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Antologías y fragmentos de LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Los hijos de Pelayo (III)

Alguna vez he oído la afirmación, respecto a las novelas Los Caballeros de Valeolit, que el tema de lo religioso estaba muy bien tratado. Supongo que hay una lógica detrás, y es que soy una persona religiosa, con sensibilidad hacia el tema y con una experiencia a mis espaldas que suele quedar reflejada en mayor o menor medida en mis personajes.

Cuando empecé a escribir LOS CABALLEROS, buscaba que la religiosidad medieval estuviera presente, y que fuera tratada no con los prejuicios que los siglos posteriores vieron en esta época, sino con el rigor y la naturalidad de una sociedad de cristiandad, donde lo natural era la religión, y lo extraño-cultural el agnosticismo o el ateísmo. Precisamente todo lo contrario a lo que me he encontrado en muchas novelas históricas del medievo, donde los personajes suelen ser ateos, agnósticos y con rasgos de una modernidad sobrevenida.

He escogido estos dos fragmentos, que están seguidos en la novela, donde se refleja el gusto por la religión, pero también las razones que movían a los hombres. El abuelo, en su devenir y labor educadora de sus nietos, les enseña algo que en profundidad no habían llegado a ver. Un caballero no es solamente el que tiene una espada y un caballo, sino el que reza a Dios y se encomienda al Altísimo, no haciendo más daño que el que debe por su oficio.

 

FRAGMENTO. (capítulo 4. Entre dos aguas. Apdo. 4)

 

Los musulmanes no tenían tropas para pelear por Lamego, y mientras pasaba el verano los cristianos se fueron relajando según los días se sucedían y caían las semanas. Las torres y defensas construidas en los alrededores no alertaban de ningún mal inminente, y aunque los soldados vivían en tensión esperando en cualquier momento la batalla; al no acudir ésta, decidieron entregarse al descanso y a la otra sangre, la que procede de la uva y el lagar. Los soldados aprovechaban en muchos momentos, especialmente en su descanso, para beber vino y disfrutar de la compañía de algunas mujeres públicas. El Monarca, sabedor de los excesos de sus hombres, prefería tales pecados, que no prohibir y tener que soportar juicios por abusos y violaciones, además del descontento de la soldadesca. Al menos los hombres estarían relajados tras una batalla dura, y quizás tras ese descanso pudieran tomar fuerzas para nuevas acometidas en el futuro. Fue en ese ambiente posterior a la batalla, que los muchachos, Nuño y Fernando se dejaron arrastrar por la relajación del alcohol y los placeres libidinosos de algunos adultos, pero fue por poco tiempo, porque tuvieron que escuchar al abuelo que una noche les increpó y alertó de los errores que cometían.

El recuerdo y el deseo de sus padres, de que no se convirtieran en pendencieros y malvados afloró alrededor de una sopa de tocino y ajo.

-No es ese el destino que os tenía reservado, y cometéis un error si os dejáis llevar ahora por el éxito fácil. Los pendencieros y villanos acaban olvidando a su señor, no valiendo para la batalla y haciendo daño a todos sin necesidad. Los caballeros no se comportan así.

-Algunos sí- repuso Fernando.

-Algunos sí, pero vosotros no. Vuestro modelo debe ser el del infante de Monzón, Pedro Ansúrez. ¿Os fijáis en cómo es de modesto y reservado, comportándose como un caballero? Fernán está haciendo una labor magnífica con él. ¿Y los hijos del Rey? Fíjate como ni García, ni Alfonso se guían como borrachos pendencieros.

-Pues bien que gustan de las mujeres, sobre todo Alfonso- dijo Fernando riendo.

-No me repliques, deslenguado. La discreción es una herramienta para un noble. Si queréis llegar a serlo deberéis comportaros de igual forma. Nuño, ¿a cuántos hombres has matado el otro día?

Se hizo un silencio tenso. La pregunta iba dirigida con fuerza, como una flecha. Sabía el abuelo que le había impresionado al muchacho tener que matar a alguien, y sabía que no era ya tan divertido para él hacerlo, ni para nadie. Intentaba desde ahí argumentar para convencer a los muchachos.

-Cuatro, o cinco, no recuerdo.

-Sí te acuerdas, te acuerdas perfectamente de todo y cada uno de ellos. ¿Recuerdas el rostro del primero que mataste? ¿Eran hombres sin honor? Esos hombres se merecían ser matados por alguien de honor, no por un borracho estúpido. Esos hombres lucharon también por sus tierras, por sus familias, y por su señor. No eran peores que nosotros, ni mejores. Simplemente luchaban. ¿Dónde creéis que están en el cielo o en el infierno?

-En el infierno supongo… – intervino Fernando.

-Os aseguro que Dios hará justicia con todos y cada uno de ellos, y también será terriblemente justo con nosotros algún día. Por la memoria de los que han muerto deberíamos guardar luto, deberíamos ser caballerosos con los muertos, no dejándoos llevar ni por el vino ni por las rameras.

Tranquilizó su voz viendo que surtía efecto.

-Nuestro oficio consiste en matar y defender así a nuestro Rey y Señor; pero, ¿sabéis que es lo que quiere Dios de nosotros? Quiere que seamos dignos siervos suyos, conscientes de que las muertes son justas y necesarias, pero que no haya ni una muerte más que las necesarias, ni una pelea más, ni un pecado más en nuestra vida.

Los muchachos quedaron en silencio, mientras que un nudo se hizo en la garganta de Nuño que estuvo a punto de derramar una lágrima.

-¿Iré al infierno por haber matado a esos hombres?

-Nadie va al infierno por cumplir con su deber, pero estate atento y sé generoso con los que rezan. No sería mala cosa que una parte del botín fuera para edificar la iglesia de la colina, la Virgen de Lamego, y para los monjes que se vayan a asentar allí.

-¿Nadie de nuestra familia está rezando por nuestros pecados, para que no nos condenemos?- preguntó Fernando.

-Que yo sepa sólo vuestro tío Suero, el hermano de vuestro padre, mi tercer hijo.

-¿El del Monasterio de Liébana?- preguntó Nuño.

-El mismo. Agradecer a Dios que haya alguien que reza por nosotros para que el día de nuestra muerte no sea terrible, y mientras tanto no os dejéis llevar por el mal. No dejéis de tener temor de Dios, porque el que no tiene miedo a nada termina consigo mismo, ni os dejéis arrastrar por los insensatos que no respetan nada. Sé de sobra que es lo fácil, pero no caigáis tan bajo, ahora que lo tenéis todo a favor.

V

Los días de verano fueron pasando, y los muchachos dedicaron parte de su tiempo a las cosas de la religión, yendo de cuando en cuando a rezar a la nueva iglesia de la Virgen de Almacave. Esto atrajo la atención de algunos nobles, pero en especial del obispo de Lamego, que bendijo a los muchachos al saber que eran valientes soldados, y piadosos cristianos. Nuño aprovechó la ocasión para preguntar al Reverendísimo Obispo por la angustia del infierno y el temor a la muerte. Quitó el clérigo importancia al asunto, y se admiró aún más de la inocencia y bondad del muchacho, trató de orientarle igual que un padre trata de orientar a un hijo, mostrándole que obedecer a sus superiores era un orden querido por Dios, y que tales muertes no eran responsabilidad suya. Entendió Nuño que tener miedo al infierno y a sus penas formaba parte del miedo a la realidad, pero que no se debía vivir aterrorizado por tal cosa sino mirando la providencia divina; y que en todo caso, jamás podría compensar a Dios el intercambio de amor que había realizado con él, pobre pecador. Prometió rezar por todos y cada uno de los hombres que matara, a fin de que Dios se apiadara de ellos, y de su alma cuando llegara el momento.

Estos pensamientos angustiaban bastante menos a Fernando, que no había estado en la tesitura de matar a nadie, y que no terminaba de comprender los escrúpulos de conciencia de su hermano. Aceptó lo que le decía el abuelo, pero lo hacía más por ser obediente muchacho y agradar a su abuelo, que por razonar las cosas. Pedro Ansúrez agradeció de nuevo a Nuño por su vida. Escuchó al muchacho en sus temores divinos, y aunque entendía los pensamientos del muchacho no sabía dar respuesta, pues no era hombre de letras ni de teología.

 

Los caballeros de Valeolit. Los hijos de Pelayo. (Pg. 189-192). Del capítulo 4. Entre dos aguas.

 

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Lo profundo es el SILENCIO

Yo no sé a ustedes, pero a mi cada vez me gusta más el silencio, estar en silencio y que haya silencio a mi alrededor. Podría ser cuestión de la edad, pero en mi caso no, pues siempre me ha gustado el silencio, y siempre he sufrido en los garitos, bares y discotecas donde para hacerte entender había que hablar a gritos porque la música era estruendosa. Ahora que gracias a Dios no me dejo caer por esos infiernos del ruido, sigo apreciando el silencio. Y añorándolo.

No debe ser sólo cosa mía, pues ya Platón hablaba del murmullo de los astros, del silencio de las esferas, de la sinfonía de la naturaleza que con su devenir entonaba un hermoso cántico de alabanza, al que los cristianos llamamos Dios creador y Dios Padre. Silencio imprescindible para pensar bien,… y para amar mejor.

De toda la vida han manifestado los místicos que en el silencio nos encontramos con Dios y con nosotros mismos; y los místicos castellanos frecuentemente han alabado la tierra de Campos, llena de silencio y de paz. Mares de cereal, con ríos que son caminos de polvo y soledad. En el silencio encontramos la profundidad de la existencia, el sentido a las cosas, la trascendencia que nos ampara y la auténtica verdad que nos aguarda tras la muerte.

Dicen también los estudiosos de la mística que el silencio se alcanza de fuera a dentro, pero también de dentro a fuera. Es decir, que no basta con que haya silencio en el exterior, sino que también es imprescindible hacer silencio desde dentro. Que los pensamientos abrumadores, la imaginación loca de la casa (Santa Teresa dixit), los estreses y los murmullos interiores se vayan apaciguando para poder escuchar la voz anhelante y sosegada de Dios. Silencio y tiempo de silencio. Horas delante del silencio logran hacer este milagro de devolvernos la vida que nos roba el ruido día a día.

Y es que por desgracia, vivimos en una sociedad excesivamente ruidosa, donde cuesta hacer silencio incluso en las iglesias. Hay gente de rezo diario que le cuesta mucho adentrarse en la oración contemplativa que mana del silencio, pues está acostumbrada a la repetición de las oraciones repetitivas. Todo lo que lleva a Dios es bueno, sin duda, pero muy fácilmente sustituimos las autopistas por los caminos tortuosos, las carreteras de buen asfalto por los senderos; creyendo además que son lo contrario de lo que pensábamos. Si eso sucede con los que están a favor del silencio, ¡qué no harán los odian el silencio!

No hace muchos años escuché que una persona que no fuera capaz de estar durante una hora sin hacer nada, sentada, sin hablar nada, sin pensar en casi nada, era una persona con cierta neurosis. Y hoy, curiosamente, me encuentro que se utilizan determinadas dinámicas pedagógicas consistentes en hacer meditación en silencio, con ayuda de la respiración, para tranquilizar a los estresados angelitos que nos envían a los colegios. Primero se persiguió la religión en la escuela, y ahora nos cuentan que el silencio es importante para la educación. Normal, no hay más que observar para apreciar lo importante que es hacer silencio, que fluya de dentro a fuera, que nos invada y que nos tranquilice.

Decía Lennon que si la gente hiciera cinco minutos de silencio al día, habría menos guerras en el mundo. No sé si tendrá razón, lo que sí creo es que vivimos en una sociedad muy ruidosa, donde el silencio ocupa cualquier instante de la vida. Muchos caminan por la calle escuchando música, la radio… no pueden escuchar el silencio. Y los micromomentos, que antes se empleaban en pensar y en la nada, ahora son ocupados por los mensajes de los grilletes que atan a la gente y que reciben el nombre de móviles, redes insociales, etc. Hay lugares de la tierra donde jamás, a ninguna hora hay silencio, y hogares donde no hay silencio salvo que se vayan sus ocupantes. Es como si sembráramos de ruido todo nuestro alrededor, y nos reconfortara aturdirnos con él. Es el miedo a la libertad que proporciona el silencio.

Hasta los minutos de silencio de los campos de fútbol están reducidos a 20 segundos. Y palabra que es así, porque voy al fútbol a menudo.

La Semana Santa, que está ya a las puertas, goza en Castilla del atributo del silencio. Los tambores colaboran, y las músicas de corneta y quebranto invitan a acompañar los bellísimos pasos en el silencio. Por desgracia, mucha gente no guarda tal silencio, y no paran de hablar, molestando a propios y extraños. Sin tal silencio, difícilmente encontraremos a Dios. Además de impedir el recogimiento en los demás.

