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“Las arcas de Noé”, de José Ignacio Cervera Nieto

El filósofo y siempre reflexivo escritor, bloguero del Ritual de las Palabras, José Ignacio Cervera Nieto ha escrito una muy interesante obra, una novela sencilla de aparentes aventuras y héroes que bajo el título de LAS ARCAS DE NOÉ ofrece, desde no hace mucho tiempo, en amazón. Enlace que comparto.

https://www.amazon.es/s/ref=nb_sb_ss_c_1_16?mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&url=search-alias%3Dstripbooks&field-keywords=las+arcas+de+no%C3%A9&sprefix=las+arcas+de+no%C3%A9%2Cstripbooks%2C231&crid=11MKZXZICIAVT.

Me pide que sea benévolo, pues no hay nada más duro que ver los defectos de un hijo, y que te los cuente otro. En este sentido, no puedo ser benevolo, porque la novela LAS ARCAS DE NOÉ no tiene más defectos que los propios de cualquier buena novela. Defectos que son siempre invisibles ante el lenguaje, la dinámica de la narración y el trasfondo simbólico que recorre y que hace pensar. En este sentido, el mundo está lleno de novelas perfectas y mediocres que no vale la pena leer. Novelas que inundan los escaparates de lo más vendido y lo más gustado por el público que desea libros que enganchen, e historietas insultas tipo “sálvame”, cuya único placer es estar entretenido por un rato. En mi experiencia como lector, uno se encuentra, en los mejores clásicos y las más emblemáticas novelas, imperfecciones narrativas, leves o profundas, que no ocultan la grandeza de los mejores. Eso me ha pasado con Proust, Cervantes, Tolstoi, Poe, Hugo. Y es algo que percibo también en José Ignacio Cervera Nieto. Es una buena obra, algo más que una simple novela de aventuras y héroes, que no goza de la perfección mediocre en su composición, pero sí tiene la grandeza de las grandes y buenas obras. Por partes.

Las Arcas de Noé tiene el aroma del relato de LAS MIL Y UNA NOCHES, pues se va hilando desde unas historias que aparentemente no están conectadas más que por estar en el mismo libro, pero que terminan convergiendo en un personaje, Noé, que no es un héroe de cómic, sino una persona corriente y moliente con una vida azarosa y simbólica que lo convierte en único y especial. En este sentido, es también un relato iniciático donde el personaje principal sale de su casa y viaja buscando un sueño que sea lo suficientemente cómodo para poder vivir en paz y en armonía. Lo termina encontrando, obviamente, pero no es el sueño que esperaba, lo cual nos hace coincidir con la experiencia profunda de la vida. Cada pequeño paso, como hijo del Sol, sacerdote, navegante de cielos, tierra y mares, son un recuerdo de los distintos pasos que dan los hombres para asentar y clarificar la vida.

En este sentido, LAS ARCAS DE NOÉ es el relato de todos los hombres, de todos nosotros a lo largo de la vida. Y este descubrimiento impregna toda la novela de José Ignacio Cervera Nieto. Noé vive y nos enseña a vivir, por eso tiene la novela un sabor didáctico, a la altura de los relatos sapienciales de las culturas antiguas y contemporáneas. Noé es Ulises recorriendo el mundo para regresar a su patria. En realidad, Noé no vuelve a su casa, sale de ella para hacer camino al andar. El horizonte que abarca su vista es una meta posible, un lugar cálido donde descansar definitivamente de la dureza de la travesía.

Noé es un apátrida, un Sirio que llega a Europa, un balsero que cruza el estrecho. Noé es semejante a los miles de refugiados que salen de su patria, es un emigrante, igual que los miles de emigrantes que dejan la casa de sus padres para edificar la suya propia. Noé es cualquiera de nosotros, un personaje herido y entero de LAS UVAS DE LA IRA, un hombre con sueños y con la vida por delante. Noé es, en parte, el superhombre de Nietzsche que busca su esencia y se lanza a la aventura, es el hombre contemporáneo por antonomasia que camina perdido por lugares perdidos. Las arcas de Noé es algo que más que un relato simple de aventuras.

