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¿Cómo podríamos acabar con la corrupción política?

La corrupción política es uno de los males que aquejan a todas las sociedades y sistemas políticos del mundo, y da igual que sean democracias, dictaduras o una mezcla. Corromper significa alterar, viciar, estropear, echar a perder, depravar, dañar o podrir. Casi nada. Por eso la corrupción política es la acción de alterar y estropear la actividad política.  Pudrirla, echarla a perder y cargársela. Lo malo es que la actividad política es necesaria e imprescindible para construir una sociedad, a mejor o a peor. Por eso el riesgo que corremos es muy alto si no controlamos mejor a nuestros corruptos favoritos.

A nadie se le escapa que el termómetro de la corrupción puede llegar a ser bastante subjetivo, tanto como la procedencia del que formula el juicio ético; y así, para algunos la corrupción es distinta cuando la ejercita un rico que un pobre, uno mismo o el prójimo, el partido de sus desvelos o el partido de sus esperanzas. Tales subjetividades no ayudan, desde luego, pero el semáforo en ámbar ya nos pone en aviso de que lo que para unos está justificado, incluso es una necesidad del representante público, para otros es un acto inmisericorde que no merece ni el perdón divino. Unos pasan corriendo y otros se detienen. Y es que en este asunto basculamos desde un puritanismo agotador hasta una laxitud sospechosa, sobre todo cuando las medidas y los raseros son distintos según la ceguera y luminosidad de las gafas que cada uno lleve por la vida. Poner unas reglas objetivas ayudará, pero más ayudará a prevenir que esas reglas objetivas no sean cambiadas con facilidad por el político siguiente que llegue al poder.

Los teóricos de lo político ya analizaron estos problemas en su momento, y llegaron a la conclusión de que la mejor forma de combatir la corrupción ( y el abuso) es limitando el poder, y la mejor forma de limitar el poder es separarlo y convertirlo en compartimentos estancos e independientes, cosa que no siempre se respeta en las democracias modernas. En sentido positivo, se fomenta la corrupción cuando el poder concreto se rodea y acompaña de una caterva de deudores, acólitos, amigos, familiares, defensores del partido y simpatizantes de la cosa nostra. Los intereses se centrifugan, y la maraña que se genera convierte el poder el poderoso en un ejercicio ilimitado e irrefrenable de abusos. No es un problema sólo de ética individual, que también, sino de ética colectiva, y por tanto de control social, ético y político.

El poder de un político cualquiera (poder ejecutivo) está limitado básicamente por el poder judicial. Hasta ahí la idea es buena, pero tiene una excepción: que el juez o magistrado deba su puesto a un equis que no sea su capacidad; si eso ocurre, entonces el juez, el fiscal o el magistrado elegido a dedo (a imagen y semejanza del Parlamento) tendrá favores que deber, servidumbres que pagar y corrupciones a las que abrazarse. Le faltará la honestidad suficiente, y estará tentado de ser menos independiente con unos que con otros.

Dicho de otra forma: si en el año 1985 el PSOE  no hubiera montado una Ley Orgánica del Poder Judicial para poder intervenir en el nombramiento del CGPJ poniendo gente de su cuerda, no estaríamos como estamos. Si el PP no hubiera adherido al despropósito, otro gallo le cantaría ahora en el Congreso. Lo llamaron tercer turno, o sea, dedocracia para determinados cargos en la judicatura. Extrañamente, hoy se quejan de corrupción los mismos que inventaron el juguete dañino, apuntando al juguete y no a su dedo.

El poder político, sobre todo en la Administración Municipal, tiene que tener una limitación en su actividad que no puede proceder permanentemente de los jueces. No podemos poner un Juez en cada Ayuntamiento o Consejería para examinar al poder todos los días, de ahí que tengamos que arbitrar cuerpos administrativos independientes, de alto rango y potestad que frenen las apetencias de los políticos. No hay nada mejor para frenar a un concejal de urbanismo que un funcionario que no le deba el puesto, que tenga herramientas para actuar y que trabaje con independencia. Y si no hace amistad con él, casi mejor.

