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Reflexión y análisis del pensamiento ecologista.

De todos los movimientos sociales del siglo XX, el ecologismo es el que más ha triunfado. El pacifismo quedó demasiado lejos, casi tan lejos como la muerte de Ghandi; y el feminismo ha generado tal ola de estupidez con su deriva hacia las ideologías de género que digo yo no tendrá demasiado recorrido como siga así. Pero el ecologismo es otra cosa. Ha triunfado en la conciencia de la gente, y la prueba es que hay ya un importante negocio en torno a lo ecológico que genera mucha pasta, y mucha gente que ha fijado comportamientos presuntamente ecológicos sin ser consciente de ello. Bien por ellos.

Hay además, abundantes formas de ser ecologista y de plantearse el ecologismo, incluso varias de estas formas pueden llegar a ser incoherentes y agresivas entre ellas. Deviene la ecofiesta en un batiburrillo que hace que el ecologismo no sea siempre bien acogido por mucha gente, porque se identifica lo ecológico con ir en bici haciendo el gamberro por las aceras, o en alarmar a la población cada vez que llueve en otoño o hace sol en verano, o soltar una piara de armiños para que se mueran atropellados en al carretera más cercana. No, eso no es ecologismo, ni siquiera es una pose ecológica de nivel alfa.

Evidentemente no es lo mismo el ecologismo que pretende regresar a la edad de piedra cultivando cebollas y cerrando fábricas, que el ecologismo animalista que se esfuerza para que los animales no sufran en la naturaleza o fuera de ella. Mayor diferencia seguramente habrá entre el ecologismo liberal, que considera que hay que cuidar la naturaleza porque sino habrá más pobreza en el futuro, y el ecologismo espiritual y esotérico que entiende que debemos encontrar la armonía con la naturaleza y el cosmos en su Totalidad. Son muchas formas distintas de plantearse lo de la naturaleza y algunas implican una devoción religiosa y una entrega martirial excesiva para un culto panteísta que huele a adaptación al vacío occidental tan nuestro.

La variedad de formas de vivir la ecología da a entender, una vez más, que si bien ha triunfado la conciencia en casi todo el planeta de que debemos cuidar el medio natural, también nos hace pensar que la confusión reinante es enorme, y que cuando se destruye la idea de Dios se acaba abrazando cualquier manifestación ideológica que cuadre bien. El ecologismo es para mucha gente una forma de vivir por la que deben morir y matar, lo que la convierte en un peligro para la humanidad en su conjunto. El ecologismo le convendría estar a bien con la antropología para que no salga ninguna mal parada, pero tampoco viene mal conjugarla con las tradiciones culturales occidentales más humanistas, porque casi todo lo que es bueno para la humanidad a largo plazo es bueno para la naturaleza. De ahí las advertencias del Papa Francisco sobre los abusos que infligimos a la naturaleza y los abusos a los hombres. Y es que unos y otros no deberían andar por caminos distintos ni separados.

El problema de los ecologismos cuando degeneran en fanatismos está en que siempre terminan siendo alentado por los más ignorantes y psicópatas, que seducidos por una idea parcial, la terminar totalizando y absolutizando para convertirse ellos en sacerdote de lo nuevo, y en guardianes de la nueva convicción. El ecologismo no se libra de sus sectarismos particulares, eso es cierto, por eso conviene hablar de ello y reencontrar caminos de encuentro y no de división; más que nada porque puede seguir aportando mucho al hombre en su devenir hacia el futuro en un planeta-hogar limitado como el nuestro. Tampoco se libran los ecologismos de los nuevos adalides de lo verde, disfrazados de empresarios con deseos de ganar dinero, que aman la naturaleza bastante menos que sus negocios, y andan siempre en el límite de destruir cuando les permite la ley, aunque luego se pongan arrobas de insignias que afirman ser grandes protectores de la verdura y el medio ambiente. Grandes empresas energéticas con premio extra en contaminación, presumen de ser “supergreen”.

Si intentáramos poner de acuerdo al movimiento ecologista en unos principios básicos, estoy convencido de que terminarían a tortas los diferentes sectores, pues hay un ecologismo de derechas y otro de izquierdas, un ecologismo religioso y otro aconfesional, un ecologismo de sostenibilidades y diálogo con la antropología y un ecologismo de radicalidades y enfrentamientos. Pero es imprescindible que haya puntos en común que sean claros, pues el riesgo de la pluralidad es la dispersión, y el de la dispersión la fragmentación. Y la fragmentación solo conduce al fanatismo y al radicalismo, cuando no al abuso y la inmoralidad que saca beneficios hasta del sol que es de todos.

Dice un amigo mío con bastante acierto, que los ecologistas son unos plastas, pero que por desgracia tienen bastante razón en sus críticas y sus extremos. Tiene bastante de cierto. Yo mismo he escrito en este blog alguna entrada afirmando que nuestro planeta se está convirtiendo en un basurero de productos de usar y tirar, y hay que concederles la razón a los ecologistas cuando defienden la importancia de no deteriorar más el medio, bajo riesgo de que nuestra especie se vaya al carajo con su negligencia. Carajo que puede estar en el largo o larguísimo plazo, pero carajo al fin y al cabo. Por eso hay que ordenar las ideas y proponer caminos nuevos que reúnan el pensamiento ecológico, lo hagan más fuerte, y por tanto menos sectario y menos ridículo. Más serio, sosegado y firme.

Una vez más, al igual que le sucede a la antropología cultural y social, lo que mejor puede cimentar la unidad de los ecologismos es la religión católica. Por desgracia, los ecologismos han ido abrazando durante mucho tiempo las corrientes new age de armonías presuntamente orientales y posmodernas. Es un error, porque la experiencia religiosa de una cultura como la nuestra no necesita de otras formas para ser fuerte y válida, y más si queremos que vaya de la mano del humanismo. El mensaje de un Dios creador es suficiente como para que el hombre colabore con ese Dios sin dañar su obra. Mensaje olvidado en la revolución industrial, por cierto.

La ética basada en un Dios que nos ama y nos pide es bastante más sólida que la ética que se basa en el convencionalismo, los acuerdos éticos, o la razón natural, que siempre termina siendo relativa y escéptica. Tampoco, creo yo, está lejos de la protección de la naturaleza vivir la experiencia religiosa de  la contemplación franciscana de la naturaleza, donde Dios redime el cielo y la tierra, el pecado y la contingencia de la muerte, también en el cosmos y en la Tierra, siendo hermanos del mundo y la naturaleza creada por Dios para  nuestro gozo en Él. El orientalismo hace que lo ecológico se termine identificando con el yoga o con comer ensaladas de soja, pero no con ayudar a un prójimo que pasa hambre a pocos kilómetros de casa. Y creo que a la larga conduce a un espiritualismo desencarnado incapaz de resolver los verdaderos problemas del medio ambiente.

Celebrar el Misterio Pascual de la Navidad.

Navidad significa “natividad”, nacimiento, y es que los cristianos remarcamos en el tiempo litúrgico de la Navidad – tiempo que abarca desde la Víspera de Navidad, Nochebuena, hasta el domingo después de la fiesta de la Epifanía, de los Reyes – el nacimiento del Mesías, de Cristo el Señor, de Jesús de Nazaret. Pero, ¿qué significa que Cristo, el Mesías, haya venido?

Para los cristianos Jesús es el Mesías, y en la tradición bíblica más elemental el Mesías tenía la misma condición que Yahvé. Es decir, para el judaísmo de los siglos proféticos y posteriores, el Mesías era el Hijo de Dios, era el enviado de Dios, y al tener la misma autoridad que Dios, era Dios mismo. Estos rasgos teológicos primeros son elementales, porque la posterior traducción que hicieron los cristianos de los primeros siglos al lenguaje y cultura helénica y romana tendieron a cosificar el lenguaje de la fe, volviéndolo más conceptual, en el fondo más frágil y ambiguo.

No hubo traición del cristianismo a sus dogmas primigéneos, como algunos contemporáneos nos quieren hacer creer. El misterio de la Trinidad no es una elaboración esotérica ni gnóstica, no tiene que ver con los egipcios ni con los mitos griegos que por entonces pululaban por Oriente. La Trinidad Santa está presente en los evangelios desde el siglo I, y forma parte de la experiencia de fe que compartieron con el Señor Jesús los primeros discípulos. Que Dios sea Padre, Hijo y Espíritu Santo es una fórmula repetida en muchos relatos evangélicos: Pentecostés, Bautismo de Jesús, Transfiguración, etc. El mismo San Pablo habla de ello usando algunas fórmulas de salutación muy antiguas donde se menciona la Trinidad: “La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión en los dones del Espíritu Santo, estén con todos vosotros“, dice el final de la II Corintios, por ejemplo.