El viaje  de José Ignacio Cervera hacia los mundos idílicos imaginados, y la Atlántida lo es, me recuerda también a los relatos de Francis Bacon, Campanella o Tomás Moro. La Utopía no es posible en Las arcas de Noé. José Ignacio Cervera sella con este magnífico relato el acta de defunción del Renacimiento. No es posible un mundo mejor, el mundo es lo que es. Y la altura ética que esperábamos de los hombres no se da siquiera en su personaje principal. No hay una aspiración al bien, ni al mundo perfecto utópico. La única aspiración de Noé es la tranquilidad, la armonía, la paz y el amor. Noé es un filósofo del helenismo que busca la apaceia y la ataraxia al mismo tiempo. Es un hombre que desea la contemplación de un orden que va más allá de los dioses mezquinos de este mundo, pero también desea el amor de la mujer que añora en cada momento. En este sentido se aleja de Nietzsche para envolverse en un platonismo dulce y pitagórico, armonioso y pacífico. Epicúreo y estoico, quizás judío o cristiano. Casi místico y elevado.

Noé no es un héroe, igual que no lo somos ninguno, pero es alguien comprensible en su naturaleza humana. Es un personaje bíblico actualizado con unos parámetros contemporáneos, pero también eternos. En este sentido es el héroe humano, que no necesita de lo sobrenatural para brillar. Es un héroe Nietzscheano que reflexiona la vida, lo que lo convierte, precisamente por su buen juicio, en un héroe orteguiano. También es un héroe abierto a la trascendencia, sin ser beato ni místico, es un héroe optimista, misionero, entregado y bueno. Pero no goza de ninguna sobrenaturalidad que lo convertiría en mesiánico. No es el héroe mesiánico habitual y ordinario de Hollywood. Por eso la novela sorprende y choca.

Noé tiene algo de héroe romántico español, profundamente español al estilo del Gran Capitán, capaz de lo mejor y de lo peor en su humanidad, como el Cid, como tantos otros héroes locales propios de nuestro ejército y nuestra historia. Capaces de la más alta valentía, pero anárquicos y vulnerables. Noé es algo más que un arquetipo y que un simple personaje de novela, es el HOMBRE, pero también un hombre cualquiera concreto, que deja de ser un cualquiera para encarnarse en una historia sencilla y profunda al mismo tiempo.

El relato tiene también la dicha de los amores sensuales y babilónicos, los bajos fondos y las alturas de la esponsalidad. Noé sobrevive entre putas y vino, rastrea las ciudades de la Atlántida donde abunda la maldad y la bondad. Llega a ser un sacerdote ejemplar sin serlo nunca del todo, pero es más auténtico que otros que aparentemente son perfectos. Ya he dicho que “Las arcas de Noé” me recuerda en su orientalismo, su sordidez y maldad a los cuentos de LAS MIL Y UNA NOCHES, pero en su optimismo y naturalidad me recuerda también a los aventureros personajes de Julio Verne, o incluso algunos cuentos de Poe, especialmente los viajes en globo y por el aire.

Al relato no le falta ni le sobra nada, tiene las justas proporciones de los símbolos que maneja, siempre dudosos de ser tales, siempre interrogantes para el lector. Goza de un buen ritmo, no se entretiene en detalles más que lo justo, y permanece el tono de cuento breve en gran parte del relato. Al final adquiere la consistencia de la novela de peso, especialmente en las páginas donde el Diluvio sobreviene. Nunca toma densidades que frenen el relato, salvo las últimas reflexiones del Noé sobre la vida. Sabiduría en estado puro del que ha conocido al hombre, del que se conoce a sí mismo.

