Archivo de la categoría: Pensamiento Filosófico.

Artículos y comentarios filosóficos. Desde una perspectiva antropológica, el autor opina.

Contrato general para el consentimiento en la coyunda .

Están que se salen, y no caben en sí. Me refiero a la portavoz del gobierno de España; la mujer se ha venido arriba con el caso de la manada y andan tonteando con la razón y con la opinión pública. Como quieren que la ley penal sea muy condenatoria de presuntos violadores, y no quieren que sean presuntos, (al machorro ni agua), dice la ministra Calvo que a partir de ahora ha de existir un consentimiento explícito, que no tácito, por parte de las mujeres cuando tengan relaciones sexuales con varones. Si no hay ese consentimiento expreso es violación. Psoe dixit, y somos la izquierda.

En realidad el problema no lo van a resolver, al contrario, crearán unos cuantos mayores, pero como lo ha dicho la “menestra” pues ale, todo va a ser de un democrático de asustar. Porque esta gente es demócrata a tope, y les encanta que se lo digan.

Digo que no lo van a resolver porque el problema del derecho está en la prueba. Sin una prueba de cargo, suficientemente condenatoria y sólida, no hay condena. Y es que la presunción de inocencia obliga a demostrar la culpabilidad del acusado con pruebas convincentes. El tema con las violaciones, y en general los delitos sexuales, es que no suele haber testigos presentes. Que es tu palabra contra la mía, y por eso los jueces tienen que esforzarse examinando otras pruebas: si hay agresión física, si hay lesiones, si se conocían de mucho o de poco, si hay problemas psicológicos, si era menor y el otro se aprovechó y engañó con prevalimiento, etc… Cualquier duda lleva a la absolución. Desde luego no es fácil, aunque la portagritos del gobierno, la señora Calvo, se ponga estupenda, no es fácil disponer de pruebas. Y sin pruebas no hay condena.

Pero el tema del consentimiento puede dar mucho juego en un mundo como el nuestro.

El primer problema será discutir en el juicio si dijo que sí, o si dijo que no. “No dije nada”, dijo ella. “Dijo un sí como un piano, incluso asintió con la cabeza” explicará el abogado. ¿Hay alguna grabación?

Seguro que vuelve a salir la Calvo para indicar que la mejor prueba de consentimiento es el contrato con firma. Y ahí vendrá el segundo problema. “Me obligó a firmar y me puso una navaja en el cuello”. “Mentira, ahí está la firma clarita de la señora, y además tengo varios duplicados que he mandado a la prensa, porque esta tarde tengo plató”.

¿Tendrá que volver a salir alguien del PSOE para decir que hay que reformar el código penal de lo que ellos mismos hicieron mal, o sea, como ahorita mismo, para que sea más democrático y más progresista? “Yo firmé para que me magreara con levedad y sosiego; y el tío, con el calentón, se ha propasado y me ha dejado embarazada”. “Creía el acusado, señor juez, que con la firma era suficiente, y además ella afirmó durante dos veces, asintiendo con un gemido, que estaba a gusto”. “Eran gemidos de dolor, señor magistrado”. “No se hable más. Elevaré el asunto al CGPJ para que legislen como Dios manda”.

Bien. Tercera reforma de la reforma de la ministra Calvo. Digo yo que lo siguiente que tendrán que hacer será un contrato donde se explicite exactamente en que se consiente dentro de la relación. Habrá que rellenar un apartado general de la relación, para más seguridad jurídica; y luego dejar a las claras y por escrito lo que se desea hacer. Magreo sí, griego no, francés solo si no hay eyaculación, besos los justos, etc. “Cariño, ¿por qué te paras?” “Es que no estoy seguro de mis derechos penales y civiles, y no quiero que dentro de unos años, si discutimos, me eches en cara lo que ahora mismo está sucediendo”. “Vaaale, ahora mismo me levanto y te firmo el anexo al formulario del ministerio de justicia”.

Aún así, el juez seguirá teniendo múltiples problemas. “La cruz en el cuadradito fue añadida más tarde” Dijo la primera parte contratante. “Mentira, lo firmó así, ¿no ve que es el mismo boli?”, explicitará la segunda parte de la parte contratante. “Un grafólogo, por favor”, sugerirá el Ministerio Fiscal.

Vendrá una nueva reforma democrática para democratizar la siempre eterna dictadura; y la ministra Calvo, (siempre hay ministras Calvo por los gobiernos del PSOE) afirmará sin ambages en una concurrida rueda de prensa: “Será obligatorio hacer duplicados y enviar uno al ministerio de asuntos de género y contra el machismo, para proteger a las mujeres maltratadas y violadas”. Igual ese día sueltan otro exabrupto contra los franquistas y los antidemócratas, que no hacen más que entorpecer sus inteligentes y progresistas medidas.

En fín, para resolver el problema de la prueba en el proceso penal tendrán que convocar oposiciones porque necesitarán un huevo de funcionarios para poder tramitar y solventar con acierto tan complejo asunto. “Hemos ampliado la partida en la lucha contra el machismo y vamos a tener que subir los impuestos a los más ricos”.

Por supuesto, la oposición política del centro derecha les dará la razón con timidez, pues nadie se atreverá a parecer un machista o un fascista de tres al cuerto. Y así estaremos durante años.

Las cosas se enquistarán y no faltarán mujeres infieles que no quieran firmar nada. “No quiero firmar nada, que luego le enseñas el papel a mi marido y la liamos”. “Pero Maripili, si yo te quiero, y me acabas de decir que me quieres”. Pues nada. Ajo y agua. Si no hay papel eres presunto violador.

“Los varones mayores de diez años tiene que firmar todos los años el documento 505 del Ministerio de la Mujer donde declaren que no tiene intención de mantener relaciones sexuales no consentidas con hembra alguna. La tasa del documento 505, será de 50 euros, y su cuantía servirá para la investigación contra las causas del machismo, ale”

Y digo yo que al final lo conseguirán. En España se podrán tener relaciones sexuales con seguridad tras firmar varios documentos ante notario, enviar las copias a las distintas administraciones (porque seguro que acaban teniendo competencias solapadas ayuntamientos y comunidades autónomas) y efectuar antes de cada relación una declaración jurada de amor eterno (el matrimonio, vamos). Lo que me temo es que quiźas para entonces no queden españoles con ganas de nada.

 

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Lecturas y sosiego.

Me reconozco en estas tardes de lluvia, primaverales y venturosas, refugiado en la lectura y en el sosiego. No siempre es fácil encontrar silencios y huecos en los hogares. Convivimos con muchas realidades, algunas de una tecnología invasiva capaz de hacernos perder la cabeza y la tranquilidad. Pero hoy puede ser distinto. Hoy quiero verme refugiado en la lectura de los clásicos, en el silencio que inunda mi hogar cuando mis hijas se van a la cama. En la paz que otorga, feliz buenaventura, unas sencillas páginas que nunca antes han sido abiertas, ni recorridas, ni pasadas con mimo y tacto por mis manos que hoy quieren ser más delicadas y amables que nunca con su contenido.

Huelo el lomo del libro, me impregno del aliento de sus páginas. Como si se tratara de un plato exquisito, de esos que los nuevos cocineros jefes califican con una descripción interminable. Nada puede superar las palabras de una novela, mucho menos de un poema, incluso el teatro leído es diferente al interpretado. Si una fotografía se esconde bajo cien palabras muertas, y el cine trata de vivificar cien palabras en movimiento de manera interminable, con una historia, la palabra puede ir más alla. Va maś allá y se convirte en arte, en experiencia sublime, en un atisbo de la trascendencia. Tal cosa sucede cuando las palabras están escritas con la máxima belleza y el escritor es alguien que lo sabe hacer. ¡Ojalá fuera yo ese escritor!

Una novela es capaz de mil cosas. Puede permitir examinar los pensamientos del asesino, descubrir sus sentimientos con precisión, nos hace imaginar con nuestra propia experiencia lo que le sucede al protagonista. Nunca una película será mejor que un libro. Salvo que el libro sea muy malo, cutre y fofo. Casi siempre el libro es mejor que la película.  Yo los prefiero, y es que una foto es algo mudo, un trozo congelado del tiempo. En cambio, las palabras nunca enmudecen. Recorres sus capítulos despacio y reverdecen, es como si despertaran los personajes, la vida que estaba oculta durante meses, quizás años, se levanta mientras las palabras son pronunciadas en silencio por nuestra mente. Silencio y lectura, una combinación espectacular.

Las palabras son superiores a las imágenes, entre otras cosas porque trasmiten una paz que no logra el cine, ni las películas, ni la televisíon. Tampoco las redes sociales, tan cargadas de imágenes insulsas, de mensajitos ñoños, de vulgaridades y chistes fáciles se pueden comparar. Gente posando su inanidad, grandezas y vilezas que necesitan una simple frase para tener algo de vida. No dicen nada, salvo que haya un pie de foto, una palabra que rompa su silencio.

Y es que sin palabras el mundo se muere, el hombre se muere, la civilización se muere. Somos palabras, palabras puras y firmes, decisivas. Las necesitamos para expresar el amor, para expresar los sentimientos, las ideas, las contrariedades y para despedir a los muertos. Para decir lo que es el mundo, para decir lo que somos nosotros, para decir lo mucho que nos importan los que están a nuestro lado. Los rayos catódicos malvados de los miles de redes mortecinas, que ahora nos piden permiso para molestarnos, son agonías que no prosperarán. Se extinguirán cuando sus luces nos aburran. Y ya nos aburren y nos maltratan. Un libro no. Un libro nunca fulmina el sueño, al contrario, lo acompaña por la noche hasta obligarnos a conciliar el sueño con el recuerdo y el aliento de la historia, el verso, o la palabra que acabamos de escuchar.

Un libro es un compañero, una obra de arte escondida en una estantería. Un libro acompaña, seduce, invade la vida con el máximo cuidado. Por eso leer es un placer único. Solo basta dedicarles un pequeño rato al día para que sus beneficios duren horas, semanas, meses y años. Hay libros que los recordamos durante años porque nos han dejado una impronta inolvidable. Eterna. Los libros calman la ansiedad, alientan la vida, distraen las preocupaciones, motivan la vida y nos hacen pensar. ¿Se puede pedir más a los escritores que logran tal cosa?

Ahora solo nos quedará elegir un buen libro, un próximo libro. El mejor de los posibles para el momento presente. Necesitamos encontrarnos con una historia, con unas ideas que nos seduzcan y un mundo que nos haga ser más nosotros mismos. Para eso están los libros.

Y para estamos los escritores, para buscar la mejor de las historias o de las palabras, las que sean capaces de levantar a los hombres, de elevarlos hasta lo trascendente. La historia que conceda la esperanza a los que han perdido toda esperanza. Ese es el libro que me gustaría volver a escribir, para así poder agradecer lo que me regalaron Proust, Conrad, o Juan Ramón Jiménez.

 

La paranoia nacionalista en España: entre Cataluña y ETA.

Qué razón tiene el amigo Boadella, más que un santo con esta frase: “El nacionalismo lo primero que hace es poner un enemigo en funcionamiento, y en el caso del nacionalismo catalán el enemigo es España. Creo que hay una parte de los catalanes que están enfermos de paranoia porque creen que España está contra ellos” Albert Boadella.

Y es que desde hace doscientos cincuenta años los nacionalistas de todo pelaje no han hecho más que meternos en guerras, en posguerras, en luchas de liberaciones y en entelequias inventadas por sus paranoias. En Europa, el nacionalismo ha sido el creador de un cúmulo de mentiras tan abundante que todavía no nos hemos recuperado, son los padres de la leyenda negra antiespañola, los abuelos del racismo eurocéntrico y protestante, los bisabuelos de los exterminios más masivos y genocidas de la historia, y, finalmente, los tatarabuelos de la propaganda que trata de ocultar sus genocidios. Y ahí siguen, afirmando tan panchos y circunspectos que son víctimas, como si no pudieran sentirse y ser catalanes, españoles, europeos y terrícolas a la vez.

El origen de sus lamentos está, y creo no equivocarme, en el complejo de inferioridad que arrastran frente a los vecinos; lo cual, sea dicho de paso, se combina sutilmente con el ansia de poder. Tampoco es nuevo. Si los flamencos del duque de Orange montaron sus guerras y mentiras para independizarse de su legítimo rey, casualmente español, fue porque se sentían inferiores, porque ambicionaban el poder, y porque son así los pobrecillos. Malos hasta asesinar a los que piensan distinto; y lloricas cuando no pueden usar la guillotina.

Por eso no es casualidad que Puigdemont, y antes los etarras, eligieran Bélgica como paraiso nacionalista. Tampoco es extraño que un poco más al norte, en un condado independentista del Reich actual, un juez alemán se hiciera un lío con el asunto. Entre el complejo nazi, el miedo al qué dirán, y la ignorancia. Tampoco es nada nuevo.

Y es que Europa está sentada sobre un polvorín al que le quedan unas cuantas guerras más  para espabilar, todas con el nacionalismo y sus embustes como principales mecheros. La última guerra en Europa fue por la fragmentación de Yugoslavia, nacionalismos enfrentados. Pero las próximas serán por Cataluña, quizás Alsacia, Babiera o Córcega, Escocia, Gales o Irlanda del Norte. A saber. ¡Ojalá me equivoque, pero Europa corre hacia su siguiente guerra sin ser consciente de ello! Y el problema es que tenemos las papeletas para que nos pase a nosotros: gobiernos débiles y paralizados, sociedades manipuladas y complejos. Muchos complejos a la derecha y a la izquierda.

El nacionalismo es la versión finilla del tribalismo, al pueblerino, al tractorino y al patán que inventa paranoias, persecuciones inexistentes y victimismos falsarios. El nacionalista eleva la mirada al auditorio buscando que apruebes sus ridículos argumentos. Si les das lo que quieren, que es el poder y el dinero, te seguirán mirando por encima del hombro. No tendrán, además, ningún reparo en perseguir a los no nacionalistas cuando se les antoje. Y tampoco les preocupará robarte parte de lo tuyo aduciendo que necesitan expandirse (Valencia, Mallorca, Navarra, Praga o Polonia). Están deseando humillar al resto del mundo para demostrarse a sí mismos que son como los demás (acomplejados) y así indefinidamente.

Siendo sinceros, yo creo que el nacionalismo no tiene capacidad para gobernarse ni inteligencia para mejorar ni siquiera lo suyo. Su guía son las emociones y los sentimientos, por eso inventan conflictos donde hay paz y prosperidad. Suelen conducir a los suyos a la muerte y a la guerra, con el simple argumento del “porque yo lo valgo”. Y pocas veces, muy pocas hacen cosas buenas por su pueblo. Si tocan la educación, la convierten en excluyente (de los castellanoparlantes por ejemplo), y si entran en materia de sanidad, escogen a médicos que hablen su lengua antes que sean los mejores en medicina. Son así.

Me dice un amigo que el nacionalismo se disfraza de patriotismo, pero que es muy distinto. No le falta razón. El patriotismo consiste en amar a tu nación y su cultura sin excluir la de los demás. Reconocemos lo propio y nos admiramos de lo ajeno. Es curioso que los patriotas enfrentados en la guerra, por ejemplo, se suelan reconocer en las ideas que los unen y en el honor del servicio a los demás, a los suyos.

Pueden hablar y entenderse. Wellington y Castaños, por ejemplo, se reconocieron como tales, y reconocieron la valentía y capacidad de los franceses que tenían frente a ellos. Ellos aman su país, igual que nosotros el nuestro. El honor está por encima, y no se pide al enemigo que traicione a su patria.

Pero el nacionalismo no funciona igual. El nacionalismo está lleno de envidia por lo que no tiene, y codicia lo que nunca tendrá. Ningún etarra dirá una cosa buena de España que excluya a los vascos de su bondad. Lo mismo los Puigdemónicos. El nacionalimo se inventará amores enfermizos en lo que les parece que es auténtico, exclusivo y natural a ellos: su raza, su bandera, sus cánticos y su lengua. Y alimentan con la misma necesidad el odio intransigente y racionalizado contra el esperpento creado. Necesitan un enemigo ridiculizado sobre el que ciscarse y perseguir. Lo malo es que no les importará matar, derramar sangre y destruir su patria con tal de conseguirlo.

La semana pasada hemos visto que ETA ha anunciado su final. Pero eso no será el final de su guerra (su presunto conflicto). Seguirán con la propaganda hasta hacernos creer que sus asesinos son héroes y mártires; y que sus asesinados nunca existieron. Por eso, hasta que no haya un monumento a Miguel Ángel Blanco presidiendo la playa de la Concha en San Sebastián, ETA no habrá muerto. Y hasta que no podamos pasear con una bandera española por Alsasua, Tordesillas, Zafra, Hernani, Hospitalet, Basauri y Dos Hermanas (pueblos todos españoles) no podremos hablar de libertad y democracia en nuestra patria. Hasta que Puigdemont no sea juzgado por sus presuntos delitos, no habrá paz en España. Ni en Europa.