No es un invento de los cristianos, es una experiencia dada y revelada por Jesús a sus primeros seguidores. No hay que olvidar, que los primeros discípulos eran judíos que habían visto a Jesús y que su gran problema no fue aceptar que Jesús era el Mesías, sino comprender el tipo de mesianismo de Jesús. No era un Mesías político ni militar, sino un Mesías que perdonaba, que amaba y que se dejó matar para que fuéramos conscientes de su AMOR.

En Navidad, los cristianos celebramos un Misterio fundamental de nuestra fe: la Encarnación del Hijo en la persona de Jesús, que es tanto como decir el abajamiento de Dios, que se hace hombre. Lo traducimos popularmente como el nacimiento de Jesús, precisamente porque es la evidencia más visible que tenemos de la Navidad. Dios se hace hombre y nace de una joven Virgen. Dios, que es Trinidad, se encarna en la persona del Hijo, toma, no solo aspecto humano, sino humanidad plena. Desde ese momento, Dios será Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero el Hijo es, además de Dios, hombre. Ahora, en este momento, Dios es hombre, desde la eterna resurrección. Y eso es lo que celebramos en Navidad, que Jesús es Dios, que se ha encarnado, y que nació de María Virgen.

Los relatos de San Lucas sobre la infancia de Jesús han tenido más influencia cultural en nosotros que los de San Mateo. Lucas tiene como gran protagonista a una mujer llamada María que dijo “sí” a Dios. Desde ahí la historia de la salvación inicia una nueva etapa. Por eso María no es una santa como los demás santos de la Iglesia. La participación de María en la economía de salvación prevista por Dios es fundamental. Pero el relato de revelación de San José en sueños del misterio de María y de la encarnación es la primera señal, el primer indicio de la confianza en la nueva fe. Creer contra nuestras costumbres y leyes ordinarias es la primera gran prueba de fe de San José.

Luego vino lo demás. La fecha de la Navidad en las antiguas fiestas saturnales, que Cristo naciera cuatro años antes de lo que la historia dice, o la construcción del relato de los Magos y la persecución de los inocentes. Forman parte de aderezos cuya intención principal son engrandecer y hacer más contradictoria y soberbia la nueva fe. Hay una épica detrás de todo esto, Jesús es un David que está huyendo para evitar el daño de los que se han alejado de Dios. Ya hay una lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las sombras.

San Pablo dibujó muy bien la reacción y lo que significaba que Jesús fuera el Mesías para la cultura de su tiempo. Para los judíos era un escándalo. ¿Cómo iba el pueblo elegido a matar a su Mesías? Y encima de una manera tan humillante, como si fuera un ladrón. Es como si Moisés hubiera sido matado en el Sinaí por los blasfemos, y Dios no le hubiera protegido. ¿Qué Dios era ese? Un escándalo.

Y para los gentiles, los griegos y helenistas, el nacimiento y muerte de Jesús una necedad, una estupidez y una tontería. ¿Cómo va un Dios que es trascendencia a hacerse inmanencia? ¿Para qué hacerse hombre si es algo inferior? ¿Cómo va un Dios inmortal a morir en una cruz, como si fuera alguien mortal? Ridiculo.

Las afrentas que provoca la fe cristiana siguen siendo las mismas hoy. Jesús es un escándalo y sigue siendo una necedad. Excepto para los que lo hemos visto y oído, para los cristianos Jesús es simplemente el Mesías, el Hijo de Dios. Dios mismo.

Por eso la Navidad nos recuerda a una humanidad hambrienta, necesitada, enferma y doliente. Precisamente porque la redención no se ha plenificado hasta el fin de los tiempos, y ver al hombre pisoteado nos invita a descubrir con más fuerza que a esa humanidad solo le puede salvar un pequeño niño que nació en Belén hace más de 2000 años. ¿Una utopía? Y mucho más, es una nueva esperanza.

Feliz Navidad.

¿Ha fracasado Dios con el hombre?

El interrogante me encanta, más que nada porque como presupone la existencia de Dios, pues así nos ahorramos discutir sobre el manido tema de la existencia de Dios, que me aburre y me da fatiguita como pocos, la verdad. El interrogante que propongo, más interesante, creo yo, es sobre lo que debe pensar Dios de nosotros, y si somos la especie humana una mierda pinchá en un palo, o unos tíos fantásticos capaz de crear arte y de enamorarnos de la vida.

El asunto, dicho con letras y tono teológico, nos sumerge a lo bestia en una cuestión antropológica central: ¿ha sido adecuada la economía de salvación para unos tipos como los seres humanos? ¿Se ha equivocado Dios con nosotros? ¿Se ha hartado Dios del hombre y está a punto de mandarnos a la mierda? Desde luego en la Biblia no faltan textos que hablan de un Dios que está hasta las narices de la humanidad, y que se arrepiente de habernos creado. Extremos todos con los que estoy bastante de acuerdo, porque además de que hay mucha gente que hay que dar de comer aparte, hay otro tanto de peña que nace para engordar y morir a lo bobo mientras engulle basura televisiva con menos criterio que una vaca viendo pasar el tren. Vidas insulsas, vidas egoístas, vidas desperdiciadas, vidas atrapadas, vidas ridículas y vidas que no vale la pena vivir. Ahí Dios podría hacernos un favor y mandarnos un meteorito de esos que anuncian en las cadenas americanas, y que nos descuajeringue en un santiamén.

Pero Dios, y lo dice la Biblia, tiene un rollo bastante mas misericordioso que el mío, que juzgo con saña a buena parte de la humanidad porque me parecen unos inanes y unos comebellotas. Realmente vidas aprovechadas no hay demasiadas, vidas dedicadas a amar a los demás, dedicadas a rezar, dedicadas a estudiar, a leer, a amar, a crear vida, a crear arte, a transformar el mundo desde los valores evangélicos, hay poquitas. De hecho, tampoco yo daría la talla, por eso me exijo hacer algo mejor las cosas, y por eso pido a Dios que perdone mis pecados, mis muchos pecados. Pero ¿qué sucede con el que ni siquiera pide a Dios perdón, el que lo insulta, lo vitupera, y ejerce ideológicamente contra él? Imagino que si ha dedicado su vida a echar una mano a la humanidad, pues vale. Dice el Vaticano II que se salva el hombre que lo busca con sincero corazón, el que está tras la verdad, el que ama la ciencia y quiere hacer de la humanidad un mundo mejor. Ahí Dios, no es que tire cohetes, pero supongo que andará más contento. ¿Pero qué hacemos con tanta gente que solo se quiere a sí misma, que es egoísta hasta el extremo, que es mala con avaricia, que machaca y trepa por encima de los demás y que es mala hasta consigo misma? ¿Qué hacemos con la gente mala? Desde luego aguantarla, pero, ¿y Dios?

Me pregunto cómo estará ahora el kilo de misericordia por el cielo, aunque creo, por indicios varios, que Dios no está precisamente satisfecho con nuestra evolución. Incluso muchos piensan que vamos a peor. Mucha gente cree que Dios ha bajado el listón, y lo que se exigía en cuanto a pecados hace unos años, pues como que ahora se exige mucho menos. Es un Dios más abuelo que padre, y ya se sabe que los abuelitos lo consienten todo a los nietos. Esto es igual que en el cole, que los niveles bajan, por todo el mundo hace como que no pasa nada. De hecho, algunos teólogos dicen que no hay ni infierno ni diablo, y así es todo como más light y más fácil. ¿Pero es real esto? ¿Sigue siendo Dios el mismo o está cediendo a nuestro coqueteo con el mal?

Sin duda, catastrofistas nunca han faltado en el mundo, aunque ahora la mayoría de esta panda sean ecologistas, y nos digan que el planeta se va al pairo por culpa de los pedos de las vacas. Pero catastrofistas en plan religioso como que se lleva menos en Europa y más en América, donde hay telepredicadores dando la paliza a todas horas. Esos sí que se merecen algunos azotes celestiales. Me pregunto qué psicoanalista tendrá Dios para aguantar a tanta peña plasta, y no exterminar a tanto malo de bote y tanto pesado sobrevenido. Sin duda es misericordioso.

El tema se podría deslizar a la inteligencia de Dios. ¿Es Dios un tonto que no se entera de qué va nuestra movida? Porque para mucha gente los buenos son tontos, y los malos listos. Dios sería así un patán desinformado, y su hijo un bobolicón que se dejó atrapar y matar. Evidentemente, ésto, así dicho, a la teología no le ha interesado un pimiento, porque se despacha rápido: Dios es tan omnipotente como misericordioso, omnisciente los siete días de la semana, y salvo que queramos quedarnos con un Dios light (o sin Dios y perdidos), tendremos que aceptar el misterio de Dios. Y es que con el tema de Dios hay que ser serios, así que aclaramos: no estamos hablando del vecino del ático, un tipo listo con barba blanca, sino de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Algo más complejo y más allá del primer entendimiento humano.

