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Figura paterna y figura materna. Reflexión sobre San José. Fiesta del 19 de marzo.

Una de las consecuencias más llamativas del creciente feminismo excluyente, fruto de las ideologías de género, es la desaparición de la figura paterna en el relato contemporáneo y posmoderno. Mientras que se celebra y se recuerda a la mujer en unas cuantas variantes, no muchas; la figura del varón está prácticamente desaparecida en casi todas las suyas.

El modelo cultural de mujer que actualmente se ofrece no es demasiado variado, y se suele reducir a los arquetipos culturales que trata de imponer las ideologías de género. A saber: la mujer “modelo” es la que es trabajadora, la empoderada, la single en todas sus variantes, la que se enorgullece porque aborta, se masturba o enseña las tetas para gritar al mundo que son de ella. La imaginería actual la sitúa trabajando, empoderándose y gritando henchida de soberbia; pero la olvida y la relega cuando es ama de casa, cuando cuida a sus padres o cuando es madre, esposa y se sacrifica por los suyos con humildad y templanza.

Tan mujeres son las primeras como las segundas, pero ciertamente, unos modelos son exaltados y otros perseguidos, incluso denostados como negativos, ridiculizados y borrados de la presencia pública como si fueran un invento del machismo, de los hombres o algo parecido. Nada más lejos de la realidad que pretenden imponer a las mujeres que nos han precedido en la historia de la humanidad, y cuya visión tratan de imponer a la mujer contemporánea.

En el caso del varón, la figura que proyectan las ideologías de género son todavía más reduccionistas. Casi todas son negativas o inexistentes. En general el hombre es visto como un tipo violento, agresivo, con bajo autocontrol, y poca capacidad para no mirar el culo o las tetas de una jovencita. En resumen, la imagen del varón es la de un machista y un cabestro. Un ciudadano de segunda fila que no entiende lo que pasa, un opresor autoritario y machista que hay que perseguir y domeñar. Salvo que sea homosexual, o feminista de género sobrevenido, que entonces se le puede tolerar. Casi nunca se valorará en positivo lo que significa ser varón, ser hombre, ser padre o ser esposo salvo que asuma las funciones que tradicionalmente se le achacaban a las mujeres hace unos años.

Es decir, si un hombre pone la lavadora es un gran hombre, pero si un hombre trabaja y lleva dinero a casa, entonces es sospechoso. Curiosamente es al revés que una mujer. Si una mujer lleva dinero a casa, entonces es una gran mujer, pero si pone la lavadora, entonces está oprimida y hay que liberarla.

Me interesa, más que los roles sociales y organizativos, la figura de la paternidad y la maternidad, porque son los arquetipos más importantes que construyen la familia, y son por tanto, los imprescindibles para transmitir sostenibilidad y equilibrio a la siguiente generación. La figura de padre que tiene la sociedad actual es heredera de la paternidad recibida, y lo mismo sucede con la maternidad. Por eso una paternidad sesgada, inexistente, difamada, no podrá generar figuras paternas equilibradas en el futuro, y lo mismo le va a suceder a la mujer. Los jóvenes y las jóvenes no quieren tener hijos, entre otras cosas porque los modelos experimentados han sido fragmentados y disueltos.

Los crecientes divorcios, separaciones, relaciones no estabilizadas, paternidades y maternidades fragmentadas y repartidas con los abuelos… son modelos que se extenderán a las siguientes generaciones como los mejores y posibles, por ser los vividos. Incluso aunque sean peores objetivamente que los que producen estabilidad afectiva y familiar. La crisis familiar no irá a menos con las ideologías dominantes, que claramente tienen como objetivo la destrucción de la familia natural occidental, la que es formada por un padre, una madre y varios hijos. No es fruto solo del ataque de las ideologías de género; el capitalismo liberal con su modelo disolvente es el principal responsable del estado actual de la familia.

Los interrogantes a estos temas nos dan respuestas molestas e insidiosas con los estilos de vida pautados. ¿Caminamos hacia un modelo de familia equilibrado y sostenible? ¿Qué valores transmiten  los arquetipos sexuales y de género actualmente implantados en la sociedad?

La paternidad ha sido asociada tradicionalmente y desde hace siglos, a dos valores imprescindibles y necesarios para educar a los hijos y hacerlos felices: autoridad y ternura. La autoridad del padre formaba parte de la firmeza con la que se educaba a los hijos, representa las normas, y en los freudianos fue simbolizado desgraciadamente con  la represión y el Superyo. Para los cristianos, la paternidad de la experiencia religiosa es Dios, que se comprende desde la experiencia cristiana como autoridad y como ternura. Jesús tiene autoridad, pero desde su autoridad es amor y ama hasta el límite de dar la vida en la cruz. Un padre es alguien que hace todo lo posible para que sus hijos sean felices, pero lo hace sabiendo que hay que reprender para enderezar lo torcido. Y hace eso por amor.

La maternidad ha sido asociada tradicionalmente al valor de la ternura incondicional. En varios pasajes de la Biblia se afirma que Dios ama como una madre protege y cuida a sus hijos, los alimenta y quiere dándoles la vida. También forma parte de la visión que concebimos hoy día  de Dios. Misericordia sin límites. Quizás en la teología podríamos decir que Dios es padre desde la autoridad del que endereza lo que se dobla, el que nos educa y enseña la verdad con paciencia, pero es también madre en cuanto que ama con un amor incondicional a sus hijos. Las dos imágenes son complementarias, y nuestro lenguaje siempre es más imperfecto que el misterio del que hablamos.

Sin embargo, la imagen de la maternidad es simbolizada en Freud con el Ello. Precisamente lo contrario de la autoridad normativa representada en el Superyo. No es casualidad que en nuestra sociedad el concepto de autoridad no viva su mejor momento, tampoco es buen momento para los varones, para la paternidad en familia, o para los oficios que precisan de un principio de autoridad: policías, maestros, políticos o médicos. Todo el mundo quiere decirles lo que tiene que hacer. En cambio, el concepto de disfrute, hedonismo ilimitado, narcisismo extremo son defendidos y se vinculan a la imagen que debe alcanzar la mujer para ser la mujer modélica de hoy. Por eso hoy el discurso feminista es el “único” discurso posible socialmente hablando. Nada de sacrificios, nada de apostar por los hijos, nada de renunciar al poder. Eso quieren de ellas.

Para los cristianos San José representa el modelo de varón, de padre, de esposo, de paternidad y de amor profundo hacia la esposa y hacia los hijos, a los que educa y enseña.  Es un buen modelo de vida. No es violento, ni agresivo, ni desprecia a su mujer; al contrario, la ama y la respeta hasta el límite de su honor. San José es un modelo de varón para los cristianos.

Su esposa, nuestra madre la Virgen María, representa el modelo de mujer, de madre, de maternidad y de amor profundo e incondicional  de la que se entrega a su familia hasta el límite de la cruz y de su misión en la comunidad cristiana. Su amor no es egoísta, no busca empoderamientos humanos, que siempre son tentación para oprimir a otros. Su gran deseo es hacer la voluntad del Padre Dios. Igual que San José.

 

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Todos contra la iglesia.

 

Tengo la impresión de que siempre he navegado contracorriente de la sociedad en la que he vivido. Cuando la gente me hablaba del Mediterráneo, como que yo andaba contando lo grandioso que era el Atlántico, y cuando la gente me decía que el océano Atlántico era el más grande, yo les hablaba del Pacífico. Y ahora que me cuentan del océano Pacífico les hablo del inmenso océano de metano que hay en la Titán, una de las lunas de Saturno. Es una metáfora lo que cuento, pero el sentimiento que padezco es real, y los sentimientos no se discuten, se tienen o no se tienen, aunque puedan ser autoinducidos.

El caso es que tomé conciencia de que quería ser cristiano y seguir a Cristo cuando la sociedad  española apostató de una fe que quizás nunca había abrazado de verdad. Años 80. En esa década dejé de ser de izquierdas, justo cuando la izquierda empezó a gobernar este país con sus dos adalides: Felipe González en Moncloa (al que nunca voté), y Santiago Carrillo en la calle (al que voté cuando era PTE y no lo quería ni el tato). Luego empecé a votar a CDS, Adolfo Suárez, justo cuando dejó de gobernar. Luego abandonó la política y yo les seguí votando porque no había nadie que me inspirara confianza. Y así durante años. Luego voté al Saín, un partido casi testimonial de cristianos de izquierdas; y como oveja sin pastor, he ido votando lo que me ha parecido la opción “menos mala”, que ya es triste. Voto útil, voto inútil y voto nulo.

Tengo la impresión de que abandoné la izquierda cuando todo el mundo se hizo de izquierdas, y de que me hice cristiano cuando empezó a estar perseguido. Ahora es mucho peor, pues está mal visto, como que eres intolerante por el simple hecho de creer en Jesucristo, y como que eres malo y enemigo del progreso simplemente por pensar que abortar es un crimen. Hemos dejado de ser una opción para ser la “peor” opción. Pero claro, como experimentar la presencia amorosa de Cristo en la cruz, la mística del que es amado sin merecerlo, es el mejor regalo que se puede otorgar a alguien, pues uno sigue siendo cristiano. Es verdad que eso no solemos contarlo a casi nadie. Por eso no me cambio, ni aunque se haga todo el mundo cristiano dejaré de creer, que ojalá cambie el mundo.

