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Antologías y fragmentos de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Los hijos de Pelayo (II)

Hay sucesos en la vida que nos marcan de manera especial, y que suponen un punto de inflexión respecto del futuro: una reunión, el conocer a alguien que luego será especial, una nota en un examen, una visita al médico… son difícilmente reconocibles cuando llegan, pues se suelen esconder tras la vida cotidiana y la rutina. Sin embargo, según pasa el tiempo, son detectados como centrales e incisivos. Son auténticas encrucijadas que nos ofrece la vida de manera silenciosa.

A Fernando y a Nuño la vida les cambió en momentos muy puntuales, todos relacionados con la amistad. El episodio de los lobos, o el choque con el infante García, fueron quizás los más destacados dentro de una vida que les fue llevando a lo que terminaron siendo. En el momento no fueron demasiado conscientes de la inflexión, a diferencia del abuelo, que sí percibió un abanico nuevo, una luz de esperanza en el futuro.

De todos los episodios, el de los lobos es el que más impronta deja entre los castellanos. Y uno de mis favoritos. Es la primera aventura digna de ser contada. De ahí que lo haya seleccionado.

FRAGMENTO:

 

Uno de los días, en un paseo hacia el Pisorga se les hizo algo tarde para regresar y almorzar con el abuelo. Como apretaba el hambre y el sol decidieron retrasar su vuelta y buscaron un sitio a la sombra donde pudieran dar cuenta de la pitanza que en el morral llevaban: unas rebanadas tiernas de buen pan de trigo, un cuero de vino fresco y cinco tajadas de queso viejo curado, picante y pastoso. Hallaron un lugar agradable y umbrío, a la vera de río. Apenas se habían acomodado cuando los alertaron unos gritos de auxilio. Quedaron muy sorprendidos y se levantaron de inmediato. Las voces parecían de un niño, o de alguien joven. Se escuchaba a su vez el bufar y relinchar de un caballo atemorizado. No se lo pensaron dos veces, y rápidamente montaron en Negrisca, tomando la espada uno, y la lanza el otro; y trotaron hacia el lugar de donde procedían las voces.

-¿Quién va? ¿Quién necesita ayuda?-, respondieron gritando.

Sin duda era aventurero y temerario proceder así, pues no eran sino dos muchachos, pero se sentían tan seguros de sus habilidades que, salvo un peligro descomunal, pensaban que podrían hacer frente a cualquier eventualidad, como era ayudar a un desconsolado que pedía protección. Los guiaba además la curiosidad por conocer el origen de tales súplicas. Así, al volver hacia un claro quedaron petrificados ante el peligro que se cernía, ahora también sobre ellos. Una manada de lobos rodeaba un caballo, que nervioso soltaba coces a diestro y siniestro. Uno de los lobos parece que había caído herido, pues aullaba lacerado en el suelo con una brecha a todas luces mortal, pero los otros seis lobos hambrientos trataban de alcanzar la garganta del equino dando saltos con fiereza. El caballo estaba descontrolado, su belfo expresaba tensión y sólo las riendas lo sujetaban a unos arbustos, de los que intentaba soltarse coceando y pateando al aire. De no encontrarse amarrado habría escapado al galope.

Nuño reaccionó con valentía y rapidez.

-Descabalga y pásame la lanza- le pidió a su hermano.

-Yo me quedo con la espada- indicó Fernando repartiendo así las armas que tenían-. Hay que vendar los ojos a Negrisca o se asustará.

Tapó los ojos del cuadrúpedo con su jubón mientras se dirigía hacia los lobos salvajes. Nuño atacó con la lanza ensartándola violentamente contra un lobo joven más próximo. El animal herido de muerte dio un alarido y cayó al suelo. El resto de lobos rectificó en su ataque, mirando y abriendo sus sanguinarias fauces contra Nuño y su vieja yegua. En ese momento se soltó la provisional venda de Negrisca, y el animal, viendo a los enemigos que lo rodeaban, se excitó haciendo un quiebro con sus patas delanteras. Estuvo Nuño a punto de caer del caballo, y perdió momentáneamente la brida y el control del animal.

Fernando se quedó retrasado, pero cuando vio en dificultad a su hermano blandió su espada gritando contra los lobos, dispuesto al menos a tajar el cuello de alguna de aquellas bestias sedientas de sangre. Acometió como lo había entrenado el abuelo, con la espada en alto y mostrando el brazo a modo de escudo. Al aproximarse lo suficiente la hoja voló dócilmente de arriba abajo asentando sobre el lomo de una de las fieras que ya se apresuraba a morder su abdomen. El golpe dejó al animal herido, pero provocó que los otros lobos rodearan al joven. Iba a ser un bocado suculento, pues los lobos atacan siempre en grupo y a la vez, bastaba la indicación del principal de la manada para poner fuera de combate a Fernando. Entonces oyó la voz que antes gritaba, y que lo hacía ahora desde lo alto de un árbol. Vio a un chico de su edad, encaramado. Le invitó a subir al árbol, desde donde había contemplado todo, pero Fernando no tenía posibilidades de darse la vuelta para trepar por el empinado castaño.