Los que nos dedicamos a la escritura, a tomar la palabra, rompemos el silencio con la palabra, es cierto. Pero confieso que el mejor arte, el mejor poema, la mejor novela no es la que se expresa de manera directa, sino la que sugiere algo con silencios elocuentes. Y es que hasta para el arte y la poesía es necesario el SILENCIO. Y es lógico, porque lo que se esconde detrás del silencio, que no es otra cosa que el AMOR.

 

¿Se convirtió John Lennon poco antes de morir? Dos canciones inéditas.

La tesis no es descabellada, al contrario, John compuso dos canciones netamente religiosas o existenciales que fueron ocultadas durante algún tiempo por Yoko Ono. Hace unos años, salieron a la luz y se habló algo de ellas, aunque quizás no lo suficiente. Sus letras son significativas y peculiares, de ahí que dediquemos esta entrada. ¿Se convirtió John al cristianismo? No parece absurdo pensar que andaba cerca de una experiencia religiosa que le estaba cambiando su vida. Los años de depresión y alcohol habían quedado atrás, y John se encontraba mejor que nunca cuando escribió y grabó estas canciones. Las dos últimas de su vida, pues al poco tiempo fue asesinado.

Esta deriva de John Lennon fue comentada por Yoko Ono cuando afirmó que “John había entrado por un camino equivocado”, el de la religión, debía referirse su polémica mujer. Lennon se había destacado dentro de los Beatles por ser el más ácido y crítico, donde tampoco había excluido una visión negativa de la religión. John siempre trató de edulcorar sus palabras más fuertes para no molestar en exceso a sus fans o a sus amigos. Es significativo que un mes antes de morir grabara estas dos canciones profundamente religiosas, con tintes existenciales propios de una persona que está viviendo un momento de cambio, de conversión en su vida.

No aparecieron estas canciones en ninguno de los dos últimos álbumes de John, ni en el Double Fantasy, ni en el póstumo Milk and honey. No llegó a terminarlas. Formaron parte del abundante material que Yoko Ono guardaba del que fue su marido, y es que John compuso y grabó muchos versos musicales que no salieron a la luz de inmediato. De cuando en cuando Yoko prestaba ese material a los demás Beatles, por ejemplo en el homenaje de Antology de principios del XXI. Es el material inédito de John que pertenece a su viuda y a sus descendientes: Julian Lennon y Sean Lennon.

La primera de las canciones se llama “HELP ME TO HELP MYSELF” y fue grabada el 10 de noviembre de 1980, exactamente un mes antes de morir. Se trata de una especie de oración penitencial con cierto tono premonitorio. Habla de un ángel de destrucción y no admite dudas de que pide ayuda a Dios, al Señor. Nunca ha sido feliz, nunca le ha dejado satisfecho el ángel de la destrucción, afirma en su letra que reproducimos tras el vídeo.

 

 

Help me to help myself (ayúdame a ayudarte)

Well, I tried so hard to stay alive
But the angel of destruction keeps on houndin’ me all around
But I know in my heart
That we never really parted, oh no.
They say the Lord helps those who helps themselves
So I’m asking this question in the hope that you’ll be kind
‘Cause I know deep inside I was never satisfied, oh noLord, help me, Lord
Please, help me, Lord, yeah yeah yeah
Help me to help myself
Help me to help myself
Traducción: AYÚDAME A AYUDARME.
Bueno, lo intente mucho para quedarme vivo
Pero el ángel de la destrucción se mantiene acosándome todo el tiempo
Pero sé en mi corazón
Que nunca realmente partimos (nos separamos), oh no.
Ellos dicen que el Señor ayuda a los que se ayudan a si mismos.
Por lo que me estoy haciendo esa pregunta en la esperanza de que serás amable (bueno)
Porque sé en mi interior profundo que nunca fui satisfecho (feliz), Oh no.
Señor ayúdame, Señor
Por favor, ayúdame, Señor. Sí, sí, sí.
Ayúdame a ayudarme.
Ayúdame a ayudarme.

 

La segunda canción que grabó se llamaba YOU SAVED MY SOUL. Tú salvaste mi alma, y la registró exactamente cuatro días más tarde, el 14 de noviembre. Siempre se comprendió como dedicada a Yoko Ono, que sería la persona que le salvaba, según la letra. Pero la palabra “alma” contradice esta tesis. Al parecer John iba a suicidarse arrojándose por la ventana de su vivienda, y antes de que tal cosa sucediera recordó a un telepredicador que había escuchado hacía tiempo en Tokio y que le llamó la atención. ¿Y si aquel telepredicador tenía razón? Desde luego John no escatima esfuerzos para hablar y agradecerle que lo salvara de su orgullo.

 

 

 Saved my soul. (Salvó mi alma).

“When I was lonely and scared
I nearly fell for a TV preacher
In a hotel room in Tokyo.
Oh, only you truly saved me from that suicide
Because all the things I die along with you.
Remember the time
When I went to jump out of that apartment window
On the west side of town of old New York.
Oh, only you saved me from that suicide
Because of all my foolish pride
Well, if I could thank you, thank you
For saving my soul with your true love”.
La traducción sería la siguiente:
Cuando estaba solo y asustado / casi seguí a un predicador de la TV/ en una habitación de hotel en Tokio.
Oh, sólo tú verdaderamente me salvaste de aquel suicidio.
Porque todas las cosas mueren junto a ti.
Recuerdo el tiempo / Cuando fui a saltar de la ventana de aquel apartamento / en la orilla oeste de la ciudad de NY.
oh, sólo tú me salvaste de aquel suicidio
causado por mi estúpido orgullo.
Bueno, si pudiera agradecértelo, gracias.
Por salvar mi alma con tu verdadero amor.

Pensamiento débil. Pensamiento estúpido. Pensamiento neototalitario.

No me cabe duda de que el ejercicio de las libertades en su conjunto está amenazado de muerte por el auge de las ideologías totalitarias de nuevo cuño, las cuales se van imponiendo ante el vacío y la inanidad dejada por la posmodernidad. Hemos evolucionado a peor, y hemos pasado de aquello de que “cualquier idiota puede opinar lo que quiera”, a “todos tenemos que opinar ESTO Y ESTO, bajo pena de parecer, incluso ser, unos intolerantes”. Los idiotas se han convertido en agentes sociales, propagadores de la ideología fetén, la de moda, la que se va imponiendo. El pensamiento políticamente correcto, lo que hay que decir si te colocan una alcachofa en la cara. Son el neototalitarismo, más soterrado e insidioso que el del siglo XX, y que pega fuerte en una sociedad perdida y en crisis. Por eso hay menos libertad de expresión en España, por ejemplo, que hace cuarenta años, cuando inauguramos la Constitución Española. Y en algunos temas académicos (no en el ejercicio real de los derechos civiles) menos libertad que durante el franquismo. Retrocedemos.

A mi me tocó estudiar la posmodernidad, el pensamiento de hoy y la ideología del presente,  me refiero a los años 80 y 90 del siglo pasado cuando anduve a vueltas con la filosofía y la teología. Concluíamos que la razón ilustrada de la modernidad había  parcialmente fracasado, y que la búsqueda de la verdad única había degenerado en un relativismo moral cercano al escepticismo. El hombre era un ser fragmentario y roto en su interioridad, y la deriva lógica antropológica indicaba que cualquier estupidez era acogida desde el narcisismo de la masa que se refugiaba en la estética. Nietzsche resurgía de su locura para ordenar la cabeza de los nuevos ciudadanos posmarxistas y agotados de luchar contra el sistema.

De esta forma el gran sueño era triunfar, ser célebre y destacar muriendo de gloria. Narciso era el mito que sustituía a Prometeo; y Dionisos y Baco hacían lo mismo con el recto y ponderado Apolo. El Ché dejó de ser un revolucionario para convertirse en una camiseta de niños de ciudad que buscaban una identidad en el mundo. La modernidad que inauguró la ilustración matando a Dios y sustituyéndolo por un ente de razón primero, y por una lucha de clases después, había agonizado por el hastío de pensar. Era más cómodo no pensar, y el “don´t worry be happy” se imponía a una masa informe que había sido alejada de Dios y del sentido de su existencia, incluso de la lucha social por la mejora de sus derechos. Quedábamos reducidos al nihilismo: trabajar para producir, y producir para consumir sin límites.

El icono de la posmodernidad supongo que ha sido Bart Simpson, donde se retrata una sociedad en descomposición, lo mismo que en Southpark, donde los niños empezaban a ser los inteligentes y lógicos. Es la sociedad que apreciaba mucho el bilingüismo, que opinaba que era mejor saber cientos de miles de idiomas, aunque no hubiera nada interesante que decir. No saber nada y creerse los más sabios del mundo. Narciso y Soberbio. Así ha sido la posmodernidad.

Pero la posmodernidad ha muerto, y los nuevos tiempos imponen el pensamiento único irracional como única razón posible. Es decir, caminamos hacia un neototalitarismo donde no es posible la razón, y la única de las opciones del muestrario de ideas que sobrevivirá en el futuro será aquella que imponen los débiles, es decir, los que carecen de identidad sexual, identidad existencial, identidad humana e identidad cultural. Esos individuos perdidos y desnortados, que forman lobbys de poder real, serán los que sometan al resto de la tribu con sus consignas irracionales. Y lo van a conseguir, porque no hay pensamiento racional que les pueda hacer frente. Tienen el dinero, y les conviene para sus negocios un tipo de sociedad sin familia y sin derechos sociales ni libertades individuales.

Ahora el icono es otro, es Bob Esponja, un tontorrón y un bobo. Es la nueva generación que lloriquea cuando le suspenden y que agrede a otro niño más pequeño simplemente porque les ha quitado la pelota. Débiles, idiotas… pero agresivos y totalitarios. Dispuestos a montar un berrinche si no se hace lo que ellos dicen. Son los que ocupan la calle cuando les apetece, los que esgrimen como gran argumento la libertad y la tolerancia, el vive como quieras; y los que van a imponer “haz y piensa lo que yo hago y pienso”, todo lo demás es antigüedad y vicio. Es la moral de situación y la incoherencia existencial y argumentativa, que tiene la fuerza de las leyes sobre las que influye, y que está logrando introducirse en asuntos tan importantes como la vida sexual y reproductiva de las personas, las creencias religiosas, la libertad para dar una charla libremente (y no la boicoteen) o la identidad personal ante los objetos y la creación de algo.

Ejemplos hay muchísimos. No hay más que ver como los adolescentes de hoy controlan a las chicas con los móviles. Luego dicen que si no me controla es que no me quiere. Están sometidos a la pornografía nocturna de sus nuevas tecnologías, las del chat que nunca dice nada, la que no distingue entre intimidad y publicidad, porque no conocen más límite que la apetencia. Están perfectamente programados, y no encuentras fácilmente disonancias, porque todos opinan casi lo mismo y sin matices. Te justifican el aborto, no como conquista o fracaso social, sino como juguete que no nos pueden quitar ahora que lo tenemos; y se plantean el sexo anal, el tatuaje y los piercing con catorce años porque es lo que me pide mi novio (otro descerebrado como ella llamado Calamaro), y lo que me tienen que dar. Hay gente de treinta años con la misma mentalidad e ideología.

Lo cierto es que el pensamiento neototalitario se va imponiendo a través de las leyes, muchas de ellas elaboradas desde grupos de opinión que aprovechan la estupidez reinante y la parálisis intelectual. Han ocupado las cátedras universitarias, los medios de comunicación y los altavoces de las redes sociales. Da igual la derecha que la izquierda, porque en lo “políticamente correcto” están miserablemente de acuerdo. Por eso hay leyes de ingeniería social: aborto, homosexualidad, violencia de género y educación; y leyes de ingeniería laboral: control energético y ecologismos, competitividad existencial, pérdida de protección social a las clases medias, olvido de la familia, alienación laboral con varios empleos durante la vida, todos mezquinos, todos incapaces de realizar al hombre en su naturaleza de trabajador y creativo. Es una nueva forma de alienación de la que no será fácil zafarse ni librarse.

El gran argumento que repiten los estúpidos es que el mundo ha cambiado. Pero eso no es un argumento, eso es una falacia, una justificación del vacío intelectual cuando no se tienen ideas propias con las que hacer frente a la debilidad identitaria primero, y al control social después, que es donde estamos. Y solo hay una forma de combatirlo: regresar a las humanidades y regresar a un mundo y una cultura con trascendencia y religión. Es lo único que nos puede desfragmentar y otorgar una identidad sólida. Ni más ni menos.

LA BRILLANTE EDAD MEDIA.

