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Antologías y fragmentos de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Los hijos de Pelayo (II)

Hay sucesos en la vida que nos marcan de manera especial, y que suponen un punto de inflexión respecto del futuro: una reunión, el conocer a alguien que luego será especial, una nota en un examen, una visita al médico… son difícilmente reconocibles cuando llegan, pues se suelen esconder tras la vida cotidiana y la rutina. Sin embargo, según pasa el tiempo, son detectados como centrales e incisivos. Son auténticas encrucijadas que nos ofrece la vida de manera silenciosa.

A Fernando y a Nuño la vida les cambió en momentos muy puntuales, todos relacionados con la amistad. El episodio de los lobos, o el choque con el infante García, fueron quizás los más destacados dentro de una vida que les fue llevando a lo que terminaron siendo. En el momento no fueron demasiado conscientes de la inflexión, a diferencia del abuelo, que sí percibió un abanico nuevo, una luz de esperanza en el futuro.

De todos los episodios, el de los lobos es el que más impronta deja entre los castellanos. Y uno de mis favoritos. Es la primera aventura digna de ser contada. De ahí que lo haya seleccionado.

FRAGMENTO:

 

Uno de los días, en un paseo hacia el Pisorga se les hizo algo tarde para regresar y almorzar con el abuelo. Como apretaba el hambre y el sol decidieron retrasar su vuelta y buscaron un sitio a la sombra donde pudieran dar cuenta de la pitanza que en el morral llevaban: unas rebanadas tiernas de buen pan de trigo, un cuero de vino fresco y cinco tajadas de queso viejo curado, picante y pastoso. Hallaron un lugar agradable y umbrío, a la vera de río. Apenas se habían acomodado cuando los alertaron unos gritos de auxilio. Quedaron muy sorprendidos y se levantaron de inmediato. Las voces parecían de un niño, o de alguien joven. Se escuchaba a su vez el bufar y relinchar de un caballo atemorizado. No se lo pensaron dos veces, y rápidamente montaron en Negrisca, tomando la espada uno, y la lanza el otro; y trotaron hacia el lugar de donde procedían las voces.

-¿Quién va? ¿Quién necesita ayuda?-, respondieron gritando.

Sin duda era aventurero y temerario proceder así, pues no eran sino dos muchachos, pero se sentían tan seguros de sus habilidades que, salvo un peligro descomunal, pensaban que podrían hacer frente a cualquier eventualidad, como era ayudar a un desconsolado que pedía protección. Los guiaba además la curiosidad por conocer el origen de tales súplicas. Así, al volver hacia un claro quedaron petrificados ante el peligro que se cernía, ahora también sobre ellos. Una manada de lobos rodeaba un caballo, que nervioso soltaba coces a diestro y siniestro. Uno de los lobos parece que había caído herido, pues aullaba lacerado en el suelo con una brecha a todas luces mortal, pero los otros seis lobos hambrientos trataban de alcanzar la garganta del equino dando saltos con fiereza. El caballo estaba descontrolado, su belfo expresaba tensión y sólo las riendas lo sujetaban a unos arbustos, de los que intentaba soltarse coceando y pateando al aire. De no encontrarse amarrado habría escapado al galope.

Nuño reaccionó con valentía y rapidez.

-Descabalga y pásame la lanza- le pidió a su hermano.

-Yo me quedo con la espada- indicó Fernando repartiendo así las armas que tenían-. Hay que vendar los ojos a Negrisca o se asustará.

Tapó los ojos del cuadrúpedo con su jubón mientras se dirigía hacia los lobos salvajes. Nuño atacó con la lanza ensartándola violentamente contra un lobo joven más próximo. El animal herido de muerte dio un alarido y cayó al suelo. El resto de lobos rectificó en su ataque, mirando y abriendo sus sanguinarias fauces contra Nuño y su vieja yegua. En ese momento se soltó la provisional venda de Negrisca, y el animal, viendo a los enemigos que lo rodeaban, se excitó haciendo un quiebro con sus patas delanteras. Estuvo Nuño a punto de caer del caballo, y perdió momentáneamente la brida y el control del animal.

Fernando se quedó retrasado, pero cuando vio en dificultad a su hermano blandió su espada gritando contra los lobos, dispuesto al menos a tajar el cuello de alguna de aquellas bestias sedientas de sangre. Acometió como lo había entrenado el abuelo, con la espada en alto y mostrando el brazo a modo de escudo. Al aproximarse lo suficiente la hoja voló dócilmente de arriba abajo asentando sobre el lomo de una de las fieras que ya se apresuraba a morder su abdomen. El golpe dejó al animal herido, pero provocó que los otros lobos rodearan al joven. Iba a ser un bocado suculento, pues los lobos atacan siempre en grupo y a la vez, bastaba la indicación del principal de la manada para poner fuera de combate a Fernando. Entonces oyó la voz que antes gritaba, y que lo hacía ahora desde lo alto de un árbol. Vio a un chico de su edad, encaramado. Le invitó a subir al árbol, desde donde había contemplado todo, pero Fernando no tenía posibilidades de darse la vuelta para trepar por el empinado castaño.

