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Reflexión y análisis del pensamiento ecologista.

De todos los movimientos sociales del siglo XX, el ecologismo es el que más ha triunfado. El pacifismo quedó demasiado lejos, casi tan lejos como la muerte de Ghandi; y el feminismo ha generado tal ola de estupidez con su deriva hacia las ideologías de género que digo yo no tendrá demasiado recorrido como siga así. Pero el ecologismo es otra cosa. Ha triunfado en la conciencia de la gente, y la prueba es que hay ya un importante negocio en torno a lo ecológico que genera mucha pasta, y mucha gente que ha fijado comportamientos presuntamente ecológicos sin ser consciente de ello. Bien por ellos.

Hay además, abundantes formas de ser ecologista y de plantearse el ecologismo, incluso varias de estas formas pueden llegar a ser incoherentes y agresivas entre ellas. Deviene la ecofiesta en un batiburrillo que hace que el ecologismo no sea siempre bien acogido por mucha gente, porque se identifica lo ecológico con ir en bici haciendo el gamberro por las aceras, o en alarmar a la población cada vez que llueve en otoño o hace sol en verano, o soltar una piara de armiños para que se mueran atropellados en al carretera más cercana. No, eso no es ecologismo, ni siquiera es una pose ecológica de nivel alfa.

Evidentemente no es lo mismo el ecologismo que pretende regresar a la edad de piedra cultivando cebollas y cerrando fábricas, que el ecologismo animalista que se esfuerza para que los animales no sufran en la naturaleza o fuera de ella. Mayor diferencia seguramente habrá entre el ecologismo liberal, que considera que hay que cuidar la naturaleza porque sino habrá más pobreza en el futuro, y el ecologismo espiritual y esotérico que entiende que debemos encontrar la armonía con la naturaleza y el cosmos en su Totalidad. Son muchas formas distintas de plantearse lo de la naturaleza y algunas implican una devoción religiosa y una entrega martirial excesiva para un culto panteísta que huele a adaptación al vacío occidental tan nuestro.

La variedad de formas de vivir la ecología da a entender, una vez más, que si bien ha triunfado la conciencia en casi todo el planeta de que debemos cuidar el medio natural, también nos hace pensar que la confusión reinante es enorme, y que cuando se destruye la idea de Dios se acaba abrazando cualquier manifestación ideológica que cuadre bien. El ecologismo es para mucha gente una forma de vivir por la que deben morir y matar, lo que la convierte en un peligro para la humanidad en su conjunto. El ecologismo le convendría estar a bien con la antropología para que no salga ninguna mal parada, pero tampoco viene mal conjugarla con las tradiciones culturales occidentales más humanistas, porque casi todo lo que es bueno para la humanidad a largo plazo es bueno para la naturaleza. De ahí las advertencias del Papa Francisco sobre los abusos que infligimos a la naturaleza y los abusos a los hombres. Y es que unos y otros no deberían andar por caminos distintos ni separados.

El problema de los ecologismos cuando degeneran en fanatismos está en que siempre terminan siendo alentado por los más ignorantes y psicópatas, que seducidos por una idea parcial, la terminar totalizando y absolutizando para convertirse ellos en sacerdote de lo nuevo, y en guardianes de la nueva convicción. El ecologismo no se libra de sus sectarismos particulares, eso es cierto, por eso conviene hablar de ello y reencontrar caminos de encuentro y no de división; más que nada porque puede seguir aportando mucho al hombre en su devenir hacia el futuro en un planeta-hogar limitado como el nuestro. Tampoco se libran los ecologismos de los nuevos adalides de lo verde, disfrazados de empresarios con deseos de ganar dinero, que aman la naturaleza bastante menos que sus negocios, y andan siempre en el límite de destruir cuando les permite la ley, aunque luego se pongan arrobas de insignias que afirman ser grandes protectores de la verdura y el medio ambiente. Grandes empresas energéticas con premio extra en contaminación, presumen de ser “supergreen”.