Pongo un ejemplo. Si se hace una contratación en un Ayuntamiento, y en la mesa de contratación abundan los que deben su cargo y su sueldo a “alguien”, no será extraño que la honestidad se vaya de vacaciones. Por el contrario, si en la mesa de contratación todos son técnicos independientes, nadie debe nada a nadie, están bien pagados y valorados, es probable que la tentación del político sea mejorar la ciudad antes que mejorar a los del partido o sindicato amigo. Porque tentaciones tenemos todos, e incumplimientos legales se producen en muchos más ámbitos de la vida. La cosa es evitarlo en el que maneja el dinero de todos, y toma decisiones por todos.

Cuando se empezaron a exigir “méritos sospechosos” a los funcionarios para acceder a determinadas plazas de alto rango, fue cuando la corrupción puso sus bases. Aquellos Secretarios de Ayuntamiento cuyo mérito en los traslados era conocer la idiosincrasia soriana, por ejemplo, obtuvieron una plaza menos prestigiada y con un fuerte débito a su creador, que los que solo fueron guiados por su capacidad y mérito general. Cuando se colaron cientos de sindicalistas y amiguetes del partido en muchos estamentos administrativos locales y autonómicos fue cuando empezó a estropearse la fruta del cesto. Cuando hoy día los puestos de libre designación son tantos y tan abundantes, es normal que además de gozar de la confianza de su jefe, gocen del silencio que los capacita para continuar con la mamandurria otorgada. Acabe usted con los amigos en la administración, termine con los puestos de confianza, y tendrá una administración más ejemplar, y me atrevo a decir que bastante más eficaz. Una administración que controlará al político en sus abusos, es una buena administración que sirve al ciudadano con más ejemplaridad. Y es que representantes del pueblo son elegidos por el pueblo en las urnas; pero los funcionarios son los mejores del pueblo por su capacidad.

Por supuesto siempre quedará la conciencia ética y la capacidad personal para sustraerse a las tentaciones. En la Asamblea Nacional de los primeros años de la Revolución Francesa era muy frecuente ver como los parlamentarios (también el Rey) buscaban más el aplauso que la prudencia o la razón en sus discursos. Una vanidad que costó cara a muchos, pues no es posible gobernar bien buscando el aplauso permanente de un pueblo al que no has formado, ni has educado para la corrección ética ni la razón. Por eso, el futuro de la corrupción se terminará jugando en la educación que ahora ofrecemos en las escuelas. Una educación donde, y no escandalizo a nadie, la impunidad es demasiado frecuente; donde la ley del más jeta y del más díscolo se imponen al resto. Se está fortaleciendo, directa e indirectamente, la corrupción que en el futuro soportaremos. Los profesores están atados de pies y manos, y los responsables de la educación piden mejores números para presumir ante sus parlamentos y sus tertulias de café de que son estupendos y brillantes en sus quehaceres gubernamentales.

Prevenir para que no haya corrupción en el futuro es más importante que apuntar al corrupto y rasgarse las vestiduras mediáticas. Son así, porque los hemos creado nosotros. Que paguen, pero pongamos los medios, por favor, para que no vuelva a suceder. Dividamos más el poder, pongamos más límites al gobernante y reeduquemos la sociedad para que la ética ciudadana brille por sí misma en la escuela. ¿Es pedir mucho?

El origen de la corrupción.

Se habla mucho de corrupción en nuestra sociedad, de la corrupción de los otros, claro. Y pocas veces se analiza y estudia el porqué de la misma. La gente no es corrupta porque sí, y los políticos no lo son por ser unos ignorantes – de hecho suelen tener más estudios y capacidad que la mayoría de la gente -. El problema está en que unos y otros, estudiosos e ignorantes, podemitas y peperos, perroflautas y sosialistos tienen, todos juntos – all together y tous ensemble – un problema serio para diferenciar el bien del mal. Es un problema que afecta a las sociedades occidentales, pues, como dijo Dostoyevski, si Dios ha muerto, todo está permitido; y algunos están disfrutando la del pulpo con esta afirmación.

Yo creo que vamos a peor, porque en una sociedad narcisista el egoísmo justifica cualquier actitud. Las nuevas generaciones, y doy clase desde hace casi veinte años en secundaria, tiene cada vez más problemas para diferenciar el bien del mal. No todo el mundo, claro, pero muchos sí. El hedonismo hace estragos y uno puede escuchar en un aula justificar el derecho a aprobar sin hacer nada, como si la ciencia infusa se instalara en la cabeza de un angelito que está todo el día con el móvil en su mano derecha, mientras con su mano izquierda recoloca su creciente testicular. 