Por suerte Nuño había retomado las riendas de Negrisca, recuperó su lanza y la enarboló sobre su cabeza, acometiendo de nuevo a las bestias. Se acercó lo suficiente para distraer de nuevo a los lobos, los cuales estaban ya dispuestos a devenir con un ataque maestro y definitivo contra Fernando. El muchacho se agachó, y desde el suelo blandió de nuevo la espada, por lo que los lobos retrocedieron un poco, pero se mantuvieron a distancia acorralando más y más al muchacho. Entonces Negrisca, encolerizada y tensa levantó las patas delanteras coceando a los que encontró a su paso, fue entonces cuando Nuño cayó del caballo, y Fernando partió de un tajo media cabeza del lobo dominante.

Nuño se encontraba tirado en el suelo pensando que sería atacado por las fieras; sin embargo, a pesar de la superioridad numérica de los lobos, los animales salieron huyendo. Sin duda, la muerte del jefe de la manada los había dejado sin orientación ni guía, y tras su espantada solo se escuchaban los agonizantes, lastimeros y quebradizos aullidos de los animales que habían herido los de Carrión.

Fernando fue directo a socorrer a su hermano, mientras sujetaba a Negrisca que se había alejado acercándose al otro caballo, todavía nervioso. Nuño se había doblado el brazo al caer, y aunque no parecía haberse roto nada, le dolía mucho la articulación derecha. Se levantó sin otros dolores, y al examinarse comprobó que el codo se le empezaba a hinchar, sin que pudiera moverlo sin dolor. El muchacho que estaba encaramado en el árbol bajó del mismo, y se dirigió a los muchachos.

-¡Dios mío! ¡Qué miedo he pasado!–, exclamó temblando todavía y con signos evidentes de nerviosismo-. Muchas gracias, quienquiera que seáis, de verdad muchas gracias.

Nuño y Fernando no sabían que decir, estaban nerviosos por la adrenalina del combate, y miraban alertados por donde los lobos habían huido, con el temor de verlos regresar.

-Creo que me he roto el brazo, no lo puedo mover- dijo Nuño con los ojos envueltos en lágrimas por el dolor -. Se me está hinchando.

-Me habéis salvado la vida, os lo agradezco– dijo el muchacho acercándose a Nuño que se había sentado en un tronco partido.

-No son agradecimientos lo que necesitamos sino que no sea grave la caída de mi hermano– dijo Fernando volviéndose al joven.

Le pareció un muchacho de su edad, apenas unos diez años. Sus ropas eran valiosas, de vivos colores. No era alto, pero parecía más fornido de lo que desde abajo simulaba.

-Os ayudaré, le diré a mi físico que os socorra y ayude.

-Soy Fernando, y este es mi hermano mayor Nuño.

-Mi nombre es Pedro, hijo de Ansur, soy el conde de Monzón, viajo hasta el Castro de Xeriz– les dijo mientras extendía la mano para estrecharla en la de Fernando. Fue un gesto que no pasó desapercibido para los muchachos, que nunca habían tratado tan amistosamente con un conde.

-¿De dónde sales? Se supone que debes de rodearte de escuderos y siervos que te protejan–, inquirió Nuño incorporándose mientras se dolía del brazo derecho.

-Me detuve a examinar estos parajes, alejándome de mis hombres. Luego aparecieron estos lobos hambrientos que me atacaron. El caballo me tiró al suelo, y tuve suerte de poderme encaramar al árbol. Mis soldados me estarán buscando.

-Por poco no lo cuentas. Has tenido suerte de encontrarnos. ¡Ah!– gritó Nuño mientras trataba de mover el dolorido miembro.

-Os debo la vida, ¿y vosotros? ¿Sois de aquí?

-Nuestro abuelo es infanzón y entrena a los hijos del conde de Carrión y Saldaña- dijo Fernando -. Venimos con él y estamos también en Castroxeriz. Somos escuderos de los infantes de Carrión, que además son unos chicos maleducados y estúpidos.

Pedro Ansúrez rió.

-No está bien que habléis mal de vuestro Señor.

-Ya sabemos que no está bien, pero es la verdad.

-Ciertamente no nos tratan bien, y nos tienen envidia porque somos más diestros y buenos en las armas que ellos- dijo Nuño–. ¡Aaaah! ¡Me duele mucho!– exclamó mientras se le saltaban las lágrimas.

-Cuando lleguemos a casa que lo vea el abuelo. Habrá que recuperar los caballos– dijo Fernando dirigiéndose a Negrisca.