Por suerte Nuño había retomado las riendas de Negrisca, recuperó su lanza y la enarboló sobre su cabeza, acometiendo de nuevo a las bestias. Se acercó lo suficiente para distraer de nuevo a los lobos, los cuales estaban ya dispuestos a devenir con un ataque maestro y definitivo contra Fernando. El muchacho se agachó, y desde el suelo blandió de nuevo la espada, por lo que los lobos retrocedieron un poco, pero se mantuvieron a distancia acorralando más y más al muchacho. Entonces Negrisca, encolerizada y tensa levantó las patas delanteras coceando a los que encontró a su paso, fue entonces cuando Nuño cayó del caballo, y Fernando partió de un tajo media cabeza del lobo dominante.

Nuño se encontraba tirado en el suelo pensando que sería atacado por las fieras; sin embargo, a pesar de la superioridad numérica de los lobos, los animales salieron huyendo. Sin duda, la muerte del jefe de la manada los había dejado sin orientación ni guía, y tras su espantada solo se escuchaban los agonizantes, lastimeros y quebradizos aullidos de los animales que habían herido los de Carrión.

Fernando fue directo a socorrer a su hermano, mientras sujetaba a Negrisca que se había alejado acercándose al otro caballo, todavía nervioso. Nuño se había doblado el brazo al caer, y aunque no parecía haberse roto nada, le dolía mucho la articulación derecha. Se levantó sin otros dolores, y al examinarse comprobó que el codo se le empezaba a hinchar, sin que pudiera moverlo sin dolor. El muchacho que estaba encaramado en el árbol bajó del mismo, y se dirigió a los muchachos.

-¡Dios mío! ¡Qué miedo he pasado!–, exclamó temblando todavía y con signos evidentes de nerviosismo-. Muchas gracias, quienquiera que seáis, de verdad muchas gracias.

Nuño y Fernando no sabían que decir, estaban nerviosos por la adrenalina del combate, y miraban alertados por donde los lobos habían huido, con el temor de verlos regresar.

-Creo que me he roto el brazo, no lo puedo mover- dijo Nuño con los ojos envueltos en lágrimas por el dolor -. Se me está hinchando.

-Me habéis salvado la vida, os lo agradezco– dijo el muchacho acercándose a Nuño que se había sentado en un tronco partido.

-No son agradecimientos lo que necesitamos sino que no sea grave la caída de mi hermano– dijo Fernando volviéndose al joven.

Le pareció un muchacho de su edad, apenas unos diez años. Sus ropas eran valiosas, de vivos colores. No era alto, pero parecía más fornido de lo que desde abajo simulaba.

-Os ayudaré, le diré a mi físico que os socorra y ayude.

-Soy Fernando, y este es mi hermano mayor Nuño.

-Mi nombre es Pedro, hijo de Ansur, soy el conde de Monzón, viajo hasta el Castro de Xeriz– les dijo mientras extendía la mano para estrecharla en la de Fernando. Fue un gesto que no pasó desapercibido para los muchachos, que nunca habían tratado tan amistosamente con un conde.

-¿De dónde sales? Se supone que debes de rodearte de escuderos y siervos que te protejan–, inquirió Nuño incorporándose mientras se dolía del brazo derecho.

-Me detuve a examinar estos parajes, alejándome de mis hombres. Luego aparecieron estos lobos hambrientos que me atacaron. El caballo me tiró al suelo, y tuve suerte de poderme encaramar al árbol. Mis soldados me estarán buscando.

-Por poco no lo cuentas. Has tenido suerte de encontrarnos. ¡Ah!– gritó Nuño mientras trataba de mover el dolorido miembro.

-Os debo la vida, ¿y vosotros? ¿Sois de aquí?

-Nuestro abuelo es infanzón y entrena a los hijos del conde de Carrión y Saldaña- dijo Fernando -. Venimos con él y estamos también en Castroxeriz. Somos escuderos de los infantes de Carrión, que además son unos chicos maleducados y estúpidos.

Pedro Ansúrez rió.

-No está bien que habléis mal de vuestro Señor.

-Ya sabemos que no está bien, pero es la verdad.

-Ciertamente no nos tratan bien, y nos tienen envidia porque somos más diestros y buenos en las armas que ellos- dijo Nuño–. ¡Aaaah! ¡Me duele mucho!– exclamó mientras se le saltaban las lágrimas.

-Cuando lleguemos a casa que lo vea el abuelo. Habrá que recuperar los caballos– dijo Fernando dirigiéndose a Negrisca.

Negrisca y el otro caballo parecía que se habían hecho amigos. Negrisca se había tranquilizado ya, y agradeció que Fernando acariciara sus crines oscuras. Recolocó la grupa y tomó las riendas del animal acercándoselas a Nuño para que sujetara a la yegua con el brazo bueno.

-Voy a por el otro caballo. ¿Cómo se llama?

-Manchado. ¿Ves? Tiene un dibujo en la frente blanco.

Manchado era un caballo joven y fuerte, muy nervioso. Su color era también negro, pero tenía en la cabeza y en las patas unas manchas blancas que lo hacían muy hermoso. De crines sueltas, Fernando pensó que era de raza burgalesa, pero quizás estuviera cruzado con algún caballo sarraceno. Lo cierto es que nunca había visto un caballo con la cruz tan alta.