 

Master and doctor. ¡Qué vuelva la tuna a España, por favor!

Digo yo que son los signos de los tiempos. Debe importar mucho que los políticos, que no saben hacer la O con un canuto, disimulen sus miserias, y para ello nada mejor que hacer unos cuantos master, doctorados y cátedras a destajo, que es tanto como decir que se quieren poner a la altura del burrerío nacional que nos circunda. El tema no es nuevo, el “usted no sabe con quién está hablando” es tan viejo como la tos; y ahora se lleva el rellenar los currículos vite por si acaso se quedan sin empleo. Será por eso.

Master en relaciones de vecindario y catarsis sindical, por ejemplo. Y presumen más que una mierda en un solar (mi abuelo dixit). Son la nueva y la vieja clase política, la que necesita decir a todo el mundo que saben algo, y nos lo cuentan diciendo que tienen títulos y estudios. Los muy orates, ¡cómo disimulan! No se han enterado que los doctorados los regalan en España a cambio de arrastrarse y pelotear unos añitos a sus respectivos catedráticos de departamento. Lupanares tiene la santa madre universidad. Eso lo sabe todo el mundo. Por eso, que te regalen un título sin pasar por el peloteo sienta muy mal a la gente. Lo de estudiar es lo de menos, porque con cincuenta mil micro asignaturas ya no se estudia nada, pero lo del cafelito con el catedrático y la pléyade de moscones dándole la razón… eso no tiene precio.

Estos jornaleros del título, digo yo que son gente de bien; acomplejada quizás. Caminan por la vida y por las sedes de sus respectivos sindicatos y partidos políticos como pollos sin cabeza por pillar un cargo. Y cuando lo tienen se les cae el mundo a sus pies, porque entonces les piden un título para parecer más. “Chica, es que hoy día, sin un título de doctor no eres nadie en política” y se vuelven locos por camelarse a un fulano de esos de la universidad que les firme que son super listos, que hicieron muchos estudios, y que ellos son tan sabios como venden en las fotos. Las tunas casi desaparecidas por falta de cantores, la clases vacías por falta de exigencia, y estos tipos con las paredes llenas de títulos firmados por el Rey en fotocopia. ¡Cómo hemos empeorado!

En realidad lo de los estudios ha ido a pique desde hace tiempo, y la universidad es desde hace mucho un abrevadero de títulos, un lupanar de amiguetes colmados de soberbia y palmaditas en la espalda. No es nuevo. Cuando era joven, más joven quiero decir, había catedráticos por la gracia del PSOE. Los llamábamos así; gente que les habían regalado las cátedras por ser simpatizantes del PSOE, que era lo que se llevaba y lo que era fetén. Todos eran del partido y presumían de tener carnet. Se iban colando en los departamentos a poner sus huevos, como alien el octavo pasajero. Los huevos eclosionaron, claro, y han dado lugar a la Universidad contemporánea, con parásitos y plagiadores en abundancia. Se salvan los mejores, claro, que son minoría. Faltaría más. Pero a veces son tan minoría que hablamos de excepciones.

Todos sabíamos quiénes eran esos regalados señores por la gracia del PSOE, que con el tiempo han llegado a ser casi todos en la uni. Se han reproducido como termitas, y los que no pertenecen, ni tienen siglas políticas rojizas son simplemente aislados o proscritos de la Universidad. De la pública hablo, que es la que conozco. Eso ya venía pasando con el franquismo, cuando la universidad era antifranquista. El problema es que las mañas no han cambiado, y muchos terminan rechazando la meritocracia, y prefieren a un lerdo de los nuestros en el departamento, que a un sabio de los “malos”. Y al final todo se ha llenado de pelotas y bobos.

Las universidades de todo el mundo, no solo las españolas, están llenas de tipos como Pablo Iglesias, que no saben casi nada, pero que tienen títulos recaudados a golpe de palmaditas. Errejón y Pablo son el paradigma de lo que se ha convertido la institución medieval por excelencia, la universidad; por eso la Cifuentes, que es del PP por equivocación, porque opina en casi todo igual que el PSOE, quiere ser como sus homólogos políticos. Doctora y sabia. No lo necesita, porque para ser político hay que saber tanto como los que te votan, pero la ambición rompe el saco; y anda por ahí señalada por haber dado saludos y palmaditas en la espalda a los catedráticos que ahora dicen no conocerla.

Para mi, y no es coña, lo más preocupante de la universidad española es nos hemos quedado sin tuna y sin clases. Los alumnos son ahora como los de BUP de antes, van con sus madres a reclamar las notas del chiquitín. Los doctores son como los profesores contratados que hacían el doctorado mientras daban clase a los cursos inferiores, y los catedráticos son como los doctores de antes. Incluso estoy tirando por lo alto.

¿Les cuento mi experiencia universitaria?

Estudie Derecho en Valladolid en los tiempos de la masificación, finales de los años 80. Éramos unos 250 por aula, 1000 por curso, y no había sitio ni para sentarnos. Los alumnos que llegaban tarde se tenían que quedar de pie. El profesor daba clase dictando apuntes, mandaban ampliar por libros recomendados y en pocas asignaturas nos mandaron leer algún libro. Se contrataban jueces y fiscales para darnos clase, fueron los mejores profesores. La época de los grandes catedráticos de Valladolid había terminado, pero todavía quedaban rescoldos de su calor: García de Enterría o Torío. Los que quedaban eran secundones, algunos buenos y con capacidad y otros no. Por suerte estudié el plan del 56, antes de que reinventaran la Universidad multiplicándola con mini-asignaturas de ganchillo y macramé. Luego te especializabas, hacías la oposición. En esa Universidad estudió Sainz de Santamaría, por cierto. Sacaba matrícula tras matrícula. A esa universidad de los 80 le doy un 7 y tiro alto. Los planes eran buenos, y había todo tipo de profesores. Ninguna aspiración internacional, ningún interés por el mundo laboral. Departamentos repartidos entre las izquierdas y las derechas a partes desiguales. Nada que objetar más que era una fábrica de hacer títulos.

Mi siguiente carrera fue la de Teología en el grado de licenciatura, que correspondía al antiguo Bacchalaureatus in sacra theología. Le pusieron por nombre Licenciatura en estudios eclesiásticos. Las clases las recibí en el Estudio Teológico Agustiniano de Valladolid, vinculado a la Universidad Pontificia de Comillas de los jesuítas de Madrid. Venían profesores de Roma y de Madrid a darnos clase algunos semestres, y los compañeros de carrera fueron ingleses, indios, filipinos, españoles y portugueses. El nivel exigido era bajo, pero el nivel enseñado era alto, muy alto. Se recomendaba leer mucho y bien, con muchos libros y con el nivel que cada alumno podía. Se aspiraba a mucho y eran magníficos profesores. No se faltaba a clase, y éramos unos 100 en toda la universidad, divididos en dos grupos, los del cíclico y los de primero.

Mi tercera experiencia universitaria fue en la UNED, entre el 2004 y el 2008, donde estudié Filosofía hasta la diplomatura. Empecé unos planes de estudio que a los tres años cambiaron. El plan del 2001 sustituía al plan de hacía cuatro años, y el siguiente era el plan del 2006 o por ahí. Muchos planes, créditos por todos los lados, y materias con poca chica. Era una suma de cursillos, algunos chorras y sin ninguna sistematicidad académica. En total recuerdo dos profesores muy buenos, el resto un absoluto desastre. Las de Antropología escribían sus propios libros con faltas de ortografía, banalidades y soberbia. El nivel exigido casi igual al que tenían los profesores, o sea, nivel académico muy bajo. Realmente lamentable. Había asignaturas donde los profesores eran unos fulanos sin capacidad para dar clase, ni recomendar libros adecuados. En otras desconocían la materia, o no la daban correctamente por falta de interés. Eso sí, todos presumían de ser estupendos y super reflexivos. Las excepciones vinieron de algunos adscritos que se curraban las clases, y de los alumnos, que al ser a distancia, solía ser gente con más experiencia universitaria que la que allí ofrecían. Eso sí, estaba muy bien organizada, y muy poco controlada.

Por supuesto ya no había tuna, sino tunantes. ¡Ay qué pena la tuna que cantaba!

¡Cuándo la tuna te dé serenataaaa….!

 

 

La futura y próxima guerra civil europea.

No quiero ser pájaro de mal agüero, ni mucho menos. Cualquier guerra sería un desastre de proporciones humanitarias gravísimas en Europa, y en cualquier lugar del mundo, pero tengo al sensación de que la Unión Europea camina hacia una Tercera Guerra Mundial. Espero equivocarme como pitoniso, pues sería un fracaso estrepitoso de Occidente en su conjunto. Lo malo es que si me pongo a estudiar los antecedentes históricos, y añado al cóctel la deriva de la sociedad Europea, entendida en su conjunto, deduzco una posible guerra. Dios no lo quiera.

Vamos al principio. La razón de ser de la UE fue evitar una Tercera Guerra Mundial que enfrentara a los europeos. Después de la Segunda Guerra Mundial era una buena solución. Teníamos los cadáveres calientes sobre la mesa, y había que asegurar que Francia y Alemania (especialmente) no siguieran jodiendo al resto con sus interminables batallitas.

Además la idea era muy buena y sonaba muy bien: construir un marco supraestatal de libertades y de democracia que resistiera frente a los totalitarismos amenazantes (comunismo y nacionalsocialismo). Unos Estados Unidos de Europa frente (junto ) a los de América, y frente al creciente poder asiático. Muy bien. Felicidades, muchachos. Viva el ingenio y montemos los Erasmus.

Francia, Alemania, el Benelux (Belgica, Luxemburgo y Holanda) e Italia fueron los primeros, luego vinieron los siguientes periféricos, y conforme se fue deshaciendo el totalitarismo en la Europa comunista se fueron incorporando países al paraiso de libertades y de respeto de los Derechos Humanos, incomparable en el resto del mundo. Luego llegó la idea de suprimir fronteras, facilitar el tránsito, inventar una moneda. Ya está. Ese el el punto en el que estamos.

Pero no funciona bien y es un ídolo con los pies de barro.

Los dos peligros más serios a los que se enfrenta la UE son, desde mi punto de vista, el exceso de burocracia para manejar diferentes Estados cuya aspiración debería ser la UNIDAD, y por tanto la disolución de las soberanías nacionales. No es un problema menor que Europa sea fría para sus ciudadanos y que no haya sentimiento de unidad. Al contrario, el sentimiento antieuropeaísta es muy fuerte en muchos sectores de la sociedad que solo se ven tranquilos cuando extienden el cazo para que les den más pasta. Vease Syriza en Grecia. No todos están aportando lo mismo, porque no todos tienen lo mismo. Y muchos europeos, en el otro lado, no ven con buenos ojos que su pasta acabe en la otra punta de la UE, ni que haya getas ni aprovechados con la mano extendida eternamente.  Todos tienen su parte de razón. Y es que hay sentimientos que solo se solucionan con un concepto nuevo inexistente en Europa: la fraternidad, la unidad cultural. Unidad complicada con tantos idiomas, sentimientos provincianos y gente acomplejada. Catolicidad es la palabra, pero muchos prefieren el islam y la cristofobia.

El congelador de la UE se pone en marcha cuando no se trata por igual a todos lo países. Los agravios comparativos son terribles e ineludibles. Las exigencias a Francia cuando se pasa de déficit son música celestial comparado con las mismas exigencias cuando el afectado es Grecia o España. Tampoco las normativas son ecuánimes en la UE. Si un presunto delicuente llamado Puigdemont y compañía se puede pasear por UE a su gusto, y nadie defiende la legalidad del Estado Español con el que tiene pendiente algunos asuntos, entonces, ¿para qué querrá España la desaparición de fronteras y la unidad territorial? Si las volviéramos a cerrar, los británicos no se habrían ido de la cosa nostra. ¿Me equivoco? Con la doctrina Parot sucedió igual. Estrasburgo, que es un tribunal político, anula la forma de proceder de los tribunales españoles con los terroristas condenados por delitos de sangre. ¿Acaso han tenido ellos el terrorismo que han tenido en España? ¿Alguien puede dar lecciones de democracia a España, que conquistó pacíficamente su propia democracia desde una dictadura apoyada por los actualmente socios europeos? No todos los ciudadanos tenemos los mismos derechos, ni deberes, en la UE. Ni hemos sufrido lo mismo en la historia. Y eso es un problema para encariñarse con ella.

El segundo problema, además de su ineficacia burocrática, es el incremento del nacionalismo en sus formas más totalitarias, provincianas y exaltadas. El mapa que he colgado en la foto, recoge (parcialmente) el mapa de las naciones europeas si consiguieran la independiencia aquellos territorios que lo solicitan y que se están aventurando en el lío. Me explico, Tractoria (verbigracia Cataluña independentista) tiene muchos partidarios en Europa que le hacen el caldo gordo. Los reciben, los aplauden y los visitan. Coinciden en ser gropúsculos de extrema izquieda y de extrema derecha. ¿Gropúsculos he dicho? Perdón. Los neonazis son la segunda fuerza en Alemania, también en Francia y en muchos otros países son la primera. Así que átense los machos, porque la Unión Europea tiene menos futuro que Tabarnia (o sea Cataluña en España y en Europa). Y eso, si mis cálculos no me fallan desemboca en una guerra civil. En un enfrentamiento entre dos concepciones del europeísmo. Una lo quiere deshacer, y la otra lo quiere construir. Casi nada.

¿Se podría aceptar una Francia totalitaria con un gobierno ultranacionalista (Le Pen) que no desee pertenecer a la UE? ¿Y una Bélgica que ampare a los nacionalistas insurrectos y golpistas del resto de Europa, sencillamente porque los necesitan para gobernar? La Belgica que crea terroristas islámicos y mira para otro lado cuando atentan en París, por cierto. La que se inhibe y protesta cuando asaltan las fronteras de Melilla. ¿Cómo detenemos al enemigo cuando tenemos que tratarlo como amigo? ¿Dónde nos quedamos los que pensamos que es preferible una UE más fuerte? ¿Podría la mayoría de los ciudadanos europeos que quieren la UE enfrentarse a una Francia dividida que se quisiera salir de ella? De momento ya liquidaron la abortada Constitución Europea en el vientre de su madre.

Está claro que habrá que tomar decisiones, y no puedo dejar de pensar en decisiones militares, porque lo contrario será simplemente la disolución de la UE. En cuanto lleguen los totalitarios al poder en Francia y Alemania (llevan escalando puestos unos cuantos años), se terminará el asunto comunitario. ¿Se imaginan una negociación entre el Frenxit y la UE para la salida de Francia? ¿Y la de Alemania negociando para salirse? ¿Nos hacemos todos Alemanes y volvemos al antiguo imperio romano germánico? De momento hemos abandonado a casi la mitad de la sociedad británica que deseaban pertenecer a la UE. Casi nada. ¿Se volverá a hacer lo mismo con Francia? ¿Y si Alemania se radicaliza más hasta vencer los neonazis en las elecciones? ¿Se van con Hungría y nosotros con Portugal, Andorra e Italia? ¿Puede un tribunal regional poner en tela de juicio la decisión del Tribunal Supremo de otro país? No son preguntas de ciencia ficción, están ya entre nosotros.

El problema es que Europa no tiene ejército propio que la defienda de sus enemigos externos e internos. Siempre ha confiado en los Estados Unidos de América, y por interés. Tanto a USA como a Rusia quizaś les interese más una UE no tan fuerte económicamente ni políticamente. ¿Acaso la crisis en el Euro no fue provocada por los USA y sus especuladores? ¿Acaso no depende Ucrania y el problema de Crimea de que Alemania necesita el gas siberiano de Rusia? Eso es Europa; un gigante con los pies de barro.

¿Qué cuáles serán los bandos de la futura Tercera Guerra Mundial? Yo imagino dos. Los Europeístas que aspiran a unos Estados Unidos de Europa, frente a los Nacionalistas que aspiran a una separación estricta de las naciones y sus identidades culturales en el continente. La guerra, por supuesto, si se internacionaliza, contaría con unos USA apoyando un bando, y Rusia al otro. Si apoyaran al mismo, está claro quienes quedarían derrotados.  Y si no hay guerra ni se camina a la unidad, no parece que el invento de la UE pueda durar mucho. Bienvenida peseta, y acogemos al gobierno de Tabarnia en el exilio. Boadella, te queremos.

 

La inexistente lucha de clases.

Es una de esas falacias machacona que a fuerza de repetir los marxistas, posmarxistas y pseudomarxista se ha convertido en un latiguillo de historiadores y de intérpretes del pasado, de la sociedad y de la cosa nostra. No hay libro de historia que no interprete la Revolución Francesa como una lucha de clases con triunfo de la burguesía incluidda, igual que Marx; o que entiendan el devenir del capitalismo como una imposición de los ricos frente a los pobres. Otra mentira de la praxis ideológica de la izquierda.

