracias Fernando y a Ambrosio Rodríguez S.L. con su editorial Azul, y gracias al jurado por seleccionarlo.

El Premio es además una sorpresa porque la Asociación Viernes de Sarmiento no suele conceder premios a las novelas históricas, lo cual hace de la excepción un nuevo honor. Les llamó la atención, Valladolid, siglo medieval, y un trabajo de varios años estudiando y escribiendo. Buena prosa, e interesantes personajes. Gracias, mil gracias.

A veces me pregunto si el cuento de la lechera no lo escribió algún enemigo de la raza humana para acabar con los sueños de la humanidad. En este caso, el sueño va despacio, pero parece que va caminando, a Dios gracias. Lo que Dios te dé, estará bien. En este caso, gracias.

Disfrutaré de la entrega, y conoceré a estos nuevos amigos de la escritura y la palabra. Será un placer.

PD: Sigo trabajando para preparar la edición de la Segunda Parte de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Lealtad y Promesa. Esta parte ya está escrita, como bien sabéis los que me seguís habitualmente, pero ando revisando mapas, corrigiendo el texto y demás, para tenerlo en OCTUBRE preparado. Mi pregunta ahora es si debo ampliar la edición de la primera parte, con el membrete del libro, pedir ayuda a alguna editorial mayor, o dejarme querer. La verdad es que no sé que hacer. Bueno, sí. Disfrutar escribiendo.

Os dejo la noticia completa que venía en el NORTE DE CASTILLA el día 11 de junio con los Premios otorgados a todos los poetas. En los próximos días supongo que saldremos un poquito más.

¡Ah! El Premio se entregará el día 19 de junio en el Salón de Actos del BBVA de la Calle Duque de la Victoria 12 de Valladolid a las 20h de la tarde. Entrada libre.

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PRESENTAMOS LA NOVELA OFICIALMENTE.

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Nervios, nervios y nervios. Bueno… no tanto. Os cuento…

El caso es que el día 5 de marzo hacemos la presentación oficial de la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, en su primera parte, la que lleva por título LOS HIJOS DE PELAYO.

El evento completo añadiría lugar, fecha y hora, así que vamos por ello.

LUGAR: CASA-MUSEO ZORRILLA DE VALLADOLID. Calle Fray Luis de Granada, 1. Detrás de la Diputación Provincial.

FECHA Y HORA: DÍA 5 DE MARZO a las 20 h. de la tarde.

PRESENTACIÓN: Me acompañará en la presentación D. LUIS JARAMILLO, DIRECTOR REGIONAL DE COPE, al que agradezco mucho que pueda estar con nosotros en la Presentación, y al que reconozco su atención e interés por el libro.

También tengo que agradecer a Paz Altés, del AYUNTAMIENTO DE VALLADOLID, y a Ángela Hernández, directora de la CASA MUSEO ZORRILLA por las facilidades y el interés que siempre han mostrado por LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, y que son las que realmente han preparado las cosas, publicidades y comunicaciones a los medios. Las animan a los escritores vallisoletanos, entre otras muchas cosas.

Hablando de medios, tengo por aquí la foto que me hicieron en el Norte,…

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y la entrevista con Alfredo en el Norte primero. Luego vino la del Mundo de Valladolid, con Benito Carracedo: vino a casa y charlamos y nos hicimos algunas fotos por la Plaza Mayor. Todo fantástico.

El caso, y no me quiero desviar de lo que quiero contar, es que normalmente las presentaciones se suelen hacer con el lanzamiento de la novela. Tampoco puedo decir que no sea así, porque apenas llevamos mes y medio desde su publicación. Los libros me los entregaron el día 26 de diciembre 2014, y los distribuí por mi cuenta en las principales librerías de Valladolid, de las pequeñas y especializadas (ni en la Casa del Libro, ni el Corte Inglés, ni Carrefour, aunque todo se andará con el tiempo y una caña…).

A día de hoy las ventas van muy bien, y es que vender libros es un goteo, de momento constante y firme. Tengo vendida más de la mitad de la edición, y estoy pensando en sacar una reimpresión, porque seguro que tarde o temprano la necesitaré con la Segunda Parte. Paciencia, paciencia.