Art Pin XII Partida a la II Cruzada Miniatura

Reconozco que me enfada (por falso) el cliché estúpido sobre el medievo, de si fueron siglos de oscuridad y hierro y demás memeces impropias de gente culta. Pero es que… como acabo de leerlo en un tipo de ciencias, un presunto ilustrado de esos que les preguntas por la teoría del Todo y te acaban hablando de los inexistentes (e inventados) crímenes de la Iglesia Católica, pues vamos a responder y a quedarnos a gusto. Es mi pequeño granito de arena contra la leyenda negra que inventaron los protestantes en el siglo XVI y XVII, y que siguen cacareando los corifeos de la ignorancia contemporánea y repetitiva de lo estúpidamente correcto. Vamos allá.

En primer lugar hay que decir que el periodo medieval fue la continuación natural del mundo Romano. No hay más derrumbe ni más oscuridad medieval que la produjeron las instituciones políticas y militares romanas cuando fueron incapaces de mantener el orden político de una estructura territorial muy amplia y extensa. La cultura se mantuvo, se dispersó y se perdió ya en los siglos del imperio. El medievo (especialmente la Iglesia Romana) impidió que la pérdida cultural fuera mayor.

La excepción al derrumbe romano fue la Iglesia Católica, la única institución Romana que pervivió, y pervive, desde entonces hasta hoy. La Iglesia se convirtió en la legalidad cuando no había jueces, en la administración cuando desaparecieron los funcionarios romanos, en la continuidad cultural de unas costumbres éticas superiores a las de unos bárbaros que llegaban en oleadas y que aprendieron a escribir y a leer (en latín por cierto, la lengua romana y de la iglesia). Aprendieron a juzgar y a hacer justicia gracias a que unos romanos que se resistían a renunciar a su civilización cristiana y romana se lo enseñaron, Gentes medievales que tienen mucho que enseñarnos a nosotros hoy, presuntamente civilizados y expertos en genocidios.

Segundo. El mundo medieval es el mundo romano ruralizado que luego progresa con un avance lento pero constante. Las razones de tal vuelta al campo vinieron provocadas por culpa de la crisis económica, de las invasiones y de las agresiones externas. Pero el mundo medieval no fue más supersticioso que el mundo romano, al contrario, lo fue menos. El mundo medieval fue más civilizado que el romano, con costumbres éticas más humanas a las practicadas por los romanos. En el medievo no había esclavos (cosa que sí volvió a haber desde el oscuro Renacimiento hasta el negro siglo de la Ilustración) y se fueron culturizando amplias zonas de Europa Central gracias al esfuerzo de los monjes, de los monasterios. El Medievo no hizo todo esto en una noche, por eso su importancia para entender la decadente cultura en la que vivimos es clave. El medievo fue rural, pero eso no es sinónimo de estupidez, sino de dispersión cultural, de expansión cultural.

Tercero. En el medievo fueron conscientes de su situación en la historia, y entendieron perfectamente que las raíces de la cultura romana y cristiana eran las propias y que no convenía abandonarlas. Por eso en el medievo hubo varios renacimientos culturales, que pretendieron engrandecer el viejo imperio romano. El Renacimiento Carolingio fue el primer intento institucional de una cultura romanizada (la germánica) por extender las letras y los estudios a gran parte de la población. Lo mismo podríamos decir con el arte románico, un arte que quería imitar la grandeza de Roma, y que lo superó con creces. Su segundo gran Renacimiento vino con la Baja Edad Media, cuando recuperaron los textos del antiguo Corpus Iuris Civilis, la obra magna del Derecho Romano. Fue en el siglo XII, Ivo de Chartres, en la Universidad de Bolonia. En el medievo no hubo inmovilismo, al contrario, pretendían superarse y alcanzar la perfección social, buscaban alcanzar la trascendencia y a Dios, porque eran conscientes de su pequeñez. Sus artistas no eran estúpidos narcisistas, como los de hoy. También en eso nos superan.

Cuarto. El medievo fue aquel periodo que dio a luz a la Universidad, la más importante institución humana para la transmisión del saber y la investigación estable. La libertad en los estudios escolásticos, y la capacidad para buscar e indagar la verdad no ha tenido parangón, ni siquiera en los tiempos actuales. Entonces se dialogaba con los pensadores musulmanes, se estudiaba todo lo que había, y se hacía desde la humildad y el reconocimiento a los grandes pensadores del pasado. Gracias al medievo fue posible una institución así, dedicada al saber. Por eso fueron siglos de luz y saber aquellos escolásticos que alumbraron la historia. Solo cuando las primeras oscuridades del Renacimiento se asomaron en el siglo XIV y XV retrocedió la Universidad Medieval.

Quinto. Si algo malo podemos achacar a los medievales (quizás sea mérito) es que tuvieron complejos de su grandeza. Fueron capaces de recrear las ciudades, de inventar mejores y más modernas técnicas de roturación de la tierra, y pusieron las bases, la escuela de Oxford por ejemplo, para que luego llegara un tipo llamado Galileo o Newton y se aprovechara de sus nociones físicas. El medievo fue una luz que luego se apropiaron unos listos ilustrados, para quedarse con ella y escupir en el padre que les engendró.

Sexto. El medievo fue un periodo de mucha más libertad de cátedra que el que hoy presumen muchas Universidades. No fueron siglos de oscuridad, al contrario, se erigieron las más grandes construcciones de todos los tiempos: las catedrales mal llamadas góticas, porque su luminosidad y belleza no ha sido superada más que en puntuales ocasiones. Poco tiene que hacer el Empire State ante la Catedral de León, y solo cuando se ha querido redescubrir en el modernismo su belleza se ha logrado algo parecido (Sagrada Familia de Gaudí). La libertad que respiraron los hombres medievales solo se veía truncada en ocasiones por las ansias de poder de los que luego hicieron la modernidad: los reyes y los nobles con sus intrigas. Privilegiados que fueron menos poderosos durante los siglos precedentes de la Alta Edad Media, por estar más controlados unos con otros. Las primeras Cortes de la historia fueron medievales, y surgieron en el Reino de León para controla al Rey.

Séptimo. Durante el medievo hubo menos guerras que en los siglos modernos y contemporáneos. Y mucho menos cruentas. Mucho tiene que callar el Renaciminento, el siglo de las luces y la Revolución Industrial.

Es curioso que a pesar de haber insultado a los del gótico, los renacentistas del siglo XV no mejoraron sus técnicas arquitectónicas. Descubrieron cosas, y revolvieron una Roma que reinventaron con un ridículo plagio neorealista. Una Roma que había sido superada por el medievo volvió, y se empeñaron en retornar reinventando lo que desconocían. Por eso volvió la esclavitud, por eso aparecieron los Estados Modernos, soberbios y provincianos. El medievo les habia enseñado lo que era la globalización y grandeza de una cultura única, amplia y universal. Era la sociedad católica de cristiandad, pero prefirieron competir entre ellos. Todos contra todos. Francia contra España contra Inglaterra y contra Holanda, y luego contra Alemania, contra Estados Unidos y contra la Unión Soviética. De ahí la ruina de los siglos siguientes.

Octavo. En el medievo no hubo genocidios, a diferencia de lo que ha sucedido en la historia moderna y contemporánea; en el medievo se buscaba el equilibrio con la creación y con Dios, a diferencia de lo que sucedió en los siglos posteriores, donde la rapiña y la codicia (todo muy romano y muy poco medieval y cristiano) están acabando con los recursos del planeta. En el medievo se criticaba la usura y el préstamo con intereses, se explicaba que era lícito deponer a un gobernante injusto.

Noveno. Lo único que saben decir los papagayos que repiten lo que los detractores del medievo han dicho son bobadas sobre Inquisición y las Cruzadas.

Las Cruzadas se hicieron para proteger a los peregrinos que iban a Jerusalén, una idea llena de nobleza y sentido, pues se atendía a los pobres. Se luchaba en una tierra que había sido saqueada y desrromanizada, porque Jerusalén también fue ciudad romana y cristiana en siglos anteriores. Las exageraciones y los abusos de los cruzados no fueron menores que los de los Romanos que entraron en el año 70 d.C, y mucho más benévolos que los genocidas y asesinos de la historia moderna y contemporánea, incluidos los animales del Daesh y los bestias de los marines en Vietnam, sin ir más lejos.

Y de la Inquisición, ¿para qué hablar si no se escuchan más que mentiras de la leyenda negra que inventaron los ingleses? La Santa Inquisición fue el primer gran tribunal que incorporó garantías procesales, superando así a los tribunales romanos de antaño y a los medievales de su tiempo.

La figura del Ministerio Fiscal, y el derecho a recurrir a un tribunal superior tenemos que agradecerlas a la Inquisición. Es más, sus garantías procesales eran escrupulosas, bastante mejores que las de los tribunales civiles de entonces, y de muchos de ahora. ¿Tortura? Sus métodos de confesión eran idénticos a los que empleaban los Tribunales Civiles, y sus cárceles más humanizadas y cómodas que las anejas.

Pero es que la Inquisición ni siquiera desplegó el grueso de su actividad durante el medievo, sino durante la Edad Moderna. Tiene de medieval bastante poco, de hecho en España se puso en marcha en el oscuro Renacimiento, continuó durante la nefasta ilustración y terminó cuando el Rey decidió que podía controlar todo en el siglo XIX sin ayuda de la Iglesia. La Iglesia Romana que nos legó uno de los periodos más brillantes de la historia: el medievo.

El Idolátrico Espíritu olímpico. Bienvenidos a Río de Favelas.

Reconozco que esto de las olimpiadas me hace pensar mucho y siempre en plan cabroncete. Por suerte son cada cuatro años, porque el rollito histérico de los periodistas es inaguantable. Parece que lo más importante sean ellos gritando somos campeones o casi lo conseguimos, pero no. Lo más importante es que triunfe el espíritu olímpico, que no es otra cosa que el espíritu del capitalismo de toda la vida: competir, juego limpio (estado de derecho), no hacer trampas (pagar a hacienda y no meterte rayitas), y recibir la ovación de la chusma. Porque el olimpismo sin plebe no es nada, todo sea dicho. Y sin tele con cámara lenta, menos.

El Olimpismo, y el Espíritu Olimpico es una de esas nuevas religiones espectáculo; pseudoreligiones que pretenden sustituir a las religiones de siempre pero con disimulo. En realidad son un ejemplo del espíritu de nuestro tiempo, aunque, todo hay que decirlo, las devociones Olímpicas no garantizan ni la vida eterna, ni tienen nada que ver con la trascendencia; pero nos ofrecen todo lo demás: rituales, liturgias de mucha estética, himnos, alabanzas, mártires, leyendas, relatos y sacerdotes (los del olimpismo están forrados, oiga). Los nazis montaban espectáculos parecidos para exaltar la raza aria, el espíritu del pueblo alemán, y cosas por el estilo: rituales, héroes y tipos bajitos y feos repartiendo medallas. Ahora hacen lo mismo, aunque se les haya olvidado: se recrean encendiendo el pebetero, saludando los concursantes del circo, poniendo caritas de asombro y contándonos a cámara lenta las grandezas de las grandes gestas y hazañas de los suyos. Todo muy romano, pan y circo, y que no pare el espectáculo.

Nada que ver con los Juegos Olímpicos de la antigua Grecia, que no eran un negocio sino un honor, y que se hacían bajo la lupa de los sacerdotes de los dioses griegos del Olimpo. En realidad las Olimpiadas tenían como finalidad antropológica de fondo, mantener en forma y preparados a los dispersos ejércitos helénicos, los atletas eran soldados que se ejercitaban y mantenían de esa forma el espíritu combativo de la guerra. O sea, casi lo contrario de hoy. Eso lo hacían desde las prácticas religiosas de su tiempo, para que los dioses fueran favorables en la guerra y en la paz, casi nada.

Ahora, en cambio, tenemos muchos corifeos aburridos: “no entendemos como tardan tanto en llegar las medallas”, dicen los de la radio, tele y demás periodistas cariacontecidos y hasta tristones de verdad. Te lo cuento yo, hombre de Dios, en un segundo. Lleváis todo el año hablando de si CR mea, caga o le gusta la pizza con aceitunas, y ahora os acordáis de que existen más deportes en el mundo. Por supuesto, de los paraolímpicos no diréis ni palabra, no sea que os entre yuyu; y mucho menos poner al francés aquel que se partió la pierna de un salto. Todo menos herir la sensibilidad del espectador con la verdad. Y la verdad es otra.

La verdad del deportista es conocida por todo el mundo, no hay por qué esconderla en los Juegos Olímpicos. Se dedican a algo que no es rentable, les humillan desde Federaciones que son una castaña de chanchullos, y emplean años de su vida, para conseguir algo que para ellos es importante: superarse por una medalla. Luego es verdad que muchos las revenden en las calles de Río, en las Favelas pagan una pasta por ellas, imagino, pero es que detrás de un deportista hay una persona, y no solo una estética. Detrás de la mayoría de los deportistas de las Olimpiadas hay gente que malvive practicando deporte, sin un futuro claro, y con una expectativa de medalla más que difusa.