Yo creo que si Dios no nos ha exterminado ya, es porque es misericordioso. Porque es bondad y está esperándonos, igual que se espera a una novia que llega tarde, porque el encuentro final sustituye todo lo demás. La paciencia todo lo alcanza, decía Santa Teresa, y Dios es el tío más paciente del mundo, porque para aguantar a su iglesia, hace falta algo más que dos tazas de tila.

Desde luego es más paciente que yo, que habría mandado a un tercio de la humanidad a Mercurio a tomar el sol, y a otro tercio a Neptuno a pasar fresquito. ¿El tercio restante? Pues eso. Usted y yo pidiendo misericordia. ¿Nos apuntamos?

¿Por qué se pierde la fe? (2)

También se abandona la fe cuando la vida concreta y cotidiana tiene poco que ver con la experiencia religiosa que se ha vivido. Si no se piensa en como vivir, es fácil que se acabe viviendo sin pensar. Fe y vida, son dos realidades que si no se entrelazan adecuadamente pueden degenerar en un enfrentamiento, en un alejamiento, y a la postre, en una distancia insalvable.

Es verdad que el hombre puede vivir alejado de Dios durante mucho tiempo, y no siempre llega el momento del hijo pródigo, el del regreso. Quizás pueda el orgullo, o quizás concibe uno las convicciones de tal manera que Dios no es imprescindible para vivir como uno decide. Yendo más lejos, cuando el hombre peca, se aleja de Dios; y bastantes personas perciben ese alejamiento de Dios como una frontera cerrada de un pais al que no se puede regresar jamás. Muchas personas que fueron creyentes entienden la fe como ardores de juventud, como ideales superados, y por tanto muertos para el hombre adulto. Se entiende así la fe como algo para jóvenes o niños, pero no para alguien que ha perdido la inocencia o el gusto de soñar en lo divino. La fe no es para gente adulta y seria, parecen decir. Para gente con niños, obligaciones, trabajos, esfuerzos y poco tiempo libre. A veces se piensa en retornar de mayor, cuando me jubile, dicen algunos. En otros casos la vida ya no tiene nada que ver.

Alejarse implica distanciarse de unos valores y convicciones éticas que facilitaban la vinculación con Dios, por eso la persona alejada de Dios, entiende los valores evangélicos como exagerados, imposibles, o irrealizables en la vida de uno. Máxime si la propia vida ha derivado por caminos muy distintos a los propuestos por la iglesia, tanto en lo ordinario como en lo extraordinario.

Pongo un ejemplo: una persona creyente, que ha fracasado en su matrimonio, se ha separado primero, luego divorciado, y con los años vuelto a enamorar y a casar. Rehace su vida, pero no desde la fe. No ha caminado sintiendo a Dios cercano. No es que quiera ir contra Dios, es que simplemente no está con Él. Cuando la vida va por un lado, y sus decisiones no se toman desde la “voluntad de Dios” o la “relación con Dios”, los caminos se separan, y la fe se pierde inevitablemente. La semilla ha caído en medio de un camino, y es una fe pisoteada sin remedio.

¿Hay posibilidad en regresar a Dios? Sí, siempre hay camino hacia Dios, sin que ésto suponga que Dios quiera nuestro mal, ni destruirnos, ni convertirnos en otras personas distintas a las que somos. Dios nos quiere tal y como somos, con nuestro pecado y nuestra debilidad. Por eso la fe no es para espíritus puros sino para enfermos, para personas deshechas y rotas por dentro. Para el que está dispuesto a mirarse al espejo, pues sabido es que en todos los lugares cuecen habas. Y en todas las almas también. Luego, el mismo espíritu que nos impulsa a caminar con él, nos va moldeando por dentro, haciendo que nuestra vida se vincule más y más a la de Cristo.

Finalmente, si la fe es confianza en Dios, en el momento que se desconfía de Dios se pierde la fe. La desconfianza nace de la distancia, de la poca relación, de la separación de las vidas. En la relación con Dios, la desconfianza es propia de los hombres, pues Dios no puede dejar de confiar en nosotros y en nuestra salvación. Dios nos ama, comprende, escucha, conoce, corrige y orienta la vida. Incluso desconfiar de Dios abiertamente implica darle reconocimiento, porque supone aceptar su existencia. La actitud de algunos profetas, huyendo de Dios, ratifica precisamente su vocación y la elección de Dios. ¿Adónde iré yo lejos de tu mirada? Si me escondo tu me miras.

Dios no falla, sino que es el hombre el que se aleja. ¿Es una opción desconfiar de Dios? Vincularse a Él no es precisamente un camino fácil, pero se puede y se debe hacer. Luchar contra Dios nos une más a Él. Es la experiencia también de Jacob Israel, luchar contra Dios, y dejarse vencer por Él. Sin embargo, la desconfianza se puede convertir en distancia, en separación, en crisis profunda. Es el caso, por ejemplo, de las personas que dejan de celebrar los sacramentos en algún momento de su vida. Por pereza, por aburrimiento, por incomprensión, por poca ejemplaridad de la comunidad o de los sacerdotes. Hay mil y una excusas, porque entender la pereza, aceptar y criticar la poca ejemplaridad de los que se dicen cristianos forman parte de las luces que otorga el Espíritu a la comunidad cristiana, siempre que se pongan a disposición de la comunidad, desde el Señor que nos preside, y siempre que se esté dispuesto a ver el pecado y la distancia también en uno mismo.

El hombre piensa que se aleja o acerca a Dios según se acerca o aleja de la Iglesia, de la comunidad cristiana y sus mediaciones (sacramentos). El hombre que no celebra su fe, que no la comparte, tiene más posibilidades de alejarse de Dios en un plazo relativamente corto de tiempo. Se acaba pensando de otra forma, más acorde al ambiente y la atmósfera social, que precisamente no es la más adecuada para vivir la fe. Por eso un grupo, una pequeña comunidad de vida, de oración, de reflexión son mediaciones muy adecuadas para los cristianos. Eso no significa que no se pueda discutir todo aquello que no es dogma de fe. No significa que estemos de acuerdo con todo lo que dice el cura de la parroquia, sino que creemos, hacemos y celebramos como adultos, con criterio y libertad. Pese a quien le pese.

¿Por qué se pierde la fe?

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El otro día, hablando con un amigo con el que compartí la fe en años mozos, me contaba que la mayoría de los amigos comunes de los grupos cristianos de la juventud, amigos comunes suyos y míos, habían perdido la fe. Son unos ateorros, me comentó con desolación. Y me hizo pensar.

¿Por qué se pierde la fe? Desde luego la respuesta no es sencilla, y la tendencia a echar culpas al ambiente social, al mundo secularizado en el que vivimos, o a la bisoñez de un cura poco empático, no me parece responsable, aunque esconda una parte de razón. Creo que prefiero ahondar en las causas filosóficas, psicológicas y espirituales, más cercanas a las personas y a cada uno. Quiero buscar las razones, pensar la vida de las personas.

Primero decir que los asuntos de fe no funcionan igual que las cuestiones ideológicas, aunque algunos lo pretendan inconscientemente. Los de izquierdas no dejan de ser de izquierdas y viceversa por una repentina avalancha de descubrimientos que les llevan a cambiar la forma de vivir. Los cambios políticos suele tener que ver con un  descubrimiento hecho desde la inteligencia, la razón, o la reflexión profunda sobre el devenir del mundo, de la historia, o las ideas políticas; pero no implican un cambio de vida, una metanous, una conversión, o un cambio de mentalidad. Las conversiones no existen políticamente, salvo que haya pasta por medio, claro, pero ese es otro tema.

Las cosas de Dios van de otro modo, entre otras cosas porque Dios ofrece un sentido vital, un horizonte existencial y de sentido que no ofrecen las ideologías políticas. La fe no es solo una adhesión a unas verdades, sino una experiencia con la trascendencia, con Dios, desde nosotros personalmente con Jesucristo. De ahí que no sea extraño que la fe se debilite en unos años, o sobrevenga y se recupere ante acontecimientos vitales únicos: enfermedad grave, vejez, nacimiento de un hijo, pérdida de trabajo, etc. Hay periodos en la vida donde las personas viven la fe con más fuerza que en otros periodos, aunque también es verdad que para muchos la fe no vuelve, no retorna, quizás por estar demasiado anclados en redes racionales que impiden ver con claridad la luz de Dios, quizás porque es posible vivir alejado de Dios sin hacerse demasiadas preguntas existenciales. Quizás durante muchos años, quizás toda la vida. No sabemos tanto del misterio humano.