Dicen que lo que más vende libros es el BOCA A BOCA, el contarlo, y ahí muchos me estáis dando un buen empujón, y os lo agradezco mucho.

Los comentarios que me han llegado de los que se lo han leído son muy buenos, y eso me llena de alegría, porque para un escritor no hay nada más agradable que saber que tu novela ha hecho soñar, que ha aportado algo a alguien, ha hecho pensar, y ha ayudado a vivir, al menos un poquito mejor. Eso me habéis comunicado y es de agradecer.

También estáis preguntando algunos en las librerías donde lo habéis comprado, que cuándo sale la segunda parte. La verdad es que tenía idea de sacarlo hacia octubre o noviembre de este año. Quizás para tenerlo a punto en la campaña de Navidad (no como este año que llegué tarde y con la lengua fuera), pero es como todo en la vida. De momento, hasta que no pague la primera edición, no me meto con la segunda. Prudentia maxima est, que diría uno mismo.

Alguno todavía me pregunta que en qué librerías se puede comprar.

Vale, vale. Os pongo la relación de lugares de Valladolid donde se puede adquirir, aunque en el evento llevaré también algunos ejemplares para venderlos allí.

  • Papelería imprenta Ambrosio Rodríguez, en sus dos tiendas, la de Claudio Moyano y la de Duque de la Victoria. Gracias Fernando por tus consejos y ayuda.
  • Margen. En la calle Enrique IV.
  • Maxtor hace un trabajo muy interesante de difusión cultural y de impresión de facsímiles, como ya sabéis muchos. Está en la calle Fray Luis de León.
  • Sandoval, con sus dos tiendas, la de la Plaza Santa Cruz, y la de la Plaza el Salvador.
  • Clares. ¿La librería más antigua de Valladolid? En los días que corren esto son palabras mayores.
  • Oletum. Ahora en la plaza el Salvador y a tope.
  • En un bosque de Hojas. En la calle Fray Luis de León, al final.
  • El árbol de las letras. en Juan Mambrilla.
  • Moirás. También en Juan Mambrilla.
  • Librería San Pablo en la calle Angustias. (angustia, angustia…)
  • Librería de Pastoral del Arzobispado de Valladolid. Está dentro del Arzobispado, algunos ya la conocéis, abren solo por la mañana y miércoles tarde. Sorry.
  • Librería ROEL. Esta anda por Parquesol, en su calle principal, Hernando de Acuña.
  • El sueño de Pepa. Está en la plaza Mayor, y ha hecho algún envío por correo a los que tienen la desgracia de no vivir en Pucela (esto suena a chauvinismo, así que lo evitaré, pero es así). Pepa trabaja muy bien, la verdad.
  • A Pie de Página. En la calle librería, frente a la Universidad.
  • kiosco de la Plaza Tenerías. Gran interés para unos amigos y vecinos de siempre.

A todos agradecer el interés por vender el libro, la verdad es que sin las librerías no sé que haríamos los escritores. Me han ayudado mucho, y hay que reconocer que están por los libros de Valladolid que venden y promocionan lo nuestro. En este caso, siendo novela histórica, el libro ha sido muy bien acogido y mejor valorado por muchos de ellos.

Bueno, nada más. No me enrollo más.  Gracias, y si os ha gustado la novela no olvidéis contarlo. Dicen, que las buenas noticias se tienen que repetir diez veces más que las malas noticias, para que calen en lo hondo de la mente. Nos acordamos de lo malo mucho y de lo bueno poco. Un beso.

Estoy leyendo unos versos de la lírica popular medieval, que me encantan por simpáticas, y me vuelvo a ellos…

Y al alboré, y al alboré,

niña, te lo diré.

(León, entremés del abad del Campillo)

Nos vemos el jueves 5 de marzo a las 20h de la tarde en la Casa Zorrilla.

OFRECEMOS EL LIBRO TAMBIÉN EN AMAZON

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Colgamos el libro en AMAZÓN (la primera parte) de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT en su primera parte: Los Hijos de Pelayo;

Está preparado para versión KINDLE, y se vende a un precio de 2 dólares en ESTADOS UNIDOS.

