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Paseando a Francisco Franco Bahamonde.

Franco va a terminar siendo como el Cid, triunfará después de muerto. Sus enemigos le tienen miedo, y con solo oír su nombre la adrenalina les empieza a funcionar. En realidad no le odian, le tienen más admiración que rencor, y más amor que indiferencia. Escribí hace tiempo que Franco ya era un desconocido total en las escuelas, gracias a los intentos del PSOE por borrar del mapa la cultura general en los colegios. Bueno, pues ahora la sorpresa es que los mismos del PSOE piden exhumar el cadáver del viejo generalísimo de amor y tirria que le tienen. Para mi que lo van a pasear por los pazos de España como la Copa del Mundo que ganó Iniesta con su gol, para mayor gloria de Pablo Iglesias. Podemos, podemos.

Una gran parte de los antifranquistas de antaño, gentes de izquierda y de Falange de verdad, odiaba a Franco sin tapujos, pero con el tiempo y tras un periodo de indiferencia, si han llegado a las canas y son sinceros consigo mismo y ha leído algo, han terminado valorando bastantes cosas del Régimen Franquista. Y es que no hay nada como comparar la dictadura de Franco con la de la estupidez que hoy nos preside. El dictador vuelve a ganar la guerra, y ya le vale, porque sigue siendo por falta de inteligencia del enemigo.

Por desgracia, siempre ha quedado otra izquierda, la que por no odiar a Franco cuando hubo que hacerlo, lo acaba admirando, pues del amor al odio hay un paso. Y estos que presumen de odiar mucho, son unos despechados de un amor imposible. Y es la hora, digo yo, de resucitar la momia del dictador, del Valle de los Caídos, que no de los muertos de Karnak, y darle un paseo entre pitos y palmas para regocijo de la plebe, y confusión en Europa. Pues eso va a ser. Y el PSOE, ahora sí, se va a poner en primera fila para ver cómo se ha quedado el difunto tras 41 años sepultado, que se dice pronto. Un fiestón al estilo Tarantino, pero con un muerto de serie A.

La propuesta no es tan ridícula. El mismo Orígenes, teólogo del siglo III, fue condenado por hereje 150 años más tarde de morir. La pena es que no hubo cadáver para quemarlo o pasearlo, que es casi lo mismo. En cambio, los franceses, que viven en un permanente autoengaño, enterraron a su dictador particular, un tal Napoleón, como si fuera el mismo Lenin en su mausoleo. Es la grandeur, y los muertos son lo más grandioso que tiene una nación. Lo ideal sería que a Franco le hicieran un mausoleo en la Puerta del Sol, o la de Oriente, que era más emblemática, y tengan así los españoles un sitio donde escupir por la mañana y reconciliarse con su historia por la tarde. Con entrada de 10€ y con IVA cultural del 4%, todo a beneficio de los de la memoria, se me ocurre.

Será curioso ver la cara de Pedro Sánchez o de Susana Díaz cuando abran la tumba de Franco y vean que no está, por ejemplo. O que está muerto de verdad, o que está con el cuerpo incorrupto. Eso sí les daría un soponcio y de los gordos. Buscarían a alguien a quien culpar y sacarían una nueva ley educativa para que nadie piense que era un elegido por Dios. La familia de Franco, si fuera inteligente y hubiera sabido hacer buenos negocios, debería reclamar el cadáver del abuelo y llevarlo a un mausoleo privado en alguna capillita de esas escondidas de Madrid. Cobrarían la entrada a 25 euros, y llenarían la sala con la posibilidad de insultarlo o de besar al muerto, a gusto. También otra opción es mandar el cadáver a Montserrat, o pedir a los cubanos que nos presten el cadáver de Fidel Castro una temporada para reemplazar el hueco que deja el difuntísimo caudillo, que se lo podemos intercambiar, como los libros. Sería bonito, un intercambio de dictadores, Lenin en París, Napoleón en España y Franco a Rusia. Por un par de años, eso sí, que cada uno tiene que cargar con sus muertos.