El caso es que mi fe nunca ha sido sociológica, sino experimentada. Una gracia, vaya. Me estorba el cumpli-miento, y agradezco el encuentro con Dios en profundidad, pues su presencia me impregna permanentemente, incluso cuando nadie es consciente de ello. Soy un místico, no un asceta, un enamorado de los planes de Dios que aspira al encuentro definitivo. Al muero porque no muero. Por eso no me sorprende que la iglesia sea perseguida, pues forma parte del destino y de los planes de Dios para confundir al mundo.

Así ha sido. En los últimos años en España – ¿cuarenta? ¿cincuenta? – no ha habido ninguna Ley que haya favorecido de manera clara a la Iglesia. Más bien al contrario, leyes contrarias a los postulados sociales y familiares de la Iglesia. El debate pendulaba entre negarle absolutamente todo a la iglesia, o en negarle solo una parte, para no parecer muy facha. Es la postura de una parte de la izquierda radical, que necesita para justificar sus odios, eliminar los derechos religiosos y de conciencia de los ciudadanos, obligando a los creyentes a meternos en un armario; o la de los de derechas, que nos miran con cierta condescendencia, como pidiéndonos perdón por no hacer nada por nosotros, y pidiéndonos (lo cortés no quita lo valiente) el voto para que no vengan los otros, “las hordas rojas dispuestas a robarnos hasta la catedral de Córdoba si hace falta”. En fin, el Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, y bendito sea el nombre del Señor.

En esta línea nos aconsejan muchos: que no hablemos como creyentes, que no opinemos del aborto, que no salgamos a la calle, que nos callemos y que nos metamos en el armario, que ahora corren otros tiempos y no se puede afirmar sin tapujos que eres cristiano. Que volvamos a las catacumbas, donde quizás ya estamos.

De ahí que muchos cristianos vivan su fe de manera anónima, pues se sienten perseguidos, ridiculizados, raros… Lo curioso es que son mayoría sociológica, pero da igual. La propaganda y la atmósfera del mundo se atornilla a golpe de cuchilla desde la Revolución Francesa en círculos donde el odio a los curas primero, y a los cristianos después, es la norma, y no la excepción. Nos toleran, pero nos odian; por lo que es lógico que en este ambiente de persecución y dictadura cultural, la gente oculte su fe, o que va los domingos a Misa. Extraña esa fe, desde luego; y maldito mundo, que ha engendrado tal dictadura y odio. No dude nadie que cuando puedan nos crucificarán como antes lo hicieron con Jesucristo.

La propaganda política desde siempre ha tratado de hacer dos cosas: mentir y ningunear; y las dos son apreciables cuando se habla de la Iglesia. Se miente y exagera para sembrar la confusión, pues algo quedará en el subconsciente colectivo, una dosis más de odio. Mentira fue el caso Galileo, el de Hipatia, la inquisición o el abuso pederasta de los curas, que es una excepción dolorosa, fruto de un hedonismo sexual que nosotros no hemos deseado para nadie. Pero a la propaganda le da igual el mal o el bien. Lo que hacemos y somos en la historia se olvida; y se ningunea, se omite, se restringe y se borra de la memoria colectiva. Como si nunca hubiera existido. No hubo pensadores cristianos en los libros de texto, y si no hagan la prueba y hojeen los libros escolares. Incluso los libros de filosofía.

La iglesia sufre tales ataques desde hace mucho tiempo, y no solo en España. Somos el gran adversario de la modernidad, simplemente porque “ellos” han decidido lo que es modernidad. Pero no nos debe preocupar. Antes que a nosotros ya persiguieron a los profetas, a los mártires y al mismo Hijo de Dios. Por eso, aunque todos estén contra la iglesia, no la derrotarán, entre otras cosas porque es un trozo en el corazón inmenso de Cristo.

Mártires y testigos del cristianismo. Jacques Hamel y Marcelino Legido.

 

Jacques Hamel, de 86 años, fue degollado de rodillas y ante el altar por dos terroristas del Estado Islámico hace un par de días. Un sacerdote ejemplar, que trabajó por integrar a la comunidad islámica en la vida social del pueblo donde estaba. ¿Se equivocó? No. Fue un hombre santo que ha muerto santamente.

La segunda fotografía pertenece a Marcelino Legido López, sacerdote e intelectual cristiano, defensor de la justicia y de los pobres, haciéndose uno de ellos. Un hombre santo para mucha gente de la iglesia. Un hombre al que tuve la suerte de conocer y de escuchar. También ha fallecido estos días a una avanzada edad desde la pobreza de sus pueblos, El Cubo de Don Sancho entre otros.

Sin duda son testigos privilegiados del amor de Cristo a la humanidad, e imagino que su sangre derramada, y sus pestañas quemadas por el amor a la vocación, expresan el convencimiento de que Cristo ya ha triunfado. La pelota ahora sigue cayendo en el tejado de la humanidad. ¿Aceptará Europa un Cristo doliente y mártir? ¿Preferirá adorar otros ídolos como la comodidad, el dinero o el éxito?

Este sacerdote, Jacques Hamel, no es el primer asesinado por el islam por profesar la fe católica. Llevamos una última década donde ser cristiano en Siria es simplemente una heroicidad. Durante mucho tiempo llevamos desayunándonos con noticias que hablan de masacres de cristianos en Alepo. No son extrañas para determinados círculos sociales. De hecho, para los cristianos de los países aburguesados y acomodados de Europa son un testimonio de fidelidad hacia la fe.

Lo cierto es que no podemos mirar para otro lado: la historia del islam nos habla de una historia de guerra santa, primero por extender su territorio y luego por mantenerse en lo que ellos consideran pureza religiosa. El Islam ha guerreado así contra occidente, se extendió por el Norte de África con fuego y sangre, llegó a España de la misma manera y se defendió con uñas y dientes por mantener su territorio. Eso fue en siglos pasados. Pero no menos sangrientas fueron sus luchas por conseguir la pureza al verdadero islam. Las invasiones almorávides o almohades hablan de grupos de exaltados, de fanáticos que pretendían (más con las armas que con los argumentos) extender la interpretación de su fe, la que ellos creían verdadera.

Por eso, el islam guarda en sus entrañas una raíz violenta que está muy lejos de ser comparable con el cristianismo, y eso a pesar de los intentos de los ilustrados con su anticlericalismo, de igualarlo todo. En la religión de Jesucristo no encontramos nada semejante a una guerra santa. No hay ni una palabra de tal cosa en el Evangelio, y las palabras malinterpretadas que podríamos examinar en el Antiguo Testamento, quedan borradas por el mensaje de AMOR de Jesucristo. Amad a los enemigos, orad por los que os persiguen, haced el bien, poned la otra mejilla. Esto no viene en el Islam, y es que son la raíz de nuestra cultura cristiana y occidental: el bien, el perdón, el amor al otro son nuestra seña de identidad.

Se achaca al Cristianismo de estar en la raíz del odio y del mal, y para tal cuestión se suele hablar de la INQUISICIÓN o de las CRUZADAS. Eso es válido para muchos agnósticos o ateos, que argumentan así que todas las religiones fomentan el odio. Pero no es verdad aunque lo repitan muchas veces. Las equivocaciones de la iglesia se terminan reconociendo en su temporalidad. La iglesia no es que avance, es que tiene el EVANGELIO por discurso, por idea, por fuente de vida, por horizonte y fuente de revelación. Y no hay más que volver a leerlo una y otra vez, para descubrir que el evangelio suele ser el argumento del ateísmo cuando acusa a la Iglesia de no ser consecuente. Bienvenido sea tal argumento, pues nos ayuda a ser más fieles. Pero tampoco tenemos que aceptar todas las bobadas que se digan sobre la Inquisición o las Cruzadas.

La Inquisición fue una institución creada por la iglesia (en realidad es un tribunal) para hacer valer la verdad religiosa y cristiana frente a las interpretaciones o las equivocaciones nacidas en su mismo seno. Funcionaba como un tribunal civil de la época. Bueno, en realidad fue un tribunal más benévolo y misericordioso que los que había en la época; y eso es válido tanto en la forma de obtener pruebas, como en las sentencias y los juicios. La Inquisición nació bajo presiones del poder civil (reyes y nobles) que de esta manera se aseguraban el control de la gente sin estudios ni conocimientos; y fue un regalo para el pueblo, que con “gusto” se entretenía denunciando al vecino de manera secreta. ¿Fue un error histórico? Sí, supongo que sí. Pero la ejecución de las sentencias no la realizaba la iglesia más que en su parte espiritual, y como mucho penitencial (la iglesia no tiene policías ni ejército); y las penas de muerte, garrote, quema de herejes, eran ejecutadas por las autoridades civiles de entonces (alcaldes, corregidores, nobles y reyes), condenas que fueron jaleadas por el pueblo que disfrutaba así de su pureza y su bondad. El yo no soy como estos, sigue siendo el motor de lo políticamente correcto. En aquel entonces el malo no era el inquisidor, como actualmente, sino el que aparentaba ser puro o perfecto sin serlo.