Negrisca y el otro caballo parecía que se habían hecho amigos. Negrisca se había tranquilizado ya, y agradeció que Fernando acariciara sus crines oscuras. Recolocó la grupa y tomó las riendas del animal acercándoselas a Nuño para que sujetara a la yegua con el brazo bueno.

-Voy a por el otro caballo. ¿Cómo se llama?

-Manchado. ¿Ves? Tiene un dibujo en la frente blanco.

Manchado era un caballo joven y fuerte, muy nervioso. Su color era también negro, pero tenía en la cabeza y en las patas unas manchas blancas que lo hacían muy hermoso. De crines sueltas, Fernando pensó que era de raza burgalesa, pero quizás estuviera cruzado con algún caballo sarraceno. Lo cierto es que nunca había visto un caballo con la cruz tan alta.

Se acercó Fernando por delante del caballo, de forma que pudo verlo perfectamente, sujetó las bridas y comprobó que el belfo del caballo seguía tenso. Le habló suavemente, y al punto erizó las orejas el animal manteniéndolas en tensión. Acarició su cuello, y cuando comprobó que el equino se había tranquilizado lo llevó al lugar donde el conde de Monzón y Nuño esperaban.

-Salgamos de aquí, espero que mi ayo y los soldados no estén muy lejos. Sigamos por la vera del río aguas abajo.

Montó Nuño en el lomo del caballo como pudo y con ayuda. Fernando dirigía al animal caminando. Pedro Ansúrez montó en su caballo, un animal con carácter, que todavía no gobernaba a la perfección su joven jinete. Sortearon los matorrales y adentrándose en el bosque abandonaron el lugar donde yacían los lobos, ya cortejados por varios cuervos.

Antes de volver al camino oyeron voces que procedían del grupo de soldados que buscaban al joven conde de Monzón.

-¡Estoy aquí!– vociferó el joven Pedro haciéndose oír.

Se acercó la mesnada del Conde, que estaba compuesta por unos cincuenta hombres, hechos y derechos, con mejor aspecto y apariencia que los caballeros de Carrión. Se mostraron afables con Nuño y Fernando, sobre todo cuando supieron que habían ayudado al Conde. Se aterrorizaron cuando pensaron fríamente lo que les podía haber pasado si hubiera muerto el Conde sin ellos y con manifiesta negligencia. Habían creído que su Señor estaba en la orilla del río, y que no se había alejado demasiado, y cuando comprobaron su tardanza, auguraron y lamentaron su mala fortuna. Por suerte el susto había pasado, y recuperaron el aliento para proseguir su accidentado viaje.

Ofrecieron a Fernando otro caballo, y tomaron la brida de Negrisca para facilitar a Nuño su caminar. Ayudó el barbero de la tropa con la lesión de Nuño, e inmovilizó su brazo con un cabestrillo de madera y tela provisional.

El conde Pedro Ansúrez, lejos de distanciarse volviendo a su lugar en la cabalgata, marchó al paso de los muchachos, pues quería seguir en su salvífica compañía. Les preguntó por la batalla, por el abuelo y por su familia. Les informó de la situación de la guerra y de las distintas mesnadas que sabía que se encontrarían en Burgos. Les pareció a los de Carrión un muchacho cabal y muy inteligente. Una persona digna de confianza. Les hablaba sin ofender el deber de confidencialidad que se supone en un conde, y les trataba como a semejantes, cosa que sorprendió tanto a Fernando como a Nuño. El conde Pedro era un niño agradecido, y eso se notaba en el trato que estaban recibiendo. Los soldados que acompañaban al joven Conde, parecían hombres más templados y prudentes, no eran tan arrogantes como los de Carrión, y eso era consecuencia del talante de su Señor.

Dedujo Nuño de las palabras de su nuevo amigo, que el joven Pedro no tenía padre, o si lo tenía debía ser muy entrado en años. Les contó el noble que acudía con su mesnada de Monzón; y que su castillo estaba situado al Sur, cerca de Pallantia, la ciudad episcopal. Su condado pertenecía al Reino de León, en el límite con Castilla, igual que sucedía con Santa María de Carrión, solo que más meridional.

Ansúrez pertenecía a una familia muy valiosa e importante de la corte leonesa. Contó a los muchachos muchas confidencias, que eran propias de los nobles más cercanos al Rey. Comprobaron que lo ayudaba en casi todas las labores su mayordomo, un hombre que cabalgaba con ellos, llamado Fernán, y que hacía las veces de tutor y de administrador de los bienes del joven Pedro Ansúrez. También les llamó la atención a Fernando y Nuño el acento, algo distinto al de los vecinos de Carrión y Saldaña. Era un habla más castellana y abierta, frente al leonés más cerrado de la montaña que habían aprendido de su madre.

