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VIAJE AL PARAISO DE LA CHANCLA HEAVY.

El verano es un periodo estupendo para salir de casa, es verdad. Yo me armo de paciencia, de serenidad impostada y de ganas de pasarlo bien; por eso, para disimular mi condición de tipo amante de los libros, me imbuyo del ambiente nacional, me planto mis playeros en los pinreles y me voy a veranear por el mediterráneo. Siempre con unos cuantos libros en la maleta, y con ganas de adaptarme al mundo. Sin prisa, pero sin pausa. Me ayuda el espíritu familiar, y me dejo llevar de las experiencias de los turistas que nos han precedido, que son muchos y abundantes en nuestra feliz patria.

No es la primera vez, por supuesto, que sumerjo en los encantos de la playa, pero es tal vez la elevación de mi alma cotidiana la que hace que me tope de repente con el ganado nacional, y me sienta abrumado por la condición humana. Lo digo sin titubeos: si fuera Dios, aniquilaría a la especie humana; por eso agradezco ser un importante pecador, porque la paciencia todo lo alcanza, y porque me hace reconocer que la misericordia del Señor es infinita con el hombre. Incluida nuestra tropa.

Me da igual la playa que la montaña, porque el primer trauma veraniego suele llegar de camino. Como el viaje hasta la costa es largo, nos vimos en la necesidad de detenernos a comer, beber y desbeber. Lo hicimos en un sitio que me recordó a un abrevadero de caballos y mulas. Y ciertamente había gente que se comportaba como tal. Un tipo aparcó con su coupé de pijo idiota ocupando dos sitios de sombra, y vi como una piba se colaba bajo la sonrisa bendita del “porque yo lo valgo”. Las señoras hablaban a gritos, y unos franceses acongojados trataban de hacerse a entender con una camarera cuyo nivel de simpatía era menos cuatro. En los baños empezó a haber cola, y el nivel de suciedad se incrementaba por segundos. Yo ya iba escamado, porque dos horas antes habíamos tomado café en un lugar donde cobraban lo mismo que el bar de mi barrio pero multiplicado por tres, por eso andábamos con ojo, no fueran las niñas a tener antojos caros, y les diera por beber agua mineral, en lugar de la del grifo. ¿Me entienden, verdad? Mear siempre se puede hacer en el campo, asi que intenté no dejarme llevar por el pánico.

Las niñas fueron aleccionadas para que nos nos dieran más guerra que de costumbre, y tras elegir los platos con estrés y alentados por el aliento del siguiente señor en la cola del bandejerío, que tenía prisa por comer antes que mi familia, nos ubicamos en el comedor, donde había menos vasca que en el exterior, formado por gente de bocata y lata de cola. Hasta ahí todo a normal.

Entonces vino la luz.

Trescientos heavys vestidos de rockeros descendieron de varios autobuses. Algunos llegaban con los autobuses de línea, pero otros parecían descender del mismo infierno del metal. Estaban más cansados que emocionados, y supuse que regresaban después de algún concierto costero, pues eran muchos y aterradores. Los cuatro moros que hasta entonces se sentían dueños de la extravagancia sintieron sus chilabas arrugarse; y el cagaprisas que parecía comer a destajo salió del abrevadero zumbando y sin pasar por el servicio. Ni la Guardia Civil habría logrado poner más prudencia entre los incivilizados de turno.

Aquellos tipos eran auténticos vikingos. Pelos largos y al viento, ojeras prolongadas de fiesta y cerveza, y en lugar de las consabidas chapas y cueros, lucían chancletas, algunas de las cuales hacían juego con los móviles que desenfundaban con garbo.

Pusieron al pijo egoísta en su sitio, inundaron los baños a voces poniendo orden en las prolongadas colas de las señoras, y comieron a gusto de la resaca que arrastraban. Por supuesto las familias se amedrentaron y los empleados se pellizcaban sospechando que había regresado la peor de sus pesadillas: los ángeles del infierno en vivo y en directo. Todo prejuicios.

Llegó la hora de comer. Y esta gente se apalancó en el bareto, porque lo convirtieron en un bareto, y en lugar de mostrar su música atronadora a todo tren, obligándonos a todos a soportar sus decibelios (los que habíamos ya soportado del ganado ahora silenciado), desenfundaron unos cascos chiquititos, y con sus móviles se adocenaron individualmente, dejando como único sonido el runrun de los motores del autorés que se largaba. De fondo pude escuchar a ACDC, alguna de sus melódicas y bien educadas cancioncillas. Hasta el “despacito” del verano se ralentizó hasta desaparecer. Gracias a Dios, pensé.

– ¿ACDC, amigo? – le pregunté al que tenía al lado.

– Por supuesto.

Y sonrió mostrando unos dientes sucios del helado de chocolate que se estaba engullendo.

Nos tuvimos que ir, más que nada porque ya habíamos comido, pero he de reconocer, que cualquier otra experiencia antropológica en directo será mucho peor. Ni el oceanográfico ni el bioparque nos ofrecerán un espectáculo de fauna y flora, y de dominio de la tribu, tan abrumador. En fin, me sucede todo eso porque soy un hombre sensible. Si fuera una secuoya, no me fijaría en nada.

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Sueños de una noche de verano.

Dicen que el verano es la mejor época para descansar y para dormir bien. Y yo me he apuntado con ganas al tema de dejarme seducir por los brazos de morfeo. Soy un tipo dormilón, y me encanta dormir a pierna suelta, tan a gustito que creo cocerme en mi propio jugo. Me dicen, mis amigos y mis enemigos, que no tengo límite cuando pillo cacho, y reconozco que tanto en invierno como en verano, me duermo con la facilidad de la gente buena. Aposento la oreja en un trozo blandito de almohada, y me recreo con historias oníricas sin límite de tiempo ni de espacio. Bueno, límite sí. El que dura la siesta, y el que permiten las noches cortas de verano. Me despierto por la noche varias veces, y por la tarde vuelvo al mundo de los vivos cuando el cuerpo me pide resucitar por unas horas más.

Tengo la teoría, supongo que algo estúpida, que no se duerme igual en cualquier sitio. Y que no se sueña lo mismo en una cama que en otra. En mi casa es más habitual soñar con inquietud, y es que el edificio está construido sobre un antiguo cementerio del siglo XVII. No es que tengamos fenómenos poltergeist, pero se duerme peor. Imagino que los espíritus de todos los vecinos se entrecruzan, cotilleo de vivos y muertos, y si hay algún resto de muerto mal avenido… pues eso. Un lío. En cambio en el pueblo, casa baja preparada para el calentamiento global de las próximas centurias, se duerme mejor. Hasta que se concilia el sueño, claro, porque junto a la plaza siempre hay rezagados que prefieren perder el tiempo chinchorreando, en lugar de disfrutar de la nocturnidad debida.

El caso es que en vacaciones salimos una semanita a la playa, en concreto Ayamonte; y el apartamento, tan estricto en comodidades, me ha traído más sueños de grandeza que otra cosa. Un día soñé con la familia Real, otro con el Papa, otro con el consejero de Educación y otro con Trump y Putin que venían a casa de incógnito a cenar una kebab. Esa noche hablé varios idiomas por ciencia infusa. Es lo que tiene la vida y la noche cuando se sueña, que no se necesita aprender ruso ni inglés para comunicarse con los prójimos.

Dicen los expertos -que es el nombre de cualquier persona que se autoproclama como tal- que dormimos para prepararnos para el futuro, y hacer frente a situaciones inéditas no vividas por nosotros. De esta forma soñamos frecuentemente con el examen que tenemos al día siguiente, y en tal paroxismo recreamos situaciones embarazosas para aprender a desenvolvernos sin ansiedad. Por eso soñamos temas tan variados: con la vecina del tercero en cueros, con que nos roban la cartera en Praga, o con que se nos hunde el crucero trasatlántico después de haber perdido el tren a Marsella por culpa de un regateo infructuoso con un chino.