Mucho se podría sacar de estos ejercicios psicológicos, aunque ahora no es el momento. Ciertamente la iglesia se equivocó dejándose influenciar por el pueblo y por los nobles. Si hubiera sido más fiel a los evangelios eso no hubiera sucedido. Por eso hay que pedirle que sea más auténtica, que de un testimonio de fidelidad más serio y consecuente, como el que dan estos dos hombres Jacques Hamel y Marcelino Legido, cada uno en su estilo. Buscando la verdad (Marcelino ha sido uno de los pensadores activos más importantes de la iglesia española de los últimos años), amando la verdad y procurando el bien a los otros (Jacques ha gastado sus años como sacerdote haciendo el bien a las personas de su alrededor, sin importar la condición). ¿Se puede pedir más?

El problema realmente lo tiene Occidente. Tiene que elegir si prefiere perseguir a la iglesia como hizo la España de la Guerra Civil, donde se asesinaron a cientos de sacerdotes, religiosas y laicos solo por el hecho de ser cristianos, o si prefiere aceptar el cristianismo como la verdadera raíz de su cultura democrática, pacífica, amante de la libertad y buscadora de su justicia. En esa tesitura estamos. De momento los asesinos de la última movida islámica piensan que somos sus enemigos, y es natural, porque nos ven débiles, sin religión, sin principios, sin familia, y sin una cultura capaz de contestar al pecado que generamos por culpa de nuestra ambición y nuestro hedonismo.

Por suerte hay una salvación para occidente. Se llama Misericordia Entrañable, y lo escribió Marcelino Legido en su vieja máquina de escribir.

Pascua en la Iglesia: al rescate de Jesucristo.

La Pascua de Resurrección, que inauguramos desde la tarde-noche del sábado Santo, es el momento más importante del año para el cristiano, y es tal su festividad e importancia, que la iglesia, consciente de su valor, prolonga tal fiesta durante cincuenta días, ligándolo con la festividad de la Ascensión del Señor (que es otro aspecto de la Resurrección) y con la Pascua de Pentecostés.

Dicho de otra forma, los cristianos vamos de Pascua en Pascua y disfrutando porque nos toca. Eso debería ser. El problema es que gran parte de la iglesia no parece disfrutar precisamente de la fe, y ese es el tema que nos ocupa. Si “Pascua” significa “paso de”, entonces convendrán conmigo que toda la comunidad cristiana (la iglesia en su conjunto) debería caminar, trasformarse, “empascarse o llenarse de Pascua”, que es lo mismo que resucitar a una nueva vida… y solo en tal ejercicio podrá ofrecer a Cristo Resucitado, que es Alguien alegre y esperanzador. Alegría y Esperanza.

Pero, ¿qué imagen tienen los creyentes de Jesucristo? Por desgracia creo que una imagen demasiado estática y mortecina. Jesucristo no es percibido como una persona real con la que relacionarse, sino como una idea, un ente sobrenatural, omnisciente y alejado. Para muchos la fe termina el Viernes Santo, y para otros el Sábado Santo, y no hay demasiados que entiendan y valoren la Resurrección, precisamente sin la cual, vana es nuestra fe.

Nuestra mente nos tienta edificando una imagen siempre distinta a la que nos presentan los evangelios. De hecho, creo que lo dibujamos tan sobrenatural, que olvidamos con facilidad los relatos de evangélicos donde se encarna, y de esta forma tan falaz acomodamos su figura a la ideología que de trasfondo queramos construir. Es una tentación vieja en la iglesia, convertir a Jesucristo en un icono desencarnado de nuestro tiempo. La otra tentación, hoy más abandonada en la iglesia (no durante las primeras décadas de posconcilio), era la de convertir a Jesús en un revolucionario, en un hombre romántico sin connotaciones sobrenaturales o divinas, un líder político al estilo de otros líderesde la época.

Por eso hay que rescatar a Jesucristo, y tal empresa implica devolverlo a su auténtica imagen, la que corresponde al Hijo de Dios, al Unigénito, al Jesús de Nazaret, el hombre, que pasó por el mundo haciendo el bien, el mismo al que el Padre rescató de la muerte, al que elevó y colocó en el lugar que le correspondía, que es a su derecha. Luz de luz, pero también que se hizo hombre. Por eso, cuando los cristianos celebramos la Pascua, cualquier Pascua, deberíamos tener en cuenta la IMPERIOSA NECESIDAD de cruzarnos con el verdadero rostro de Cristo, el que ríe y el que lloró, el que disfrutó y el que se dolió. Deberíamos averiguar cuál es la verdadera naturaleza de Aquel a quien decimos seguir, porque de lo contrario acabamos convirtiendo la fe en una ideología, un eslogan, y en definitiva en una maquinaria para justificar las acciones que realizamos en nombre de Jesucristo, incluso las que impregnamos de pecado.

Desde las ideologías, un creyente termina justificando sus propias convicciones políticas en la religión. De esta manera, en el medievo por ejemplo, las cruzadas, los atentados y los asesinatos eran defendidos de la misma forma que el amor a los más débiles. Y no. La iglesia contemporánea no puede anclarse en el medievo (como el Islam), justificando las ideologías que le apetezcan. Para Dios no es lo mismo la muerte que la vida, el amor que el odio, la vida del no nacido que el nacimiento de una personita. Si volvemos al evangelio, los creyentes encontraremos en Jesús más ejemplos de amor que de condena. Ya nos dijo que no viene a juzgar, sino a salvar y dar su vida por muchos. El problema es que no acudimos al evangelio, preferimos salvarnos gracias a nuestras ideologías, las mismas que levantamos alrededor del Evangelio, muchas de las cuales hablan de odio y de guerra, y que son claramente tentaciones  pecado, el que justificamos.

Las iglesias se descentran fácilmente, y cincuenta y un años tras el Concilio Vaticano II, siguen dejándose llevar por la tentación de desencarnarse; por eso, una iglesia que no habla de servir a los pobres me da grima y espanto; y lo mismo me sucede con una iglesia que se preocupa mucho de tener sus templos limpios, preciosos y con patenas relucientes. Me resultan farisaicas. Creo que se derrumbarán por sí mismas, sin necesidad de revoluciones islámicas, como lo hizo en su momento el Templo de Jerusalén. La iglesia que reza mucho el rosario y lee poco el evangelio me parece que es poco fiel a Jesucristo, y una iglesia preocupada en los que están (conservar), y no en los que faltan (formas nuevas de evangelización), es una iglesia desarraigada y sin sentido, condenada a su desaparición. Y desde la misericordia de Dios a su purificación y mejora.

La misericordia del Señor, cada día cantaré.

MISERICORDIOSO COMO EL PADRE.

 

No suelo tocar demasiado los temas teológicos, pero me parece que la ocasión la pintan calva, y más que calva. La Iglesia, a través del Papa Francisco ha inaugurado hoy, día de la Inmaculada, el año jubilar sobre la Misericordia, y hay mucho que contar aquí y que reflexionar. Intentaré ser como las minifaldas: cortito, cortito, pero enseñando pierna. Ustedes ya me entienden.

Lo primero el logotipo: la imagen que han propuesto, creo yo que es una de las más sugerentes que he visto en la comunidad cristiana cuando trata de comunicar las cosas. Me gusta tanto que la he colocado, en inglés eso sí, en esta entrada. Lo describo por si alguien no se fija. Jesús lleva en hombros a un tío, un señor, con quien comparte un ojo. La oveja perdida del buen pastor toma cuerpo humano, no es un borrego (y eso ya dice mucho de lo que se piensa a veces qué es la gente), y en segundo lugar lo hace con los pies en la cruz. Cristo está con las marcas de la sangre en manos y pies. En el trasfondo hay cierta sugerencia de pantocrator. Cristo es todo, Alfa y Omega, está resucitado, y desde la espera de su segunda venida carga con nosotros, compartiendo parte de nuestra torpe mirada, y nos sujeta con la fuerza de su amor derramado en la cruz. ¿Se puede decir más en menos? Por supuesto es la imagen del buen samaritano que carga con el hombre apaleado del camino. Jesús es el buen samaritano, y nosotros los apaleados por los ladrones.

El problema está en el término MISERICORDIA, que es una palabreja poco sencilla, y con muchos matices, y no siempre bien entendida. Forma parte del acervo cultural de la iglesia, y estoy seguro que si se preguntara a la gente qué piensa que es la misericordia, encontraríamos respuestas variopintas, sobre todo entre los concursantes de Gran Hermano, donde seguro que alguno decía que era algo de los curas, otro de las monjas, y el menos avezado comentaría estar ante un tipo de moda rapera, o una ciudad de Méjico. Hay que explicarlo, y usar términos menos eclesiásticos, creo yo. Aunque también hay que decir, que el lenguaje es el lenguaje, y que tampoco pasa nada por decir “misericordia”. Pero hay que explicarlo, como Jesús los hacía en sus parábolas. Con la del buen samaritano sobran otras; y las que siguen son para entretenerse con teologías más conceptuales, para ampliar tema que se dice.