 

http://www.amazon.com/dp/B00T261G4W

 

Comer en España en el siglo XI

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 En la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, ambientada en el siglo XI en la península ibérica, aparecen a menudo los personajes comiendo y bebiendo, y lógicamente, para escribirlo me tuve que documentar en su momento, muy y mucho, sobre lo que cocinaban, comían y bebían los que por aquellas épocas vivieron. Y de eso quería contarles, aunque sea somero lo que pueda decirles en esta entrada.

La vida en aquella época estaba más ligada a la tierra, y a lo que de inmediato daba. Por eso no debe extrañarnos que en Valencia fuera habitual comer naranjas o arroz, pero estos productos de la tierra eran desconocidos en otras latitudes más frías. No lo habían visto nunca, ni probado. Y es que cada zona producía lo suyo y los intercambios mercantiles de alimentos eran raros, por no decir extrañísimos entre los reinos cristianos con sus vecinos musulmanes del sur. Algo más intercambiaban los musulmanes, pero tampoco demasiado, pues era caro el trasporte (se podía estropear) y peligroso (podía uno ser asaltado y devorado literalmente por los bandidos). En resumen: los leoneses no habían visto ni probado una naranja en su vida, y los valencianos desconocían las truchas salvajes casi tanto como las desconocemos hoy todos.

Andando el siglo XII, y sobre todo el XIII algo hubo de pescado en salazón en las tierras del interior, pero más bien poco o nada, y además eran siglos que no tengo empollados, así que lo dejo ahí. Lo cierto es que cada uno comía lo que tenía cerca, si comía, pues no pocas veces el hambre causado por una mala cosecha desencadenaba una hambruna por la región. Hoy comemos productos de casi cualquier lugar del país, incluso fuera de temporada, pero esto no sucedía en el siglo XI. Había zonas endémicas de carne, de pescado, o de verdura y fruta. Y todas lo eran fuera de temporada, lo cual es lógico. Los únicos productos que se conservan varios meses son las legumbres y los cereales, y hay que mantenerlos secos y en buenas condiciones para que no se estropeen. Eso nos hace pensar lo importante que era el verano para cultivar cereales, y lo decisiva que era la vendimia, para disponer de vino todo el año. Pan y vino, la base de la cocina española para andar el camino, dicen. Es el cuento de la hormiga y la cigarra, había meses en los que se trabajaba para llenar la despensa, y meses donde se comía lo que se había almacenado.

Esto nos lleva a considerar la importancia que tenía el conservar los alimentos el máximo de tiempo, y lo importante que era la sal, que era el principal conservante de la historia. Se salaban la carne y el pescado para poderlos preservar durante más tiempo. De ahí nuestra costumbre de añadir sal en casi todas las comidas, en realidad era para que duraran más tiempo. El problema es que la sal era un producto relativamente escaso en el interior, y más bien caro. Obtener sal y venderla en zonas endémicas de este producto era un pingüe negocio entonces. Por supuesto no existía el pimentón (no había llegado todavía de américa), de ahí que tampoco en al matanza del cerdo se hicieran chorizos. La sal ayudaba a hacer jamón, salchichas, cecina, tocinos, pezuñas, untes, menudos, costillares y lo que fuera del cerdo, siempre en función de la condición social que se tuviera. En las zonas donde la humedad era mayor, para facilitar la cura de la carne se ahumaba. También era frecuente conservar la leche lo más posible, de ahí el genial invento (antiguo en la humanidad) del queso, con sus múltiples variedades y sabores.