Si intentáramos poner de acuerdo al movimiento ecologista en unos principios básicos, estoy convencido de que terminarían a tortas los diferentes sectores, pues hay un ecologismo de derechas y otro de izquierdas, un ecologismo religioso y otro aconfesional, un ecologismo de sostenibilidades y diálogo con la antropología y un ecologismo de radicalidades y enfrentamientos. Pero es imprescindible que haya puntos en común que sean claros, pues el riesgo de la pluralidad es la dispersión, y el de la dispersión la fragmentación. Y la fragmentación solo conduce al fanatismo y al radicalismo, cuando no al abuso y la inmoralidad que saca beneficios hasta del sol que es de todos.

Dice un amigo mío con bastante acierto, que los ecologistas son unos plastas, pero que por desgracia tienen bastante razón en sus críticas y sus extremos. Tiene bastante de cierto. Yo mismo he escrito en este blog alguna entrada afirmando que nuestro planeta se está convirtiendo en un basurero de productos de usar y tirar, y hay que concederles la razón a los ecologistas cuando defienden la importancia de no deteriorar más el medio, bajo riesgo de que nuestra especie se vaya al carajo con su negligencia. Carajo que puede estar en el largo o larguísimo plazo, pero carajo al fin y al cabo. Por eso hay que ordenar las ideas y proponer caminos nuevos que reúnan el pensamiento ecológico, lo hagan más fuerte, y por tanto menos sectario y menos ridículo. Más serio, sosegado y firme.

Una vez más, al igual que le sucede a la antropología cultural y social, lo que mejor puede cimentar la unidad de los ecologismos es la religión católica. Por desgracia, los ecologismos han ido abrazando durante mucho tiempo las corrientes new age de armonías presuntamente orientales y posmodernas. Es un error, porque la experiencia religiosa de una cultura como la nuestra no necesita de otras formas para ser fuerte y válida, y más si queremos que vaya de la mano del humanismo. El mensaje de un Dios creador es suficiente como para que el hombre colabore con ese Dios sin dañar su obra. Mensaje olvidado en la revolución industrial, por cierto.

La ética basada en un Dios que nos ama y nos pide es bastante más sólida que la ética que se basa en el convencionalismo, los acuerdos éticos, o la razón natural, que siempre termina siendo relativa y escéptica. Tampoco, creo yo, está lejos de la protección de la naturaleza vivir la experiencia religiosa de  la contemplación franciscana de la naturaleza, donde Dios redime el cielo y la tierra, el pecado y la contingencia de la muerte, también en el cosmos y en la Tierra, siendo hermanos del mundo y la naturaleza creada por Dios para  nuestro gozo en Él. El orientalismo hace que lo ecológico se termine identificando con el yoga o con comer ensaladas de soja, pero no con ayudar a un prójimo que pasa hambre a pocos kilómetros de casa. Y creo que a la larga conduce a un espiritualismo desencarnado incapaz de resolver los verdaderos problemas del medio ambiente.

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ANIMALISTAS versus HUMANISTAS

Siempre que se ha querido insultar a alguien se le ha llamado animal en todas sus variantes: burro, cerdo, hijo de perra, etc. Hoy casi esto es políticamente incorrecto, porque mucha gente considera mejores a los animales que a los seres humanos, y dentro de unos años serán un elogio de las personas: “eres tan simpático como mi perro”, te dirán, y tú te quedarás con cara de morsa, que será también un elogio a tu mostacho.

Desde luego el tema trae cola y no es nuevo. Calígula nombró a su caballo senador con la hermosa intención de insultar a los senadores. Y algo parecido sucede hoy: se falta el respeto al ser humano diciendo que los animales son como las personas. De hecho se les otorgan derechos, algunos semejantes a los derechos humanos, y este fenómeno sí que es nuevo. ¿Por qué? Sin duda porque la Ilustración y su humanismo ya se han agotado, y a falta de panes, pues buenas son tortas.