Misericordia se suele identificar con “compasión” que es “padecer con”, y que hoy traducimos por empatizar. Pero “compasión” creo que guarda más cercanía con el prójimo que “empatizar”. Compadecerse de alguien es revolverse por dentro, es indignarse y lanzarse. Implica actuar además de sentir, en cambio “empatizar” suena a frío, a psicólogo de laboratorio, a tío asertivo que llora en los funerales y se escogorcia en las fiestas sin cambiar ni de valores ni de vida. Compadecerse es identificarse con el que sufre, y eso es importante. La empatía parece algo de quita y pon, pero compadecerse de otro supone revolverse desde las entrañas más profundas, identificándose íntimamente con el sufrimiento.

El otro término que pensamos como misericordia es “perdón” y tiene sentido Cuando nos identificamos con el que sufre tratamos de quitarle el peso de las cargas que sobrelleva, intentamos aliviar su dolor, “perdonar” tiene algo que ver con eso, con aligerar el equipaje y la cruz que soporta el otro.

En hebreo, y la Biblia (AT) está escrita en hebreo, usaban dos términos para expresar esto: “rahamim”, y “hesed”. El primero, rahamim, indica una especie de ligadura de una persona a otra, una unión con otro de manera casi instintiva, y que el hombre tiene desde el seno materno. Es el cariño o la ternura más íntima, más familiar. Capaz por ello de perdonar incluso lo imperdonable. Lo que hace una madre con el golfo de su hijo, vaya.

El segundo “hesed” es más común, y lo hemos traducido al griego como “eleos” y al latín “misericordia” de donde procede la palabra castellana “misericordia”. “Hesed” expresa piedad, perdón, pero también fidelidad al otro y a uno mismo. Por eso el término misericordia, no es una exaltación de buenismo que ahora los cristianos recordamos para pasar el año entretenidos, sino que tiene una raíz profunda. La misericordia es un deber interior para el cristiano, una expresión de la fidelidad a nosotros mismos, una obligación en coherencia, que nace desde la entraña más íntima y que desplegamos desde la ayuda que pedimos a Dios. Ser buenos es hacer el bien, ser misericordiosos es escuchar el latido sufriente y doliente de los demás. Lo que anunciaba la Gaudium el Spes en su número primero: De las alegrías y las esperanzas, de los sufrimientos y las tristezas… (cito de memoria)

La misericordia, en el verso bíblico que preside esta entrada: LA MISERICORDIA DEL SEÑOR, CADA DÍA CANTARÉ, obliga al creyente a tener una especial atención a los miserables, los pobres que se dirigen a Dios pidiendo ayuda. Son los primeros sobre los que Dios extiende su mano, su protección y su salvación. Mendigos, transeúntes, parados, agobiados, entristecidos, enfermos, oprimidos de cualquier parte del mundo, sexo y condición son los principales favorecidos por Dios… La misericordia recae sobre ellos, por eso los cristianos que quieren vivir este año con ganas deben abrir su corazón, convertirlo en un corazón de carne, para sentir, pensar y vivir como lo hace Cristo. Cambiar ese corazón es algo fundamental en el año de la misericordia, porque implica CONVERTIRSE. Cambiar de mentalidad, de sentimientos y de forma de pensar y vivir. Ahí es nada, porque o nos descubrimos pobres, enfermos y necesitados, o no tendremos nada que hacer. La soberbia es lo más contrario a la misericordia, de hecho, el soberbio nunca siente misericordia por nadie. Exige a todos que sean tan estupendos como él, pero no logra entrar en la entraña del otro para sentirla como propia. Abajarse es lo que hizo Jesús, nos recuerda Filipenses.

¿Cuál es el modelo de la misericordia? Yo creo que hay muchos parciales (San Francisco, Gandhi y muchos otros) que nos pueden ayudar, pero creo que el único que realmente nos puede cambiar por dentro en profundidad, hasta mudar la entraña endurecida y darnos la vuelta como un calcetín, es Cristo. El Cristo que nos lleva en brazos, con el que compartimos un ojo, y el que nos conduce con las marcas de la cruz. María sin duda nos ayudará e intercederá por nosotros, como Madre de la Iglesia que es, en este año jubilar, ALEGRE, y gratuito que nos regala la Iglesia.

 

¿Por qué se pierde la fe? (2)

También se abandona la fe cuando la vida concreta y cotidiana tiene poco que ver con la experiencia religiosa que se ha vivido. Si no se piensa en como vivir, es fácil que se acabe viviendo sin pensar. Fe y vida, son dos realidades que si no se entrelazan adecuadamente pueden degenerar en un enfrentamiento, en un alejamiento, y a la postre, en una distancia insalvable.

Es verdad que el hombre puede vivir alejado de Dios durante mucho tiempo, y no siempre llega el momento del hijo pródigo, el del regreso. Quizás pueda el orgullo, o quizás concibe uno las convicciones de tal manera que Dios no es imprescindible para vivir como uno decide. Yendo más lejos, cuando el hombre peca, se aleja de Dios; y bastantes personas perciben ese alejamiento de Dios como una frontera cerrada de un pais al que no se puede regresar jamás. Muchas personas que fueron creyentes entienden la fe como ardores de juventud, como ideales superados, y por tanto muertos para el hombre adulto. Se entiende así la fe como algo para jóvenes o niños, pero no para alguien que ha perdido la inocencia o el gusto de soñar en lo divino. La fe no es para gente adulta y seria, parecen decir. Para gente con niños, obligaciones, trabajos, esfuerzos y poco tiempo libre. A veces se piensa en retornar de mayor, cuando me jubile, dicen algunos. En otros casos la vida ya no tiene nada que ver.

Alejarse implica distanciarse de unos valores y convicciones éticas que facilitaban la vinculación con Dios, por eso la persona alejada de Dios, entiende los valores evangélicos como exagerados, imposibles, o irrealizables en la vida de uno. Máxime si la propia vida ha derivado por caminos muy distintos a los propuestos por la iglesia, tanto en lo ordinario como en lo extraordinario.

Pongo un ejemplo: una persona creyente, que ha fracasado en su matrimonio, se ha separado primero, luego divorciado, y con los años vuelto a enamorar y a casar. Rehace su vida, pero no desde la fe. No ha caminado sintiendo a Dios cercano. No es que quiera ir contra Dios, es que simplemente no está con Él. Cuando la vida va por un lado, y sus decisiones no se toman desde la “voluntad de Dios” o la “relación con Dios”, los caminos se separan, y la fe se pierde inevitablemente. La semilla ha caído en medio de un camino, y es una fe pisoteada sin remedio.

¿Hay posibilidad en regresar a Dios? Sí, siempre hay camino hacia Dios, sin que ésto suponga que Dios quiera nuestro mal, ni destruirnos, ni convertirnos en otras personas distintas a las que somos. Dios nos quiere tal y como somos, con nuestro pecado y nuestra debilidad. Por eso la fe no es para espíritus puros sino para enfermos, para personas deshechas y rotas por dentro. Para el que está dispuesto a mirarse al espejo, pues sabido es que en todos los lugares cuecen habas. Y en todas las almas también. Luego, el mismo espíritu que nos impulsa a caminar con él, nos va moldeando por dentro, haciendo que nuestra vida se vincule más y más a la de Cristo.

Finalmente, si la fe es confianza en Dios, en el momento que se desconfía de Dios se pierde la fe. La desconfianza nace de la distancia, de la poca relación, de la separación de las vidas. En la relación con Dios, la desconfianza es propia de los hombres, pues Dios no puede dejar de confiar en nosotros y en nuestra salvación. Dios nos ama, comprende, escucha, conoce, corrige y orienta la vida. Incluso desconfiar de Dios abiertamente implica darle reconocimiento, porque supone aceptar su existencia. La actitud de algunos profetas, huyendo de Dios, ratifica precisamente su vocación y la elección de Dios. ¿Adónde iré yo lejos de tu mirada? Si me escondo tu me miras.

Dios no falla, sino que es el hombre el que se aleja. ¿Es una opción desconfiar de Dios? Vincularse a Él no es precisamente un camino fácil, pero se puede y se debe hacer. Luchar contra Dios nos une más a Él. Es la experiencia también de Jacob Israel, luchar contra Dios, y dejarse vencer por Él. Sin embargo, la desconfianza se puede convertir en distancia, en separación, en crisis profunda. Es el caso, por ejemplo, de las personas que dejan de celebrar los sacramentos en algún momento de su vida. Por pereza, por aburrimiento, por incomprensión, por poca ejemplaridad de la comunidad o de los sacerdotes. Hay mil y una excusas, porque entender la pereza, aceptar y criticar la poca ejemplaridad de los que se dicen cristianos forman parte de las luces que otorga el Espíritu a la comunidad cristiana, siempre que se pongan a disposición de la comunidad, desde el Señor que nos preside, y siempre que se esté dispuesto a ver el pecado y la distancia también en uno mismo.

