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Poema para un compañero maestro que se jubila con gozo.

Enmudecerá la tiza,

pero no tu esfuerzo,

callarán las calles, hablará el silencio,

llorará la noche, gritarán los ecos.

 

Enmudecerá la tiza,

pero no tu aliento,

seguirá el eco, del consejo cierto,

de la vida, vida,

enseñando esfuerzo.

Los miraste a los ojos,

guardaste su aliento.

 

Enmudecerá la tiza,

jamás tu recuerdo,

de horas regaladas, pasión y desvelo.

Enseñaste a vivir, a exigir sin miedo,

a verlos adultos,

hechos y derechos.

 

Enmudecerá la tiza,

pero los llevarás dentro,

llevarás su escucha, su dolor, lamento.

El que cambiaste por oro, por sonrisa y sueños.

 

Enmudecerán las tizas,

cuando todos lleguemos,

y te digamos amables,

gracias, compañero.

 

A Julio, compañero y amigo, en la fiesta de su jubilación 28 junio 2016, en el IES González Allende de Toro (Zamora)

 

Este poema, que he escrito hace unos días, y que hemos compartido hoy, es para un maestro que ha dejado huella entre sus alumnos y sus compañeros. Sirva de homenaje a todos los profesores que tratan de hacer del mundo un lugar mejor. Gracias Julio, gracias maestro.

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Experiencias de la vida y para la vida.

Hoy vivimos en un mundo donde se nos dice que gozar de variadas y múltiples experiencias es fundamental para tener una vida más plena. Realizarse, dicen. Debe ser algo estupendo, porque realizarse es como construirse a uno mismo pero en plan edificio de base rocosa. Ortega decía algo parecido, pero diferente: la vida es un quehacer que debe ser pensado. El problema es que hay quehaceres y quehaceres, experiencias y experiencias, y ahí vamos al tema, porque no todo es igual. Y no todo lo que se experimenta es pensado, ni mucho menos.

Hay experiencias que no son demasiado gratificantes, y aunque no se vivan no se pierde uno nada. Por ejemplo, tener una experiencias de comunicación twitteriana en plan intelectual con un zote de esos que inunda el panorama internacional es una mierda: Insultos, frases incoherentes, descalificaciones, y poca chicha. Es un quehacer semejante a jugar al candy crush que es como una droga de entretenimiento de móvil.  Te pasas el rato, y se te pega un estrés por el cuerpo que piensas si no hubiera sido mejor haber perdido el tiempo en cosas a priori más aburridas. es un quehacer pensado, en este caso una pérdida de tiempo que descubres cuando has pasado unos cuantos miles de horas delante del cacharrito. Discutir con la ignorancia es también una mala experiencia, porque nunca llegas a ningún sitio donde no hubieras estado antes.

En conclusión, si no tienes esa experiencia no te pierdes nada, como no sea perder la tranquilidad, o tener otras experiencias mejores para pensar en ellas.

Experiencias insulsas hay muchas, y a la gente en general le encanta contarlas y hablar de ellas como el no va más: hemos estado en un restaurante que se come genial (pues vale); hay un grupo que toca de puta madre (me alegro), me he tirado en parapente y me he orinado encima (fashión tío), hay un balneario donde te restriegan chocolate por el cuerpo y es flipante (que rico), subimos al Kilimanjaro y nos soltaron varias gallinas para que viéramos como se las comían los leones salvajes, da buten. Me parece estupendo. Son experiencias seguro que maravillosas pero no creo que cambien la vida a nadie. Aquí incluyo el gol de Iniesta. Muy bien tío, somos los mejores del mundo, o sea ellos. Y ya está. Ahora son los peores, no pasa nada, vale. Son  experiencias mejores o peores, pero vacías de contenido. En la vida, gracias a Dios, hay experiencias únicas que si no se viven se puede pensar que no se ha vivido del todo.

Por ejemplo tener un hijo, o dos o muchos. Tengo un buen amigo salmantino que dice que hay dos tipos de personas: los que han tenido hijos y los que no. Y dice que los que tienen hijos pueden entender a los que no, pues recuerdan los años en los que estaban solteros y no gozaban de tal compromiso.

Pero es imposible que los que no hayan tenido hijos puedan entender a los que los tienen, pues requiere tal descentramiento y gratuidad que es imposible entenderlo para el que no lo ha vivido. Y no le falta razón.  El que no ha tenido hijos no sabe lo que es, y aunque se lo pueda imaginar, coincidimos muchos padres que es bastante distinto que lo que nos contaron, bastante mejor, bastante más prosaico y bastante más sublime a la vez. Una experiencia inenarrable, una montaña rusa de sentimientos irrepetible.

Podemos intentar páginas y páginas de literatura, pero un padre o una madre que abraza a su hijo por primera vez… eso es inenarrable. Simplemente o se vive o no se vive. O se ha experimentado o no.