Se acercó Fernando por delante del caballo, de forma que pudo verlo perfectamente, sujetó las bridas y comprobó que el belfo del caballo seguía tenso. Le habló suavemente, y al punto erizó las orejas el animal manteniéndolas en tensión. Acarició su cuello, y cuando comprobó que el equino se había tranquilizado lo llevó al lugar donde el conde de Monzón y Nuño esperaban.

-Salgamos de aquí, espero que mi ayo y los soldados no estén muy lejos. Sigamos por la vera del río aguas abajo.

Montó Nuño en el lomo del caballo como pudo y con ayuda. Fernando dirigía al animal caminando. Pedro Ansúrez montó en su caballo, un animal con carácter, que todavía no gobernaba a la perfección su joven jinete. Sortearon los matorrales y adentrándose en el bosque abandonaron el lugar donde yacían los lobos, ya cortejados por varios cuervos.

Antes de volver al camino oyeron voces que procedían del grupo de soldados que buscaban al joven conde de Monzón.

-¡Estoy aquí!– vociferó el joven Pedro haciéndose oír.

Se acercó la mesnada del Conde, que estaba compuesta por unos cincuenta hombres, hechos y derechos, con mejor aspecto y apariencia que los caballeros de Carrión. Se mostraron afables con Nuño y Fernando, sobre todo cuando supieron que habían ayudado al Conde. Se aterrorizaron cuando pensaron fríamente lo que les podía haber pasado si hubiera muerto el Conde sin ellos y con manifiesta negligencia. Habían creído que su Señor estaba en la orilla del río, y que no se había alejado demasiado, y cuando comprobaron su tardanza, auguraron y lamentaron su mala fortuna. Por suerte el susto había pasado, y recuperaron el aliento para proseguir su accidentado viaje.

Ofrecieron a Fernando otro caballo, y tomaron la brida de Negrisca para facilitar a Nuño su caminar. Ayudó el barbero de la tropa con la lesión de Nuño, e inmovilizó su brazo con un cabestrillo de madera y tela provisional.

El conde Pedro Ansúrez, lejos de distanciarse volviendo a su lugar en la cabalgata, marchó al paso de los muchachos, pues quería seguir en su salvífica compañía. Les preguntó por la batalla, por el abuelo y por su familia. Les informó de la situación de la guerra y de las distintas mesnadas que sabía que se encontrarían en Burgos. Les pareció a los de Carrión un muchacho cabal y muy inteligente. Una persona digna de confianza. Les hablaba sin ofender el deber de confidencialidad que se supone en un conde, y les trataba como a semejantes, cosa que sorprendió tanto a Fernando como a Nuño. El conde Pedro era un niño agradecido, y eso se notaba en el trato que estaban recibiendo. Los soldados que acompañaban al joven Conde, parecían hombres más templados y prudentes, no eran tan arrogantes como los de Carrión, y eso era consecuencia del talante de su Señor.

Dedujo Nuño de las palabras de su nuevo amigo, que el joven Pedro no tenía padre, o si lo tenía debía ser muy entrado en años. Les contó el noble que acudía con su mesnada de Monzón; y que su castillo estaba situado al Sur, cerca de Pallantia, la ciudad episcopal. Su condado pertenecía al Reino de León, en el límite con Castilla, igual que sucedía con Santa María de Carrión, solo que más meridional.

Ansúrez pertenecía a una familia muy valiosa e importante de la corte leonesa. Contó a los muchachos muchas confidencias, que eran propias de los nobles más cercanos al Rey. Comprobaron que lo ayudaba en casi todas las labores su mayordomo, un hombre que cabalgaba con ellos, llamado Fernán, y que hacía las veces de tutor y de administrador de los bienes del joven Pedro Ansúrez. También les llamó la atención a Fernando y Nuño el acento, algo distinto al de los vecinos de Carrión y Saldaña. Era un habla más castellana y abierta, frente al leonés más cerrado de la montaña que habían aprendido de su madre.

Llegaron a Castroxeriz al atardecer. El abuelo estaba ya algo nervioso pero confiado en la buena estrella de los muchachos. Su gozo se truncó en lamento cuando vio que Nuño estaba lesionado. Ayudó a bajar del caballo al muchacho y examinó con detención la herida. No parecía grave, pero le llevaría al menos unas semanas recuperar el brazo, que debía ser inmovilizado, tal y como había hecho el médico del conde de Monzón. Para eso, lo mejor era sujetarlo al cuerpo con una correa, y evitar que se desplazara involuntariamente.

Cuando contaron al abuelo la nueva aventura con el conde Ansúrez, y la batalla ganada a los lobos; el anciano se mostró orgulloso, siendo más consciente que los muchachos del peligro que habían corrido. La suerte estaba de parte de ellos, habían salvado la vida, y además habían hecho buena relación con un conde, que les debía además un favor, el favor de la vida. Si era un noble como Dios manda, verían la contrapartida en no mucho tiempo, lo que iluminó el rostro de Pedro Díaz con una nueva sonrisa.