El caso es que cuando el psicoanálisis hacía furor, cualquier sueño significaba represión sexual y violencia contenida (imagínense lo que significaba el chino regateando para Freud); pero luego, con el mundo de las drogas campando por sus anchas, soñar era algo así como tener un viaje astral por el mundo de los espíritus. El tema es viejo, y desde la antigüedad los hombres sabios siempre se han encargado de examinar los sueños para averiguar el futuro. Hay teorías para todos los gustos y las más actualizables no creo que sean más ajustadas que las primitivas, por eso yo me quedo con las  antiguas.

La Biblia, que a mi me produce más respeto que la ciencia contemporánea (sabiduría que resiste el paso del tiempo, algo bueno tendrá), considera que los sueños forman parte de la manera que Dios tiene de revelar algo al hombre que escoge, sin que tiemble la humanidad entera. De esta forma, son frecuentes en la Biblia los hombres que interpretan los sueños, como José al Faraón; y gente que recibe mensajes oníricos, como el otro José, el esposo de la Virgen, para que no la repudie primero, y salga por patas hacia Egipto después. Así que tras esta interpretación, considero que el mundo de los sueños es tan magnifico e importante, revelador, como el mundo de lo real, aunque a Platón le cause nauseas.

Viene al caso, porque me contó el rey Felipe VI que le había gustado mucho la novela de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, y yo claro, me puse estupendo y como un globo. Le di dos besos a la Letizia y se entretuvieron nuestras hijas respectivas jugando a princesas (lo más lógico del mundo). Cuando me desperté no cabía en la cama, y pensé en mandar un ejemplar a Zarzuela, por si acaso. Me dijo el Consejero de Educación que estaba desolado, que su nombramiento había sido una trampa y que no sabía qué hacer. Por supuesto le dí unos cuantos consejos, para que así aconsejara a otros. El mejor que pude como docente en plena línea de combate: que creara una red de Bibliotecas escolares, que se gastara la pasta en laboratorios científicos en los centros escolares y que despidiera a los burócratas en forma de directores generales o particulares que no han visto un alumno más que en pintura rupestre y que se empeñan en que pongamos por escrito las veces que llamamos la atención a un angelito. Por supuesto, me condecoraron con varias medallas al mérito docente y me invitó Fernando, el consejero, a tomar una caña, pues es un tipo agradable y majete donde los haya. Ahí me desperté y a la playa.

Del tema Putin Trump no me acuerdo (sería irrelevante lo que dijimos todos), y con el Papa lo de siempre, que qué majos todos, y viva la madre superiora.

El caso es que durmiendo me dedico a arreglar el mundo. Pero despierto ya es otra cosa. Me espera la playa, el ordenador, las obras de Orson Scott Card y la tumbona, y eso es algo tan real, que me asusto de pensar en la próxima pesadilla que pueda tener cuando regrese: que eliminen las vacaciones y nos obliguen a charlar con las autoridades monárquicas y educativas del planeta para arreglar el estropicio. Un rollo, claro. Así que he tomado con Santa Teresa una determinación determinada y determinante: Si en diciembre no mejoran mis sueños, palabra que suprimo la siesta.

PD: Me he hecho socio del Pucela, eso sí que es soñar…

 

 

Mi amigo de pupitre, Miguel Ángel P. R. es hoy un vagabundo.

No tengo palabras para ti, Miguel Ángel P… salvo esta entrada que escribo y que te dedico. No pongo tus apellidos porque prefiero darte la dignidad que nadie te ha dado, pero los recuerdo bien: el primero empieza por P, y el segundo por R. No son vulgares, ni corrientes como podría pensarse. Tu nombre es Miguel Ángel y cumplirás los mismos años que yo este año, tú tres días antes que yo, viejo amigo.

Hacía muchos años que no te había vuelto a ver. Compañero de clase y amigo, en el colegio del Ponce de León de Valladolid. ¿Te acuerdas? Creo que desde que abandonamos el colegio no nos habíamos vuelto a ver salvo para una ocasión puntual, la última que nos vimos… hasta hoy. Teníamos catorce años, terminábamos la EGB y yo entré en el Instituto de Bachillerato Zorrilla, tú te fuiste a otro instituto, creo que el Pinarillo. ¿O fue quizás el Ferrari? No recuerdo. Luego supe de tí por la tragedia de la muerte de tu madre. Hace casi veinte años ya, cuando daba mis primeros pasos como docente. Tu madre enfermó y murió de cáncer siendo una mujer relativamente joven, y como era profesora del primer instituto donde trabajé, no me fue costoso enterarme que era tu madre. No obstante, sois familia conocida… gente del PSOE de toda la vida. Buena gente, por qué no decirlo, de lo mejor que puede uno encontrarse en esta ciudad mía. Seguías igual. Te dí el pésame y nos volvimos a mirar a los ojos y abrazar. De eso hace casi viente años.

Hoy he vuelto a mirar esos ojos, pero no me has visto. Ibas cabizbajo y con paso lento. Vestías como un menesteroso, con ropas de anciano, gabán y abrigo viejo y lucías unas barbas muy de las modas actuales. De las que vuelven y van. Tu pelo ensortijado y rizado seguía siendo el mismo, la vida parecía haberte tratado bien, pero no. No me has engañado. El pelo era canoso en algún rincón, con vetas plateadas, pero estaba despeinado y sucio. Tus facciones seguían siendo las mismas. Ojos alegres y saltones, y boca grande. Hoy solo eran saltones los ojos, y la boca era una mueca rota. Tus ojos marrones tenían hoy la luz de los que miran sin ver, de los que están tan ensimismados que no pueden hacer un hueco a los demás, de los que no ven porque no enfocan con nitidez, de los yonquis que van colocados y tardan diez segundos o más en reconocer algo y se sonríen con retraso. Eran los ojos de la desidia y el abandono, los ojos de un vagabundo que va puesto hasta arriba, no sé si de heroína o de vino barato. Me da igual. Porque seguían siendo tus ojos, los ojos de un viejo y querido amigo.

Los ojos de un amigo con el que me divertía mucho en clase, de los que compartí muchas horas de vuelo y de recorrido riéndome y sonriéndome. Eras muy simpático y gozabas de un sentido del humor singular. Caías bien a todo el mundo, por eso sigo atenazado por la pena de haberte visto destruido, arruinado, machacado. Sé que estudiaste, aunque ya no estoy seguro. Sé que valías para los negocios, y tampoco sé si te has arruinado con los últimos vientos de la pobreza. Esos que soplan de cuando en cuando y nadie sabe qué hacer para detenerlos. Vientos que quitan y ponen gobiernos y que dejan cicatrices en la ciudad: locales cerrados y almas en pena, como la tuya. Cicatrices que no se cierran con nuevos empleos, ni con subsidios, ni con dinero.

Conozco a algunos voluntarios de Cáritas, y últimamente he sabido de los que como tú lo han perdido todo. Estudios y vidas que fueron construidas perfectamente han quedado luego arruinadas. Con la prosperidad  hubo afectos y palmaditas en la espalda, pero con la ruina no. Se cierran negocios, se pierden trabajos, se separan familias y llegan divorcios draconianos para la parte más débil. ¿Te ha pasado eso a tí, Miguel Ángel? Tenías que haberte comido el mundo, ser un hombre asentado, de éxito y con fuerza, tu simpatía te habrá abierto puertas. Alguna decisión equivocada has tenido que tomar, pero eso no justifica que hoy, al cruzarme contigo, y reconocerte sin tiempo para pararme, no se haya bamboleado un rincón de mi conciencia. Te imaginaba en alguna gestoría, llevando una tienda, en algún rincón de la administración pública, pues valías para los estudios y tenías cualidades para comerte el mundo.