Supongo, que en medio de esta reflexión tengo que reconocer que hay algo en una experiencia que no se puede comunicar fácilmente. Una persona enamorada jamás podrá comunicar su experiencia a aquel que nunca se ha enamorado. Pero le será muy sencillo hacerlo con alguien que pierde los vientos por su amante. De ahí que podamos entender la experiencias del otro cuando hemos experimentado algo parecido.

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A mi la gran experiencia que me gustaría comunicar con mejores maneras es la experiencia de Dios. Es única y sublime. Entiendo a San Juan de la Cruz cuando intentó describirla con poemas de amor y pasión amorosa, y se quedó corto, pero es lo mejor que se ha podido hacer en cualquier lengua, y por suerte lo disfrutamos en castellano. Y es que es realmente imposible hablar de la relación de uno con Dios porque Dios te descoloca cuando lo ves y lo experimentas. El mismo Francisco de Asis hablaba de una intimidad imposible de comunicar. Las videntes de Medjugordie, Lourdes, Fátima coinciden en que estamos ante una experiencia inenarrable, pero no imposible para el alma.

Una persona que NO haya visto a la Virgen con sus ojos terrenales, puede experimentarla con el alma, y tal intensidad trasciende la propia vida, la transforma, la cambia. Es lo que llamamos conversión, que en griego es algo así como “metanous” cambio de mentalidad. La experiencia mística es un regalo de Dios, no es controlado por el orante, no es lógica desde su exterioridad. Es una experiencia que saca a uno de sí mismo y que lo abrasa en un amor fecundo y suave: un fuego transformador. Llama de amor viva, decía el poeta místico. Que a vida eterna sabes. Es asomarse al abismo de la Totalidad para paladear unas gotas de su ambrosía.

Todos los creyentes que hemos vivido alguna experiencia mística hemos sentido que era un regalo de Dios que no apetece contar demasiado. La experiencia de Dios que uno vive es un verdadero striptease personal y aún así muy difícil y complicado de comunicar. Desde fuera se percibe como una rareza, como una estupidez, o simplemente no se percibe, pero para el que lo vive es único.

El que no ha tenido experiencia de Dios, no entiende nada de esto. Suelen, en foros de diálogo con ateos y agnóstico ( de los que me salí hace tiempo por aburrimiento), hablar de psicologías, de alucinaciones, de mentiras, de crímenes en la historia de la iglesia, y asuntos por el estilo. Es lo más que pueden llegar a decir sobre algo que no han experimentado, inquisición para arriba inquisición para abajo. ¡Cómo si tuviera algo que ver con Dios! Sería como si un soltero hablara de pañales, de gastos y de chupetes. Se perdería lo más importante de la paternidad. El no creyente suele resolver el problema de Dios con un simple Dios no existe. Y esto para un místico es un absurdo, porque la experiencia es real y trasformadora. La experiencia yo la he tenido, es lo que responde el creyente.

En lo que estamos de acuerdo es que es imposible de comunicar.

Es tan real y auténtica como tener hijos, tan cierta y fuerte como tirarse en parapente, tan única e inefable que se convierte en algo impagable, un asomarse a la felicidad, a la felicidad absoluta que es Dios. Pero no se puede contar sin que el no creyente dibuje una mueca en su rostro. Es imposible entendernos y comunicarnos.

A menudo he escuchado que para qué sirve la religión, que es como preguntar para qué sirve Dios. Sin duda es una pregunta marcada por el prejuicio de lo valioso. Suelo responder lo mismo: ¿no desgrava a hacienda creer en Dios? No nos entendemos.

Hoy en el mundo de la escuela, que es la que me ocupa y preocupa, la experiencia de Dios no está, ni en la pública, donde está mal visto, ni en la concertada, donde es residual en muchos centros educativos. Ni se reflexiona sobre la experiencia de Dios, ni se educa sobre ella. Me atrevo a decir que en muchas parroquias e iglesias, incluso movimientos de iglesia tampoco está viva esa experiencia de Dios. Se habla de iglesia, de curas y de planes pastorales, pero no se garantiza bien la experiencia de Dios. Por eso no podemos trasmitirlo.

Por eso es tan negativa la mala experiencia religiosa. El que tenía que facilitarla lo imposibilitó con una vida incoherente, con crímenes, con abusos o con incomunicación de su experiencia,… La solución puede ser fácil. Abrir una puerta nueva a Dios, darle otra oportunidad. Porque Dios no es el cura zoquete, ni el catequista incoherente, ni el obispo aburrido. El problema es que no siempre están los confesionarios dispuestos a confesar, ni los templos abiertos a los que buscan una respuesta. Tengo sed de Dios, dicen muchas personas, pero nos guardamos el agua para nosotros sin ofrecer siquiera un vaso.