“Las arcas de Noé” es una novela pensada y repensada, y eso se nota. La frescura la pone el personaje y la inocencia inicial; la vitalidad y la sabiduría están añadidas inteligentemente por su autor, José Ignacio Cervera Nieto, que hace viajar al lector hacia la introspección ligera y sencilla, la que no se jacta en ser soberbia y excesiva, sino agradable, natural y equilibrada.

Confieso que tenía muchas ganas de leer esta novela, la primera de José Ignacio Cervera. Una curiosidad que me despertó su magnífica actividad bloguera como lector y pensador humilde y bueno, de esos que siempre se hacen de menos, siendo ellos geniales e irrepetibles. Su novela no defrauda, al contrario, es un buen libro, muy recomendable. Único y especial, que hará pensar al lector que desea pensar la vida. Justo lo que planeaba Ortega con su raciovitalismo. Para mi, una novela imprescindible que no necesita benevolencias, sino lectores, como estoy seguro que los tendrá.

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El complejo cultural español.

El tema viene a propósito de un comentario que escuché a un señor que afirmaba que en España no había ningún pensador sólido en la historia de la filosofía porque preferíamos entretenermos con el fútbol y los bares. Refuté el argumento indicando que sí había gente, y cuando eché mano del elenco de pensadores españoles me quedé con Ortega, y casi regresé a los tiempos de Vives, Averroes y Séneca. ¿Era cierta esa afirmación?

Desde luego los países que son pequeños presumen mucho de lo poco que tienen, eso es cierto. Dinamarca y Copenhage presume mucho de Kierkegaard, de Hans Christian Andersen, de la cerveza Carlsberg y de la sirenita. Uno por sector, y eso hacen muchos lugares del mundo. Holanda vende a Van Goth y Praga a Kafka. En cambio, los países más grandes venden la cultura de otra manera, casi siempre ligada al potencial económico. En este sentido, España es un país pobre en recursos y casi ridículo en propaganda cultural, dedica muy poco a potenciar su cultura y el negocio de la cultura española está todavía por explotar. Eso es cierto.

Pero no es cierto que no haya artistas ni pensadores, yo diría más bien que vendemos poco o nada a nuestros epígonos culturales, tanto de primera como de segunda fila. Ciertamente nuestro peso no ha estado en la filosofía, y menos en las últimas centurias, pero tampoco nuestros políticos destacan por ser unos magnificos impulsores de lo que ya tenemos. Y tampoco disponemos en España de un baluarte cultural e intelectual de cierto peso ordenado y reconocido, como tienen en Francia, por ejemplo. Los intelectuales españoles han pasado por ser los amiguetes de cine y algún que otro escritor. Es poco lo que exportamos, pero es mucho lo que atesoramos. Vendemos mal lo mucho que tenemos. Sería deseable otra actitud, de acuerdo.

España ha dado buenos filósofos en su historia. En el mundo romano destacó Séneca, y en el mundo visigodo San Leandro, San Ildefonso y San Isidoro de Sevilla. Al-andalus fue cuna del despuntar filosófico musulmán, competía con la escuela de Bagdad, y presentaba nombres tan importantes como Averroes, Avempace, Avencerraje y muchos otros. Gente olvidada en los planes de estudios de la Historia de la Filosofía, que seguramente la diseñan en Londres, París y Berlín. En el renacimiento destaca la Escuela de Salamanca, donde muchos pensadores brillan junto a Juan Luis Vives, Domingo de Soto, Francisco de Vitoria. ¿Por qué esa gente no se estudia en al historia de la filosofía? Pues porque los que hicieron las primeras historias de la filosofía en el siglo XIX olvidaron el catolicismo, o sea a los españoles. ¿Realmente no había pensadores o es que se quedaron fuera? Se quedaron fuera porque eran menos conocidos y poco apreciados en un contexto Europeo de rivalidad. Hasta el Parlamentarismo hay que reconocerlo como un invento leonés del medievo, y no una genialidad británica. Ellos venden y nosotros olvidamos nuestro genio.