Cuando los iluminados del siglo XVIII quedaron deslumbrados de su propio ingenio, y arrinconaron a Dios, buscaron un sustituto que hiciera las veces de lo trascendente. Fue así como reinventaron la Razón y el Pensar. Pero la razón fracasó cuando se volvió absoluta, fría y dura; así que la sustituyeron (nunca de forma total) por las emociones y los sentimientos. Una ola de romanticismo y nacionalismo patriotero inundó Europa hasta que se agotó. Luego llegó la ciencia, la que iba a sustituir a Dios, pero sus tecnologías siguen siendo frías y sin capacidad para responder las últimas preguntas, esas que nunca nos solucionan los programas de televisión ni los móviles. ¿Qué nos queda entonces? ¿La política con su lucha de clases acaso? El fracaso del comunismo soviético fue el fracaso de la antropología marxista, empeñada en igualarnos a costa de robarnos libertad y trascendencia. Ahora nos igualan a los animales, pero siguen sin convencernos de que sea lo mejor, ni para nosotros ni para la naturaleza.

El escepticismo contemporáneo, llamado posmodernidad por los filósofos de finales del siglo XX, surgió con el agotamiento de las ideologías del siglo pasado. Es el hastío del hombre cuando se queda sin Dios. Sin embargo, tras la posmodernidad hay vida, y en ella resurge la irracionalidad, la fragmentación y la incoherencia elevada a aspiración universal. Un producto que produce nauseas a los pensadores e intelectuales, pero que logra introducirse en las mentes ensoberbecidas de aquellos que creen luchar contra la barbarie a fuerza de gritar consignas nuevas, algunas ridículas, y muchas absurdas. Da igual que la consigna tenga raíces religiosas, marxistas, nacionalistas o cientifistas, porque en la posmodernidad todo vale, y todo vale lo mismo. O sea nada.

Una de esas consignas es la ideología animalistas con sus múltiples y diferentes variantes: veganos, naturalistas, nudistas, vegetarianos, postnudistas alopécicos, new age, etc. Su punto de partida y su raíz primaria para una construcción racional podría ser el ecologismo espiritualista, que entiende la naturaleza como una hermandad, vinculándose con algunas ramas del budismo. En esta idea, algunos animalistas confiesan ser parientes casi cercanos de los monos, los mamíferos y las medusas, y cualquier maltrato a los animales debe ser castigado como si fuera maltratado un ser humano. En el paroxismo terminan afirmando que hay que proteger a los animales y castigar y perseguir a los hombres, o que los hombres son peores, como reza la imagen que he escogido en esta entrada.

En realidad, la contestación a la imagen es muy sencilla: los animales tampoco son capaces de construir, de imaginar, de pintar, ni de distinguir el bien del mal. No son malos ni buenos, simplemente siguen sus instintos (por cierto, igual que muchos seres humanos caprichosos). Es más, no son inteligentes, y esa es, desde siempre, la gran diferencia que hemos tenido los hombres con respecto a los animales. Nosotros pensamos y razonamos, tenemos logos y hablamos, y ellos no. Eso no justifica el maltrato, ni que no amemos a los animales, pero no por encima de las personas o sus culturas hechas por y para el hombre.

Un animal nunca podrá dibujar como Picasso, nunca podrá construir una catedral como la de León, ni hará una mampostería como la de la Alhambra. No me contará sus ideas sobre viajar al espacio, ni me entretendrá contándome lo que ha hecho por la mañana. Las ratas de laboratorio no investigan para combatir las enfermedades; al contrario, me podrán infectar de las suyas si no lo cuido adecuadamente. No me preguntará mi gato que tal en el trabajo, porque no saben ni en qué trabajo ni qué es el trabajo. No pueden dar muchas cosas buenas, además de proteínas cárnicas, pero tengo que controlarlos para que no arruinen mis cosechas, o me ataquen si están sueltos y descontrolados. Son animales, y no dan más de sí.