Lo que sí podemos afirmar es que una de las primeras causas de pérdida de fe es que la fe, para muchas personas, choca con la “verdad” que suelen identificar como verdad racional, matemática, ajustada, limitada y estática. Se inicia con las llamadas dudas de fe, y si no se resuelven de manera satisfactoria desenganchan al “dudoso” de su relación con Dios. La solución satisfactoria no depende del grado de racionalidad, ni de lógica de la fe, como equivocadamente se cree, sino del momento personal del creyente, de la inteligencia existencial (añadida a las 8 de Gardner) para sintetizar lo teleológico con lo real, y con lo verbalizado. Es un problema de lenguaje, pero también es un problema de docilidad ante Dios mismo. De ahí que las dudas oradas y vividas desde la relación con Dios se resuelvan mejor, ayudan a encajar el puzzle de la Verdad. Cuando no se hace así, es fácil que salga victoriosa la conclusión más fácil y reduccionista: Dios no existe, y nos ahorramos dolores de cabeza. Aunque luego se reproduzcan con fuerza la pregunta existenciales de la vida. Pensar la vida, decía Ortega.

La duda de fe  puede fortalecer a la persona en sus convicciones, pero precisa del estudio y la formación, cosa que no siempre es fácil de obtener y conseguir en una sociedad donde la teología está denostada, y la filosofía es cosa de frikies. Pero son muy habituales estas crisis de fe. De hecho yo me he encontrado a menudo con personas que han perdido la fe, y que arrastran desde años cientos de preguntas teológicas mal resueltas, o resueltas de aquella manera. Con el tiempo estas dudas se sedimentan aflorando los estratos más banales de unas conclusiones simples, a modo de eslogan: esto es una monserga de curas, o es un invento de la iglesia, o la iglesia es un negocio. El error de fondo fue querer reducir a Dios a una cuadratura, y cuando se percibe su imposibilidad se abandona la fe como algo absurdo o ridículo, para acabar creyendo en cualquier apunte pasajero. Las dudas iniciales, sin resolver, han sido sustituidas por afirmaciones de supervivencia ante el misterio de la trascendencia. Excusas que eluden la pregunta.

Más bienaventuranzas y menos halloween

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Durante estos días hemos asistido, una vez más, al espectáculo de una sociedad perdida y abandonada a sus tradiciones, muy dispuesta a abrazar cualquier tontería que venga de fuera, y por supuesto que sea vendible y genere ingresos. Siguen haciendo bueno a Chesterton con aquello de que el hombre cuando deja de creer en Dios, acaba creyendo en cualquier cosa, y que razón tenía.

Halloween es una fiesta basada en una religión animista que ya no existe, prerromana e indoeuropea, una religión donde no había un concepto de Dios, donde tanto la naturaleza como los objetos de ésta eran alentados por la acción trascendente de las ánimas, los espíritus de unos seres mitológicos, habitantes de los bosques oceánicos, abundantes y oscuros en invierno, al que se unen determinados rituales para evitar que los espíritus de los muertos regresen para vengarse de los olvidadizos vivos. La fiesta de halloween tiene como punto de partida la muerte, y una serie de rituales mágicos, y por tanto supersticiosos para evitar la muerte, alejar a los fantasmas (que son muertos no muertos del todo),  y combatir el mal mediante la magia. Por eso en esta fiesta hay tanto interés en las brujas, los fantasmas, los espectros, y dar miedo a otros. Es curioso que cuando esta religión se vivía con plenitud, suponemos que hacia el siglo X a. C. en los pueblos judíos y semitas, origen de nuestras tradiciones cristianas, lo que habían eran profetas que denunciaban a los mandatarios, los reyes y los abusos de los poderosos. Era la época del profeta Samuel, o del profeta Natán, que denunciaron las idolatrías del rey Saúl, y luego del rey David. Es curioso, porque precisamente tenemos en el libro de Samuel, de esta época, un testimonio de una mujer que hacía prácticas prohibidas por Yahvé consistentes en hablar con los muertos que estaban en el Seol. Ya entonces era considerado como una idolatría el animismo, y el culto a los muertos, en la misma época que halloween triunfaba. Por eso no se puede decir con conocimiento de causa que estas tradiciones son más antiguas. Están menos testimoniadas y recogidas por provenir de pueblos más primitivos, desconocedores de la escritura, pero no son más antiguas que la creencia en un Dios como el Dios de los cristianos. Ya estaba el mandamiento del amor, y Moisés había muerto hacía doscientos o trescientos años.

La fiesta estuvo a punto de desaparecer con el cristianismo, y no es para menos. La espiritualidad optimista del catolicismo transformó las tradiciones supersticiosas y animistas de Roma, y allí donde los dioses manes y penates, los de la casa y los de los difuntos se enseñoreaban y protegían la casa y a la familia, fueron sustituidos por la bendición de Dios a la casa y a sus miembros. Los difuntos estaban bien enterrados, en espera de una resurrección misericordiosa, que transformara el mal que es la muerte, por el bien que es la vida. No había que removerlos ni molestarlos, sino recordarlos y rezar para que la misericordia infinita de Dios estuviera con ellos. De ahí que Halloween, y las religiones animistas que proponen la magia contra la muerte, quedaran descontextualizadas ante el monoteísmo. El único Dios es señor de muertos y vivos, señor de la historia y dueño de la salvación del hombre. Cristo vence a la muerte, y nos promete la resurrección para la vida eterna. La muerte se convierte en un tránsito, no en un entrampado, un cepo o una maldición. Los muertos no vagan molestando a los vivos, entre otras cosas porque Cristo es señor de esos muertos, no ajeno a ellos, ni a nadie del pasado o del futuro.

Pero hete aquí que el capitalismo ha sabido sacar tajada al cerdo, y dispuesto a hacer negocio donde no quedaban más que resistentes reliquias. Y han puesto de moda, por ser motivo de consumo, una fiesta que ya solapa en todo al planeta cualquier otra tradición autóctona. En el catolicismo en concreto aparece como la gran amenaza a la fiesta de Todos los Santos, a la que sigue la solemnidad de los fieles difuntos, que es un eco secundario de esta gran fiesta.

Esto imaginamos que será muy aplaudido por el laicismo, porque no hay mayor alegría para la masonería, por ejemplo, que la iglesia sufra un retroceso cultural. Por eso, la fiesta de halloween es especialmente celebrada en los colegios públicos, para ridículo de un sistema educativo empeñado en destruir cualquier tradición propia, incluida la cristiana. En los concertados, cada vez más dominados por el flirteo con la posmodernidad, propio de unos dirigentes desnaturalizadores y sin criterio, se acaba también celebrando para cabreo y enojo de los cristianos que todavía creen que en algún lugar se puede educar a sus hijos conforme a sus convicciones. En España no, evidentemente.

La fiesta de Todos los Santos es una fiesta preciosa, con un profundo sentido, cuya tradición, tal y como la tenemos procede al menos del siglo IV, sino antes. Los cristianos, admirados por la entrega y profundidad del testimonio de los mártires, empezaron celebrando al conjunto de los mártires casi desde el principio. Dependía de las distintas diócesis y obispados las fechas de tales martirologios, de ahí que la fiesta, tal como la conocemos fechada en el 1 de noviembre, corresponda al siglo IX y a las distintas reformas litúrgicas hechas en el medievo. Sin embargo el sentido de la fiesta y su celebración ya estaba asumida en el cuerpo litúrgico de la iglesia, probablemente desde el siglo II o III.

La fiesta de Todos los Santos es realmente el día de las Bienaventuranzas, donde se reconoce la acción de Dios en las personas que han tratado de vivir las bienaventuranzas o beatitudes. La traducción de la palabra griega makarios, seguramente cuadra mejor con una palabra más ajustada a nuestra lengua: FELICES. Felices los pobres, felices los que sufren….

El texto de las bienaventuranzas en el evangelio de Mateo dice así en la traducción de Alonso Schoekel:

Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por Rey.

Dichosos los que sufren, porque ésos van a recibir el consuelo.

Dichosos los que no son violentos, porque ésos van a heredar la tierra.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ésos van a ser saciados.

Dichosos los que prestan ayuda, porque ésos van a recibir ayuda.

Dichosos los limpios de corazón, porque ésos van a ver a Dios.

Dichosos los que trabajan por la paz, porque a ésos los va  llamar Dios hijos suyos. 

Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad, porque ésos tienen a Dios por Rey. 

Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por causa mía. Estad alegres y contentos, que Dios os va a dar una gran recompensa; porque lo mismo persiguieron a los profetas que os han precedido.

Evidentemente, tras este texto no tenemos mucho más que decir. Algo sí, que es tan subversivo que no tiene forma el capitalismo de transformarlo y sacar tajada de él. Por eso es más fácil hacer fiesta de la estupidez humana y vender humo, que tomarse en serio la profundidad de la tradición cristiana y no poder vender nada. Si nos dijera la banca bienaventurados los pobres, no podrían abrir los bancos al día siguiente sin tratar de acabar con la pobreza en el mundo, como sí trata de hacer la iglesia, los misioneros y tantas personas de bien que hay por ahí. Seguro que no celebran patochadas. Pues eso. Cada uno pone la vela al muerto que más le conviene. Los halloweeeneros la ponen dentro de una calabaza, para ver si el muerto les deja  en paz; los cristianos lo ponemos junto a Cristo que murió y resucitó por nosotros.