No me has visto. Yo iba de la mano de mi hija pequeña al médico, y no me ha dado tiempo de llamarte ni de detenerme. Mi niña hablaba, porque le gusta mucho parlotear sus cosas, y yo la escuchaba cuando… apenas tres segundos después de cruzarme contigo te he reconocido: Miguel Ángel P. R. ¿Qué te ha pasado viejo amigo? Mi hija seguía hablando y ni siquiera me he atrevido a darme la vuelta. íbamos por delante de tu casa, la de tus padres. ¡Claro! Era eso. ¿Qué te ha pasado Miguel Ángel P.? La vida, te ha pasado la vida como si fuera un camión por encima.

Si vuelto a verte te pararé, te preguntaré y te invitaré a un café, y luego a que te rehagas, y luego volveremos a sonreír como lo hacíamos antaño. Compañero y amigo. Discúlpanos, pero creo que hoy entre todos hemos hecho algo mal contigo. Eras mi compañero de pupitre, y no quiero que dejes de ser mi amigo por nada del mundo. Permíteme hoy que te dedique estas palabras, y devolverte la dignidad que nunca has dejado de tener como persona. Aunque hoy la gente se cruce de acera al verte avanzar por la tuya. Aunque huelas mal y vaciles al hablar. Aunque tengas el rostro bruno y arrugado sigues siendo uno de los nuestros. Un compañero de pupitre. Miguel Ángel P. R. Un buen alumno de mi colegio.

Caminas lento con paso abrumado

con la angustia del que tiene todo el día por delante.

Paso a paso, dejando un vapor de olor a pis, unas ropas roídas y un calzado agujereado.

Con toda la tierra por delante, y el aliento de la derrota en la espalda.

Me recuerdas al que caminó hacia el calvario sangrando.

Sé que te llamas Miguel Ángel. Pero yo sé que eres mi compañero de pupitre, mi hermano.

El Belén más bonito del mundo.

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La verdad es que este año estoy hundido. Mis hijas han afirmado que es más bonito el belén de mi madre que el nuestro, o sea el mío, y no levanto cabeza.

He de reconocer que el que pone mi madre tiene su gracia. Son todos tiícos de plástico, de 8 centímetros, y ninguno está fuera de contexto. Además de la familia sagrada, que es lo principal, hay unos reyes que se pueden sentar sin el camello, mozas con cántaros en la cabeza, señores que pescan, patos díscolos y pastorcillos con aire ensimismado. No faltan orantes, palmeras y trozos de corteza de corcho que es lo que asemeja las cuatro montañas de Judea. Hasta el río, papel de aluminio, discurre por entre rocas como si fuera el mismísimo agua del Jordán. Ahí es nada. Todos son del mismo pueblo, y se parecen entre sí. Le falta un caganet, es verdad, pero tampoco se nota demasiado. El suelo es de papel estraza marrón, y no necesita embadurnar la casa con tierra y musgo del monte para asemejar calidez y dar el pego.

Yo un año me mofé que no tenía ni luces ni cielo ni nada, y mi madre pilló una lámpara estupenda y dos cachos de cielo estrellado con un color azul oscuro que es igual que el nuestro, así que no tengo nada que hacer. Ella es una profesional del belén de ochenta y pico años, y yo reconozco que soy un pardillo que acaba de llegar a este mundo, cuarenta y pico y más que menos.

Mi Belén está lleno de promesas y buenos deseos. Cuando lo iniciamos el año que nos casamos nos parecía precioso. Tenía figuritas estupendas, de calidad y de 8 cm. y decidimos que cada año compraríamos alguna pieza más, pero claro, ya parece un batiburrillo de gente incoherente. Asemeja una manifestación de pordioseros heterozigóticos, podemitas sueltos y es un lío. La culpa es porque no nos gusta tirar, y ahí está nuestro mal. Hay gente que parece homo sapiens, pero hay algunas piezas de la época de los gigantes, australopitecus y homo erectus. Luego tenemos dos colecciones de reyes, unos gigantescos y con camellos enormes, como del siglo XVIII, y otros apeados de la burra y en posición reverencial adorando al niño. El puente del río, una edificación hecha para carros y carretas, se ha quedado estrecho para algunas figuras, y da la impresión que es una pasarela hecha en mampostería y obra. Un desastre arquitectónico de proporciones infernales.

Para más inri hemos añadido las figuritas que aparecen en el roscón de reyes, y por ahí andan de montaña en montaña, y navegando en el río de papel de aluminio (de qué si no) dos ranas enormes que parecen lagartos, casi iguanas; un reno microscópico que hace las delicias, y finalmente una gallo acristalado que asemeja extraterrestre junto a los demás pollitos amarillos con gallo de plástico fetén que ya no sabemos donde ponerlo de tanta gente que le quita el sitio. Al menos los futbolistas de playmobil este año no están.

Se parece el de mi madre en el ensimismamiento de los señores, es verdad; y además nosotros tenemos un caganet. Lo hemos ubicado cerca del río, por aquello de que las aguas turbias se lleven las heces del plastificado señor. También hemos metido un abeto gigantesco decorado, a un lado para no molestar a los viandantes, y en la otra punta un pozo enorme, donde cabrían ocho señores por el brocal. Evidentemente el nuestro no tiene proporción ninguna, pero es el nuestro, y a mi me mola, aunque mis hijas sean unas traidoras.

Para evitar traslados innecesarios de figuras, pusimos, desde hace tres años, el belén de playmobil, que es el que tenemos para jugar, y el otro para respetar y rezar de cuando en cuando un Avemaría, que para eso está. Pero la jugada nos va saliendo rana, porque un Belén es por definición una cosa mágica y atractiva, donde los señores quieren cobrar vida propia, y los niños se encargan de insuflarles un aliento vital que los cambia de sitio de cuando en cuando.

Muchos tipos del belén de playmobil se han trasladado sigilosamente por toda la casa, y el otro día me encontré a la Virgen de playmobil en el otro belén, charlando con unos pastorcillos que le sacaban media cabeza. Hieráticos todos. Luego están los innumerables niños que viajan en una especie de autobús de playmobil – que mono – visitando el belén fetén, y que de cuando en cuando, aparecen por el río alumínico bañándose, o paseando por el ya maltrecho puente estrecho. Es como la vida misma. Es verdad que mi belén tiene una densidad demográfica semejante al centro de Beijíng, pero es que cada vez hay más gente en el mundo y casi es ya un reflejo del tinglado humano. También tenemos tierra, serrín, y musgo, filamentos verdes que lo único que hacen es ensuciar los alrededores del salón con el trajín que se traen algunas figurillas.

He pensado en ir al mercadillo de belenes que abren todas las navidades junto al Campo Grande, aquí en Valladolid, y de hecho hace un rato me he dado una vuelta. Pero me da yuyu. Hay figuras de todos los tamaños y con el ojo que tenemos, mis nenas son capaces de meter en el belén mulas viejas gigantes, cientos de vasijas y el palacio de herodes con cincuenta romanos dentro, cuatro tíos en bañador (los playmobiles de nuevo) y un par de polis que tenemos en una fregoneta. O treinta de esas figuras cabezonas aniñadas que nunca me han gustado, pero que están por todos los lados esperando aterrizar en la T5 del aeropuerto de Barajas, que es lo que parece mi belén.

Lo más importante es el Niño Jesús, en eso estamos todos de acuerdo, y al menos tratamos de preservarlo. Prohibimos que se vaya de paseo (el de playmobil es más paseante), y a la Virgen y a San José los dejamos quietos, dejando hueco en el portal, para que no acogote de gente y nos contagien un resfriado al nene. Ya el ángel tiene más dificultades, pero todavía sobrevive con alegría, aunque el año pasado tuve que pegarle las alas con pegamento, porque jugando jugando… perdió una de ellas. Es lo que tiene. Mi Belén es el más bonito del mundo. Después del de mi madre, claro.

Venga, un Padrenuestro por él…

 

Restaurante: Hola chicos. ¿Qué deseáis, chicos? Adiós, chicos.

Desde hace muchos años se lleva el tema espontáneo colega en las tiendas, especialmente en las franquicias, que deben tener el “chicos” y el “tuteo” como el principal tema formativo de sus cuadros juveniles de mando.