El pensamiento animalista surge, y creo no equivocarme, por la profunda decepción que el hombre causa en la misma humanidad. Se confió en el ser humano y en sus posibilidades. La Ilustración exaltó al hombre convirtiéndolo en un absoluto que sustituyera a Dios, y ese hombre está cada vez más fracasado y apesadumbrado. Tras dos siglos de intentos, el hombre tampoco parece dar más de sí. El hombre no es Dios, vaya, y a pesar de los esfuerzos de los nietzscheanos por adoctrinarnos en un superhombre por encima de la vieja moral igualitarista y cristiana, el vulgo prefiere amar a su perro y divinizarlo, antes que querer a su vecino, a sí mismo, o a un Dios personal que lo trascienda. Es el drama de nuestro tiempo.

Contribuye al animalismo la descomposición centrífuga de la familia provocada por la sociedad de consumo, producción y explotación masiva de los recursos. Donde no caben abuelos, ni tíos, ni padres envejecidos, ni esposos, ni hijos,… ahora se quiere una mascota. Quizás reflejo de lo que le gustaría a mucha gente que fueran sus semejantes: movidos, cariñosos, simpáticos, baratos e inferiores. Sumisos y maleables, leales y protectores. No discuten contigo, no piensan, simplemente aman y se encariñan con nosotros. No tienen educación, ni valores. Y no me parece mal del todo. De hecho se usan los animales, las mascotas, como terapia de las enfermedades mentales. “Usar” he dicho, sí: usar. Algo abominable para algunos animalistas.

La gente quiere a sus animales, los cuida y son felices con ellos. Eso está muy bien. La única pega que pongo es que no son personas, no son humanos por mucho que queramos humanizarlos. Los animales no opinan, no hablan, no reivindican, cosa que sí que hacen muchos de los eslóganes y consignas antitaurinas o animalistas. Les gustan sus animales porque parece que son como ellos, pero no, no son humanos. Y en esa defensa particular de las mascotas, olvidamos la defensa universal de la humanidad: los niños que mueren de hambre, el problema de los refugiados, o la desigualdad con los países más pobres. El pensamiento animalista es escapista y desencarnado, se desentiende de la humanidad, y no pocas veces daña a los animales pretendiendo lo contrario. Y en eso, claro, no estoy de acuerdo.

¿Por qué somos los hombres distintos a los demás animales?

Defender esta opinión hace años era una cuestión baladí, nadie lo hacía, porque se suponía que los hombres y los animales ya éramos lo suficientemente diferentes como para que no nos volviéramos locos con el tema, pero es que últimamente sí nos estamos volviendo locos, y se escuchan diatribas defendiendo la humanidad de los animales, o criticando la animalidad de la gente, y por eso conviene aclarar algunas cosas. Sin acritud, ¿de acuerdo?

Para empezar diré que me gustan los animales, me caen bien y me hacen gracia. Bastante más que las plantas o los champiñones. Me gustan más los mamíferos que los pájaros, y más las abejas que las moscas. Todo normal. También diré que me agrada algo menos la humanidad, me cae gorda en su conjunto, aunque me gusta relacionarme con mis amigos, mi entorno… como todo el mundo supongo. Así que creo que no me pierden los colores, menos que la gente que tiene un perrito y defiende a los animales porque le mira y se ablanda, y menos que aquel que odia a los chuchos porque de pequeño le mordió un pulgoso y los trata a patadas. Por eso defiendo que un hombre no es un animal, y que no tenemos que tratar a los animales como si fueran personas, porque no lo son.

El evolucionismo sintético darwinista trajo la noción científica de que el hombre es un animal, en concreto un tipo de primate que ha evolucionado desarrollando la inteligencia. El hombre, para sus defensores, forma una parte indivisible con la naturaleza misma, por lo que solo debe esperarse de él un comportamiento teóricamente “natural”. Desarrollan de esta manera la convicción filosófica, que no científica, de que los hombres son meros animales, y que la naturaleza y lo natural debe regir nuestras vidas, contraponiendo naturaleza a cultura (portadora de viejas costumbres morales). Lo natural es además un concepto contrario a cultura, que ellos identifican simplemente con el comportamiento etiológico.