Llegaron a Castroxeriz al atardecer. El abuelo estaba ya algo nervioso pero confiado en la buena estrella de los muchachos. Su gozo se truncó en lamento cuando vio que Nuño estaba lesionado. Ayudó a bajar del caballo al muchacho y examinó con detención la herida. No parecía grave, pero le llevaría al menos unas semanas recuperar el brazo, que debía ser inmovilizado, tal y como había hecho el médico del conde de Monzón. Para eso, lo mejor era sujetarlo al cuerpo con una correa, y evitar que se desplazara involuntariamente.

Cuando contaron al abuelo la nueva aventura con el conde Ansúrez, y la batalla ganada a los lobos; el anciano se mostró orgulloso, siendo más consciente que los muchachos del peligro que habían corrido. La suerte estaba de parte de ellos, habían salvado la vida, y además habían hecho buena relación con un conde, que les debía además un favor, el favor de la vida. Si era un noble como Dios manda, verían la contrapartida en no mucho tiempo, lo que iluminó el rostro de Pedro Díaz con una nueva sonrisa.

FRAGMENTO de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT, del capítulo Segundo: Entre corderos y lobos.

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LA BRILLANTE EDAD MEDIA.

Art Pin XII Partida a la II Cruzada Miniatura

Reconozco que me enfada (por falso) el cliché estúpido sobre el medievo, de si fueron siglos de oscuridad y hierro y demás memeces impropias de gente culta. Pero es que… como acabo de leerlo en un tipo de ciencias, un presunto ilustrado de esos que les preguntas por la teoría del Todo y te acaban hablando de los inexistentes (e inventados) crímenes de la Iglesia Católica, pues vamos a responder y a quedarnos a gusto. Es mi pequeño granito de arena contra la leyenda negra que inventaron los protestantes en el siglo XVI y XVII, y que siguen cacareando los corifeos de la ignorancia contemporánea y repetitiva de lo estúpidamente correcto. Vamos allá.

En primer lugar hay que decir que el periodo medieval fue la continuación natural del mundo Romano. No hay más derrumbe ni más oscuridad medieval que la produjeron las instituciones políticas y militares romanas cuando fueron incapaces de mantener el orden político de una estructura territorial muy amplia y extensa. La cultura se mantuvo, se dispersó y se perdió ya en los siglos del imperio. El medievo (especialmente la Iglesia Romana) impidió que la pérdida cultural fuera mayor.

La excepción al derrumbe romano fue la Iglesia Católica, la única institución Romana que pervivió, y pervive, desde entonces hasta hoy. La Iglesia se convirtió en la legalidad cuando no había jueces, en la administración cuando desaparecieron los funcionarios romanos, en la continuidad cultural de unas costumbres éticas superiores a las de unos bárbaros que llegaban en oleadas y que aprendieron a escribir y a leer (en latín por cierto, la lengua romana y de la iglesia). Aprendieron a juzgar y a hacer justicia gracias a que unos romanos que se resistían a renunciar a su civilización cristiana y romana se lo enseñaron, Gentes medievales que tienen mucho que enseñarnos a nosotros hoy, presuntamente civilizados y expertos en genocidios.

Segundo. El mundo medieval es el mundo romano ruralizado que luego progresa con un avance lento pero constante. Las razones de tal vuelta al campo vinieron provocadas por culpa de la crisis económica, de las invasiones y de las agresiones externas. Pero el mundo medieval no fue más supersticioso que el mundo romano, al contrario, lo fue menos. El mundo medieval fue más civilizado que el romano, con costumbres éticas más humanas a las practicadas por los romanos. En el medievo no había esclavos (cosa que sí volvió a haber desde el oscuro Renacimiento hasta el negro siglo de la Ilustración) y se fueron culturizando amplias zonas de Europa Central gracias al esfuerzo de los monjes, de los monasterios. El Medievo no hizo todo esto en una noche, por eso su importancia para entender la decadente cultura en la que vivimos es clave. El medievo fue rural, pero eso no es sinónimo de estupidez, sino de dispersión cultural, de expansión cultural.

Tercero. En el medievo fueron conscientes de su situación en la historia, y entendieron perfectamente que las raíces de la cultura romana y cristiana eran las propias y que no convenía abandonarlas. Por eso en el medievo hubo varios renacimientos culturales, que pretendieron engrandecer el viejo imperio romano. El Renacimiento Carolingio fue el primer intento institucional de una cultura romanizada (la germánica) por extender las letras y los estudios a gran parte de la población. Lo mismo podríamos decir con el arte románico, un arte que quería imitar la grandeza de Roma, y que lo superó con creces. Su segundo gran Renacimiento vino con la Baja Edad Media, cuando recuperaron los textos del antiguo Corpus Iuris Civilis, la obra magna del Derecho Romano. Fue en el siglo XII, Ivo de Chartres, en la Universidad de Bolonia. En el medievo no hubo inmovilismo, al contrario, pretendían superarse y alcanzar la perfección social, buscaban alcanzar la trascendencia y a Dios, porque eran conscientes de su pequeñez. Sus artistas no eran estúpidos narcisistas, como los de hoy. También en eso nos superan.