FRAGMENTO de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, del capítulo Segundo: Entre corderos y lobos.

¡YA SALE LA TERCERA PARTE DE LOS CABALLEROS DE VALEOLIT!

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YA HE PUESTO A LA VENTA LA TERCERA PARTE DE LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, EN UNA SEMANA ESTARÁ EN TODAS LAS LIBRERÍAS DE CASTILLA Y LEÓN.

TAMBIÉN SE PUEDE PEDIR FÁCILMENTE DESDE CUALQUIER LIBRERÍA DE ESTE PLANETA LLAMADO TIERRA. De hecho me he enterado que está el libro en algunas librerías de  Málaga y Madrid o Murcia. No me digáis cuáles, pero estamos por ahí.

Se puede pedir, desde cualquier librería de España y lo sirven, incluido las grandes cadenas y almacenes del país. Incluso desde el extranjero lo envia ARCADIA LIBROS. SL. GRACIAS a todos ellos, y a vosotros, que nos los pedís.

 

Tengo que organizarme, lo sé. Buscar un día para hacer la presentación del libro, intentar estar presente en los periódicos de la región, y moverme un poquito para difundir el libro. Se va a vender solo, y sois muchos que me lo habéis pedido insistentemente. Me alegra que sea así. Los que más me estáis ayudando a difundirlos sois vosotros, los lectores que os engancha, que creéis que es bueno y que pedís una oportunidad para esta magnifica trilogía.. Muchos lo regaláis a los amigos, familiares, porque os ha gustado, porque pensáis que es una obra única. GRACIAS A TODOS.

Sin los lectores no habría libros.

La taifa de Tulaytulah (TOLEDO siglo XI)

 Una de las ciudades más apasionantes, que evoca más historias y leyendas llenas de sabor romántico y aromas de mujer es Toledo. De hecho, si España es para el romanticismo europeo el símbolo del romanticismo, quizás para los españoles Toledo es la ciudad romántica por excelencia. El poeta Bécquer le dedicó un buen número de leyendas y de relatos cortos, llenas de magia y sombras, ánimas veladoras del diablo, y conjuros de muertos que a la luz de las velas hacían escuchar sonidos misteriosos en la noche: campanas, cadenas y murmullos. Daba igual, pues todo valía para el escritor sevillano con tal de resucitar un suspiro empujado por bellas palabras, páginas inolvidables de la literatura española.

Sin embargo, Toledo es  mucho más que eso, fue capital del reino Visigótico, sede de concilios hispanos, y ciudad de filósofos y teólogos, quizás solo a la altura de Córdoba. Fue además una de las taifas más importantes de al-andalus, dignidad y prestigio que solo se podía comparar, en mi opinión con otras dos taifas. La de Córdoba, pues fue sede del califato, y con Granada, que terminó siendo, a la postre, el último reino islámico de la península en rendirse al cristianismo.

Si analizamos el siglo XI, y nos recreamos en los detalles que la historia muestra en la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, veremos que Toledo fue una ciudad, que sigue siendo única; estamos ante una ciudad que sufrió profundas transformaciones a lo largo de la segunda mitad del siglo XI, y cuyo acontecimiento central fue la entrada en la ciudad de Alfonso VI en 1085, una mal llamada conquista de la ciudad. Desde aquel entonces es considerada ciudad cristiana, para seguirlo siendo hoy en día. La historia de Toledo es la historia de un antes y un después de esa fecha, pues en pocas ocasiones se puede subrayar la identidad cultural y espiritual como lo hacemos con la separación y diferencia entre el Toledo musulmán, y el Toledo cristiano castellano. En pocos años la ciudad cambió abruptamente, no solo de dirigentes y gobierno, sino también de prácticas culturales.

Hasta esa fecha Toledo fue una de las taifas musulmanas más ricas de la península. Su territorio se extendía por varias provincias importantes de España, y la capital, junto al Tajo, era rigurosamente inexpugnable desde el punto de vista militar. Esto conviene explicarlo, porque nos da cuenta de la solidez y fortaleza de la ciudad. Toledo se extiende junto al meandro del río Tajo. Uno de los pocos puentes  (ver en el mapa en la letra e) que cruzaban el Tajo en aquellos años de la segunda mitad del siglo XI se encuentra en la ciudad, pero dentro de la muralla. Por tanto era imposible, o al menos muy complicado para los cristianos del norte entrar en zona islámica por Toledo. al otro lado del río, los cigarrales y las fincas de recreo ocupaban la vista y la vida de los musulmanes acomodados (ver letra d en el mapa).

No tengo tantos estudios hechos, pero creo asegurar que no era posible atravesar el Tajo aguas abajo hasta el puente romano de Alcántara, ya en tierras muy cercanas a la frontera de la actual Portugal, provincia de Cáceres. La línea que dibujaba el río Tajo creaba una línea fronteriza natural agreste y complicada de atravesar, supongo que no imposible en algunos lugares más vadeables, o con barqueros, y quizás puentes de madera. Por tanto, esto nos sirve para valorar que Toledo era la puerta de entrada de los cristianos al mundo musulmán del sur, al menos en el centro y oeste de la península, aceptando las excepciones, que seguro que hubo.