El resto de la historia del siglo XVIII, XIX y XX ha pasado para nuestro país desde la imposibilidad de pensar libremente, y no es culpa exclusiva de la Inquisición, ni del olvido de nuestras autoridades monárquicas primero y liberales después. Un pensador original y profundo como Gustavo Bueno está a la altura de Bertrand Russell, pero nosotros no lo apreciamos así. Ortega es un genio, y si lo consideran algo por Europa es porque estudió en Alemania, no porque fuera español. La gente conoce a Kierkegaard, pero nadie se acuerda de Ortega, al que las derechas acusaron de republicano, y las izquierdas de avenirse con el franquismo. De Zubiri ni se acuerda el respetable, y eso que fue un magnífico pensador contemporáneo. Mejor abrazamos a Foucault, que era un renegado con poses fascistas. Así nos ha ido.

En otros sectores culturales sucede algo parecido. Francia, Inglaterra y Alemania subrayan los suyos, y los venden como si fueran agua de mayo; mientras tanto en España no nos preocupamos ni tan siquiera de conocerlos. ¿Se imaginan el flamenco en Inglaterra? Sería la música y el baile de moda en todo el mundo. En España los editores de cante hondo, cante gitano son… franceses. Se editan en París, y luego nos venden los cedés a nosotros. En España la gente escucha cualquier basura anglosajona, y ni siquiera entra en los circuitos comerciales de nuestro país el flamenco. Gracias a Hispanoamérica, Mexico, Colombia, Perú y Argentina, el complejo español es menor. Ellos no tienen reparo es su música, ni en su arte, ni en sus escritores. La pena es que no seamos una sola nación, ni una confederación más unida por una construcción cultural hermanada.

En el mundo anglosajón, Shakespeare es, además de un dramaturgo, una asignatura consistente en leer e interpretar al dramaturgo. Lope de Vega, que no tiene nada que envidiar al inglés, pues además de ser un dramaturgo tan genial o más, era poeta, y muy bueno; pasa desapercibido por el mundo, más que nada porque está olvidado por los españoles. Si Lorca es famoso fuera de España, es porque fue fusilado, porque la izquierda exiliada lo vendió como un mártir, y porque escribió Poeta en NY. Tan bueno o más es Manuel Machado en comparación a Antonio Machado, y se habla mucho del segundo y poco del primero.

España es un país espectacular en pintura. Pero ni siquiera hemos sabido vender a Goya como precursor del impresionismo. Picasso, ha pasado durante décadas por un pintor francés, mientras que aquí lo despreciábamos por no entenderlo. Dalí vendía porque era raro y tenía bigote, Miró es desconocido, y Antonio Tapies, otro genio, tampoco es muy apreciado por los españoles, que prefieren a Kandisnky porque es de fuera, y por supuesto van Goth, que es más chulo que Tiziano o Rivera. Hasta Velázquez lo vendemos mal.

Nuestro país no es inferior culturalmente a las grandes potencias culturales. Lo que es inferior es nuestra política cultural y nuestra inversión económica. Que ni está ni se la espera. Por eso en España hay grandes artistas, grandes escritores, grandes pintores, y grandes músicos. Tengo un libro por casa que escoge los mejores obras de literatura de la historia (escrito por un holandés): por supuesto sólo está el Quijote. Prefiere el Cantar de Roldán al Cantar del Mío Cid y así con casi todo. Se le olvida a Galdós, Blasco Ibáñez, Lope de Vega, Fernando de Rojas, Miguel Delibes y cientos de escritores geniales que no lograron vender fuera de nuestras fronteras. ¿Por qué? Hasta el Premio Nobel lo han inventado en un país pequeño, donde hay 15 galardonados en las letras que son Escandinavos, por 12 Hispanos (de los que 6 son españoles). Esto lo explica todo, claro.

Yiurops livin a celebreison (Europa se va de fiesta con los neonazis).