El problema es que si todo lo explica la naturaleza, entonces cualquier referencia cultural se antoja una molestia impostada y ridícula. En realidad estas corrientes filosóficas tratan de sustituir la cultura contemporánea heredada de las tradiciones cristiano greco-romanas por las nuevas costumbres proclamadas a golpe de ingenio y ocurrencia, en este caso animalista. De hecho son más moralistas que los antiguos moralistas, y pretenden imponernos sus consignas morales. Naturaleza buena, cultura mala. animales buenos, toreros y toros malos.

El hombre, (que en el siglo XIX tiene mucho del buen salvaje de Rousseau), es concebido de esta manera como un animal más, pero terminan justificando cualquier comportamiento humano, incluidos los de tipo sexual, como pautas de la diosa naturaleza. Basta indicar, por ejemplo que hay animales hermafroditas, para que el hermafroditismo  humano quede justificado, o la homosexualidad en algunas especies para que todo comportamiento humano errático parezca lógico y natural, tachándose lo ortodoxo y cultural como algo anticuado o ridículo. La justificación del comportamiento humano no puede estar en la naturaleza. Si la ameba es incestuosa porque se multiplica por partenogénesis nosotros también. Luego se empeñan en contarnos que no hay dos sexos, sino cinco géneros y que también nos deberíamos reproducir de la misma manera. Da igual el perro que el collar del perro; y da igual un perro que un medusa. Entre otras cosas porque no saben donde corta la naturaleza entre uno y otro. ¿Por qué conceder derechos a los mamíferos y no a las medusas? Pues eso, que están perdidos porque el límite de la animalidad no está entre unos animales y otros, sino entre el hombre y los animales. Porque somos radicalmente distintos, aunque se empeñen en igualarnos.

El problema es que el tiempo pasa, y las viejas construcciones ideológicas, edificadas a golpe de gilipollez, se terminan volviendo contra nosotros. Donde alguien dijo una tontería, al cabo de cincuenta años la encuentra uno mencionada como una gran cita de un pensador contemporáneo. Es el absurdo de nuestro tiempo, que todo el mundo anda perdido, como pollos sin cabeza; por eso, cualquiera de los que corretea por el corral parece un líder importante. Es en este circo argumental donde encontramos, por ejemplo, personas que quieren ser hervíboros. Sorpresa. Se consideran primos hermanos, o hermanos al resto de los animales, (mamíferos casi siempre), y se hacen veganos, que es una forma como otra cualquiera de ser un rumiante de libro. Con el tiempo habrá gente que pida ser ovíparo por horas, y vivíparo por meses, como que será mejor y más natural. y a todo el mundo le parecerá lo normal y lo natural. Todo menos ser “homo sapiens sapiens” a la vieja usanza. A mi me da igual lo que coman, lo malo es que quieren imponernos su ideología con argumentos insostenibles.

La última de las verdades absolutas viene a propósito de los toros. Hay una corriente de imposición cultural que pretende destruir la tauromaquia, entre otras cosas porque (dicen) los animales son hermanos y por tanto portadores de derechos. Primero nos han igualado a los animales, y luego les han extendido los derechos humanos, montando espectáculos macabros, como la suelta de armiños en el monte, o la liberación de los jilgueros por el parque. Evidentemente los pobres animales se mueren en nombre de la libertad y sus supuestos derechos. Hay que explicarles urgentemente que la hermandad se tiene con los iguales, y que somos radicalmente distintos de los animales. Por el bien de los propios animales y de los hombres. Al proteger a los animales suele suceder como a aquella niña que apretó tanto al pollito del corral que terminó por ahogarlo. A los animales hay que dejarles que sean animales, que es lo que son.

Querer a los animales es algo bueno y agradable para sus dueños, pero pretender defenderlos frente al hombre es una estupidez. No son de los nuestros ni tenemos por qué protegerlos. ¿Acaso no saben protegerse solos? Si el toro de lidia sobrevive como especie es gracias a la tauromaquia. Lo mismo que muchas otras especies hoy amenazadas de extinción en este parque zoológico llamado Tierra. Los animalistas van camino de extinguir las especies deseando liberarlas, y la hacen pensando que salvan a los animales cuando los conducen a su condena. Evitar la extinción de las especies es un valor de supervivencia de nuestra especie, una obligación moral para no perjudicarnos. Por eso hay que rechazar a los animalistas como perjudiciales para las especies. Entre otras cosas porque no las entienden.