En algunos países, véase los asiáticos, son obligados desde la infancia con métodos cercanos a la tortura a las prácticas deportivas que el resto del mundo se divierte contemplando en su televisor. Son como las zapatillas Nikita que las fabrican niños thailandeses a escondidas y bajo condiciones infrahumanas. El espectáculo sigue, por supuesto, chapoteando sobre los derechos de la infancia, la que compite con las zapatillas y la de los que fabrican las zapatillas. ¿Espiritu Olímpico? Que les pregunten a las niñas chinas, por ejemplo. Esas que tanto ganan y son tan perfectas. Todo tiene un precio y viva el olimpismo.

También muchos deportistas son cojonudos, y es que detrás de algunas Federaciones Deportivas se cuelan listillos de las cúpulas corruptas de algunos países para viajar gratis y pasarlo bien en un festival que gente mona. Y por supuesto, no faltan los que van a los Juegos Olímpicos a copular con alguien que se preste. Y siempre hay gente dispuesta. De hecho en las Villas Olímpicas – Londres fue la hostia – lo que más reparten no son medallas, sino condones para que los angelitos (jóvenes deportistas no siempre con cerebro) disfruten del espíritu Olímpico en su aspecto más sórdido, el que no cuentan pero que existe: promiscuidad y sexo fácil. Algunos se pasan de frenada y violan a alguna incauta, pero como son deportistas, pues como que eso no existe. Son héroes, y todo el mundo sabe que los héroes no tienen ni picha ni deseos descontrolados.

Yo hasta entiendo tanta concupiscencia, todo el puto año currando como un gilipollas para quedarte a las puertas de algo (porque solo gana uno por modalidad). Es como para desahogarte echando un polvo con el vecino de instalación. Imagino que la redecoración de las favelas de Río ha consistido en transformar la prostitución y la miseria en puterío de lujo y apartamentos para los deportistas. Sobre la pobreza montamos un escenario precioso, porque el espectáculo no puede detenerse, y nuestros concursantes están a tope compitiendo para que lo disfrutemos desde casa. Sin favelas ni mierdas, aunque ahí sigan y Brasil sea un país bastante empobrecido por la desigualdad y la miseria. Por cierto, el próximo año un idiota decidirá, a cambio de una pasta o un puesto gordo, si las Olimpiadas son en la Conchinchina o en Zimbawe. Es el espíritu Olímpico, el espíritu de los negocios.

¿Se han fijado que las Olimpiadas las ganan los países que patrocinan a sus deportistas? Ganan los países que tiene pasta y un alto PIB producto interior bruto. Primero USA, le sigue China. Y Tercero sería la UE si sumáramos medallas. Andorra, a pesar de tener el dinero de Pujol no compite en casi nada, y lo mismo le pasa a los paraísos fiscales como Gibraltar, pero es que allí no hay gente del deporte. Bueno, alguno sí, defraudando.

La fiesta agradable es siempre la del atletismo africano. Esta gente es la única que compite en igualdad de condiciones, más que nada porque correr es igual de barato en todos los sitios. Aquí hacemos running, en cambio ellos, siguen haciendo footing, de toda la vida. Sin cascos ni pijerías. Y claro, nos ganan. Seguramente se están preparando para cruzar los estrechos a nado. Bienvenidos a Río, bienvenidos al Olimpismo, otra divinidad con los pies de barro.

La religión en el siglo XI y en Los caballeros de Valeolit.

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Es recurrente que en la fiesta de los Reyes Magos, la Epifanía del Señor, hagamos un inciso y una reflexión sobre la religiosidad en el siglo XI en la península ibérica, un tema que ya he tratado en otras ocasiones, y que me parece siempre interesante por los múltiples paralelismos que podemos hacer con la actualidad.

El hecho religioso está presente en la trilogía LOS CABALLEROS DE VALEOLIT. Evidentemente su contenido no forma parte del conflicto principal, ni siquiera secundario, pero la cuestión religiosa es siempre preceptiva por formar parte de la idiosincrasia humana más elemental. No termino de entender las novelas donde no hay ninguna referencia religiosa, donde se ningunea la religiosidad (para bien o para mal), o donde desaparecen las grandes preguntas que todos nos hacemos. Su ausencia me suele dar sensación de poca profundidad en los personajes y levedad en la trama. Hasta los más malvados se preguntan alguna vez por el sentido de su crímenes. Por eso la diferencia entre una buena novela y una mala novela está en la solidez de los personajes, en la atmósfera construida, en el lenguaje y en la presencia de las grandes preguntas, con o sin respuestas.

El hecho religioso cristiano en el siglo XI era más público que actualmente, lo cual no quiere decir que fueran sociedades teocéntricas, como fácilmente afirman los historiadores. Si hubieran sido sociedades teocéntricas nos parecerían el paraíso en la tierra. En aquellas sociedades, los grandes intereses humanos eran como los actuales: familia y casamientos, supervivencia para casi todos (son sociedades más inestables que las actuales tanto económica como políticamente), y anhelos de poder. Son mundos y culturas tan codiciosas como las nuestras, más violentas por el particular de la supervivencia, y más supersticiosas. De alguna forma son herederas directas de un mundo romano-cristiano que ha entrado en decadencia, por eso no son mucho mejores que sus antepasados (y mucho menos peores). Igual de agresivos, y quizás más comedidos por aquello de respetar los mandamientos (invento no romano, todo sea dicho), que fue antesala de los derechos naturales primero, derechos humanos después.

La gran diferencia en la península es que los cristianos tuvieron que convivir con otras culturas y religiones, importantes en presencia y armas, lo cual conformó parte de las maneras culturales de España y sus diferencias regionales. Hecho que todavía pervive en el presente con tendencia a desdibujarse por la globalización. Si algo llama la atención en España es lo distintos que son los andaluces de los gallegos, o los castellanos, cuyos orígenes, claramente, hay que buscarlos en el asentamiento por tiempos diversos de culturas y religiones también diversas.

La religión, en aquella época y en la nuestra, formaba parte de las barreras culturales más evidentes que levanta una sociedad contra otra. Si se es cristiano, y se nace en una familia cristiana, no es conveniente, ni prudente, relacionarse con judíos ni con musulmanes. Esto sucede hoy también en lugares multiculturales. Es como dar cancha el enemigo, como despreciar lo propio, aunque no sea así. Las excepciones son los poderosos, que buscan en todas las culturas (judía, musulmana y cristiana) los beneficios que puedan darles. Alfonso VI se autoproclama cuando entra en Toledo en el año 1085 emperador de las tres religiones. Y el dirigente anterior, Al-Mamum, tiene buenas relaciones, y financia, a mozárabes (cristianos) que viven en la ciudad. En este sentido, la población es más cerrada que sus dirigentes. Pedir un préstamo a un judío te hacía sospechoso entre los tuyos de colaborar con las minorías, incluso de abandonar tu fe, por eso estas relaciones estaban muy limitadas y se guiaban por la prudencia, incluso por su inexistencia, y en ocasiones puntuales por el enfrentamiento entre comunidades y barrios de una misma ciudad, como sucedía en Toledo frecuentemente, donde los musulmanes atacan de cuando en cuando (y convierten en mezquitas), iglesias tradicionalmente mozárabes.

La identidad cultural tenía que ver con la identidad religiosa, cosa lógica desde el punto de vista antropológico. La gente necesita una identidad cultural elemental, y lo religioso, sobre todo en zonas de frontera, está más subrayado y afirmado por formar parte de las características esenciales que nos hacen ser nosotros mismos. Nadie quiere renunciar a sus raíces culturales. De ahí que la gran apostasía generalizada de occidente hacia el cristianismo sea leído, desde el punto de vista antropológico, como una crisis cultural y de valores, una decadencia que nos hace más vulnerables y débiles ante las demás culturas. Que no nos toquen las narices, claro.

La vida cotidiana empujaba a que los colectivos se especializaran en los oficios que gustaban, y así, los judíos, además de ser buenos prestamistas (lo que le valía el desprecio del resto), poseían buenos rabinos que oficiaban como médicos. Entre los musulmanes había siempre una minoría muy interesada en la filosofía, el arte caligráfico, la poesía, la astronomía o la matemática. Casi siempre vinculados a las mezquitas (madrassas). Esto condicionaba a todos, pues un cristiano enfermo, era corriente que pidiera ayuda y consejo a algún rabino médico. No era recibido en el mismo lugar de la casa que si fuera judío, pero se le atendía a cambio de un dinero. Imagínense lo que pensarían los cristianos cuando morían atendidos por los médicos judíos: que si lo había matado igual que mataron los judíos a Jesucristo, y cosas por el estilo. La tensión estaba presente, y los roces eran habituales, aunque también lo fueron los intercambios mercantiles y comerciales, y por tanto culturales.

No todas las confesiones religiosas se comportaban igual en todas partes. Generalmente los cristianos eran bastante tolerantes con los musulmanes llegados del sur a sus territorios (eran muy pocos), siempre que no fueran soldados agresivos. Según avanzaba al reconquista (palabra no equivocada), las bolsas de musulmanes fueron conformando el grupo mudéjar, que acabó siendo muy importante en la construcción de iglesias con mampostería y ladrillo en siglos posteriores. Eran buenos constructores, y trabajaban bien el campo. Con los judíos fue otra cosa, pues eran grupos aún más minoritarios, con relativo poder económico, y poco simpáticos por su relación homicida con Jesucristo (los cristianos olvidaban que Cristo también fue judío). Esto hizo que las persecuciones y las tensiones locales fueran más fuertes conforme avanzaron los siglos hacia la Baja Edad Media haciéndose insostenible en el Renacimiento, y criminal y genocida en el siglo XX, por poner el tema al día.

Los musulmanes eran bastante menos tolerantes con las minorías religiosas de sus ciudades, especialmente en lo relativo a los mozárabes y judíos. Las minorías cristianas y judías soportaban impuestos más altos, y eran de vez en cuando atacados por los barrios más fanáticos. Se sumaba al conflicto religioso la dificultad por parte de las autoridades musulmanas de los reinos (entonces de taifas) para mantenerse en el poder y controlar el orden público en sus territorios. De ahí que fuera habitual pueblos donde casi todo el mundo era mozárabe, o casi todos fueran judíos.

Islam contra islam. También los musulmanes de los reinos de taifas tuvieron como enemigos a los musulmanes almorávides, más rigoristas y exigentes en la pureza religiosa. Llegaron en 1086 llamados por ellos mismos para ayudarles a frenar a los cristianos. Craso error, porque acabó con sus privilegios y sus posiciones feudales.

Los judíos, al tratarse de una minoría más débil y menos peligrosa, no fueron la diana principal de los dardos musulmanes de entonces, aunque tampoco fueron demasiado contemporizadores con ellos. Simplemente coexistían en sus reductos intramuros, y vendían en el mismo zoco de la ciudad. Como minoría no persiguieron a nadie desde el punto de vista militar. Se mantuvieron alejados del oficio de la guerra, pero tampoco significa que fueran demasiado trasparentes ni abiertos a las demás confesiones. De hecho la sospecha de que en sus aljamas se cometían crímenes insospechados nos habla de ser un grupo también cerrado, cosa que tampoco sorprende cuando tienes todas las de perder.

Cristianos contra cristianos. Tampoco los mozárabes fueron bien tratados por los cristianos de rito romano, el que se fue imponiendo por parte de los reyes cristianos del Norte. De hecho, era considerados medio musulmanes, a pesar de tratarse de los cristianos más viejos y auténticos de la península, por ser los que resistieron culturalmente al invasor musulmán. En este sentido fueron los grandes perdedores de la historia.

Por supuesto, lo de enamorarse y casarse un musulmán con un cristiano, era ciencia ficción. Lo explotaron los románticos del siglo XIX cuando imaginaron convivencias idílicas en el pasado, y sociedades fantásticas llenas de emociones. La mora y el caballero cristiano es muy de Zorrila y Becquer, pero tenía poco que ver con la realidad, porque por nada te cortaban el cuello si te pasabas con la del gremio de enfrente, y lo hacían más los del propio bando que del ajeno. Hoy los conversos al cristianismo que proceden del islam son especialmente repudiados y perseguidos.

Y para despistados: la inquisición en España no existió durante el medievo, llegó con el renacimiento y la modernidad de los Reyes Católicos, que fueron, por cierto, empujados e influenciados por una sociedad más intolerante que ellos. Y es que el poder corrompe, cuando se escucha mucho al populacho (que diría Séneca). Apunta Pablito.

El fanatismo religioso.