– El que hable de usted, será despedido de inmediato. Y el que trate al cliente como un adulto será flagelado con una semana limpiando el baño – dice el sabio ingeniero social que abrió la primera tienda en Barcelona y se enriqueció con los guiris -. Hay que decir el “chicos” para todo, y en Navidad, “Felices Fiestas, chicos”; no se vayan a mosquear. Y el que no lo haga que abandone estar de cara al público en una tienda tan juvenil y moderna como la mía.

Entras en cualquier tienda de ropa, hostelería americana o lo que sea, y te topas de pronto con una pipiola o pipiolo, de esos que todavía tienen acné en el tatuaje recién pagado con su primer sueldo, y se dirige a tí con solícito interés. Está mostrando ante él mismo que hace su trabajo de puta madre, y que va a comerse el mundo, por eso tiene a gala hacerte, sin vaselina ni pedirlo, una especie de autopresentación en plan tipo servil y exhibicionista, muy acorde con los tiempos de esclavitud en los que vivimos. Todo muy narcisista y masturbatorio.

– Hola, chicos. Me llamo Vanesa y estoy aquí para lo que necesitéis. Si queréis rellenar el vaso con vuestra bebida favorita cuantas veces queráis no dudéis en llamarme. ¿Ya sabéis lo que vais a pedir, chicos? Vale, chicos; hasta ahora, chicos.

Esa alegría y espontaneidad es fingida, porque de inmediato se dirige a la mesa contigua, la que acaban de ocupar un matrimonio octogenario, a los que trata con la misma fórmula. Chicos, hola chicos, adiós chicos. Suelen hablar muy rápido, con el pastiche aprendido, más que nada para fingir que fuera de ese tema están algo perdidos. ¿La carne muy hecha, poco hecha o al punto? ¿Con patatas, col, patatas caseras o patatas con ketchup?

– Patata de tubérculo, señorita, si me hace el favor – dice el abuelo de al lado que ya me empieza a caer bien.

Pero no lo pilla la chica, porque nuestra querida Vanessa que hace un momento se comía el mundo, está esperando que le respondan en la opción a, b o c para poderlo marcar en su aparatito megaguay que luego deposita en el bolsillo del uniforme de curro como si fuera un móvil de 800 euros. La situación me empieza a molar y aguzo el oído. Además, veo que la abuela se anima a entretener su soledad parlando también de lo suyo, y entonces observo que la labia y la simpatía de Vanessa era casi un barniz, porque no sabe casi ni responder con coherencia.

– ¿Tiene azúcar la salsa de tomate? Es que soy diabética – pregunta la buena mujer.

Y se ha cagado por la pata abajo, porque no sabe nada de diabetes ni de enfermedades; y tras una explicación de cinco minutos sobre la diabetes que padece, punta de un iceberg de las muchas enfermedades que oculta la buena señora, pero que están bajo su avanzada edad, la mujer se distrae dando la brasa a la simpática y solícita Vanessa, que no sabe si largarse dejando a la “chica octogenaria” con la palabra en la boca, o continuar en su puesto sonriendo mientras escucha las dolencia que no conoce ni en su novio disjokey.

Responde la moza, Vanessa, entre interrumpiendo y sufriendo, que lo pregunta ahora en la cocina. La chica tarda un rato, y observo que los viejos están a sus anchas rodeados de gente joven. Tienen esa actitud de regocijo y alegría, se ufanan en sus asientos y se recolocan con parsimonia, porque ven que el tema va para largo, y que gente tan simpática y cercana no hay que desaprovecharla.

A los diez minutos vuelve Vanessa, y ellos contraatacan. Vanessa les responde con una afirmación tan extraña que tienes la certeza de que los señores no se fían un pelo de lo que echan en la salsa en ningún lugar. Y luego llega lo mejor, lo que despierta una sonrisa en los octogenarios. La maquinita se ha vuelto resabia y no le obedece, entre otras cosas porque el protocolo está zaherido de muerte. No sabe Vanessa si tiene que dar en el botón rojo o en el verde para deshacer el lío en el que se ha metido.

– Quítame la salsa de ketchup y ponnos un poco de lechuga de roble, es que la col le da flato a mi marido – dice la abuela, yo creo que con cierta sorna.

– Las máquinas estas es que no valen para nada, donde esté una buena hoja de papel y un lapicero. Lo de toda la vida – dice el vejete que luce una sonrisa bastante más cálida que la impostada de Vanessa. Acaba de triunfar y lo sabe.

La pobre Vanessita y sus amigos, que solo apalabran la col con sus clientes más promiscuos, se vuelve a encontrar con que la palabra “lechuga de roble” no sale en la pantallita, y empieza a sudar hasta que busca ayuda al encargado, que es un pipiolo que lleva simplemente en el negocio tres años más, y por tanto está más curtido con tíos que tocan los huevos, que es lo que son los que no contestan a la encuesta interrogatorio que nos hacen con la velocidad de crucero que se traen. Me encanta esa gente de al lado.

Vanessa, que intenta seguir haciendo su trabajo bien hecho, se dirige a nosotros como si todo fuera estupendo, pero su sonrisa ya no parece la misma, está apurada porque sabe que todos los de alrededor estamos atentos al asunto.

– Ahora traigo su bebida, chicos – nos dice feliz de que nosotros seamos tan conformistas.

Regresa el encargado para entenderse con los abuelos y explicarles que no hay lechuga de roble, y nuestra querida Vanesita, que está madurando hoy más que en todos sus años de escuela logse, mientras nos trae la bebida, se ofrece para que elijan lo que quieran, en plan tentempié previo a los platos fuertes. Pero esta gente es recia como el sol de Castilla en verano, y está más oreada que todos nosotros juntos.

– Hay no, hija. Si es que nosotros comemos muy poquito. Con una ensaladita para los dos… ¿Te parece bien, chiquita, no te hago mucho lío si solo ponéis unos tomates con pepino y cebolla?

Ha sido la tumba del “hola, chicos”, ese “hijita y chiquita” soltados a la intemperie de la espontaneidad. Encima le pide un tomate sin procesar, que es como acudir a una pescadería para rellenar el acuario. Ellos que dan nombres exóticos a las ensaladas de toda la vida, tipo california, ranchera y cosas así, se ven atascados por una petición inusual. El encargado suda, y ni la presencia de Vanessa es un alivio para él, porque no hay otro encargado por encima que le salve el culo. Es entonces cuando Vanessa despierta y con soberana espontaneidad, la que proporciona saber quién eres y dónde estás, abre la boca.

– ¡Ah! Ustedes quieren una ensalada normal, como la de casa – le dice la muchacha con una sonrisa nueva, distinta a las anteriores.

– Claro, hija, claro.

– Pues es que no sale en el menú – dice el encargado -. Tienen que disculparnos.

– Es que quieren una ensalada Orleans, pero sin pollo – dijo la despierta Vanessa a su aguerrido encargado para que atienda a la señora diabética y a su maromo como lo haría con su abuelos.

Y ya no les volvieron a tratar como a nosotros. Nada de chicos, pues fueron los únicos que fueron tratados de “usted” hasta que se despidieron, después de despacharse una ensalada Orleans deconstruida, con el pollo en un plato aparte y sin salsas.

Eso sí, al encargado no lo vimos más. Supongo que estaría en terapia para reconducir su conducta disruptiva, o quizás con la secreta intención de comunicar a su jefe de Barcelona, que a la gente mayor hay que tratarla de usted por si acaso. ¡Qué menos! Por supuesto Vanessa, hábil gestora de la tienda, no nos dirigió ni una sonrisa cutre, y es que no nos hicimos valer.

Adiós, chicos, nos dijo cuando se despidió.

¡Cuidado Manchitas, qué viene el lobo!