Para mí los hombres somos profundamente distintos a los animales, nuestra razón, nuestra libertad, y nuestra capacidad para amar y relacionarnos nos hace muy diferentes a los primeros. Y no proviene solo de la evolución. El hombre goza de una emergencia significativa en la naturaleza que le obliga a la pauta cultural heredada y que le hace ser Cultura desde sus orígenes. Las culturas son dominadoras de las naturalezas, y eso es bueno para nuestra supervivencia. Nuestra obligación es conservar y mejorar esa naturaleza, intentando comprenderla sin esquilmarla. Pero estamos por encima de ella. También es una cuestión de Dios (ecoteologías) que ahora no deseo profundizar, pero que está ahí. Si el hombre es un Dios para sí mismo, entonces cualquier cosa de la naturaleza se termina convirtiendo en humana y divina. Como la ameba o el toro en la plaza. Esto por supuesto no lo aceptan los biólogos. Ni los veganos, claro.

¿Por qué quieren acabar con el Circo los animalistas?

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Que ya, que ya. Que los animalistas en realidad no quieren acabar con el Circo, pero están en contra de que haya animales en los circos. O sea, que van a acabar con el Circo sin querer, porque un circo sin animales dudo que sobreviva, lo cual convierte la actitud de los animalistas en una forma paradójica de ser estúpido. No sé si han puesto fecha límite, pero de momento en Valladolid el pijo progre del alcaide socialista, de gemelos en la camisa y pasta de negocios urbanísticos anteriores, ya ha dicho que el próximo año no habrá circo en Pucela, no con animales. O sea, que o matan sus animales y les dan matarile convirtiéndolos en salchichas, o que no vengan por aquí, que esto es tierra liberada de las garras del pepé. Para el alcalde de los animalistas (que no de todos los vallisoletanos) los animales de Valladolid tienen que vagar sueltos por las calles, incluidos los homo sapiens, se supone.

Los que curran en el circo, trabajo duro donde los haya, puede hacer varias cosas. Una de ellas consiste en no volver a Valladolid en su vida. Si les obligan a elegir entre Valladolid y los animales, pues elegirán los animales. El perjudicado será el público de Valladolid que le gusta el circo, y el segundo perjudicado será el negocio del circo, que tendrá que sobrevivir sin venir a una capital interesante para sus negocios. Una pena, porque a mi me gusta el circo, y a mucha otra gente también. Y me disgusta mucho que una panda de fanáticos me prohíba que venga el circo una vez al año a mi ciudad. Si quiero circo tendré que ir a un país democrático donde se respeten a las minorías. O al pueblo de al lado, donde haya más libertad y menos prohibiciones. Ahí es nada.

Por si acaso, y porque hacía años que no iba, me he curado en salud y he ido esta tarde con mi familia y unos amigos al Gran Circo Holiday, y hemos disfrutado viendo atracciones, espectáculos, animales salvajes y domesticados, y sobre todo gente que hacía lo posible para que quedáramos contentos. Gente de bien, trabajadores que se preparan y ensayan mucho para que todo esté perfecto. Y lo ha estado.

El circo siempre ha tenido mala fama, se habla de gente ruda, de animales famélicos, de convivencias sangrantes. El cine y la literatura no les ha hecho un gran favor, y siempre han dibujado tras el rostro de un payaso a un psicópata de libro, la peli de freaks tampoco les hizo bien, y se ha recreado la imagen del circo como gente pérfida y con estrechez de miras.