Los atentados del pasado fin de semana en París han conmovido a la opinión pública occidental, acostumbrada fervientemente a ensimismarse bajo el paraguas de su civilización próspera y expansiva, ha reventado su burbuja de felicidad, por unas horas al menos, para encontrarse de la noche a la mañana, con que hay unos abejorros dispuestos a inmolarse por algo incomprensible para su mentalidad como es lo religioso.

Occidente, y especialmente los vecinos franceses (por aquello del laicismo), nunca han entendido en qué consiste el fenómeno religioso, de ahí que hayan perdido mucho tiempo en vilipendiarlo y proscribirlo sin comprenderlo siquiera más que en su sentido más ideológico y negativo, perjudicando de paso la solidez de la cultura occidental, cimentada en el cristianismo. La religión cristiana, que sí aguanta caricaturas con bastante deportividad y dientes rechinados, es bastante diferente del islam. Y es que, hay que decirlo con claridad, no todas las religiones son iguales, como no son iguales ni las culturas ni las personas. Diferenciar las cosas es la primera forma de respetarnos, a pesar de todo.

La religión es el componente más sólido y permanente que configura una cultura. Ni lo económico, ni lo productivo, ni sus formas matrimoniales, ni sus características para resolver conflictos (derecho) decide qué tipo de sociedad o cultura tenemos. Lo religioso es otra cosa distinta de lo ideológico. Esta es la gran confusión occidental. Las religiones, además de levantar la diferencia más clara entre una cultura y otra, logran configurar una cosmovisión trascendente y de sentido para los miembros de esa cultura. La religión logra dar sentido a las personas que viven en esa cultura, y una cultura sin religión, como sucede hoy en parte a occidente, es una cultura en crisis y descentrada. Por mucho que sustituyan a Dios por la Marsellesa, no deja de ser una canción, pues los símbolos, cercanos a los sacramentos, no gozan de la presencia de la trascendencia como mecanismo transformador. Nos emocionan, pero no nos orientan.

No estoy diciendo nada extraño a la antropología social y cultural, incluso desde la perspectiva más marxista, defendida por el ilustre y audaz Marvin Harris, materialismo cultural, lo religioso está en la cúspide de una pirámide, en el polo que denomina superestructura de la cultura. Pensaba Harris, y ahí discrepo, que lo religioso no configura una cultura, sino que ésta viene determinada por su economía y su sistema productivo-reproductivo, y creo que se equivocaba. Lo religioso es lo que más tarda en modificarse en una cultura, es básicamente tradición y por tanto inmovilidad. La identidad e identificación de esa cultura pasa necesariamente por la religión que se tenga, y cuando cambia la religión, sabemos y apreciamos que tal mundo ha cambiado, y que estamos ante otra cosa, otra cultura, otra civilización. La religión es la cultura, su identidad. Y eso es válido aunque las personas no sean religiosas, ni demasiado fervorosas o practicantes.

Con un ejemplo seré más claro: El norte de Africa no cambió su forma productiva y reproductiva con la invasión de los árabes y musulmanes en el siglo VII, pero está claro que apreciamos una ruptura cuando se sustituyó la religión cristiana por la musulmana en aquellas zonas. En cambio, en Italia, sí vemos continuidad en esos siglos. La cultura es básicamente su religión, y eso ha costado más que dolores de cabeza a muchos laicistas que siguen sin entenderlo, pues se empeñan en privatizar la religión, con el consiguiente desconcierto y desasosiego cultural.

El fanatismo religioso es un fenómeno cultural que se produce en determinados grupos subculturales o sociales, y que es provocado por una circunstancias que me atrevo a discriminar en dos grupos.

En primer lugar estaría el fanatismo provocado como reacción interna ante los cambios que sufre la misma cultura. La religión tarda en cambiar, y el fanatismo religioso es la reacción lógica que quiere evitar esos cambios. Ejemplo: las personas cristianas más fanáticas suelen gustarles poco los cambios que va haciendo la sociedad, son en conjunto reaccionarios, y quieren petrificar las tradiciones (como bien decía Ortega) para idolatrarlas. Acaban siendo más amigos de la idolatría clerical, por ejemplo, que del mensaje renovador de Jesucristo. Esto mismo sucede en el islam. El islam está cambiando desde hace siglos, en parte por su contacto con occidente, pero también porque la misma cultura islámica está evolucionando: los musulmanes quieren un islam distinto. Fiel al Corán y a Aláh, pero distinto. Lo hemos visto en Irán, una revolución religiosa, de corte conservador, que termina aprobando formas más aperturistas; o en Turquía, donde se quiere poner freno a un islamismo conservador y fanático, apostando por uno más progresista y acorde a la sociedad en la que vivimos, compleja y difícil, de imposición laica para evitar avances del fanatismo.

Parte del fanatismo religioso de esta panda que llamamos Yihadistas, pero que tiene que ver poco con la verdad yihad, que es un camino de perfección espiritual, proviene de estos cambios internos y se rebela contra los propios musulmanes moderados y progresistas que quieren un tipo de islam menos absorbente y grisáceo. Hay que recordarles que nosotros ya tuvimos fanáticos como Savonarola o Calvino, que intentaron imponer una moral rígida y cabreante a Florentinos y Ginebrinos casi por igual y con los mismos resultados: el cabreo de la gente normal. El islam moderado es el primero que tiene que reaccionar contra los fanáticos, ni ocultarlos ni esconderlos, porque son sus enemigos, incluso sus verdugos.

La segunda causa del fanatismo religioso puede proceder del exterior, es xenofóbica. La invasión cultural que vive el mundo islámico, y que recibe, por su poderío económico de la cultura occidental, alimenta por sí misma el fanatismo religioso de los pueblos a los que seduce. Los musulmanes más fanáticos consideran que el estilo de vida occidental es decadente, patético y satánico, y que hay que extirparlo de la faz de la tierra. No pensarían así, si no tuvieran que lidiar todos los días con la ropa de moda de las tiendas que imponen un estilo occidental, nuestros coches, diversiones, alcohol ocio han entrado en sus vidas, y reaccionan violentamente contra esa invasión. Por eso arremeten en París contra el heavy o contra el fútbol, porque son occidentales. Es igual que en la antigüedad romana, los cristianos del siglo V arremetían contra el circo y los gladiadores, y antes los paganos contra los cristianos. Es lógico, aunque no nos parezca éticamente bueno.

En la cultura cristiana están las raíces de lo que es occidente. El lema “libertad, fraternidad e igualdad” que tanto gusta a los franceses y europeos, no son sino proclamaciones y eslóganes cristianos secularizados. Por eso el Papa para ellos es enemigo número uno, y por eso recuperar la alhambra es fundamental para lograr un golpe moral definitivo que los aúpe en sus posiciones fanáticas.

Pero desconocen varias cosas. Que aunque destruyan (o lo intenten porque no lo van a conseguir), a personas o símbolos occidentales, nuestra cultura es muy fuerte económica y socialmente, y su herencia no termina en un cuarto de hora. Si occidente se viera realmente amenazado, bastaría con expulsar a los musulmanes de Europa, radicales y moderados, o le costaría relativamente poco hacer del islam una religión de Estado para controlar la cultura y la educación islámica en mezquitas y ummas, o simplemente soltar una bomba atómica en Siria, o en la Meca. ¿Me siguen verdad? Gracias a Dios, el Dios cristiano nos ha enseñado a ser compasivos, y a entender que la verdadera lucha del hombre es contra sí mismo y contra su corazón egoísta y enfermo. El fanatismo debe ser combatido. ¿Con qué? Por supuesto con las armas si son necesarias (que vemos que son imprescindibles), pero también con la educación religiosa musulmana en los colegios y con las ideas claras. Y hay que reconocer que esto último es lo más difícil de conseguir en nuestro decadente, y poco cristiano, occidente.

PD: PRAY FOR PARIS,

PRAY FOR THE WORLD, OUR WORLD.

Misterio de Amor

crucifix

En alguna ocasión he escuchado que el cristianismo es un invento de los curas, o algo parecido, para sacar dinero. Pero lo cierto es que el cristianismo no ha servido para acumular dinero más que en algunos momentos de la historia, precisamente en aquellos en los que la fe languidecía más, y la vinculación con el poder político convertía a ésta en un acolitado cultural del déspota de turno. El dinero, por supuesto, no iba a los más místicos y santos de la iglesia, que rehuyen de la acumulación como del diablo; ni de los fieles de a pie, que siempre son ninguneados por los poderosos y adinerados. Luego los tiempos cambian, y el dinero de la iglesia se sustrajo (desamortizaciones), o sea se robó, para mayor gloria de Dios, pues permitió a los clérigos dedicarse a cosas más espirituales. Lo cual es de agradecer.

También hay que decir que sustituido el cristianismo por la fría y calculadora razón Ilustrada, las cosas tampoco han desfilado mejor para la humanidad. Tras las codicia se esconde la avaricia, el afán de acumular, y los vagones de sus consecuencias: empobrecimiento para la humanidad, y esquilma para la naturaleza, que ahora se llama medio ambiente. Cosas tan ajenas a la religión y sus valores, como ajeno es el dinero al arte, al gozo de vivir o al amor de una madre y un padre por sus hijos. Coexisten y punto.

Es curiosa la veneración de algunos por la pasta, el trabajo y el éxito, que se asume y consume como pan bendito cuando el beneficiado es uno, y amarga como castigo divino (llámese envidia) cuando el disfrutador es otro. También el irracionalismo se une a esta fiesta de incautos, que abrazan cualquier mal confundiéndolo con el bien; son los nuevos dioses, y sus fieles no siempre son conscientes de sus exigencias, agnosticismo se llama, y acaban venerando al dios dinero y consumo porque no conocen otro mejor.

El hombre cuando deja de creer en Dios, termina creyendo en cualquier cosa, decía Chesterton, y tiene su parte de razón, pero no es mi interés hablar de los ídolos de nuestro tiempo, sino de la experiencia primera de la fe cristiana, lo que los teólogos han llamado experiencia pascual. Si celebramos la Semana Santa, el Triduo Pascual, la muerte y la resurrección de Jesús el Mesías, o sea Jesucristo, es porque un puñado de hombres tuvieron una experiencia de Dios sincera y profunda, que no solo cambió su vida, sino que a la postre ha cambiado la faz cultural de Occidente.

Jesús se rodeó de seguidores, a los que escogió. Su relevancia política y espiritual era, en aquel momento, más que discutible. De hecho, muchos de los que lo conocieron no creyeron en él, no apostaron con que era el Mesías, o si lo era, su ejército y fuerza era una absoluta ridiculez. Sus pretensiones mesiánicas era absurdas para cualquiera que hubiera tomado a Jesús en serio. La gran sospecha que caía sobre Jesús era sus palabras, llenas de fortaleza y sentido. Un gran orador rodeado de paletos de pueblo. Jesús se enfrenta con los poderosos de su tiempo, ofreciendo un discurso distinto, coherente con los gestos proféticos del que los elaboraba. Y dentro de sus grandes gestos, su poder taumatúrgico era, sin duda, lo más llamativo. Jesús cura. Esta experiencia es la más llamativa en la persona de Jesús, que se convierte en el personaje, en el curandero más importante de la antigüedad. No conocemos a ningún otro taumaturgo antiguo que tuviera ni hiciera tantos milagros como Jesús. Para los que lo vieron y experimentaron, era un punto de partida llamativo. Los ciegos ven, los cojos andan, y se anuncia el evangelio a los pobres…

Pero el gran gesto de Jesús fue su muerte, un gesto contradictorio con las pretensiones del poder, y un gesto absurdo con las intenciones culturales de la época, y me atrevo a decir que de cualquier época. Jesús muere como una basura humana, es la muerte de los esclavos, de los indignos, de los deshonrados, de los peores. Exactamente todo lo contrario a las pretensiones que se suponían en un Mesías glorioso. Jesús es un proscrito, un maldito (palabras bíblicas) para el judaísmo. Es lo más contrario a un salvador, porque precisamente no puede salvarse alegando su condición humana, no tiene padrinos en el sanedrín, ni abuela que le alabe, ni ejército que lo libere. Es un solitario, una víctima ridícula de un mundo que camina deprisa y que no tiene tiempo de detenerse en valorar si es justa su muerte. Prefiere las razones, los argumentos y las luchas de poder. Jesús representa, en este sentido, a la humanidad sola, al hombre ante su dolor y su angustia. Es el hombre que llora, que sufre, que se duele, que cae, que es una piltrafa para los de alrededor, aunque todos nos podamos reconocer la misma piltrafa humana en algún momento de la vida. No lloréis por mi, dice el Señor…

Por eso la experiencia Pascual, la Resurrección, son la clave del cristianismo. Si Dios no ha resucitado, vana es la fe, dice San Pablo con acierto. De hecho, la experiencia Pascual rodea a Cristo de sentido, le comunica el triunfo que necesitaba para ser reconocido por la humanidad. Creíamos en él cuando hacía un milagro, pero el gran milagro es ahora la vuelta a la vida, su regreso de la muerte, que se interpreta como el final del mal y del pecado en el hombre. Dios se reconcilia por la sangre de su cruz, y permite intuir que aquel que creíamos el Mesías es verdaderamente el Salvador que esperábamos. Jesús es Dios mismo, porque es el Mesías, el Hijo Unigénito del Padre. En la categoría semita el padre y el hijo son lo mismo, la misma sangre, la misma esencia y naturaleza. Jesús es Dios.