La propuesta de Podemos terminará siendo la de pasear el cadáver de Franco por toda España, como hicieron con la monja aquella Barcelona que exhumaron sin permiso durante la guerra civil. Esa será la propuesta de los radicales de salón en cuanto pasen unos meses aburridos sin nada que hacer por el Parlamento. Es el morbo de toda la vida. Contemplar los restos putrefactos, la sangre y los filetes del muerto siempre pone mucho a la gente y mantiene vivo al pueblo entre liga y liga. La peña podría disfrutar de la leche. ¿Más ideas para recuperar la memoria? Se podrían hacer procesiones, conferencias contra el franquismo con el cadáver de Franco delante, mítines con Franco y sin él, y hasta se podría llevar a la Sexta, para lo entrevistara la Pastor esa. Lo mejor sería ver que la copa del Rey vuelve a ser del Generalísimo. Un señor detrás manejando el muñeco, que es un cadáver muy respetable sería trending topic. Seguro que la gente cantaba el himno español en Barcelona con más ganas y devoción. El espectáculo sería único, y colocaría la marca España en los lugares más elevados de su historia. Luego tras cinco años de festejos, intercambios y verbenas, pedirían devolverlo al Valle de los Caídos y ya está. Hasta dentro de otros 41 años.

Seguro que el Pepé se abstenía para evitar confusiones de última hora. Y es que somos así. Nos encanta la fiesta, y si hay cadáveres y muertos para procesionar ya ni te digo. Menos al Pepé, que son unos paniaguados, ni de fiesta, ni en las casetas, ni trabajando en contra. La verdad es que entre todos haremos bueno al chico ese de Eurovisión (duyufollolove, duyufollolove). Otro cadáver, en este caso musical, que también pone mucho. Ale, a la isla de los famosos con el cadáver de Franco.

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¿Por qué triunfan los populismos?

El asunto no viene de nuevas, desde hace unos cuantos años vencen en elecciones los que nos parecen a muchos los más mentirosos, los más fantasioso, los que dicen más tonterías por minuto, los más incoherentes, los más idiotas y los más lerdos, pero que por falta de contraste, en parte, y por otras razones, que ahora vamos a analizar, terminan llevándose el gato al agua.

Ganan las elecciones, y la peña se queda cariacontecida, asustada o lloriqueando directamente. ¿Pero cómo ha ganado este tío? Te dicen asustados. Lo que yo me pregunto es si alguien se mirar en el espejo; porque el triunfo de los populismos lleva funcionando en Europa desde hace bastantes lustros. Por lo menos se me ocurre desde que Napoleón III ganó las elecciones en Francia (en 1848) simplemente porque se presentó como pariente de Napoleón I, (otro iluminado en plan Hitler que pensó que se podía invadir el mundo a la fuerza). Francia de populismos sabe mucho, es verdad, y a las pruebas me remito, pero también sabemos mucho de lo mismo en Alemania, Rusia, España, Portugal, China, Japón, Corea del Norte, Gran Bretaña, Austria,… y por continentes la palma se la llevan en América del Sur y África. Cada poco tiempo surge un iluminado en la historia, un tío que promete el oro y el moro, y la gente se va detrás como los ratones con el flautista de Hamelín. Como los niños detrás de la música que tocan.

No hay que olvidar que el populismo es un fenómeno de la modernidad y la posmodernidad. Llegó con los nuevos vientos que trajo la Ilustración (uno de los periodos más nefastos de la historia), en la que se empeñaron en contarnos la falacia de que el pueblo era bueno y sabio (decía el vagabundo Rousseau), y que no se dejaba engañar porque era cantidad sabio y racional. Y claro, como es mentira, pues pasa lo que pasa. Que al pueblo le engaña cualquier mercachifle con cuatro ideas que suenen estupendas, incluso aunque no sean coherentes las cuatro ideas entre sí. El pueblo, ya lo decía Séneca, es una turba asquerosa, una masa lacerante para la filosofía y la inteligencia, estúpida y manipulable hasta decir basta. Aristóteles sostenía que el pueblo siempre elegía a sus representantes en función de sus intereses y de sus pasiones, por eso acaba degenerando la democracia en la demagogia. El prefería la monarquía como el mejor sistema político, cuya degeneración era la tiranía. Es curioso, que tanto D. Trump como H. Clinton, que son bastante parecidos en su afán por manipular a la peña, los veamos como rivales cuando apenas son basuras de distintos contenedores. En realidad no había mucho que elegir. Una representa el sistema que no funciona y está infectado de listos que se aprovechan del mismo y te venden la moto, y el otro es el antisistema de un tipo cuyo primer éxito a consistido en acojonar a Europa, para disfrute del ruso Putin.