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Es para contar, lo del fin de semana me refiero. Nos hemos ido unos amigos con nuestros hijos a una casa rural, ya saben, a disfrutar de la naturaleza y a pasar unos días de asueto y relajación entre la plática y la amistad de siempre, que tanto nos agrada. El lugar escogido, quizás por la suerte que nos depara internet y sus ofertas de casas rurales, se halla perdido en las inmediaciones de la sierra de la Culebra, un rincón precioso de la provincia de Zamora. Allí, la vida parece haberse detenido, y sus moradores hablan de los romanos que fueron gente muy lista, como los que extrajeron hierro de sus minas hace cuatro días. Un lugar donde el sol se cae cuando atardece, despertando la berrea de los ciervos que tiñen la noche de malva, y acompañan el aullido de los lobos que merodean por la sierra, algo que pone nerviosa a nuestra querida Machitas, la oveja de la foto.

Manchitas, la ovejita, es lo más parecido a un perro faldero, pero su presencia tramite la paz que su dueño, Pepe, es capaz de respirar con la mirada estoica y apacible que dan los campos. Todo en él es reposo y tierra. El hombre, que sabe tratar con mimo a sus clientes de la casa rural, se desvive en atendernos y en gustar de la charla y la conversación que a nosotros también nos seduce, ¡cómo no! Nos enseñó un molino antiguo (el no recuerda cuantos siglos lleva allí), nos dijo palabras viejas que conocía desde pequeño y que ya no le avergüenzan, nos regaló un postre de leche frita hecho por su esposa y paseó con nosotros hasta la ermita para enseñarnos como eran los apriscos cuando él era niño. Tiene la conversación fluida y la mente inquieta. Ve los documentales de la “dos” y tiene en sus palabras la seguridad del que ha pensado lo que va a decir. La vergüenza que tuvo en otro tiempo por ser de pueblo ya no la almacena en su alma, y más viendo a las gentes de Madrid, Barcelona o Valladolid que llegamos maltrechos y llenos heridas de la cotidiana prisa con la que nos desayunamos, almorzamos, merendamos y cenamos cada día.

– Ahora venís todos al campo buscando lo que yo tengo todos los días.

¡Y qué razón tiene!

Junto a él conocemos a Manchitas. Es una ovejita virgen, feliz, henchida de hierba fresca y contenta de haberse conocido. Los niños se acercan a ella y la acarician, le dan de comer y ella se deja querer. Es una oveja feliz, sin duda. Su único terror son los perros, incluso los perros pequeños le resultan insoportables; y ella, como buena oveja, en cuanto se cruza con uno de ellos se da la vuelta revolviéndose sobre sí misma. Solo la voz tierna de su amo devuelve a Manchitas al reposo de una vida idílica de oveja. Ni te comen, ni te exprimen, ni te ponen a parir.

En una de las aventuras caminamos por el campo con Manchitas, caminaba con nosotros feliz y oronda, pues está redonda como un queso. Hasta que nos cruzamos con tres chuchos. Los canes aguerridos mostraron sus dientes a la pobre Manchitas, cuya depilación y trasquile hacen unos rumanos en el mes de junio, y la pobre se puso a temblar. Ella, Manchitas, está suavecita, claro, pero se estresa la pobre. Gira sobre sí misma y enseña sus cuartos traseros como si prefiriera no ver el peligro delante suyo. Su mirada estrábica, que a mi me recordaba a la de Aranguren, el viejo y genial filósofo, se perdía fuera del camino, como si no quisiera comprometerse con ningún otro ser que no fuera su dueño y los niños que a su alrededor disfrutaban de su tonsura. Era como un anuncio donde el lobo ataca a las ovejas, como el viejo cuento donde los lobos enseñan los dientes y los pastores de defienden de ellos con las armas de siempre. El viejo Pedro y el lobo, el pastor mentiroso, las siete cabrititas… son cuentos que junto a Manchitas se hacen realidad.

Cierto es que los lobos de la sierra de la Culebra no se dejan ver fácilmente, pero están ahí, esperando su oportunidad para atrapar un bocado. Son los lobos de la Junta de Castilla y León que se han multiplicado por arte de los señoritos de ciudad que quieren tener fauna fresca y auténtica los fines de semana en los pueblos donde vive las Manchitas que en el mundo han sido y serán. Las gentes que allí tienen rebaños, si se confían, pueden perder parte de su ganado, porque cuando el lobo ataca, no solo mata quince ovejas de cincuenta, es que pone tan nervioso al rebaño que las preñadas abortan por el susto. Todo son pérdidas, y es que se defienden peor de los lobos que antaño.

-Yo estoy a favor del lobo – nos cuenta Pepe -. Pero que se paguen los destrozos, porque si no estamos desprotegidos. Y es que no pagan. A mi me dijeron una vez que habían sido perros salvajes. No te joroba.

Es lo que queda del viejo mundo de pastores y ovejas, de lobos y rebaños. Terminamos el paseo devolviendo a Manchitas a la seguridad de su choza, donde convive con unas cuantas gallinas, un gallo capón y un cuarteto de patos que se bañan en una charca contigua a la casa. Está bien protegida porque Pepe le cierra la puerta de su casa con cariño, mientras los niños se despiden de Manchitas hasta el día siguiente.

Luego por la noche, regresamos a la preciosa casa donde nos alojábamos, y pusimos las noticias mediante nuestros cacharritos tecnológicos. Y nos enteramos de la noticia del día: Pedro Sánchez había dimitido. Normal. Si hubiera conocido a Manchitas, hubiera aprendido a mostrar los cuartos traseros, aunque quien sabe si no hubiera perdido su virginidad de oveja esquilada en junio.

Poema para un compañero maestro que se jubila con gozo.

Enmudecerá la tiza,

pero no tu esfuerzo,

callarán las calles, hablará el silencio,

llorará la noche, gritarán los ecos.

 

Enmudecerá la tiza,

pero no tu aliento,

seguirá el eco, del consejo cierto,

de la vida, vida,

enseñando esfuerzo.

Los miraste a los ojos,

guardaste su aliento.

 

Enmudecerá la tiza,

jamás tu recuerdo,

de horas regaladas, pasión y desvelo.

Enseñaste a vivir, a exigir sin miedo,

a verlos adultos,

hechos y derechos.

 

Enmudecerá la tiza,

pero los llevarás dentro,

llevarás su escucha, su dolor, lamento.

El que cambiaste por oro, por sonrisa y sueños.

 

Enmudecerán las tizas,

cuando todos lleguemos,

y te digamos amables,

gracias, compañero.

 

A Julio, compañero y amigo, en la fiesta de su jubilación 28 junio 2016, en el IES González Allende de Toro (Zamora)

 

Este poema, que he escrito hace unos días, y que hemos compartido hoy, es para un maestro que ha dejado huella entre sus alumnos y sus compañeros. Sirva de homenaje a todos los profesores que tratan de hacer del mundo un lugar mejor. Gracias Julio, gracias maestro.

El escritor en crisis.

Me confieso escritor en crisis. Ya está, lo dije, lo solté. Es normal. Todo escritor pasa por un trance semejante. Soy alcohólico, drogata, adicto al sexo, al mando de la tele, fumeta ludópata e insípido paterfamiliaris… da igual, lo importante es reconocerlo delante del grupo de autoayuda que es este blog: chicos, estoy en crisis. Y punto. Iba bien con los relatos y de repente me he mirado al espejo y he descubierto lo que pensaba que nunca me sucedería: los personajes se me han cabreado y no me cumplen en la historia, los relatos me parecen livianos y sin interés, y no sé si empezar nuevo o seguir con el mismo relato hasta que sea perfecto. Alea iacta est y quod natura non dat… Ale.

En realidad lo que necesito es que alguien me diga que soy bueno, cojonudo, que no abandone, que lo vuelva a intentar; y que ese alguien sea el que reparte los premios Nobel, el de los Planeta, los Ateneos y los Alfaguara. Premios, que por cierto es imposible que gane, porque no he enviado nada. Y es que estoy en crisis. Es imposible ganar un premio cuando no se participa en él, me dicen los amigos. Bueno no, digo yo: gané el Miguel Delibes de narrativa por mi primera novela, y que conste que no envié nada. Así que estoy en crisis y sin enviar nada.