El hombre piensa que se aleja o acerca a Dios según se acerca o aleja de la Iglesia, de la comunidad cristiana y sus mediaciones (sacramentos). El hombre que no celebra su fe, que no la comparte, tiene más posibilidades de alejarse de Dios en un plazo relativamente corto de tiempo. Se acaba pensando de otra forma, más acorde al ambiente y la atmósfera social, que precisamente no es la más adecuada para vivir la fe. Por eso un grupo, una pequeña comunidad de vida, de oración, de reflexión son mediaciones muy adecuadas para los cristianos. Eso no significa que no se pueda discutir todo aquello que no es dogma de fe. No significa que estemos de acuerdo con todo lo que dice el cura de la parroquia, sino que creemos, hacemos y celebramos como adultos, con criterio y libertad. Pese a quien le pese.

Misterio de Amor

crucifix

En alguna ocasión he escuchado que el cristianismo es un invento de los curas, o algo parecido, para sacar dinero. Pero lo cierto es que el cristianismo no ha servido para acumular dinero más que en algunos momentos de la historia, precisamente en aquellos en los que la fe languidecía más, y la vinculación con el poder político convertía a ésta en un acolitado cultural del déspota de turno. El dinero, por supuesto, no iba a los más místicos y santos de la iglesia, que rehuyen de la acumulación como del diablo; ni de los fieles de a pie, que siempre son ninguneados por los poderosos y adinerados. Luego los tiempos cambian, y el dinero de la iglesia se sustrajo (desamortizaciones), o sea se robó, para mayor gloria de Dios, pues permitió a los clérigos dedicarse a cosas más espirituales. Lo cual es de agradecer.

También hay que decir que sustituido el cristianismo por la fría y calculadora razón Ilustrada, las cosas tampoco han desfilado mejor para la humanidad. Tras las codicia se esconde la avaricia, el afán de acumular, y los vagones de sus consecuencias: empobrecimiento para la humanidad, y esquilma para la naturaleza, que ahora se llama medio ambiente. Cosas tan ajenas a la religión y sus valores, como ajeno es el dinero al arte, al gozo de vivir o al amor de una madre y un padre por sus hijos. Coexisten y punto.

Es curiosa la veneración de algunos por la pasta, el trabajo y el éxito, que se asume y consume como pan bendito cuando el beneficiado es uno, y amarga como castigo divino (llámese envidia) cuando el disfrutador es otro. También el irracionalismo se une a esta fiesta de incautos, que abrazan cualquier mal confundiéndolo con el bien; son los nuevos dioses, y sus fieles no siempre son conscientes de sus exigencias, agnosticismo se llama, y acaban venerando al dios dinero y consumo porque no conocen otro mejor.

El hombre cuando deja de creer en Dios, termina creyendo en cualquier cosa, decía Chesterton, y tiene su parte de razón, pero no es mi interés hablar de los ídolos de nuestro tiempo, sino de la experiencia primera de la fe cristiana, lo que los teólogos han llamado experiencia pascual. Si celebramos la Semana Santa, el Triduo Pascual, la muerte y la resurrección de Jesús el Mesías, o sea Jesucristo, es porque un puñado de hombres tuvieron una experiencia de Dios sincera y profunda, que no solo cambió su vida, sino que a la postre ha cambiado la faz cultural de Occidente.

Jesús se rodeó de seguidores, a los que escogió. Su relevancia política y espiritual era, en aquel momento, más que discutible. De hecho, muchos de los que lo conocieron no creyeron en él, no apostaron con que era el Mesías, o si lo era, su ejército y fuerza era una absoluta ridiculez. Sus pretensiones mesiánicas era absurdas para cualquiera que hubiera tomado a Jesús en serio. La gran sospecha que caía sobre Jesús era sus palabras, llenas de fortaleza y sentido. Un gran orador rodeado de paletos de pueblo. Jesús se enfrenta con los poderosos de su tiempo, ofreciendo un discurso distinto, coherente con los gestos proféticos del que los elaboraba. Y dentro de sus grandes gestos, su poder taumatúrgico era, sin duda, lo más llamativo. Jesús cura. Esta experiencia es la más llamativa en la persona de Jesús, que se convierte en el personaje, en el curandero más importante de la antigüedad. No conocemos a ningún otro taumaturgo antiguo que tuviera ni hiciera tantos milagros como Jesús. Para los que lo vieron y experimentaron, era un punto de partida llamativo. Los ciegos ven, los cojos andan, y se anuncia el evangelio a los pobres…

Pero el gran gesto de Jesús fue su muerte, un gesto contradictorio con las pretensiones del poder, y un gesto absurdo con las intenciones culturales de la época, y me atrevo a decir que de cualquier época. Jesús muere como una basura humana, es la muerte de los esclavos, de los indignos, de los deshonrados, de los peores. Exactamente todo lo contrario a las pretensiones que se suponían en un Mesías glorioso. Jesús es un proscrito, un maldito (palabras bíblicas) para el judaísmo. Es lo más contrario a un salvador, porque precisamente no puede salvarse alegando su condición humana, no tiene padrinos en el sanedrín, ni abuela que le alabe, ni ejército que lo libere. Es un solitario, una víctima ridícula de un mundo que camina deprisa y que no tiene tiempo de detenerse en valorar si es justa su muerte. Prefiere las razones, los argumentos y las luchas de poder. Jesús representa, en este sentido, a la humanidad sola, al hombre ante su dolor y su angustia. Es el hombre que llora, que sufre, que se duele, que cae, que es una piltrafa para los de alrededor, aunque todos nos podamos reconocer la misma piltrafa humana en algún momento de la vida. No lloréis por mi, dice el Señor…

Por eso la experiencia Pascual, la Resurrección, son la clave del cristianismo. Si Dios no ha resucitado, vana es la fe, dice San Pablo con acierto. De hecho, la experiencia Pascual rodea a Cristo de sentido, le comunica el triunfo que necesitaba para ser reconocido por la humanidad. Creíamos en él cuando hacía un milagro, pero el gran milagro es ahora la vuelta a la vida, su regreso de la muerte, que se interpreta como el final del mal y del pecado en el hombre. Dios se reconcilia por la sangre de su cruz, y permite intuir que aquel que creíamos el Mesías es verdaderamente el Salvador que esperábamos. Jesús es Dios mismo, porque es el Mesías, el Hijo Unigénito del Padre. En la categoría semita el padre y el hijo son lo mismo, la misma sangre, la misma esencia y naturaleza. Jesús es Dios.

La siguiente gran reflexión, que hace el cristianismo en los primeros tiempos, tuvo que ver, precisamente en comprender el gran misterio de la fe. Que Dios tenía que morir y resucitar, les explica en Emaús. Una afirmación nada sencilla. De hecho, los primeros cristianos rehuían del signo de la cruz (hasta Constantino no se convertirá en el signo cristiano por excelencia), y los primeros textos hechos para conocer a Jesús tratan de explicar lo que sucedió en los días de la Pasión de Jesús, precisamente porque son los más complicados de entender. Había que explicar lo que había sucedido, con detalle incluso.

Ese era el camino que Dios quería emprender para el hombre.Que el grano de trigo muera, para que pueda dar fruto, y la única gran conclusión a la que se llega es que ese misterio de la dinámica de Dios, la economía de salvación dicen los teólogos, es un misterio de Amor. Tanto amó Dios al mundo que envió a su único Hijo, para salvar al mundo. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos… Para ofrecernos un camino único, místico y distinto Jesús tuvo que entregar su vida de manera cruenta. Feliz culpa que mereció tal redención, canta la liturgia de estos días santos. Un itinerario trascendente y profundo, que pudiera dar sentido a la vida de los que todavía morimos, enfermamos, tropezamos y nos equivocamos. El misterio de Amor de Cristo es lo que celebramos en Semana Santa. Un invento hecho precisamente para que el dinero no tenga la última palabra en nuestra caduca y frágil vida.

El cautivo voto cristiano ha sido liberado.

 

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La fotografía recoge perfectamente lo que suele pasar con el voto cristiano. Vota aquí, da lo mismo, dice el simpático contenedor de basura, y es que la ingeniería social de la izquierda ha logrado, en connivencia con la derecha, suponemos ahora que laicista y masónica, que los cristianos no tengan casi opción para votar, o mejor dicho, que tengan el voto al borde de la histeria. Me explico, porque creo que vale la pena ahondar en una de las cuestiones más interesantes para la antropología cultural de nuestra sociedad española.

Pertenezco a la generación de cristianos con poco olor a naftalina, más del Concilio Vaticano II que de las grandes manifestaciones tumultuosas proviva el Papa, aunque todo seguro que se hace ad maiorem gloriam dei. Creo que “Lucha y contemplación” han sido los dos grandes lemas que sedujeron a cientos y cientos de cristianos a lo largo de la historia, y que en su momento me sedujeron a mí, como a tantos cristianos de base, de pie, de asfalto, de estudios y de grupos cristianos, a veces olvidados por las curias, y otras ninguneados por los poderes políticos. Poder vivir desde esos dos ideales, de la oración en profundidad, y del compromiso social y cultural transformador, es una gracia otorgada de lo Alto, para un pequeño cristiano como creo que soy.