Lo peor de ésto, y es lo realmente indignante, es que se potencie esta fiesta en los colegios. ¿Acaso creen que no hay suficientes motivos para abjurar y vomitar contra la escuela que ya tenemos? ¿Para qué añadir más leña al fuego a algo que se está quemando y hundiendo por sí misma? Más que nada es por si saliera alguien pensando que halloween es una basura putrefacta reflejo de una sociedad enferma. Mejor quemados todos que no que se salve alguien. Eso piensan, supongo.

Resolver conflictos con el perdón.

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Casi todos los pueblos y culturas tienen algunas instituciones para resolver los inevitables conflictos, y generalmente la forma de resolver éstos debe hacerse sin provocar pérdidas que debiliten la cultura. Pongo un ejemplo sencillo: si destruimos a una familia polémica de la aldea, quizás tengamos problemas parar defendernos del enemigo exterior. De ahí que encontremos en algunos pueblos y culturas duelos de canciones, juicios de sabios, sanciones y multas que impiden, quizás como lo más importante, un baño de sangre. Es, por consiguiente, una cuestión de supervivencia y de inteligencia, no simplemente un asunto piadoso, aunque también.

Esta sabiduría, que ya aplicaron los romanos, buscaba evitar las venganzas, muy apreciadas por la plebe cuando se siente fuerte y ha accedido a alguna cota de poder. El que está en la cúspide del poder puede permitirse el lujo de ser condescendiente y magnánimo cuando no se pone en riesgo su poltrona, cosa que en el mundo antiguo era bastante infrecuente, pues la inestabilidad asolaba a los Emperadores tanto como a los Cónsules. Y es que el que está arriba no puede permitirse el lujo de aparecer como débil ante los demás. De ahí, que los poderes con más riesgo de ser devorados por otros sean los más crueles con sus semejantes. La Revolución Francesa fue un ejemplo de esto, el miedo a que fracase la revolución y que regresemos a otra cosa hizo que los revolucionarios se convirtieran en unos lobos sanguinarios, es el terror rojo, donde cualquiera es sospechoso. El perdón es sinónimo de debilidad, y por tanto una estrategia poco aconsejable, ayer tanto como hoy.

Por eso el contraste del perdón cristiano con la antropología humana o con las estrategias políticas ordinarias sean tan fuertes. Y es que el perdón es la manera que Dios tiene de relacionarse con la ofensiva humanidad.

Me llama la atención, por ejemplo, en las apariciones marianas de los últimos ciento cincuenta años, que casi siempre se habla del hombre de hoy como alguien que ofende a Dios con su actitud, y se hacen rogativas y actos reparadores para no contrariar en exceso al Altísimo. Es una teología llamativa, porque tiene mucho del Antiguo Testamento en la figura de un Dios enfadado y ofendido, pero también del Nuevo, pues presenta a un Dios perdonador y compasivo. En el Paternoster decimos “Perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofrenden”, es decir, que la reparación de la ofensa, o dicho de otra forma, la petición de perdón con algún gesto satisface a la persona que hemos ofendido, en este caso Dios. Puesto que no somos capaces de dejar de ofender, al menos que tengamos el coraje y la reciprocidad de perdonar a los que nos hacen daño.

La dinámica del perdón y la reconciliación camina de la siguiente manera: ofensa a Dios, toma de conciencia del pecado y del mal causado, y finalmente petición de perdón con un gesto de reparación.

La mirada teológica se hace intentando mirar con los ojos de Dios, y ese ejercicio, sublime y esforzado, debe examinar la Palabra de Dios para encontrar la respuesta más aproximada a la voluntad de Dios, y más acorde a lo que el autor sagrado quiso decir, en su tiempo y en su espacio, para poderlo traer al presente. El perdón es una constante bíblica y teológica, desde los relatos más fantásticos del Génesis, no por ello menos importantes en su sabiduría, como en las últimas cartas redactadas por San Pablo. El perdón recorre la espina dorsal del quehacer divino, y es que Dios es fundamentalmente Alguien que perdona, infinitamente misericordioso. Seguramente, y recuperamos el argumento antropológico, porque su poder no se resiente por mucho que pequemos.

Explicamos esto últimos, pues es interesante. El hombre que hace el mal ofende a Dios, pero no hace mal a Dios ni daña el plan salvífico de Dios para con los hombres, básicamente se hace daño a sí mismo y a los demás con su vida y su actitud. La  ofensa a Dios suele ser básicamente una equivocación grave en los valores, un daño a otra persona, o un daño contra uno mismo y a su dignidad de persona. Pero Dios no queda afectado, al menos no desde la Pascua. A Dios le pudimos dañar, y de hecho así lo hicimos. Murió torturado en la cruz, soportando el peso de nuestros pecados, y aún así nos perdonó; y una vez resucitado ya no muere más, es decir, las marcas de la cruz permanecen indelebles en su cuerpo trascendido, y el hombre ya no tiene poder sobre Él.

“Perdónalos porque no saben lo que se hacen”, es la gran declaración de principios de un Dios que sale trasquilado cuando intentó reunir a su rebaño en torno a su persona. Los suyos no le escucharon, dice San Juan. Pero no por eso los planes de Dios cambiaron, al contrario, precisamente el gran misterio de Dios consiste en extraer el bien del mal. Feliz culpa que mereció tal redención. Feliz cruz, que nos permitió contemplar la profundidad del amor de Dios a los hombres.

Por eso el perdón tiene como especial retablo y escena la cruz de Jesús y Jesús en la cruz perdonando al hombre e invitándole con sus brazos abiertos al abrazo redentor.

La liberación de la culpa, del mal que causamos a los demás, del daño que recibimos de los demás y que supone entender y aceptar nuestra condición de pecadores se celebra precisamente en el sacramento del perdón, de la reconciliación o de la confesión, o como lo queramos llamar. Dios te perdona, vete en paz, es la gran declaración de Cristo para cada uno de nosotros. Este perdón permite ver la verdadera naturaleza del perdón, y es que se basa en el amor más profundo. El hombre poco tiene que aportar a Dios, y sin embargo Dios cuenta con él y quiere relacionarse con él.

Lo importante en la relación de Dios con el hombre, no es el hombre, sino lo divino, que muestra así sus rasgos de sacralidad, autenticidad y trascendencia frente a lo profano, lo falseado y lo inmanente que supone la naturaleza humana. Lo más importante del perdón de Dios, es que Dios perdona, que es básicamente amor.

Gran parte de los problemas de nuestro mundo tiene que ver con la falta de perdón, que es tanto como habla de la falta de amor de unos con otros. ¿Se imaginan a los palestinos perdonando a los israelíes? ¿Y los israelíes perdonando a los árabes? ¿Y a la izquierda perdonando los desmanes de la derecha, y viceversa? ¿ A unos familiares perdonando aquello que les hicieron? ¿No sería un mundo mejor? Seguramente sí, pero para eso tenemos que aprender a perdonar. Como Dios nos perdona, gratis y constantemente, pues aunque otros te fallen, yo no te fallaré, dice el Señor.

La clave para entender este perdón no está en olvidar. Esto no es lógico ni justo. La frase de “perdono pero no olvido” puede ser equivocada, porque perdonar no significa olvidar. más bien podríamos conjugarla de otra manera: “porque te perdono puedo olvidarlo, estoy en disposición de olvidar el daño”, pero no está en nuestra mano olvidar el daño que nos han causado. Las marcas del crucificado no desaparecen no se olvidan, siguen estando ahí. El perdón no implica que no haya sucedido nada, sino que realza el amor que se pone para superar la diferencia, el conflicto y la ofensa. A pesar del daño que me has hecho no te guardo rencor, no te deseo el mal. Esa es la fórmula.

Me recuerda el caso de una madre con un hijo toxicómano. No le puedo dejar de querer, decía esta buena señora, pero no le quiero cerca porque me seguirá haciendo daño y me maltratará. El  amor está por encima de todo, pero no es un amor que se deja despreciar ni pisotear. No está entre las posibilidades de esta mujer salvar la vida del hijo, ni cambiarle la vida, ni podrá olvidar el mal que le ha hecho su hijo, ni debe olvidarlo. Le basta con perdonarlo, y desearle todo el bien del mundo, el que no le ha dado a ella, pero el que ella sí que es capaz de tener hacia su hijo. Eso es amor, eso es perdón.