La fiesta de la democracia es el nombre más bobo que han dado los políticos bienpensantes al noble arte de opinar introduciendo la papeleta en una urna electoral. Lo adjetivan democrática, o sea del pueblo, pero para mí que es una fiesta tan exclusiva y cerrada como la papeleta que nos ofrecen, llenos de nombres extraños, impronunciables, y desde luego poco vulgares. Faltan Garcías y Manolos, me parece a mí. Además, es una fiesta a la que la mayoría de los españoles, y europeos, prefieren no ir. Y por algo será, cuando nos encanta pasarlo bien. En Valladolid celebramos los descensos de categoría, así de chulos somos, imagínate si ganamos la Champions por penaltis: el no va más. Nos bebemos hasta el agua del Pisuerga.

Para mí votar es todo menos una fiesta, la verdad. Yo diría que es más un trámite administrativo que hay que hacer de vez en cuando para que los políticos toquen madera y se palpen la ropa pensando que se van a su casa. Votar está bien para echar a alguien, pero no para elegir a otro mejor, porque quizás no lo haya, y los votantes, comprobado está, no son mejores que sus dirigentes. La democracia es una buena válvula de escape para evitar guerras civiles, para no afostiarnos a leches, pero una fiesta, lo que se dice una fiesta no lo es. Y desde luego la fiesta de la democracia europea es una fiesta  aburrida de cojones, salvo que invadan los neonazis franceses y griegos, entonces si va a ser un tronche que te pasas, sobretodo para los emigrantes y para el resto, que nos van a liquidar en cámaras de gas financiadas con nuestros impuestos. Nos vamos a morir de risa en esa fiesta.

Además, para que sea una fiesta hay que currarse un poco su preparación, y en estas elecciones europeas, si nos vamos a su preparación, han sido una chapa de lo peor en años. Es la única fiesta que deseábamos que pasaran lo antes posible, y desde luego, ante el fiestón de Lisboa, todo lo demás parecía un funeral en esta patria nuestra.

Cañete, que parece un tío simpático estaba empaquetado en un papel que no sabía hacer. Quería asemejarse a Aznar y Rajoy en una fusión sin precedentes, y no le salió bien. Poca calidad con su gargosa voz que no sabía elevar en plan político cabreado. Es que no sabe arengar a la masa. Encima se puso prepotente en unas declaraciones chulescas, que si parecía el macho camacho y todo eso. Se creyó que era Aznar y actúa de pena. Eso le vale, porque un político que disimula mal es más digno de confianza que otro sibilino que dice y no se sabe. ¿Están pensando en algún gallego dirigente político? Yo sí. Si encima tiene barba pensaremos que oculta algo. Y es que la imagen lo es todo en una fiesta.

Para que no queden dudas: yo con Cañete me iba de fiesta a comer un lechacito, verduras confitadas, buenos vinos y yogures caducados, y a escojonarnos de lo que sea. Unos buenos chistes, y a retorcerte con las carcajadas.  Lo que sea. Eso es una fiesta, coño. Te ríes y se te ensancha la cara. Nos vamos de paellada y hablamos de lo que nos apetece. Seguro que la cosa pelaba de otra manera. Sin corbata, con chancletas y bermudas debajo de una parra, en plan italiano y con cantidad de peña en el mismo plan. Se han equivocado de campaña en el pepé, como suele ser habitual últimamente, y Cañete habría estado más propio y auténtico con otro estilo menos plasta.

En las antípodas de Cañete está la señora Valenciano que es alegre a rabiar. Sería el alma de una juega japonesa, donde toman sake a espuertas y lloran sus penas en silencio. Irse de fiesta con la Valenciano tiene que ser como comerse una chuleta de cordero quemada. Te vas a casa con acidez de estómago, y la convicción de no volver hasta que no cambien al cocinero del restaurante. ¿Pero es que esta mujer no se ríe nunca? Está tan indignada con la vida que cuando se ríe se piensas que ha asesinado a alguien.