Las gafas que visualizaban la historia como un enfrentamiento cruento entre opresores y oprimidos es mentirosa y limitada. En realidad la historia no tiene que ver con ninguna consigna previamente establecida. La historia no contiene reglas repetitivas, más que las que pueda albergar el corazón humano. Si hay gente con ansias de poder, pues habrá guerra y genocidios, si hay gente con estupendas ideologías, seguro que las quiere imponer a sangre y fuego; y si hay gente con ganas de vivir en paz, seguro que son engañados por los anteriores. Así que, tampoco nos volvamos locos. La gente es buena, hasta que deja de serlo; y mala, hasta que las leyes le hacen recapacitar. Lo de construir argumentos que justifiquen el odio al prójimo y oculten los deseos de venganza de unos psicópatas es el pan nuestro de cada día en la historia. Los libertadores casualmente siempre fueron grandes asesinos con mucha propaganda.

Tradicionalmente se estudia el Antiguo Régimen (concepto bastante ambiguo) como la sociedad de estamentos privilegiados y no privilegiados. También es falaz. Se ha sustituido la palabra “clase opresora” por “privilegiada”, y “no privilegiada” por “clase oprimida”. Es una entelequia con el mismo recorrido. Si tuviéramos que examinar qué es exactamente un privilegio, constataríamos que estos existen en todos los grupos sociales, en todos los estamentos, y según qué tipo.

Habitualmente los historiadores dicen que los estamentos privilegiados son aquellos que no pagan impuestos; y los no privilegiados como los que los pagan. La diferencia jurídica ya había sido practicamente abolida en el siglo XVIII, incluso antes. No hay leyes para ricos distintas de las leyes de los pobres. La igualdad ante la ley ya estaba vigente en la modernidad, y en España desde los Reyes Católicos como poco. Por eso los historiadores afectos se centran en señalar en las diferencias económicas de los estamentos, pero tampoco era una diferencia categórica.

Así por ejemplo, en el siglo XVII era más habitual que un hidalgo se muriera de hambre que un campesino; el primero no paga impuestos, pero no puede trabajar en determinados oficios de pecheros; el segundo sí paga impuestos, y no puede trabajar en los oficios funcionariales y de gobierno. Había más trabajo en el campo que en los ayuntamientos, lógicamente. ¿Quién era el privilegiado? ¿Quién era el rico? ¿Quién se moría de hambre? También había hidalgos con pasta y campesinos hambrientos, así que no era cuestión estamental.

Lo que sucedió en la Edad Moderna, es que la división estamental dejó de satisfacer a la gente, y fue progresivamente abandonada cuando se universalizaron los impuestos. En Estados Unidos no necesitaron una Revolución-masacre como en Europa; y en España, la gente dejó sus dobles apellidos de hidalguía cuando terminó la guerra peninsular o guerra de la independencia. Si se pagaba lo mismo, ¿para qué servía ser hidalgo? Y se disimulaba no serlo.

La división estamental no la defendieron ni los aristócratas, ni los hidalgos, ni el clero, ni los campesinos, ni los artesanos o productores. Era lo que había, y los conservadores que no le gustan los cambios lo rechazaban, Conservadores como los gremios, entre otros.

Nadie defendió una sociedad estamental en la Revolución Francesa, ni al principio ni al final. No fue una conquista de los luchadores (asesinos) de la libertad y la igualdad, sino un abandono generalizado de una sociedad consteñida que no se sentía a gusto con tales normas jurídicas, (que no las sociales). ¿Pagar impuestos para que el Rey continuara haciendo el capullo? La aristocracia se negó y el clero se alineó al resto para formar un sistema monárquico parlamentario que luego se cargaron los que tenían ansia de poder, los genocidas de turno. Los estamentos los defendieron los que deseaban que las cosas estuvieran tranquilas, que no hubiera cambios incontrolables. Por eso en la Vendée masacraron a la gente, ¿el primer genocidio de la historia? Seguro que hubo otro antes.

En la Revolución Francesa no hubo lucha de clases, sino lucha por el poder. El débil que ostentaba el poder (el Rey) lo perdió por no leer a Maquiavelo, y una minoría se enfrentó entre sí para disfrutarlo aunque fuera por unos breves años dando por saco al prójimo. Durante ese tiempo masacraron, exterminaron, robaron y despellejaron a los enemigos de la Revolución, que es tanto como decir los enemigos que uno elegía según le convenía. Por eso los poderosos de la Revolución se terminaron asesinando unos a otros. Olvidando los principios que habían firmado una hora antes.

Marx inventó lo de la lucha de clases para justificar su incomprensión de la dialéctica Hegeliana. Los pobres contra los ricos, los buenos contra los malos. Y él con los buenos, claro. De las clases medias ni palabra. Destruyó con su entelequia la fraternidad de la Revolución Francesa, que era el principio más claramente cristiano de la tríada liberté, egalité y fraternité; y estableció el odio al opresor (que en cada momento cambia, ahora son los machistas y los ricos) para darse el gustazo de tener entretenida a la gente con la lucha, es decir el asesinato justificado.

La lucha de clases es simplemente la justificación para exterminar al otro. Es el argumento de la izquierda radical para repartir lo de los demás (robar), o para luchar por sus ideales (o sea ejecutar y asesinar a los que piensan distinto), pero es inexistente. Los primeros exterminados por Lenin, por ejemplo, fueron los campesinos. Se supone que la clase oprimida por los zares. En realidad la lucha de clases fue el argumento para acabar con la democracia y el parlamento ruso en su momento.

Por eso, cuando veo que se sigue hablando de lucha de clases, de clases sociales, y veo a gente con mucho odio en el cuerpo haciendo declaraciones belicosas contra los ricos; me pregunto si no caminaremos hacia una nueva guerra, a un genocidio de los que creíamos superados en el pasado.

 

La locura japonesa de ordenar o “La magia del orden” del método KonMarie.

Confieso que me le leído el libro de Marie Kondo LA MAGIA DEL ORDEN. Me impresionó casi tanto como las obras completas de Murakami. Los japos están locos y son peña divertida, y como todavía tengo pendiente saquear algún que otro armario para ordenarlo, pues ale. Vamos a entretenernos con el tema.

Por lo que he visto de refilón en el libro, los del país del sol naciente hacen cursillos para ordenar. Les debe poner mucho el tema y es una afición tan decente como coleccionar bragas usadas, disfrazarse de comic manga o comer sushi envenenado. Japón es todo eso y mucho más, por eso me encantan. En Japón hay gente dedicada por entero al negocio de ordenar la casa de los demás. Entran, estudian el mejunje de un frigorífico, por ejemplo, y te dan una solución estudiada y seria. Haga dieta. Queme su frigo. Cambie de perro. Lávese con jabón lagarto los oídos. Lo que sea. Leyendo el librito de marras me he enterado de que hay criterios distintos para ordenar. Y donde hay diferencias hay discusiones, debates, escuelas y tendencias diferentes. Viva Japón y su orden plural.

Explico esto, que tiene su aquel. La señora Kondo afirma que hay que tirar todo, menos lo que se quiere. Y para saber si se quiere algo hay que abrazarlo. Abrazas tus calcetines mohosos y te convences de si los quieres o si puedes pasar sin ellos. Haces lo mismo con tu pañuelo palestino de cuando eras gilipollas, y si el olor a rancio no te mata, te darás cuenta de que puedes regalárselo a tu vecino el listillo. Que es una forma de tirar las cosas puteando a los demás. Abrazas y besas la sartén donde se te pega la tortilla, pero que te ha acompañado los últimos treinta años de tu vida haciendo acampada libre, y entonces descubres que es única para tí. Te amo, sartén pegajosa. Y le haces un hueco junto al resto de tu selecta mierda. Así durante dos semanas o hasta que sacas veinte kilos de basura. Entonces te conviertes en un tipo feliz que se quiere a sí mismo.

Otras escuelas del sacratísimo orden tiran en plan Hawkings. Agujeros negros. Todo a la basura de inmediato. Quemas tu casa y empiezas de cero. Entonces enumeras tus objetos de entrada, y cuando llegas a una cantidad equis, pones un big crunch en la puerta del armario. Solo sale materia, no entra nada. Tampoco está mal, es expeditivo y tiene el efecto colateral de que puedes ordenar el barrio entero si el fuego se descontrola. Luego a la cárcel. Y allí, no tendrás mierda para quemar, ni para ordenar. Se supone. La felicidad te inundará si eres un pirómano loco.

Otros frikiordenantes son más benévolos con la condición humana y te piden que además de querer a tus objetos dándoles besos cada fin de semana, los selecciones lentamente en plan gulag. Los de primera categoría a la habitación de al lado, los de segunda al pórtico de la entrada, y los de tercera división a la perrera. Luego te compras el perro y tiras lo de dentro de la perrera. Y así hasta que salga todo lo indeseable y te quedes con lo de primera categoría. Este método lo debió usar la Preysler, que el otro día ví su casa, y era en ese plan. Ordenado y con gusto.

Está claro que la humanidad tiene un problema con el orden, y es que debe existir un gen del orden que nos agobia tanto como el gen del desorden. Nos encanta dejar la cervecita al pie del sofá, todo por no ir a la cocina. Pero al cabo de dos días, nos molesta la cervecita, que todavía sigue allí. Molesta más si es la cervecita de otro. Y molesta hasta cabrearnos si era la última cerveza que nos quedaba en la casa y han pasado tres meses sin probar una. Si hay abundancia de cervecitas, entonces se acumulan en el rincón, vacías y por miles. Una, dos, tres, cuatro… Cuando se ha ido la cosa de las manos, abrazas las latas de cerveza y tras despedirte de ellas las tiras a la basura en una campaña de orden y autoridad con los objetos. Para celebrarlo te tomas una cervecita, y vuelves a empezar.

El orden es una de esas obsesiones modernas que le entra a la gente cuando no le cabe la mierda en casa. Yo creo que es eso. No es importa nada el tamaño de la vivienda. De hecho, de joven viví en una casa de 315 metros cuadrados y la llenamos de cachivaches hasta el último rincón. Nos costó, pero tras diez años, no hay vivienda que se resista a acumular rincones de materia inorgánica por parte de la materia orgánica que la habita. El ajuar que se llama. Ahora mi casa no llega a los 75 metros, para mi que menos, pero tengo la misma sensación de estrechez. Si hiciera un inventario, llegaría la lista a varios millones de objetos, subobjetos y material oscura.

Estuvimos en Atapuerca. Da igual el antes o el después. Cuando la gente vivía en cavernas, llenaba la caverna de mierda, y luego se iba a la caverna de al lado a vivir. Gracias a ese desorden y descuido, la antropología ha avanzado una barbaridad. Está en nuestra naturaleza ser unos guarros y unos desordenados. Hasta que molesta, que es al día siguiente cuando te levantas y ves como está la casa, con trozos de pizza por el suelo y cervecitas en tu rincón preferido.

Entonces sí. Te cabreas a fondo, y tomas una determinada determinación. Te vuelves a leer los apuntes del cursillo japo, te pasas dos tardes tirando mierda, y te das por satisfecho. Yo aconsejo el método inquilino: una  buena mudanza y a tomar por saco. Te vas con lo puesto.

 

 

Me aburren las feministas.

Pues sí. Me aburren soberanamente. Casi tanto como los catalanes. Además de ir de víctimas son unas plastas. Lloriquean por cosas que no suceden y por males que no padecen. Muere más gente de accidente de tráfico que señoras asesinadas por las parejas que ellas mismas eligieron. Y nadie se echa las manos a la cabeza. Si no sale en la tele gente con lazos de colorines para decirnos que ha muerto uno más en la carretera, ni hacemos minutos de silencio en las puertas de los ayuntamientos. ¿Por qué en la tele no salen más que pibas hablando y hablando de su monotema? ¿Por qué los políticos se licúan intentando aparentar que son más feministas que nadie? ¿Por qué tenemos todos (y todas) que pensar como estas pedorras salvo riesgo de ser unos grandes machistas?

A las feministas les importa un comino y una mierda el resto del mundo. Muere más gente por comer grasa y de cáncer que por ser transexual, pero nos dan tanto la paliza que parece que solo se mueran ellas, que solo ellas tengan hijos, y que solo ellas padezcan cáncer (de mama, claro, el de próstata les importa nada). Son egocéntricas a reventar, y totalitarias frustradas. Están potenciando la misoginia a pasos agigantados, porque son unas sectarias y es un aburrimiento poner la tele estos días, solo hay golpistas catalufos irresponsables y pibas quejándose y gritando por la calle como histéricas. ¡Qué plastas, coño! Antes el día de San Juan de Dios era un día precioso, 8 de marzo, pero esta gente lo ha llenado de consignas fascistoides. Nos quitan un santo estupendo que se desvivía por los pobres siendo pobre; y a cambio nos hacen una huelga política izquierdosa y cutre que da vergüenza ajena. Maś les valdría ocuparse de los pobres y dejar de mirarse el ombligo. Digo.

Este feminazismo se alimenta de que hay mucho gilipollas violento lleno de frustraciones porque sus padres le dieron todo lo que le apetecía. Es lo que pasa, si no educas a la gente se vuelve cabrona y se dedica a dar de yoyas al personal. En el mundo hay muchos tíos (y tías) que son violentos por estupidez y falta de cultura. Son gente frustrada, que no agrede por ser machista, sino por ser imbécil perdida. Todo el mundo sabe que los chicos no pegan a las niñas, pero como se han empeñado en decir que somos iguales, pues algunos tratan a sus novias creyendo que son sus colegas de borrachera. Son idiotas, de acuerdo. Pero son una minoría muy minoritaria, y no son violentos por ser machistas, sino por ser gilipollas y carecer de autocontrol. Las femiplastas han distorsionado la verdad que esconde la violencia humana, y solo ven sexos enfrentados donde deberían ver personas.

¿Se han fijado que en sus calendarios feministas no sale ni Santa Teresa de Jesús, ni Isabel la Católica? Es porque piensan que eran tíos con pelos en los huevos. Pues no. Eran señoras. Esta gente no pretende la igualdad ni el reconocimiento de las mujeres en la historia, lo que quieren es destruir lo que han ridiculizado previamente. Son realmente insoportables y son lo más parecido a una secta de jemenes rojos. En realidad odian (además de a los hombres) a las mujeres de toda la vida, a sus madres y a sus abuelas. Y por supuesto tienen un complejo de Electra mal resuelto odiando a todos los hombres del mundo mundial, en especial a sus padres varones.

Su movimiento e ideología es un sucedáneo del peor marxismo. Es lo que deducimos de su sectarismo. La lucha de clases es ahora una lucha de géneros, y para eso cualquier destrucción y enfrentamiento del enemigo es estupenda y fetén. Para eso no dudan en dividir la sociedad en cientos de géneros (opresores y oprimidos), ubicando como el gran enemigo el heterosexual macho de toda la vida, y a todos los que se oponen a su ideología. Estas estalinistas han acaparado el pensamiento políticamente correcto y se escandalizan como monjas reprimidas cuando un tío pasa de su rollito, o cuando nos escojonamos de la risa viendo como intentan hablar en femenino, en femenina y en femeninx. Son patéticas y dan cierta vergüenza ajena. Pero no lo pillan, porque creen que son guays y que están cambiando el mundo.

Tienen gafas con lentes patriarcalistas y solo miran el mundo a través de ellas. Todo es machismo y falocracia para esta gente, y desbarran por la tangente de la manera más torpe posible, que es intentando hacer un discurso inteligente. Son tan reduccionistas como lo fue en su momento el psicoanálisis, el comunismo o la sociología de Compte. Están ciegas y en su ceguera pretenden que todos pensemos como ellas. Son una secta y actúan sectariamente. lo mismo defienden que matar a sus hijos es un signo de “empoderamiento”, que solicitan pasta para abortar por deporte. Estas tías aparcan en doble fila, mean de pie y te insultan porque usas de la cortesía más elemental y de la educación que ellas pretenden destruir. Como todo es patriarcalismo social están empeñadas en cambiarnos a todos con sus ocurrencias. Obligan a que los niños jueguen con muñecas y odian a los padres que regalan cocinitas a sus hijas. Exhiben una superioridad moral que no tienen y nos quieren vender que salvo ellas que tienen la razón absoluta, todos estamos equivocados. Pero no. Ni la sociedad es patriarcal, ni ellas son estupendas, ni estamos equivocados. Como dijo el otro día ARCADI ESPADA su manifesto es “monjil y putrefracto”.

De hecho, su manifiesto del 8 de marzo es una basura. Ni siquiera está correctamente escrito desde el punto de vista gramatical. Pero claro, esas escriben como les salga del potorro, que para eso la RAE está llena de patriarcas fascistas. Y así con todo. Se creen superiores y en su sectarismo todo es machismo y falocracia. Menos ellas, claro; que tienen la verdad absoluta y viven iluminadas por sus gafas especiales.