Cuarto. El medievo fue aquel periodo que dio a luz a la Universidad, la más importante institución humana para la transmisión del saber y la investigación estable. La libertad en los estudios escolásticos, y la capacidad para buscar e indagar la verdad no ha tenido parangón, ni siquiera en los tiempos actuales. Entonces se dialogaba con los pensadores musulmanes, se estudiaba todo lo que había, y se hacía desde la humildad y el reconocimiento a los grandes pensadores del pasado. Gracias al medievo fue posible una institución así, dedicada al saber. Por eso fueron siglos de luz y saber aquellos escolásticos que alumbraron la historia. Solo cuando las primeras oscuridades del Renacimiento se asomaron en el siglo XIV y XV retrocedió la Universidad Medieval.

Quinto. Si algo malo podemos achacar a los medievales (quizás sea mérito) es que tuvieron complejos de su grandeza. Fueron capaces de recrear las ciudades, de inventar mejores y más modernas técnicas de roturación de la tierra, y pusieron las bases, la escuela de Oxford por ejemplo, para que luego llegara un tipo llamado Galileo o Newton y se aprovechara de sus nociones físicas. El medievo fue una luz que luego se apropiaron unos listos ilustrados, para quedarse con ella y escupir en el padre que les engendró.

Sexto. El medievo fue un periodo de mucha más libertad de cátedra que el que hoy presumen muchas Universidades. No fueron siglos de oscuridad, al contrario, se erigieron las más grandes construcciones de todos los tiempos: las catedrales mal llamadas góticas, porque su luminosidad y belleza no ha sido superada más que en puntuales ocasiones. Poco tiene que hacer el Empire State ante la Catedral de León, y solo cuando se ha querido redescubrir en el modernismo su belleza se ha logrado algo parecido (Sagrada Familia de Gaudí). La libertad que respiraron los hombres medievales solo se veía truncada en ocasiones por las ansias de poder de los que luego hicieron la modernidad: los reyes y los nobles con sus intrigas. Privilegiados que fueron menos poderosos durante los siglos precedentes de la Alta Edad Media, por estar más controlados unos con otros. Las primeras Cortes de la historia fueron medievales, y surgieron en el Reino de León para controla al Rey.

Séptimo. Durante el medievo hubo menos guerras que en los siglos modernos y contemporáneos. Y mucho menos cruentas. Mucho tiene que callar el Renaciminento, el siglo de las luces y la Revolución Industrial.

Es curioso que a pesar de haber insultado a los del gótico, los renacentistas del siglo XV no mejoraron sus técnicas arquitectónicas. Descubrieron cosas, y revolvieron una Roma que reinventaron con un ridículo plagio neorealista. Una Roma que había sido superada por el medievo volvió, y se empeñaron en retornar reinventando lo que desconocían. Por eso volvió la esclavitud, por eso aparecieron los Estados Modernos, soberbios y provincianos. El medievo les habia enseñado lo que era la globalización y grandeza de una cultura única, amplia y universal. Era la sociedad católica de cristiandad, pero prefirieron competir entre ellos. Todos contra todos. Francia contra España contra Inglaterra y contra Holanda, y luego contra Alemania, contra Estados Unidos y contra la Unión Soviética. De ahí la ruina de los siglos siguientes.

Octavo. En el medievo no hubo genocidios, a diferencia de lo que ha sucedido en la historia moderna y contemporánea; en el medievo se buscaba el equilibrio con la creación y con Dios, a diferencia de lo que sucedió en los siglos posteriores, donde la rapiña y la codicia (todo muy romano y muy poco medieval y cristiano) están acabando con los recursos del planeta. En el medievo se criticaba la usura y el préstamo con intereses, se explicaba que era lícito deponer a un gobernante injusto.

Noveno. Lo único que saben decir los papagayos que repiten lo que los detractores del medievo han dicho son bobadas sobre Inquisición y las Cruzadas.

Las Cruzadas se hicieron para proteger a los peregrinos que iban a Jerusalén, una idea llena de nobleza y sentido, pues se atendía a los pobres. Se luchaba en una tierra que había sido saqueada y desrromanizada, porque Jerusalén también fue ciudad romana y cristiana en siglos anteriores. Las exageraciones y los abusos de los cruzados no fueron menores que los de los Romanos que entraron en el año 70 d.C, y mucho más benévolos que los genocidas y asesinos de la historia moderna y contemporánea, incluidos los animales del Daesh y los bestias de los marines en Vietnam, sin ir más lejos.