Hace años que me contó un misionero que los pobres de Africa se reían mucho, que eran gente muy alegre, más de lo que nos imaginábamos en Europa, y eso pasaba aunque no tuvieran nada que comer ese día. ¡Vaya contraste!

Aquí, fruto del dualismo ancestral platónico nos encanta quejarnos y malhumorarnos mostrando que somos los más aguerridos y sacrificados del mundo. No falta gente en nuestro pais que te cuenta en cuanto te ve lo mucho que sufre, lo prontísimo que se levanta y lo chungo que lo está pasando (aunque le vaya de puta madre). La gente que le va mal, suele disimular porque les da vergüenza, y solo cuando están a punto de reventar porque no pueden más, te enteras porque te lo dicen a gritos; y no pocas veces te enteras demasiado tarde del problema del que tienes al lado. Desde luego, al que le va bien en España tiene complejo de culpabilidad, y prefiere decir que sufre a mansalva en lugar de sonreír gratis. Diría Nietzsche que no tenemos ni idea de disfrutar de la fiesta de la vida, ni de la voluntad de poder, ni de nada de nada, y es que los políticos no eran demasiado valorados por el filósofo alemán, y los de hoy lo serían aún menos.

En España, además de quejarnos por todo, estamos bien contentos (y anestesiados) gracias al fútbol, claro; menos la Valenciano, que tiene pinta de no gustarle ni el fútbol, por ser una cosa frívola y de fachas. Yo para pasar una juega me iría con Rubalcaba, aunque siendo del Madrid mejor me busco uno del Pucela, por si acaso, o o del Atletic, que esa gente si se divierta manque pierda.

Esto ya lo dijo Vizcaíno Casas, la derecha parece estar siempre de juerga riéndose de todo, y la izquierda llora que te llora, indignada y empeñada en cambiar este triste mundo. Por eso Rubalcaba parece más de derechas (como González) que la Valenciano, que es izquierda pura y dura. En cambio Aznar es de todo de izquierdas, porque está superenfadado, aunque es porque no le hacen caso en su partido. Una cena de Aznar y la Valenciano tiene que ser la hostia, hasta los chistes serían tristes, pedirían lechuga, serrín para adelgazar y contarían dos anécdotas en total. Por supuesto cada uno pagaría lo suyo.

Decía Ortega que las tradiciones deben recuperar su sentido si lo tienen, y que no bastaba con repetir las costumbres de manera automatizada pues se anquilosarían, tampoco las democráticas añadiría yo. La tradición con su ritual electoral no puede perder el sentido ni la razón del proceso por culpa de unos políticos ineptos mal aconsejados por sus asesores de imagen. Esto no es una fiesta, y menos una fiesta de descerebrados. Precisamente, por pensar que era una fiestuqui fantástica se nos han colado varios neonazis por el sobaco francés y griego. Y eso si que no tiene ni puta gracia.

 

El dolor del hombre creyente.

crucif

 

“A más sabiduría más pesadumbre, aumentando el saber se aumenta el sufrir”.

Eclesiastés 1, 18

Esta sentencia que nos ofrecía el otro día el Oficio de Lectura de la Liturgia de la Iglesia está llena de verdad y bien. Se trata de una cita tomada de la Biblia, en concreto del libro del Eclesiastés, o Qohelet, una obra de literatura sapiencial tardía, donde el autor se enfrenta a la vida desde el realismo y cierto agotamiento personal. Una obra maestra de esas que están prohibidas en según que ámbitos y círculos.

Allí dice que el hombre pierde el tiempo toda su vida buscando cosas, sueños y deseos que son la nada. Nada gana afanándose en correr tras el dinero, nada gana intentando atrapar el placer efímero, nada se llevará cuando camine al abismo de la muerte. La vida, parece decirnos el autor, es más bien otra cosa. Y sin duda no le falta razón.