Por suerte, no representan a las mujeres. Son tan solo una minoría chillona que hay que detener antes de que, además de aburrirnos, nos castren. Y es que el mundo está lleno de mujeres que no piensan igual que estas exaltadas. Las mujerse que piensan distinto deberían salir a la calle más a menudo. Expresar que aborto es un mal que ataca la sociedad, y afirmar sin ambages que optar por tener una familia equilibrada y normal no es un delito. Deberían contar más que no necesitan cuotas para alcanzar puestos de responsabilidad. Que valen mucho no por ser mujeres, sino por ser inteligentes, creativas y moderadas. Deberían contarnos que ser mujer no es nada especial ni distinto a ser hombre, que unas son estupendas y que otras son unas lerdas, igual que los tíos. Deberían contarnos que son personas, creativas, emprendedoras, trabajadoras, brillantes y fuertes, que son capaces del perdón y del amor, de la autoridad y de la firmeza. Y capaces de todo lo contrario, como los tíos. Que ser mujer no es nada especial, pero que tampoco tiene por qué renunciar – si no les da la gana – a las señas de identidad que les hacen distintas a los hombres .

En definitiva, no tienen que contarnos a todas horas que son mujeres, nos basta con que nos digan su nombre y su DNI. Solo así saldré a la calle a reivindicar lo que en justicia les pertenece. Lo que nos pertenece a todos y que las petardas de turno nos están robandonos año tras año con su fanatismo.

PD: Viva San Juan de Dios.

 

Pensionistas y jubiletas cabreados.

Imagen del blog de Bankinter

Viendo la pirámide, que camina a su inversión total, sospecho que en España tenemos un problema demográfico importante. Cada vez hay más abueletes. Así que, por mucho que mientan los dirigentes políticos en plan campanudo o mesiánico, no habrá quien pueda pagar las pensiones del futuro. Es cuestión de lógica, un sistema de protección social es peor si hay menos gente (o menos dinero) que lo pueda sostener.

En España caminamos directamente a nuestra extinción. Lo dice la demografía. En unos años, además de todos calvos, todos con bastón por la calle. Ahora tocamos a dos pensionistas por cada trabajador, y dentro de unos años tocaremos a un pensionista por cada trabajador. O cobramos la mitad los jubilados que lleguemos a la “feliz edad”, o pintaremos el dinero con brocha gorda.

Lo que no entiendo es de qué se quejan los jubilados actuales, los pensionistas de hoy. Porque son la generación de abuelos mejor tratada de la historia. Por lo menos en cuestión de pelas.

Viven cojonudamente, y no lo digo yo, porque lo dicen ellos. Como ahora no se ha vivido nunca. Tienen subvencionado casi todo y los entretienen mogollón. Los viajes en tren subvencionados, los autobuses gratis, los museos igual, bibliotecas en el barrio gratis, y vacaciones del imserso a precios de saldo. La gente esta se lo pasa estupendamente, disfrutan paseando, ligando cuando enviudan y disfrutando de la vida; que para eso han trabajado.

Las asociaciones de viudas, sin ir más lejos, están llenas de señoras majísimas; y los señores jubilados, además de mirar obras por la mañana, salen a pasear, se toman sus pinchos los fines de semana, y acuden al centro cívico más cercano para hacer gimnasia de mantenimiento. Y todo gratis menos las tapas. Si vas a la biblioteca está llena de abuelos leyendo el periódico, y no te lo dejan. Y si te pasas por mercadona no te dejan comprar tranquilo porque se enraciman charlando por los pasillos de lo tuyo y lo mío con carros gigantescos medio vacíos. En resumen: coño, que viven de p.m. Yo quiero jubilarme ya, oiga. Un dinerillo y a disfrutar.

Digo yo, que el gran problema de los jubiletas es la soledad, los achaques y otros asuntillos relacionados con el frío y el mal tiempo que impide salir a pasear, pero el dinero… No creo que necesiten mucho dinero para comprarse un chalet en Torrelodones, vaya. Si no se lo han comprado antes… no creo que les importe prescindir del tema. Así que no nos engañen ni nos mientan: la generación de los abuelos de hoy, vive mejor que nunca. Es la que mejor ha vivido de la historia (y creo que también lo será en el futuro), si no hubiera sido por la posguerra lo clavaban. ¿De qué se quejan entonces? Pues de que no les dejan ser jubilados a tiempo completo. Digo yo que es eso.

El jubileta contemporáneo vive peor que el de hace diez años. Es verdad. Tiene que llevar al cole y recoger a los nietos porque los gilipollas de sus hijos no han encontrado un trabajo conciliable. Y eso suponiendo que tengan trabajo, porque sino los tienen en casa molestando y dándoles el coñazo. Los jubilados no son idiotas y saben perfectamente que la sociedad actual está hecha para que la gente no tenga hijos, y eso condena a todos. Tener una edad y ver que esto va a peor no es para estar brindando con champán. Los nietos son una alegría, pero también dan faena. Si no tienen nietos malo; y si los tienen, también malo. Por eso están cabreados, me temo.

Si el jubileta tiene que acoger en su casa a sus hijos desempleados, está jodido. Si el jubileta no puede con su alma y los hijos lo mandan a una residencia y se reparten sus propiedades (cría cuervos), pues están muy requetejodidos, porque no tienen donde caerse muertos. Si los jubiletas se pudren en soledad en una residencia, pues están jodidos de soledad. Y si encima hay crisis y casi no hay obras que mirar todo el día, pues están aburridos, chungos y jodidos. Y por supuesto, muy cabreados. Y es para estarlo, porque antes había valores, educación, cierta cultura, y la gente respetaba a los mayores… en cambio ahora, no. Por eso están cabreados. Porque sus nietos son una basura de gente, todo el día con el puto móvil mientras sus padres curran en trabajos de mierda. Y tienen razón. Pero no se van a manifestar contra sus hijos, que son sangre de su sangre. Prefieren mirar para otro lado y quejarse de que no tienen dinero para mantener a los suyos.

El problema de los jubilados no son que las pensiones sean bajas. Están cabreados porque no ven futuro a este país. El problema es que de pura lógica, los hijos deberían sostener a los padres cuando son ancianos, y no al revés; que los abuelos trabajen gratis para los hijos cuidando a sus nietos, y sin poderse jubilar nunca, es una condena. Por eso están cabreados y enfadados. Y ese es el martirio de muchos abuelos. Que no les dejan jubilarse nunca, y que no ven futuro ni para ellos (que ven el cementerio cerca) ni para los suyos (que se han dormido en las pajas sin hacer los deberes).

Por eso, cuando el otro día vi a un montón de jubilados sindicalistas (estos también se jubilan, claro) cabreados por las calles de la teletonta diciendo que no tiene ni para el autobús, pensé que tendrían que tener una coartada para mentir. Porque lo tienen gratis. Y cuando una señora decia que le daban 600 euros y que no le llegaba, pensé que sus quejas eran injustificadas, pues no había cotizado nunca y le debía echar morro. Será de las que se llevan las Mirindas cuando son gratis en las fiestas del pueblo, porque no tiene sentido tanto lloriqueo en gente que ha vivido la posguerra y no aspira a tener un avión privado.

Así que, pensando, pensando, llegué a intuir por qué se quejan. Se quejan porque son los únicos que no se han quejado todavía. Y eso después de una guerra, una posguerra, una pertinaz sequía, una crisis zapatera y un golpe de Estado en Cataluña, tiene su mérito.

Por eso han salido a la calle, a pedir más pelas. Además tienen tiempo para ir a las manifas, porque el resto está currando para que ellos tengan pensiones. Claro. Será eso. Yo ya me froto la manos para cuando me toque. Si hay gente para pagar algo, digo.

Imaginando el futuro. Virgencita que me quede como estoy.

Es uno de los temas que más que mola, el futuro. Pensar en lo que sucederá cuando no estemos aquí. Me imagino que si se llega a conseguir, gente que no muera, será a costa de que no nazca ni uno más. Pero quiero ser realista, así que vamos a por la tecla del ordenata con prestancia y vamos a desgranar lo que de verdad sucederá. Átense los machos que entramos en materia.

Dios mediante, es decir, siempre que no se acabe el mundo el próximo mes; que no sería raro dado el devenir humano, probablemente seguiremos muriendo. Es probable que en algunos lugares se consigan avances médicos infinitos, de esos que hacen flipar a la peña, pero precisamente por eso, no creo que estén disponibles para la mayoría de la población. De hecho, en la actualidad, la mayoría de los avances médicos no están disponibles ni son cercanos a una inmensa parte de la población. Unos avances que hagan a un 20% de la población inmortal son simplemente un insulto para el resto de la humanidad. Se generalizaría el exterminio de los inmortales mediante bombas de mano y accidentes de tráfico. Nada. Mejor nos quedamos como estamos, todos mortales y ya está.

Lo que sí estoy seguro es que algunos continentes soportarán a otros. Africa, por ejemplo, seguramente será un inmenso basurero, donde los detritus, los electrodomésticos viejos, los residuos nucleares y los plásticos recogidos de los países con conciencia ecológica, o sea de nosotros, camparán por todo el continente, de norte a sur. Digo yo que descubrirán, un año de estos, que la antártida es un excelente lugar para almacenar basura, y lograrán cambiar las condiciones del continente helado. La basura nos comerá, así que habrá que prepararse para enviarla al espacio. Será la tercera fase del ecologismo pacifista. Total, la basura espacial ya existe, y por un poco más… pues eso. Mejor nos quedamos con la basura que ya tenemos, y ni un poco más.

Lo de los móviles será un cambio curioso. La gente no llevará el móvil fuera del cuerpo, sino metido en su cerebro. Bastará con conectarse mentalmente a cualquier sitio güebe para ver las chorradas y los chistes del día que fluirán como el magma. La mente dejará así de ser un espacio íntimo para convertirse en un lugar comunitario. Será curioso pillar a los pederastas, a los machistas y a los librepensadores tocando los huevos al personal con pensamientos tóxicos. Igual que ahora en las redes sociales, pero en plan mental. Todos conectados y todos hablando sin que nadie escuche nada. Molará. Por supuesto habrá antivirus para evitar que nos inunden los malos con sus raciocinios provocadores. Antivirus vendidos por los mismos fabricantes de móviles intercerebrales. Seguramente nos saludarán con una frase certeza: Bienvenido a tu cerebro de gilipollas.

Por supuesto, es fácil de deducir, no habrá novedades musicales, ni pelis nuevas, ni libros ni nada artístico novedoso, porque el pirateo será tan generalizado que se llamará cultura solidaria. Las descargas serán legales, pero no habrá nada que descargarse, porque casi nadie podrá pensar nada nuevo sin que se lo pillen y se lo roben de la cabezota. Eso sí, habrá gente que estará todo el día recitando a Neruda. Ale, que os den.

La comida será igual que la de ahora. Un buen cocido, como el que nos pimplamos el domingo pasado, no puede extinguirse. Pero cambiarán los ingredientes, y será un cocido sin chorizo, sin tocino, sin gallina, sin ternera y sin jamón. Ganarán los hervíboros que nos obligarán a comer brócoli. Será una mierda de cocido, deconstruido y sin parecido al actual, pero es lo que hay. Siembra polvos y recogerás lodos.  Salvo los subversivos cristianos, que seguirán zampando cerdo a tutiplén, el resto declarará al cocido comida non grata, antisolidaria y nefanda. Lo dicho, mejor nos quedamos como estamos, y seguimos comiendo cocido y yendo a misa.

Si triunfan algunos postulados actuales, seguramente la humanidad esté llena de abuelos bicentenarios en los países ricos; y de cadáveres los países pobres. Casi como ahora pero más. El sexo será un gran negocio, y probablemente haya un importante intercambio de jovencitos que satisfagan las ansias de los aventajados y envejecidos sabios de la humanidad. Será un gran mundo, lleno de avances y de esclavos. La mayoría de edad estará en los 75 años, y el resto será una panda de adolescentes que no podrá gozar de derechos, pues no estará preparada para ello. Casi como ahora, que la adolescencia llega a los 25 años, según los sociólogos en extinción. Mejor que ahora no será, no. Ver para creer, oyes.

No habrá sexos ni géneros. La gente se extirpará los genitales nada más nacer y se implantará micropenes de caracol, para poder masturbarse a gusto. Los más radicales estirparán sus micropenes a los cuarenta y dos años y se instalarán una lechuga para dar ejemplo de independencia y autenticidad. Será la leche, porque eso hará que prolifere la cría del caracol hermafrodita. El dato más negativo será que el aborto de hueva de esturión será castigado con una semana de vacaciones a un basurero africano, sin pena revisable ni nada.

La educación no estará informatizada. Tampoco habrá profesores ni maestros. En realidad no habrá educación. ¿Para qué sirve la educación si ya tendrán los móviles en la cabeza? Lo que habrá serán antivirus más potentes y grandes programas de mejora cerebral para el rendimiento y la vida moderna.

¿Sigo? Venga un poco más, que me mola.

La gente no viajará, porque será peligroso salir de casa. Lo más probable es que la gente viva en casas aisladas y pequeñas. Tendrán todo lo que necesitan en ellas. Una planta, un perro, y una pantalla conectada a alguien que nos suministrará el cocido deconstruido. Para hablar con alguien ya estarán nuestras cabezas. Digo yo que algunos habrán salido del planeta, pero será por no compartir tanta mierda con el resto. No habrá pobres en el mundo, porque los habremos extinguido desde el norte con nuestra basura radioactiva. Igual queda el de mad max, pero no creo. Lo que sí habrá serán algunos independentistas catalanes colgando su banderola en la cola de sus mascotas e insultando a los vecinos. Habrá que mandarlos a África por pesaditos…

La religión existirá en clandestinidad. Estará perseguido rezar y tener alguna idea relativa al más allá que ponga en peligro el nuevo equilibrio mundial. A pesar de la propaganda constante, habrá cristianos… y es que algo esperanzador tendrá que haber. ¿No? Me los imagino celebrando la Eucaristía y comiendo fraternalmente un plato de cocido  clandestino, con su chorizo de invernadero y su tocino rancio. Será los Domingos, claro. Un día que ya no existirá en el calendario laico del planeta.

Virgencita, Virgencita… ¡qué me quede como estoy!

 

 

Consejos de un profesor que educa a sus hijos.

El pasado septiembre cumplí 20 años dedicado a la profesión de docente, profesor, maestro y educador en Secundaria. Por mis manos han pasado cientos de alumnos. Sé que en muchos he dejado huella, y en otros no tanto. No son pocos los que me recuerdan cuando me los encuentro, y son bastantes los que me siguen por las redes sociales. Aprender de ellos es la mejor experiencia que uno puede tener, y enseñarles cosas que no estaban en los libros la mejor recompensa.

Quizás por ello me atrevo a dar unos consejos a los padres. Consejos que también me doy a mi mismo, pues educar en casa y en el aula forman parte de un mismo proceso de trasmisión de valores, saberes, emociones y energías. Los mejores educadores suelen ser los que no hacen gala de ello, ni ruido. Y sin embargo se les sigue recordando indefectiblemente durante toda la vida. Se parecen mucho al abuelo de la familia, que desde un rincón hace presencia y da ejemplo de vida. A una madre que abnegada y en el día a día consigue que el chico salga adelante.

Mi primer consejo para educar bien es dedicarle TIEMPO a la tarea de educar. Educar es costoso. Educar requiere tiempo y esfuerzo. Sé que es más fácil encender la tele para no oír al nene, y que es más sencillo darles una tablet para que se entretengan sin que nos molesten cuando son ruidosos y pequeños, y se aburren. Todos lo hemos hecho. Pero estoy seguro de que eso no es educar. Educar requiere esfuerzo y tiempo. Un tiempo dedicado a estar jugando, haciendo los deberes, viendo juntos una película, viendo un museo, viajando y hablando es educar. Comer juntos es más educativo que no verlos en todo el día. Los niños son pesaditos, y los adolescentes puede que más. Pero estar con ellos compartiendo algo más que el techo es un principio educativo. Los padres que están todo el día trabajando sin ver a los hijos, no los educan.

Es más, y añado un último apunte, cuanto más tiempo les dediquemos de pequeños, más SEGURIDAD adquirirán y más autoestima natural tendrán de mayores. Los niños que se educan solos, están llenos de inseguridades y de complejos, son egoístas y supervivientes. No se amoldan al cariño que les ofrecen y son incapaces de ofrecer cosas buenas. “Te he hecho la cama porque tú me has ayudado a vestirme”, me dijo el otro día la pequeña de forma natural cuando ví que lo había intentado. Se atreve a hacer algo bueno, y lo hace porque te quiere, porque te ve apurado. Porque se siente segura contigo.

Tampoco el tiempo compartido puede hacerse de cualquier manera. Educar consiste en ser un EJEMPLO para ellos. No se puede exigir a los chicos que lean, cuando no le ven a uno leer nunca. No podemos decirles que hagan deporte, si no nos movemos de casa. No les podemos pedir que estudien, cuando no tenemos ningún interés por aprender, ni por saber nada, ni por otra cosa que no sea el partido del domingo y envejecer con una birra en la mano. Este problema antes no se daba, pero es evidente que no tienen los jóvenes, ni los niños, buenos ejemplos, educativos ejemplos en los padres. Lo que ven en casa lo aprenden, lo toman como un modelo. Si los padres son adictos al móvil, es ilusorio que los hijos sean amantes de la lectura. No nos engañemos.