Perdonar a un delincuente que ha matado a alguien  no significa olvidar que ha hecho daño, es renunciar a la venganza y desear lo mejor al que ha hecho el daño, y entre eso mejor está su arrepentimiento. Si fuéramos capaces de perdonar así tendríamos una sociedad más pacífica, más justa, más sólida, más humana y más cercana a Dios.

Experiencias de la vida y para la vida.

Hoy vivimos en un mundo donde se nos dice que gozar de variadas y múltiples experiencias es fundamental para tener una vida más plena. Realizarse, dicen. Debe ser algo estupendo, porque realizarse es como construirse a uno mismo pero en plan edificio de base rocosa. Ortega decía algo parecido, pero diferente: la vida es un quehacer que debe ser pensado. El problema es que hay quehaceres y quehaceres, experiencias y experiencias, y ahí vamos al tema, porque no todo es igual. Y no todo lo que se experimenta es pensado, ni mucho menos.

Hay experiencias que no son demasiado gratificantes, y aunque no se vivan no se pierde uno nada. Por ejemplo, tener una experiencias de comunicación twitteriana en plan intelectual con un zote de esos que inunda el panorama internacional es una mierda: Insultos, frases incoherentes, descalificaciones, y poca chicha. Es un quehacer semejante a jugar al candy crush que es como una droga de entretenimiento de móvil.  Te pasas el rato, y se te pega un estrés por el cuerpo que piensas si no hubiera sido mejor haber perdido el tiempo en cosas a priori más aburridas. es un quehacer pensado, en este caso una pérdida de tiempo que descubres cuando has pasado unos cuantos miles de horas delante del cacharrito. Discutir con la ignorancia es también una mala experiencia, porque nunca llegas a ningún sitio donde no hubieras estado antes.

En conclusión, si no tienes esa experiencia no te pierdes nada, como no sea perder la tranquilidad, o tener otras experiencias mejores para pensar en ellas.

Experiencias insulsas hay muchas, y a la gente en general le encanta contarlas y hablar de ellas como el no va más: hemos estado en un restaurante que se come genial (pues vale); hay un grupo que toca de puta madre (me alegro), me he tirado en parapente y me he orinado encima (fashión tío), hay un balneario donde te restriegan chocolate por el cuerpo y es flipante (que rico), subimos al Kilimanjaro y nos soltaron varias gallinas para que viéramos como se las comían los leones salvajes, da buten. Me parece estupendo. Son experiencias seguro que maravillosas pero no creo que cambien la vida a nadie. Aquí incluyo el gol de Iniesta. Muy bien tío, somos los mejores del mundo, o sea ellos. Y ya está. Ahora son los peores, no pasa nada, vale. Son  experiencias mejores o peores, pero vacías de contenido. En la vida, gracias a Dios, hay experiencias únicas que si no se viven se puede pensar que no se ha vivido del todo.

Por ejemplo tener un hijo, o dos o muchos. Tengo un buen amigo salmantino que dice que hay dos tipos de personas: los que han tenido hijos y los que no. Y dice que los que tienen hijos pueden entender a los que no, pues recuerdan los años en los que estaban solteros y no gozaban de tal compromiso.

Pero es imposible que los que no hayan tenido hijos puedan entender a los que los tienen, pues requiere tal descentramiento y gratuidad que es imposible entenderlo para el que no lo ha vivido. Y no le falta razón.  El que no ha tenido hijos no sabe lo que es, y aunque se lo pueda imaginar, coincidimos muchos padres que es bastante distinto que lo que nos contaron, bastante mejor, bastante más prosaico y bastante más sublime a la vez. Una experiencia inenarrable, una montaña rusa de sentimientos irrepetible.

Podemos intentar páginas y páginas de literatura, pero un padre o una madre que abraza a su hijo por primera vez… eso es inenarrable. Simplemente o se vive o no se vive. O se ha experimentado o no.

Supongo, que en medio de esta reflexión tengo que reconocer que hay algo en una experiencia que no se puede comunicar fácilmente. Una persona enamorada jamás podrá comunicar su experiencia a aquel que nunca se ha enamorado. Pero le será muy sencillo hacerlo con alguien que pierde los vientos por su amante. De ahí que podamos entender la experiencias del otro cuando hemos experimentado algo parecido.

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A mi la gran experiencia que me gustaría comunicar con mejores maneras es la experiencia de Dios. Es única y sublime. Entiendo a San Juan de la Cruz cuando intentó describirla con poemas de amor y pasión amorosa, y se quedó corto, pero es lo mejor que se ha podido hacer en cualquier lengua, y por suerte lo disfrutamos en castellano. Y es que es realmente imposible hablar de la relación de uno con Dios porque Dios te descoloca cuando lo ves y lo experimentas. El mismo Francisco de Asis hablaba de una intimidad imposible de comunicar. Las videntes de Medjugordie, Lourdes, Fátima coinciden en que estamos ante una experiencia inenarrable, pero no imposible para el alma.

Una persona que NO haya visto a la Virgen con sus ojos terrenales, puede experimentarla con el alma, y tal intensidad trasciende la propia vida, la transforma, la cambia. Es lo que llamamos conversión, que en griego es algo así como “metanous” cambio de mentalidad. La experiencia mística es un regalo de Dios, no es controlado por el orante, no es lógica desde su exterioridad. Es una experiencia que saca a uno de sí mismo y que lo abrasa en un amor fecundo y suave: un fuego transformador. Llama de amor viva, decía el poeta místico. Que a vida eterna sabes. Es asomarse al abismo de la Totalidad para paladear unas gotas de su ambrosía.

Todos los creyentes que hemos vivido alguna experiencia mística hemos sentido que era un regalo de Dios que no apetece contar demasiado. La experiencia de Dios que uno vive es un verdadero striptease personal y aún así muy difícil y complicado de comunicar. Desde fuera se percibe como una rareza, como una estupidez, o simplemente no se percibe, pero para el que lo vive es único.

El que no ha tenido experiencia de Dios, no entiende nada de esto. Suelen, en foros de diálogo con ateos y agnóstico ( de los que me salí hace tiempo por aburrimiento), hablar de psicologías, de alucinaciones, de mentiras, de crímenes en la historia de la iglesia, y asuntos por el estilo. Es lo más que pueden llegar a decir sobre algo que no han experimentado, inquisición para arriba inquisición para abajo. ¡Cómo si tuviera algo que ver con Dios! Sería como si un soltero hablara de pañales, de gastos y de chupetes. Se perdería lo más importante de la paternidad. El no creyente suele resolver el problema de Dios con un simple Dios no existe. Y esto para un místico es un absurdo, porque la experiencia es real y trasformadora. La experiencia yo la he tenido, es lo que responde el creyente.

En lo que estamos de acuerdo es que es imposible de comunicar.

Es tan real y auténtica como tener hijos, tan cierta y fuerte como tirarse en parapente, tan única e inefable que se convierte en algo impagable, un asomarse a la felicidad, a la felicidad absoluta que es Dios. Pero no se puede contar sin que el no creyente dibuje una mueca en su rostro. Es imposible entendernos y comunicarnos.

A menudo he escuchado que para qué sirve la religión, que es como preguntar para qué sirve Dios. Sin duda es una pregunta marcada por el prejuicio de lo valioso. Suelo responder lo mismo: ¿no desgrava a hacienda creer en Dios? No nos entendemos.

Hoy en el mundo de la escuela, que es la que me ocupa y preocupa, la experiencia de Dios no está, ni en la pública, donde está mal visto, ni en la concertada, donde es residual en muchos centros educativos. Ni se reflexiona sobre la experiencia de Dios, ni se educa sobre ella. Me atrevo a decir que en muchas parroquias e iglesias, incluso movimientos de iglesia tampoco está viva esa experiencia de Dios. Se habla de iglesia, de curas y de planes pastorales, pero no se garantiza bien la experiencia de Dios. Por eso no podemos trasmitirlo.

Por eso es tan negativa la mala experiencia religiosa. El que tenía que facilitarla lo imposibilitó con una vida incoherente, con crímenes, con abusos o con incomunicación de su experiencia,… La solución puede ser fácil. Abrir una puerta nueva a Dios, darle otra oportunidad. Porque Dios no es el cura zoquete, ni el catequista incoherente, ni el obispo aburrido. El problema es que no siempre están los confesionarios dispuestos a confesar, ni los templos abiertos a los que buscan una respuesta. Tengo sed de Dios, dicen muchas personas, pero nos guardamos el agua para nosotros sin ofrecer siquiera un vaso.

Este año, que he obligado a los alumnos de bachillerato en Filosofía a leer uno de los evangelios y responder algunas preguntas de comprobación, las respuestas de estos no dejaban de ser más que sorprendentes: no me lo imaginaba así, nunca había leído algo así, no lo entiendo, los milagros no me los creo, y respuestas por el estilo. Pocos habían tenido una experiencia narrativa intensa desde algo religioso, y ninguno había reflexionado sobre las características de un texto religioso, y les llamó la atención. A unos les impresionó y a otros les molestó. Pero a pocos se les hizo indiferente la lectura. Fue un vaso de agua fresca para chicos que no sabían que tenían sed, para gentes que nunca habían refrescado su boca con algo que los saciara. Fuente de agua viva, decía San Juan de la Cruz.