Se sobrevivía con dietas que se completaban, cuando se podía, con la caza y la pesca. Aunque hay que decir, para ser rigurosos que en la segunda mitad del siglo XI, fechas donde está ambientada la novela, no hay hambrunas que no sean causadas por la guerra y la escasez de mano de obra para trabajar los campos. En las zonas de costa se alimentaban con marisco, que era una comida de pobres y de hambrientos, pues los ricos preferían pescados más contundentes, y por supuesto carne de caza: venado, conejos, liebres,…

También el alimento tenía que ver con la cultura a la que se pertenecía, y esto no debe sorprendernos, pues hoy sigue siendo así. Los musulmanes y los judíos no prueban la carne de cerdo, en cambio trasiegan la carne de ternera o de ave (pollo) mezclándola con otros productos que la conserven y la mejoren: canela o miel, entre otros. No se guisa igual en los reinos cristianos que en las taifas musulmanas, y por supuesto, los judíos de Coimbra (Portugal) no comían igual que los musulmanes de la misma ciudad, aunque todos ellos compartieran las orillas del hermoso Mondego. Cada uno comía lo suyo y no se solía invitar a comer a gente de otra religión, para evitar así problemas y suspicacias entre propios y ajenos. Cada uno en su casa, y Dios (el que fuere) en la de todos.

También tenemos que considerar que nuestro suelo patrio era zona fronteriza, y las costumbres en la frontera suelen ser más laxas que en otras zonas del mundo musulmán o cristiano. No eran infrecuentes, por ejemplo, que en al-andalus (la España de los reinos musulmanes) se cultivara vino y se bebiera con tanta devoción como lo hacían los cristianos o los judíos. De hecho el vino, en aquellos tiempos, era casi más un alimento que una bebida, tal y como la entendemos hoy en día. Los cristianos mozárabes tomaban las costumbres dietéticas de sus vecinos, aunque en algunos momentos quisieran recalcar su peculiaridad comiendo y haciendo la matanza del cerdo, que según épocas, lugares y mentalidades, podía estar entre prohibido, castigado, gravado, o tolerado. Lo mismo le sucedía a los musulmanes que vivían en los reinos cristianos (más bien pocos), o los judíos asentados en esas mismas tierras (muy abundantes en algunos pueblos concretos y dispersos por todos los lugares).

El vino, ya que hemos hablado de él, podemos decir que era tratado con canela, agua y miel, se calentaba y se fermentaba en una mezcla llamada hidromiel que gustaba mucho en la época. En Aragón inventaron una variante llamada piment, consistente en especiar el vino y diluirlo con miel. Porque esa es otra, en cada pueblo se hacen las longanizas con un sabor distinto, y en aquella época esto también era así para el vino y para casi todo.

Los ricos no tenían en su mesa las mismas viandas que los pobres. Por ejemplo en cuestiones de pan, el que se elaboraba con trigo era propio de gentes con dinero: comerciantes y nobles adinerados. En cambio los pobres se tenían que conformar con el pan de centeno, más contundente y firme. También se elaboraba pan con avena, con cebada o con alforfón (era un trigo sarraceno más pequeño), con mijo, e incluso con arroz. Esto último era frecuente en zonas donde abundaba, por ejemplo Valencia (Balansiya) y Sevilla (Ishbiliya).

Ni que decir tiene que los pobres se atizaban gallina vieja reseca y dura, en cambio los ricos preferían (porque podían elegir si querían) carne de caza: ánade o pato, faisanes, palominos, ocas y pavones gordos. Pero todo esto con variantes, por ejemplo: la vaca era un alimento de clase baja, se usaba este animal para el campo (trabajo) y para la leche. Los judíos y musulmanes, sin embargo, consumían más carne de vaca que los cristianos. Por supuesto, la carne caía en la mesa de la mayoría de la gente una o dos veces al año, excepto los hombres dedicados a la guerra, soldados y nobles, que la consumían en abundancia, pues la necesidad de estar en forma y bien alimentado obligaba (si se puede decir así) a saquear granjas y animales para abastecer y tener fuerte a la tropa.

Dentro de los alimentos que hemos heredado en la sabrosa cocina española encontramos que muchos de ellos eran comidos por nuestros antiguos según costumbres. Por ejemplo, el cocido nuestro, garbanzo y olla podrida, tiene su antecedente en un guiso judío llamado adafina, que también se tomaba separando el caldo, la verdura y la carne, que por supuesto no era de cerdo. De esta adafina procede el puchero, la olla gitana, la escudella catalana, el pote gallego y el almodrote canario, con sus variantes locales y provinciales. Los cristianos, en su afán de bautizar la comida, añadieron la morcilla a muchos de ellos, sustituida según zonas por el tocino u otra carne de cerdo. Ellos lo comían preferentemente el viernes previo al sabath por aquello de la contundencia antes del ayuno, en cambio los cristianos preferimos comernos un cocidito los domingos, día de la resurrección del Señor. ¿Por qué será que amamos la devoción con el estómago alegre?