Este año, que he obligado a los alumnos de bachillerato en Filosofía a leer uno de los evangelios y responder algunas preguntas de comprobación, las respuestas de estos no dejaban de ser más que sorprendentes: no me lo imaginaba así, nunca había leído algo así, no lo entiendo, los milagros no me los creo, y respuestas por el estilo. Pocos habían tenido una experiencia narrativa intensa desde algo religioso, y ninguno había reflexionado sobre las características de un texto religioso, y les llamó la atención. A unos les impresionó y a otros les molestó. Pero a pocos se les hizo indiferente la lectura. Fue un vaso de agua fresca para chicos que no sabían que tenían sed, para gentes que nunca habían refrescado su boca con algo que los saciara. Fuente de agua viva, decía San Juan de la Cruz.

Tuvieron la posibilidad de tener una experiencia única. Precisamente eso que se está permanentemente negando en el estilo de sociedad que vivimos, escuela laica o concertada incluida, porque suelen ofrecer ya el mismo sinsentido y el mismo vacío. Experiencias y enseñanzas que no enseñan ni ayudan a vivir mejor. Que no sacian la sed que tenemos todos los hombres. Ya lo decía San Agustín: nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en tí.

Los ateos y agnósticos de hace unos años pudieron elegir, rozaron la experiencia, pudieron entender algo de ella. La experiencia religiosa se ofrecía de manera obligatoria, de ahí los rechazos y los abrazos a la misma. Saben de lo que se habla, y conocen el discurso del cristianismo. Pero los ateos y agnósticos de hoy lo son simplemente por ignorancia. No saben nada de Dios, ni de Cristo, ni de la Virgen, pero lo desprecian desde la arrogancia de la ignorancia laica de nuestro tiempo. Esto, lejos de ser un problema, es una oportunidad, deja la puerta más abierta que nunca a una experiencia nueva. no tienen prejuicios forjados en una experiencia negativa, son perjuicios sin experiencia, fáciles de cambiar.

La experiencia de los apóstoles tuvieron de Jesús se puede seguir compartiendo, se puede llegar a apreciar, y se puede repetir. Por desgracia, la sociedad contemporánea está empeñada en que las personas no conozcan al Dios cristiano, un Dios que interroga y pregunta por el hermano, un Dios dispuesto a darte la felicidad.

Me gustaría haber trasmitido  a la gente con la que comparto las clases la experiencia de lo divino y lo trascendente como la gran experiencia, pero una vez más quizás no lo he conseguido. En palabras del maestro: muchos son los llamados, pero pocos los escogidos. También El predicó en el desierto, y eso me da paz y me justifica a la vez.

 

El drama de las sociedades hipócritas.

 

Es lo me que ha provocado la lectura, siempre sabrosa y agradable de la novela Anna Karenina de Tolstoi y de nuevo vuelvo a sentir lo mismo que siento cuando me sumerjo en los autores clásicos: el placer de ver que podemos seguir buscando en el pasado algo consistente. Ningún instituto ni universidad me temo que recomendará esta novela. El mercantilismo en la educación impide, desde hace años, que se enseñe algo tradicional y clásico en la escuela, no sea que sepan nuestros cibersocializados alumnos quiénes son y de dónde vienen. Necesitamos buenos trabajadores, y no gente que le guste leer y pensar por sí misma. Cuanto más ignorantes más manipulables, que diría cualquier político de nuestro planeta, y aquí no hago distingos.

Anna Karenina es agradable de leer, y como tantas cosas buenas de la vida, completamente inútil. Hay que decir, que Anna Karenina no le gustó a Tolsoi, y no me extraña. Atufa a culebrón. La novela la siguió escribiendo porque se lo aconsejó su esposa, con bastante más ojo clínico que su esposo, y no se equivocó, porque su éxito fue rotundo. Se publicó por partes en un periódico de la época (algo impensable hoy), y logró que mucha gente estuviera atenta al serial Karenina según iba apareciendo en letra impresa.

Hoy los únicos culebrones que despiertan pasiones son los de la tele, (venezolanos y colombianos se llevan la palma), con series que se prolongan meses y meses. Pero en aquellos tiempos, en los que la lectura era la fuente de ocio más importante de la sociedad, Anna Karenina se convirtió en la comidilla de la sociedad rusa de su tiempo, el “tendintopic” del momento ( o como coños se escriba). A ver que pasa con la Karenina, si le dan el divorcio o no, y que hará Levin, y la Kitty si está resabiada con ella o no. Enfín, espectáculo asegurado, y algo de lo que hablar en las tertulias vespertinas donde los rusos tomaban café y pastas mientras departían de estas insustanciosas cuestiones. Hasta que llegó Lenin, claro, y se acabó la tertulia burguesa insustancial. Aquí solo se habla de cosas serias, coño – dijeron los bolcheviques.