Y de la Inquisición, ¿para qué hablar si no se escuchan más que mentiras de la leyenda negra que inventaron los ingleses? La Santa Inquisición fue el primer gran tribunal que incorporó garantías procesales, superando así a los tribunales romanos de antaño y a los medievales de su tiempo.

La figura del Ministerio Fiscal, y el derecho a recurrir a un tribunal superior tenemos que agradecerlas a la Inquisición. Es más, sus garantías procesales eran escrupulosas, bastante mejores que las de los tribunales civiles de entonces, y de muchos de ahora. ¿Tortura? Sus métodos de confesión eran idénticos a los que empleaban los Tribunales Civiles, y sus cárceles más humanizadas y cómodas que las anejas.

Pero es que la Inquisición ni siquiera desplegó el grueso de su actividad durante el medievo, sino durante la Edad Moderna. Tiene de medieval bastante poco, de hecho en España se puso en marcha en el oscuro Renacimiento, continuó durante la nefasta ilustración y terminó cuando el Rey decidió que podía controlar todo en el siglo XIX sin ayuda de la Iglesia. La Iglesia Romana que nos legó uno de los periodos más brillantes de la historia: el medievo.

LA DIFÍCIL CONVIVENCIA RELIGIOSA EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XI.

Durante mucho tiempo, se afirmó, supongo que interesadamente, que la convivencia religiosa durante los siglos medievales en España fue estupenda, y que durante los siglos de la Reconquista se fueron generando entre las distintas religiones unas magníficas relaciones sociales, un intercambio intercultural, y no sé cuantas cosas más llenas de colorido y buen rollo. El centro de aquel paradigma y modelo de convivencia plural lo formaba la llamada Escuela de Traductores de Toledo, donde se supone que musulmanes, cristianos y judíos, con unos valores civilizadísimos convivían intercambiando libros de Aristóteles, Platón y Avicena a la par que comían juntos unos boquerones en vinagre y bebían hidromiel (la bebida de la época).

Nada más lejos de la realidad.

La tal escuela no existió nunca, los matrimonios nunca fueron mixtos, y eran raros los sujetos de distintas religiones que comían y bebían con gente de otra religión, excepto que estuvieran dispuestos a pecar con los alimentos impuros del supuesto amigo. El intercambio cultural tuvo que ver más con las compras y ventas de los mercados, y con determinadas élites cultivadas, que con más curiosidad que violencia, se acercaron al “extraño” para saber de sus lecturas y textos.

En la novela LOS CABALLEROS DE VALEOLIT hago un recorrido de la segunda mitad del siglo XI, y muestro, creo que con claridad e interés, la realidad de lo que sucedía en la época en aldeas y ciudades tan emblemáticas como Toledo, León, Valladolid (fundada en 1095), Burgos, Compostela o Granada. En estas páginas podemos apreciar que la convivencia consistía más en soportarse, agredirse y ningunearse, que en hermanarse y cazar juntos. Nos encantaría bajo el buenismo sociológico del zapaterismo haber sido la cuna de la Alianza de Civilizaciones que proclamaba, pero la verdad es que tal modelo utópico nunca existió como tal, y es bastante difícil, dada la naturaleza humana, que la convivencia multicultural sea posible.

Me explico: con el que es distinto, estamos dispuestos a comer su comida (nosotros los cristianos que comemos de todo), y nos compramos una kebab de vez en cuando, pero no nos gustan las instituciones musulmanas, ni sus relaciones con las mujeres, ni muchas otras costumbres suyas. Y a ellos tampoco les hacemos demasiada gracia, la verdad. En el fondo estamos igual que ayer, donde el multiculturalismo era tan complicado de vivir como hoy, que seguimos siendo etnocéntricos y provincianos hasta la estupidez.

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Mapa de Toledo en 1080. 1. Judíos. 2. Palacio Real, 3. Barrio musulmán antequeruela; g. Puerta de la Bisagra; a. Gran Mezquita; h. casa de los Falsafa (ver novela)

En el siglo XI las comunidades religiosas no se relacionaban entre sí más que de manera circunstancial. Los judíos vivían aislados en sus aljamas (barrios), dentro de las mismas ciudades. Ese aislamiento no era igual que lo que vimos en el ghetto de Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial (encierro y exterminio obligatorio), pero sí se parece a algunos barrios actuales de ciudades como Londres, París o Nueva York. Deambular por sus calles es cambiar de mundo, es aterrizar en un planeta distinto, y en verdad lo es. El multiculturalismo se agrupa en barrios y se aísla para protegerse. Igual que ayer: barrios y ghetos.