Casi todos nuestros dulces tienen origen musulmán: mazapanes y demás postres navideños eran consumidos todo el año (se conservaban bien aunque no siempre eran fáciles de encontrar), y recibían otros nombres aunque sus condimentos eran parecidos: miel, almendra, huevo,… Encontramos así alejijos, alfeñiques, alajúes. Muchos de ellos se comían en el Ramadán, y los cristianos los reservaron para los meses de invierno, preferentemente para celebrar la Navidad, que hoy seguimos identificando con estos productos.

Los caballeros de Valeolit ya están en papel

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Por fin, por fin, por fin.

Acabo de recibir en papel (doce cajas que tengo que reubicar por casa) de la primera parte de la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Os envío una foto de la portada, la verdad es que ha quedado muy bien.

En los próximos días cambiaré algunas cosas en la página y reorganizaré alguna sección que otra para poder atender la venta de libros en papel. Me esperan unos días de ajetreo pero nada comparado con la satisfacción de tocar y hojear este primer libro. Ya os informaré, hasta entonces Feliz Navidad y
Feliz Año y gracias por vuestro apoyo.

La taifa de Tulaytulah (TOLEDO siglo XI)

 Una de las ciudades más apasionantes, que evoca más historias y leyendas llenas de sabor romántico y aromas de mujer es Toledo. De hecho, si España es para el romanticismo europeo el símbolo del romanticismo, quizás para los españoles Toledo es la ciudad romántica por excelencia. El poeta Bécquer le dedicó un buen número de leyendas y de relatos cortos, llenas de magia y sombras, ánimas veladoras del diablo, y conjuros de muertos que a la luz de las velas hacían escuchar sonidos misteriosos en la noche: campanas, cadenas y murmullos. Daba igual, pues todo valía para el escritor sevillano con tal de resucitar un suspiro empujado por bellas palabras, páginas inolvidables de la literatura española.

Sin embargo, Toledo es  mucho más que eso, fue capital del reino Visigótico, sede de concilios hispanos, y ciudad de filósofos y teólogos, quizás solo a la altura de Córdoba. Fue además una de las taifas más importantes de al-andalus, dignidad y prestigio que solo se podía comparar, en mi opinión con otras dos taifas. La de Córdoba, pues fue sede del califato, y con Granada, que terminó siendo, a la postre, el último reino islámico de la península en rendirse al cristianismo.

Si analizamos el siglo XI, y nos recreamos en los detalles que la historia muestra en la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, veremos que Toledo fue una ciudad, que sigue siendo única; estamos ante una ciudad que sufrió profundas transformaciones a lo largo de la segunda mitad del siglo XI, y cuyo acontecimiento central fue la entrada en la ciudad de Alfonso VI en 1085, una mal llamada conquista de la ciudad. Desde aquel entonces es considerada ciudad cristiana, para seguirlo siendo hoy en día. La historia de Toledo es la historia de un antes y un después de esa fecha, pues en pocas ocasiones se puede subrayar la identidad cultural y espiritual como lo hacemos con la separación y diferencia entre el Toledo musulmán, y el Toledo cristiano castellano. En pocos años la ciudad cambió abruptamente, no solo de dirigentes y gobierno, sino también de prácticas culturales.

Hasta esa fecha Toledo fue una de las taifas musulmanas más ricas de la península. Su territorio se extendía por varias provincias importantes de España, y la capital, junto al Tajo, era rigurosamente inexpugnable desde el punto de vista militar. Esto conviene explicarlo, porque nos da cuenta de la solidez y fortaleza de la ciudad. Toledo se extiende junto al meandro del río Tajo. Uno de los pocos puentes  (ver en el mapa en la letra e) que cruzaban el Tajo en aquellos años de la segunda mitad del siglo XI se encuentra en la ciudad, pero dentro de la muralla. Por tanto era imposible, o al menos muy complicado para los cristianos del norte entrar en zona islámica por Toledo. al otro lado del río, los cigarrales y las fincas de recreo ocupaban la vista y la vida de los musulmanes acomodados (ver letra d en el mapa).