El debate sobre qué debe ser ejemplo, y qué no, dependerá de cada familia y del conjunto de valores que uno quiera trasmitir a sus hijos. Pero no hay que olvidar que si uno es egoísta con sus hijos, ellos lo terminarán siendo con los padres. A la larga tenemos las de perder. O las de ganar. Lógicamente, yo me muevo bajo el aroma de unos VALORES basados en el humanismo cristiano, pero esos valores secularizados también son válidos para todos: amor, perdón, respeto, reconocimiento, bondad, solidaridad, misercordia, escucha, observación, reflexión, servicio, esfuerzo, libertad, alegría, sensibilidad,… Educar consiste en trasmitir esos valores de una forma u otra. Hacer que sean algo más que buenas personas. Que sean ejemplares también para cuando tengan hijos.

El tercer consejo que puedo dar es que es imprescindible PONER LÍMITES y mantenerlos. No es necesario tener cientos de miles de normas. Ellos saben perfectamente lo que está bien y lo que está mal. Pero deben sabe que cuando hacen algo mal hay CONSECUENCIAS. Educar en responsabilidad consiste en dejar que cuando abusan de la libertad que se les ha concedido, respondan de la consecuencias, sean buenas o malas.

Si han aprovechado su libertad, y han actuado bien hay que reforzar ese comportamiento de manera que a ellos les mejore la autoestima y la seguridad. Creer en uno mismo es la primera tarea que debemos hacer los educadores, padres y profesores. Si por el contrario, su comportamiento ha sido errático y equivocado hay que hacerles ver el error, y en todo caso, independientemente de su interés por asumir las consecuencias, mostrarles las consecuencias.

Finalmente no hay que perder de vista que los padres son la AUTORIDAD, y la autoridad y el mando se debe ejercer con firmeza y con cariño. Sin doblegarse a las presiones, y sin machacar al contrario. Es así simplemente porque “soy tu padre y esto se hace así por decisión mía”. Sin ceder. Las casas donde los que mandan y se hace lo que quieren los hijos, son simplemente casas con niños maleducados. Es mejor estar colorado una vez que ciento amarillo. Educar supone aguantar el berrinche alguna vez. Si se cede al berrinche y a los caprichos del pequeño (o el adolescente) entonces ten la seguridad de que será maś cansado ejercer el mando la próxima vez.

Finalmente, educar implica MOSTRAR EL CAMINO, no recorrerlo por ellos. La vida de cada uno es de cada uno. Aunque se sea muy pequeño, nuestros hijos no son nuestros. Los educamos y les robamos la libertad mientras son pequeños, pero según crecen debemos aceptar sus decisiones, ayudarles a tomarlas responsablemente, empujarles a la vida sin miedo. Nuestros hijos son de DIOS, de la sociedad, de todos. Mostrar el camino supone decir que no muchas veces, para que luego sepan decir que sí cuando no estemos a su lado. Si les allanamos todos los obstáculos, les haremos blandos e incapaces. Es mejor que sepan superarlos por sí mismos.

Reformar la Constitución del 78. ¿Para qué?

Celebraremos el próximo año, el 2018, el cuarenta aniversario de la Constitución Española de 1978, que es tanto como decir el periodo de más paz y estabilidad que ha habido en nuestro país en casi doscientos años (con permiso de Cánovas, claro). La Constitución lleva gobernando esta república-monárquica nuestra más años que Franco campeando la suya, lo cual demuestra que es mejor la democracia que la dictadura, y que lo que les sucede a los venezolanos es una putada, por no hablar de los chinos.

Seguramente, la razón por las que haya perdurado tanto tiempo una Constitución en nuestra patria, tan amante de los golpes de Estado, y tan derogadora de constituciones (en el siglo XIX hubo unas cuantas) se debe a la incorporación de España al club de las potencias europeas. También a las virtudes de los políticos de entonces, que fueron capaces de escribir una carta magna sin vencedores ni vencidos, un texto que fuera un punto de partida para un país que quería ser distinto: democrático y de derecho, plural y con oportunidades para todos. Libertad, igualdad, justicia y pluralismo político. Casi nada.

España aspiraba a ser un país como el resto de los países europeos. Sin complejos. Con una monarquía moderna como las Europeas, un respeto elemental a los derechos humanos (con Franco esto no lo hubo, y con Stalin menos) y un sistema comercial basado en el libre comercio y en el capitalismo intervenido por razones sociales. Todo estupendo. La Constitución es simplemente una norma jurídica bien hecha que permitió que fuera posible tal proyecto. Si no se ha hecho mejor no es porque la Constitución no lo permitiera, sino porque los gobiernos puntuales que hemos tenido han sido cortoplacistas, han buscado el triunfo electoral por encima de la mejora nacional, y han anhelado el poder para colocar a los amiguetes en lugar de trabajar por la mejora real del asunto concreto que les ha tocado. Ha habido gobernantes nefastos, es verdad, y si el chiringuito no ha petado es porque a pesar de ellos, la Constitución es mejor que nuestra clase política. Sin duda que sí.

Aunque supongo que las buenas intenciones no hayan faltado, también es verdad que un buen número de los gestores de la cosa pública han acabado en la cárcel. Barrionuevo, el Ministro de Interior del PSOE, fue aclamado a las puertas de la prisión por los “suyos”, olvidando que había montado un grupo terrorista para perseguir a ETA en plan clandestino. Por suerte, Aznar demostró que a ETA se le puede derrotar simplemente acosando a los terroristas y al entorno terrorista con las leyes de la mano. La Constitución permitió la derrota de ETA, que ha sido a la postre el gran intento de desestabilizar la democracia en estos cuarenta años.

No recuerdo otra quiebra más grande del Estado de Derecho en estos cuarenta años salvo la del golpe de Estado de Tejero en el 81, militares nostálgicos que no se enteraron que la democracia funcionaba bien, o el golpe de Estado del Gobierno Catalán perpetrado a cámara lenta durante varios años y que ha culminado en el 2017, bajo la complicidad del gobierno central que ha hecho como que no lo veía (y que sigue sin ver lo que hay al otro lado del río). También el atentado del 11 de marzo del 2004 en vísperas de unas elecciones tuvo algo de golpe a la democracia. Aquello colocó en la Moncloa a Zapatero. Por desgracia se desestabilizaron las reglas democráticas, y una parte de la izquierda salió a la calle sin respetar las reglas del juego de la jornada de reflexión, pero bueno. Tampoco muy grave. Votar es muy sano, porque si pierdes te callas por un tiempo, y si ganas te quedas a gusto. Y lo mejor, se van unos y vienen otros. Aunque algunos no terminen nunca de llegar y otro no se marchen del todo. De todas formas, esto funciona, porque la Constitución y la sociedad española aguanta lo que le echen.

Lo cierto es que el texto constitucional consiguió casi todo lo que se propuso, casi todo lo que estaba en su mano, claro. Por desgracia, los gobernantes no han estado a la altura, y han destruido una parte importante del patrimonio cultural y social, jurídico que heredaron, lo cual debería ser un delito en sí mismo. La independencia judicial sin ir más lejos. En el año 78 era magnífica; pero el PSOE se la cargó politizándola en el año 85 con el CGPJ, una de las mayores estafas políticas que luego ha mantenido el PP, y que simplemente quebraron la división de poderes. A pesar de todo, el sistema aguanta, pero el daño es tan profundo, que la sospecha contra la administración de Justicia nunca ha terminado, a pesar de que la inmensa mayoría de los jueces lo son de oposición, unos cuantos lo fueron a dedo del político de turno. En fin, que la Constitución ha aguantado, lo que supone que es hace bien lo suyo, incluso a pesar del Tribunal Constitucional y sus caóticas y contradictorias sentencias.

La creación de un país descentralizado totalmente en autonomías lo permitió la Constitución Española. No era el modelo propuesto por los políticos de entonces, que solo contemplaba que esto fuera algo para que las autonomías más pertinaces (Cataluña y las provincias Vascongadas) se deleitaran un poquito más mirándose el ombligo. Se reconocía que España era un país plural, vale. Aunque eso ya lo reconociera el gran sistema descentralizador del siglo XIX, las provincias y las diputaciones.

Luego llegó el café para todos, y filetes para todos, y langostinos para todas las autonomías. La Constitución lo permitía, pero que se hayan creado 17 reinos de taifas con sultanes, califas y chupópteros de toda clase y condición no es culpa de la Constitución. El descalabro educativo, el caos sanitario, la persecución de los castellanos parlantes en algunos territorios por razón de su procedencia o lengua es algo que la Constitución no ha podido detener, entre otras cosas porque los gobernantes del momento no han querido hacerlo, ni en Madrid ni la periferia.

Por eso, ahora que se habla de reformar, me pongo a temblar de espanto. ¿Quién va a reformar la Constitución? ¿Los que no creen en la separación de poderes? ¿Los que no respetan la independencia del Poder Judicial y colocan a los suyos? ¿Los que no creen en la unidad ni en la bandera ni respetan la institución más estable que tenemos que es la Monarquía? Reformar no significa hacerlo a mejor, también se puede hacer una cagada monumental; y por desgracia, no veo a la clase política actual preparada para hacer tal cambio. Tampoco veo a la sociedad española con suficiente humildad ni capacidad para afrontar un reto así. Mucho sectario y mucho soberbio es lo que domina el panorama de la izquierda, y muy acojonada y acomplejada veo a la derecha. Saldrá un pastiche fétido y partidista como se pongan.

Lo dicho, no veo políticos capaces de reconducir el Estado Autonómico para que mejore el país; ni gente preparada en mejorar la educación. Salvo el rey Felipe VI que tiene bastante cabeza, esto está lleno de ineptos. Así que me declaro en contra de cagarla. O sea, que mejor no meneallo.

 

Cien años de Unión Soviética. Revisar la URSS.

Pues sí, pues sí. En estas semanas se ha cumplido el centenario. Casi nada. Hace cien años y casi no ha habido fastos. Supongo que es porque nadie reivindica el legado de la tragedia, especialmente cuando se derramó tanta sangre y se cometieron tantas equivocaciones. Putin no está por la labor, y el comunismo está en proceso de reconversión publicitaria (como toda la izquierda). Pero seríamos injustos si no hiciéramos una lectura también en positivo de la historia, sin apasionamientos, y sabiendo que la Revolución Soviética duró 74, que se derrumbó por sí misma, sin que nadie le empujara, y que han pasado, nada menos que 26 años. ¿Por qué no?

La historia de la Unión Soviética se puede leer, en el siglo XXI, como la historia de un gran fracaso ideológico. Nunca una posición política concreta tuvo tantos adeptos, estudiosos y fanáticos. Y nunca triunfó una ideología con la vehemencia y la fortuna con que lo hizo el movimiento bolchevique en la URSS en 1917. Es verdad que aprovecharon la debilidad del zar Nicolás II durante la 1ªGM y que fueron capaces de crear una atmósfera de presión contra los liberales mencheviques, ganando temporalmente la partida, pero no lograron perpetuar su victoria siquiera cien años. El paraiso se derrumbó en tres generaciones.

Desde luego, si observamos el juego completo, el gran triunfador ha sido la postura democrática liberal, teñida de aires nuevos por el zar Putin. ¿Valió la pena derramar tanta sangre? Si hubieran triunfado los Mencheviques, quizás nos habríamos ahorrado unas cuantas purgas y genocidios. No sabemos que hubiera sido de la historia, aunque sí sabemos algo con certeza: habría sido distinto.

Lo cierto es que la revolución soviética fue posible gracias a la debilidad del poder establecido, del gobierno de los zares. Y esta es una buena lección de la historia: cuando los gobernantes son incompetentes, el vacío de poder que generan es ocupado por posiciones más firmes y autoritarias.

La similitud con la Revolución Francesa es fascinante. Luis XVI fue tan mal rey en la Francia ilustrada, como Nicolas II en la Rusia tardoabsolutista. Pagaron con la vida, y desencadenaron en los dos casos una guerra civil en sus respectivos países. En Francia la guerra civil tuvo vencedores puntuales que no tardaron en pagar con su misma sangre la osadía de querer ser grandes. La excepción fue Napoleón, que lo tuvimos que deponer el resto de los Europeos tras unos cuantos años de saqueo y chulería. La muerte del Zar, por el contrario, trajo una guerra civil primero y una estabilización de un régimen totalitario que se mantuvo durante 74 a sangre y fuego después. Cuando el poder no es fuerte, otros lo toman y lo ejercen para sus intereses. ¿Hay algún pontevedrés por ahí? Pues eso.

En la Unión Soviética se pusieron en marcha las ideas radicales del comunismo marxista, la izquierda tuvo su oportunidad. Por eso podemos hacer un juicio al comunismo como ideología, y descubrir sus profundas limitaciones y sus puntuales aciertos. Los que siguen siendo comunistas, y que prefieren no usar las siglas del comunismo deberían hacer una verdadera reflexión sobre la practicidad de lo que intentaron, y la debilidad filosófica y antropológica de sus planteamientos, para evitar volver a repetir los mismos errores. ¿Pablito, estás ahí con tu Monedero y Errejón querido?

Para mantenerse en el poder, los dirigentes soviéticos tuvieron que ejercitarse duro. Fue una carnicería. No los años de guerra civil, los iniciales de los años 20, sino en los años siguientes y siguientes, y los siguientes de después. Totalitarismo y dictadura ferrea. Y es que la democracia no es posible para los comunistas; por eso hablan tanto de ella, porque no creen en ella, ni saben lo que es. Ellos llaman democracia al totalitarismo ejercido por ellos, o sea el pueblo. Y eso no es democracia.

Si hay una tónica común en la URSS es que persiguieron desde el primer día a sus enemigos ideológicos, y así estuvieron hasta el último día. La época más dura de persecución fue la de Stalin, pero tampoco se andaban con chiquitas en la época de Andropov, o Jruschov, o Bresnev. Persecusión y falta de libertad hubo hasta que Gorvachov, 1986, accedió a la secretaría general del partido. Cinco años más tarde se derrumbaba todo. Comunismo y persecución son casi sinónimos, y es una pena que confirma que las ideas son más benévolas en los papeles que en la calle.

El gran éxito del comunismo, desde la perspectiva histórica, fue que introdujo el acceso de los servicios públicos y derechos sociales, como algo importante y generalizado para la humanidad. La educación y la sanidad eran el escaparate de que lo suyo funcionaba. Tampoco hay que olvidar que ya era un objetivo de los socialistas utópicos del siglo anterior, y por supuesto, siempre ha sido la pretensión de la socialdemocracia (izquierda rosa), o de los fascismos totalitarios (izauierda negra). Occidente y el capitalismo llegó a lo mismo cuando comprendió que era más rentable que los trabajadores tuvieran derechos y dinero para gastar, porque eso incentivaba el consumo y el crecimiento económico, que no que se murieran de hambre. Educación, sanidad, deporte, vacaciones pagadas y parques cerca de casa. Eso sí era el paraíso del pensamiento laicista que propusieron los comunistas. El capitalismo en occidente les ganó por la mano.

Desde la 2GM, en todos los países occidentales, se impuso la igualdad de oportunidades, los servicios públicos y la protección social. En una palabra: Estado Social de Derecho. La democracia de la igualdad. La socialdemocracia sustituyó al socialismo y al comunismo ideológico que pretendían la revolución como camino para conseguir lo que ya gozaban en el paraíso capitalista. Eran otros tiempos, y el capitalismo con reformas no era tan malo como lo habían pintado los comunistas, que no lo querían ni ver.

Esto nos sirve para poder entender por qué se hundió la URSS. En realidad no se cayó porque el capitalismo le hiciera frente. Se hundió porque dejó de ofrecer algo mejor a la humanidad. Cuando la sanidad se hizo pública en occidente, la URSS dejó de ser guay, porque ofrecía lo mismo, pero a cambio de perder la libertad. Un espejismo todavía inexistente en los países pobres, por cierto.

La URSS no fue un modelo de bondad, ni de respeto a los Derechos Humanos. Si hubiera ganado Stalin la guerra civil española, Franco sería ahora un alma querida y un héroe nacional derrotado, de esos que tanto nos gustan. La utopía suele ser necesaria hasta que se alcanza el poder, entonces es imprescindible ser realista, como bien le explicaron al Che Guevara cuando fue un nefasto ministro de industria en Cuba. O como pudo comprobar Ángel Pestaña en su famosísimo viaje a la URSS, de la que volvió impresionado.