El populismo tiene como principal caldo de cultivo la impotencia de una sociedad que se harta de ver incompetentes gobernando. Les han vendido que el mundo se arregla fácilmente. Que el pueblo tiene derecho a no sé qué cosas, y que esto se arregla rápido. Y no. Hay problemas en política que no tienen solución, y otros cuyo remedio es peor que la enfermedad. A veces no hacer nada es el mejor gobierno (no empeorar las cosas, por favor), pero eso nunca lo hará un populista. Siempre prometerá lo que la gente quiera escuchar, y la gente, por desgracia, está dispuesta a escuchar cualquier tontería que suene bien. Incluso aplaudirá a su líder aunque le suene mal, que es el colmo del populismo.

Profundizo un poco más. El populismo surge cuando se caen las ideas, las creencias y las convicciones profundas. En una sociedad agnóstica los populismos sustituyen a las religiones. Y en Estados Unidos, cuya religiosidad está dispersa y atomizada en la privatización de la fe, el populismo aparece como la salvación que las religiones no pueden lograr en el ámbito público. Kennedy fue un populista, pero B. Clinton, Nixon, Obama o Reagan también lo fueron. América necesita salvadores, y el presidente es lo más parecido a un superhéroe para ellos. Lo llaman líder, pero en realidad es una divinidad con fecha de caducidad. Una divinidad con pies de barro. Al menos sabemos que se largará en cuatro años, a lo sumo ocho. Gracias democracia.

Lo peor que le puede sucederle a una sociedad, y de eso las democracias tampoco son inmunes, es tener un populista tras otro, porque no hay forma de salir del agujero. Es lo que ha pasado en Argentina, en Venezuela o en Rusia con Yelsin y Putin seguidos. Se enquistan y parece que no hay forma de “desectarizarlo” todo. En España, el populismo lo despertó Zapatero y lo va a consolidar Pablo Iglesias, que es un ZP sin corromper y un Che sin escopeta. En cambio, la derecha en España no quiere populistas, porque ya tuvieron a Franco y saben bien que un gobernante no tiene por qué ser simpático. Que se lo pregunten a Aznar o a Rajoy, que caen mal hasta a los que les votan. Aquí el populismo vendrá de los perdedores de nuestra historia (izquierda y república), en cambio en otros lugares llega de manos de los  otros derrotados, como fueron los nazis en Francia, por ejemplo.

En Europa los populismos vienen teñidos por el color de la sangre y del pasado. Quizás por eso somos más sensibles y nerviosos a los lumbreras ajenos. Ya sufrimos a Hitler, un tipo que encandiló con su música a media Europa (sigue encandilando a muchos sin que lo sepan), o a Stalin, un psicópata que murió en la cama y que algunos todavía añoran y aclaman. El culto al líder. Normal. Es lo que pasa cuando se pierde el culto a Dios. En palabras de mi querido Chesterton: “cuando el hombre deja de creer en Dios, termina creyendo en cualquier cosa“. Pues eso, Europa es un ejemplo claro de rumbo errático en asuntos de política, que es lo que sustituyó básicamente a la religión cuando mataron a Dios. Por suerte, los valores que impregnan los derechos humanos, los que defiende Europa, siguen siendo básicamente cristianos. Hasta que los cambien por otros derechos tipo animalista transexualizado u otra cosa. Vamos camino.