Me recordaba, salvando las distancias, al pensamiento de Baruc Espinoza, donde el placer era un instante anterior a una pena más profunda, donde la codicia obligaba al hombre a guardar sus bienes obsesivamente, y donde el deseo de conseguir la fama se convertía en una droga adictiva. También me hacía pensar en Ortega, donde la vida es un devenir reflexivo y activo, una vida razonada en la circunstancia de cada uno.

La vida en Ortega era una vida para ser pensada, pero mejorando al filósofo español, podríamos entender la vida como una entrega en un amor que se vuelve doliente. El sentido de la vida en Ortega no está demasiado lejos de la reflexión de Qohelet. Ambos sienten el gusto por la sabiduría, los dos están buscando una verdad. Para Ortega vivir es pensar, y en Qohelet la vida puede ser una necedad absoluta si uno se autoengaña.

¿Es cierto eso que dice el autor, que el sabio arrastra una pena contigua? ¿No debería ser al revés? ¿Es el hombre sabio un hombre melancólico? Sería un error comprender la vida cristiana de esta manera, y quedaría profundamente truncada la visión de la sabiduría bíblica que intentamos desentrañar. ¿No son sabios los sencillos, dice el Señor? Desde luego la vida en Jesucristo parece tener que ver más con una entrega desmedida, una entrega que conlleva una carga de dolor significativa.

Dicho de otra forma: el dolor tiene sentido para el hombre sabio. No es el centro de la sabiduría divina, pero es consecuencia del amor y la entrega.

La cita completa aclara algo el asunto: “He aplicado mi corazón a conocer la sabiduría y también a conocer la locura y la necedad, he comprendido que aun esto mismo es atrapar vientos, pues donde abunda la sabiduría, abundan penas, y quien acumula ciencia acumula dolor” .

El hombre que vive engañado es aparentemente feliz. Su ignorancia despierta en él la soberbia, el atrevimiento y el egoísmo. La ignorancia tiene como hijos la indiferencia y la pereza, y el hombre necio se crece pensando que todos deben ser como él, vacíos y tibios. El hombre Nietzscheano (que respondería a este modelo) cree que es superior moralmente, pero es también un hombre infeliz en su tragedia. La vida la construye como un drama donde nada tiene sentido, y donde buscar el sentido es un absurdo en sí mismo. Su tragedia parte de la afirmación de que Dios ha muerto, de que no hay sentido, ni hay que engañarse buscando la verdad. Pero Qohelet no afirma que Dios no exista, ni que la sabiduría sea una quimera alejada de Dios o inexistente. Al contrario, la sabiduría genera dolor, igual que una madre que quiere a sus hijos, y los quiere hasta el dolor de sufrir con solo pensar en su pérdida.

El hombre de nuestro tiempo prefiere disimular la tragedia humana con la que es arrojado al mundo con una capa de barniz de falsa felicidad. Se aturde con el placer fácil, se escora creyendo que el hombre es producto del azar y del absurdo. Prefiere así no enfrentarse a la vida, ni a si mismo.

Por el contrario, el hombre sabio que cuenta la Biblia es un hombre sencillo, que ha buscado porque ha amado. Que ha reflexionado y entendido que el hombre es algo más que hedonismo, placer, o egocentrismo. El hombre bíblico se parece a una buena mujer que es generosa con los pobres, aunque no tenga casi nada que ofrecer. El hombre bíblico se duele con el que sufre, y se alegra con el sencillo. El hombre bíblico es un hombre que encuentra la paz en la oración, y el sentido de su vida mirando a Dios a los ojos. Qohelet nos enseña la tristeza que proporciona la necedad del hombre, la locura del pecado, la vanidad de la soberbia del que no ve más que lo que puede ver con los ojos. Para los creyentes la felicidad no se puede ver con los ojos, y tiene como punto de partida y de llegada a Dios.

Nuestra sociedad parece desconocer esa felicidad y esa sabiduría. Y se empeña en que no sea conocida por la mayoría de la gente. Y eso es doloroso para el que ama al prójimo, incluido el Dios de la Cruz.

 

ANTONIO J. LÓPEZ SERRANO

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