La siguiente gran reflexión, que hace el cristianismo en los primeros tiempos, tuvo que ver, precisamente en comprender el gran misterio de la fe. Que Dios tenía que morir y resucitar, les explica en Emaús. Una afirmación nada sencilla. De hecho, los primeros cristianos rehuían del signo de la cruz (hasta Constantino no se convertirá en el signo cristiano por excelencia), y los primeros textos hechos para conocer a Jesús tratan de explicar lo que sucedió en los días de la Pasión de Jesús, precisamente porque son los más complicados de entender. Había que explicar lo que había sucedido, con detalle incluso.

Ese era el camino que Dios quería emprender para el hombre.Que el grano de trigo muera, para que pueda dar fruto, y la única gran conclusión a la que se llega es que ese misterio de la dinámica de Dios, la economía de salvación dicen los teólogos, es un misterio de Amor. Tanto amó Dios al mundo que envió a su único Hijo, para salvar al mundo. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos… Para ofrecernos un camino único, místico y distinto Jesús tuvo que entregar su vida de manera cruenta. Feliz culpa que mereció tal redención, canta la liturgia de estos días santos. Un itinerario trascendente y profundo, que pudiera dar sentido a la vida de los que todavía morimos, enfermamos, tropezamos y nos equivocamos. El misterio de Amor de Cristo es lo que celebramos en Semana Santa. Un invento hecho precisamente para que el dinero no tenga la última palabra en nuestra caduca y frágil vida.

Islamofobia, cristofobia y libertad de expresión.

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En días recientes la voz del Papa Francisco recogía el clamor y la agonía de los cristianos perseguidos en Siria, Irak y tantos otros lugares de Oriente Próximo (me atrevo a incluir al Oriente lejano de China), donde bajo la luz de una especie de un juridicismo coránico, y una interpretación del mismo torticera, iluminista, fanática y excluyente, convertían el Corán en un arma arrojadiza, y a los cristianos de aquellas zonas del planeta – que llevan viviendo allí desde antes que hubiera islam – en sus principales víctimas.

Pero hete aquí que esto es insuficiente para esta gente, y desde hace tiempo, pues no es nuevo, se empeñan en atosigar con actos terroristas a los países Occidentales, como si nosotros fuéramos culpables de su desconcierto cultural. En este sentido atentaron contra las Torres Gemelas de NY, Madrid, Londres, y ahora París, donde por cierto, se la tenían jurada a Charlie Hebdo. También llevan atentando y persiguiendo cristianos en Africa, secuestrando a chicas jóvenes (Boko Haram) y muchas otras atrocidades sin apenas despeinarse, y con Occidente mirando a Marte por si acaso hubiera vida por allí.

También hay que decir que a los cristianos no solo los atacan estos zumbados, también encontramos en la fauna nacional y patria, otros grupos y sectores, que con límites más razonables, se toman en serio la tarea de incomodar y molestar a los creyentes de la religión que sea. Y ahí tenemos a las petardas de Femen sacando sus mandolinas en el Vaticano, agrediendo a ancianos en misa (o sea curas y obispos), o, sin ir más lejos, los señores de Charlie Hebdo, que han sufrido en sus carnes el precio de tocar los cojones a una panda de fanáticos radicales nacidos y crecidos en los suburbios musulmanes de París, y me consta que no es el primer atentado que reciben por disfrutar de una libertad de expresión siempre en el límite de la falta de respeto (y de prueba cuelgo algunas de sus portadas, todas tan graciosas como impertinentes para la gente sensible a lo religioso).

¿Tiene límites la libertad de expresión? Evidentemente sí,  debe tenerlos, pues todos los derechos tienen límites. Y de hecho en nuestra sociedad la libertad de expresión está limitada y cada vez más: reírse de una víctima del terrorismo o de una mujer agredida deben ser penados, pues entendemos todos que hay un limite a la libertad de expresión muy claro y es herir la sensibilidad más íntima y radical del otro.

Esto abre la puerta a una serie de problemas sobre el nivel de sensibilidad y paciencia que uno puede soportar. Así por ejemplo, los cristianos estamos “acostumbrados” a que se nos falte al respeto de cuando en cuando. Se alude a la libertad de expresión para montar exposiciones vejatorias e insultantes para la sensibilidad de un creyente, donde se mofan de Cristo, o de la Virgen, y aunque hay una muestra de rechazo importante, las autoridades no suelen prohibir ninguno de estos actos, argumentando la libertad de expresión. Es verdad que con no acudir a tales actos es suficiente; pues no hay mayor desprecio que no hacer aprecio, pero esto no es tan fácil para una víctima del terrorismo cuando tiene que cruzarse por la calle con un grupo de idiotas que le insulta. Las televisiones, por ejemplo, u otros medios públicos, no suelen insultar de manera flagrante a sus espectadores creyentes, pues entienden que el respeto es el límite de la libertad de expresión, un límite al que hay que adherirse hoy más que nunca, pero no por miedo a la reacción del otro, sino por miedo a perder la esencia humanista de los derechos humanos.

Está claro que el nivel de tolerancia de un señor para matar a otro, no tiene nada que ver con el nivel de tolerancia de alguien que se siente molesto porque cuelgan un crucifijo en el cole de su hijo, o tocan las campanas de la iglesia del pueblo el domingo, o soporta la burla en un chiste gráfico  mofándose de sus convicciones religiosas. Podemos convivir sin molestarnos demasiado, y sin matarnos, creo yo. Lo contrario vulneraría una de las conquistas más importantes de Occidente, como son sus derechos, entre los cuales figura el derecho a la libertad de expresión, limitado, pero necesario para nuestra cultura cristiana y occidental, hija de Roma y del debate filosófico, tanto como lo es de la bondad y el reconocimiento del otro como persona.

Tolerancia significa que vemos la persona, y que la tratamos respetando aquello que no nos gusta de su ideología, creencia, etc. Supongo que un agnóstico o un ateo podrá sobrevivir sin agredirnos ni insultarnos cuando se cruza una procesión de Semana Santa por donde él paseaba, o se canta una saeta delante de la fachada de su casa, o se cruza con una monja de hábito y rosario en la mano.

En el malvado atentado terrorista contra Charlie Hebdo yo creo que se han saltado varios límites importantes:

Por supuesto el primer límite de todo este asunto es el derecho a la vida del nacido (del no nacido también aunque ahí se mire para otro lado), es decir, que aunque un señor se burle de mi creencia religiosa, no estoy legitimado, ni por Dios ni por el derecho ni por nada ni nadie, para matar al bufón. Esta gentuza tergiversadora del Corán cree que les legitima la sharia, y ahí demuestran que tienen bien poca formación religiosa. La misma formación religiosa que no existe en Francia desde hace 100 años por ser un Estado laico, con un sistema político bastante intolerante con la religión cuando se manifiesta en público, todo hay que decirlo. Pues no olvidemos que en Francia la iglesia fue despojada de sus templos, y actualmente no se permite una procesión con el Santísimo por las calles salvo que lo apruebe un funcionario en su despacho. O sea, intolerancia en el corazón de la grandeur, que quizás conviene repensar.

Segundo límite, la libertad religiosa. Las religiones deberían poderse manifestar públicamente sin más cortapisa que la alteración del orden público, o la generación de graves problemas sociales. Esto no se respeta en Francia, que recluye la religión a la esfera de lo privado, negando a la religión una de sus características más esenciales, como es la de ser un hecho social, cultural, y por tanto público. Esto ha convertido a la religión en un problema para todo occidente, en especial para Francia, pero no la religión islámica, sino cualquier religión incluida la cristiana. El laicismo francés desconoce que es en esencia lo religioso, pero tampoco entiende el cristianismo que explica la cultura francesa, lo que equivale a decir que no se entienden a sí mismos. Este mal por desgracia tiene a aquejar a todo Occidente que se va desraízando de su propia cultura, hasta no reconocerse fácilmente en el espejo. ¿Cuál es la esencia de occidente?

En mi opinión la religión forma parte intrínseca de una cultura, es uno de sostenes de la identidad de un pueblo y de una nación, y sus manifestaciones, cuando no son imposiciones intolerables y contrarias a las convicciones más íntimas, no deberían molestar. Es una superestructura, como les gusta decir a los marxistas. En mi opinión, la religión es capaz de moldear el resto de elementos culturales propios y ajenos: familia, jurídico, social, ideológico, e incluso económico y productivo. Esto no es ni bueno ni malo, es simplemente una realidad antropológica.

La sharia no es por eso algo malo en sí mismo, sino algo lógico en todas las culturas, incluida la nuestra, que también de alguna forma tiene su normativa jurídica más o menos reconocida en la ley cristiana. El cristianismo modificó singularmente el imperio Romano, y la cultura romana formó en gran parte el cristianismo (latín, liturgias, etc).

Tercer límite. La libertad de expresión. Las religiones no compiten de la misma manera con las ideologías cuando se trata de zaherir al otro desde la libertad de expresión. Es decir, se pueden ridiculizar las ideas cuando son abiertamente irracionales, irreflexivas, o absurdas, y el debate se enriquece, pero no se puede ridiculizar las creencias del otro sin insultarlo profundamente. Esto no suele ser comprendido demasiado por el ateísmo, que tiene las creencias de los demás como algo absurdo y ridículo, como mera ideología irracional. De hecho, hace unos años, cuando participaba en debates ateos-cristianos, era bastante complicado dialogar con los representantes del ateísmo, porque fácilmente terminaba tachando a los creyentes de idiotas, ignorantes y cosas por el estilo. Es verdad que luego no sabían que era el argumento ontológico de San Anselmo, ni habían leído un libro en su vida, pero les daba igual, porque bastaba con manejar varios clichés insultantes sobre la inquisición, para autoconvencerse de que eran unos sabios comecuras. Por supuesto abandoné tales foros porque la libertad de expresión se había tergiversado y convertido en insultar al otro, lo que convertía esa libertad de expresión en la esclavitud de no poder entendernos.

Por eso, es muy importante limitar la libertad de expresión que promueve el odio, porque en la construcción del diálogo en la democracia, el respeto y al escucha al otro es una premisa ética sin la cual no existe democracia alguna.

¿Por qué entonces no entendemos el islam de igual forma que ellos nos entienden a nosotros?

Desde el punto de vista racional no podemos comprender culturalmente a un pueblo si no entendemos y atendemos a su religión, además de, por supuesto, a su economía, su estructura familiar, patrimonial, jurídica, ideológica, o productiva-reproductiva. Pero no son compartimentos estancos, sino que se vinculan y conviven influyéndose unos y otros hasta armonizarse con el tiempo. Una cultura no puede ser incoherente por mucho tiempo, salvo que esté sometida a una permanente crisis identitaria, que es lo que le sucede a Occidente. Por eso la disarmonía de las estructuras culturales tiene que ver con los periodos de crisis de las sociedad y las culturas, crisis causada por el encuentro con otra cultura poderosa, que es lo que le sucede al cristianismo occidental y al islam. O crisis causada por la pérdida del sentido religioso, como le sucede a Occidente.

Ellos (los descerebrados estos que se auto-inmolan haciendo el bestia) se sienten atacados por la cultura occidental que es más poderosa económicamente, y su reacción ante tal invasión cultural es la resistencia ante Occidente, su estilo y su modo de vida. Por eso atentan contra sus vecinos inmediatos sean parisinos o sean de Alepo en Siria. Para esta gente todo lo que pertenece a Occidente es el demonio, y ante una cultura que pretende globalizar los derechos humanos, incluida la libertad de expresión, no les queda más respuesta que justificar su atentado bajo la falacia de una interpretación religiosa sesgada por ellos mismos para obligar a Alá a decir lo que dicen ellos mismos blasfemando contra el hombre y en el nombre de Alá.

De hecho, estos señores que han atentado en París se han educado en Occidente. Son franceses que han ido de pequeños a la escuela laica y pública francesa, la gran escuela francesa, muy eficaz en muchas cosas, pero claramente incapaz de orientar a las nuevas generaciones de emigrantes hacia un arraigo en la tradición cultural francesa. Son por desgracia la punta de un iceberg formado por desarraigados que no desean convivir con la cultura francesa que les vio nacer.