No tengo tantos estudios hechos, pero creo asegurar que no era posible atravesar el Tajo aguas abajo hasta el puente romano de Alcántara, ya en tierras muy cercanas a la frontera de la actual Portugal, provincia de Cáceres. La línea que dibujaba el río Tajo creaba una línea fronteriza natural agreste y complicada de atravesar, supongo que no imposible en algunos lugares más vadeables, o con barqueros, y quizás puentes de madera. Por tanto, esto nos sirve para valorar que Toledo era la puerta de entrada de los cristianos al mundo musulmán del sur, al menos en el centro y oeste de la península, aceptando las excepciones, que seguro que hubo.

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El meandro, como digo, formaba una línea natural de protección de la ciudad, y una tercera parte de la ciudad estaba protegida por una muralla alta, sólida y fuerte. De hecho, la ciudad contaba con tres amurallamientos. El primero el más externo se conserva en gran parte, y es donde se encuentra la famosa puerta de la Bisagra (letra G en el mapa), llamada en árabe Ab-sagra. Junto a ella la actual puerta de Alfonso VI (letra H), por donde según la tradición entró Alfonso VI en la ciudad, y bastante más abajo la segunda puerta, la de los judíos (letra F), que daba directamente a la judería de la ciudad. La puerta i en el mapa, era un portón, pequeño y estrecho, destinado a los vecinos que entraban y salían directamente al barrio de la Antequeruela (en color naranja). La misma ciudad en su interior contaba con otros amurallamientos internos. El barrio de la judería estaba protegido y amurallado dentro de la ciudad (número 1 en el mapa), cuyas puertas se cerraban por la noche, y dentro también de la ciudad estaba la puerta que separaba el barrio de la Antequeruela, (número 3 en el mapa) en la parte más baja de la ciudad, separando éste de la parte más alta, que en el mapa está señalada con la letra h.

Es decir, Toledo es una montaña imposible de flanquear por cualquier ejército medieval, musulmán o cristiano. el tercer amurallamiento de la ciudad, el alficén (letra 2 del mapa en color verde oliva) lo ocupaba la zona donde residía el emir de la ciudad, el reyezuelo de la taifa, en una ubicación que actualmente es ocupada por el Alcázar, en la zona más alta de la ciudad. Como vemos, Toledo, rodeado por tres murallas, y con un control sobre el puente era la ciudad musulmana más complicada de conquistar junto con Valencia.

¿Por qué se produjo entonces la derrota y cambió de manos musulmanas a manos cristianas? Básicamente por el desorden interno y las revueltas y disensiones de la ciudad.

Toledo estaba poblado, desde los primeros tiempos del islam en España, por una población cristiana mozárabe muy sólidamente asentada en la ciudad. Era la ciudad de los Concilios cristianos, la ciudad de la conversión de Recaredo, y no iba a convertirse fácilmente al islam. Estos cristianos sufrieron los rigores de tener vecinos musulmanes, y gobernantes musulmanes, no siempre benévolos con ellos. Pero resistieron, y culturalmente siempre se consideraron resistentes y fuertes en su fe. De hecho, se habla de la convivencia de las tres cultura en Toledo como una realidad más mitificada por el buenismo ideológico que por la realidad. Se llevaban bien con los vecinos, pero lo cierto es que los mozárabes pagaban más impuestos que el resto, y lo mismo le sucedía a los judíos sefardíes de la ciudad. Estas minorías religiosas y étnicas tuvieron que soportar cada cierto tiempo como sus barrios y sus casas eran asaltadas por musulmanes no tan partidarios de una convivencia pacífica. De hecho, esto mismo sucedía en las ciudades cristianas con respecto a las minorías judías o moriscas.