Tuvieron la posibilidad de tener una experiencia única. Precisamente eso que se está permanentemente negando en el estilo de sociedad que vivimos, escuela laica o concertada incluida, porque suelen ofrecer ya el mismo sinsentido y el mismo vacío. Experiencias y enseñanzas que no enseñan ni ayudan a vivir mejor. Que no sacian la sed que tenemos todos los hombres. Ya lo decía San Agustín: nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en tí.

Los ateos y agnósticos de hace unos años pudieron elegir, rozaron la experiencia, pudieron entender algo de ella. La experiencia religiosa se ofrecía de manera obligatoria, de ahí los rechazos y los abrazos a la misma. Saben de lo que se habla, y conocen el discurso del cristianismo. Pero los ateos y agnósticos de hoy lo son simplemente por ignorancia. No saben nada de Dios, ni de Cristo, ni de la Virgen, pero lo desprecian desde la arrogancia de la ignorancia laica de nuestro tiempo. Esto, lejos de ser un problema, es una oportunidad, deja la puerta más abierta que nunca a una experiencia nueva. no tienen prejuicios forjados en una experiencia negativa, son perjuicios sin experiencia, fáciles de cambiar.

La experiencia de los apóstoles tuvieron de Jesús se puede seguir compartiendo, se puede llegar a apreciar, y se puede repetir. Por desgracia, la sociedad contemporánea está empeñada en que las personas no conozcan al Dios cristiano, un Dios que interroga y pregunta por el hermano, un Dios dispuesto a darte la felicidad.

Me gustaría haber trasmitido  a la gente con la que comparto las clases la experiencia de lo divino y lo trascendente como la gran experiencia, pero una vez más quizás no lo he conseguido. En palabras del maestro: muchos son los llamados, pero pocos los escogidos. También El predicó en el desierto, y eso me da paz y me justifica a la vez.

 

¡Desconfianza!

He tenido la desgracia en los últimos tiempos de verme rodeado en el trabajo de un ambiente de desconfianza disolvente y machacante. Les aseguro, que tras esta experiencia laboral, aquel sugerente dicho que afirmaba que donde hay confianza da asco, me parece ahora una delicia. Porque la desconfianza es lo más pernicioso que hay para el ser humano, y a las pruebas (y a la experiencia incluida en el insti del Bierzo en el que curro) me remito.

La desconfianza ahonda en lo peor del hombre. Rescata y saca a la luz una serie de mecanismos de protección, que se convierten a la larga en una cadena esclavizante para cualquiera que lo viva. La desmotivación está garantizada en un ambiente así, del que el principal responsable es el superior, que no siempre se entera que cuando hay mal ambiente y desconfianza la gente trabaja peor. Dicho sin ambages: si uno trabaja rodeado de gente desconfiada, termina trabajando de otra forma, o sea sin ganas y estresado. No ofrecerá todo lo que puede dar, y en cuanto pueda se largará a otro sitio. La desconfianza es una fuerza centrífuga que arroja fuera de sí cualquier calor humano que pudiera haber, cualquiera creatividad y cualquiera buena idea. Es diabólico en el sentido más etimológico de la palabra, dispersador, engañador y centrifugador de afectos e inteligencia. La desconfianza acaba engendrando mediocridad y tristeza.

Es fácil comprobar como en ambientes donde unos desconfían por sistema de otros se genera una conducta hipócrita edificada en una ética heterónoma infantilizante. En estos lugares muchos acaban hablando bajo para que no nos oigan, se oscurecen las razones de porqué se convoca tal o cual reunión; hay que estar, pero no dicen para qué por si acaso nos vamos de la lengua. En estos ambientes se disimulan los afectos, pocos dicen lo que piensan para evitar ser señalados, e incluso las conductas comprendidas en otros lugares como normales, se hacen sospechosas hasta corromper la conciencia más equilibrada y tranquila del mundo. Aunque la conducta sea adecuada, razonable y buena moralmente, (en una palabra pensada), se duda y se genera una culpabilidad en los más débiles moralmente, fruto de las miradas aviesas, los controles y las conductas manipuladoras de los más desconfiados, que siembran una atmósfera de maldad y sospecha sobre el otro. ¿Lo estaré haciendo mal cuando todo el mundo piensa mal de todo el mundo?

Todo se anota, se supervisa y se firma, nadie puede escapar a un control normativista absurdo, hecho por los más desconfiados para aparentar seriedad, cuando realmente lo que expresa es la más profunda desconfianza respecto a lo que el otro me puede ofrecer. Antes de que el otro falle, le obligo a que acate las normas de la empresa, del instituto, del grupo o de lo que sea. El otro vale poco sin normas que le obliguen, parecen querer decir. Estos ambientes son odiosos y nadie los quiere, pero cuando llegan es difícil evitarlos. Se requiere tiempo para cambiar las cosas, y en estos ambientes hay que desmontar el recelo y el rencor acumulado por años de sospechas.

La desconfianza se percibe en cuanto notas que algunos se esconden para evitar problemas, en cuanto no se dicen con claridad las cosas, cuando no hay ideas y nadie manifiesta la más mínima creatividad. Se aprecia cuando solo hay ideas nuevas para uniformizar, para igualar lo distinto, o para someter al desconocido que trae aires nuevos. Es un grito a la inteligencia ver que el trabajo del otro no se respeta, que se desprecia pública o privadamente, donde se murmura sobre tal o cual conflicto ordinario. Algunos siempre están echando mierda sobre el otro, quizás porque desconocen todo del otro, o porque creen conocerlo demasiado bien. Nunca se ciscan en el que se oculta y disimula, por lo que acaba siendo la conducta más estimada en estos ambientes. Pasar de todo, y esperar el relevo. Como las legiones romanas de Petibonum. El problema es que cuando se disimula y uno se esconde se queda a merced de los peores. Un ambiente de desconfianza se percibe enseguida porque en lugar de trabajar con alegría, la peña fluctúa entre el escaqueo, el miedo, o la mediocridad compartida.

A lo largo de estos dos años he comprobado como uno de los primeros males que genera la desconfianza humana es el resurgir incontrolado de normas y reglamentos internos. Como no se confía en la naturaleza humana, ni en el otro, se prefiere confiar en las normas. Se crean normas de obligado cumplimiento para evitar que las personas sean personas, y se construye un edificio laboral alienante y ridículo. En estos lugares todos tienen que trabajar exactamente lo mismo, de manera idéntica y uniforme, y el que no haga lo que decimos nosotros los desconfiados rompe las reglas del juego. En un ambiente de desconfianza es fácil que los peores impongan a los mejores sus igualitarismos uniformizantes con su mediocridad. Nadie puede ser especialmente creativo, ni generoso, ni bondadoso, ni humano, ni blando con el alumno, ni duro con ellos. Todos tenemos que suspender lo mismo como profes, se dice. Es lo que destacó Nietzsche en su genealogía de la moral, la desconfianza de los que se consideran buenos acaba aplastando a los que son mejores a ellos. En un ambiente de desconfianza los peores compañeros se quejan de que son los malos de la película, sin reparar en que efectivamente son los peores y los malos, y que actúan manipulando a los demás para que sean como ellos. Darth Vader era un malo que no se quejaba de ser malo, pero estos desconfiados se quejan de que no son malos los demás, se convierten en malos sin escrúpulos, en malos mediocres y cutres. Malos insatisfechos, y sin conciencia de su maldad, que es lo peor.

Decía un amigo mío hace unos años, que hay que evitar acabar como ellos, como esta gente que desconfía de los demás, entre otras cosas porque nunca respetan a los compañeros. No respetan (ni confían) en que el otro es tan buen profesional como ellos, y no respetan que tengas ideas buenas distintas y originales, cuando ellos no las tienen. No respetan ni aceptan que te lleves bien con el alumnado, que escribas tu material, que seas bueno dando clase, que apruebes a más alumnos que ellos, y crearán por todos los medios mecanismos para generar desconfianza entre tú y tus alumnos. Son maledicentes por naturaleza, y generan atmósferas opresivas en los centros de trabajo donde están.

Desconfían porque piensan que los demás les roban cosas, que los otros hacen las cosas con maldad y a sabiendas, que el otro les miente porque no se atreve a contar la verdad. Y aunque les cuentes la verdad una y otra vez ellos siempre tendrán su fantasiosa versión llena de cotilleo y resentimiento. El que desconfía del otro lo somete a control, y en ese control se crean normas y normas para que el otro, (un geta según nuestro gran desconfiador), no se escape haciendo lo que quiere, que es lo que harían ellos si pudieran. En realidad no es que haga lo que quiera, es simplemente que no hace lo que el desconfiado quiere. Es una forma sutil y dramática de manipular al otro, forzándole a ser como ellos.