Es evidente que el problema no está en las religiones mismas, pues encontramos que desde hace 1400 años convivían los cristianos Caldeos de Siria con los musulmanes que llegaron a allí tras la Hégira. El problema está en la falta de arraigo y sentido de la vida religiosa de estos franceses, hijos de emigrantes la mayoría, que han encontrado en el islam una justificación y una legitimación para matar a otros, igual que los de miembros de cualquier otra secta fanática e intolerante.

Por eso la libertad religiosa, tiene que encontrar como límite el respeto y la convivencia con otras confesiones o religiones. Y esto es complicado desde el punto de vista antropológico, porque una cultura siempre tiende a uniformizarse desde la mayoría cultural que va imponiendo a la minoría cultural sus pautas culturales. De ahí que sea lógico y entendible, que estos franceses sientan animadversión hacia la cultura que se les quiere imponer, en este caso la Occidental, aunque sea la cultura que les ha dado todo, y sea a la que pertenecen. ¿Me siguen? Están desarraigados en su propia cultura francesa, y hay que combatir el yihadismo combatiendo tal desarraigo cultural mostrando que es posible ser un buen musulmán en Occidente aceptando y asimilando los derechos humanos como algo querido por Alá.

Cuando las chicas musulmanas acaban yendo con estos grupos a salvar al mundo occidental del demonio, y se encuentran con que son las putas de los soldados varones del Estado Islámico yihadista desean volver, y es que no han sido educadas para ser putas de nadie. De hecho, en ninguna cultura (y mucho menos en el islam) se educa a las mujeres para ser putas de los varones.

El desarraigo cultural de occidente, donde se seculariza cualquier trascendencia acaba formando una sociedad deconstruida, fragmentada y rizomática (en terminología de Deleuze). Se fragmenta el individuo, que lo arroja y convierte en un superviviente de la sociedad de consumo, y se termina sustituyendo la trascendencia por lo tangible de la patria, la grandeur del pasado y la historia, o el frenesí de sus lemas omnímodos: libertad, fraternidad e igualdad. Napoleón acaba siendo el Dios que Francia mató en la Revolución, por decirlo en un lenguaje metafórico y poético, y ellos mismos terminan adorándose como el becerro de oro se adoraba a sí mismo, pues era de oro. Este es un caldo de cultivo para que surjan los fanatismos religiosos, las interpretaciones excluyentes y violentas de los textos sagrados, sean los que sean, y suenen como suenen. Y es que no se puede sustituir a Dios por la Nación, por la Patria, o por la Raza francesa, como pretenden hacer los extremistas del otro lado.

Por eso es deber de todos combatir este yihadismo desde los distintos frentes que no podemos dar, y que voy a proponer en varios puntos sencillos.

1. El islam que vive en occidente debe vincularse a esta lucha contra el yihadismo. Si forman parte de nuestra sociedad francesa, española, o alemana, deben implicarse en su construcción social y cultural, donde los derechos humanos sean respetados por ser principios insertos en la vida de la sharia. En este sentido no puede aceptarse una interpretación de la ley islámica que incluya la lapidación, y otras muchas reglas del mismo cariz. La interpretación personal del Corán que afirme que el respeto a los derechos humanos es querido por Alá, y es tan bueno y santo como la Sharia, debe ser la interpretación dominante entre los imanes y los líderes religiosos del islam.

2. Occidente (pero también los países islámicos) deben asumir la práctica de lo religioso, incluidas sus manifestaciones como algo público. No se puede exigir libertad religiosa en París o Madrid, y no pedirla en igualdad de condiciones para los cristianos que viven en El Cairo, en Alepo, o en Teherán. La confesionalidad de un estado no puede ser un obstáculo que restrinja la libertad religiosa, donde se incluya el respeto a las minorías.

3. Limitar la libertad de expresión censurando aquellas manifestaciones que sean insultantes o vejatorias para la sensibilidad religiosa, o para las personas. No se deben aceptar manifestaciones que potencien la violencia o el odio contra nadie, ni contra sus ideas o creencias.

4. Potenciar una auténtica y adecuada formación religiosa en las nuevas generaciones. La religión no puede estar en manos de cualquier iluminado. La formación religiosa es un asunto de Estado, como lo es la trasmisión de una cultura. Esto no implica obligatoriedad en la creencia, sino en su conocimiento. Necesitamos buenos profesores de islam, como ya hay gente en el cristianismo con una magnífica formación. ¿No sería deseable un islam con dirigentes sensatos, con buenos intelectuales, y gente de bien como tiene el cristianismo en sus obispos o en el Papa? Esto ya sucede en muchos estratos de la sociedad islámica, pero la cuestión es si esas personas están asumiendo posiciones de liderazgo, capaz de construir una sociedad más justa y tolerante. Esto beneficiaría al islam a encontrar su acomodo en este mundo globalizado, a la vez que le permitiría la convivencia, dejando al descubierto el absurdo del terrorismo yihadista.

Menos islamofobia, menos cristofobia, y más una libertad basada en el respeto al otro. ¿Podría ser?

Trasmitir la cultura en la escuela.

Hoy es uno de los asuntos que más interesa, el de la educación, y reconozco que he estado remiso y reticente durante mucho tiempo a hablar de este asunto directamente en los artículos que vamos colgando poco a poco en este blog. No obstante, hemos rozado el tema de cuando en cuando, con referencias imposibles de evitar. En este sentido escribí la semana pasada sobre perlas y puercos, haciendo referencia a uno de los males de nuestro tiempo, el utilitarismo del conocimiento que tiñe la mente de los más jóvenes y vulnerables (los alumnos); o a los males que causan algunos dirigentes de la enseñanza, semejantes por otra parte a los males que causan los que con responsabilidad de gobierno, crean con su negligencia, males mayores a los que pretenden resolver. Si el que tiene que apagar el fuego es el pirómano, entonces el cuerpo de bomberos tiene un grave problema. Era un problema humano, sin más, aunque haya tenido la desgracia de reconocerlo en primera línea y en los Institutos de Enseñanza.

El valor que hoy tiene la sociedad por la educación es algo novedoso, pues en siglos pasados a nadie le interesó la actividad del aprendizaje, si exceptuamos la Iglesia, depositaria durante siglos y siglos del saber y el conocimiento. No por apego a él, ni por manipulación, sino simplemente porque era la única interesada en salvaguardar las tradiciones ancestrales romanas, clásicas y antiguas.

Nos conviene recordar que la Iglesia es una institución romana, es la religión del extinto Imperio Romano, por eso siempre estuvo interesada en trasmitir esta cultura, por ser precisamente el vehículo de socialización cultural de un mundo, en nuestro país, hispano-romano. La iglesia se ha empeñado durante siglos en conservar y proteger el legado cultural de occidente: latín, retórica, gramática, filosofía, teología, y cuantos estudios de humanidades podamos enumerar. La iglesia erigió las Universidades, los Estudios catedralicios y monacales, y puso en orden el conocimiento de la medicina, el derecho, la teología, los cánones o el derecho canónico.

Pero esta exclusividad se empezó a ver con recelo cuando el paradigma aristotélico escolástico se empezó a resquebrajar en la Edad Moderna, cuando los reyes se empezaron a ver a sí mismo como soles y cuasidivinidades, y cuando sus adláteres, todos ellos educados en centro religiosos, y autodenominados pomposamente ilustrados vieron en la educación el punto de partida para transformar la sociedad.

Por desgracia no se equivocaron en su juicio, pues efectivamente, la trasmisión de una cultura se realiza básicamente en la socialización primaria, es decir, en la familia. Por eso, la apuesta de todos los regímenes totalitarios, que han querido cambiar la sociedad según sus gustos particulares, siempre ha tenido como gran punto de partida el control de la educación. La construcción de un edificio que supliera a la familia en sus criterios ha sido uno de los grandes objetivos del jacobinismo educativo, cuya actuación más repudiable la hemos podido ver en los países del Este bajo el yugo del totalitarismo comunista. Robamos a los hijos de las familias para decidir su educación. También fue practicado por las juventudes hitlerianas, educamos para ser grandes alemanes, al estilo que algún dirigente de un despacho decide.

La educación en España, y en el entorno Europeo, mantiene los mismos principios del totalitarismo, en una versión más encubierta y débil, menos salvaje, dada la sensibilidad social, pero no menos constante ni benévola. La escuela se ha convertido en el laboratorio de experimentos sociales teñidos de ideologías perfectamente identificables, y rabiosamente defendidas por sus próceres e intelectuales.

Por eso la trasmisión de la cultura occidental está en peligro, y todo lo que se entendió que perteneció a un mundo brillante está cerca de su borrado y reorganización; se está evacuando la tradición a pasos agigantados, y sus consecuencias y efectos ya las estamos empezando a percibir en España, aunque el fenómeno recorra como un fantasma toda Europa y me atrevo a decir todo Occidente.

En las culturas estables, armónicas, las que no cambian en la trasmisión de sus saberes y conocimientos de una generación a otra, el conocimiento se realiza desde la mímesis y el ejemplo familiar. Si existe algún tipo de escuela, ésta está sometida a los dictámenes culturales de la sociedad a la que sirve con más eficiencia que cualquier otra. Un ejemplo sería la cultura pigmea, que apenas ha variado en seis mil años, y que sigue siendo la que mejor se adaptar a un entorno selvático pues trasmite los conocimientos esenciales para la supervivencia en el medio.

Pero nuestra cultura no goza de esta estabilidad. Y nuestros alumnos, no salen adaptados al medio en el que tienen que sobrevivir. Las autoridades educativas se empeñan en educarlos con todo tipo de pantomimas: escuelas bilingües (que deterioran los conocimientos y la lengua castellana), refuerzos educativos y planes estupendos (para que barnicemos la ignorancia de nuestros hijos con un título en inglés). Se hacen sistemas educativos y planes de estudio con una alegría y una negligencia digna del más patoso del mundo, sistemas que se rehacen en poco tiempo. La argumentación que tienen es la adaptación, y en esa adaptación nos cargamos las tradiciones culturales, porque son antiguas y rezuman iglesia, y se empuja a los profesores a que sean grandes defensores de ideas transversales democráticas, que van desde la seguridad vial, hasta la exaltación de los derechos de la bragueta, o la defensa de la ideología particular antimachista, por ejemplo. Menos a Séneca, podemos dar lo que queramos, parecen querer decir, y dicen que no es útil. Que es mejor poder leer un menú de un restaurante chino en inglés, por ejemplo. Variar los contenidos, quedarnos con las formas.

Escuché hace unos años a un director que estuvo en una reunión del Ministerio, que cuando se empezó a hablar de qué había que enseñar en las aulas, nadie se ponía de acuerdo. Unos hablaban de la importancia de los idiomas, o de la informática, o de la lengua (sintaxis, gramática y más sintaxis, como si eso fuera a mejorarlos en su capacidad lectora)  y otros se rebelaban aduciendo la estupidez de educar formalmente y sin contenidos. De hecho el plan Bolonia, que ya campea por toda Europa, está logrando que se terminen las carreras siendo competentes en muchas cosas, incluida la ignorancia de cosas básicas que cualquier hombre de hace cien años, con semejante titulación, se ruborizaría.

Pero aquí no se ruboriza nadie.

 La trasmisión de una cultura implica trasmitir de la manera más fiel posible las tradiciones de esa cultura: tradiciones religiosas, ideológicas, de organización familiar, de comportamiento ético y moral, rituales, leyes jurídicas, trasmitir el lenguaje con su literatura, su poesía, y en general sus formas artísticas.

Aquí se trasmite precisamente lo contrario, lo que es último y fetén. Si hay un tonto que saca la teoría de que los alumnos pueden estudiar en dos idiomas, los padres, benditos ellos, se alegran mucho y odiarán a los profesores que se opongan a eso. Si deciden que hay que sustituir la religión por unas charlitas sobre que no hay que conducir bebido, pues allá vamos. Si en lugar de celebrar la Navidad celebramos el engendro halloween, o el solsticio de invierno, o el día de la cocacola, o el día del docente (que no Santo Tomás de Aquino), pues todos contentos, si decidimos que el latín, la filosofía, la religión, no sirven para nada, y las sustituimos por otra cosa, iniciativa emprendedora, pues todos felices.

Hay que reconocer que los ilustrados tenían razón cuando decidieron quitarse a la iglesia de por medio para poder manipular la sociedad a su antojo, lo malo de eso es que tenemos ya varias generaciones de gente soberbia, que es incapaz de leer algo de hace cien años, y que presume más que una mierda en un solar. Cualquier día ponen a los profesores sobrantes (que son mucho y muy bien formados) a dar cocina y ocio solidario en inglés, y si no al tiempo.