Esto me ha obligado, durante muchos años como cristiano reflexivo y comprometido, a tener que dilucidar y discernir, en ocasiones con grandes dificultades, a qué partido entregar el voto, pues ninguno de ellos casaba con el ideal del evangelio en plenitud.

Desde la teología moral, y en concreto la teología social de la Iglesia, ninguna opción temporal agota la plenitud del ideal evangélico, por eso, a la hora de votar, se nos ha dicho a los cristianos laicos, con un criterio fantástico y discutible, por parte de los obispos y el magisterio en general, que había que pensar el voto. Y los dos extremos siempre han estado claros para muchos creyentes durante muchos años.

 Las izquierdas políticas han representado evangélicamente como ninguna, a veces más en la teoría que en la práctica (pues una cosa es predicar y otra dar trigo), el ideal de la igualdad, de la justicia social, de la ayuda al débil y necesitado, de la apuesta por una democracia participativa, reflexiva, pensada, creciente y constructiva. Una defensa más teórica que real, pues en la práctica la izquierda usa al pobre o al obrero como arma arrojadiza para lograr votos, aunque de nuevo, de todo hay.

La búsqueda de equidad era un principio tan importante casi como la honestidad y la austeridad como valor de izquierdas. En ese sentido, la izquierda siempre ha recibido, aunque algunos no lo crean, el voto de muchos creyentes cristianos. Muchos de ellos entraron en la militancia política en partidos como Izquierda Unida, en sindicatos (USO fue fundado por parte de la cúpula de la Juventud Obrera Cristiana en los años 60, y lo mismo podríamos decir de CCOO, en sus inicios, claro), o en el PSOE (corrientes de cristianos para el socialismo…).

Pero hay que decir que estas opciones políticas no siempre fueron acogedoras con los cristianos de base. Bien mientras dejen su cristianismo en la sacristía, porque en el partido no se habla de esas cosas. Además chocaban abiertamente con el ideal evangélico en una cuestión tan básica como era la defensa de la VIDA. El aborto ha sido un escollo importante para el cristiano de izquierdas, lo sonrojaba y le avergonzaba hasta el punto de tener que justificar la inhumanidad del humanismo materialista marxista. Incluso algunos creyentes pensaron que podían eludir ideológicamente todas esta cosmovisión sin poner en riesgo sus creencias, y acabaron perdiendo la fe, pública o privada, en Jesucristo, según casos.

Chocaban para los izquierdistas que el cristianismo pudiera ser una opción pública y radical, pues la ideología marxista de la que partían no admitía más religión que la transformación social, o la lucha de clases, que tanto daba; de ahí que la iglesia y los cristianos no pudieran, nunca lograran, tener una voz respetada en esas formaciones. Como gente del partido bien, pero si eran cristianos que lo llevaran en privado, les han dicho directa e indirectamente.

Es la mismo postura de la masonería en la que se han bañado muchos de los dirigentes de la izquierda. La misma que sostiene a los dirigentes de derechas de otros partidos. Tras cuarenta años de democracia los cristianos, ni de derechas ni de izquierdas han logrado evitar el deterioro de la clase de religión en la escuela (la asignatura más ninguneada y perseguida de todas), han frenado la lacra social y moral que supone el aborto en la sociedad, ni han sido tenidos en cuenta para el desarrollo de la justicia social, tantas veces denunciada por Cáritas, por ejemplo.

Dicho de otra forma: los cristianos de izquierdas modificaron su cristianismo, o cambiaron su voto, simplemente. Pero la derecha ha sido peor con los cristianos.

Aparentemente la derecha siempre ha sido más acogedora con el voto cristiano, pues al entender que las religiones representan algo tradicional y conservador, pues les venía bien. Era el granero de votos y la contestación ideológica en la calle que nunca pudo organizar la falange del Franco, ni el Pepé de la democracia. Nunca entendieron que el cristianismo incorporaba una revolución en su seno, que el dinero y el libre mercado tenían que estar por debajo del hombre. que el dinero no era todo, y que había que construir una sociedad con valores como la igualdad, la libertad, la vida, la pluralidad y el reconocimiento a la tradición española y a la historia. Sin complejos ni tapujos, sin falsas palabras.

Para los cristianos la libertad siempre ha sido necesaria como medio en la construcción del Reino Evangélico, era una coincidencia importante con una opción política menos sectaria y más complaciente con la pluralidad y la construcción social sin intervención política dirigida. O eso parecía, porque ni una mala palabra, ni una buena acción, eso ha sido el Pepé.

La izquierda hacía la ingeniería social para cambiar la sociedad, para dejarla pulida y desprovista de religión, para anular los valores del Reino, reconvertidos, eso sí, en pseudovalores conniventes con la modernidad, para alentar los derechos de la bragueta, del fumeque y del asesinato abortista. Y la derecha presumía de que iban a hacer cuando llegaran. Decía la derecha que le bastaba para convencer al mundo con ofrecer la libertad absoluta, la de mercado, la de optar entre lo malo y lo bueno, la del mínimo intervencionismo político, y el agudo orden público.

– ¿Y por qué no modificáis la ley del aborto? Le preguntaban a Aznar los cristianos cuando gobernaba.

– Porque no hay interés social – respondían los peperos de su entorno con un cinismo atronador.

O sea, que el interés social lo marca la izquierda, no los cristianos de este país. Ahí está el meollo de la cuestión. Los liberales del Pepé no van mover un dedo por lograr más igualdad social, ni justicia social ni nada por el estilo. Salvo que les de votos, claro, no son gilis. Tampoco van a modificar la ley del aborto, no van a proteger ni a la mujer ni el feto, ni a las familias, ni nada de nada. Salvo que nos de votos, dicen los gurús del pepé, que por cierto, parece que se van equivocando de medio a medio.

Los cristianos que pensaban que la derecha era algo más partidaria de sus postulados se han desencantado en esta legislatura, se han caído del guindo de bruces y se han roto la nariz, porque se han quedado desamparados y en la calle ideológica. Era algo que ya veíamos algunos desde hacía tiempo. Les pueden los complejos ideológicos, y prefieren hacer lo que marcan las ideologías de izquierdas que rastrear indagando lo que dicen sus votantes, algunos conservdores, otros liberales, y otros cristianos y todos indecisos.

Nadie hizo tanto por alejar el voto cristiano de la izquierda que el infausto presidente Zapatero, pero nadie ha hecho tanto por cabrear al voto cristiano de la derecha como el pasmado presidente Rajoy.

Por eso el voto cristiano, que estaba cautivo en la búsqueda del ideal ha sido liberado. Nadie quiere defender la familia, ni la vida, ni la clase de religión, ni la equidad, ni la justicia social, ni la verdad, ni la libertad, ni la igualdad como la defienden los cristianos, en lucha y contemplación. Y ahora sí, ahora podemos votar cualquier opción por muy antiabortista que sea, pues ningún partido defiende el NO AL ABORTO. incluso nos podemos quedar en casas con la conciencia bien tranquila mientras vemos que se derrumba la democracia. Total, ¿qué más nos da a nosotros? Nunca creímos que la monarquía fuera mejor que la república, ni que la democracia fuera mejor que la dictadura. Somos ciudadanos de otro mundo, y nos limpiamos el polvo de nuestras sandalias.

PD: Dice de Prada que una solución sería no ser metecos y quedarnos en casa, o votar otras opciones minoritarias, no seguir entregándonos a los que nos faltan al respeto permanentemente, y no le falta razón.

PD2:Luego se sorprenderán que la gente vote a Vox, como opción cristiana, a Ciudadanos, como opción de centro, y a Podemos de izquierda radical. Pero ya verán como pase lo que pase, aquí los cristianos seguiremos siendo ninguneados. No nos quiere ni el tato.

PD3: ¿No dicen nada los obispos de ésto? Sería deseable un partido cristiano, que claramente defienda la justicia social y la vida. No se agotaría el evangelio con las opciones mundanas, pero nos aliviaría de los problemas de conciencia, los mismos que no deben tener los diputados del psoe ni del pp, ni de Iu cuando votan lo que votan sin despeinarse…

Trasmitir la cultura en la escuela.

Hoy es uno de los asuntos que más interesa, el de la educación, y reconozco que he estado remiso y reticente durante mucho tiempo a hablar de este asunto directamente en los artículos que vamos colgando poco a poco en este blog. No obstante, hemos rozado el tema de cuando en cuando, con referencias imposibles de evitar. En este sentido escribí la semana pasada sobre perlas y puercos, haciendo referencia a uno de los males de nuestro tiempo, el utilitarismo del conocimiento que tiñe la mente de los más jóvenes y vulnerables (los alumnos); o a los males que causan algunos dirigentes de la enseñanza, semejantes por otra parte a los males que causan los que con responsabilidad de gobierno, crean con su negligencia, males mayores a los que pretenden resolver. Si el que tiene que apagar el fuego es el pirómano, entonces el cuerpo de bomberos tiene un grave problema. Era un problema humano, sin más, aunque haya tenido la desgracia de reconocerlo en primera línea y en los Institutos de Enseñanza.