Luego llegarán sus mamás y te dirán que le apruebes, que el chico necesita nota para hacer medicina. Y que no ha podido estudiar porque es que estamos separados, y como el pobre está cada año con un pariente distinto,  incluida una abuela, pues eso, que no ha venido a clase muchos días, porque se duerme los lunes por la resaca, pero que el chiquito lo pasa muy mal. Que estamos todos en paro, y con ese ambiente en casa no se anima a venir al cole. Ya, ya. Me hago cargo que el muchacho sufre mucho en la cama, con el móvil y la mesa puesta a mediodía. Sí, sí. Le vamos a llevar a un psicólogo de la Seguridad Social, faltaría más, porque con lo caro que está por lo privado. Psicólogo gratis para todos, te dicen.

Y luego llega la inspección y te suelta la misma baba, que si tenemos que aprobar para reducir el fracaso escolar, que si tenemos que hacer piruetas metodológicas y preguntarles por el día de la semana que estamos para que titulen.

¿Quién es el corrupto en este asunto? El alumno, la mamá, el profesor que renuncia a enfrentarse, la inspección y sus jefecillos.

Esto me hace pensar que el origen de la corrupción española no está en el hedonismo contemporáneo, que no ha hecho más que exacerbarlo, sino en algo más nuestro, algo que se encuentra en nuestra esencia. Yo creo que en España, país que ha renunciado a su propia lengua y cultura, somos inmorales desde los tiempos de la picaresca, siglo XVI, cuando el mundo era nuestro y podíamos presumir con orgullo. En aquel entonces, los que pasaban hambre se entregaban al vicio de robar, afanar, ridiculizar y burlarse de la gente elevada, y los que nos gobernaban intentaban medrar y salvar el culo. Era la corrupción del pícaro Lazarillo de Tormes, pero también la del secretario de Estado Antonio Pérez, o la del Conde Duque de Olivares, la del Gran Capitán y sus cuentas o la del amigo Godoy que se trajinaba a la reina. tipos distintos, y con variantes de una forma muy personal de hacer las cosas. Y es que el problema de España, que contara la generación del 98, sigue siendo un problema sin resolver, aunque lo creamos superado.

En la actualidad se nos concentran los comportamientos inmorales por segundos; pero mucha gente no lo detecta a estas alturas de la película, donde todo le parece normal, o donde se justifica lo injustificable si el mal lo comete uno de su bando. Luego vienen las guerras civiles, los héroes olvidados de Baler o de la guerra de la independencia, los desmanes de un país que trata a sus ciudadanos (Blas de Leza o Cervantes) como  si fueran estiércol, mientras se regodean y vocean cualquier soflama estúpida que esté de moda. Nuestro problema es la envidia, y no es por casualidad.

Pérez-Reverte califica el tema diciendo a menudo que “en España no cabe un tonto más”, pero para mí no es solo un problema de inteligencia y estudios, sino de la confusión en el asunto del comportamiento moral. Yo más bien diría que en España, por culpa de la deriva ética, aún caben bastantes malos más, getas y golfos, que por desgracia se acabarán contagiando de la picardía e inmoralidad de los primeros. La estupidez es también contagiosa, pero ese es otro tema, porque en un país donde la gente no lee, hablar de ignorancia y educación es como insultar a millones y millones de personas. Lo dejaremos para el día que conmemoremos el Cuarto Centenario de la Muerte de Cervantes, que está cerquita.

Pactos, langostinos e ibéricos.

El otro día no pitaron el himno de España, en realidad pitaron porque no llegaban los langostinos y los ibéricos a todos. A mi no me la dan con los productos nacionales, que ya sabemos de qué pie cojea la peña. Langostinos e ibéricos son la tierra y el mar en la mesa y en la boca, y aquí somos de playa y montaña, porque valles, lo que se dice valles, no hay demasiados. No hay acuerdo, negocio, pacto político o reparto de la merienda municipal y autonómica que no se haga gracias a los langostinos y los ibéricos. ¿Quién no se imagina a Cándido Méndez comiendo langostinos a cuatro manos? Le escurren por la comisura de su poblada barba, entre canosa y tintada, hecha a fuerza de años y años devorando langostinos e ibéricos. Si es que están muy buenos. ¿Y el choricito escurriendo grasilla en abierto? Jamón cortadito, un ERE para ti, langostino para mí y para Bárcenas. Fichamos a Neymar, langostino para ti, echamos a Anceloti, ibérico para mí. Gobiernas tú en Castilla y León, langostino tú, ¿me ayuntas en la capi?, ibérico per tutti.