Las perlas y los puercos.

Es conocida la sentencia evangélica, “no deis perlas a los puercos” puesta en boca de Jesucristo nada menos, y que solemos por estos pagos interpretarla como que la miel no se ha hecho para la boca del asno. Es decir, que cuando uno se empeña en ofrecer algo sublime, excelso y elevado al otro, suele toparse con que la respuesta del interlocutor suena más al eco de un rebuzno que a una aceptación del valor de lo ofrecido. Y las consecuencias no tardan en asomarse, por fuera se te aboba la mirada, y por dentro se te caen los palos del sombrajo. Luego te pregunta el susodicho que porqué pones esa cara de pasmo; y tú, al borde la anestesia sanitaria, prefieres correr un tupido velo y mirar para otro lado, antes de que la vergüenza ajena sonroje al que no debe.

Esto me ha pasado numerosas veces, y casi siempre en el ámbito escolar. En tal teatro, el de la clase quiero decir, un alumno interrumpe al profesor, o mejor dicho y para seguir el símil, excrementa su gruñido contra el muestrario de joyería que nuestra sociedad quiere inculcar a nuestros rebrutos carcamales, a través de sus incomprendidos profesores, y sus lacerantes padres. Casi siempre es alguien henchido de soberbia y audacia, un insolente, que a fuerza de ser miles, los calificamos como chico espontáneo, con formas disruptivas y abruptas propias de la juventud. O sea, un maleducado que te tutea intentando convertirte en un colega de su adolescencia. Gentes sin rubor que se quejan de tí, cuando comentes el atropello de exigirles que escriban sin poner faltas de ortografía; uno de esos que tienen la misma educación que los puercos de la Biblia, vaya.  Da igual que estés leyendo un precioso poema de Becquer, que estés analizando al caverna de Platón, o que andes corrigiendo la interpretación errática de un pasaje bíblico, filosófico o histórico. Da igual, porque la pregunta con la que interrumpe la clase es siempre la misma: ¿y eso para qué sirve? Y se quedan esperando que justifiques la belleza de los colores, mientras proclama feliz su ceguera.

De hecho es la pregunta recurrente de los alumnos de ciencias o de letras, más los mayores que los pequeños, que creen que lo saben todo y no tienen que aprender nada, ni de los demás ni de sus mayores, ni del mundo, ni de la vida, ni de Dios ni del diablo; quizás porque lo único que les importa sea hocicar, y devorar el curso cuanto antes (la joyería entera), para que nos titulen aunque seamos como jamones colgados al fresco invernal, donde lo más valioso que tuvimos fueron las bellotas que nos dieron. Estos muchachos, tan adictos al móvil como exigentes de su formación, te suelen perdonar la vida de cuando en cuando, y a cambio, claro, te piden que les perdones sus despistes en los exámenes. Es también una pregunta que te hacen algunos padres cuando se animan a considerarte un igual, aunque ellos no hayan superado la primaria por falta de celo; y entonces te lo cuentan a modo de confidencia, como que eres un colega de la piara: “bueno, esto, entre nosotros, es que no sirve para nada”. Y tu sonríes recordando lo sabio que es el evangelio con sus perlas y sus puercos.

Es la atmósfera de los tiempos que vivimos, dominados por la soberbia de los que creen que lo saben todo, y la arrogancia de los que sin saber de nada hacen las leyes educativas que tenemos, para escarnio de maestros y profesores. Los docentes somos simplemente los que hacemos el trabajo sucio de barrer la porqueriza de cuando en cuando, echar perfume a la piara, y ofrecer los resultados del próximo trimestre. ¡Ha descendido el fracaso escolar en Castilla y León!, nuestros políticos se ponen como pavos, nos dan las gracias, dicen que somos los mejores, nos congelan la paga extra, y de paso nos comentan, mientras nos prohíben dar clase de latín o de griego por falta de alumnado, que realmente, saber quién fue o no Séneca, no sirve para nada, que lo que hay que hacer es tener buenos resultado en el informe Prisa. Y nadie les pone a parir, por si nos mandan a un inspector que revise y nos riña porque les hemos dado a Séneca, y les hemos mandado leer la Biblia. Yo creo que cuando la soberbia hace amistad con la espontaneidad y la ignorancia, el cocido que nos sale es la estupidez, algo que en nuestro mundo (no quiero dejar fuera a nadie ni de la francofoní, ni de la anglosajoní) andamos sobrados desde tiempos remotos.

Decía, que a algunos alumnos (por suerte suele haber excepciones), casi les tienes que pedir perdón por intentar enseñarles algo inútil, porque está demasiado acostumbrados a que les demos cosas utilísimas como charlas contra la violencia de género, reparto de condones, compresas y días de flores (San Valentín vomitante) y fiesta (huelga y huelga). A los chicos preferimos darles charlitas sobre lo malo que es conducir bebido, en lugar de perlas inútiles como elaborar un extracto exhaustivo de enfermedades que se derivan del consumo de alcohol a edades tempranas e infantiles. Por eso la escuela se ha convertido en algo inútil en sí misma. El latín es inútil, supongo. Y yo he escuchado desde hace casi veinte años de docente evolucionar la pregunta, casi tanto como la carrera profesional que ejerzo. El para qué sirve rezas, o Dios, o la religión, hasta para que sirve la filosofía. Los matices actuales son para qué sirve la poesía, o la literatura, o la historia, o la matemática. Menos el inglés y la informática parece que todo es inutilidad y hastío. Y no se salva nada en la estrechez de estos alumnos que quieren tan pronto rentabilizar sus saberes.

Recuerdo hace años en una excursión un alumno me contó en el autobús, cerca del asiento del conductor, que  no servía una mierda todo lo que habíamos visto de las Edades del Hombre, una exposición de arte en la ciudad de Segovia. Una maravilla, que el muchacho despreciaba porque no lo entendía, y abjuraba con una soberbia apresurada sobre todo lo que anatematizaba sin vergüenza. Antes de que le contestara salió al quite el conductor, un hombre que pensaba que no llevaba ganado porcino, sino alumnos, y tras soltar un par de blasfemias, dijo algo así como que estos chicos de hoy eran unos maleducados, luego cogió al chico por banda y le explicó que en su puta vida había podido estudiar, y que él que tenía oportunidad no fuera un subnormal perdido. Mano de santo. El chico se sonrojó cuando le dijeron la verdad, y la entendió sin tener que andarnos con paños calientes.

La cita evangélica, y no quiero dejarlo en el tintero, tiene una segunda parte, no menos aguda que la primera, y que entona una nueva sentencia. La cita completa dice: No deis lo sagrado a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen, y además se vuelvan y os destrocen. Y a eso voy, cuando hace unos días me contó un alumno, interrumpiendo con una educación lamentable, que eso no valía para nada (un poema de Espronceda). Un chico con fracaso escolar y sin capacidad para redactar con sujeto, verbo y predicado; con una letra ilegible incluso para él mismo, intentaba provocar sobre la utilidad de lo que estudiaba, pues debe estar ansioso de conocer el mecanismo para ganar dinero sin dar un palo al agua, lo miré y no dije nada. No valía la pena.

Supongo que para ser un cretino no se necesitan estudios, pero para disimular las miserias humanas sí, murmuré. Como no me entendió se enfadó, pero no le repetí nada, no sea que sea hijo de algún político de postín y me haga la vida imposible.

Los personajes reales de EL ANGEL AMADO

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Muchos de vosotros me escribís personalmente contándome que os ha encantado la novela de El ángel amado. Que entre las dos novelas que os ofrecía, la de “El ángel amado” respondía mejor al tiempo del que disponéis, que os reserváis “Los caballeros de Valeolit para veranos y largos periodos de descanso y ocio.

Pero que con El ángel amado habéis disfrutado, y eso siempre gusta a un escritor que pretende escribir bien y mejor cada día. Por eso no puedo menos que daros las gracias.

Se trata de una novela corta, de poco más de ciento cincuenta páginas, con un tema del que hay poco escrito, y con un tratamiento poco o nada convencional para lo que se puede encontrar en las librerías generalistas. Siempre he pensado, incluso mientras lo escribía hace ahora exactamente un año, que era una novela destinada no a cualquier público, sino a personas especialmente sensibles a la experiencia religiosa, que es lo que recorre la obra desde el principio al final. Una novela donde he recogido y plasmado con delicadeza algunas opciones teóricas de la exégesis bíblica contemporánea sobre las figuras nada sencillas del apóstol amado, de San Juan Evangelista, de los evangelios que hoy llamamos de San Juan, o sobre la Virgen María y las noticias que tenemos de ella tras la Resurrección.

Es una novela que se puede calificar del género histórico, de un periodo poco conocido, pues toda la historia se sitúa en las últimas y primeras décadas de los siglos I y II después de Cristo. El cristianismo está librando la incipiente batalla por la supervivencia como religión y como estilo de vida, y los personajes de ubican en ese periodo intentando vivir una fe judía en un mundo gentil.

Todo esto hace que parezca una obra difícil de leer, pero es todo lo contrario. Durante la novela descubrimos la vida de dos cristianos. Uno es Canus, un legionario romano sin futuro recién convertido al cristianismo, y Attalos, un cristianos mensajero, un correo entre comunidades cristianas, un verdadero ángel o mensajero. Entre ellos descubrirán la amistad en la prisión de Damasco, uno como preso y el otro como celador.

Canus es un personaje de ficción, pero no Attalos. Su nombre aparece en las cartas de San Ignacio de Antioquía, junto con muchos otros personajes de la obra: San Ignacio, Reo o San Policarpo de Esmirna. La mujer de la que se enamora en Esmirna también existió. Su vida es un recorrido por algunas comunidades cristianas de finales del siglo, donde se puede descubrir como verdaderamente sobrevivían y compartían la vida los cristianos.

Estos personajes los he querido respetar al máximo, y no he inventado nada que pudiera desdibujarlos de lo que sabemos de ellos por la historia, en algunos casos mucho y en otros poco. El mismo martirio de San Policarpo de Esmirna, que aletea en la obra, y que se produjo cuarenta años más tarde, ilumina la experiencia de fe en medio de la oscuridad.

Para esta obra he estudiado los textos originales, las cartas de San Ignacio, el Acta del Martirio de San Policarpo y muchos otros libros de investigación teológico-exegética, algunos de los cuales no me eran desconocidos cuando pensé en escribir esta pequeña obra, pues estudié teología hace ya algunos años.

Uno siempre piensa que lo que escribe pertenece a un mundo más amplio y más complejo que está detrás, en este caso me encantaría escribir unos “episodios eclesiales” donde, emulando a Pérez Galdós que no alcanzándole, pueda reflejar distintos aspectos de la fecunda experiencia religiosa de las personas. No sé si alcanzaré la meta, pero al menos he dado un primer paso con esta pequeña obra, mi pequeño Trafalgar, del que no he recibido de momento más que halagos y ganas de seguir escribiendo.

Gracias. nunca pensé que os agradaría tanto.

Realismo islámico en las novelas de Naguib Mahfuz

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Naguib Mahfuz, (El Cairo11 de diciembre de 1911 – íd., 30 de agosto de 2006), fue un escritor egipcio. Conocido especialmente por su obra narrativa, le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura del año 1988, siendo así el primer escritor en lengua árabe en recibir dicho galardón, y el más reconocido.

¿Qué a qué viene esto ahora?

Acabo de leer la primera de sus novelas de la Trilogía de El Cairo, “Entre dos palacios” donde retrata la vida Egipcia de principios de siglo, con las primeras revoluciones, la de Saad, que fue independentismo contra los Ingleses.

Estamos en el final de la Primera Guerra Mundial, y el Islam que nos describe está lleno de tradición, familia, religión, autoritarismo, hipocresía y por supuesto muchos aromas de un mundo que ya no existe.

Pienso en cambios sociales, mundos cerrados que se abren, sociedades que buscan ser ellas mismas, independencia y libertad frente al usurpador, que casualmente sigue siendo inglés.

¿Qué puedo soñar? En un Egipto democrático y libre, dueño de sus mejores tradiciones. Un sitio donde la paz y la justicia sean posibles.

Como Ahmad, el señor personaje de la novela, hipócrita y firme en casa, amable y risueño con sus amigos, pido una oración para que “la Paz que trae Dios sea más grande que la injusticia que desechamos”. Por Egipto y por su gente, se lo merecen.

ANTONIO J. LÓPEZ SERRANO

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El "Mundo de los Ángeles" es un Mundo luminoso, al mismo tiempo que sorprendente, inimaginable e incomprensible para la consciencia del ser humano, que no hay que razonar demasiado, sólo lo justo. Busca esa razón "dentro" de tu Corazón y encontrarás las verdaderas respuestas.

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