El valor que hoy tiene la sociedad por la educación es algo novedoso, pues en siglos pasados a nadie le interesó la actividad del aprendizaje, si exceptuamos la Iglesia, depositaria durante siglos y siglos del saber y el conocimiento. No por apego a él, ni por manipulación, sino simplemente porque era la única interesada en salvaguardar las tradiciones ancestrales romanas, clásicas y antiguas.

Nos conviene recordar que la Iglesia es una institución romana, es la religión del extinto Imperio Romano, por eso siempre estuvo interesada en trasmitir esta cultura, por ser precisamente el vehículo de socialización cultural de un mundo, en nuestro país, hispano-romano. La iglesia se ha empeñado durante siglos en conservar y proteger el legado cultural de occidente: latín, retórica, gramática, filosofía, teología, y cuantos estudios de humanidades podamos enumerar. La iglesia erigió las Universidades, los Estudios catedralicios y monacales, y puso en orden el conocimiento de la medicina, el derecho, la teología, los cánones o el derecho canónico.

Pero esta exclusividad se empezó a ver con recelo cuando el paradigma aristotélico escolástico se empezó a resquebrajar en la Edad Moderna, cuando los reyes se empezaron a ver a sí mismo como soles y cuasidivinidades, y cuando sus adláteres, todos ellos educados en centro religiosos, y autodenominados pomposamente ilustrados vieron en la educación el punto de partida para transformar la sociedad.

Por desgracia no se equivocaron en su juicio, pues efectivamente, la trasmisión de una cultura se realiza básicamente en la socialización primaria, es decir, en la familia. Por eso, la apuesta de todos los regímenes totalitarios, que han querido cambiar la sociedad según sus gustos particulares, siempre ha tenido como gran punto de partida el control de la educación. La construcción de un edificio que supliera a la familia en sus criterios ha sido uno de los grandes objetivos del jacobinismo educativo, cuya actuación más repudiable la hemos podido ver en los países del Este bajo el yugo del totalitarismo comunista. Robamos a los hijos de las familias para decidir su educación. También fue practicado por las juventudes hitlerianas, educamos para ser grandes alemanes, al estilo que algún dirigente de un despacho decide.

La educación en España, y en el entorno Europeo, mantiene los mismos principios del totalitarismo, en una versión más encubierta y débil, menos salvaje, dada la sensibilidad social, pero no menos constante ni benévola. La escuela se ha convertido en el laboratorio de experimentos sociales teñidos de ideologías perfectamente identificables, y rabiosamente defendidas por sus próceres e intelectuales.

Por eso la trasmisión de la cultura occidental está en peligro, y todo lo que se entendió que perteneció a un mundo brillante está cerca de su borrado y reorganización; se está evacuando la tradición a pasos agigantados, y sus consecuencias y efectos ya las estamos empezando a percibir en España, aunque el fenómeno recorra como un fantasma toda Europa y me atrevo a decir todo Occidente.

En las culturas estables, armónicas, las que no cambian en la trasmisión de sus saberes y conocimientos de una generación a otra, el conocimiento se realiza desde la mímesis y el ejemplo familiar. Si existe algún tipo de escuela, ésta está sometida a los dictámenes culturales de la sociedad a la que sirve con más eficiencia que cualquier otra. Un ejemplo sería la cultura pigmea, que apenas ha variado en seis mil años, y que sigue siendo la que mejor se adaptar a un entorno selvático pues trasmite los conocimientos esenciales para la supervivencia en el medio.

Pero nuestra cultura no goza de esta estabilidad. Y nuestros alumnos, no salen adaptados al medio en el que tienen que sobrevivir. Las autoridades educativas se empeñan en educarlos con todo tipo de pantomimas: escuelas bilingües (que deterioran los conocimientos y la lengua castellana), refuerzos educativos y planes estupendos (para que barnicemos la ignorancia de nuestros hijos con un título en inglés). Se hacen sistemas educativos y planes de estudio con una alegría y una negligencia digna del más patoso del mundo, sistemas que se rehacen en poco tiempo. La argumentación que tienen es la adaptación, y en esa adaptación nos cargamos las tradiciones culturales, porque son antiguas y rezuman iglesia, y se empuja a los profesores a que sean grandes defensores de ideas transversales democráticas, que van desde la seguridad vial, hasta la exaltación de los derechos de la bragueta, o la defensa de la ideología particular antimachista, por ejemplo. Menos a Séneca, podemos dar lo que queramos, parecen querer decir, y dicen que no es útil. Que es mejor poder leer un menú de un restaurante chino en inglés, por ejemplo. Variar los contenidos, quedarnos con las formas.

Escuché hace unos años a un director que estuvo en una reunión del Ministerio, que cuando se empezó a hablar de qué había que enseñar en las aulas, nadie se ponía de acuerdo. Unos hablaban de la importancia de los idiomas, o de la informática, o de la lengua (sintaxis, gramática y más sintaxis, como si eso fuera a mejorarlos en su capacidad lectora)  y otros se rebelaban aduciendo la estupidez de educar formalmente y sin contenidos. De hecho el plan Bolonia, que ya campea por toda Europa, está logrando que se terminen las carreras siendo competentes en muchas cosas, incluida la ignorancia de cosas básicas que cualquier hombre de hace cien años, con semejante titulación, se ruborizaría.

Pero aquí no se ruboriza nadie.

 La trasmisión de una cultura implica trasmitir de la manera más fiel posible las tradiciones de esa cultura: tradiciones religiosas, ideológicas, de organización familiar, de comportamiento ético y moral, rituales, leyes jurídicas, trasmitir el lenguaje con su literatura, su poesía, y en general sus formas artísticas.

Aquí se trasmite precisamente lo contrario, lo que es último y fetén. Si hay un tonto que saca la teoría de que los alumnos pueden estudiar en dos idiomas, los padres, benditos ellos, se alegran mucho y odiarán a los profesores que se opongan a eso. Si deciden que hay que sustituir la religión por unas charlitas sobre que no hay que conducir bebido, pues allá vamos. Si en lugar de celebrar la Navidad celebramos el engendro halloween, o el solsticio de invierno, o el día de la cocacola, o el día del docente (que no Santo Tomás de Aquino), pues todos contentos, si decidimos que el latín, la filosofía, la religión, no sirven para nada, y las sustituimos por otra cosa, iniciativa emprendedora, pues todos felices.

Hay que reconocer que los ilustrados tenían razón cuando decidieron quitarse a la iglesia de por medio para poder manipular la sociedad a su antojo, lo malo de eso es que tenemos ya varias generaciones de gente soberbia, que es incapaz de leer algo de hace cien años, y que presume más que una mierda en un solar. Cualquier día ponen a los profesores sobrantes (que son mucho y muy bien formados) a dar cocina y ocio solidario en inglés, y si no al tiempo.

La traición del Pepé a sus votantes católicos.

Los mentideros, y comentaristas católicos están que trinan y con razón. Y es que el Pepé de sus amores los ha traicionado con el aborto. Esto se veía venir. De hecho no es la primera vez que el principal partido de centro-derecha español da la espalda a sus votantes católicos. En mi opinión la iglesia en general, y los católicos en particular, nunca han sido atendidos ni escuchados por ningún gobierno, ni de derechas ni de izquierdas. Pero claro, entre que te quemen la iglesia, o te digan que no van a hacer nada contra los que te la queman, uno casi prefiere el segundo. El primero es un fanatiquillo cabrón, y el segundo un acomplejado, pero al menos parece que te respeta un poco, aunque le importe poco o nada tu iglesia. Es la elección entre el malo y el menos malo, y los católicos nos hemos echado en brazos del menos malo, pensando que era bueno. Y claro, así nos va.

La culpa de todo la tenemos los católicos por no casarnos con nadie, por no tener estrategia y por dedicarnos a los pobres, y esto último lo digo con toda la ironía del mundo. Nos hemos quedado como las solteronas de los pueblos de antaño, para vestir santos en las fiestas, y ni eso. Nuestros mozos de la política no nos ajuntan, y en el parlamento parece que no hay nadie que vaya a defender lo del aborto. ¿Recuerdan alguna propuesta de los colectivos católicos tenida en cuenta en el parlamento español en los últimos treinta y cuatro años? Yo no. O claramente en contra de la sensibilidad católica, o en plan neutro que no moleste a nadie, pero a favor de algo, na de na.