¿Saben por qué la corrupción en Valencia es tan cutre? Porque se abstienen de buenos langostinos en la paella. La paella, no nos engañemos cuadra perfecta con conejo y pollo, y algo peor con gamba arrocera y la cigalita. Los del interior, que son todos los españoles que no viven pegados al mar, o sea casi todos, prefieren langostinos e ibéricos los días de fiesta. En cambio en Valencia les mola la paella socarraeta, que es la paella quemada al caloret del fuego abrasador. De esto Rita sabe mucho, por eso tiene a la corrupción que le crece debajo de la mesa de la cocina de su casa. En Valencia no hay langostinos gordos, cocidos y jugosos como los hay en el palco del Real Madrid, por eso tienen medio campo de fútbol por terminar, y más deudas que la Pantoja, que ha dejado de comer langostinos e ibéricos, porque en la cárcel no se come, coño.

Y es que sin langostinos e ibéricos la corrupción se vuelve cutre.

Los langostinos siempre fueron producto de pobres, a diferencia de los ibéricos. En realidad el marisco era lo que comían las señoras menesterosas que no tenían proteína jugosa y cárnica que llevarse a la boca, y se entretenían chupeteando productos del mar, salazones, y aceitunas machas. Esta gente era delgada y bruna, la pena del país,  hasta que se pusieron de moda en su estética de campesinas hambrientas. Ahora son un símbolo de riqueza, delgadas y morenazas aunque pasen más hambre que Carpanta, moda dixit. Todo el mundo sabe que un gordo es un tío que come a destiempo y mal. La clase obrera no tiene tiempo para ir al gimnasio, ni hace aerobic, ni corretea por los parques municipales con los cascos porque viene deslomado a casa, con un hambre de mil demonios, y lo mismo se ejecuta una fabada nocturna, que se alivia con un chuletón de Ávila. Por eso las clases medias, cuando tienen que presumir y disfrutar de la vida, no se comen el chuletón grasiento, sino que tiran de langostinos e ibéricos, aunque se queden a medio comer. Y de ahí viene la costumbre de sacarle el langostino al que tenemos enfrente para negociar. Yo es que soy rico y finolis. Yo también, y sorbe que sorbe, y chupa que chupa cabezas de bicho cocido, a la par que se enfilan las pocas carnes que el pobre acumuló en vida.

Lo de los ibéricos es otro asunto, porque era la comida de cristianos nuevos. El cerdo, como todo el mundo sabe, no es comida de judíos ni de musulmanes. De ahí, que hacer la matanza del gorrino, fuera casi lo mismo que saquear la aljama del marrano, o sea cargarse a la peña que mató a Jesucristo y exterminar a los vecinos más huraños y ricos. Y te ofrecían el platito de ibéricos, para que si judaizabas en tus ratos libres, te cayeras ahora con todo el equipo. ¿Y quién te va a ofrecer un platito de salchichón sino el capullo que se acaba de convertir y quiere hacerte la puñeta? Come, come que está muy rico, decía el cristiano nuevo con toda la mala leche del converso. Gracias, es usted muy amable, decía el usurero pensando en que no iba a cobrar a su deudores por culpa de un puñetero jamón comido a destiempo. Y venga a porfiar la pata del jamón con su tocinito y todo. Así hemos hecho la patria nuestra.

Como digo, en este país, hemos hecho política desde hace muchos años gracias a los ibéricos. El plato de la alegría, se llama popularmente, para compensar la sopa de menudillos, que aunque no daba pena, nos dejaba a todos con la mirada torva y el ceño fruncido. El ibérico compensa los males de una comida como a medias. Estoy seguro de que Napoleón engañó a Carlos IV y a su parentela con oca trufada rellena de salmón, y no con langostinos e ibéricos. Por eso los españoles nos dimos cuenta y montamos la de Dios es Cristo.

Ahora el ibérico y el langostino, por culpa de los políticos y negociantes, se saca al principio. Entremeses, entrantes: y venga langostinos primero y jamoncito recién cortado. Cuando llegan los platos de la contundencia solo se los comen los que están gorditos, porque los políticos y las que hacen dieta se pirran por lo que ya han comido hace una hora, y rechazan el lechacito, o la carne de boda, o la merluza en salsa de piquillos.