Sin duda, el éxito sin paliativos de la URSS fue su capacidad para crecer económicamente durante los años difíciles del crack económico del 29. Se enfrentó más tarde a Hitler y lo venció perdiendo veinte millones de vidas. Si hay algo por lo que se puede admirar a Stalin, lo único me temo, fue porque venció a Hitler; y porque logró elevar a su país a la categoría de potencia económica a fuerza de sacrificios y sangre. Grandes recursos naturales, gran industria pesada, y poca industria de trasformación al servicio del consumo. Pero lo logró. Aunque dejara una contaminación brutal, lo logró, claro que sí. El pueblo ruso es más fuerte de lo que cree el resto del mundo, por supuesto.

Después de Stalin vino una lenta y agónica decadencia. Marcada por la guerra fría y por la estupidez de un sistema incapaz de mejorar la vida de sus ciudadanos. Alcanzaron su techo de éxito y terminaron resistiendo al mal, que identificaron con Occidente. La cultura comunista y su estilo de vida se quedó sin argumentos cuando llegaron oleadas de vaqueros y de objetos de consumo masivo. Resulta que los trabajadores oprimidos de occidente vivían mejor que los trabajadores protegidos del Estado Soviético. Tampoco fueron capaces de facilitar a sus ciudadanos la libertad que reclamaban. Y su sistema económico planificado fue un gran modelo de ineficacia, burocracia y corrupción.

Por supuesto, tampoco fueron capaces, a pesar de convertir su ideología en una pseudorreligión, de dar una visión trascendente al hombre. Sin más allá, y sin Dios, no hay sociedad que pueda perpetuarse, siquiera sobrevivir. Fue un problema secundario para sus dirigentes, algo que no comprendieron (la izquierda sigue sin comprender lo que es una religión), por eso la URSS se quedó vacía por dentro, y sin expectativas de eternidad ni de futuro. No pudieron ofrecer más que un presente de trabajo esclavizante a favor del Estado Totalitario, y muchos de sus ciudadanos fueron perseguidos y encarcelados por disentir, por querer otra vida, por aspirar a Dios. La URSS se convirtió en una cárcel inmensa, de la que no podían escapar sus ciudadanos. Un paraíso herido de muerte.

Cuando llegó Gorbachov al poder, cayó la URSS. Probablemente cometió muchos errores, porque es increíble que una superpotencia se derrumbara tan fácilmente. Pero así fue. En realidad no había nadie que quisiera seguir sacrificándose por su soviet, ni por su partido o por su sociedad liberticida. El pueblo ruso prefirió la libertad y la democracia. Aunque nostálgicos nunca hayan faltado.

Los demás pueblos soviéticos amigos prefirieron el autogobierno, lejos de la potencia rusa dominante. El comunismo fue capaz de unificar las repúblicas más dispares del mundo durante un tiempo; en ese sentido fue algo católico, universal… lástima que el cemento no fuera fuerte. Si la URSS hubiera sido una Unión de Repúblicas Socialistas Católicas, seguramente habría durado más tiempo y el Papa actual sería un ruso y no un argentino. ¿Quién sabe lo que hubiera sido mejor? Por si acaso, mejor no especular. 😉

Maldecir el trabajo y agradecer el hambre.

Trabajar, lo que se dice trabajar, es algo que no debe gustar a muchas personas, que sin embargo trabajan para ganarse la vida. Sin embargo, no siempre ha sido así. Hoy es frecuente ver a gente que presume de ser un gran madrugador y gran currito, fruto de la ola de platonismo y de calvinismo que nos sacude, donde trabajar es un fantástico sacrificio recompensado por Dios con dinerito y consumo. Pero no siempre fue así. Cuando el mundo se dividía estamentalmente, los hidalgos mostraban al mundo un estilo de vida donde el honor era más importante que el hambre, y donde los hombres presumían (como debe ser, coño) de no haber trabajado en su vida. Ole, y ole. Explicamos el tema porque la cosa tiene miga.

Antes del nauseabundo siglo XIX, que no trajo más que calamidades, enfermedades, explotación, revueltas y crecimiento económico, era habitual que muchas personas trataran de demostrar ante los tribunales que no habían pechado en su vida, que no habían doblado el lomo ni para sentarse y que no habían pringado con una azada, azadón o azadilla, bajo pena de perder su condición de hidalguía. Es más, la gente denunciaba a sus vecinos cuando pleiteaban de hidalguía afirmando haber visto a sus abuelos, padres o antepasados acarreando leña, despiezando cerdos o sucumbiendo al maldito esfuerzo de recolectar una parra colgante de un velador casero.

El tema no era menor, porque en una sociedad estamental, los de condición noble, entre los que se incluían los hidalgos, estaban exentos de pagar impuestos, aunque fuera a costa de no poder realizar ningún esfuerzo comercial, ni físico ni casi mental. La nobleza vivía de las rentas económicas, y trabajar estaba, no solo mal visto, sino que era castigado con el ostracismo social y la pérdida de la condición estamental. La mayoría de los nobles e hidalgos vivía de las rentas, si las tenía. Es decir, las tierras se las llevaban otros. A falta de propiedades, era frecuente que muchos buscaran otras fuentes de ingresos que siguieran siendo elevadas y dignas. ¿Cuáles? Trabajar para la administración, como funcionarios, gobernantes, militares, incluso docentes. Pero no era fácil, porque eran legión los que demadaban tales empleos, más bien escasos. Lógicamente las amistades y las relaciones sociales eran decisivas para continuar manteniendo el estatus de noble, sin ver comprometido el futuro. El matrimonio era decisivo, pues devolvía cierta honra cuando se maridaba bien a los hijos, y se podía mantener la condición sin merma de llenar el estómago de cuando en cuando.

Nuestro país fue un país de hidalgos. De muchos hidalgos. Los hidalgos lo eran de cuna, y a diferencia de los demás títulos nobiliarios que se adquieren por hacer favores a los reyes y demás prebostes, los hidalgos lo eran por ser hijos de hidalgos. Es decir, un hidalgo no debían nada a nadie, más que a su sangre. Por tal circunstancia, y para evitar perder su hidalguía, y verse obligados a pagar impuestos, no pechaban, ni curraban, ni daban palo al agua. Literalmente se morían de hambre y pasaban calamidades cuando no tenían fuentes de ingreso alternativas. Pero ya se sabe, más vale morir digno, que morir a secas.

En la literatura del siglo de Oro español encontramos magníficos ejemplos de lo que afirmamos. El escudero del Lazarillo de Tormes, sin ir más lejos, era el que más hambre pasaba, más que el ciego y que el clérigo. Y es que era hidalgo. Nuestro querido Don Quijote de la Mancha era un hidalgo. No trabajaba más que haciendo el bien, y no era oficio el suyo ordeñar ovejas por el campo, aunque se muriera de sed viendo a una bien cebona. Eso era trabajo del bueno de Sancho, que si podía cortaba una tajada del ovino para darse un festín. Don Quijote era hombre enjuto, de carnes secas y de ruidos estomacales. Sancho era un labrador, amigo de no darse latigazos, y de regar con vino el gaznate tras la jornada de fatiga y labor. Dos mundos que se entrelazaban perfectamente. El primero era culto, y hambriento; y el segundo ignorante y glotón.

En mi familia, examinando el árbol genealógico propio, encuentro varias líneas de antiguos hidalgos que lo fueron en el siglo XVIII. En Yecla, Murcia, la cuestión de la hidalguía se convirtió en uno de los asuntos más espinosos de la sociedad ilustrada. Es probable que no hubiera demasiados hidalgos viejos en el siglo XVII, pero las familias de cierto dinero, buscaron y pleitearon para demostrar su condición de hidalgos. Justificaron la pérdida de documentos por culpa de un incendio en el Ayuntamiento durante la guerra de Sucesión de principios del XVIII, y trataron, en los pleitos de hidalguía que sostuvieron en la Chancillería de Granada, de demostrar que eran hidalgos desde sus abuelos, cuanto menos.

El documento que muestro arriba es la partida de bautismo de Joaquina Azorín Puche, que nació en Carcelén (provincia de Albacete) en plena guerra de la independencia. 10 de Marzo de 1809. Era hija de un hidalgo importante Juan Azorín Cerezo, escribano, y de Joaquina Puche Martínez. En la partida aparecen también el nombre de los abuelos, y quizás por una cuestión de seguridad en medio de una guerra contra los franceses, que no nos trajeron más que calamidades y destrozos, menciona a sus abuelos parcialmente. Martín Azorín, fue en realidad Martín Azorín-Vicente Muñoz, hidalgo, su esposa María Cerezo Ibáñez; y maternos, Antonio Puche, al que conocemos por ser abogado de los Reales Consejos y cuyo nombre completo fue Antonio Puche Val, más adelante síndico del agua en el pueblo, y su esposa María Concepción Martínez.

El doble apellido se perdió en el siglo XIX, cuando les daba vergüenza ostentar con los nuevos tiempos de liberalismo y revolución que habían sido nobles. Acortaron el Azorín-Vicente dejándolo en Azorín a secas.

De aquellos tiempos quedan curiosas expresiones. Lo de “no se nos cae los anillos” era la nueva moda. Todos iguales, todos pechando y trabajando como labriegos, de sol a sol. Es mejor el currito que curra mucho, que el vago redomado. Pero con esos extremos llegaron las modas del igualitarismo, las mismas que Marx elevó a la categoría de casi una enfermedad social. Los nobles que defendieron intelectualmente la igualdad en la Revolución Francesa han sido olvidados; y aquel mundo de hambre y disimulo ha tomado nuevas formas contemporáneas, presididas por la subvención, los subsidios y las prestaciones.

Está claro que los nuevos ricos han impuesto una forma de ver el mundo basada en el dinero, el trabajo y el consumo placentero de los bienes. Eso sí, además de cargarse el planeta, y continuar manteniendo el chiringuito de los vagos y maleantes, les falta algo que sí que tuvieron mis antepasados: el honor de ser hijosdalgo. Ole, y ole.

 

 

Contemplar el pasado que hemos sido.

Hace unos años, unos cuantos, cuando estaba de moda escuchar música de cantautores, era frecuente que hubiera versos entrañables y melancólicos, entregados sin pudor al otoño, el mes de los románticos y a la caída de las hojas amarillentas y anaranjadas. La lluvía empapaba los cristales de Serrat, y todo parecía evocar el calor de una chimenea encendida en un entorno frío y desapacible. Es el rostro amable de la soledad y de la caída de las hojas. Y así, todo parece buscar la lectura entrañable de un libro, o la envoltura de una manta, donde el frío de la vida retrocede ante el cálido respiro de nuestras carnes, las mismas que se nos van cayendo por el peso de la gravedad en alianza con el tiempo vivido y entregado.

Me reconozco escuchando de cuando en cuando aquellas músicas, y aunque no soy demasiado dado a las melancolías, tampoco me resisto en estos meses recién estrenados de tardes cortas y fríos invertebrados, a recordar lo que uno ha sido en la vida, lo que vamos siendo. Lo que nunca volveremos a ser, ni dejamos de ser.

Cada uno tiene su propia historia, su propia experiencia y su exclusivo sendero. Vidas únicas e irrepetibles, como aquellos que las recorren. Vidas colmada de errores y de aciertos, de grandes egoísmos y de fecundas generosidades que durante años inciertos sacuden las almas. Somos capaces de lo peor y de lo mejor, y muchas de las realidades que nunca pensamos que tendríamos ni viviríamos, acaban arribando cuando el otoño deja caer las hojas, y vislumbramos con más nitidez qué y quiénes somos.

En mi historia descubro a un niño lleno de alegría jugando en el anfiteatro romano de Tarragona con sus amigos. Amigos que gracias a Dios, todavía conservo. Anfiteatro que hoy está vallado y preservado de las criaturas del móvil y la tablet, cuya entrada y recorrido cuesta una cantidad de euros que desconozco. Anfiteatro vacío de juegos, inundada de sesudos extrajeros, porque aquí quedan pocos para admirar la vieja Roma. Ramblas nuevas de Tarragona cuyos nombres cambiaron, pero que siguen siendo recorridas por sus vecinos de antaño y de hogaño.

Recuerdo las primeras impresiones de Valladolid, la ciudad en la que vivo desde hace muchos años. Aliento que desprendía vapor en el invierno, y nieve que se asomaba de cuando en cuando por sus calles. Antes coches, hoy calles peatonales. Represiones y libertades. Hoy regresan otras represiones no menos angustiosas; tienen forma de democracia, y maneras de libertad, pero sin ella. Envoltorios peores. Aquellos años de democracia recién estrenada no volverán, cuando teníamos ganas de disfrutar de la libertad. De prensa, de expresión, de ser nosotros mismos, de cantar y de vestir como nos diera la gana. Los negocios destruyeron lo que ingenuamente se impuso, y aquellas evocaciones de un tiempo nuevo hoy son souvenirs en televisión y en el recuerdo. La movida se quedó inmóvil y fosilizada en algún año que Olvido Gara y Mario Vaquerizo no me han confesado.

Añoro a los curas de aquellas horas de evangelio y Cristo Joven, aquellos hombres buenos del concilio que celebraban la misa sin más artificio que las ganas de seguir a un Cristo resucitado, un modelo de identidad, un joven para los jóvenes, un Mesías sin más reino que nuestros corazones. Eran días de generosidades, de minusválidos y de encuentros con gentes que peregrinaban por la tierra hasta encontrarse en Taizé, por ejemplo. O en Lourdes, o en cualquier otro rincón de Europa; que se plantaban frente a un muro derribado para gritar Solidaridad, y muchas ganas de vivir.

Llegaron universidades, seminarios, estudios y personas. Recuerdo cuando estuvimos unos cuantos seminaristas de Valladolid en Roma, y saludamos a Juan Pablo II. Recuerdo su mirada y su apretón de manos. Tengo la foto, pero está tomada por fuera de mi cuerpo. El recuerdo lo sigo guardando dentro.

Recuerdo las manos de mis abuelos, el perfume de los sarmientos de la Bronquina, el árbol que plantamos él y yo, un almendro. Todavía en un rincón del jardín, junto a la casa majuelera y el aljibe blanqueado con cal y moscas de julio y agosto. Recuerdo las conversaciones al colegio, de la mano de mi padre, las primeras canciones tocadas con la guitarra de mi hermana, y los suspiros de amor de los primeros anhelos sin resolver. Podría recordar el nombre de muchas de aquellas niñas, supongo que hoy mujeres. Pero no guardo sus rostros en mi memoria, porque el olvido es en ocasiones corto, y el amor demasiado largo para no despertarlo de cuando en cuando.

Aprobé la oposición, escribi mi primer libro, los caballeros de Valeolit, y crucé mi mirada con la de mis hijas. Todavía son pequeñas. Podría añorar los años pasados, pero no podría dejar de atenderlas sin saborear que los recuerdos que ya tengo de ellas, de hace bien pocos años, se han quedado indelebles sobre mi alma. Son para toda la vida, como si hubieran sido escritos desde los días del anfiteatro, o las tardes de salón escuchando los Beatles en Tenerías.

Tengo conciencia de los días de juventud, cuando escuchaba la voz de Dios y me sorprendía de lo que me decía. Palabras que sigo escuchando a diario y que siguen siendo frescas, juveniles, sólidas y bellas. Es quizás lo único que no ha cambiado en estos años de vida, la trascendencia de los filosófos, con un nombre común, el que corresponde a un melenudo de barba poblada y túnica de una pieza. Jesús de Nazaret. Cristo joven decíamos, supongo que hoy sería Cristo adulto.

Y me encuentro con los viejos amigos, con los que compartí vientos y sueños, tierras y desvelos, esperanzas y sosiegos. Y los descubro como yo. Llenos de vida, y con ganas de seguir viviendo. Quizás con heridas y zarpazos, pero con la mirada envuelta en lo que somos. Lo que simplemente somos. Cada uno una cosa distinta, pero únicos e irrepetibles.

 

 

Amar y odiar Cataluña. Amar y odiar España.

De verdad que no me apetecía volver a tocar el tema de Cataluña, que ya aburre por cansino y triste. Pero es obligación en estos días donde los sentimientos se agolpan y se endurecen, como si de una relación de amor se tratara, de amor y odio a un tiempo, escribir y dar una palabra de esperanza a la cuestión catalana. Además, es obligación del que escribe iluminar a los lectores que de fuera de España, mi país, siguen esta bitácora con cariño y entusiasmo, y esperan una palabra que les aclare qué sucede con el problema catalán, con el problema de España.

España es un país acomplejado. De los que más. Perdió en su momento la batalla de la historia contra las grandes potencias europeas (británicos, franceses principalmente), una batalla que era propagandística, y que tuvo como principales voceros a los intelectuales españoles del siglo XVIII, XIX y XX que difundieron durante mucho tiempo la leyenda negra española, copiando las mentiras de británicos, franceses y holandeses, sobre todo. Luego nosotros nos atascamos pensando en el problema de España, como si España tuviera un problema con su historia. No lo hemos superado, y andamos pensando que los españoles somos malos, más malos que el resto. No es verdad, claro, pero tenemos complejo y no hemos ido al psicólogo.