Nuestra próxima “sorpresa” populista será Le Pen en Francia, igual que Siriza en Grecia, y en el futuro Pablemos en España. La gente tiene que creer a algo lo suficientemente deslumbrante, aunque sea estúpido. Algo que no recuerde la inanidad en la que vive, ni su vacío existencial, ni el errático devenir de su sociedad y cultura. Aquí estamos además, en España me refiero, bien adocenados gracias a los cuarenta años de dictadura educativa socialista, esa que ha impedido una Trascendencia con la que combatir el populismo. ¿Qué dices? ¿Qué están paralizando la LOMCE? Igual estaremos otros 40 años más, 80 en total. Aunque ya te digo, son contenedores con la misma basura. La LOMCE, la LOE, la LOGSE y lo que venga. Aquí estamos de populismo hasta las orejas y subiendo.

 

 

La Ley de desmemoria histórica y su soberana aplicación.

Desde que Fukuyama dijo en los años 90 que estábamos ante el fin de la historia, los españoles no hemos levantado cabeza pensando que teníamos que olvidar nuestro pasado y reconciliarnos entre nosotros. Y eso duele, porque si algo nos gusta a los españoles es meter el dedo en el ojo al vecino, y luego gritar que se lo merecía por facha, por rojo, por maricón o por cura. Nos encanta cocernos en nuestra salsa, y la historia siempre nos ha proporcionado grandes justificaciones para lloriquear que es injusto que el vecino no nos bese los pies por la calle, se humille y se arrodille a nuestro paso. Por malo, claro. Porque los buenos siempre son los míos.

Por eso se inventó lo de la memoria histórica, para que no nos olvidemos que hay una revancha esperándonos a la vuelta de la esquina. Esto no es nuevo, la historia siempre ha sido la gran asignatura pendiente de la gran masa hispánica, que desde el nacionalismo utiliza el pasado como arma arrojadiza contra el enemigo que él mismo se inventa. Nunca ha sido nuestro fuerte refutarla ni aprenderla, y aquí acabamos convencidos incluso de la leyenda negra que ingeniaron los de la pérfida albión contra nosotros. Aquí todo vale con tal de que se pueda usar contra el prójimo, aunque sea mentira. Somos un país de mentirosos, donde mentir contra alguien es casi deporte nacional, y que me perdonen los que dicen la verdad, que seguro que también son muchos.

Lo malo ahora es que como la ignorancia se ha instalado en amplias capas de la sociedad, y se desconoce la propia historia a fuerza de interpretarla torticeramente desde ámbitos sectarios y endogámicos. El subrealismo de Dalí y Buñuel casi nos parece un juego de bobos comparado con la que nos espera y con lo que hay que escuchar.

Para los ignorantes, todo les recuerda al franquismo, desde la bandera hasta los pastelitos de poskitos de los años 60, y es lógico, porque no existió una España desde el año 39 al 75 que no fuera franquista. Los exiliados fueron adocenados en el extranjero, dirigentes en su mayoría de la II República, que además se odiaban entre sí con sus gobiernos en el exilio y provisionales, pero no montaron una España alternativa. Estos pobres,  fueron castigados por ser españoles en la URSS, y en Mejico sobrevivieron como pudieron, con más dificultad que otra cosa. Fueron la España exiliada, que no volvió hasta que no murió el dictador (algunos decidieron no volver), pero aquí todo pasó por la dictadura y el franquismo, desde los 600 hasta la Seguridad Social y la paga extra de Navidad. A Franco se le debe todo y se le achaca todo lo de esos años, para bien o para mal, y eso vuelve locos a algunos que quieren enjuiciar al Dictador olvidando la verdad; y eso lo hacen con una ley de memoria histórica, lo cual es paradójico. Recordar para autoengañarse.