Cada sitio tiene lo suyo, eso es verdad. En Italia, donde la corrupción también arrasa en el top ten del las provincias del Sur, se lleva la pasta. Macarrones bolognesa, espaguetis carbonara, y luego te pego un tiro. Pero antes comer bien, faltaría más que se muriera un hermano con el estómago vacío. En Inglaterra, por ejemplo, la corrupción escasea, y es que comen porquerías y mierda. No hay sitio donde se coma peor en el mundo. Allí no hay quien haga un negocio en serio de los que gustan por aquí, por eso, y sin generalizar que es muy malo, cuando sale un corrupto en Inglaterra es porque le da por la pornografía infantil, y porquerías de esas, y encima lo niegan. Y ya se sabe que mentir es lo peor que hay para esta gente. Los nórdicos escandinavos tampoco hacen buenos negocios chungos, y es que comen arenques. Y los yanquis, que son la anticorrupción personificada les da por comer en la calle, hamburguesas y perritos calientes. Es normal que no haya corrupción. ¿Se imaginan ustedes dos políticos repartiéndose la alcaldía de Baltimore comiendo perritos calientes? Ni por asomo.

Yo creo que estas semanas en España ha aumentado el consumo de langostinos e ibéricos, ¿se imagina por qué? Yo sí, claro. Por eso abucheaban el populacho hambriento en el Camp Nou, porque no tenían langostinos, que se los comía todos Artur Mas con Pujol  en Andorra, encima el capullo se reía. ¿Lo vieron?

Papá, soy un corrupto.

No conozco a nadie que diga abiertamente que es un corrupto, aunque aquí no se salve ni san Pedro negando a Cristo. Y los políticos tampoco. En general hablan y hablan de lo importante que es combatir la corrupción, como si ellos no hubieran llegado al poder trepando y pisando a gente por el camino que conduce de ser un afiliado a situarse en el partido en el que militan. Nos quieren hacer creer que están ahí para luchar contra algo cuya esencia son ellos mismos. La política mancha, desde luego, y no hay oposiciones a político, ni unos estudios reglados sobre la ética del gestor público, por eso los políticos son unos tíos, que hoy día tienen que ganar elecciones y obtener una legitimidad, que no una patente de corso para hacer lo que te de la gana. Esto la clase política parece haberlo olvidado, y ha contagiado a toda la sociedad de su maniqueísmo farisaico. Igual que todo el mundo, mejor o peor, se dedica a contar al mundo lo malos que son los demás, en una especie de nuevo fariseísmo hipócrita, y lo bueno que son ellos; así los políticos están machacándonos diciendo lo turbados que están por la corrupción reinante, cuando ellos parecen ser superiores al resto, dotados de una varita mágica que cambie la naturaleza humana o algo así. Es como si no tuviera que ver con la naturaleza humana la inmoralidad.

Esto antes no pasaba, cuando nuestro país era el paraíso de la picaresca sin complejos. Les hablo de la modernidad española, que son los siglos así llamados por algunos corruptos de la historia. ¡Qué modernos somos!, decían los de la Ilustración, y ale, mientras a  robar a la iglesia con aquel sistema tan fino llamado desamortización. Es un ejemplo de lo que hacían los políticos de antaño, que son como los hogaños. y luego a recibir palmaditas en la espalda por su gran chapuza. Somos unos genios, pero lo estropeado no lo arregla nadie en siglos. La educación es una ejemplo. Necesitaremos siglos para levantar lo que en cincuenta años se han cargado los franquistas aperturistas, y los demócratas más aperturistas todavía. Y es que el problema de base seguramente está en encuadrar la educación bajo un régimen administrativo, que es algo tan útil para garantizar derechos a los administrados, como funesto para educar personas.

Lo molesto para muchos, entre los que me incluyo, es que los políticos siempre justifican sus desmanes y sus acciones diciendo que están modernizando el país, impulsando la economía, mejorando a los ciudadanos, y otras tantas patochadas que no se creen ni ellos.  Los políticos mienten cuando hablan del rival y no reconocen lo que ha hecho bien, y mienten cuando defienden la estupidez de sus compañeros de partido diciendo que ha sido una medida genial que traerá grandes bienes. No es que no sean independientes en el partido, o que los partidos no sean demócratas; es que terminan creyendo sus propias mentiras, y lo que es peor; convenciendo a la ciudadanía de que sus mentiras son verdaderas. Eso es corrupción. Algo que huele mal, algo que está estropeado y pasado, que se ha podrido. Y el juego democrático, tal y como lo hemos conocido, está sepultando la credibilidad de la democracia con cada falacia que vomitan los que se han erigido en sus portavoces.