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El meandro, como digo, formaba una línea natural de protección de la ciudad, y una tercera parte de la ciudad estaba protegida por una muralla alta, sólida y fuerte. De hecho, la ciudad contaba con tres amurallamientos. El primero el más externo se conserva en gran parte, y es donde se encuentra la famosa puerta de la Bisagra (letra G en el mapa), llamada en árabe Ab-sagra. Junto a ella la actual puerta de Alfonso VI (letra H), por donde según la tradición entró Alfonso VI en la ciudad, y bastante más abajo la segunda puerta, la de los judíos (letra F), que daba directamente a la judería de la ciudad. La puerta i en el mapa, era un portón, pequeño y estrecho, destinado a los vecinos que entraban y salían directamente al barrio de la Antequeruela (en color naranja). La misma ciudad en su interior contaba con otros amurallamientos internos. El barrio de la judería estaba protegido y amurallado dentro de la ciudad (número 1 en el mapa), cuyas puertas se cerraban por la noche, y dentro también de la ciudad estaba la puerta que separaba el barrio de la Antequeruela, (número 3 en el mapa) en la parte más baja de la ciudad, separando éste de la parte más alta, que en el mapa está señalada con la letra h.

Es decir, Toledo es una montaña imposible de flanquear por cualquier ejército medieval, musulmán o cristiano. el tercer amurallamiento de la ciudad, el alficén (letra 2 del mapa en color verde oliva) lo ocupaba la zona donde residía el emir de la ciudad, el reyezuelo de la taifa, en una ubicación que actualmente es ocupada por el Alcázar, en la zona más alta de la ciudad. Como vemos, Toledo, rodeado por tres murallas, y con un control sobre el puente era la ciudad musulmana más complicada de conquistar junto con Valencia.

¿Por qué se produjo entonces la derrota y cambió de manos musulmanas a manos cristianas? Básicamente por el desorden interno y las revueltas y disensiones de la ciudad.

Toledo estaba poblado, desde los primeros tiempos del islam en España, por una población cristiana mozárabe muy sólidamente asentada en la ciudad. Era la ciudad de los Concilios cristianos, la ciudad de la conversión de Recaredo, y no iba a convertirse fácilmente al islam. Estos cristianos sufrieron los rigores de tener vecinos musulmanes, y gobernantes musulmanes, no siempre benévolos con ellos. Pero resistieron, y culturalmente siempre se consideraron resistentes y fuertes en su fe. De hecho, se habla de la convivencia de las tres cultura en Toledo como una realidad más mitificada por el buenismo ideológico que por la realidad. Se llevaban bien con los vecinos, pero lo cierto es que los mozárabes pagaban más impuestos que el resto, y lo mismo le sucedía a los judíos sefardíes de la ciudad. Estas minorías religiosas y étnicas tuvieron que soportar cada cierto tiempo como sus barrios y sus casas eran asaltadas por musulmanes no tan partidarios de una convivencia pacífica. De hecho, esto mismo sucedía en las ciudades cristianas con respecto a las minorías judías o moriscas.

¿Cómo interpretar esta violencia? La antropología social y cultural nos muestra la dificultad de supervivencia y de convivencia de todas las minorías culturales dentro de una cultura más amplia y dominadora. Es por tanto algo, no causado por la religión, sino que parece estar en la esencia de las culturas (hutus y tutsis parecen evocar un problema más viejo de lo que nos imaginamos) dominantes y las culturas dominadas que conviven en territorios próximos.

Volvemos al tema que nos ocupa. La ciudad mantuvo el orden público de sus calles con mayor eficacia, que no total, en tiempos del Califato, pero agotado éste, y dividido al-andalus en decenas de taifas, Tulaytulah, que era el nombre musulmán de la taifa, multiplicó sus dificultades para mantener el orden en sus calles. Las parroquias cristianas, algunas de ellas respetadas desde tiempos inmemoriales por los musulmanes de la ciudad, fueron convertidas en mezquitas, incluso contra la autoridad de su gobernantes que poco podían hacer, y los acuerdos y buenas intenciones para proteger a los mozárabes no siempre lograron apagar las embestidas de una minoría cultural acosada por otros vecinos más intolerantes, los de la Antequeruela, por ejemplo.

Toledo sucumbió al desorden, cosa que se aprecia bien en la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, y poco a poco estuvo necesitada de ayuda exterior. Incluso los levantamientos populares de algunos musulmanes de la ciudad fueron promovidos por los reyezuelos de otras taifas, especialmente Córdoba o Sevilla, que buscaban desestabilizar el gobierno de Tulaytulah, aspirando a la expansión y regeneración del califato, algo que parecía contravenir los nuevos tiempos de división de la península.

El gobernante de la ciudad, al-Mamún, suegro además del rey de la taifa de Valencia (en aquellos días acosada por la taifa de Zaragoza y otras, y por el Cid Campeador más tarde) se rindió a la necesidad y pactó un acuerdo con los cristianos, que eran los más fuertes desde el punto de vista militar. Acordó con el rey Fernando el Grande, rey de León una paria, el pago de un impuesto a cambio de protección. No fue la única pues la taifa de Sevilla y Badajoz, y Zaragoza aceptaron también el pago de una paria a su protector Fernando el Grande.