Eso es algo que nunca sucedió en otros países. Francia no tiene complejos, y Gran Bretaña menos. Se la sopla los que piensen los demás cuando hacen el animal. Pero España no. Somos un país sensible, de artistas y de mendigos, de pícaros y de héroes, de Quijotes y de Sanchos, un pais de místicos y putas, de héroes y villanos, de cantaores de flamenco que se mueren de hambre mientras reciben el reconocimiento de los de fuera. Somos un pueblo de tópicos románticos que odiamos, pero somos un pueblo de siesta y de orgullo. Comemos a las tres de la tarde los domingos para demostrar al mundo que no pasamos hambre y que hemos desayunado bien, coño. Somos lo que somos, distintos y especiales. Es verdad.

Pero en España también tenemos un lado negativo, y es que nos puede la envidia, odiamos todo lo nuestro. Somos así. Los españoles hablamos mal siempre de nuestro país. Por eso somos un país fuerte, decía Bismarck, porque a pesar de todos por escojonarla no lo logramos. Los españoles odiamos ser españoles, casi como principio. Y amamos ser españoles porque somos los mejores. Nos sentimos malos y pedimos permiso casi por dar al mundo a Goya, a Picasso o a Cervantes. Somos diferentes, así nos entendemos, y no somos capaces de VER el profundo aprecio y cariño que despierta nuestro país en el mundo, uno de los más admirados y queridos por su simpatía, cariño, romanticismo y belleza. No nos conocemos, y preferimos odiarnos. Por eso somos tan europeístas, porque nos acompleja menos ser Europeos que españoles.

Durante el franquismo, fruto de los mecanismos de la dictadura y de los intereses del llamado Movimiento Nacional (falange, acción católica, militares, etc), se reconstruyó una interpretación de nuestra historia nacional sesgada. Se exaltaron y mitificaron a algunos personajes nuestros como el Cid, o los Reyes Católicos, que poco menos tenían sus continuadores en Franco y en José Antonio Primo de Rivera. Y se denostaron a otros, que simplemente fueron olvidados. Cuando terminó la dictadura, España no hizo los deberes de reconciliarse con su historia. Bastaba con reconciliar las familias y las personas, que no es poco. Pero nunca reconciliamos nuestra visión del pasado. Nunca aceptamos que la bandera franquista no era de Franco, o que el Cid Campeador fuera un héroe legendario como Roland el franchute. Nos quedamos sin héroes y sin relatos que nos hicieran sentirnos orgullosos.

Perdimos, en pocas palabras, el sentido de nuestra identidad, y nos refugiamos en localismo y tribalismos autonómicos. Por eso nos escriben los hispanistas ingleses lo que sucedió durante la guerra civil española, porque no nos hemos reconciliado con nuestra historia. Por eso, no sabemos qué significa ser español. Quizás no sea más que una entelequia que nadie se plantea, pero nosotros sí; y nos flagelamos por ser lo que somos, aunque sepamos que somos estupendos.

Esto explica que en España, durante cuarenta años de democracia, lucir la bandera española fuera entendido como un gesto franquista. La izquierda ha denostado más la bandera nacional que la derecha, y su imposibilidad de reconocer lo bueno que tuvo el franquismo, por ejemplo, nos obliga a estar siempre disimulando lo que somos. Salvo excepción, claro, me refiero a Rafa Nadal, al rey Felipe VI, y algunos pocos más que salen fuera y se sienten orgullosos de ser lo que “sólo” (con acento, coño) cuarenta y pico de millones de personas pueden ser en el mundo: españoles, ni más ni menos.

Ante tal complejo, durante la democracia, en muchos territorios se ha potenciado una identidad fascistoide y nacionalista distinta, regional, provinciana, local, y me atrevo a decir que tribal y pueblerina hasta más no poder. Se han llevado la palma Cataluña y Pais Vasco, el primero con su autoreinterpretación histórica, y el segundo con el terrorismo lacerante, fratricida y nazi de ETA;  pero no hay región en España donde no haya cuatro descerebrados amantes de la absurda y ridícula especificidad. Por eso se hablan tantas lenguas que deberían haberse extinguido hacía mucho, y se potencia que en la universidad se considere tanto lo autóctono olvidando el sentido general de los estudios. No hay región en España donde se defienda a España por encima de la autonomía y el provincianismo. Al contrario, se prefiere potenciar al pardillo local que al héroe nacional. Por eso es difícil escribir en España, y es que España no tiene héroes nacionales como tiene todo el mundo, aquí los héroes son locales y de andar por casa. Nuestros héroes tiene que triunfar fuera para ser reconocidos. Si no triunfan fuera, son odiados y olvidados. Aquí no nos gusta el flamenco, salvo que un extranjero nos diga que es excelente; ni los toros, salvo que venga un francés y diga que es único. ni Julio Iglesias salvo que sea reconocido en el mundo entero y viva en Miami. Ni somos religiosos, salvo que llegue un Papa y nos diga que la mística española es lo más característico de nuestro país. Entonces gritamos Viva el Papa como posesos.

Ningún partido en el parlamento actual, por ejemplo, defiende la unidad clara de España (quizás Ciudadanos – que nació en cataluña precisamente – la cuarta fuerza parlamentaria). Todos los partidos hacen la vista gorda con los regionalismos estúpidos, y con las gilipolleces que nos cuestan dinero. Pero que forman parte de lo políticamente correcto aquí. Eso ha sido alimentado durante décadas, hasta que los catalanes, tras años de adoctrinamiento contra España (contra ellos mismos) han declarado la independencia olvidando a la mitad de los catalanes que se sienten españoles.

Ver las banderas españolas quemadas y arrancadas por el gobierno catalán y por parlamentarios lamentables ha dolido dentro, a casi todos los españoles normales. Somos orgullosos y nos toca los huevos. También duele en Cataluña a los catalanes perseguidos por sentirse españoles y amar su patria española, y ha dolido en todo el país, claro que sí. Nos duele porque somos pareja de baile, de amor y odio, de viaje y de existencia durante siglos. En muchas regiones se puede tener cierta envidia de los próspera que es Cataluña. Y yo, que viví en Cataluña durante siete años de mi infancia, siempre me ha molestado que se hable mal de los catalanes. Lo entiendo, porque cuanto más ha crecido el desaire que los dirigentes catalanes hacían al resto de los pueblos de España, tanto más se ha incrementado el dolor y el rencor. No son diferentes al resto, odian a España tanto o más que los españoles, pero nos toca los cojones que se lo crean y vayan de guays. En el fondo los amamos tanto como los odiamos, por eso no nos son indiferentes.

Y es que duele lo que se ama, y se odia aquello que no suscita indiferencia. Aquí da igual el tema de la pasta. Cataluña es nuestra casa, y es más odiada y querida por aquellos que más la quieren, andaluces y extremeños. Solo en un exceso de despecho se oye decir eso de: que se larguen y que les den por… No, no. Que se jodan, y que se aguanten como todos lo españoles nos jodemos por ser españoles. De aquí no se va ni Dios… (bueno, Dios sí, pero solo Él).

Salieron los catalanes que aman a España y muchos llorábamos de alegría y esperanza. Estaban escondidos, eran Albert Rivera y otros muchos. Eran hijos de emigrantes, como somos todos en este mundo, hijos nuestros que durante muchas décadas han sido insultados, menospreciados y arrinconados por no ser racistas como los nacionalistas de aquel terruño. Pero son hermanos, hijos, primos, parientes de muchos que desde el resto de España hemos visto quemar los símbolos de nuestros padres. Son de los nuestros, perseguidos y puteados. Catalanes y españoles, hijos todos de una historia y una tradición cultural común. Estamos en el mismo barco, y aquí no puede haber privilegiados.

Y hemos sacado las banderas españolas por primera vez en mucho tiempo.

Coincido con Juan Manuel de Prada, un escritor español, cuando afirma que la unidad de España no se puede basar en la Constitución, sino en las tradiciones que compartimos y que confluyen desde el pasado hasta el presente, en especial la tradición religiosa. Pero para eso necesitamos algo que no tenemos: quitarnos de encima los complejos y buscar en lo que nos une en la historia y como fraternidad. Somos españoles, y podemos contemplar juntos las raíces de nuestra identidad común, en lugar de ahondar en lo que nos separa, mejor subrayar y disfrutar de lo que nos une. Que no es poco, digan lo que digan los provincianos esos que dicen que son no sé qué.

Los pilares de Occidente: la mentira, la basura y los ositos de peluche.

Cuando estudié primero de carrera (hace unos treinta años), en concreto Derecho Romano, recuerdo que en el inicio del libro de Derecho Público Romano se hablaba de los pilares de Occiente, y se afirmaba, con solemnidad y rigor que habían sido tres: el Derecho Romano, la Filosofía Griega y el Cristianismo. Hoy han sido sustituidos por tres tataranietos que no dan mucho de sí, pero que ahí están, decadentes y no menos firmes: la basura, la mentira y el emotivismo de los indignados del peluche. Estos piden paso y se quedan a la fuerza. Por eso hablamos de ellos, porque no será por mucho tiempo. Digo yo.

El Derecho Romano, que ha venido articulando durante casi dos mil años las relaciones civiles de los hombres entre sí (familia), de sus compromisos (obligaciones y contratos) y de sus bienes (derechos reales), ha terminando convirtiendo las relaciones sociales en relaciones mercantiles, para luego dejar temblando a la humanidad (y al planeta) con relaciones financieras y especulativas. Es lo que nos queda hoy. Personas que se relacionan especulando el amor, la amistad y los negocios. Vida deshumanizada, donde todo se compra y se vende. Es el capitalismo, hijo del derecho, que barre a la humanidad, sus relaciones y sus bienes, hasta convertir lo que toca basura. Por eso nuestro planeta Tierra se ha convertido en un basurero de objetos obsoletos, de residuos tóxicos, mares llenos de plásticos y un montón de mierda sobre la que seguir especulando. Lo llaman capitalismo, pero en realidad es uno de los pilares más importantes sobre el que sustenta la sociedad contemporánea de la disolución. Lo practicaron las sociedades comunistas con el mismo afán, y lo aplaudimos indirectamente cuando vamos de tiendas y tenemos de todo. Filósofos: la fragmentación posmoderna quedó atrás; lo de ahora habría que llamarlo disolución occidental, globalizada y sin vaselina.

El segundo pilar fue la Filosofía Griega, sobre la que hemos hablado en otras entradas de este blog. Los griegos buscaban la verdad frente a la opinión. Nosotros preferimos opinar sin buscar la verdad. Por eso estamos rodeados de mentiras. Frases ingeniosas, sensacionalistas, atractivas para vender, comprar y para llamar la atención. Pensar es agotador, en cambio, escuchar mentiras es más gratificante. La gente se busca mentiras a su altura moral, en su círculo intelectual, en su existencia. Hay una cadena televisiva para cada grupo de espectadores, con sus mentiras específicas, sus relatos y sus símbolos. El escepticismo está agotado, ahora se lleva la mentira que nos entretenga. Y las redes son especialistas en mentir al gusto de cada uno. Se llaman cockies, o sea “putas” y “galletas”, que debe ser lo mismo.

El tercer pilar es el cristianismo, el único que se ha mantenido como subcultura gracias a una institución milenaria como es la Iglesia. El cristianismo (que es una religión de sentido, no una ética) fue anulado en su momento por el laicismo imperante y cultural. Se le extrajo la moral en la modernidad, y se le redujo a una especie de buenismo fácil y blandito. Se vació de contenido la experiencia con Dios Padre, para exaltar experiencias inferiores y rídiculas, desde el animismo hasta el yoga. Al final el hombre sigue hueco por dentro.

El buenismo ético ha sustituido al amor al prójimo. La gratuidad del amor se ha pervertido dejando solo la pose, no el dolor, olvidando que el Amor que no duele por dentro, no es amor. Se promueve la experiencia de lo emocionante frente a la experiencia de Dios. Hasta que se rompe la cuerda del puenting, claro. Entonces ponemos ositos de peluche al pie del acueducto. Y es que somos adolescentes con rabietas y lágrimas facilonas, gente que lo quiere todo, y que es incapaz de dar nada, de darse gratis. De nuevo el capitalismo.

Es curiosa nuestra sociedad, donde los derechos sociales son cada vez más recortados, y donde la lucha de clases se ha transformado en una lucha de géneros (de sexos). Una sociedad indignada con hoja perenne, connivente con el poder, y traidora con la humanización en el trabajo, y con la sexualidad adolescente hasta que la muerte nos llegue. Adolescentes con rabietas y lágrimas fácil.

La ética contemporánea está disolviéndose muy deprisa por culpa (o gracias) a las redes sociales. Es la ética del emocionarse mientras miro un perrito en el móvil dando saltitos, y soy indiferente a la esclavitud infantil en África. Me indigna el voluntario porque reza el rosario delante de la clínica abortista, y lloro a moco tendido porque el niño X ha recuperado su osito de peluche perdido hace dos días en las Ramblas. Le pongo un “me gusta” para lograr un mundo mejor, y me exijo que no me digan lo que tengo que hacer con mi bragueta.

Es lo que hemos visto en Barcelona estos días, que aquí mataban a  14 personas y se les dedicaba horas y horas de espectáculo informativo-especulativo. Entre la mentira y la realidad, nadie analizaba el por qué. Ni falta que hace buscar la verdad, dirán algunos. Los terroristas no eran matados, eran “abatidos” (de pena suponemos), y mientras tanto los corrimientos de tierra en Sierra Leona machacaban a 400 muertos, 100 de ellos críos.

Occcidente se está disolviendo. Pero hay una esperanza, una sutil y fuerte esperanza.

Tras la basura del Derecho Romano solo podrá quedar la única estructura social con la que no se puede especular. La única que resiste el paso del tiempo por estár sostenida por el derecho natural. Me refiero a la familia, configurada por el judeo-cristianismo y el derecho romano. Será además una cuestión de “superviviencia”. Las propuestas familiares y económicas que no sean sostenibles (incluida la sostenibilidad de los hijos) se extinguirán por sí misma. La disolución familiar contemporánea desaparecerá por sí sola. El futuro será de los que tengan hijos y logren tener recursos suficientes y sostenibles para vivir, es decir: o familias católicas con hijos o familias musulmanas. Ahí estará el choque cultural en la futura Europa. El islam solo sobrevivirá en Europa si acepta las pautas familiares y culturales del cristianismo. Si no lo hace y triunfa, lo que surja no será Europa. Aunque esté en su territorio.

La mentira contemporánea dejará paso a la única verdad posible e inmutable: Dios y su trascendencia. Será un cliclo lógico, pues no hay cultura que no se asiente sobre una verdad inmutable, hija de una divinidad. El cristianismo retornará, pero seguramente lo haga purificado de lo superfluo, y lejos de Europa. La verdad no volverá a estar fragmentada, quedará sometida a la experiencia religiosa, y la ciencia volverá a ponerse al servicio del hombre, de la humanidad, y no del dinero ni la especulación.

El emotivismo del osito de peluche, adolescente y ansioso, solo podrá madurar si vuelve a concebirse la trascendencia. Es decir, será necesario un retorno al Amor de Dios (Padre), un amor que da sentido porque salva (Hijo) y que pueda reconfortar en el dolor de la existencia humana (Espíritu Santo). Será un nuevo humanismo más profundo y sólido. Ya lo dijeron antes que yo: el siglo XXI será religioso o no será.

Yo creo que sí será, y es que como pobre católico, tengo esperanza.

Noticia de última hora: Julian, el chico australiano, está vivo.

Mentir se ha convertido en un negocio muy rentable. Basta con que uno lance noticias fáciles, mentirosas y emotivas, para que miles de internautas los clickeen volviendo a su creador en un tipo rico. Cuantos más usuarios visiten tus páginas, más dinero se puede ganar en publicidad, o simplemente en google, que paga por tener éxito. Por eso circulan por las redes sociales miles de noticas falsas, que se dan la mano con las verdaderas tratando a la verdad de tú a tú. Lo que no deja de ser algo diabólico. Pido perdón por inventar el titular, y te animo a que leas esta entrada sobre la mentira en nuestra cultura.

Está claro que mentir es una inmoralidad, pero siempre habrá peña que se lo crea, aunque sea a medias; mucha otra gente sí se lo cree, y a lo bestia. Decía Goebbels: Miente que algo quedará, y es que cuando descubrieron que manipular a las masas era superfácil, la clase política y sindical no ha dejado de mentir día tras día. De hecho ya venían mintiendo de antes. Dicen lo que piensan a medias, se callan sus miserias y airean las del prójimo con bastante poca honestidad. Le llaman juego politico, pero no deja de ser un juego cansino para los ciudadanos. Y mentiroso, porque no dicen lo que piensan y tienen deseos de engañar al electorado.

Es evidente que los linchamientos en las redes sociales existen porque hay gente que se cree cualquier mentira que le moleste o indigne; y está dispuesto a machacar a quién sea gratuitamente, sin criterio ni moral. La gente se cree lo malo a pies juntillas, y desconfia del bien, lo que no deja de ser paradójico. Los partidos políticos populistas se basan en la indignación, mucha de ella construida a base de mentiras.