Los políticos pierden demasiado tiempo en convencernos de que lo están haciendo bien. ¿Acaso no brilla la verdad por sí sola? Ellos no piensan así, creen que son geniales, y que para convencerse a ellos mismos de que son geniales nos torturan con sus campañas, su ingeniería social, dicen;  su manipulación mediática. Pero no nos engañemos. Los políticos de la mayoría de los países (incluido el nuestro) son unos mediocres ignorantes, entregados a saltarse las leyes que ellos mismos han hecho cuando les conviene, alegando que ya no son útiles ni eficaces.

Los políticos, de siempre, dejan una cagadita y quieren ser recordados por ello, quieren pasar a la historia y ser recordados por lo que hicieron, sin ser conscientes de que no están preparados para hacer casi nada. Es la impronta de su gestión, dicen. Hoy tenemos más placas de inauguraciones de los últimos años de democracia que de toda nuestra historia. Y es que los políticos de hoy les encanta ser fotografiados inaugurando algo. Con Franco se cebaron criticando que inauguraba pantanos, pero los demócratas contemporáneos inauguran a destajo y sin pensar: aeropuertos, autovías, hospitales, colegios, parques, mundiales, expos y olimpiadas, casas de cultura, ciudades de las artes y la ciencias y la leche en verso si hace falta. Luego dicen que no hay pasta para dotar todo eso, y se medio abandonan, pero lo importante es dejar la caquita, la impronta. Y tenemos un país manchado de improntas estúpidas, a cual más. Ahora, que hay elecciones casi todos los años, estamos inaugurando chorradas a tutiplén. Es lo que tiene la política, que vives esclavizado de los votantes, y de espaldas a la lógica y la visión a largo plazo. Los políticos inauguran bibliotecas sin bibliotecarios, o quieren potenciar la lectura y el deporte entre los jóvenes montando una campañita en plan guay diciéndoles a los chavales que es importante el ocio sin alcohol. Y se gastan una pasta que da gusto, pero les da igual. Como no es su dinero, no les importa derrocharlo. Además, luego podrán decir que hicieron algo. El ridículo, claro. Eso es un pequeño ejemplo de lo que entendemos por corrupción. Que algo se ha estropeado y hiede a putrefacción, que apesta, vaya. Y nuestra sociedad, tan políticamente correcta, apesta por muchos sitios distintos, en especial por su clase política.

No nos extrañemos, en España, la corrupción lleva con nosotros siglos y siglos. Somos los campeones del choriceo, y de la pestiña que turba las pituitarias de las personas decentes, si es que queda alguna. La conciencia de lo español en el pasado tenía dos almas: la idea que de éramos un gran imperio, y la idea de que éramos un imperio podrido y pícaro en sus entrañas. La caida del imperio Español no se realizó simplemente por una mala gestión económica y politica, que también, sino por una atávica e hispánica forma de ver la vida, donde la picaresca formaba parte de la esencia del comportamiento humano. Somos así, parece decir el Lazarillo de Tormes. Es la denuncia de Cadalso, por ejemplo en sus Cartas Marruecas, o la crítica de Quevedo poco antes. Un imperio maloliente y en decadencia. Nosotros lo vimos, tuvimos la clarividencia de apreciar la basura mental y ética en la que nos estábamos sumergiendo, y eso a pesar de los curas y sus códigos plagados de moralina fácil y barata. Esta diferencia ha sido notable, porque los Franceses o los Ingleses que son la grandeur y lo más del to be european, andan creyendo que son la hostia, cuando en realidad son bastante más pestilentes que nosotros.

Ahora no somos un imperio, pero sí seguimos siendo decadentes, sin saber qué es lo adecuado ni lo correcto. Los españoles estamos perdidos en la historia, y en nuestra estupidez miramos a Europa pensando que ellos lo hacen mejor. Y nos equivocamos de nuevo. Los alemanes inventaron el nazismo, que manda huevos, y los franceses se cansaron de aguillotinar gente, y de saquear las obras de arte de media europa. Para qué seguir. Si los Europeos no son corruptos hoy es porque les han dado buenos palos. Hoy los fríen a multas desde que nacen. Se han moralizado en su comportamiento porque los han apaleado hasta asustar.