Durante la guerra que enfrentó a los tres hijos de Fernando y Sancha de León, nuestros queridos Sancho II de Castilla, Alfonso VI de León, y Fernando de Galicia, Toledo no permaneció ajena a los sucesos. Tras la derrota de Golpejera (cerca de Carrión de los Condes) en 1073, Alfonso VI huyó exiliado a Toledo, junto con su amigo y máximo generaly confidente el Conde Ansúrez (fundador de la ciudad de Valladolid). Allí fue bien acogido por sus amigos musulmanes, por al-Mamún que lo apreciaba sinceramente.

Por supuesto, cuando Sancho II fue asesinado por el traidor Dolfos Vellido al pie de la muralla de Zamora, Alfonso VI se convirtió en el nuevo rey de Castilla y de León, y a la postre y gracias a una maniobra turbia, en  rey de Galicia también. Recuperó el trono, regresó del exilio, y siempre tuvo una magnífica relación de amistad con Toledo. De esta forma fue el rey más importante de la cristiandad en la península, con el reino más extenso. Regresó del exilio, pero con conocimientos importantes sobre los musulmanes y sobre Toledo.

La ciudad de Toledo fue conquistada por Alfonso VI cuando Al-Mamún le pidió ayuda en el año 1085 para que desalojara de la ciudad a sus enemigos. No se sitió la ciudad, y no se derramó más sangre que la de los animales que sustanciaron la fiesta de la victoria. Imagino que cerdo para los cristianos, y ternera para los judíos, mozárabes y musulmanes. Alfonso VI entró en la ciudad para liberarla de los enemigos, y la convirtió así en ciudad Imperial de los Visigodos; él mismo se autodenominó emperador de las tres religiones: cristiana, musulmana y judía; y prometió defender y proteger a los musulmanes, judíos y cristianos de la ciudad. Promesas que no pudo cumplir del todo.

El primer problema al que tuvo que enfrentarse fue que la conquista de Toledo, y el exilio de al-Qadí (mandatario sucesor de AlMamún) a Valencia como nuevo rey de la taifa, llenó de miedo a las demás taifas musulmanas. La reconquista de los cristianos había continuado y no se había detenido con Almanzor, que había saqueado León hacía menos de cien años. Y el miedo siempre ha sido un mal consejero. El resto de taifas de al-andalus llamaron a los musulmanes del reino Almorávide del otro lado de la península, y esa fue su perdición; pues los almorávides pensaron pronto en desalojar a los reyezuelos de las taifas de sus gobiernos para instalarse ellos.

Las tropas de las taifas, poco sólidas y con ejércitos locales más o menos blanditos, no pudieron hacer frente a la gran batalla de la época: Zalaca, o Sagrajas, como se conoce entre los cristianos. Fue cerca de Badajoz, y fue un año más tarde de entrar en Toledo, en 1086, exactamente.

Los almorávides ubicaron a las tropas de las taifas en primera línea de combate. Las tropas de Alfonso destrozaron éstas, pero no pudieron continuar la batalla ante la maniobra genial de los almorávides, que cayeron sobre ellos cortando cabezas y humillando a los ejércitos de Alfonso VI, que incluso era apoyado por tropas castellanas, aragonesas, leonesas y gallegas. En solo 48 horas las taifas perdían todo su ejército, y los cristianos (leoneses, castellanos y aragoneses que acudieron también) el suyo.

Regresó el miedo, en este caso a los cristianos que vieron que sin ejército los musulmanes tomarían de nuevo Toledo, incluso volverían a saquear León, Burgos y las ciudades cristianas que empezaban a despuntar. Pero el caudillo almorávide Ibn Tasufin,  regresó precipitadamente a su hogar en el actual Marruecos, pues estaba falleciendo un hijo suyo, sino había fallecido ya. Cuando regresó año y medio después, los cristianos eran más fuertes. Más tarde perderían algunas batallas decisivas contra el Cid en las puertas de Valencia, donde la tormenta barrió a los ejércitos almorávides que se ahogaron en la albufera.

Toledo no cambiaría de bando.

La ciudad siguió su curso. en pocos años los mozárabes fueron desplazados por los castellanos que repoblaron la ciudad, y que trajeron la liturgia romana llevada por los cluniacenses, impuestos por el Rey para sus territorios. Se respetaron a los mozárabes, pero fueron cada vez más reducidos en presencia. De hecho el obispo Pascual, mozárabe antes de 1085, no fue obispo de la ciudad tras la conquista, y Alfonso VI nombró a un borgoñés, del gusto de su mujer Constanza, que terminó convirtiendo la Gran Mezquita de Toledo en la Catedral que es hoy, faltando así a la promesa que hiciera el rey. Su mujer no estaba tan dispuesta a ceder a las bondades de los musulmanes de Toledo, los viejos amigos de su marido.

los musulmanes fueron abandonando poco a poco la ciudad, quizás buscando tierras musulmanas más propicias. en cambio los judíos empezaron a llegar en buen número a la ciudad de Toledo, que siguió manteniendo durante varios siglos su hegemonía sefardí. De hecho, la gran ciudad judía española en la historia es y será sin duda Toledo. De estos siglos posteriores son las dos sinagogas, bellísimas y hermosísimas, que hablan de un pasado y de una religión hermanada y protegida por los reyes medievales.