Por eso se puede denunciar todo por franquista, desde el trazado de las calles hasta las estatuas de Quijote y Sancho de la plaza España de Madrid. La memoria histórica se supone que era para desenterrar a los muertos de las cunetas, y resarcir moralmente a su familiares. Pero claro, ¿a qué familiar le importa lo que hizo un bisabuelo al que no conoció? Sobre todo si asesinó al bisabuelo del bisabuelo del vecino. A nadie. Pero a los políticos más sectarios este tema como que les pone mucho, y se recrean llorando la muerte de su bisabuelo, al que nunca conocieron, como si lo acabaran de ahorcar el jueves pasado. Contra las emociones, sobre todo si son impostadas, no se puede luchar, más que con otras emociones, digo yo. Lo malo de este tema es que para algunos necios solo son víctimas los de su pueblo y de su bando, y eso es dar palos de ciego, y que me perdonen los ciegos.

Yo de esto sé un rato, porque mi familia perdió la guerra. Soy de Valencia, y la tierra obliga. Mi abuelo estuvo en el frente republicano partiéndose el pecho contra los del otro bando. Cuando acabó la guerra volvió a España, y tras un año de cárcel causado por una denuncia de un vecino (otro rojo que pensaba que así se salvaría) llegó el día del juicio. El jefe de policía, de falange y amigo de la infancia en el pueblo, se alarmó al verle en el juzgado, y ante el juez dijo que este hombre era buena persona. Y mi abuelo se fue a su casa. Ya está. ¿Qué les parece? ¿Mandamos a tomar por culo al tío que salvó la vida a mi abuelo por ser falangista? Seguro que hay imbéciles que ahora pedirían a mi abuelo que se dejara matar como un mártir de la República, más que nada para que ellos puedan seguir escupiendo veneno y disfrutando del victimismo asociado a sus miserias del presente. El que necesita el pasado es porque no tiene nada interesante que ofrecer en el presente, y por supuesto no tiene futuro alguno.

Les cuento otra anécdota que refleja bien donde estamos. En un viaje con algunos compañeros de instituto de Salamanca, muy sensibles a las pérdidas del bando Republicano, visitamos un monolito que están perdido por algún lugar del Teruel que no recuerdo porque nos llevaron. Allí fueron asesinados un grupo de anarquistas, y han colocado, imagino que peña de la CNT, una bandera anarquista, unas flores cuidadas, y una especie de pozo que recuerda que allí están los cadáveres. En el monolito, por la parte de atrás, venía explicado el incidente, en una letra un poco pequeña y como se produjo la matanza. Mis compañeros iban para conmemorar a aquellos mártires de la izquierda – así lo dijeron -y por supuesto, todas aquellas muertes habían sido casi causadas por los fascistas y casi por el mismísimo Aznar, que entonces gobernaba nuestro país.

Se me ocurrió leer la letra pequeña del monolito. Aquellos cenetistas habían sido asesinados en un paredón por los comunistas del PCE, enviados por Largo Caballero o Negrín, no recuerdo bien. Habían muerto asesinados por los de su mismo bando, la izquierda, en una de sus múltiples facciones. Cuando les comenté que allí ponía algo que debía cambiarles la perspectiva de lo que la guerra civil, se negaron a atenderme, y yo reconozco que tampoco insistí. Estaban demasiado absortos maldiciendo a los cabrones de curas y de los fachas, como para enterarse de que las víctimas y los verdugos son la misma cosa en una guerra. Pues eso. La misma cosa. En una guerra civil los únicos inocentes son los niños. Los de un bando y los de otro, aunque no lo quieran reconocer en su ceguera.

Españoles: Franco ha muerto.

¿Pero qué es eso del Franco? ¿Pero era español ese tío? Preguntó una alumna en clase hace exactamente tres días. Su compañero, con sobrados y perspicaces conocimientos de historia afirmó, sin dolerse en prendas, que era amigo íntimo de Hitler, y que asesinaba a todos los extranjeros que venían a España. Ni más ni menos, ni quito ni pongo a sus palabras.