Un ejemplo de esto que afirmo son los caballeros ingleses que visitan nuestras costas. Son gente educadísima en su pueblo, es verdad que hasta los viejos están alcoholizados hasta mear ginebra (que gran ejemplo con la reina madre), pero cuando vienen a España parecen satanases desatados por el cielo español. Son mister Hide, se vuelven más salvajes que nuestros adolescentes, que dan pena, pero creo que bastante menos pena, y es porque nuestra picaresca nos hace beber desde los doce años, con ayuda del botellón y de un amiguete de 18 años. La del cajero del supermercado hace como que no lo ve, o pide el carnet al mayor, el poli no actúa porque el gobernador civil o delegado del gobierno no quiere líos ni altercados públicos, y los padres prefieren no mirar a sus hijos para no tener que llevarse un disgusto los sábados, eso cuando no estén los papis de marcha por ahí, que esa es otra. Eso también es corrupción, aunque miremos para otro lado. Pero lo de los ingleses es lo mismo, aunque en su país digan que son unos jóvenes modernos y estupendos, con un paro juvenil mínimo. Aquí no nos fiamos de un pimpollo nuevo que venga a trabajar, por si acaso. Allí se ve que no tienen problemas con que mantengan una doble vida. Hipocresías de distintos gustos, no hay dudas.

En España pensamos que roban los demás, y nunca nosotros, pero es porque nos hemos europeizado, y ahora nos empeñamos en ver al otro como un malo, y nosotros como buenos. Antes, los españoles del siglo de Oro sabían que tanta mierda había en casa como fuera de casa, pero los Ilustrados se empeñaron en apreciar mucho a los franceses o a los ingleses. Los afrancesados se decía, que eran los que pensaban que fuera era todo fetén, y dentro todo penoso, y ni tanto ni tan calvo. Sin embargo seguimos teniendo la misma conciencia los españoles. Que los alemanes lo hacen todo estupendo, y los suecos y los finlandeses ni te cuento. Y es mentira.

La idea de que yo soy bueno, y los demás son malos viene de la lucha de clases del marxismo, donde se empeñaron en buscar una serie de enemigos de la humanidad para construir una dialéctica que funcionara con contrarios. Se ve que la razón francesa de la Revolución Gabacha no pudo dar más de sí con aquello de la fraternidad. Les debía sonar como algo de curas, de liberales utópicos, y Marx y Engels prefirieron reinventar el asunto fraternal excluyendo a la humanidad que no se unía a sus ideas; y lograron que fueran malos todos los que no pensaban como ellos; curas, comerciantes (denominados burguesía, banqueros, y tíos Gilitos), obreros esquiroles, la nobleza por supuesto que no curraba nada, incluido el Rey, y los liberales o conservadores básicamente. Estos grupos también, en un alarde de vulgaridad se pusieron a la defensiva, y convirtieron en malos a los obreros vagos y pesaditos, los sindicalistas, los jacobinos, y los revolucionarios que montan una algarada molestando a la gente de bien. Así está la humanidad ahora, haciendo la guerra a alguien que se supone malote hasta los tuétanos, aunque no se sepa quién.

Esto se ve cuando uno anda por un foro en la red. La peña se grita y se insulta con una categoría intelectual que deja pequeños a los babuinos de África, que son unos monos sociables muy agresivos. Pero no estamos tan lejos, creo yo hoy de hace dos siglos. Por ejemplo, el bueno de Robespierre ya nos dejó un buen recuerdo aguillotinando a media Francia. Departamento de Higiene decían los asesinos con pretensiones de cambiar el mundo. Argumentarían que era porque no seguían las consigna de los correligionarios asesinos, o sea fraternidad, libertad e igualdad. Y es que a los fraternos revolucionarios jacobinos les encanta jugar con las cabezas de sus enemigos políticos. Pero ellos no tienen la culpa, dirian los jacobinos, es que Rousseau nos engañó. Aquí todo el mundo es bueno, porque nadie pide perdón, decía un amigo mío. El caso es que para Rousseau la voluntad general de los ciudadanos era absoluta, se decia que o se opina igual que la mayoría, o eres un corrupto, un malvado, y ese es un gran principio democrático. Esto también es corrupción. La verdad es que se podrá decir muchas cosas de la inquisición, pero yo estoy seguro de que mataban con más honestidad, pensando de verdad que eran el demonio y que habían que lograr la unidad de la patria bajo una misma fe. Pero esto de matar simplemente porque opinan distinto y quiebran la unidad es de un inmanentismo que da grima. Te mato porque no opinas como yo, y viva Zapata, dicen los tíos. ¡Qué poca elegancia, y cuánta corrupción!