Por desgracia, esta protección no pudo detener al pueblo, que incomodado por las minorías, atacó de nuevo a las minorías, en este caso judíos y moriscos, así llamados. Los mozárabes fueron respetados, aunque siempre arrinconados y burlados por su condición mediomora. Una injusticia para todos ellos.

Podemos pensar que durante mucho tiempo Toledo tuvo un mercado semejante al gran bazar de especias de Estambul, que por cierto, en 1085 era cristiana y bizantina.

De estas épocas musulmanas proceden los cuentos, leyendas y misterios que luego fueron narrados por muchos rapsodas de la historia. Como Bécquer, entre otros.

Valladolid en la frontera de León y Castilla.

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La novela histórica LOS CABALLEROS DE VALEOLIT describe con detalle el Valladolid del siglo XI, a la par que entretiene, por tratarse de una novela de aventuras. Sin embargo mi pretensión inicial siempre fue hacer, desde las letras, un pequeño homenaje a la ciudad de Valladolid. Una ciudad cuyo pasado pequeño y escondido revela un origen incierto y vulgar, algo paradójico para un lugar que vería pocos siglos más tarde casarse a los Reyes Católicos o nacer al emperador Felipe II. La capital del imperio donde no se ponía el sol, se inició como un villorrio con cuatro casa mal puestas, lo cual nos arroja luz sobre la futilidad y puerilidad del destino de los pueblos, llamados a la grandeza o el olvido, según se trate.

Hoy Valladolid es una ciudad con más de 340.000 habitantes, pero por aquel entonces, apenas era conformado por un pequeño grupo de vecinos que se asentaron, posiblemente en el inicio de siglo XI en la encrucijada del río Pisuerga, o Pisorga como se le menciona en los documentos de la época, y el afluente de la Esgueva o el Esgueva (único río bisexuado del planeta), y que desembocaba por dos canalizaciones de agua en superficie, y una tercera subterránea.

Esto daba una configuración peculiar a la aldea, y que lo acompañaría durante su historia hasta casi el siglo XIX: agua, agua y más agua. Mosquitos, el cantar de las ranas, muchos puentes como en Amsterdam pero con menos agua y más vegetación, y un freno para los incendios, que siempre tienen dificultad para saltar a la otra orilla por un canal de agua.

Nuestros vecinos del siglo XIX se empeñaron en la salubridad de la ciudad y desecaron y desviaron sus cauces, dejando el único que hoy existe hacia el norte de la ciudad. Nuestro querido Valladolid padeció durante muchos años inundaciones y enfermedades endémicas y ocurrente, propias de aguas no demasiado correnderas, y poco reguladas por los pantanos que sí lo hacen hoy en día. Nuestro vecino D. Miguel de Cervantes, entonces con menos fama que hoy, vivía frente al río Esgueva en una zona infecta, que entonces era de rastrillo y ventas, y que hoy llamamos calle Miguel Iscar. Del Esgueva por Miguel Iscar nos queda cada cierto tiempo su peculiar gemido, pues la calle se hunde por el agua subterránea que daña sus cimientos. lo cual es algo como muy de Pucela, bajo las apariencias transitan las aguas disolventes de nuestro glorioso y maloliente pasado. Todo es una en las grandes ciudades.

El Valladolid del siglo XI estaba asentada junto a uno de los ramales, en una zona algo más elevada, aunque no demasiado, en torno a lo que hoy es la plaza de San Miguel; y completaba el vecindario con unas pocas casas con sus traseras, entregados a la agricultura, ganadería y pesca. Un lugar olvidado, como antes he dicho, para los grandes, pues de nuestra querida aldea no tenemos nombre alguno hasta el escrito de la fundación de la ciudad por el Conde Ansúrez, conde de Saldaña y Carrión en el año 1095, (escrito que pone VALEOLIT), sin que se sepa a ciencia cierta de dónde procede tal nombre, inventando los especuladores del siglo XIX y XX múltiples teorías al respecto.

Tenía la aldea, por aquel entonces, dependencia de Cabezón y su tenencía, donde se asentaba un puente importante, que era lugar de paso y control de viajeros.  Tal lugar dependía a su vez del Conde Ansúrez, cuya familia los Banu Gómez emparentó en el pasado con la monarquía leonesa, a los que seguía en lealtad y vasallaje en tiempos de nuestra novela.

El condado se extendía de norte a sur, desde Liébana, Saldaña,  Carrión y Monzón hasta alcanzar Palencia (que era la sede episcopal) para terminar a orillas del río Duero en Tordesillas. Valladolid era un lugar pequeño y sin demasiada importancia. Su vecina Simancas, a diez kilómetros al sur del Pisuerga era bastante más importante, por disponer de un puente fantástico sobre el río, castillo, defensa y prestigio.