No es que se me caigan los palos del sombrajo en la indefectible tarea de dar clase a las nuevas generaciones, es que uno se queda tan sorprendido de la ignorancia ajena, que no puede menos que, de cuando en cuando, hacer una reflexión con papel y lápiz, luz y taquígrafos. De hecho en clase lo intentamos, y tuve que hacer varias afirmaciones que me situaron casi en la extrema derecha, vinculado al facherío más tribal y casposo de los posibles. ¡Hombre! Eso es falso. Franco no fue íntimo amigo de Hitler, dije sin medir mis palabras. Imagino que negué alguna evidencia chistosa de las que el Gran Guayomin suelta de cuando en cuando por su programa, porque siguieron los angelitos poniendo cara de asombro e incredulidad en un mismo rictus. Luego entré a fondo en el tema, y pude balbucear – con miedo lo confieso – que Franco no asesinaba a los extranjeros, y menos a las extranjeras (las famosas Suecas) que tanta gracia hicieron a los españoles y tanto imitaron las españolas. Pero claro, yo era sospechoso, porque pertenezco a una generación que dice que el Quijote es una novela cojonuda; y como todo lo que no tiene diez años de antigüedad es algo trasnochado, de la edad media por ahí, y caduco para esta nueva generación adicta al móvil, pues sentí como si desvirgara intelectualmente al niño de La vida es bella, contándole que a su alrededor se moría la gente, y que la realidad no es paseo por un campo de concentración. O sea, que los móviles no crecen en los árboles, sino de la sangre de los niños africanos que se desgracian para conseguir un puñadito de koltán, con el que se fabrican nuestros cómplices aparatejos y nuestras insulsas e insostenibles vidas de enriquecidos sin causa.

Salió mejor de lo esperado, en realidad fue un poema, delirante y precioso a un tiempo, observar como abrían sus ojos aterrados. Tras un par de “vete a tomar por culo” y dos o tres blasfemias pidiendo a gritos silencio para acojonarse a gusto, seguimos la clase. ¿Pero cómo va a haber una guerra?, dijeron, y me vine arriba, he de reconocerlo. ¿Por qué no? ¿Acaso esperaban una guerra civil cruenta el 17 de julio del 36? ¿Acaso pensaba algún europeo que la guerra del 14 duraría tantos años? Ellos, tan fortachones por fuera, y tan blanditos por dentro, se asustaron de veras, y la única expresión que se atrevieron a pronunciar en su casi histeria fue un: y si no te da la gana ir. La respuesta de la dio uno de sus compañeros, “pues te matan por desertor”.

El caso es que les llegó un sudor frío, porque pensar que tenían que ir en un batallón a matar gente y que no te mataran les nublaba el móvil, y lo que les hacía temblar de veras era pensar en una guerra no podrían guasapear como tontos diciendo chorraditas, que había que madrugar, desayunar poco y liarse a tiros mientras veías morir a sus familiares a tu alrededor, con la mala suerte de tocarte estar en el sitio equivocado el día que bombardeaban.

Yo no es que deseara una guerra para esta generación, a fin de que espabilara y fuera menos lerdita, porque una guerra no se desea a nadie, pero confieso que ganas me quedaron. Tuve que explicarles que hay muchos sitios del planeta que están en guerra, que llevan en guerra décadas y décadas, y enumeramos unos cuantos conflictos abiertos. Como no son asiduos del telediario, y sí lo son del último espectáculo de GH, no para analizar sus experimentaciones como dijo el amigo Gustavo Bueno, sino más bien porque les encanta la carnaza fácil (entre otras cosas porque la entienden bien), desconocían que el mundo fuera tan mal. Siria está a cuatro horas en avión, les conté, y venga a empalidecer. Afganistán a unas cinco, sales ahora y llegas a las seis de la tarde. Y sudaban y sudaban.

Pasada la clase, y de regreso a mi casa, estuve dando vueltas a la clase. Recordé lo qué decía Fukuyama, el pensador norteamericano de origen japonés, “la posmodernidad es el fin de la historia”.