Ando con la depre, y no por falta de ideas nuevas, creatividad o miedo al folio en blanco. No, no. Estoy en crisis porque es la forma habitual de estar cuando se crea algo. Tengo un lío con los personajes y las tramas, y estas cosas, que solo le pasan a los grandes escritores, también nos sucede a los pequeños y desconocidos. Yo creía que estaba vacunado de esas enfermedades molestas. Y ya ven. Me ha pasado y estoy más ojiplático que contento. No es un tema que me guste tratar, entre otras cosas porque supongo que entra dentro de la intimidad de cada uno, pero cuando uno está en crisis artística y literaria, pues es capaz de escribir, aunque solo sea, para reconocer sus miserias, y mi miseria más contemporánea es la de la pena mora que llevo en el alma.

El problema – y voy a confesarme como la Pantoja ante su público –  es que tras LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, trilogía que ya está escrita, escribí en un tiempo relativamente breve EL ÁNGEL AMADO. Era una novelita sencilla y pequeña, pero que me resultó fácil de componer y narrar. Apenas dos o tres correcciones, y ya estuvo terminada. Como se suele decir: de sopetón y sin entretenerme demasiado. Me gusta además como quedó. Y me embarqué con otras dos novelas distintas que he ido atendiendo y abandonando simultáneamente sin demasiado éxito. En los dos casos voy por la quinta o sexta redacción, y me siguen sin convencer. He aprendido mucho de mis errores con ellas, pero a cambio me he quedado compuesto y sin pareja de tango.

La primera es una novela introspectiva, con muchos volcados de mi infancia. Muy bien escrita, supongo, aunque con exceso de adjetivos y adverbios. Algo que por cierto, no gusta a los editores, agentes, etc. La releo y me gusta; pero también me disgusta. El personaje no me cuadra, y es que cuando se emplea un narrador omnisciente los personajes se mosquean y desbordan al autor. Y ahí ando, intentando que vuelvan al redil. Esta la veía ganando el premio Nadal, pero claro, a estas alturas de la historia, bastante lograré con que el protagonista no me despierte por la noche contándome que por qué le tengo haciendo el tonto por la trama. Me he vuelto un indolente, y mis personajes son ahora unos plastas que me persiguen. De tal palo tal astilla, claro.

La otra novela, de ciencia ficción, es estupenda. Empieza como un cañón, pero luego se me cae. Entre otras cosas porque al protagonista no le dejo que se líe la manta a la cabeza y se entregue a la aventura. Faltaría más. Mi historia no es de aventureros, y eso tiene un precio. Una novela donde el prota es un insulso no vale para mucho, sobre todo cuando hay que salvar el mundo y a la humanidad. Así que estoy en crisis, porque no me da la gana que el prota salve el mundo, que eso es una vulgaridad, y yo quiero escribir como Proust, y que mis personajes aburran a las ovejas mientras se contemplan a sí mismos.

Esto me recuerda que he cometido también un nefasto error, que ha despertado todos los demonios del críticón que llevamos dentro todos los escritores, y es que me gustan los clásicos; o sea, me emociona la literatura que no se me cae de las manos. Leí el otro día a Patrick Modiano, fantástico. Releo Platero y yo, sublime. Ando a vueltas con Victor Hugo. Y me entra la depre. No por ellos, sino por mi. Por que me veo incapaz de escribir Cien años de soledad, que es lo que me gustaría.

Me dice mi yo listillo que eso es absurdo, que cada uno escribe su obra maestra, y que no repetimos las obras que ya están escritas. Es verdad que Cien años de soledad ya está escrita, así que no tengo porque escribirla de nuevo. Cada uno tiene su estilo, su forma de hacer literatura, y no tengo porqué ser tan exigente conmigo. Que estoy llamado a escribir una obra maestra, pero la mía. Y yo digo que vale, pero no me lo termino de creer. Así que estoy en crisis, aunque seguramente, tras esta entrada, encuentre una salida digna a la crisis: Obedeceré al prota de la primera novela, y montaré un prota aventurero que te cagas en la de ciencia ficción. ¡Qué fácil! ¿No?

PD: Esto lo escribí hace veinte días, así que no me preguntéis por la crisis. En realidad estoy cojonudo, acabo de matar al narrador omnisciente de la tercera novela, y me está quedando de muerte. En un mesecito o dos termino y me abro la botella de champán esa que nunca tenemos los escritores a mano. Esa. La que nos prohíbe el médico y que nos trincamos a las cuatro de la mañana.

Cuento de la mujer que tenía una oreja azul.

Como tengo en casa a una de mis niñas malita, le he contado este cuento, y le ha gustado tanto, que he decidido ponerlo por escrito…

 

CUENTO DE LA MUJER QUE TENÍA UNA OREJA AZUL.

Hace muchos años, en una ciudad provinciana de un país desconocido, vivía una mujer que tenía una oreja azul.

La mujer, que era muy caprichosa y presumida, se miraba todos los días al espejo, para comprobar, un día tras otro, que el azulado de su oreja cambiaba de tonalidad, pero que era persistente como un demonio.

– Azul, azul, azul. ¿De dónde habrá salido esta oreja azul? – le preguntó a una amiga, que lucía un sombrero vistoso con una pluma de ganso.

Pero no encontraba una contestación que la satisfaciera, y la mujer, que no quería que su oreja desluciera su buen gusto, decidió comprarse unos zapatos que hicieran juego con su oreja azul.

– Quiero unos zapatos de color azul.

– Sí señora, lo que usted ordene – le dijo el encargado de la mejor tienda de zapatos de la ciudad.

Pero los zapatos no fueron suficientes para aquella mujer, y entristecida porque todas sus amigas lucían ropas a conjunto con el color de sus orejas, decidió comprarse un traje de noche, para salir de fiesta, un traje azul que hiciera juego con su oreja azul y sus zapatos azules.

– Estás divina – le contestaron en la recepción de la fiesta que hubo varias semanas más tarde.

– Y perfectamente conjuntada – contestó ella.

Aquella mujer, felicísima de que triunfara el color azul turquesa de su oreja en sus círculos sociales, compró toda su ropa de azul: pijamas, camisones, calcetines y medias de color azul, cazadoras, abrigos, jerseys y camisas, todas azul turquesas. Pintó su casa de azul, y adquirió un coche azul, todo a juego con su oreja azul.

Pero un buen día, cansada de vivir sola, decidió comprarse una mascota, y pensó que lo más adecuado era hacerse con un perro de color azul, que hiciera juego con toda su ropa, sus zapatos y su original y simpática oreja azul.

Cogió su monedero y entró en la tienda.

– Quiero un perro de color azul.

– ¿Azul? No tenemos perros de color azul. No existen.

– Pues tienen que existir, porque necesito un perro que haga juego con mi oreja azul.

El comerciante se quedó viendo la oreja color azul, alabó el tono y el color de aquella excentricidad, y le ofreció los mejores perros que tenía en tienda y catálogo.

– Pero no son azules. ¡Quiero uno de color azul! Me da igual si el perro es grande o pequeño, de una raza u otra, yo lo quiero azul, como mi oreja azul.

El hombre, harto por aquella clienta tan caprichosa, tuvo una idea magnífica para salir al paso de aquella situación, y de paso lograr una venta que le aliviara sus deudas.

– No se preocupe, ahora que me acuerdo hay una raza de perros rarísimos en el Antártico que son de color azul. Apenas hay ejemplares, pero seguro que hacen juego con su oreja azul. Si me da un día para conseguirlo.

La mujer, que estaba empeñada en conseguir una mascota, transigió con lo que le decía aquel vendedor de perros, y se fue a su casa con el apremio de que aquel hombre conseguiría el perro azul que deseaba..