El asunto es que las tierras del condado no estaban demasiado pobladas, de ahí el interés del rey Alfonso VI y su petición al Conde Ansúrez para que repoblara toda la zona. Ansúrez fue su mano derecha durante los momentos más dificultosos e iniciales de su reinado en la etapa leonesa. Cuando Alfonso VI se convirtió en rey también de Galicia y Castilla, por la muerte en el cerco de Zamora de su hermano Sancho II, el conde fue apartado del puesto de especial confianza que tuvo hasta entonces. ¿Por qué? Muchas opiniones hay al respecto, desde cierta desconfianza de Alfonso hacia la nobleza leonesa que fue relegando poco a poco en favor de los castellanos (Alvar Fáñez, un castellano llegó a ser lugarteniente de sus ejércitos), hasta la mano influeyente de los borgoñeses en el gobierno de León, pues casó con Constanza de Borgoña.

Todo eso se cuenta en la novela.

La pregunta que nos queda por saber es porqué Valladolid fue la elegida por el Conde.

No lo sabemos con seguridad, pero sin duda su posición estratégica fue importante.

Valladolid era un lugar de frontera. Delimitaba el río Pisuerga, de una manera natural las tierras del condado de Saldaña, Carrión y Monzón, que fueron los títulos que le correspondían a Ansúrez, con las de Castilla. Por eso, en sentido estricto podríamos decir que Valladolid era Castilla. Pero ojo, porque la otra orilla de Valladolid, nuestra actual Huerta del Rey y barrio de la Victoria, Parquesol, etc, pertenecerían a León.

Más adelante la frontera y la guerra entre León y Castilla trajo que Valladolid fuera tierra en disputa, situando la frontera en el río Cea, algo más al Oeste, dejando una tierra neutral hasta la ciudad del Pisuerga por antonomasia, aunque yo diría por costumbre.

¿Se acuerdan de los mapas de la EGB, donde en ocasiones Palencia y Valladolid estaban en el Reino de León, y en otras ocasiones aparecían con Santander, Burgos, Logroño, Soria, Segovia y Avila, es decir Castilla? Pues eso. Valladolid presentaba muchos recursos para ser repoblada, ninguna fortificación, y todo por hacer.

El conde escogió tal lugar como el mejor para su gran proyecto: un monasterio de monjes cluniacenses, llegados y tomados del Monasterio de San Zoilo de Carrión de los Condes, una colegiata, y una ampliación. Un puente sólido que cruzara de una orilla a otra del Pisuerga, y un lugar que no tuviera pasado. Era un lugar nuevo, y los lugares nuevos parece que siempre están llamados a nuevas empresas, como así fue.

 

 

Los caballeros de Valeolit gratis.

Acabo de trabajar el texto para que podáis descargarlo con la máxima calidad en vuestros “ebooks”.

Está colgado en el sitio que ya conocéis:

http://sites.google.com/site/antoniojlopezserrano

y en los formatos: PDF, EPUB y MOBI

Os cuelgo también un mapa de Valladolid en el año 1090, cinco años antes de ser fundada por el Conde Ansúrez. 

La leyenda podría ser la siguiente:

1: Camino de León, al otro lado del Pisuerga.

2. Río Pisuerga, donde desde antiguo había un molino, y cuyos restos todavía podemos contemplar hoy junto al Puente Mayor (que edificó Ansúrez cinco años más tarde).

3. El barrio de la judería, fuera de la empalizada.

4. Camino de Cabezón, cuyo puente era muy importante para los primeros vallisoletanos.

5. Ramal norte del Esgueva, hoy desecado.

6. Ramal sur del Esgueva, también desecado. (Este es el que pasaba por delante de la casa de Cervantes, en la calle Miguel Iscar unos siglos más tarde)

7.Parroquia de San Pelayo (luego se fundirá con San Julian). Hoy extiguida. Estaría más o menos detrás de la actual iglesia de San Benito.

8. Casa de los Quadra, protagonistas de nuestra historia. Junto a la actual plaza del Rosarillo.

9.Afloraban algunas aguas pantanosas en esta zona, donde hoy está la calle de las Angustias en su primer tramo.

10. Alcazaba. Edificada en su base por Fernando Peláez, nuestro protagonista. Quedan algunos restos junto al Monasterio de San Benito.

11. Barrio de las Tenerías y los curtidores. Ahí tiene su taller Pedro Curtidor, cuñado de Fernando y Nuño.

12. Tierras de labor.

13. Antes de la fundación de la Colegiata de Santa María y de la Iglesia de la Antigua, habían unos restos de época romana, de los que desconocemos casi todo. En el año 1090 probablemente las obras del Monasterio y la Colegiata ya estaban iniciados.

14. Casa en la que vivió Fernando cuando recuperó a su esposa. (Supongo que para una segunda parte del libro que aún no he escrito)

15. Plaza San Miguel, en cuyo centro estaba edificada la primera iglesia de San Miguel. Esta parroquia se terminará fusionando con la de San Pelayo, pero tomará el nombre de San Miguel y San Julián, abandonando definitivamente la advocación al santo asturiano-leonés Pelayo.

Imagen

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