Siempre se ha venido a decir que un pueblo que olvida su historia, se condena a cometer los mismos yerros. En realidad no es que esté condenado a repetir el error, es que se arrastra a un futuro incierto, deja de tener conciencia de sí mismo, que es tanto como confundir el bien y el mal moral Y un hombre sin conciencia de su cultura justifica su necedad creyéndose un superhombre, con pies de barro, eso sí. Así es el hombre actual, un ídolo para sí mismo, con pies de barro, obsesionado con su imagen, que es lo único que les queda cuando son jóvenes, imagen y futuro. Pero como la muerte de la historia impide que puedan entender que hay un futuro, pues se convierten en necios que lloriquean su angustia cuando se acaba la fiesta del finde. Sin proyectos, sin ilusiones, sin sueños. Son zombis vivientes de una película donde todos son zombis sin saberlo, y donde la imagen que dan es lo más importante que tienen entre manos.

Decía Aristóteles que un ser humano que no se dedica a pensar y a reflexionar, que no cumple con la finalidad que le es propia, es como un animal o una planta. Y el hombre es algo más que eso. Por eso una escuela que no sirva para hacer pensar a sus alumnos es un contenedor de imbéciles, una guardería de ganado. Estos chicos que son tan frágiles, débiles y blanditos, que no saben quién fue Franco, que desconocen que muchos murieron en el pasado por dejarles un presente, que se burlan de la historia porque no tienen futuro, que reinventan el pasado para que les cuadre con sus cuatro ideas  prestadas de la tele, representan el fin de la historia, y el fin de nuestra cultura herida de muerte desde por lo menos la ilustración y su divinización de la razón.

Para esta nueva generación, todo el saber del pasado es decadente, no sirve para nada. El futuro está en el Candy Crash, el entretenimiento adictivo sin sentido. No te lleva a ninguna parte, pero te tiene colapsado mentalmente. ¡Mira! ¡Cómo la proabortista del pepé que presidía el Congreso el otro día! Qué maja ella, tan entregada a su país. Si algún día pedimos responsabilidades a alguien, esta clase de políticos caerán los primeros, pero no nos engañemos… nadie se acordará de nada dentro de unos años. Nadie sabrá que existió Zapatero, ni que hubo una crisis, ni que Rajoy perdió las elecciones, y nadie sabrá ni quién las ganó. Es lo que tiene la desmemoria, que diluye también la responsabilidad del votante.

Españoles: Franco ha muerto. Lo triste para mi es que se está muriendo todo lo bueno que pudo dar esta país, desde la literatura, la poesía, los mártires, los luchadores, los pensadores, los místicos, los pintores, los filósofos, los pensadores hasta más y más.

Ahora se lleva la necedad y el olvido. Por eso tenemos otras elecciones a la vista, donde nadie se acuerda de casi nada del pasado.

ADOLFO SUÁREZ: EL POLÍTICO MÁS DESPRECIADO DE ESPAÑA.

Los que tenemos memoria, porque ya vamos para talluditos, recordamos los años pasados de actividad política de Alfonso Suárez. También recordamos como fue insultado y despreciado por muchos que hoy lo ensalzan y alaban. Sin duda, la historia pone a cada uno en su sitio, y el bueno de Suárez, un hombre marcado por la tragedia política y familiar, está hoy en la memoria de los españoles como un hombre básicamente bueno y honrado.

Pero esas agradables palabras no siempre las escuchó, y es que Suárez fue siempre, un hombre molesto para los españoles.

Suárez fue acusado de ser joven e inexperto. La envidia fue siempre un pecado muy nuestro, y los prebostes del régimen franquista lo acusaban de ir demasiado lejos a lugares donde se debía llegar con más años que la Montiel.

Suárez era insultantemente joven para los tradicionalistas, y de hecho su imagen era la más opuesta a la de los viejunos que se quedaron con la miel del poder en los labios: Carrillo o Fraga. Los jóvenes, como González y Suárez triunfaron en una España que quería juventud y renovación. Fraga, cuyo talante era lo más parecido a un trolebús sin frenos, era muy experto, pero poco agraciado, y todo hay que decirlo, si luego continuó en la política es porque se convirtió en la única derecha posible en nuestro país. Se fueron los de la derecha moderada, y no le quedó más remedio a Aznar que moderar su discurso político cuando asumió la vieja Alianza Popular. Se hicieron liberales, democratacristianos y conservadores a la vez. Casi nada.