¿Cómo interpretar esta violencia? La antropología social y cultural nos muestra la dificultad de supervivencia y de convivencia de todas las minorías culturales dentro de una cultura más amplia y dominadora. Es por tanto algo, no causado por la religión, sino que parece estar en la esencia de las culturas (hutus y tutsis parecen evocar un problema más viejo de lo que nos imaginamos) dominantes y las culturas dominadas que conviven en territorios próximos.

Volvemos al tema que nos ocupa. La ciudad mantuvo el orden público de sus calles con mayor eficacia, que no total, en tiempos del Califato, pero agotado éste, y dividido al-andalus en decenas de taifas, Tulaytulah, que era el nombre musulmán de la taifa, multiplicó sus dificultades para mantener el orden en sus calles. Las parroquias cristianas, algunas de ellas respetadas desde tiempos inmemoriales por los musulmanes de la ciudad, fueron convertidas en mezquitas, incluso contra la autoridad de su gobernantes que poco podían hacer, y los acuerdos y buenas intenciones para proteger a los mozárabes no siempre lograron apagar las embestidas de una minoría cultural acosada por otros vecinos más intolerantes, los de la Antequeruela, por ejemplo.

Toledo sucumbió al desorden, cosa que se aprecia bien en la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, y poco a poco estuvo necesitada de ayuda exterior. Incluso los levantamientos populares de algunos musulmanes de la ciudad fueron promovidos por los reyezuelos de otras taifas, especialmente Córdoba o Sevilla, que buscaban desestabilizar el gobierno de Tulaytulah, aspirando a la expansión y regeneración del califato, algo que parecía contravenir los nuevos tiempos de división de la península.

El gobernante de la ciudad, al-Mamún, suegro además del rey de la taifa de Valencia (en aquellos días acosada por la taifa de Zaragoza y otras, y por el Cid Campeador más tarde) se rindió a la necesidad y pactó un acuerdo con los cristianos, que eran los más fuertes desde el punto de vista militar. Acordó con el rey Fernando el Grande, rey de León una paria, el pago de un impuesto a cambio de protección. No fue la única pues la taifa de Sevilla y Badajoz, y Zaragoza aceptaron también el pago de una paria a su protector Fernando el Grande.

Durante la guerra que enfrentó a los tres hijos de Fernando y Sancha de León, nuestros queridos Sancho II de Castilla, Alfonso VI de León, y Fernando de Galicia, Toledo no permaneció ajena a los sucesos. Tras la derrota de Golpejera (cerca de Carrión de los Condes) en 1073, Alfonso VI huyó exiliado a Toledo, junto con su amigo y máximo generaly confidente el Conde Ansúrez (fundador de la ciudad de Valladolid). Allí fue bien acogido por sus amigos musulmanes, por al-Mamún que lo apreciaba sinceramente.

Por supuesto, cuando Sancho II fue asesinado por el traidor Dolfos Vellido al pie de la muralla de Zamora, Alfonso VI se convirtió en el nuevo rey de Castilla y de León, y a la postre y gracias a una maniobra turbia, en  rey de Galicia también. Recuperó el trono, regresó del exilio, y siempre tuvo una magnífica relación de amistad con Toledo. De esta forma fue el rey más importante de la cristiandad en la península, con el reino más extenso. Regresó del exilio, pero con conocimientos importantes sobre los musulmanes y sobre Toledo.

La ciudad de Toledo fue conquistada por Alfonso VI cuando Al-Mamún le pidió ayuda en el año 1085 para que desalojara de la ciudad a sus enemigos. No se sitió la ciudad, y no se derramó más sangre que la de los animales que sustanciaron la fiesta de la victoria. Imagino que cerdo para los cristianos, y ternera para los judíos, mozárabes y musulmanes. Alfonso VI entró en la ciudad para liberarla de los enemigos, y la convirtió así en ciudad Imperial de los Visigodos; él mismo se autodenominó emperador de las tres religiones: cristiana, musulmana y judía; y prometió defender y proteger a los musulmanes, judíos y cristianos de la ciudad. Promesas que no pudo cumplir del todo.