En cambio, nuestra gran nación no es corrupta por naturaleza, sino pícara. Aquí roban los de arriba, precisamente porque cuando eran del pueblo, eran pícaros, o sea trepas, astutos, listos. Es gente muy preparada, de eso no me cabe duda. Y amonestamos mejor al contrario, viendo la paja en el ojo ajeno que la viga en el propio. Si esto lo dijo Jesucristo hace dos mil años, que no diría hoy. Que vemos menos que el Iscariote ganando unas elecciones.

Esto de la picaresca, y la bondad del que se cree bueno, era el discurso de las abuelas, con aquello de nosotros no somos como esa gentuza, hasta que te pillan, claro; entonces justifican todo lo que pueden. La sociedad me obligó dicen los chorizos menos chorizos, es decir, aquellos que van al talego. En cambio los chorizos de nivel, los que roban en plan miles de millones, sacan la coartada del cabroncete que además te lo restriega: las leyes me lo permiten, dice Camps con el asunto de los trajes. Los clase media cuando se corrompe se escudan en la mentirijilla, en la mediocridad, en el todos lo hacen, o no soy el único. Esto parece decirlo el Urdanga, o los Pujol. Ya todo arreglado. y luego está la coartada justificante tipo lerdo victimista: no sabía que mangar millones y guardarlos en Suiza o Andorra estuviera mal, Sánchez Vicario, o los Pujol, que parecen estar en todo.

No sabía, dicen los tíos. Y como a los tontos se les redime antes que a los listos, pues nada. A robar y a decir que soy una víctima del trinque, que me regalaron los trajes para engañarme, que despilfarré millones en aeropuertos que no sirven para nada, que hay autovías desiertas de tíos que no sabían, que fueron víctimas de su estupidez. Que se me olvidó pasar por la ventanilla de Hacienda.

A mi me pone malo todo tipo de corrupción, pero la que peor me cae es la de los que trincan en plan directo y chulo.Y ese es el problema. Que las leyes permiten a los joputas joputear al personal, pero no permiten que un infeliz, de los que disfrutamos con una corrupción de baja intensidad, salgamos vivos del enjambre. Me molesta el tío que me pregunta son IVA o sin IVA, después de echarme una perorata sobre lo cabrones que son los tíos que nos gobiernan, y lo mucho que nos roban. ¿Estamos tontos o es que nos gusta defraudar al fisco soltando sermones? Picaresca eres tú, dices mientras clavas tu pupila en mi chequera azul.

Papá, soy un corrupto, le dijo Oleguer a su padre.

Y su padre se indignó: Hijo, en mi casa solo manga tu hermano mayor, que para eso ha salido a su padre.

Ya puedes intentar lidiar con la Hacienda de todos los españoles, que parece empeñados en labrar enemigos entre las clases populares, pagando unos lo que defraudan otros. Porque cuando se trata de millones y millones de euros, entonces no se enteran, como que andaban a otra cosa. Que no tenían inspectores, dicen. Y está claro que el único que habían se fijó en el que anda sorteando IVAS para sobrevivir. Es corrupción, pero lo del de abajo tanto como lo del de arriba.

Jesús Fonseca Escartín

Periodista y poeta

Antropología accesible

ESCRIBIR, PENSAR, AMAR , REZAR. Blog del escritor

Bold Commentary

"Writing With No Fear"

AURI

El "Mundo de los Ángeles" es un Mundo luminoso, al mismo tiempo que sorprendente, inimaginable e incomprensible para la consciencia del ser humano, que no hay que razonar demasiado, sólo lo justo. Busca esa razón "dentro" de tu Corazón y encontrarás las verdaderas respuestas.

Donovan Rocester

Una dimensión de relatos, pensamientos y poesía...

SIN MIEDO A PENSAR

Inspiración para los que anhelan un mundo mejor

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"Acaso algún día logre capturar un instante en toda su violencia y toda su belleza". Francis Bacon.

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Blog y guía de Nueva York, donde os voy descubriendo esta magnífica ciudad. Aquí encontrarás todo lo necesario para disfrutar de una experiencia new yorker.

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