Las aljamas de antaño contaban con puertas para entrar, empalizadas (como todas las ciudades y pueblos medievales) y recintos cerrados dentro de las mismas ciudades. En una ciudad como Toledo deambular por ella no era fácil. Desde la puerta de entrada a la capital de la taifa – actual puerta de la Bisagra (Bab Sagra – hasta llegar al barrio judío se podían atravesar y cruzar varios de estos portones. Por eso tenían su entrada y salida de la muralla principal quinientos metros hacia el Tajo. Las puertas de la ciudad, las interiores y las exteriores, se cerraban por la noche para evitar asaltos de los vecinos de otros barrios.

Sabemos con certeza que en Toledo y en el siglo XI la convivencia entre cristianos mozárabes y musulmanes estuvo plagada de incidentes y levantamientos. Estos cristianos residuales y resistentes que no se habían convertido al Islam y mantenían la fe desde la época visigótica eran todavía numerosos en Toledo. Teóricamente tenían sus iglesias y debían ser respetados, pero en la práctica muchos de sus templos fueron convertidos en mezquitas en el mismo siglo de la conquista de la ciudad por Alfonso VI (1085). No eran extraños los saqueos de casas mozárabes, con agresiones cometidas por turbas crecidas por su mayor número y fuerza que creaban matanzas y levantamientos cada poco tiempo. Supongo que algo parecido sucede hoy en Siria o en otros lugares del Islam donde las minorías cristiano-orientales son perseguidas “de facto”, esclavizadas o simplemente desterradas o expulsadas, cuando no asesinadas. Llevan allí mil quinientos años, pero da igual. Las minorías no tienen demasiados derechos cuando las masas arremeten.

También hay que decir que esas mezquitas volvieron a ser iglesias cristianas con la conquista del rey. La mayoría manda la cultura en antropología. También se acordó en la rendición que la Gran Mezquita siguiera siendo musulmana, pero en cuanto se largó el rey de la ciudad de Toledo, la reina presionó para que el obispo la sacralizara y la convirtiera en Catedral. Viva la convivencia.

Los mozárabes que se sintieron violentados por los musulmanes más fanatizados de la ciudad en tiempos de al-Qadí, esperaron la llegada de sus hermanos de fe cristiana como agua de mayo. Ciertamente habían visto durante décadas como los vecinos musulmanes del barrio de la Antequeruela habían atacado y quemado sus casas y viviendas. De hecho, el  propio Al-Mamún, gobernante musulmán de la taifa toledana se las vio y se las deseó para mantener el orden entre sus muros. La caída de la ciudad en el año 1085 se debió a la petición que hizo al rey Alfonso VI para que le ayudara a sofocar las revueltas, pues se veía incapaz de mantener el orden público. Detrás de esas revueltas seguro que hubo intereses nefandos y codiciosos, de otras taifas y con las luchas intestinas tan nuestras por el poder, pero que duda cabe que el ambiente no era idílico para vivir.

Cuando llegaron los castellanos (muchos) y leoneses (pocos), los mozárabes fueron ninguneados y sometidos litúrgicamente a los rituales latinos que imponía el Rey siguiendo las costumbres más modernas de la época. Se permitió, por ser casi toda la población de Toledo mozárabe, que continuaran con sus rituales e iglesias. Eso sí, tuvieron que soportar que el rey nombrara a un obispo latino y no mozárabe, y quitara al obispo  mozárabe, cuyo nombre era, si mal no recuerdo Pascual. Si así trataban a los propios de religión, que no harían con las demás religiones. Estopa y guante de seda cuando conviniera. En cuestiones de convivencia las minorías siempre han tenido las de perder: mozárabes primero, judíos después, mudéjares… Todos han ido desfilando por nuestro suelo patrio entre pedradas del pueblo (un término idolatrado por los jacobinos y los marxistas) y el destierro más cruel.

¿Podemos justificar lo que sucedía? No del todo pero es verdad que la realidad multicultural de una ciudad como Toledo, en tiempos de al-Qadí, el último dirigente musulmán antes de Alfonso VI, era una bomba de relojería.

Coexistían cuatro etnias principales distintas con variantes dialectales cada una: mozárabes (cristianos de costumbres arabizadas y lengua propia), musulmanes (de procedencias distintas según se extiende el islam), judíos (que hablaban árabe), y cristianos de otros reinos del norte (que hablaban castellano, leonés, aragonés, catalán o gallego a saber). Cada una de estas culturas empleaba además una lengua escrita según la ocasión, y así escribían y leían en latín (los cristianos del norte y litúrgicamente para los mozárabes), árabe coránico o culto (para la lectura del Corán), y hebreo (para la lectura de la Torá y los Midrás judíos). Comían y arreglaban sus alimentos de manera diferente, tenían costumbres matrimoniales distintas, y celebraban rituales extraños para los demás. Decir que fueron un modelo de convivencia es una broma de mal gusto para los que vivieron entonces. Me imagino si pudiera hablar con Cipriano el Falsafa lo que me diría: Si nuestros tiempos son idílicos es que la convivencia y el ser humano han empeorado bastante.