El caso es que Tolstoi, ante la repercusión social,  se vio obligado a terminarlo, pero publicó la última parte por separado ante las presiones que recibió el periódico donde recibían los escritos del Maestro Ruso. La conmoción por la muerte de Anna Karenina suicidándose bajo las vías del tren crearon un drama social en una sociedad que vibraba ante las letras. Muy lejos de lo que hoy logran hacer las Ferias del Libro abiertas por la geografía nacional, y supongo que internacional, donde las editoriales vibran cuando se les menciona a la bicha de cuantos ejemplares han vendido. Es la pregunta fantasma que nadie responde abiertamente, supongo que porque venden poco, y eso que editan a los de siempre y a los de fuera, sin arriesgar nada.

Con esta novela se montó un gran escándalo, la licenciosa vida de la Karenina  despertó entre los moralistas de entonces un fuerte debate, de los de reloj y argumentos. Todos querían leerla, y nadie quería quedarse fuera del debate. Lo paradójico es que Tolstoi nunca se sintió demasiado satisfecho de esta novela, a la que consideró así, un culebrón menor de poco interés dentro de su obra. Su compatriota Dostoiesvki dijo que era la novela perfecta, y desde entonces, nadie se ha atrevido a decir lo contrario. De hecho se considera que es la mejor novela de Tolsoi, y junto con Guerra y Paz la más representativa de su carrera literaria. Así lo repiten los listillos de estas cosas una y otra vez. Y en cuanto salga en wikipedia, lo pondrán todos los alumnos en sus trabajos de clase de literatura rusa. Tolstoi no estaría tan satisfecho.

El caso es que la novela está bien trabada, y lo mejor es que nos cuenta una historia tan actual como paradójica, como suele suceder con los clásicos. La señora Karenin, casada felizmente con el señor Karenin se enamora de un oficial joven y atraactivo, Vronsky, y decide dejar todo, incluido a su primer hijo, para poder vivir y estar con su nuevo amor. Y esa será su desgracia. Su marido no la perdona y no le concede el divorcio, y la relación con su Vronski se resiente. El amor fresco se vuelve gótico y angustioso, lleno de celos no resueltos, y con un aislamiento social durísimo en una persona acostumbrada a otra cosa. La alta sociedad peterburguesa y moscovita le dan la espalda casi totalmente, y Anna Karenina, que era una mujer que ha elegido su destino, termina suicidándose cuando su nuevo compañero, como dicen hoy los modernos, se distancia de ella intentando buscar espacios propios en una huida de una relación de dependencia agobiante.

Anna Karenina no resiste, y se tira a las ruedas del tren. Ella misma es la responsable de abandonar a su marido, de elegir a Vronski, y de quitarse la vida. En lo demás comparte responsabilidad con el resto de la sociedad. Pasa de ser admirada, a ser detestada y humillada por otras mujeres más rectas y honradas de su tiempo. Hoy desde luego las cosas serían distintas, pero no mejores. Anna es víctima de la moral hipócrita de su tiempo, donde si hay divorcio todo es legal y magnífico, y si no lo hay todo es deshonroso; pero es víctima sobre todo de su propia decisión. Anna Karenina lo quiere todo, y esa es su perdición. Cree en el amor, y cree que puede tener todo lo que desee en la vida. Quiere estar con sus hijos, quiere estar con su amante, quiere estar bien tratada en la sociedad, quiere no ser castigada por la frivolidad de su conducta, quiere seguir siendo el centro de la vida social. Y no puede tenerlo todo. Contrasta su vida con Kitty, la antigua pretendiente de Vronski, que rechazada por el joven y guapo oficial, termina casándose con Levin, un personaje tras el cual se esconde Tolstoi. Nuestro escritor asume que en la vida no podemos quererlo todo, no podemos tenerlo todo. Estos personajes son antítesis, que no contrarios a lo que representa Vronski y Anna.

Por eso la novela es magnífica, porque retrata un drama, el drama cotidiano de la vida de miles de personas, que queriéndolo tener todo, terminan perdiendo lo esencial. Tolstoi no hace moralina aburrida y vacía, como se pretende hoy hacer desde tantas instancias ideológicas llenas de soberbia y claridad de ideas. Simplemente ponen delante de los ojos un drama. La tragedia de una persona corriente, que se ve empujada en su propia vida a la destrucción de sí misma.

La esperanza está presente en la última parte de la obra, donde está la reflexión de Levin sobre la vida y la muerte, sobre Dios y su escepticismo creyente. El, que llegó a no tener nada, termina encontrando la felicidad en su esposa Kitty. Cambiar por capricho es perder, perseverar parece ser la solución que nos ofrece el genial autor ruso.

Leer una obra así es un placer para el entendimiento, a años luz de “50 sombras de Gray”, que más que pensar nos hace evacuar fluidos corporales. He dicho.

 

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