El hombre, cuando cerró la tienda, entró en una tienda de disfraces, y pidió la mejor pintura azul que hubiera para maquillaje. Luego volvió a su negocio, y cerrando por dentro, agarró a uno de los caniches de pelo blanco, y lo sumergió en la pintura convirtiéndolo en un magnífico perro azul. Al día siguiente llamó a su clienta con el encargo cumplido.

– Ya tengo su perro azul – y la clienta compró el animal sin darse cuenta de que el perro estaba pintado.

Pasaron los días, y tras lucir su perro azul, admiración de todo el vecindario, durante días y días, el perro se ensució con el barro de un charco.

– Te has puesto perdido – dijo la dueña a su simpático perrito que ahora estaba entre azulado y marrón -. Tendré que lavarte.

Y la mujer, ni corta ni perezosa, metió al perro en la bañera de casa. Abrió el grifo del agua de la ducha, y empezó a frotar al animal para quitarle la suciedad del barro de la calle. Su sorpresa fue que el perro empezó a desteñir.

– Dios, mío. ¡Mi pobre perro! ¿Qué he hecho? Este jabón es tan fuerte que ha desteñido el perro entero y se ha vuelto blanco.

Y azorada y entristecida por lo que le había pasado, regresó a la tienda.

– El perro que me vendió se ha vuelto blanco – le dijo intentando que el vendedor le diera una solución -. Me costó una millonada.

– Es probable que lo haya lavado con un jabón muy fuerte.

– ¿Y qué puedo hacer ahora? Porque el perro ya no hace juego con mi oreja azul, y no puedo sacarlo a pasear.

– ¿Por qué no prueba a lavarse la oreja azul con el mismo champú? – le indicó el hombre con un sonrisa irónica.

Pero la mujer, que no comprendió la indirecta del hombre de la tienda, regresó a su casa con el perro, y tomando el champú con el que había lavado al perro, decidió lavarse la oreja azul turquesa.

Su sorpresa fue que la oreja se volvió sonrosada y clara como nunca antes la había visto. Entonces comprendió que había estado ciega con el color azul, sin reparar que el cristal con el que miraba el mundo estaba empañado de un color que además, ni siquiera le gustaba.

– ¡Qué bien! – se felicitó -. Ahora podré comprar ropa de todos los colores, y no solo la de color azul.

Y el perro, que estaba muy contento porque había recuperado su color natural, movió el rabo en señal de aprobación.

 

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

 

El otro día me dieron el palo.

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No miento, no. El otro día me intentaron atracar un par de cacos. Bueno, la palabra no es atracar; más bien intentaron “afanarme” la pasta, y para ello me “sustrajeron” la cartera del bolsito que llevo. La culpa es mía, por ir con mariconera tipo bandolera, porque el dinero, contante y sonante hay que guardarlo siempre metido en el escote, que ahí nadie mete mano. En mi caso la pelambrera impediría cualquier intento, pues de inmediato, la manita fina del ladronzuelo, se vería enredada por el marasmo pelaje que me gasto. Hombre de pelo en pecho soy, y no digo más al respecto, que no me quiero desviar, ni provocar delirios entre las más atrevidas (las que no me leen, vaya).

El caso es que ni me enteré, porque uno anda siempre embobado pensando en sus cosas, que si escribo esto o lo otro, que si tengo que comprar en el super, que si no me da tiempo a recoger a las niñas al cole, que si las clases y los alumnos… El bochorno vino cuando fui a pagar unos libros que pensaba comprar, como cuarto de hora después de hacerme con el pan nuestro de cada día. Es verdad que gracias a eso, a que soy amigo de libros, que no vivo solo del pan, sino también de lecturas, que me di cuenta del hurto; porque conociéndome podían haber pasado días sin echarla de menos.

Atorado me quedé, zozobrático y ojiplático. Me han mangado la cartera. Me han quitado… no la pasta, que también, sino las tarjetas, los carneses y un buen número de restos mugrientos que pueblan una cartera en condiciones. En mi caso se completaba con tarjetas de visitas, la de muface, la salud mía, el cartón del autobús, facturas y tickets de los más variados lugares, y el teléfono del restaurante al que suelo ir cuando piso la malvarrosa en Valencia. Media vida, para qué engañarnos. Y es que si uno empieza a ver con detalle la mierda que acumula encima, descubre que tiene más cosas en su cartera que estrellas en la constelación de Orión. En fín, volvía a casa con prisa para cerciorarme que no me la había dejado en la mesa, que yo ya sabía que no, la susodicha carterita; y lo hacía abrumado por la fatiguita que me produciría el peso de las cientos de miles de llamadas que tenía que hacer a bancos, cajas, administraciones y demás enclaves burocráticos, solo porque unos cacos me vieron cara palurdo ese día. Y fue entonces, cuando llegó la llamada que uno espera recibir cuando todo se oscurece.

– Policía municipal, ¿Antonio José López Serrano? Que acabamos de detener a unos tipos que iban con una cartera que es suya. ¿Cuánto dinero tenía?

Mi respiración se acompasó, me detuve para seguir hablando, y empezaron a darse las coincidencias. Me llamo igual que el tipo de la cartera, tengo el mismo dinero que ellos llevaban encima, etc. Yo soy el viandante despistado. El policía municipal me avisó que estaban al lado de mi casa, que habían ido a buscarme a mi hogar, para devolverme lo mangado, que estaban detenidos y que si ponía denuncia que les meterían en vereda. Ideal, oye. Subí a comisaría de Parquesol, y me atendieron como si fuera un marajá. La víctima, yo era la víctima. Y ellos los desalmados.

Hay que decir, para ser fiel a la verdad, que los dos cacos eran unos pipiolos, aunque afanaran como unos chorizos de antología. Eran rumanos, ella dieciocho y él lo mismo. En realidad llamaron la atención a unos municipales que pasaban por allí, les parecieron sospechosos de pleno derecho. No es que las pintas fueran inmisericordes, pero tenían ese no sé qué existencial que se gastan los adolescentes emigrantes en racha, y tras pedirles la documentación, tiraron (disimulando igual que unas gambas arroceras en un plato de calamares) “mi” bienamada cartera al jardín trasero de Caballería, bajo la sorprendida mirada de los quince munícipes que se sumaron al tema en un despliegue de película americana.

Subí a comisaría, digo, e hice la denuncia, cotejé todo lo que guardaba en la más que revisada cartera, y me pasé unas cuantas horas entre espera y espera. Y es que en Ferias en Valladolid, parece que la mitad de la gente le da por robar a su prójimo, y la otra mitad sube a denunciar lo mangado, y ahí andamos todos. Unos por la planta vip, y otros por los calabozos.

¡Qué suerte ha tenido usted! Me dijeron unas cuantas personas, a saber: los quince policías municipales que me atendieron maravillosamente, la jefa de comisaría que me subió a la planta fetén medio secreta, el poli que me hizo la denuncia, las cajeras del supermercado incluida la encargada, la abogada de la defensa ( o sea de los chorizos), el secretario del juzgado, un amigo abogado que pasaba por allí, y cientos de personas que no voy a citar. Solo faltaron los rumanos felicitándome por mi buena estrella, y tampoco llamaron los del Suecia para concederme el Nobel de literatura, pues no se enteraron del hurto. Es verdad que soy la víctima, pero si esto hubiera sido “sálvame” hubiera sacado tajada por contar la exclusiva del atraco, y los rumanos, ya estaban rodando una película con Almodovar de famosos que se habrían hecho, con el Vaquilla de referente y el Toro de la Vega de trasfondo cultural.