La desconfianza genera antipatía y odio por el otro. Se le deja de querer para convertirlo en un objeto del que uno puede deshacerse, relegarlo, jubilarlo, o incluso promocionarlo para quitárnoslo de encima. Cuantos ambientes enrarecidos han dado lugar a un odio disimulado, a una animadversión permanente, donde cuando pueda me la pagará. Es la desconfianza la responsable, y sus desconfiados vientos.

Esto que se genera y he conocido en un ambiente de trabajo cotidiano, ¿qué no será en una sociedad donde la desconfianza se instala en la mentalidad y la atmósfera de toda la sociedad o la política? Imagino los países y lugares en la historia donde la desconfianza generó en guerra civil, como aquí en España. Nadie confiaba en que los demás cumplieran las normas, nadie confiaba en que el otro tenía ideas propias que podían ser buenas o al menos discutibles. Nadie confiaba en el que no era de su bando, y el odio se fue instalando en las mentalidades más rencorosas y primarias.

Por desgracia en nuestra sociedad parece que la desconfianza, que es un mal moral y ético, distribuye sus tentáculos de hidra venenosa sin control. Muchos medios de comunicación siembran la desconfianza en el adversario político, tertulianos de oficio con la desconfianza por regla han generado no pocas veces sociedades donde el común deja de pensar para empezar a desconfiar. Hoy muchos desconfían de los políticos, de la democracia, de la izquierda, de la derecha, del que no es como yo.

Y solo hay un remedio y una solución bastante simple y que consiste en volver al simbolein (contrario al diabolein). Que donde haya odio ponga yo confianza, amor, entendimiento, paz, diálogo y verdad. Eso dijo San Francisco de Asis en una hermosísima oración que nos ha quedado. El hombre bueno no rehuye el conflicto, como parecen susurrar los desconfiados y los escondidos, al contrario, se enfrenta directamente a él, dice la verdad aunque le cueste, y se empeña en cambiar todo lo que puede la realidad para que las cosas sean distintas. Lo primero, desmontando el mal generado.

¿Qué más decir?

La desconfianza no es propia de Dios, que al fin y al cabo, sigue confiando en el hombre, y con la que está cayendo no es poco.

El dolor del hombre creyente.

crucif

 

“A más sabiduría más pesadumbre, aumentando el saber se aumenta el sufrir”.

Eclesiastés 1, 18

Esta sentencia que nos ofrecía el otro día el Oficio de Lectura de la Liturgia de la Iglesia está llena de verdad y bien. Se trata de una cita tomada de la Biblia, en concreto del libro del Eclesiastés, o Qohelet, una obra de literatura sapiencial tardía, donde el autor se enfrenta a la vida desde el realismo y cierto agotamiento personal. Una obra maestra de esas que están prohibidas en según que ámbitos y círculos.

Allí dice que el hombre pierde el tiempo toda su vida buscando cosas, sueños y deseos que son la nada. Nada gana afanándose en correr tras el dinero, nada gana intentando atrapar el placer efímero, nada se llevará cuando camine al abismo de la muerte. La vida, parece decirnos el autor, es más bien otra cosa. Y sin duda no le falta razón.

Me recordaba, salvando las distancias, al pensamiento de Baruc Espinoza, donde el placer era un instante anterior a una pena más profunda, donde la codicia obligaba al hombre a guardar sus bienes obsesivamente, y donde el deseo de conseguir la fama se convertía en una droga adictiva. También me hacía pensar en Ortega, donde la vida es un devenir reflexivo y activo, una vida razonada en la circunstancia de cada uno.

La vida en Ortega era una vida para ser pensada, pero mejorando al filósofo español, podríamos entender la vida como una entrega en un amor que se vuelve doliente. El sentido de la vida en Ortega no está demasiado lejos de la reflexión de Qohelet. Ambos sienten el gusto por la sabiduría, los dos están buscando una verdad. Para Ortega vivir es pensar, y en Qohelet la vida puede ser una necedad absoluta si uno se autoengaña.

¿Es cierto eso que dice el autor, que el sabio arrastra una pena contigua? ¿No debería ser al revés? ¿Es el hombre sabio un hombre melancólico? Sería un error comprender la vida cristiana de esta manera, y quedaría profundamente truncada la visión de la sabiduría bíblica que intentamos desentrañar. ¿No son sabios los sencillos, dice el Señor? Desde luego la vida en Jesucristo parece tener que ver más con una entrega desmedida, una entrega que conlleva una carga de dolor significativa.

Dicho de otra forma: el dolor tiene sentido para el hombre sabio. No es el centro de la sabiduría divina, pero es consecuencia del amor y la entrega.

La cita completa aclara algo el asunto: “He aplicado mi corazón a conocer la sabiduría y también a conocer la locura y la necedad, he comprendido que aun esto mismo es atrapar vientos, pues donde abunda la sabiduría, abundan penas, y quien acumula ciencia acumula dolor” .

El hombre que vive engañado es aparentemente feliz. Su ignorancia despierta en él la soberbia, el atrevimiento y el egoísmo. La ignorancia tiene como hijos la indiferencia y la pereza, y el hombre necio se crece pensando que todos deben ser como él, vacíos y tibios. El hombre Nietzscheano (que respondería a este modelo) cree que es superior moralmente, pero es también un hombre infeliz en su tragedia. La vida la construye como un drama donde nada tiene sentido, y donde buscar el sentido es un absurdo en sí mismo. Su tragedia parte de la afirmación de que Dios ha muerto, de que no hay sentido, ni hay que engañarse buscando la verdad. Pero Qohelet no afirma que Dios no exista, ni que la sabiduría sea una quimera alejada de Dios o inexistente. Al contrario, la sabiduría genera dolor, igual que una madre que quiere a sus hijos, y los quiere hasta el dolor de sufrir con solo pensar en su pérdida.

El hombre de nuestro tiempo prefiere disimular la tragedia humana con la que es arrojado al mundo con una capa de barniz de falsa felicidad. Se aturde con el placer fácil, se escora creyendo que el hombre es producto del azar y del absurdo. Prefiere así no enfrentarse a la vida, ni a si mismo.

Por el contrario, el hombre sabio que cuenta la Biblia es un hombre sencillo, que ha buscado porque ha amado. Que ha reflexionado y entendido que el hombre es algo más que hedonismo, placer, o egocentrismo. El hombre bíblico se parece a una buena mujer que es generosa con los pobres, aunque no tenga casi nada que ofrecer. El hombre bíblico se duele con el que sufre, y se alegra con el sencillo. El hombre bíblico es un hombre que encuentra la paz en la oración, y el sentido de su vida mirando a Dios a los ojos. Qohelet nos enseña la tristeza que proporciona la necedad del hombre, la locura del pecado, la vanidad de la soberbia del que no ve más que lo que puede ver con los ojos. Para los creyentes la felicidad no se puede ver con los ojos, y tiene como punto de partida y de llegada a Dios.

Nuestra sociedad parece desconocer esa felicidad y esa sabiduría. Y se empeña en que no sea conocida por la mayoría de la gente. Y eso es doloroso para el que ama al prójimo, incluido el Dios de la Cruz.

 

Realismo islámico en las novelas de Naguib Mahfuz

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Naguib Mahfuz, (El Cairo11 de diciembre de 1911 – íd., 30 de agosto de 2006), fue un escritor egipcio. Conocido especialmente por su obra narrativa, le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura del año 1988, siendo así el primer escritor en lengua árabe en recibir dicho galardón, y el más reconocido.

¿Qué a qué viene esto ahora?

Acabo de leer la primera de sus novelas de la Trilogía de El Cairo, “Entre dos palacios” donde retrata la vida Egipcia de principios de siglo, con las primeras revoluciones, la de Saad, que fue independentismo contra los Ingleses.

Estamos en el final de la Primera Guerra Mundial, y el Islam que nos describe está lleno de tradición, familia, religión, autoritarismo, hipocresía y por supuesto muchos aromas de un mundo que ya no existe.

Pienso en cambios sociales, mundos cerrados que se abren, sociedades que buscan ser ellas mismas, independencia y libertad frente al usurpador, que casualmente sigue siendo inglés.

¿Qué puedo soñar? En un Egipto democrático y libre, dueño de sus mejores tradiciones. Un sitio donde la paz y la justicia sean posibles.

Como Ahmad, el señor personaje de la novela, hipócrita y firme en casa, amable y risueño con sus amigos, pido una oración para que “la Paz que trae Dios sea más grande que la injusticia que desechamos”. Por Egipto y por su gente, se lo merecen.

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