Los católicos que votan al Psoe, y que han militado en la cosa nostra, en las corrientes cristianos para el socialismo, por ejemplo, han tenido que reinventar su discurso cristiano para que les cuadrara en la política. Y es que es complicado defender el aborto para niñas de 16 años, pero es lo que votaron las señorías que se declaraban cristianos. O ese día no fueron  por allí, que es casi lo mismo pero sin dar la cara para que no te la rompan. Ver para creer, porque luego lo defendían diciendo que disminuiría el número de abortos al año. En realidad han aumentado, pero como nadie se acuerda de Bono, ni de otros, pues ya está. Y es que debe ser jodido ajustar los postulados de la ingeniería social que decide el partido (o sea la cúpula manejada, según dicen, por la masonería) y los razonamientos éticos que se desprenden de tus creencias. Yo creo que les aconsejan dejar las creencias a un lado, y así hay menos líos. Estos católicos, más o menos de centro izquierda, digo que votaban (y votan todavía) tapándose la nariz.

Imagino la tristeza que les tuvo que dar ver que otras corrientes, por ejemplo la de “por una sociedad laica”, eran aplaudidos y apoyados en sus postulados e ideas; y ellos, tan majetes, fundadores del psoe y amigos de la misa, se quedaban fuera de juego. Han sido, poco a poco apartados y ninguneados en sus partidos por ser cristianos, y acaban abandonando la primera línea con la que sueña todo político. Para mí que son los chicos buenos de los mítines. No te haremos caso, pero nos viene bien que nos apoyes. Les vienen a decir sus jefes de filas. Cristianismo de base, se llamaban los tíos, como si tuvieran la exclusividad de la oración. Unos infelices es lo que son.

Yo creo que estas opciones de católicos en la izquierda están barridas y trasnochadas por su falta de audacia. O se les ha apartado de los órganos de dirección, o son simplemente ridiculizados por el resto de cristianos por su falta de coherencia. La ingeniería social que defienden los partidos en los que militan los han convertido en proscritos, deshechos ideológicos y reliquias de algo que una vez se llamó cristianismo y socialismo. Algo como privado, compañero. Y esto no es confesional, que te quede claro. Así se lo recuerdan cuando sacan las patitas del tiesto, que es cada vez que legislan apretando un poco más la clavija contra lo que la iglesia piensa y defiende. Nos tienen manía, seño. Y era verdad, nos tienen ganas desde que no les apoyamos en la Primera Internacional.

La única excepción que conozco donde se ha mantenido la coherencia de ser de izquierdas y cristiano es en el partido Sain, cuyas últimas elecciones no llegó a los diez mil votos en toda España. Una pena, me digo a mi mismo, quizás no sea lo mismo una opción utópica, que una opción preparada para gobernar, y los electores tampoco buscan demasiado, la verdad. Pero así son las cosas. Tiene más votos el partido contra el maltrato animal, y los amigos de la marihuena. Estos ganan por goleada a los friekpartidos.

 Dice el sabio Séneca, siempre aliado con el poderoso, que hay dar las gracias a Zapatero, pues que los católicos deslizaran su voto hacia opciones de centro derecha fue gracias a su sonrisa y a sus ministras. Esas opciones neocoon liberales tipo Aguierre, que siempre las ha habido, por aquello de la familia y la tradicional misa de domingo, parecían la panacea. No se escojonan de nuestra fe, no nos cuentan lo estupendo que es el Cerolo, y casi casi, nos mandan en Navidad una postal con el portal, el niño Jesús y la Virgen. El Gallardón de hace unas navidades, vaya, que menos Feliz Navidad dijo de todo a los madrileños. Pobriño, dicen por Pontevedra.

Lo que no sabe Arriola, que debe ser el que maneja a todos en el Pp, es que aquí los católicos (los que no son de fe sociológica, que empiezan a ser la mayoría) han tenido que taparse también la nariz viendo las políticas de inmigración del Pp, el recorte de los derechos de los trabajadores, y las políticas de ayuda al tercer mundo, entre otras cosas. ¿Cree que a los católicos nos da igual la penosa reforma de la justicia que ha intentado hacer? ¿O piensa que nos mola que Bárcenas se lo lleve crudo? Los del Pp no dan pasta para investigar los problemas de las lesbianas en Camerún, como hacían las del psoe, cuyo afán por repartir condones en Africa siempre ha sido fetén, los del Pp simplemente no dan dinero, o dan menos y sin que se note, por aquello de no perder votos. Y claro, los católicos mordiéndose la lengua. Todo sea porque defienden el no al aborto, decían algunos incautos. ¡Ay majo! ¡Qué te crees tu eso! Y las risas se escuchan por todo el territorio nacional.

¿De verdad nos han traicionado? La fallida ley del aborto de Gallardón era lo mismo que la ley del año 83 contra el aborto que hizo el Psoe. O sea, la misma basura, que ni protegía a las mujeres, ni defendía al no nacido. Esta ley, recordemos, fue aplicada de manera más laxa por el Pp del tío Aznar, que por cierto no hizo caso ni al Papa ni a los católicos españoles cuando se metió de sujetacopas en la guerra de Irak. De nuevo los votantes católicos, acostumbrados a elegir lo menos malo han tenido que apostar por Gallardón, en lugar de la ley Aido, aunque para qué engañarnos, es casi lo mismo. ¿No se puede hacer una ley mejor, más acorde a los postulados de los católicos? No, claro que no. Los católicos no tienen derecho a ser escuchados por el parlamento, dicen los más cabreados. En realidad el Pp nunca fue nuestro partido, y a las pruebas me remito.

Los católicos, cuando hemos analizado a quién votar, siempre hemos tenido más problemas que ningún otro colectivo, y es que las ventajas de la tolerancia y la pluralidad que profesa la iglesia y la comunidad cristiana en su conjunto, no son nada frecuentes ni habituales en otras instituciones sociales. Yo he visto, en encuentros de católicos votantes del psoe, iu, pp comulgar juntos, cada uno con sus ideas, y con un mismo compromiso por vivir la caridad política en la sociedad que se quiere transformar, cada uno en sitios distintos, y Dios uniéndonos a todos. Pero es que así nadie nos hace ni caso. Aunque la sociedad esté en contra del aborto en un 80%, no nos darían una ley acorde a nuestros postulados, ni siquiera por unas horas. ¿Para qué sacar a un millón de personas? Dirán que éramos treinta o cuarenta, y todos fachas, casposos y fascistas. Así que no tenemos nada que hacer por esa vía, porque cuando nosotros vamos, ellos están de vuelta. Nuestra batalla está en la opinión pública, en controlar la educación, en salir en la tele todos los días, como el de Podemos o Pablemos, que ha hecho un partido político a fuerza de salir en la tele contando que estamos los españoles cabreados.

Luego tenemos el tema de la educación. Mientras se descapitalizan los colegios concertados a pasos agigantados, que ya son fundaciones, y que dentro de cinco años tendrán de religiosos lo que yo de bosquimano, se vende en la sociedad que apoyan la educación religiosa. ¿La asignatura de religión? Se resume en lo siguiente: el Psoe la mató, y el Pp la enterró. No ha mejorado nada en relación con lo que ha ido haciendo el Psoe en educación en los últimos años. Si cada vez tiene menos horas, y sin departamento didáctico desde hace treinta años,  por supuesto sin puesto de trabajo fijo. Si es el único asalariado de la educación que queda, al que se le paga por horas. ¿Ha arreglado eso el Pepé? No. Como si no dieras clase, amigo, porque los sindicatos dicen, los de la oposición dicen. Y el PP no dice nada. Bueno sí, yo creo que .  está para animar a los católicos gritando: que viene la izquierda y os quema el templo. Sí, pero en lugar de apagar el fuego, se llevan a los bomberos a otra parte. Es que no hay interés social, nos dijeron cuando gobernaba el de bigote; y cuando salimos a la calle con un millón de tíos, y le llevamos a la presidencia, nos dice que no hay consenso social. Ni se va a poder ni falta que hace.

Los obispos españoles se negaron a apoyar a ningún partido politico en la transición, porque entendían que los cristianos insertos en la vida pública española, y metidos en los partidos políticos, influirían para que sus propuestas llegaran a los comités de dirección de los partidos, y las sugerencias de la iglesia en materia política y social fueran atendidas, haciendo así una sociedad más justa y equilibrada. Aquella estrategia ha sido un fracaso, y algunos empiezan a despertar con la última patada en el culo que nos han dado los del Pepé. No eran nuestros amigos, ¿o qué os creíais? Nosotros no somos liberales, y ellos sí y mucho, nosotros defendemos la vida, y ellos defienden su poltrona. Cambiarán de ideas cuando pierdan votos. Así que ha llegado del momento de que los pierdan, como le está pasando al Psoe con Podemos.

Los católicos, desde hace tiempo, hemos sido calificados por la ingeniería social que manipula este cotarro llamado España: casposos, anticuados, fascistas y demás lindezas. El Pp no se va con nosotros a ningún sitio, le basta con que le demos su voto, porque saben que no tenemos otro lugar donde ir.

Pero se equivocan.

Igual que el Psoe se descompone entre sus simpatizantes de toda la vida, que prefieren mirar a Podemos como opción politica más interesante; también los votantes del Pp pueden marcharse y deslizar su voto hacia opciones como Vox, o como SAin si defienden el aborto, que sí lo hacen. O votar al Podemos, o al Psoe, o a IU o a Upd. Seguro que nos van a hacer el mismo caso, o sea ninguno.

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