En cambio Suárez era un hombre atractivo, cálido, inteligente, simpático, y por supuesto guapo. Porque todo hay que decirlo, los presidentes de la democracia han sido feos con avaricia. Menos Suárez, que era un tío apuesto y sonriente. Calvo Sotelo era muy listo, pero feíco. Felipe González parecía un calé despelujado y bullanguero, aunque en pocos días se hizo un tío fino. Aznar cuando ríe sigue dando un susto al miedo, y Zapatero o Rajoy tampoco son unos bellezones. Salvo para sus familias, claro.

Suárez molestó a la izquierda, que siempre pensaba que tenía el monopolio de la solidaridad, la justicia y la paz. Fue acusado de ser franquista, entre otras cosas porque procedía del franquismo, lo cual es una verdad a medias. Suárez fue un chico de Acción Católica y un adolescente de Falange. Aunque yo con el tiempo creo que era más cristiano de sufrimiento y cruz que un camisa azul de los de brazo en alto y gritos al aire. Creo que pensó en todos los españoles, y eso era molesto para los que pretendían que España fuera para los de su mitad. Esto Carrillo lo entendió muy bien, y apareció con la bandera española respetándola y asumiendo a los que no eran como él. Nunca sacó la bandera republicana pidiendo tonterías, y es que Carrillo era un tío serio.

Suárez trajo el divorcio a España, y con ello el insulto y el desprecio de muchos cristianos conservadores que no entendieron lo que suponía gobernar para todos, y no se lo perdonaron. Votaron a Fraga en el 82 a pesar de ser más feo. Lo que son las cosas. Suárez encima también se cargó el franquismo, al que pidió que se suicidara en el año 76, y lo consiguió. Lo cual para muchos de entonces fue algo imperdonable. Se convirtió en un traidor a Franco. Un caso.

Suárez no gustó ni a las derechas (su partido de UCD) ni a las izquierdas (PSOE y PCE) y se vio más solo que la una. Y dimitió como presidente del gobierno, lo cual no se ha vuelto a repetir en nuestro pais.

Yo estoy convencido que en España no había sitio para él en la política nuestra, tan amiga de enfrentamientos e insultos. Para la derecha era un traidor, y para la izquierda era una franquista. Y se quedó en medio, y fundó el centro político: primero UCD y luego CDS. Los dos fracasaron.

Aquí queremos partidos que den caña, que insulten y persigan al adversario. Que inventen guerras que los otros no hacen, y que se rían del otro en mítines políticos. Queremos ridiculizar al adversario político con frasecitas chorras. Los otros y los nuestros, y no salimos de ahí. Suárez intentó el pluripartidismo, pero no lo logró. Yo creo que es que insultó poco a sus adversarios.

Cuando lograron a finales de los 80 buenos resultados en las elecciones municipales pactaron con el PSOE primero y con el PP después. Nadie entendió el vaivén. O eran de derechas o eran de izquierdas, pero no se podía ser así, como de centro y mal sentado en todos los sitios. Y las siguientes elecciones perdieron todos los escaños que obtuvieron antes, y se acabó el pluripartidismo en España.

Luego dejó la política, y empezaron todos a hablar bien de él y de su actividad política. Los españoles empezaron a quererlo cuando la vida lo azuzó con la pérdida de su esposa y su hija. Nos gustan las historias trágicas, y consolar a un perdedor siempre es el deseo de toda persona de buen corazón, eso hace que la tragedia de su familia, su soledad y su pena hayan calado más hondo que su centrismo político. Su enfermedad de Alzheimer de los últimos diez años ha sido muy significativa.

Olvidó quien fue, igual que los españoles tendemos a olvidar nuestra historia, espero que no definitivamente, presidente Suárez.

ANTONIO J. LÓPEZ SERRANO

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Ficcionomicón

Relatos de ficción.

Miguel Jarquín

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El bosque de la larga espera

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La vida es una poesia, algunos son el papel y otros la tinta.

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ESCRITOS DE MAGNÍFICO MARGARITO

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Bitácora nostálgica, de un cubano que vive hace más de dos décadas en Suecia

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