Pongo un ejemplo: si digo que ha aparecido vivo Julian, el niño australiano asesinado en las ramblas de Barcelona. Alguno pensará que puede ser verdad, pero necesitará alguna ratificación de la noticia, porque es una noticia importante. Si nadie lo desmiente muchos creerán que es verdad. Otros sospecharán, hasta que la vean en otro medio semejante que lo publica (retuiteo que se llama). Si además (segunda mentira) digo que la familia está tratando de ocultar que ha aparecido, porque quiere cobrar una pensión de terrorismo que dan en España, la gente se empezará a indignar contra esta buena gente. Si luego un politico habla de poca claridad en la policía, ya no habrá quien levante la sospecha. Por mucho que digan, les será imposible desmentir la mentira; y aunque lo hagan, tendrá menos clickeo que la mentira, convertida ridículamente en viral y planetaria.

Desmentir impacta menos que mentir. Necesita más gasto y más dinero.

Tendrá que ser otra autoridad (el gobierno australiano o español) el que lo desmienta. ¿Y si no lo desmiente porque no se ocupa de esas cosas nimias? ¿Y si ya no son creíbles? La gente pensará que Julian está vivo y que su familia es malvada. O sea, que además de quedarse sin chico y sufrir un ataque terrorista en las Ramblas, serán perjudicados en las redes, se quedarán sin reputación. Eso sí, el inventor de la noticia se forrará con millones de clickeos de gente super feliz que debate durante días y años si lo que he puesto es verdadero o falso. Se retuitea, se reenvía, se reduplica la mentira… Se alimenta de la indignación latente y la desconfianza enquistada en la sociedad.

Cuando se miente sobre un suceso histórico (una noticia no contemporánea) pasa exactamente lo mismo. Siempre hay gente que afirma haber encontrado la tumba de María Magdalena y que la iglesia lo oculta en el Vaticano; o peña que repite que los españoles colonizaron américa con ayuda de unos extraterrestres del imperio inca. Hay cadenas empeñadas en difundir estas mentiras, incluso con formas pseudocientíficas.

Ciertamente, la historia sirve para justificar muchos actos contemporáneos de los nacionalistas, por ejemplo; pero también es la justificación del marxismo para iniciar la lucha de clases. Las mentiras empujaron al gobierno de US a desalojar a los españoles de Cuba en 1898, y las mentiras de la masonería hicieron otro tanto en Filipinas. La mentiras y las verdades han sido utilizadas durante las guerras mundiales para desacreditar al enemigo. Y para hacer creer a los propios que iban venciendo cuando estaban siendo derrotados. Lo llaman propaganda, o lo llamaban. Ahora es la libertad de las redes, una especie de libertad de prensa sin control moral y terriblemente mentirosa.

Lo que dice Mark Twain es bastante cierto, es más difícil destapar una mentira que inventarla. Por eso estamos todavía dando vueltas a las mentiras que se montaron sobre el Medievo en los siglos ilustrados, o las que crearon los franceses e ingleses sobre la leyenda negra de las Españas, creídas en nuestro país sin ningún criterio por sus intelectuales durante siglos. Luego vienen guerras civiles, exaltados y levantamientos amparados en mentiras y abusos en los discursos contemporáneos.

Lo curioso, y me centro en lo que me importa, es que nadie controla los contenidos más que cuando sobrepasan los estándares mínimos de lo que se define por decencia contemporánea: el racismo, el machismo y la violencia. Pero si la mentira indigna y genera violencia, eso no importa ni se controla; lo que me lleva a pensar que la mentira tiene las patas demasiado largas en nuestra sociedad, es rentable e impide cada vez más una sociedad pacífica, abierta a Dios y a su justicia.

Es el paso siguiente que da la posmodernidad, donde tras la fragmentación que desacreditaba la mentira y convertía todo en sospecha, regresa una especie de credulismo que alimenta la indignación y espanta el bien y la concordia. Las mentiras con éxito despiertan los odios y las emociones fuertes. Y, por desgracia, de la indignación al odio hay tan solo un paso. Una sociedad tan emocionalmente inestable como la nuestra, tan de osos de peluche y de indignados con rabietas infantiles, no hacen sino empujar a los pimpollos a la lucha. Como los terroristas, que creían hacer el bien, cuando estaban haciendo el mal. Y es que no lo distinguen.

VIAJE AL PARAISO DE LA CHANCLA HEAVY.

El verano es un periodo estupendo para salir de casa, es verdad. Yo me armo de paciencia, de serenidad impostada y de ganas de pasarlo bien; por eso, para disimular mi condición de tipo amante de los libros, me imbuyo del ambiente nacional, me planto mis playeros en los pinreles y me voy a veranear por el mediterráneo. Siempre con unos cuantos libros en la maleta, y con ganas de adaptarme al mundo. Sin prisa, pero sin pausa. Me ayuda el espíritu familiar, y me dejo llevar de las experiencias de los turistas que nos han precedido, que son muchos y abundantes en nuestra feliz patria.

No es la primera vez, por supuesto, que sumerjo en los encantos de la playa, pero es tal vez la elevación de mi alma cotidiana la que hace que me tope de repente con el ganado nacional, y me sienta abrumado por la condición humana. Lo digo sin titubeos: si fuera Dios, aniquilaría a la especie humana; por eso agradezco ser un importante pecador, porque la paciencia todo lo alcanza, y porque me hace reconocer que la misericordia del Señor es infinita con el hombre. Incluida nuestra tropa.

Me da igual la playa que la montaña, porque el primer trauma veraniego suele llegar de camino. Como el viaje hasta la costa es largo, nos vimos en la necesidad de detenernos a comer, beber y desbeber. Lo hicimos en un sitio que me recordó a un abrevadero de caballos y mulas. Y ciertamente había gente que se comportaba como tal. Un tipo aparcó con su coupé de pijo idiota ocupando dos sitios de sombra, y vi como una piba se colaba bajo la sonrisa bendita del “porque yo lo valgo”. Las señoras hablaban a gritos, y unos franceses acongojados trataban de hacerse a entender con una camarera cuyo nivel de simpatía era menos cuatro. En los baños empezó a haber cola, y el nivel de suciedad se incrementaba por segundos. Yo ya iba escamado, porque dos horas antes habíamos tomado café en un lugar donde cobraban lo mismo que el bar de mi barrio pero multiplicado por tres, por eso andábamos con ojo, no fueran las niñas a tener antojos caros, y les diera por beber agua mineral, en lugar de la del grifo. ¿Me entienden, verdad? Mear siempre se puede hacer en el campo, asi que intenté no dejarme llevar por el pánico.

Las niñas fueron aleccionadas para que nos nos dieran más guerra que de costumbre, y tras elegir los platos con estrés y alentados por el aliento del siguiente señor en la cola del bandejerío, que tenía prisa por comer antes que mi familia, nos ubicamos en el comedor, donde había menos vasca que en el exterior, formado por gente de bocata y lata de cola. Hasta ahí todo a normal.

Entonces vino la luz.

Trescientos heavys vestidos de rockeros descendieron de varios autobuses. Algunos llegaban con los autobuses de línea, pero otros parecían descender del mismo infierno del metal. Estaban más cansados que emocionados, y supuse que regresaban después de algún concierto costero, pues eran muchos y aterradores. Los cuatro moros que hasta entonces se sentían dueños de la extravagancia sintieron sus chilabas arrugarse; y el cagaprisas que parecía comer a destajo salió del abrevadero zumbando y sin pasar por el servicio. Ni la Guardia Civil habría logrado poner más prudencia entre los incivilizados de turno.

Aquellos tipos eran auténticos vikingos. Pelos largos y al viento, ojeras prolongadas de fiesta y cerveza, y en lugar de las consabidas chapas y cueros, lucían chancletas, algunas de las cuales hacían juego con los móviles que desenfundaban con garbo.

Pusieron al pijo egoísta en su sitio, inundaron los baños a voces poniendo orden en las prolongadas colas de las señoras, y comieron a gusto de la resaca que arrastraban. Por supuesto las familias se amedrentaron y los empleados se pellizcaban sospechando que había regresado la peor de sus pesadillas: los ángeles del infierno en vivo y en directo. Todo prejuicios.

Llegó la hora de comer. Y esta gente se apalancó en el bareto, porque lo convirtieron en un bareto, y en lugar de mostrar su música atronadora a todo tren, obligándonos a todos a soportar sus decibelios (los que habíamos ya soportado del ganado ahora silenciado), desenfundaron unos cascos chiquititos, y con sus móviles se adocenaron individualmente, dejando como único sonido el runrun de los motores del autorés que se largaba. De fondo pude escuchar a ACDC, alguna de sus melódicas y bien educadas cancioncillas. Hasta el “despacito” del verano se ralentizó hasta desaparecer. Gracias a Dios, pensé.

– ¿ACDC, amigo? – le pregunté al que tenía al lado.

– Por supuesto.

Y sonrió mostrando unos dientes sucios del helado de chocolate que se estaba engullendo.

Nos tuvimos que ir, más que nada porque ya habíamos comido, pero he de reconocer, que cualquier otra experiencia antropológica en directo será mucho peor. Ni el oceanográfico ni el bioparque nos ofrecerán un espectáculo de fauna y flora, y de dominio de la tribu, tan abrumador. En fin, me sucede todo eso porque soy un hombre sensible. Si fuera una secuoya, no me fijaría en nada.

Sueños de una noche de verano.

Dicen que el verano es la mejor época para descansar y para dormir bien. Y yo me he apuntado con ganas al tema de dejarme seducir por los brazos de morfeo. Soy un tipo dormilón, y me encanta dormir a pierna suelta, tan a gustito que creo cocerme en mi propio jugo. Me dicen, mis amigos y mis enemigos, que no tengo límite cuando pillo cacho, y reconozco que tanto en invierno como en verano, me duermo con la facilidad de la gente buena. Aposento la oreja en un trozo blandito de almohada, y me recreo con historias oníricas sin límite de tiempo ni de espacio. Bueno, límite sí. El que dura la siesta, y el que permiten las noches cortas de verano. Me despierto por la noche varias veces, y por la tarde vuelvo al mundo de los vivos cuando el cuerpo me pide resucitar por unas horas más.

Tengo la teoría, supongo que algo estúpida, que no se duerme igual en cualquier sitio. Y que no se sueña lo mismo en una cama que en otra. En mi casa es más habitual soñar con inquietud, y es que el edificio está construido sobre un antiguo cementerio del siglo XVII. No es que tengamos fenómenos poltergeist, pero se duerme peor. Imagino que los espíritus de todos los vecinos se entrecruzan, cotilleo de vivos y muertos, y si hay algún resto de muerto mal avenido… pues eso. Un lío. En cambio en el pueblo, casa baja preparada para el calentamiento global de las próximas centurias, se duerme mejor. Hasta que se concilia el sueño, claro, porque junto a la plaza siempre hay rezagados que prefieren perder el tiempo chinchorreando, en lugar de disfrutar de la nocturnidad debida.

El caso es que en vacaciones salimos una semanita a la playa, en concreto Ayamonte; y el apartamento, tan estricto en comodidades, me ha traído más sueños de grandeza que otra cosa. Un día soñé con la familia Real, otro con el Papa, otro con el consejero de Educación y otro con Trump y Putin que venían a casa de incógnito a cenar una kebab. Esa noche hablé varios idiomas por ciencia infusa. Es lo que tiene la vida y la noche cuando se sueña, que no se necesita aprender ruso ni inglés para comunicarse con los prójimos.

Dicen los expertos -que es el nombre de cualquier persona que se autoproclama como tal- que dormimos para prepararnos para el futuro, y hacer frente a situaciones inéditas no vividas por nosotros. De esta forma soñamos frecuentemente con el examen que tenemos al día siguiente, y en tal paroxismo recreamos situaciones embarazosas para aprender a desenvolvernos sin ansiedad. Por eso soñamos temas tan variados: con la vecina del tercero en cueros, con que nos roban la cartera en Praga, o con que se nos hunde el crucero trasatlántico después de haber perdido el tren a Marsella por culpa de un regateo infructuoso con un chino.

El caso es que cuando el psicoanálisis hacía furor, cualquier sueño significaba represión sexual y violencia contenida (imagínense lo que significaba el chino regateando para Freud); pero luego, con el mundo de las drogas campando por sus anchas, soñar era algo así como tener un viaje astral por el mundo de los espíritus. El tema es viejo, y desde la antigüedad los hombres sabios siempre se han encargado de examinar los sueños para averiguar el futuro. Hay teorías para todos los gustos y las más actualizables no creo que sean más ajustadas que las primitivas, por eso yo me quedo con las  antiguas.

La Biblia, que a mi me produce más respeto que la ciencia contemporánea (sabiduría que resiste el paso del tiempo, algo bueno tendrá), considera que los sueños forman parte de la manera que Dios tiene de revelar algo al hombre que escoge, sin que tiemble la humanidad entera. De esta forma, son frecuentes en la Biblia los hombres que interpretan los sueños, como José al Faraón; y gente que recibe mensajes oníricos, como el otro José, el esposo de la Virgen, para que no la repudie primero, y salga por patas hacia Egipto después. Así que tras esta interpretación, considero que el mundo de los sueños es tan magnifico e importante, revelador, como el mundo de lo real, aunque a Platón le cause nauseas.

Viene al caso, porque me contó el rey Felipe VI que le había gustado mucho la novela de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, y yo claro, me puse estupendo y como un globo. Le di dos besos a la Letizia y se entretuvieron nuestras hijas respectivas jugando a princesas (lo más lógico del mundo). Cuando me desperté no cabía en la cama, y pensé en mandar un ejemplar a Zarzuela, por si acaso. Me dijo el Consejero de Educación que estaba desolado, que su nombramiento había sido una trampa y que no sabía qué hacer. Por supuesto le dí unos cuantos consejos, para que así aconsejara a otros. El mejor que pude como docente en plena línea de combate: que creara una red de Bibliotecas escolares, que se gastara la pasta en laboratorios científicos en los centros escolares y que despidiera a los burócratas en forma de directores generales o particulares que no han visto un alumno más que en pintura rupestre y que se empeñan en que pongamos por escrito las veces que llamamos la atención a un angelito. Por supuesto, me condecoraron con varias medallas al mérito docente y me invitó Fernando, el consejero, a tomar una caña, pues es un tipo agradable y majete donde los haya. Ahí me desperté y a la playa.

Del tema Putin Trump no me acuerdo (sería irrelevante lo que dijimos todos), y con el Papa lo de siempre, que qué majos todos, y viva la madre superiora.

El caso es que durmiendo me dedico a arreglar el mundo. Pero despierto ya es otra cosa. Me espera la playa, el ordenador, las obras de Orson Scott Card y la tumbona, y eso es algo tan real, que me asusto de pensar en la próxima pesadilla que pueda tener cuando regrese: que eliminen las vacaciones y nos obliguen a charlar con las autoridades monárquicas y educativas del planeta para arreglar el estropicio. Un rollo, claro. Así que he tomado con Santa Teresa una determinación determinada y determinante: Si en diciembre no mejoran mis sueños, palabra que suprimo la siesta.

PD: Me he hecho socio del Pucela, eso sí que es soñar…

 

 

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¿Qué estarías dispuesto a hacer si conocieses el destino de la humanidad?

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El Rincón de Suenminoe

En el soñador vida y sueño coinciden

PU[N]TOS DESCOSIDOS

La poesía no podrá cambiar el mundo pero sí a las personas que lo pueden cambiar.

optimisticlifeat30

The essence of Poetry

Songs of my Soul

Pequeñas canciones de mi alma para intentar liberar las mariposas de mi mente.

El hombre que le susurra a los sentimientos

Escribir no solo es una pasion... es el reencuentro con uno mismo

Ven, pasa

«Por ser cómo soy, por querer seguir siéndolo»

LUCES Y SOMBRAS

LO QUE VES... NO SIEMPRE ES LO QUE HAY

TEJIENDO LAS PALABRAS

CON LOS HILOS INVISIBLES DEL ALMA

ANTONIO J. LÓPEZ SERRANO

ESCRIBIR, PENSAR, AMAR , REZAR. Blog del escritor

Jesús Fonseca Escartín

Periodista y poeta

Antropología accesible

ESCRIBIR, PENSAR, AMAR , REZAR. Blog del escritor

Bold Commentary

"Writing With No Fear"

AURI

El "Mundo de los Ángeles" es un Mundo luminoso, al mismo tiempo que sorprendente, inimaginable e incomprensible para la consciencia del ser humano, que no hay que razonar demasiado, sólo lo justo. Busca esa razón "dentro" de tu Corazón y encontrarás las verdaderas respuestas.

Donovan Rocester

Una dimensión de relatos, pensamientos y poesía...

SIN MIEDO A PENSAR

Inspiración para los que anhelan un mundo mejor

IMPREINTofficial

The official page of the artist created to host the project 'CUT OFF'.

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