Y quizás no le falte razón.

 

Jimena Muñoz, un gran personaje de Los caballeros de Valeolit

PortadaUNO

Hola a todos los lectores de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT

Me decís que es una magnífica novela, y que os está gustando bastante, pero que es larga.

Incluso JM me contó que le había fastidiado un viaje porque quería acabarla, y le enganchaba y quería descansar, y no podía dejarla.

Me siento halagado porque si engancha es que está bien montada la trama, aunque reconozco que lo que más que interesa es la forma literaria, cosa que no sé si consigo siempre. Enfín, uno es exigente consigo mismo y con lo que ofrece. Supongo.

Para los que os cuesta más arrancaros a leerla. La novela se divide por partes, y se puede leer parcialmente, dejarla un tiempo y luego proseguir.

La primera parte se titula: Los hijos de Pelayo. Es la presentación de los personajes.

La segunda parte se titula: Lealtad y promesa, y cuenta la época entre la muerte de Fernando I el Grande y el reinado de su segundo hijo Alfonso VI.

La tercera parte es parte del reinado de Alfonso VI y se titula: El Testamento de la Reina Sancha.

Incluso diseñé la portada de cada apartado, y os lo pongo.

Los que no os la hayáis descargado ya sabéis que podéis bajarla GRATIS en

http://sites.google.com/site/antoniojlopezserrano

Os dejo las portadas que diseñé.

Por cierto la foto está tomada de la Torre del Castillo de Cornatel, en el Bierzo. De la que fue Tenente doña Jimena Muñoz, amante de Alfonso VI, con quien tuvo dos hijas: Teresa Alfónsez, que casó con Enrique de Borgoña y fue la madre del primer rey de Portugal, y Elvira Alfónsez, que casó con el conde Raimundo de Tolosa.

No me preguntéis más porque sale en la novela.

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Para los que os gusta poner caras a la gente.

No he encontrado la de Jimena Muñoz, pero sí la de su amante el Rey, y la de su hija Teresa. Es lo que tiene ser la concubina del rey, y que nunca te ofrezca matrimonio en serio. Luego no sales en las fotos.

 

Los caballeros de Valeolit gratis.

Acabo de trabajar el texto para que podáis descargarlo con la máxima calidad en vuestros “ebooks”.

Está colgado en el sitio que ya conocéis:

http://sites.google.com/site/antoniojlopezserrano

y en los formatos: PDF, EPUB y MOBI

Os cuelgo también un mapa de Valladolid en el año 1090, cinco años antes de ser fundada por el Conde Ansúrez. 

La leyenda podría ser la siguiente:

1: Camino de León, al otro lado del Pisuerga.

2. Río Pisuerga, donde desde antiguo había un molino, y cuyos restos todavía podemos contemplar hoy junto al Puente Mayor (que edificó Ansúrez cinco años más tarde).

3. El barrio de la judería, fuera de la empalizada.

4. Camino de Cabezón, cuyo puente era muy importante para los primeros vallisoletanos.

5. Ramal norte del Esgueva, hoy desecado.

6. Ramal sur del Esgueva, también desecado. (Este es el que pasaba por delante de la casa de Cervantes, en la calle Miguel Iscar unos siglos más tarde)

7.Parroquia de San Pelayo (luego se fundirá con San Julian). Hoy extiguida. Estaría más o menos detrás de la actual iglesia de San Benito.

8. Casa de los Quadra, protagonistas de nuestra historia. Junto a la actual plaza del Rosarillo.

9.Afloraban algunas aguas pantanosas en esta zona, donde hoy está la calle de las Angustias en su primer tramo.

10. Alcazaba. Edificada en su base por Fernando Peláez, nuestro protagonista. Quedan algunos restos junto al Monasterio de San Benito.

11. Barrio de las Tenerías y los curtidores. Ahí tiene su taller Pedro Curtidor, cuñado de Fernando y Nuño.

12. Tierras de labor.

13. Antes de la fundación de la Colegiata de Santa María y de la Iglesia de la Antigua, habían unos restos de época romana, de los que desconocemos casi todo. En el año 1090 probablemente las obras del Monasterio y la Colegiata ya estaban iniciados.

14. Casa en la que vivió Fernando cuando recuperó a su esposa. (Supongo que para una segunda parte del libro que aún no he escrito)

15. Plaza San Miguel, en cuyo centro estaba edificada la primera iglesia de San Miguel. Esta parroquia se terminará fusionando con la de San Pelayo, pero tomará el nombre de San Miguel y San Julián, abandonando definitivamente la advocación al santo asturiano-leonés Pelayo.

Imagen

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