Fuera tontadas, a mí los verdugos me parecieron las víctimas en el juzgado, víctimas de su estupidez, y su picaresca atolondrada. Hurtan con elegancia la cartera, y la cagan en cuanto dan dos pasos más. Supongo que no hay nada más humillante, que tengas al panoli al que le mangas la cartera al día siguiente mirándote a la cara, sacando su bolsa reluciente, y acomodando los billetes con descaro. Si no hemos robado a este tonto, es que no tenemos nada que hacer, pensarían los dos rumanos. En el juzgado me quedé mirándoles fíjamente, con la secreta intención de reprobarles su actitud; pero no me atreví a decir nada, al fin y al cabo, ellos me quisieron robar, y cualquier cosa que les dijera sería utilizada en mi contra, pues su abogada estaba delante, y es verdad que no son alumnos míos. Además, si soy la víctima no debo charlar con mis manguis. Es lo que se espera de un robado de libro.

Lo que no se me olvida es la mirada de la chiquita, entre avergonzada y acojonada (no sabía si le iban a caer varios meses de cárcel o no), me miraba entre extrañada y tan sorprendida como yo la observaba a ella. Como un chino y un australiano que se encuentran en Madagascar en una fiesta Noruega. Mundos distintos, perspectivas imposibles de encontrarse en cualquier otro lugar del mundo que no fuera aquel.

Sin duda un buen tema para una novela.

PD: Lo de la suerte que tuve es porque debe haber un ángel de la guarda que protege mi ridícula inocencia, misericordia de Dios. Y un policía que colabora con él sin saberlo. Mi agradecimiento a todos ellos, porque yo tengo mi cartera completa, y la convicción de que hay personas y vidas que merecen ser contadas. Para eso mangaron a un escritor.

Cuento para la noche de Reyes Magos.

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Hace muchos, muchos años, en un país muy lejano, vivía una niña muy caprichosa y egoísta llamada Gisella. Era hija única, y aunque sus padres le habían enseñado que había que ser más comedida y no quererlo todo, ella no hacía caso.

– Quiero una bolsa de gusanitos – dijo a su abuelo, que de inmediato, y para evitar el ataque de rabia de la niña le compraba todo lo que quería -. Ahora quiero una piruleta – Y el abuelo no sabía qué hacer para contentarla.

Sus padres estaba muy preocupados, pues aunque intentaban que no fuera tan gastadora y manirrota, no lograban enmendar su carácter, y ella se empeñaba en pedir y pedir cosas que realmente no quería ni le interesaban más que unos segundos.

– Hija, tienes que conformarte con lo que tienes y disfrutar de las pequeñas cosas – le dijo su madre, pero Gisella no hacía caso.

– Quiero un móvil, y una tablet, y una muñeca, y no quiero cenar, y quiero macarrones todos los días, y quiero… – y así desesperaba a sus padres, que empezaron a estar un poco harto de sus caprichos, pero no sabían que hacer.

Gisella, que poco a poco iba creciendo pedía todos los años un montón de juguetes a los Reyes Magos; pero éstos, que no estaban advertidos de los caprichos de Gisella no dudaban en colmarla de todo aquello que pedía, aunque fuera absurdo y no lo necesitara.

– Este año me voy a quedar toda la noche junto a los zapatos, pues quiero ver a los Reyes Magos – dijo a una de sus mejores amigas.

– Pero nadie debe ver a los Reyes Magos cuando dejan los juguetes – contestó su amiga.

Gisella sin embargo no hizo caso, pues estaba tan acostumbrada a que le dieran todos los caprichos, que no aceptaba un “no” por respuesta.

Cuando llegó la noche de Reyes de aquel año trazó un plan: se quedaría escondida viendo qué regalos le traían, y saldría al paso para saludarlos y pedirles que se la llevaran a su reino, donde podría jugar con todos los juguetes que quisiera.

Su madre le insistió para que no escribiera una carta tan larga aquel año, pero ella, en lugar de escribir la carta, les dijo que pensaba hablar directamente con los Reyes Magos, para que le dieran todo lo que deseaba. La madre de Gisella quedó muy extrañada, pero no quiso contrariar a su irascible hija, y aceptó que no escribiera ninguna carta.

La noche de Reyes, cuando todos se fueron a la cama a dormir, Gisella se levantó de su cama, se sentó en el butacón del salón, delante de los zapatitos donde dejaban los juguetes, y esperó a los Reyes Magos.

Pero los Reyes Magos no vinieron. Y Gisella que además de caprichosa tenía mal carácter se empezó a enfadar.

– ¡Cuándo les vean les diré que son unos tardones! – dijo malhumorada.

Pero los reyes no aparecían por ninguna parte.

Por un momento creyó escuchar voces en la puerta de entrada de su casa, y sintió abrir el pomo de la puerta, pero al momento se cerró. Se levantó Gisella y se acercó a la puerta, pero no vio a nadie. Regresó de inmediato al sofá – algo asustada – y siguió esperando, mientras acumulaba cansancio sobre su cuerpo.

Sus padres se levantaron muy de madrugada, y cuando vieron que su hija Gisella no se habían acostado le recriminaron su actitud.

– Gisella, ¿no te acuestas? Los Reyes se asustan de los niños que no duermen por la noche – le dijo su padre.

– ¡Eso es mentira! – dijo encolerizada -. Dejadme en paz – gritó a sus padres que la dejaron por imposible -. Pienso irme con ellos toda la vida para estar jugando en el país de los juguetes.

Pero los Reyes no aparecieron en toda la noche.

Cuando estaba amaneciendo, y la noche terminaba, pudo escuchar las risas y las voces de sus vecinos, que alborozados empezaban a abrir sus regalos. Ella, sin embargo, no había recibido nada, pues por su terquedad los Reyes Magos habían pasado de largo.

– ¿Por qué los Reyes no me han dejado nada? – se dijo a sí misma -. Son unos tontos.

– No te han dejado nada porque no te lo merecías – le dijo una voz misteriosa que habló detrás de ella.

Gisella se volvió y vio a una señora muy guapa, con el pelo largo y recogido en dos trenzas, que llevaba unos vestidos como de princesa, blancos y azules, y una corona en la cabeza.

– ¿Quién eres? – preguntó Gisella -. Si eres amiga de los Reyes Magos diles que son unos incompetentes y unos vagos, pues no me han traído nada. Pero diles también que me quiero ir con ellos para siempre al país de los juguetes

– Soy tu ángel de la guarda, y tengo que decirte que los Reyes Magos no dejan juguetes a los niños que no se acuestan en la noche de Reyes. Ellos no quieren que los vean, por eso no te han dejado nada.

– Pues quiero que me des esa flor – le dijo de malos modos señalando una rosa blanca que llevaba en los pies.

– Esa flor te la daré cuando te la merezcas.

– Eres una tonta. ¡Quiero algún juguete!

– No tendrás juguetes mientras no cambies – le dijo.

Y desapareció, dejando a Gisella muy sola y triste.

Gisella, desde aquel día, se dio cuenta que no podía ser tan caprichosa, que tenía que respetar y querer más a sus padres, y aunque aquel año se quedó sin nada, no le importó demasiado. Al año siguiente pidió un solo juguetes, una pequeña muñeca que le gustaba mucho, por probar, pero los Reyes no le trajeron nada.

Aquello extrañó a Gisella, que empezaba a comprender que los Reyes Magos no iban a darle todo lo que quisiera, y empezó a pedir menos cosas a sus padres, y a ser menos caprichosa.

– Esta niña parece que se porta mejor – dijeron sus profesores en el colegio.

Y Gisella empezó a cambiar, y a ser más generosa y amable con la gente.

Al año siguiente, Gisella escribió la carta a los Reyes Magos.

– Os pido paz y amor para todos, y comida para los niños pobres – leyó su padre la carta.

– ¿Y no vas a pedir ningún juguete para tí?

– No, prefiero que se lo traigan a los que lo necesiten.

Su padre no se lo podía creer. Gisella había cambiado de verdad. Por eso aquella noche de Reyes soñó con los Reyes Magos, que estaba con ellos en su reino y a la mañana siguiente, cuando despertó se quedó muy sorprendida, porque en sus zapatitos había una rosa blanca con una muñeca preciosa, su favorita.

Y colorín colorado….

(voy a ver si el cuento funciona con mis hijas)

Un saludo y Felices Reyes.

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