El primer problema al que tuvo que enfrentarse fue que la conquista de Toledo, y el exilio de al-Qadí (mandatario sucesor de AlMamún) a Valencia como nuevo rey de la taifa, llenó de miedo a las demás taifas musulmanas. La reconquista de los cristianos había continuado y no se había detenido con Almanzor, que había saqueado León hacía menos de cien años. Y el miedo siempre ha sido un mal consejero. El resto de taifas de al-andalus llamaron a los musulmanes del reino Almorávide del otro lado de la península, y esa fue su perdición; pues los almorávides pensaron pronto en desalojar a los reyezuelos de las taifas de sus gobiernos para instalarse ellos.

Las tropas de las taifas, poco sólidas y con ejércitos locales más o menos blanditos, no pudieron hacer frente a la gran batalla de la época: Zalaca, o Sagrajas, como se conoce entre los cristianos. Fue cerca de Badajoz, y fue un año más tarde de entrar en Toledo, en 1086, exactamente.

Los almorávides ubicaron a las tropas de las taifas en primera línea de combate. Las tropas de Alfonso destrozaron éstas, pero no pudieron continuar la batalla ante la maniobra genial de los almorávides, que cayeron sobre ellos cortando cabezas y humillando a los ejércitos de Alfonso VI, que incluso era apoyado por tropas castellanas, aragonesas, leonesas y gallegas. En solo 48 horas las taifas perdían todo su ejército, y los cristianos (leoneses, castellanos y aragoneses que acudieron también) el suyo.

Regresó el miedo, en este caso a los cristianos que vieron que sin ejército los musulmanes tomarían de nuevo Toledo, incluso volverían a saquear León, Burgos y las ciudades cristianas que empezaban a despuntar. Pero el caudillo almorávide Ibn Tasufin,  regresó precipitadamente a su hogar en el actual Marruecos, pues estaba falleciendo un hijo suyo, sino había fallecido ya. Cuando regresó año y medio después, los cristianos eran más fuertes. Más tarde perderían algunas batallas decisivas contra el Cid en las puertas de Valencia, donde la tormenta barrió a los ejércitos almorávides que se ahogaron en la albufera.

Toledo no cambiaría de bando.

La ciudad siguió su curso. en pocos años los mozárabes fueron desplazados por los castellanos que repoblaron la ciudad, y que trajeron la liturgia romana llevada por los cluniacenses, impuestos por el Rey para sus territorios. Se respetaron a los mozárabes, pero fueron cada vez más reducidos en presencia. De hecho el obispo Pascual, mozárabe antes de 1085, no fue obispo de la ciudad tras la conquista, y Alfonso VI nombró a un borgoñés, del gusto de su mujer Constanza, que terminó convirtiendo la Gran Mezquita de Toledo en la Catedral que es hoy, faltando así a la promesa que hiciera el rey. Su mujer no estaba tan dispuesta a ceder a las bondades de los musulmanes de Toledo, los viejos amigos de su marido.

los musulmanes fueron abandonando poco a poco la ciudad, quizás buscando tierras musulmanas más propicias. en cambio los judíos empezaron a llegar en buen número a la ciudad de Toledo, que siguió manteniendo durante varios siglos su hegemonía sefardí. De hecho, la gran ciudad judía española en la historia es y será sin duda Toledo. De estos siglos posteriores son las dos sinagogas, bellísimas y hermosísimas, que hablan de un pasado y de una religión hermanada y protegida por los reyes medievales.

Por desgracia, esta protección no pudo detener al pueblo, que incomodado por las minorías, atacó de nuevo a las minorías, en este caso judíos y moriscos, así llamados. Los mozárabes fueron respetados, aunque siempre arrinconados y burlados por su condición mediomora. Una injusticia para todos ellos.

Podemos pensar que durante mucho tiempo Toledo tuvo un mercado semejante al gran bazar de especias de Estambul, que por cierto, en 1085 era cristiana y bizantina.

De estas épocas musulmanas proceden los cuentos, leyendas y misterios que luego fueron narrados por muchos rapsodas de la historia. Como Bécquer, entre otros.

ANTONIO J. LÓPEZ SERRANO

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