Pero gran parte de esa visión es rigurosamente falsa. El circo es más una familia compleja, con personas que sacrifican tiempo y vidas para ofrecer lo mejor de sí mismos. Entre ellos se cuidan y protegen, e incluyen en tal tarea a los animales, que conviven con ellos desde que son pequeños. Les dan biberón, los atienden, los limpian y los alimentan con gran sacrificio, porque donde comen personas, también lo hacen animales: Los animales del circo que hoy he visto no estaban precisamente flacos. La gente del circo es consciente de lo que puede dar de sí un animal, de su peligrosidad, los conocen perfectamente, hasta el límite y por sus nombres, desde pequeños, y los animales de los circos, animales en cautividad, suelen vivir más que sus parientes en estado salvaje. Por eso, expulsarlos del circo, es condenarlos a que se sigan extinguiendo en reservas de animales. Es aniquilar el amor de una sociedad por sus animales, y los del circo los atienden bien, entre otras cosas porque viven de ellos y los necesitan.

¿Por qué no puede un hombre enseñar a un tigre a aplaudir y a levantarse? ¿Acaso van a prohibir a los ciudadanos con mascota que sus perros no saluden ni les den la patita a los amigos? Seguro que los animalistas dicen que no es igual, pero realmente sí lo es. El animal es cuidado y guiado mediante estímulos, comida, tacto. Un animal amedrentado y acosado no actúa en un escenario. En cambio un animal que se siente seguro y querido por su domador, le sigue hasta el fin del mundo. Pero esto los animalistas no lo van a entender, porque tienen metida en las meninges los circos del siglo XIX, donde todo el mundo pasaba hambre y punto.

Así que los del Circo lo van a tener difícil con esta panda. Una solución para los del Circo Holiday es montar el circo en La Flecha (pueblo de al lado de la capital) y que se chinchen los fascistilla estos que se creen que solo pueden tener mascotas ellos. Seguro que en algunos pueblos de los alrededores quedan encantados con sus atracciones. Esta idea me gusta mucho, porque seguro que sigue habiendo gente que se acerca a verlos desde Valladolid. Podría ser.

Hay otras soluciones, más contestatarias y radicales, a la altura de los rollitos asertivos que se montan los animalistas en su puerilidad. Yo, por ejemplo, propongo que sacrifiquen sus tigres, cocodrilos y oso pardo (por supuesto con inyecciones homologadas), y que les envíen las cabezas cortadas  a los animalistas, para que vean que los animales ya no sufren. Es lo que quieren, animales que no sufran. Animales muertos, convertidos en plantas. De ahí que cualquier día nos impidan ordeñar vacas, tener perros en pisos de menos de 70 metros cuadrados, y jilgueros dando la barrila en jaulas caseras. Ese día será el fin de la vaca frisona, de los perros, y de los canarios, que como todo el mundo sabe no pueden vivir fuera de sus jaulas. Ale, todos al monte a pastar con Heidi. Porque yo creo que esta gente es muy de Heidi y de documentales en la dos.

Los del circo no maltratan a los animales, al contrario, viven con ellos día tras día. Los quieren, los respetan, los temen y los aman. No confunden a un animal con una persona, a diferencia de los animalistas, que en lugar de proteger a las personas, se ocupan y preocupan de hundir en la miseria a un grupo de gente que cuida y respeta a sus animales. Los circos reciben además multas si no cuidan y protegen a sus animales, como cualquier hijo de vecino, y eso es desde bastantes años.

Cuando hemos salido del circo, un grupo de animalistas se había reunido con pancartas (¿no tendrán nada mejor que hacer que contarnos a todos su paranoia?) en la puerta, con la sanísima intención de provocar a los del circo, restregándoles por el morro que les van a joder vivos.

Por supuesto no me he callado y les he increpado su actitud. Muchas otras personas me han seguido y han dicho lo que pensaban. En ese momento he cruzado la mirada del Jefe del Circo, un hombre dolido porque tiene muchas bocas que alimentar. Se ha quejado en la prensa, y hoy lo ha hecho ante el público, del maltrato recibido por el Ayuntamiento de Valladolid. Tiene todo mi cariño y apoyo.

ANTONIO J. LÓPEZ SERRANO

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